Jair Bolsonaro y Lula Da Silva , la inminente disyuntiva en Brasil. Foto en Ciudadccas
Para esta columna ha llegado un momento de pausa en la discusión de la tormentosa polÃtica venezolana. No obstante, los temas que vienen a continuación no son ajenos a nuestro paÃs ni están libres de gravedad. Al otro lado de la serranÃa de la Neblina, en Brasil, el panorama se enrarece y se hace muy difÃcil saber qué hay más adelante, como si la bruma que da nombre al hito fronterizo se extendiera, impenetrable, a través de la AmazonÃa, el Mato Grosso y hasta las pampas meridionales. Una democracia saludable no deberÃa estar en esas condiciones cuando se acercan unos comicios, momento tenso por lo general.
Nuestro vecino del sur va a elecciones presidenciales a finales del próximo año. Jair Bolsonaro, al igual que casi todos sus predecesores desde la aprobación de la Constitución de 1988, quiere repetir. Hasta hace poco, parecÃa estar bien encaminado hacia su objetivo, en parte debido a la ausencia de un retador que entusiasme a los votantes. Como todo populista, Bolsonaro genera una polarización enorme. Sus detractores bien pueden constituir una mayorÃa y estar muy comprometidos con sacarlo del Palácio de Planalto, pero no están cohesionados en torno a un movimiento, ni hablar de un dirigente común. Además, aunque Bolsonaro tenga las debilidades del tÃpico populista, también goza de los beneficios, incluyendo a una base de leales seguidores.
Pero la cosa cambió. El expresidente Luiz Inácio “Lula” da Silva fue exonerado de las condenas judiciales en su contra por un magistrado del Supremo Tribunal Federal brasileño. No es que Lula ahora esté libre de señalamientos de corrupción, sino que el susodicho juez alegó que la corte que lo habÃa sentenciado no tenÃa competencias para el caso. En fin, sea como sea, el punto es que Lula ahora está técnicamente habilitado para disputarle la presidencia a Bolsonaro. Y por los vientos que soplan, lo hará, a menos que su suerte judicial vuelva a oscurecer.
¿Y por qué no lo harÃa? Algunos sondeos de opinión lo ponen por encima de Bolsonaro en intención de voto. Además, regresar al poder le brindarÃa un blindaje adicional contra cualquier cuenta pendiente con la justicia. De eso sabe mucho su buena amiga Cristina Fernández de Kirchner.
Tal vez recuerdan los comicios presidenciales de 2018, en los que Bolsonaro, otrora considerado un actor secundario de la polÃtica brasileña y más risible que peligroso, dejó al mundo atónito con su ascenso meteórico hasta la cima. Fue catapultado hasta allà por coletazos de la última crisis económica latinoamericana, el descontento con una elite polÃtica casi universalmente corrupta y las debilidades de su contrincante en segunda vuelta, Fernando Haddad, el nada inspirador candidato de la izquierda.
Los dos contendientes eran impresentables. El uno, por populista ultraconservador y admirador de dictaduras. El otro, por fantoche de un partido bajo cuya égida la corrupción en Brasil llegó a niveles exorbitantes y se hizo la vista gorda con regÃmenes autoritarios de izquierda en América Latina.
De consolidarse la disyuntiva entre Bolsonaro y Lula, el panorama no serÃa menos desolador. Muy a pesar de lo que uno lee a veces en la prensa o escucha en boca de activistas de izquierda, ni Bolsonaro es un dictador ni Brasil se ha convertido en una dictadura. Pero eso no significa que la situación no sea peligrosa. Hay que saber distinguir entre un lÃder con rasgos autoritarios y un régimen autoritario. Bolsonaro es lo primero, pero no encabeza lo segundo, sino una democracia frágil. Y todo indica que en la medida en que se acerca una elección que pudiera ser más reñida que lo esperado, los instintos antidemocráticos del Presidente se refuerzan. Bolsonaro ha repetido las denuncias disparatadas de la extrema derecha norteamericana sobre fraude electoral en Estados Unidos como si fueran ciertas e insinuado que algo similar pudiera ocurrir en Brasil. Su hijo, el influyente congresista Eduardo Bolsonaro, criticó el asalto al Congreso estadounidense por una turba de seguidores de Donald Trump… ¡Pero porque no se organizó bien ni cumplió su objetivo de desconocer la derrota del lÃder!
Todo esto ocurre en un ambiente bastante turbio, con rumores de que al menos una parte del alto mando militar brasileño está bastante descontenta con la exoneración de Lula y dispuesta a intervenir para evitar que vuelva a la presidencia. Tengamos en cuenta que aunque las Forças Armadas no se han vuelto un brazo castrense del bolsonarismo, sà tienen un papel atÃpicamente influyente en la polÃtica nacional, con casi una decena de ministerios y otras posiciones clave, como la dirección de la estatal de hidrocarburos Petrobras. La información sobre posible politización de uniformados se volvió más inquietante con la renuncia del ministro de Defensa de Bolsonaro la semana pasada, acompañada por un comunicado en el cual el funcionario reafirmó el papel institucional de las Fuerzas Armadas como deber ser, y seguida por las dimisiones de los jefes del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea.
A Bolsonaro lo llaman el “Trump del trópico”. Fonéticamente, esa es una bonita aliteración. Conceptualmente, una advertencia alarmante. No es de ninguna manera descabellado pensar que Bolsonaro intente repetir las tropelÃas del expresidente norteamearicano en caso de un resultado electoral desfavorable. En Washington la arremetida llegó más lejos que lo que muchos imaginamos. No sé qué quedará para Brasil, cuyas instituciones son mucho más endebles.
Volvamos ahora la mirada a Lula. El problema con él es distinto. Aunque sus raÃces están en la izquierda populista y filocastrista, una vez en el poder Lula no manifestó conductas autoritarias dignas de notar. Excepto quizá por el Frente Amplio uruguayo, el suyo fue el más democrático de los gobiernos de la “marea rosa” latinoamericana. Muy distinto a Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa. Incluso evitó la agresividad y polarización que han caracterizado a Cristina Fernández de Kirchner. Pero el crecimiento económico durante su mandato fue un espejismo de prosperidad, seguido por una crisis fuerte que, para su fortuna, no le estalló a él, sino a Dilma Rousseff, su delfÃn.
Ni hablar de la corrupción, que anduvo a sus anchas. Petrobras y, sobre todo, Odebrecht, se volvieron sinónimos de negocios pingües pero sucios. La diplomacia de Lula ayudó a exportar dichos tratos a lo largo y ancho de América, incluyendo, desde luego, a Venezuela. Acá la lista de obras de infraestructura encargadas a Odebrecht y nunca concluidas, pese a los millones asignados, es bien conocida. Desde la represa hidroeléctrica de Tocoma en el CaronÃ, pasando por una nueva lÃnea del Metro de Caracas hasta el segundo puente sobre el Lago de Maracaibo.
Por último, tenemos las simpatÃas de Lula hacia el castrismo y su indiferencia ante la pérdida de la democracia en Venezuela. Si usted cree que ello se debe a que, cuando Lula dejó el gobierno en 2011, lo peor que deparaba la polÃtica venezolana estaba aún por venir, piénselo dos veces. La semana pasada, en una entrevista televisiva, Lula aseveró que “no se puede decir que en Venezuela no haya democracia”. Pensaba que, devuelto al poder, Lula tendrÃa una posición ante el chavismo como la de Andrés Manuel López Obrador o Alberto Fernández, lo cual hubiera sido malo. Tras esas declaraciones recientes suyas, creo que serÃa peor.
Me considero un admirador empedernido de la cultura brasileña. Muero por degustar una feijoada. Adoro las novelas de Machado de Assis y Clarice Lispector. Cuando me quiero relajar, acudo a la bossa nova de Tom Jobim y João Gilberto. Disfruto las pelÃculas de Glauber Rocha y Nelson Pereira dos Santos. Por eso, cada vez que paso cerca del Instituto Cultural Brasil-Venezuela, y veo el abandono en que yace tras sus muros de empedrado portugués, mi dolor es inmenso. Pero si el precio para su rehabilitación es un gobierno en Brasilia indolente hacia la calamidad venezolana, prefiero esperar por tiempos mejores, en una Venezuela libre, para volver a ese recinto.
Tampoco que la dirigencia opositora tiene que mantener buenos lazos con el gobierno brasileño mientras sea posible. Pero eso no quiere decir que los ciudadanos venezolanos tengamos que hacer activismo a favor de candidatos terribles por allá. Me causa mucha gracia que nuestros derechistas más exaltados estallen en cólera ante cualquier crÃtica a Bolsonaro, muy a pesar de su talante despótico. O que la izquierda postchavista reproche a la oposición estar “llena de odio” cuando repudia a Lula, muy a pesar del comportamiento del expresidente hacia Venezuela. Como si de todas formas los venezolanos fuésemos quienes vamos a decidir esa elección. Yo, al menos, no le hago propaganda a impresentables. Prefiero limitarme a estudiar desapasionadamente la situación y a esperar lo mejor. Para Brasil y para Venezuela.
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