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Cartas de amor, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

Hay cartas de amor memorables: la de Beethoven a su amada inmortal, la de Pablo Neruda a Albertina Rosa, la de Lewis Carroll a Gertrude y la de Yoko (¡o no!) a Lennon. Las cartas de amor parecen haber pasado de moda, son como cosas de otro tiempo. Vivimos en la era de los emoticones, el amor se expresa con caritas, figuritas, corazoncitos, etc. En Venezuela, sin embargo, se mantiene la tradición: es famoso y de mucho prestigio el concurso de “Cartas de amor de MontBlanc”, pero ahora le ha salido competencia.

Hasta el 28 de agosto hay chance para participar en el concurso literario “Cartas de amor a Hugo”.

Es un concurso que tiene bases y todo, es decir, ¡reglas! Un jurado imparcial y una votación secreta (aunque usted no lo crea). El evento lo convoca el “Instituto de Altos Estudios del Pensamiento del Comandante Eterno Hugo Chávez”.

Usted se pone a buscar en Internet y no consigue, ni por asomo, un “Instituto de Altos Estudios del Pensamiento” de Immanuel Kant, o de Georg Hegel, o de Jürgen Habermas, pero sí se topa con este que hemos mencionado, que más allá de simples estudios, promueve “Altos Estudios”, como advirtiendo que se trata de un objeto de investigación que requiere cierta estatura intelectual. Naturalmente, si hablamos de algo que tiene connotaciones de “Eterno”, estamos prácticamente rozando los límites de la teología.

Por ejemplo: para el estudio del pensamiento que implica calificar una victoria opositora no como un hecho natural del juego democrático, sino como “¡una victoria de m…!”, es necesario poseer, sin duda, una alta noción escatológica de la digestión humana que conecte su sentido físico con el metafísico. Aquí estamos hablando ya de alta filosofía.

Lo mismo sucede con la comprensión del fenómeno amoroso, al que Platón le dedica un diálogo y cuyo logos, para el instituto en cuestión, puede ser resumido en esta concluyente e impecable sentencia: “¡esta noche te doy lo tuyo!”.

Así podríamos seguir con muchos temas: la solidaridad con quien ha superado una adicción o “¡Bush eres un alcohólico!”, la defensa de la libertad de expresión o “¡vayan apagando los equipos!”, el respeto al trabajo y el esfuerzo o “¡exprópiese!”, la alta diplomacia o “aquí huele a azufre”, etc., etc. ¿Dejó el autor que nos ocupa pensamiento escrito? No, este se expresó siempre de manera oral, durante interminables cadenas de radio y televisión que, juntas, suman muchos meses de discursos que suponemos serán transcritos y recogidos en numerosos volúmenes con un riguroso índice onomástico, para la celebración del día de su santo, naturalmente.

Y dice uno, para quien amordazó la prensa, amorató a la esposa, amortiguó la corrupción, amorteció la industria petrolera, se amorochó con los más indeseables del planeta y amortajó la democracia, qué cosa puede ser más apropiada en estos momentos que una carta de amor.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Los cómicos también lloran, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Esta semana recibí la noticia de que Luis, uno de mis amigos de la infancia, falleció el miércoles pasado.

He pasado unos días de m… porque Luis murió por esa terrible enfermedad que es el cáncer. Sumen a la ecuación que mi amigo transitó la enfermedad en Venezuela y justo con una pandemia en pleno desarrollo… Bueno, me prometí que rendiría este pequeño homenaje a Luis tal y como vivió: haciendo chistes todo el tiempo (o tratando).

A Luis Figueroa lo conocí en primer grado del Instituto Técnico Jesús Obrero, en la zona “F” del barrio 23 de Enero. Corría 1985. Compartimos paseos, vacaciones y hasta juegos de fútbol; pero él dentro de la cancha y yo fuera de ella. Paso a explicar: yo nunca he estado ganado a hacer deportes, y por ende al resto de los compañeros no les gustaba tenerme en su equipo; pero Luis siempre, para hacérmela más fácil, me decía “Tranquilo Juancito, tú eres el director técnico, solo tienes que gritar a los jugadores lo que tienen que hacer”. Yo gritaba como un loco y nadie me hacía caso, pero la verdad me sentía bien.

Y así era él, un tipo que tenía unas salidas geniales a través del humor. Con decirles que me contó Pedro Luis, otro de nuestros compañeros del colegio, que hace unos años, cuando Luis era cajero en un banco y comenzaba a faltar el dinero en efectivo en Venezuela, Luis vio a Pedro en una fila enorme para hacer un retiro de plata, entonces Luis se acercó y le dijo: “¡Pero dónde estaba metido, señor! Pase, que lo estábamos esperando”. Mientras entraban al banco, Luis les decía a los clientes “a todos los vamos a atender, pero el señor es VIP.

La verdad es que, si nos ponemos a enumerar todas las historias de este tipo, protagonizadas por Luis Figueroa, nos da para escribir un libro como la Biblia o El Quijote.

Luis enfermó hace casi 4 años. De hecho, la última vez que lo vi fue antes de irme de Venezuela. Lo fui a visitar al hospital y casi nos echan porque durante las dos horas que estuve ahí, nos reíamos a carcajadas. No me acuerdo de qué hablábamos, pero sí que le dije: “Ya chamo, no te agites, que te puede hacer mal”, a lo que él contestó: “Pero guebón, tengo un tumor cerebral no insuficiencia respiratoria, mientras no me pegues en la cabeza está todo bien”.

Seguimos hablando y riendo a más no poder, al punto de que una enfermera entró y dijo: “Señores bajen la voz, esto es un hospital; si siguen con el desorden los mando a sacar”. Entonces Luis le dijo: “Señora no me diga eso, porque con las ganas que tengo de irme de aquí, nos ponemos a cantar y a saltar en las camas…”. La enfermera no aguantó la risa, y sinceramente yo tampoco. Esa fue la última vez que nos vimos en persona.

Cuando me mudé a la Argentina, nos escribíamos, pero cada vez menos, pues, el día a día y otras cuestiones de la migración que ahora no vienen al caso, consumían el tiempo. Hace unas semanas supe por tu mamá, mi querido Luis, que tenían que operarte de vuelta, pero no quisiste esperar, preferiste irte. Sé que ahora estás tranquilo, haciendo reír a todos allá arriba.

Y sí, gente, les cuento que los cómicos a veces también lloramos… es más, siempre lloramos; el tema es que no lo hacemos en público porque podría afectar nuestra imagen… A menos que seas Buster Keaton.

Hasta la semana que viene.

 

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¿Cuánto dura una película en Netflix?, por Reuben Morales

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@ReubenMoralesYa

La próxima vez que seleccione una película y vea cuánto dura, le advierto: ese tiempo es falso. ¿Quiere saber cómo calcular la verdadera duración de una película en Netflix para no quedar más desilusionado que colombiano tomando café gringo?

Entonces aplique la siguiente fórmula descubierta por la universidad de Yale… de Yale digo cómo se saca:

Supongamos que la película dura 107 minutos según Netflix (lo cual no es real). Entonces, para averiguar la duración verdadera, haga lo siguiente:

A ese 107, súmele 50 (del número de mensajes de Whatsapp que recibirá durante la película y por los cuales deberá poner pausa). Entonces 107 + 50 = 157 minutos de película.

Ahora sume 6, correspondientes a los minutos de las dos llamadas que le harán cuando esté viendo la película. Así las cosas, 157 + 6 = 163 minutos de película.

Ahora súmele 20 segundos. Son de las dos veces que deberá retroceder un poco la película para retomar el hilo cuando tranque las llamadas. Eso suma 163 minutos con 20 segundos de película.

Ahora sume 40 segundos adicionales de las cuatro veces que deberá retroceder la película para volver a ver algo que, o no entendió bien o no escuchó por la alarma de un carro en la calle. Entonces sume los 163 minutos con 20 segundos + 40 segundos = 164 minutos de película.

Ahora agréguele 20. Son los minutos que deberá ver de nuevo por haberse quedado dormido en medio de la película. Así, 164 + 20 = 184 minutos de película.

Ahora sume 10. Son los minutos que dura pausada la película mientras usted se prepara un sándwich en la cocina. De esta manera tenemos 184 + 10 = 194 minutos de película.

Ahora sume 30. Son los segundos por retroceder cuando mastique su sándwich y no pueda escuchar nada por el crujir del pan tostado en su cabeza. Esto nos deja con 194 minutos y 30 segundos de película.

Ahora, a todo lo anterior, sume 24 horas. Es porque usted decide parar la película ya que debe madrugar al otro día. De esta forma, ya son 24 horas, 194 minutos y 30 segundos de película.

Ahora sume 2 minutos. Es para cuando retome la película al día siguiente y deba retrocederla un poquito para volver a entrar en contexto. Eso totaliza 24 horas, 196 minutos y 30 segundos de película.

Y si usted está en Venezuela, ahora súmele 20. Son los minutos que toma llenar los envases cuando llega el agua en medio de la película. Así las cosas, agregamos esos 20 minutos a lo anterior y nos da un total de 24 horas, 216 minutos y 30 segundos de película.

Pero si quiere estar tranquilo con sus cálculos, nunca deje de agregar 30 minutos más de imprevistos. Son esos casos cuando pausa la película para hacerse un sándwich, pero le envían un mensaje de Whatsapp, después le llaman, llega el agua, llena los envases sosteniendo el teléfono con el hombro y la oreja y luego usa toda esa agua para apagar el sándwich que se le prendió en candela por haberlo olvidado. Todo eso ahora suma un total de 24 horas, 246 minutos y 30 segundos de película.

Pasando los minutos a horas, la fórmula nos deja una película de 28 horas, 6 minutos y 30 segundos (de los cuales Netflix nunca advierte). ¿Entiende las consecuencias que esto trae a la industria del cine? El Irlandés ya es una telenovela, La vuelta al mundo en 80 días dura 365 días, 7 años en el Tíbet es una estancia de una década y 100 años de soledad, se convierte en un milenio. ¡Ah, y por cierto! Vale aclarar algo muy importante. Todos estos cálculos aplican si usted vio la película solo. Pues si su pareja no la ha visto, le tenemos una mala noticia: la tendrá que ver de nuevo con ella.

 

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Un régimen antifragilístico, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

No es fácil encontrar categorías teóricas que nos ayuden a comprender el proceso político venezolano: la demolición de uno de los países que por sus condiciones materiales podrían considerarse de los más afortunados y prometedores del planeta. Acosado por un modelo político destructor, es difícil entender cómo este se sostiene, cómo logra fortalecerse mientras peor es su desempeño, cómo logra sobrevivir con el mundo en contra, con sanciones internacionales y una larga lista de etcéteras.

Resulta, pues, que ya hay un desarrollo conceptual que nos permite explicar el fenómeno político venezolano de los últimos tiempos: la antifragilidad.

La idea ha sido desarrollada por el escritor libanés-norteamericano Nassim Nicholas Taleb en su libro: Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden. Creo que la mejor manera de presentar este concepto es como lo hace su propio autor: “Algunas cosas se benefician de los sobresaltos, prosperan y crecen cuando se exponen a la volatilidad, la aleatoriedad, el desorden y los factores estresantes y aman la aventura, el riesgo y la incertidumbre. Sin embargo, a pesar de la ubicuidad del fenómeno, no hay palabras para lo opuesto a lo frágil, llamémoslo antifrágil. La antifragilidad está más allá de la resiliencia o la solidez. El resiliente resiste los choques y permanece igual, lo antifrágil mejora”. El régimen político venezolano es, quizá, el más claro ejemplo de antifragilidad aplicada a la política.

Fenómenos como la corrupción, el irrespeto al ordenamiento constitucional, el fraude electoral, la violación a los derechos humanos y la destrucción de la economía, entre otras situaciones que, en su conjunto o aisladamente, han acabado con los regímenes políticos que los promueven, en Venezuela terminan robusteciendo al poder.

Mucho se dijo -por ejemplo- que, sin dinero, un sistema político populista no podría sostenerse. Pues parece que la ausencia de ingresos le hace más fuerte en otras formas de dominación.

Cada desastre brinda a la oligarquía gobernante nuevas oportunidades de afianzar su poder.

Si la gente emigra huyendo, se beneficia de las remesas internacionales; si escasea la comida, el control político de la gente que depende de los alimentos repartidos por el gobierno es mayor; si convoca a elecciones y frente a ellas la oposición se abstiene, se beneficia porque le resulta menos complicado ganar, pero si participa, también se beneficia, porque logra legitimar la trampa.

Es que, incluso, la crisis del combustible en un país petrolero ha hecho que el aumento del precio de la gasolina -tan polémico en otros tiempos- se haya dolarizado, como decían los giros de crédito de antes: “sin aviso ni protesto”. Todo lo que para otros regímenes políticos es adversidad, para el de Venezuela es aprovechable, ventajoso, favorable: narcotráfico, guerrilla, terrorismo internacional, etc.

Los propios errores terminan convirtiéndose en una gran ventaja para el régimen venezolano: si falla la electricidad, se logra movilizar a la población contra el “Imperio que ha causado la falla” y entonces cada apagón termina favoreciendo la tesis de la conspiración y del complot internacional, que además sirve de excusa para detener a adversarios políticos que puedan representar incomodidad u obstáculo.

Quizá el más reciente ejemplo de la antifragilidad del régimen es la pandemia de covid-19. Mientras que en otras latitudes ha debilitado gobiernos, en Venezuela le vino al régimen como anillo al dedo para aumentar el control social, para convertir el retorno al país en un delito, para encarcelar a periodistas independientes dispuestos a informar, para ayudar a sobrellevar el colapso del combustible y para mantener a la gente recluida e impedida de protestar.

En definitiva, hay gobiernos que se tambalean cuando lo hacen mal, el régimen venezolano se fortalece con cada calamidad, sea esta provocada por él o producto del azar.

Al enviar un paquete con contenido delicado, se le suele poner una etiqueta que dice: “frágil, manéjese con cuidado”. Venezuela es un paquete que lleva por fuera una etiqueta diferente: “antifrágil, manéjese a los coñazos”.  Y ya sabemos quién se la ha colocado.

 

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“Se te cayó la cédula”, por Laureano Márquez P.

@laureanomar

La frase que sirve de título al presente escrito es un venezolanismo que se ha puesto de moda de un tiempo a esta parte para subrayar un comentario, acción, actitud o recuerdo que revela la edad de la persona aludida de forma incontestable, sin derecho a réplica o, como solían poner los giros: “sin aviso ni protesto” (¡ups!, se me cayó la cédula).

El origen de la expresión seguramente viene del hecho de que, como la cédula de identidad tiene la información de la fecha de nacimiento del titular, la gente no suele permitir que se la vean, pero cuando se cae al suelo por accidente, la cosa cambia, porque quien la recoge “no es escaparate de nadie”. De hecho, antes del “se te cayó la cédula” existió el “pa´ ve la cédula” o el “muéstrame la cédula pa´ ve” que partía de la desconfianza sobre la edad que pregonaba su portador o portadora.

Para decirlo de manera más contundente, detrás del “se te cayó la cédula” hay una clara intención de llamarlo a uno  viejo.

Veamos por ejemplo esta enumeración de recuerdos:

* si recuerdas la gaita aquella que terminaba diciendo, a golpe de tambora: “… Navidad-Navidad-Navidad… Lorenzo”…

* si fuiste al abasto a comprar  y pediste ñapa…

* si conociste a Carlos Andrés con patillas y el zapato blanco pintado en las calles que recorría durante su primera campaña…

* si te daban un real para la merienda del colegio…

* si sabes cuántos medios hay en un real y cuántas lochas en un medio…

* si tomaste colita Grapette en el recreo…

* si conoces el origen de la frase “aquí, en la lucha por la locha”…

* si fuiste al cine a ver películas de Sandro en matinée (y lloraste)…

* si llegaste a pedirle al portugués de la panadería un bolívar de pan de a locha recién salido del horno…

* si le diste la mano a Diego Arria con el eslogan de “dale tu mano a Diego”…

* si recuerdas a los presidentes vestidos de paltó levita…

* si sabes a qué alude la frase: “caramba, estabas más perdido que Niehous”…

* si cantaste “libera tu mente”…

* si  tuviste máquina de escribir portátil marca “Brother” de esas que se le apretaban dos botoncitos y se levantaba la tapa como un capó…

* si alguna vez escribiste en esténcil y sabes lo que es un multígrafo…

* si gritaste alguna vez en una manifestación: “¡¿Dónde están los reales de la educación?… Los tiene Luis Herrera en El Salvador!”…

* si el caso Sierra Nevada te escandalizó…

* si usaste papel carbón para sacarle una copia a un trabajo del liceo…

* si alguna vez tuviste miedo de que te picara la machaca…

* si te purgaron con Leche de Magnesia…

* si tu mamá te pegaba con chancleta…

* si te mandaron al INOS a pagar el recibo del agua…

… Si alguna de las situaciones enumeradas en la lista evocó en ti algún recuerdo, entonces, lamento decirlo, pero se te cayó la cédula. Quien suscribe las vivió todas.

Pero la edad es solo un número (claro, que si el de la cédula está por debajo de los 10 millones, asusta).

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Zapatos para salir, por Juan Eduardo Fernández

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

 

@SoyJuanette

Lo pensé muchísimo… tenía que analizar si era prudente o no hacer ese gasto porque con la economía como viene, cualquier inversión innecesaria haría que mi golpeado presupuesto desaparezca.

Todo comenzó 117 días después de la cuarentena, cuando fui a la despensa y ya no tenía ni café, ni mate, ni harina pan y de las galletitas ni hablemos. Así que, arriesgando mi vida, tomé la decisión de salir e ir al supermercado chino que está a media cuadra de casa.

Y como siempre he tenido el pálpito de que encontraré al amor de mi vida el día menos pensado, me bañé, me afeité, me perfumé, y cambié mi pijama de unicornio por ropa más adecuada para la ocasión. Me puse las crocs de gala, ojo, no me refiero a las azules desvencijadas que compré en una playa de Naiguatá, sino a las amarillas que adquirí en unas vacaciones que pasamos en Aruba, cuando mi vida era otra, y podía ir a los all inclusive.

En fin, hace tanto que no me las calzaba que cuando estaba a medio camino de llegar a mi objetivo, descubrí que ese sería el último viaje de esos zapatos tan cómodos, pues pisé un charco de agua y mis elegantes medias de palta quedaron empapadas… Había ocurrido lo inevitable: un vidrio o un alambre habían perforado mis queridas crocs amarillas, símbolo de una época de opulencia en mi vida. Y no pude hacer nada para salvarlas, por lo que las despedí en el contenedor que estaba frente a mi edificio.

Pasé un tiempo de luto. Estuve varios días sin comer, pero no por la tristeza, sino porque no había podido llegar al supermercado chino.

Así que aguardé hasta tener fuerzas para fingir el acento porteño con el que agradezco al Rappi venezolano que me trae las compras. Ojo: no por maldad, sino porque una vez le dije a un repartidor “Gracias mi pana” y el tipo me miró con odio, como diciendo: pero qué bolas este tipo que esclaviza a su propio pueblo… Desde entonces me despido con un “Grande Che querido”, con la tonada porteña más exagerada que pueda. 

Al tiempo me di cuenta de que tenía que seguir con mi existencia. Así que me puse a navegar para encontrar un reemplazo a mis crocs fallecidas. Pero al ver los precios, me decidí por comprar unos zapatos. No cualquier tipo de zapatos: tenían que servirme para ir al chino, a una reunión y hasta para un matrimonio.

Y finalmente durante una mañana fría y lluviosa, en un arrebato de locura, ingresé a Mercadolibre, que es nuestro Amazon argentino. Y cometí la locura de comprármelos; era un par de “zapatos para salir”, negros, con suela blanca y de cuero. Por si fuera poco, los acompañé con unas medias de gala, estampadas con trozos de pizza. Esperé ansioso los tres días que dijo la plataforma que tardarían en llegar, pero pasaron, 4, 5, 6 y al 7mo día, Dios vio que todo era bueno… ah no perdón, me confundí de historia, al séptimo día llegaron mis zapatos y mis medias nuevas.  

Y ahí fue cuando me di cuenta de la estupidez que había cometido: me compré unos zapatos para salir, en un mundo donde ya no podemos salir. Pero, como dice Drexler, “Nada se pierde, todo se transforma”. Con lo que me costaron ahora serán mis zapatos para bañarme, cocinar y dormir.

 

 

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3 preguntas que usted jamás debe contestar inmediatamente, por Reuben Morales

@ReubenMoralesYa

La verdadera clave para sentirse libre en la vida no es meterse en un negocio piramidal, buscarse una nueva religión o salir del clóset, no. La verdadera clave para sentirse libre es la de jamás contestar inmediatamente alguna de estas 3 preguntas (pues de hacerlo, podría acabar más arrepentido que nazi viejo).

A continuación, se las presento ordenadas según el nivel de peligrosidad que representan para su vida. Comencemos con la más fácil:

 “¿ME PUEDES HACER UN FAVORCITO?”

Como la pregunta viene en diminutivo, uno siempre asume que el favorcito es algo tonto, como responder: “¿Cómo es que se llamaba el Cariñosito amarillo?”. Por ello, uno siempre termina accediendo con un “¡Claro!”. A lo que su “amigo” aprovecha y le dice: “¡Ay, gracias! Es que necesito un trasplante de riñón y tú das con el perfil”.

Por tanto, ante la pregunta de “¿Me puedes hacer un favorcito?”, usted siempre debe responder “Depende”. Eso le dará suficiente tiempo para pensar si el favor le conviene. ¡Y muy importante! Jamás sucumba si ese “favorcito” se lo pide ese amor platónico por el cual usted se babea. De ser así, acabará haciendo dos favores: el favor que le pidieron y el favor de llevar a ese amor platónico al altar (pero siendo usted el padrino de bodas).

 “¿CARGAS EFECTIVO?”

Uno, de incauto, siempre dice “¡Sí!”. A lo que este “amigo” siempre responde: “préstame 20 y te los pago ahorita”. El problema es que ese “ahorita” termina siendo tan impreciso como mi criterio para combinarme la ropa. Entonces pasan unos quince días, usted se encuentra de nuevo con el “amigo” y termina diciéndole… apenado… en voz baja… como para no molestar: “¿Por casualidad tendrás esos 20 que te presté la otra vez? Es que ya los necesito”. A lo que dicho “amigo” responde: “No, bueno… ya no se te puede pedir plata porque te ofendes… ¡Perdón si pisoteé los derechos de la minoría de los prestamistas!… #InclusiónParaLosPrestamistas”.

Por ello, cuando le pregunten “¿Cargas efectivo?”, simplemente diga: “¡No me lo vas a creer!… Pero lo que tengo, recién me lo prestó un amigo que cargaba efectivo”.

 “¿QUÉ HACES EL SÁBADO EN LA NOCHE?”

He aquí la más maquiavélica de todas estas preguntas, pues uno apenas la escucha, ya comienza a imaginarse cosas como: “Me invitarán a una rumba… o a cenar… o al cine… o salió un trabajito”. Por ello, ante semejante tentación, uno siempre termina lanzándose de pecho y respondiendo: “¡Estoy libre! ¿Qué vamos a hacer?”. A lo que viene el bombazo: “¡Perfecto!, porque necesito que me ayudes en la mudanza. Lo único es que no sirve el ascensor y hay que bajar todo por la escalera”.

Ante esto, debe ser precavido. Cuando le pregunten algo así, simplemente responda: “Ya estoy comprometido, ¿por?”. Entonces escuche la oferta y, si coincide con que usted no hizo ejercicio en la semana y aún debe quemar esas calorías, acepte el workout de la mudanza (rutina de ejercicios que no descartamos sea patentada en un futuro bajo el nombre de “mudanzing”).

Como ve, liberarse de estas preguntas es más sencillo de lo que parece. Entiendo pueda sentir cierta deuda moral conmigo gracias a estas enseñanzas, pero no se preocupe. Si desea retribuir este gran favor, solo le pregunto, por no dejar: ¿Me podría hacer un favorcito? No, no le pediré efectivo, tranquilo. Solo quiero saber qué hará este sábado en la noche. Nada, ¿verdad? Entonces es para que me haga el minúsculo favor de compartir este artículo con doscientos cincuenta de sus contactos. ¡Es rapidito! ¡Y gracias por siempre estar a la orden! Como recompensa, le diré el nombre del Cariñosito amarillo. Es Divertosito.

 

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Paseando a la licuadora, por Juan Eduardo Fernández

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Antes de que comiencen a leer mi columna de esta semana quiero aclarar que el título no refiere al nombre de una canción, se trata de algo que hice en una plaza porteña el pasado fin de semana.

Todo comenzó el viernes, cuando fui a buscar a mis hijos para que pasaran el fin de semana en mi casa, como dicta la tradición desde que comenzó la pandemia. Algo que para mí significa mucho, y para mis hijos aun más. No solo porque les encanta pasar tiempo conmigo, su querido padre (esto puede ser una apreciación mía), sino porque mi conexión a internet es más potente que la que tienen en su casa.

Pero este fin de semana no sería como los otros, porque en esta oportunidad nos acompañaba una nueva integrante de la familia: la licuadora, que mi exmujer tuvo a bien obsequiarme, pues ella había comprado una nueva. “De motor está bien, solo hay que comprarle la base del vaso, que engrana en el rotor” ¿Entendiste? dijo ella; a lo que yo solo alcancé a decir: “Ajá, muchas gracias” (porque obviamente no tenía ni idea de a qué pieza se refería). En fin, tomé la bolsa con la licuadora, a mis hijos y nos fuimos a casa.

A la mañana siguiente, luego de prepararles el desayuno a los niños, les dije para salir a dar una vuelta, pues acá en Buenos Aires están permitidas las salidas recreativas los fines de semana. Obviamente mis hijos no quisieron, pues, creo que están muy expuestos a las noticias y básicamente tienen terror de poner un pie en la calle. Pero cuando se trata de que papá salga, a eso no le hacen problema, más que nada porque siempre regreso con alguna golosina.

Y en este punto me quiero detener, porque considero que el encierro no es bueno, pero tampoco aligerar las medidas, pues la pandemia existe y tenemos que aprender a convivir con ella ¿cómo? Tomando todas las previsiones del caso, lavándonos las manos, mientras cantamos 3 veces la canción de cumpleaños, pero el “Ay qué noche tan preciosa”.

Bueno, después de este mensaje concientizador, continuo con mi relato:

Luego de rogarles rodilla en tierra que me acompañaran, desistí. Tomé la licuadora, la metí en mi bolsa ecológica de Los Simpsons y comenzó la búsqueda del repuesto que necesitaba “La Licua”. Di varias vueltas ese sábado, pero nada. A la mañana siguiente, repetí la misma rutina: meter a La Licua en la bolsa, y dar varias vueltas por Almagro para ver si encontraba el repuesto o, tal vez, algún experto que lograra descifrar cuál es la pieza que necesita la licuadora para volver a la vida.

Ya han pasado varios días, y no he encontrado la refacción. Pero lo que encontré fue una gran compañera, quien me deja tomarla del aza (porque no tiene manos), y llevarla a pasear por el barrio. Tal vez mi licuadora no logre licuar nunca, pero mientras esté conmigo, me encargaré de llevarla siempre a dar una vuelta.

Creo que entre “La Licua” y yo está naciendo una maravillosa amistad, quién quita si en algún momento me acompañe a “darle la vuelta al mundo”.

 

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