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A payasadas, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”
La nariz roja en el payaso te da la licencia de ser libre. Al colocarte esa nariz sobre tu rostro solo debes dejar salir tu niño interior, liberarte de los complejos y jugar

 

@SoyJuanette

Aquel sábado no tenía idea de lo que me cambiaría la vida solo por detenerme a ver un espectáculo callejero. Esa mañana comenzó como todas. Mis sábados consistían en levantarme temprano, tomar mate, comer un alfajor Guaymallen de chocolate y correr hasta la estación Carlos Gardel para viajar hasta el call center donde trabajaba entonces.

Después de trabajar hasta las 14, corría a buscar a mis hijos para aprovechar lo que quedaba del fin de semana. Recuerdo que ese día decidí llevarlos al Parque Centenario, un hermoso lugar con áreas verdes y un lago en el centro. Un lugar donde los niños podían jugar a la pelota, los adolescentes se sentaban en el césped a escuchar música o jugar a las cartas, mientras que el resto de los mortales podían disfrutar de shows ofrecidos por artistas callejeros.

Para mí El Parque Centenario siempre ocupó un lugar especial, porque cuando venía como turista a Buenos Aires por alguna razón terminaba acá sentado en una banca frente al lago, ya fuera leyendo o escribiendo.

Creo que aquel sábado fue la primera vez que volvía al Centenario desde que me mudé definitivamente a Buenos Aires, y debo confesar que lo recordaba más grande y también más tranquilo, pero la realidad era otra. En fin, aquella tarde mientras caminaba con mis hijos la niña me tomó de la mano y me dijo:

-Papá hay un show de algo, vamos a ver.

Pero mi hijo, al escuchar a su hermana frunció el ceño y quiso seguir caminando, por lo que negocié que nos quedáramos solo unos minutos.

Nos acomodamos como pudimos para poder ver el espectáculo, era un número de clown y malabarismo. Pasaron algunos segundos, comenzó escucharse el tema “Circus” de Color Clowns y de la nada apareció la payasa más hermosa que vi en mi vida manejando un monociclo.

Los ojos de mis hijos se llenaron de brillo (y los míos mucho más) cuando la escuchamos presentarse: “Soy la payasa Jaqueca”. A continuación pidió un voluntario para su show con cuchillos. Sin esperar un segundo levanté la mano, y al instante terminé con los ojos vendados y escuchando cómo Jaqueca blandía filosos cuchillos sobre mi cabeza mientras los niños (incluyendo a mis hijos) gritaban y aplaudían.

Al terminar mi participación Jaqueca me regaló una golosina, y tras recibirla me tiré el lance de pedirle una foto junto a mis hijos. Luego también le pedí su cuenta en Instagram para etiquetarla y afortunadamente me la dio.

Claramente comencé a seguirla al instante, subí la foto y la etiqueté. Ella me devolvió el follow y comenzamos a chatear tímidamente. Pasaron una o dos semanas y vi que presentaba una exposición de máscaras hechas por ella y fui a verla. Al principio fue raro, diría que hasta incómodo porque en ese momento no éramos amigos ni nada; yo era solo un padre separado al que ella le había tirado unos cuchillos en un parque. Pero a medida que avanzó la noche congeniamos, nos reímos y quedamos en vernos de nuevo.

Luego Jaqueca armó un curso de actuación cómica, al que obviamente me sumé y al ver su dominio, su conocimiento y su talento, me terminé de obnubilar.

Fue durante esos encuentros artísticos donde ella nos enseñó algo que me ha sido útil siempre: para qué sirve la nariz roja de los payasos.

Resulta que la nariz roja en el payaso te da la licencia de ser libre. Al colocarte esa nariz sobre tu rostro solo debes dejar salir tu niño interior, liberarte de los complejos y jugar.

Al terminar aquel taller de teatro Jaqueca nos regaló una nariz roja a cada uno de los asistentes y nos dijo: “Cuando estén tristes, enojados, o tengan un día difícil, solo saquen su nariz roja, póngansela y llenen su mundo de color, vivan su vida a payasadas”.

Después de aquel encuentro ya nuestra amistad era imparable. Nos convertimos en compañeros y compartíamos idas al cine, teatro, visitas a museos, centros culturales, y hasta festivales circenses. Gracias a Jaqueca Buenos Aires para mí era una fiesta. 

Pero lo malo de las fiestas, las salidas y los amores platónicos es que se terminan… justamente cuando todo iba viento en popa, llegó un correo de la escuela Commedia Dell’Arte al correo de Jaqueca otorgándole una beca. Para que entiendan, esta institución es una cosa así como el Harvard del arte callejero.

Me enteré porque me mandó un WhatsApp muy emocionada. También me pidió que no nos despidiéramos porque “las despedidas son un decreto y, si lo hacíamos, entonces no nos volveríamos a ver”.

Esto ocurrió hace ya unos cinco años. Igual hoy en día seguimos en contacto, ella vive en Florencia y es una gran artista. Yo sigo en Buenos Aires, tengo un buen trabajo, escribo y hago películas. Pero lo más importante: cuando tengo días de mierda, me pongo mi nariz roja y salgo a caminar… no saben lo maravilloso que es “vivir la vida a payasadas”.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El mariachi mero, mero, ¿es mexicano?, por Reuben Morales y Víctor Ochoa
Ante una serenata de mariachis siempre surge una duda: El mariachi mero, mero, ¿es mexicano?

 

@ReubenMoralesYa y @Victor_8a

Mariachi que se respeta tiene cualquier nacionalidad, menos la mexicana. Por poner un ejemplo, quienes aquí escribimos somos venezolanos y como tal, sabemos que en Venezuela el mariachi es típico… típico que es colombiano. Tanto así, que alguna vez hubo un conjunto que no lo disimulaba llamándose “Mariachis de Guadalacúcuta”.

De hecho, el fenómeno de las migraciones ha internacionalizado tanto al mariachi, que en el mismísimo México hay dos tipos de mariachis: el oriundo de México y el venezolano que acaba de llegar y debe resolver cantando “Cucurrucucú paloma” (a riesgo de que otro compatriota lo mire raro por la inspiración con la que grita “paloma”).

Aunque dicha internacionalización de seguro debe tener sus límites. No imaginamos a un mariachi dando una serenata en predios talibanes. Seguramente no le perdonarían lo “mero macho” de su atrevimiento. Aunque sí nos imaginamos a un tenor alemán interpretando La malagueña, a todo gañote, para luego enterarnos de que el cuate ni siquiera ha probado una enchilada.

Pero tampoco se es mariachi por ejecutar bien sus instrumentos musicales o por no tener nacionalidad mexicana. Lo que realmente termina de hacer a un mariachi, es el dominar a la perfección el arte de entrar a la camionetica del conjunto sin que sus compañeros le ensucien el traje; a la vez que evita meterle el sombrero en el ojo a otro o asfixiarlo mientras le pone el guitarrón en la barriga. Aunque un mariachi realmente se gradúa, es cuando logra sobrevivir una tormenta tropical usando como paragua solamente su sombrero.

Otra cosa que hace a un mariachi es el tiempo que dura metido en la casa de quien le contrata. Porque dicho tiempo debe tener esa duración exacta mejor conocida bajo el nombre de “visita de médico”. Un tiempo especialmente acordado en el gremio mariachístico para cumplir con dos medidas sanitarias. La primera, que ninguno del conjunto vaya a incurrir en la vergonzosa necesidad de pedirle el baño prestado al dueño de la casa. La segunda, pues que el trompetista no se vea en la imperiosa necesidad de vaciar el chorro de saliva que acumula su instrumento. Por ello, si usted o uno de los suyos contrata un mariachi, evite esa práctica de dárselas de próspero pagando una ñapa para otra canción más. Le podrían terminar dejando una ñapa en la casa.

Aunque lo realmente común que tienen todos los mariachis -vengan de donde vengan- es que parecen superhéroes. De día tienen una personalidad como la de Bruno Díaz, pero basta que les llegue la batiseñal de “acaba de salir un toquecito”, para que saquen su traje de gala y se transformen no en Batman… sino en un doble de Vicente Fernández.

Además de que tienen superpoderes que no tiene ningún superhéroe. Uno de ellos se evidencia cuando alguien de la fiesta tiene una borrachera de esas que de lejos hiede a frasco de Listerine y, apenas llegan las trompetas al son de un jarabe tapatío, el hombre inmediatamente recobra la sobriedad. Un fenómeno que aún no se explica ni la misma Organización Mundial de La Salud.

Aunque bueno, como todo superhéroe, el mariachi también tiene su limitación. Una vez supimos de un mariachi a quien contrataron para dar una serenata callejera a una mujer que vivía en un piso quince. Como era de esperar, el gañote no le dio para tanto y le tocó dar la serenata por el intercomunicador. Obviamente, ese amor murió aquella noche.

Es por todo esto que el mariachi cuenta con un encanto particular que le hace tan apetecible a cualquier ser humano. Un encanto que va más allá de su música o sus trajes. El encanto de que, sea donde sea la serenata, cualquier integrante de ese conjunto podría ser su compatriota. Así que, si le falta platica, toca un instrumento y no nació en México, llámenos que le tenemos una oportunidad de negocio. Consiste en ser integrante de un nuevo conjunto de mariachis que estamos armando nosotros y que ya hemos bautizado como el “Mariachi Tradicional Echateuntalco”.

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La primera cita, por Juan Eduardo Fernández “Juanette”
Esa no solo fue la primera cita de mi hijo, también fue la primera vez que descubrí que no podré estar siempre para protegerlos

 

@SoyJuanette

Sentir mariposas en el estómago, probarse cinco camisas distintas, verse al espejo cincuenta veces y peinarse más que John Travolta en Grease… Había olvidado todos los niveles por los que pasa una persona cuando tiene una cita, y más si es tu primera vez.

Aquel viernes no fue distinto a los otros. Y, después de escribir el artículo del lunes y tener varias reuniones, finalmente a las 18 camine las 20 cuadras que separan mi casa de la de mis hijos para buscarlos. Quiero aclarar que camino porque me gusta, no vayan a pensar que es porque soy un rata y no quiero gastar un viaje en colectivo… Aunque viéndolo bien, si aquí en Buenos Aires llegan a quitar los subsidios al transporte en Capital, hasta mis hijos van a tener que caminar.

En fin, para mí los fines de semana son como una fiesta de amigos desde hace 5 años. Siempre fue lo mismo: los viernes busco a los chicos, llegamos a casa, pedimos pizza o empanadas (a veces las dos cosas), tomamos gaseosa y vemos algo en la tele o jugamos a la Play. Los sábados son más vertiginosos, porque generalmente salimos a conocer algún lugar de Buenos Aires.

Por ejemplo, algunos hallazgos de nuestros sábados durante estos cinco años han sido la casa de Ernesto Sábato en Santos Lugares, Tierra Santa, el Parque de La Memoria, el Mercado de San Telmo, El Banderín y muchísimos otros. En cuanto a los domingos son más tranqui porque desayunamos tarde, comemos fideos con tuco o pesto, reposamos y luego se viene el regreso a la casa de mis hijos.

Pero aquel fin de semana sería muy pero muy distinto. Yo algo sospechaba porque, cuando veníamos en el colectivo, mi hijo que es muy pero muy hablador estuvo callado todo el viaje. Y en la noche, cuando siempre se come 4 porciones de la pizza de muzza de Pin Pun, solo se comió dos. Luego de cenar y cuando su hermana fue al baño, mi hijo me dice:

−Pa´, tengo algo que decirte…

Obviamente al escucharlo se me subieron los colores al rostro. Suspiré fuerte, mantuve la compostura y le respondí:

−¿Qué pasó?

Acá quiero aclarar que mi hijo es muy tranquilo. Tal vez sonará a cliché, pero créanme, a mi hijo le da paja hasta caminar; nunca nos dio problema de ningún tipo… pero ahora pasa por ese trance llamado adolescencia, que fue inventado por la naturaleza para probar los límites de los hijos y la templanza y la paciencia de los padres.

Mi hijo se tomó unos segundos y me dijo: me voy a encontrar mañana con una chica en una plaza cerca de la escuela y tienes que dejarme ir.

En ese momento me di cuenta, por el tono de su voz y sus frases en imperativo, que mi niño, aquel con el que jugaba, al que le preparaba panchos y veíamos dibujitos, había dejado de ser un niño y encima estaba flechado.

Por supuesto que lo interrogué como si fuera yo un agente de la KGB: ¿quién es?, ¿cómo la conociste?, ¿de dónde es? Y luego de escuchar atentamente sus respuestas le pregunté si su madre, es decir mi exesposa, sabía de esto. Claramente no sabía, porque ¿para qué le iba a decir él? Para eso estaba yo…

Ahí le dije que lo hablaría con su madre y si estábamos los dos de acuerdo, entonces iría. A mi comentario el respondió viéndome fijamente a los ojos y con el ímpetu de esos entrenadores de ventas que te dan fuerza para que conquistes el mundo: “Papá si hay alguien que pueda convencer a mamá ese eres tú; confío en que lo puedas hacer”.

Tengo que confesar que su comentario me dio mucha risa, pero no lo demostré. Solo asentí con la cabeza para aceptar la misión y procedí a llamar a mi ex.

Tras debatir de la inseguridad, las enfermedades de transmisión sexual y otras verduras finalmente accedimos, pero con la condición de que nos mandara la ubicación en tiempo real. A regañadientes aceptó. 

Ese viernes nos las pasamos mi hijo, su hermana y yo buscando el atuendo correcto que usaría mi preadolescente en esta su primera cita. Esa noche ni él, ni la madre ni yo dormimos. A la mañana siguiente se despertó muy temprano, desayunó y junto con su hermana comenzaron a ensayar peinados y atuendos para aquel evento trascendental.

A eso de las 11 de la mañana de un sábado, vi como mi hijo se subía a un colectivo para ir al encuentro de su doncella. Lo que él no sabía es que segundos después yo tomé un taxi y usé una de las frases más usadas en las persecuciones tanto en cine como en TV: “Siga a ese colectivo”.

El tipo no entendía nada, imagino que pensó que yo era un esposo celoso siguiendo a su mujer, y durante todo el viaje me veía con cierta lástima. Pero cuando vio que se trataba de un joven (por supuesto le expliqué que estábamos siguiendo a mi hijo porque tendría su primera cita), entonces me miro inquisitivamente, y la verdad no sé si me creyó. Me bajé del taxi y sigilosamente seguí a mi hijo hasta la plaza.

A todas estas su hermana, quien era mi cómplice, seguía los pormenores vía WhatsApp desde mi departamento. Y la madre, desde su casa, no despegaba los ojos de la ubicación de su hijo, que recibía por Google Maps.

Llegó la hora de la cita, mi hijo comenzó a impacientarse pues la chica aún no venía. Pasados ya 15 minutos mi hijo sacó su celular y la llamó, no tengo mucha experiencia en eso de leer los labios, pero juro que entendí cuando le dijo: “No te preocupes, lo entiendo, otra vez será”. Los padres de la joven no la habían dejado venir a la cita, porque vivía lejos y no tenía quién le acompañara.

Tras cortar, sus ojos se llenaron de lágrimas, y los míos también. Fui testigo del momento justo en que mi hijo descubrió algo que yo aprendí hace muchos años: enamorarse duele.

Mi hijo se secó las lágrimas, me llamó y cuando sonó mi teléfono obviamente quedé en evidencia. Él volteó hacia donde estaba yo. Pensé que se enojaría, pero ni siquiera me preguntó qué hacía yo en la plaza; por el contrario, se acercó hasta mí, nos dimos un abrazo y nos fuimos los dos a casa con el corazón destrozado.

Justo cuando íbamos de regreso caí en cuenta que lo había seguido para protegerlo, para que no le ocurriera nada, pero hay una triste realidad: hay cosas de las que no lo podré salvar, y que pueden hacer más daño que un punga: la desilusión, por ejemplo.

Esa no solo fue la primera cita de mi hijo, también fue la vez que descubrí que no podré estar siempre para protegerlos.

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Mis Crocs cumplen 15 años, por Reuben Morales
Ustedes se preguntarán cómo llegaron a cumplir quince años unas Crocs, aquí les cuento la cantidad de vivencias que marcaron nuestras vidas por siempre

 

@ReubenMoralesYa

No soy vidente profesional, pero una predicción que sí les puedo dar es que cuando llegue el Apocalipsis, lo único que seguirá existiendo serán las pirámides, la muralla china y mis Crocs. En este año 2022, mis Crocs cumplen quince años. Una proeza que celebraremos yo, alguien que lea esto en el departamento de mercadeo de Crocs y alguna ballena que jamás se terminó comiendo este par de evidencias de que el plástico es menos biodegradable que el comunismo.

Y ustedes se preguntarán cómo llegaron a cumplir quince años unas Crocs (cosa que también se pregunta mi esposa, quien las quiere botar desde que me conoce). El primer secreto es que soy de esas personas que usa las cosas hasta que ya no sirven, como una chequera que todavía tengo del año 1999. El segundo secreto, es que calzo 49 y no consigo zapatos con facilidad. Y el tercer secreto, es uno jamás revelado: uso mis Crocs con medias.

Por eso no quise que mi par de Crocs negras dejaran de tener su fiesta de quince años (fiesta por demás barata, pues las cumpleañeras no comen, no bailan y con las mangas del vestido de una quinceañera, salen dos vestiditos para ellas). La gran oportunidad para bailar el vals con ellas puestas, pero en las manos porque están tan lisas que no me quiero dar una matada. Incluso me imagino bailando el clásico tema de Chayanne: “Tiempo de Crocs, un, dos, tres al revés…”.

Por supuesto, como en toda fiesta de quinceañera, también proyectaré un video de los momentos más icónicos de mis Crocs en estos quince años de vida. Como el momento en que las compré, allá en el 2007. Recuerdo cómo supe que, de entre todas las Crocs expuestas en el mostrador de la zapatería, esas eran. Claro, eran las únicas que me quedaban.

De ahí en adelante, experimentamos una cantidad de vivencias que marcaron nuestras vidas por siempre. Como la primera vez que usé mis Crocs negras con medias blancas. La gente creía que estaba caminando sobre dos pingüinos. También las usé cantidad de veces en la ducha como jabonera. Luego conformaron la primera cuna de mi hijo para después ser el Titanic de sus muñequitos en la bañera. También estuvo la vez que les amarré una cuerda y sirvieron de salvavidas para rescatar a alguien que se cayó de una lancha. Mismo fin de semana cuando acampamos en una playa, nos sirvieron como colador de pasta y luego para defendernos de unos malandros cuando se las lancé como búmeran. Con una sola Croc neutralicé a veintiocho de ellos.

Han sido recuerdos muy gratificantes. Como la vez cuando emigré a Colombia, que media maleta se perdió nada más en llevar mi par de Crocs. Aunque lo positivo fue el momento cuando el Guardia Nacional me revisó la maleta a ver con qué se quedaba. Cuando vio dos Crocs me dijo “No, hombre… siga”.

¡Qué orgullo siento! Mis Crocs dejaron de ser unas niñas para convertirse en todas unas mujeres. Aunque envidio la lentitud con la que envejecen. Ahorita de quince, se ven más jóvenes que un renacuajo. De hecho, creo que ya di con la tasa de envejecimiento de las Crocs. Así como los años de perros son siete años de humanos, el año de una Croc equivale a -2 años de humano.

Así, cuando yo cumpla cien años, mis Crocs tendrán -73. Entonces las donaré a un museo de historia y allí quedarán expuestas. De hecho, me las imagino ahí colocadas en una muestra con las pirámides egipcias y la muralla china. El nombre de la exposición será: “Las únicas cosas que sobrevivieron al cambio climático”.

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Si Adán y Eva hubiesen sido…, por Reuben Morales
Si Adán y Eva hubiesen sido comunistas, hubiesen expropiado el Edén y lo habrían convertido en chatarra

 

@ReubenMoralesYa

Menos mal que Adán y Eva no nacieron en esta época. Es que de haber sido así, el destino de la Biblia hubiese sido otro totalmente distinto. Con solo pensar en la cantidad de comunidades que hoy abundan en el planeta, no cuesta imaginar qué hubiese pasado si Adán y Eva hubiesen sido miembros de algunas de estas tribus:

SI HUBIESEN SIDO COACHES

DIOS: “Adán… Eva… pueden disfrutar de todo el Edén, excepto del árbol de la vida”.

ADÁN: “¡Por favor, Dios! ¿Habiendo tantas cosas en el Edén vamos a enfocarnos en lo negativo? ¡Enfócate en el vaso medio lleno!”

SI HUBIESEN SIDO ECOLOGISTAS

DIOS: “Muchachos… no me coman del fruto prohibido”.

EVA: “¡Dios, por favor! Comernos ese fruto sería atentar contra la Pacha Mama. ¿Qué te pasa, brother?”.

SI HUBIESEN SIDO EMPRESARIOS

DIOS: “Me hacen el favor y no me comen de ese árbol”.

ADÁN: “Tranquilo que no comeremos, pero pronto llenaremos el Edén de puros cultivos de ese árbol para conquistar el mercado de exportación de manzanas”.

SI HUBIESEN SIDO ABOGADOS

DIOS: “No me pueden comer de ese…”.

EVA: “¡Ya va, ya va, ya va! Hazme el favor y me dices en cuál artículo de cuál ley dice que no se puede comer de ese árbol”.

SI HUBIESEN SIDO GAIS

DIOS: “Ni vean esa manzana porque van a caer en la tentación”.

ADÁN: “¡Por favor, Diosi!… O sea, tú no sabes que yo soy el mejor amigo de Eva porque ella me cuenta todo mientras yo la peino”.

SI HUBIESEN SIDO ATEOS

DIOS: “Podéis recorrer todo el Edén, pero no acercaros a ese árbol”.

EVA: “Adán, ¿tú escuchaste algo…? Hay como un mosquito en el ambiente, ¿no?”.

DIOS: ¿Me escucháis?

ADÁN: ¡Ignóralo, Eva!… La, la, la, la, la, la.

SI HUBIESEN SIDO PROGRES

DIOS: “Es importante que no se acerquen a ese árbol”.

EVA: “Ya va… ¿y por qué solo a ese árbol? ¿Dónde dejas a los demás árboles? ¿Por qué los excluyes? Y además… ¿cómo sabes que ese árbol es “él” y no es “ella”? ¿Por qué no le dices “árbel”?”.

SI HUBIESEN SIDO VEGANOS

DIOS: “Terminantemente prohibido comer manzanas”.

ADÁN: “Lo lamentamos. Ya nos la comimos. Es lo único que comemos”.

SI HUBIESEN SIDO FEMINISTAS

DIOS: “Ni me miren esa manzana”.

EVA: “¡Y cuenta con eso! ¡No quiero que me culpen de haber iniciado el heteropatriarcado machista!”.

SI HUBIESEN SIDO GAMERS

DIOS: “Hijos míos”.

ADÁN: “Ya va”.

DIOS: “¿Me escuchan?”

EVA: “Ahorita no”.

DIOS: “Es importante”.

ADÁN: “¡Ya va, que estamos a punto de pasar de mundo!”

SI HUBIESEN SIDO MILLENNIALS

DIOS: “Y si se comen esa fruta, cometerán el primer pecado”.

EVA: “¡Ja, ja, ja, ja!… Ya nosotros cometimos ese pecado hace como diez años”.

ADÁN: Y seguimos siendo amigos y todo bien.

SI HUBIESEN SIDO CENTENNIALS

DIOS: “Adán… Eva… Es importante”.

EVA: “¡Adán!… ¿Y ese audiolibro?”.

ADÁN: “¡Me hackearon el teléfono!”

SI HUBIESEN SIDO CHINOS

DIOS: “Y si comen esa manzana, cometerán el pecado original”.

EVA: “Y te tenemos este pecao’ imitación que es igualito al oliginal”.

SI HUBIESEN SIDO DEMÓCRATAS

DIOS: “Prohibido comer del fruto prohibido de ese árbol”.

ADÁN: “Levante la mano el que esté de acuerdo con eso”.

SI HUBIESEN SIDO COMUNISTAS

Bueno… ya va… tampoco es tan bueno darle rienda suelta a la imaginación. Porque si Adán y Eva hubiesen sido comunistas, tengan por seguro: no hubiese habido Dios que les hablara, hubiesen expropiado el Edén, lo habrían hecho improductivo, Adán hubiese matado a Eva de hambre, luego se hubiese comido a la culebra para sobrevivir y este artículo ni siquiera hubiese existido porque de seguro ya lo habrían mandado censurar.

¡Ah, pero eso sí!, habrían publicado una Biblia muy bella donde todo se hubiese visto bien hermoso y abundante.

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Entrevista a mi barriga, por Reuben Morales
El mejor amigo del hombre es el perro y el peor, la barriga. Por eso tuve una conversación muy tirante con ella, que les transcribo…

 

@ReubenMoralesYa

Tras tener una fuerte discusión con ella luego de tratar de ponerme un pantalón que jamás pude abotonar, me calmé, le pedí que nos sentáramos en la sala y le hice unas preguntas para dejar las cosas claras en nuestra relación.

REUBEN: Solo quiero que me expliques algo. ¿Por qué eres tan salida? Ya ni me dejas ver lo que tengo abajo. Por si acaso, me refiero a los pies.

BARRIGA: Es que debes comprender que ya con los años me he convertido en tu pequeña mascota. También tengo derecho a salir y que me paseen.

R: Sí, pero es que lo tuyo ya no es libertad. Es libertinaje.

B: Bueno, es que yo también tengo derecho a asomarme por encima del pantalón.

R: Para asustarme cada vez que te da por tocar la hebilla fría de la correa, ¿verdad?

B: Je, je… bueno, para eso también, pero en verdad lo que quiero es conocer nuevos mundos. Nosotras las barrigas también tenemos derechos como cualquier ser vivo. Derecho a crecer y expandirnos. Derecho a que no nos encasillen como una barriga y ya, sin conocer nuestro género. En tal caso deberían llamarnos “barrigues”.

R: ¿Pero tú estás segura de que estás bien? Porque me llama la atención que yo ya terminé de crecer y lo único que sigue creciendo en mi cuerpo eres tú.

B: Bueno, papito, es hora de que te vayas enterando de que la verdadera señal de la vejez no son las arrugas ni la calvicie. Es mi tamaño.

R: Sí, pero es que no sé qué hacer para que bajes de tamaño.

B: Para eso te tengo un ejercicio que no falla.

R: ¿En serio? ¿Cuál?

B: Mira, tú subes un brazo.

R: Ok.

B: Subes el otro.

R: Ajá.

B: Y te pones una camisa negra. Así no se te ve la barriga.

R: ¿Y en qué parte es que se ríe uno?

B: Bueno, entonces ponte a hacer abdominales.

R: Será, aunque la parte que más me gusta de los abdominales es cuando estoy acostado, porque dejas de verte.

B: Pero a ver, ¿cuál es tu fijación conmigo, pues? Si yo más bien le he traído beneficios a tu vida.

R: ¿En serio? ¿Cuáles?

B: Mira, si no tienes mesa cerca, puedes apoyar el trago en la barriga. Cuando te pones a trabajar en la computadora y te jorobas, yo te sirvo de amortiguador. ¡Ah!… y gracias a mí, ahora te compras puros zapatos sin trenzas porque yo siempre me atravieso para que no puedas amarrarlas.

R: Mira mi cara… Estoy tan alegre…

B: Además, una buena barriga es indicativo de que tienes los medios para ser un buen sugar daddy.

R: Bueno, te diré que yo no conozco a la primera persona que esté orgullosa de su barriga.

B: Yo sí: Isaac Newton.

R: ¿Newton?

B: ¡Claro!… ¿Tú te creíste el cuento de que él descubrió la gravedad porque le cayó una manzana en la cabeza? ¿Qué va? Eso fue que vio cómo la barriga le rebotaba mientras trotaba.

R: ¿Sabes qué? ¡Esto se acabó! Me voy a comprar una faja.

B: La gente se va a dar cuenta cuando te salude de una palmadita en la espalda.

R: Entonces me voy a plastificar la barriga para que me sirva de faja y a la vez sude.

B: Nadie se va a aguantar ese olor.

R: Entonces te voy a hacer la ley del hielo.

B: ¿Me vas a dejar de hablar?

R: No, te voy a poner un hielo encima para que, del shock, a juro te tengo que meter.

B: ¡Nooooooooo!

Y así fue como caminé directo a la nevera para sacar un cubito de hielo. La cosa es que, en el camino hacia el cubito, se me atravesó por sorpresa un pote de helado. Y bueno, como no me aguanté, ahora mi barriga está más grande.

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El billete roto, por Juan E. Fernández “Juanette”

Ilustración de Alexander Almarza, @almarzaale

@SoyJuanette

Hoy quiero levantar mi voz por aquellos que no pueden hablar. Hay algunos que estuvieron de moda, que causaron furor, que despertaron pasiones, pero hoy son rechazados… los billetes rotos.

Hoy recibí una lección de “El Rosas” y “El Profesor”. Aclaro que no es el de La casa de papel, sino otro: Juan Manuel de Rosas, mejor conocido como el del billete de 20 pesos; y de Domingo Faustino Sarmiento (quien era maestro), también llamado “el señor del billete de 50 pesos”.

Todo ocurrió la mañana del lunes, cuando me levanté temprano y caminé a la carnicería para comprar algo de pollo para la semana, pues, para alguien que vive solo, lo mejor es comer lo mismo todos los días. De esta manera la neurona que usarías para decidir qué vas a comer cada día, la puedes enfocar en alguna idea por la que sí te pagan las compañías para las que trabajas.

En fin, cuando fui a la carnicería hice mi pedido y pagué con 200 pesos, que en dinero de Argentina son “dos evitas” o “dos rocas”, que no es por el actor de La falla de San Andrés sino por Julio Argentino Roca, el presidente que sale en los billetes viejos de 100 pesos. Luego de pagar, el carnicero me regresó un billete de 50 pesos (un sarmiento o un profesor ¿recuerdan?), pero demasiado enrollado para mi gusto, así que lo desplegué y vi que estaba roto. Acto seguido ocurrió esto:

Juanette: ¿Disculpa, me puedes cambiar este billete? está en mal estado.

Carnicero: La verdad yo no lo veo mal

Juanette: Está roto, le falta un pedazo

Carnicero: Cuando vayas a pagar lo enrollas y no se dan cuenta.

Juanette: Es decir, si yo te pagara con este billete ¿me lo recibirías?

Carnicero: Bueno ya no porque el billete ahora es tuyo así que agárralo y vete.

Juanette: Mejor hagamos algo, toma tus pechugas (bueno las del pollo), tu billete roto y dame mis dos evas…

Carnicero: Vas a dejar de comer por un billete roto ¿en serio?

Juanette: No, creo que llegó la hora de meterme a vegetariano.

Luego de tomar de dejar mi compra y tomar mis 200 pesos, dejé la carnicería de un portazo. Caminé unos metros y entre en la verdulería, compré algunos vegetales, una tapa de tarta y pagué con mis 200 pesos ¿Adivinen cuánto fue el cambio? Exacto, 50 pesos. Así que tomé mi sarmiento, bastante más derruido que el que me había dado el carnicero y me fui a mi casa.

En el camino me encontré en el piso un billete de 20, o un rosas ¿por qué nadie lo recogía? Porque no vale un carajo, pero como soy una persona de buen corazón lo recogí… obviamente también estaba en mal estado.

Chicos hoy les dejo dos lecciones: los vegetales no son más ricos que la pechuga grillada… y si te dan un billete roto, recíbelo porque si el destino quiere que sea tuyo, lo será.

Ahora que lo pienso, este sería un buen momento para ir a misa; tal vez pueda dejar a rosas y sarmiento en la cesta de la limosna y salir corriendo antes de que el cura me los quiera regresar.

Nota: esta entrada, del 20 de septiembre de 2020, se actualizó el 3 de octubre de 2021.

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Sippenhaft criollo, por Laureano Márquez P.
El sippenhaft nazi también se practica hoy en Venezuela, tal como lo denuncia el informe de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU

 

@laureanomar

El término viene del alemán (bueno sippenhaft, porque el criollo es criollo). Aparece mencionado en el reciente informe del Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre las violaciones a los derechos humanos en Venezuela. Se trata de un concepto jurídico usado en la Alemania nazi según el cual la responsabilidad por los llamados «delitos contra el Estado» se extendía a los familiares del acusado, quienes eran imputados y juzgados también y, en algunas oportunidades, hasta condenados a muerte.

La brillante idea se le ocurrió a Heinrich Himmler, lugarteniente de Hitler, constructor y supervisor de los campos de exterminio, entre otras aberraciones confiadas a su cargo. Al parecer, interesado desde muy temprana edad en el ocultismo y el misticismo, intentó desde este ámbito desarrollar un discurso en apoyo a la idea de la superioridad racial aria. Inspirado en los caballeros teutones de la Alemania medieval, Himmler desarrolló toda una filosofía y hasta una teología, organizando una «Iglesia de la orden teutónica» con la que pretendía sustituir a la Iglesia católica. Entre las cosas que rescató de ese supuesto esplendor ancestral, estaba la idea de que, ante un grave delito, la costumbre teutona era condenar a todo el clan familiar del acusado apelando al principio de la «corrupción de la sangre».

Este principio se aplicó en la Unión Soviética de Stalin, en la China de Mao, en la Cuba de Castro (entre otras tiranías) y se aplica en la Venezuela de hoy. En el informe de la comisión se relatan varios casos, tanto de prisión a familiares como amenazas de asesinar a parientes si el acusado no procede y declara inculpándose, conforme a los requerimientos del organismo del Estado que lo retiene, casi siempre de manera ilegal. En la mayor parte de los casos que en el informe de la comisión se detallan, las amenazas con ocasionar daño a los familiares están presentes. También el acoso cuando estos intentan ejercer los derechos que la constitución y las leyes otorgan para la protección de los procesados.

Hay un documental en Netflix sobre la formación de las tiranías (Cómo se convirtieron en tiranos), Venezuela reúne todos los requisitos que en él se detallan desde hace un par de décadas. Personajes siniestros que no se detienen ante ninguna norma jurídica o moral someten a una nación entera a su ambición ilimitada de poder.

Video: Cómo se convirtieron en tiranos Trailer Netflix | Isaac

Se trata de una forma de dominación que deja tras de sí una estela de destrucción y muerte que acaba empeorando todos los males en contra de los cuales supuestamente insurgieron sus protagonistas. Sin duda, la Venezuela anterior al régimen chavista tenía muchas dificultades, distorsiones y vicios, pero en las últimas dos décadas todos ellos han alcanzado dimensiones que en los años anteriores a 1998 nunca alcanzamos a imaginar ni siquiera en el escenario más apocalíptico.

Para mantenerse en el poder, el mejor recurso con el que cuentan las tiranías es el miedo. Hay que asustar a la población para que no se atreva a rebelarse. Para ello no solo hay que perseguir a quien intente hacerlo, sino disuadirlo amenazando a sus familiares: padres, pareja, hijos y parientes cercanos, para que entienda que sus acciones pueden dañar incluso a sus seres queridos, sin importar si son o no partícipes de ellas. Es el sippenhaft nazi, que también se practica hoy en Venezuela tal como lo denuncia el informe de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.

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