#ApuntesDeOtoño 4 | Cuando alzas la voz, la gente no te escucha, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
#ApuntesDeOtoño 4 | Cuando alzas la voz, la gente no te escucha, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Casi toda la Venezuela de hoy se ha convertido en una gallera. Lo peor de todo es que es una gallera virtual, infinita, cuyos gritos llegan al planeta entero, amplificados por la potencia de las redes sociales. Todos estamos en grupos de WhatsApp, que son un endemoniado escenario de gritos, incordios, desacuerdos que mezclan tantos insultos por no compartir puntos de vista con sus emojis ofensivos, hasta paradójicas felicitaciones por el cumpleaños de alguno de sus miembros, con sus tortas de velitas encendidas y botellas de champaña descorchadas. Una verdadera esquizofrenia colectiva cuyo análisis haría las delicias de Freud.

Hasta en el de la urbanización, a la que he llamado en alguna nota anterior: Bonita vecindad, ocurren a veces agrios comentarios sobre si hay que matar o no a una mapanare que se te metió en la casa, o tumbar o no el árbol que tapa las cloacas. Allí y, pese a la fraternidad que nos une en bonitos momentos, se desatan los truenos entre “conservacionistas” y “ecocidas”.

Lo más curioso de todo es el hecho de que no hay que ser ni filólogo, ni lingüista, para reparar en que, en una gran cantidad de casos, los contendientes están de acuerdo. Solo que no se han dado cuenta, porque están más interesados en halar la brasa para su sardina argumental, que en tratar de entender al otro para ver dónde están las coincidencias.

Estemos claros en que hay diferencias; en que hay distintas maneras de ver el país y las rutas para rescatarlo y que también hay intereses subalternos y/o legítimos que juegan su papel. Esto es así hoy y será así hasta la consumación de los siglos. Es muy probable, incluso que ese quimérico día, habrá distintas opiniones sobre cómo afrontar el Apocalipsis y el gran Armagedón que nos prometen las Escrituras. De manera que esto no debe escandalizarnos.

Las unidades completas y perennes nunca han existido en el liderazgo de los procesos históricos.

Es una ingenuidad pretenderlas y una pérdida de tiempo luchar por un cuadro idílico, como el de los angelitos de las obras de Zurbarán, agarraditos de la mano, adorando a la virgen María.

De manera que lo sensato es asumir las diferencias y aprender a vivir con ellas. No obstante, hay que decirlo y de esto va esta nota, es necesarísimo también hacer el babilónico esfuerzo para tratar de no sobreexponerlas con exuberancias fuera de lugar, que lo que hacen es entorpecer el camino y fabricar problemas donde, a veces, no los hay.

Es a ese respecto que me han venido al recuerdo dos anécdotas que pareciera importante referir y que ilustran bien lo que señalamos.

La primera es sobre un debate radial al que concurrí con Saúl Ortega, candidato del PSUV en las elecciones parlamentarias del 2010. Saúl es un amigo de las luchas universitarias y un ponderado adversario de las luchas políticas, aun cuando era particularmente ácido en sus comentarios. Tuvo por años, por ejemplo, un programa de radio en el que presentaba a su operador de controles como Julio Castillo “el bueno”, lo cual no era precisamente simpático.

Lo cierto del caso es que durante el programa perdí el control del volumen de lo que decía. Quizá me alteré significativamente al punto de haberme salido de las casillas, porque de pronto me vi alzando la voz, lo cual no suele ocurrirme normalmente.

Yo juraba, sin embargo, que había hecho un gran programa; que me la “había comido” y que le había ganado la partida a Saúl. Mi desconcierto fue grande cuando comencé a preguntar a los equipos que nos acompañaban y a familiares sobre la opinión del debate. Prácticamente ninguno supo decirme si la había parecido bien o mal y, aun menos, analizar los argumentos que había expuesto. Prácticamente lo único que recordaban todos, eran la “grisapa” en la que el programa se había convertido y la gritería que la pobre moderadora, trataba de inútilmente de controlar.

Moraleja: cuando alzas la voz la gente no te escucha. La gente oye el ruido, pero no se entera de lo que dices.

La otra anécdota tiene que ver con la discusión entre los líderes. Henrique Salas Romer fue electo como primer presidente de la Asociación de Gobernadores de Venezuela. Consciente del momento que vivía el país y de lo necesario que sería luego mantener aquel espacio, lo manejó con prudencia y claridad estratégica.

Solía acompañarle en las sesiones, aun cuando mi cargo en el gabinete era el de Secretario de Desarrollo Económico. En aquel equipo, era no obstante, de los que quien tenía más kilometraje en la política, y por eso, termine tomando nota de aquellas reuniones. Fue una oportunidad inmensa. Conocer a los primeros 22 líderes regionales del país y tener el privilegio de estar en sus reuniones, fue una escuela de excepción. Por inercia entonces, me fui convirtiendo en una suerte de secretario ad hoc de aquella asociación. De allí viene lo que nos interesa relatar.

Cuando observaba las discusiones de aquellos personajes tan importantes, en un país donde la descentralización comenzaba a tener un gran sex-appeal, notaba que la mayoría de las veces estaban contestes en las cosas que discutían; pero la manera como se lo decían creaba el espejismo de un desencuentro, cuando en realidad estaban de acuerdo. Era natural que así fuera. Estábamos observando a 22 líderes, 22 personalidades; 22 egos con sus defectos y virtudes.

Estar de simple observador me permitía tomar cierta distancia. Cuando aquellas cosas ocurrían, tomaba papel y lápiz y trataba de redactar unas líneas que permitieran recoger lo esencial de lo que se discutía, buscaba lo sustantivo y trataba de desechar lo adjetivo. Con la anuencia del presidente, pedía la palabra y con la excusa de exponer las conclusiones del debate, tomaba aquel papel y leía.

Era impresionante lo que invariablemente ocurría. Aquellas 22 personas que minutos antes parecían estar en desacuerdo, terminaban concluyendo que, en realidad, estaban de acuerdo. No había milagros, aquel Pentecostés del consenso estaba a flor de piel, solo había que escarbar un poquito para encontrarlo.

Lo cierto es que, cuando se baja el volumen, se atemperan las pasiones, se pone de lado el protagonismo, las cosas ocurren de manera diferente.

Bien nos valdría en este momento ensayar mecanismos que nos permitan separar esa paja del grano y talar ese árbol que nos impide ver el bosque.

Este tema, aparentemente trivial, ha devenido en un tema crucial del movimiento de las fuerzas democráticas en Venezuela. Estamos en uno de esos momentos en los que la FORMA ES EL FONDO y en el que la manera como abordemos los problemas va a tener mucho que ver con la solución de ellos.

Si algo nos ha enseñado la pandemia es que si el médico se contagia de la enfermedad del paciente, no lo puede curar. Si permitimos que la maledicencia, el insulto, el odio y la procacidad escatológica del chavismo se nos meta en las venas, no podremos curar al país de esta otra pandemia que nos ha caído. Una cruzada por recuperar la sindéresis, no nos vendría mal.

 

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