Entrevista | Ana Caraballo de Celis: “La vida comienza a los 60”, por Carolina Jaimes Branger - Runrun
Entrevista | Ana Caraballo de Celis: “La vida comienza a los 60”, por Carolina Jaimes Branger
“El lugar donde he sido libre a plenitud». Esto es Venezuela para Ana Caraballo de Celis, quien produjo niños, edificios y poesía

 

@cjaimesb

Escogida por la Arquitectura, casada con un arquitecto y enamorada de la poesía, esta joven de 93 años nos acaba de dejar. Sin embargo, su tiempo transcurrió de manera fructífera. Su secreto: estar viva y vivir la vida. Consideraba que su educación había sido “poco convencional”. Por eso fue a la universidad cuando casi ninguna mujer lo hacía y se convirtió en una de las primeras mujeres profesionales en Venezuela. La arquitecta Ana Teresa Caraballo Gramcko de Celis Cepero vivió su vida plenamente. Hasta su fallecimiento estuvo activa física e intelectualmente. Fue la mater familias de un hermoso grupo familiar donde la poesía tiene un lugar protagonista.

En la Arquitectura la enamoró la inmaterialidad del número, su esencia y su naturaleza. Y supo combinarlo con el diseño y los espacios, donde la creación es infinita. Siempre admiró a su marido, Carlos Celis Cepero y él a ella. No fueron rivales, sino que se complementaron.

Presentó su último libro, Dualidad, del brazo de Rafael Cadenas y Armando Rojas Guardia. Pensaba que la poesía era el vínculo entre lo humano y lo divino. Me aseguró que la vida comenzaba a los sesenta años y que la libertad fue su acompañante perenne.

Aquí la entrevista que le hice cuando cumplió 90 años:

–¿Cuál fue el proceso que te llevó a la universidad en un momento cuando las mujeres -en particular las niñas de la alta sociedad como tú- a duras penas terminaban el bachillerato?

–Pienso en la fortuna que significó haber crecido en un hogar poco convencional, en el cual ambos padres me aportaron experiencias personales de gran valor para la transformación constante como camino vital. Se sentía amor, libertad, igualdad, y respeto por la personalidad de cada quien.

La única imposición que recuerdo, fue al terminar la primaria. Debía estudiar una carrera corta antes de llegar a la universidad a fin de poder ser independiente. Escogí el comercio porque lo impartían en mi colegio, pero, sobre todo, porque me permitía incursionar en la pintura, en el piano, en la música.

Cumplida la “imposición”, en mi mente no había obstáculos ni paradigmas que me impidieran seguir el camino a la universidad.

–¿Por qué escogiste Arquitectura? ¿Qué te llamaba la atención, quiénes te inspiraron?

–Pienso que la arquitectura me escogió a mí.

Durante los estudios de bachillerato en el Colegio Santa María, tuve el privilegio de contar como orientador profesional al Dr. Rafael Vegas, quien invitó a varios profesionales para hablarnos sobre distintas carreras, entre ellas la Arquitectura, y me escogió para ser la presentadora del arquitecto ponente, al considerar esta disciplina apropiada a mis aptitudes.

Más adelante al estudiar quinto año de bachillerato, opción física y matemática, me sentí deslumbrada por la esencia del número, su inmaterialidad y presencia permanente sobre la naturaleza, su capacidad para un encuentro lúdico donde su libertad nos conducía hacia un fin que podía ser inexistente o estimular la imaginación de mil y una maneras. Ante mí aparecieron las matemáticas puras como profesión. Siendo que esta carrera no existía en la UCV, me inscribí en Ingeniería. Esta escogencia no duró mucho. Apenas un mes, al constatar las limitaciones que sufrían mis números y comprobar que los materiales de construcción no eran más que una barrera que los aprisionaba, haciéndolos perder su libertad.

Me topé entonces con la arquitectura, que en aquella época funcionaba en el mismo edificio de Ingeniería, y reconocí que el Dr. Vegas tenía razón. En la arquitectura, el espacio, infinito en su esencia, me permitía la misma libertad de crear que el número, sin duda algo que satisfaría a plenitud mi libertad para imaginar, para idear espacios habitables en armonía con los materiales de construcción.

–¿Fue fácil o difícil casarse con un arquitecto? ¿Hubo rivalidad entre ustedes?

–En nuestro caso fue fácil. Carlos era un enamorado de su profesión, discípulo accidental del maestro Le Corbusier en Bogotá. Se mantenía al día sobre nuevas teorías y materiales relacionados con un momento histórico de transformación arquitectónica en el mundo.

Mis inquietudes, aunque incipientes, eran muy parecidas. Lo admiré desde un principio y sigo haciéndolo.

No es fácil hallar a alguien que como él, integre libertad de diseño, correcto uso de los materiales, y honestidad con clientes y usuarios al facilitarles ambientes destinados a su superación material y espiritual. Estas condiciones pueden observarse en la vivienda de interés social que él diseñó cuando fue director del TABO (Taller de Arquitectura del Banco Obrero) asesorado por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva y que luego continuó en toda su trayectoria profesional.

Cuando comenzamos a trabajar juntos, en algunas oportunidades nos complementábamos. En otras, cuando desarrollábamos proyectos individuales, los discutíamos respetando el concepto de cada quien.

–¿Cómo incorporaste el trabajo con la familia?

–Tampoco presentó problemas, ambos considerábamos como prioridad la familia, de esa manera mi trabajo se supeditó a mis posibilidades de tiempo. Este se fue incrementando en la medida en que los hijos crecían y se independizaban. Al final terminé trabajando a tiempo completo en la OMPU (Oficina Metropolitana de Planeamiento Urbano), y hasta llegué a estudiar Urbanismo a nivel de postgrado, lo cual me abrió una ventana más amplia hacia una arquitectura con enfoque social.

–No solo es la arquitectura. La literatura ha sido parte de tu vida y eres una escritora fenomenal. Has publicado dos libros de poesía. ¿Cómo incorporaste esa disciplina a tu vida y desde cuándo?

–Percibo a la poesía como vínculo entre lo divino y lo humano. Flota a nuestro alrededor y se muestra de mil maneras, no siempre en función de palabra. Ella ha sido una constante para mí. Papá, en su juventud, escribió teatro y poesía. Cuando notó mi interés por las palabras, ya que me gustaba hojear el diccionario, buscar palabras, hallar familias y significados, él me regaló su diccionario y continuó ofreciéndome libros de todo tipo incluyendo los de versos.

Ida Gramcko, mi prima, me hizo un poema para mi primera comunión y ella era motivo de regocijo y admiración para toda la familia desde que sin saber escribir ya hacía poemas.

Me casé con alguien que, sin escribir poesía era poeta. Creó el Premio de poesía León de Greiff, diseñó nuestra casa alquímica en Las Palmas, un poema espacial, en tres dimensiones; me rodeó de poetas, rematando con un primer libro de poesía escrito por mi hija Laura, titulado Tiempo de mariposas, prologado por Elizabeth Schön.

Luego, al comenzar una nueva etapa de mi vida, decidí estudiar Literatura en la Universidad de la Tercera Edad y en ella se dio mi encuentro con la palabra como misterio, la vi abrir el portillo y ofrecerme su libertad.

Cuando la universidad cerró, algunos formamos un grupo para continuar ahondando en nuestras inquietudes literarias, el cual mantuvimos durante mucho tiempo.

Empecé a escribir pequeños artículos de opinión en algunos periódicos. Pero ante la urgencia de dar forma a algo interior, mi escritura fue evolucionando hasta la actual sin saber que lo hacía poéticamente. Cuando el poeta Aladar Temeshi leyó mi primer libro, Corporalidades, supe que estaba escribiendo poesía.

–Eres un ejemplo a seguir para las mujeres venezolanas: a los 90 años sigues trabajando en lo que te gusta y con pasión. ¿Cuál es el secreto?

Estar viva. Las palabras del Eclesiastés 3: “hay un tiempo para todo lo que se quiere y para todo lo que se hace”, quizá contestaría esta pregunta.

Somos tiempo, sin él no existiríamos, es nuestro haber para dar lo que solo nosotros podemos dar. Mi presente me hace intuir la razón de haber vivido mi tiempo como lo he hecho, transformándolo y aceptándolo al producir niños, edificios o poemas, pero solo lo sabré con certeza al traspasar el misterio de mi vida.

–Si tuvieras que darles consejos a las muchachas jóvenes que apenas empiezan, ¿qué les dirías?

–Lo que le digo a mis nietos: cada uno tiene un lugar propio en esta inmensidad, visible o no, a la cual pertenecemos.

La vida comienza a los 60. En ese momento estamos capacitados para transitar un nuevo camino con una experiencia inaudita en un maravilloso renacer.

–¿Cómo te sentiste cuando en la presentación de tu segundo libro de poemas tenías al lado a Rafael Cadenas y Armando Rojas Guardia?

–En una nube susurrante, privilegiada y agradecida, obligada a seguir sus ejemplos de entrega a ese vínculo entre Dios y nosotros llamado poesía. A veces los sueños dejan de serlo.

–¿Qué significa Venezuela para Ana Teresa Caraballo de Celis?

–Todos tenemos un sitio único para desarrollar nuestro potencial a plenitud. Un sitio único para anidar sueños, crecer, multiplicarnos. Para sentir frescura, tibieza, olores. Un sitio para estar en Dios y sentirnos plenos. A veces las circunstancias lo extravían o lo esconden pero nunca lo perdemos porque también está dentro de nosotros.

Este sobrevuelo de mi devenir a lo largo de nueve décadas, me ha permitido descubrir en cada momento crucial la palabra libertad. Mi proceso de vida ha transcurrido apegado a ella. En mi hogar primero, en mi preparación profesional, en el hogar creado, en mis espacios habitados por más de 65 años. El lugar donde he sido libre a plenitud. Esto es Venezuela para Ana Teresa.