No confundir, por Armando Martini - Runrun
No confundir, por Armando Martini
El error más frecuente de políticos, opositores y oficialistas, es creerse sus propios alegatos

 

@ArmandoMartini

Una cosa piensa el burro y otra quien lo arrea. ¿Cuántos podríamos estar de acuerdo con esta frase? Hay muchos que «quizás» no le dan a la frase la importancia que en ocasiones amerita. Y ponemos la palabra «quizás» entre comillas porque cada uno tiene su propio concepto de lo que es importante para su vida.

Exhortación para políticos y gobernantes, estar pendientes y no confundir, tener la perspicacia para descubrir al tigre entre la hojarasca. No creer en muros frente a ríos en tiempos de lluvias. No confundir uniforme y seriedad militar con heroísmo y eficiencia en batalla.

El error más frecuente de políticos, opositores y oficialistas, es creerse sus propios alegatos; hacer de las promesas banderas para lograr triunfos y seguidores. Pierden, intencionalmente o no, de vista la realidad que podrían transformar si no estuviesen pendientes de cámaras y micrófonos, sin convencerse de que la circunstancia está a su alrededor y no en lo que dicen.

Simón Bolívar se confundió creyendo en sus sueños, que juzgaba bien a quienes conducía y murió amargado y pobre, rumiando su propia frustración. El eminente médico José María Vargas se confundió señalándole al bárbaro Pedro Carujo aquello de que el mundo es del hombre justo, para que el militar rudo le respondiera “no, es del hombre fuerte y valiente”. La realidad está ahí, para quien quiera verla, si no se deja desnaturalizar por sí mismo. Espejos y opiniones engañan descarnadamente.

Debería entender el régimen, por ejemplo, que el problema popular no es la corrupción sino la envidia. Tú vives bien, yo no. El chavismo ha pretendido que el Caracazo fue una explosión de la frustración popular, cuando en realidad no fue más que un estallido de personas que pensaron “si ellos pueden yo también”; que asaltaron y robaron no para protestar por su situación, sino para llevarse a casa gratis lo que el comerciante les cobraba.

A los militares alzados en 1992 no se les vio como lo que fueron en su momento, insurrectos contra su propio juramento; asaltantes del poder, asesinos fracasados de la democracia, sino que fueron transformados en héroes. No por el pueblo, sino por intelectuales y comunicadores que padecían sus propias pedanterías -habituales confusiones, lo que yo digo es la verdad sea cual sea la realidad- o pensaban ser llamados a gobernar a través de Hugo Chávez. 

En un país que lleva algo más de veinte años de alharaca en difusión y pobreza en crecimiento, la realidad es que la gente ya no espera nada mejor. Quizás alguna lejana fantasía como el de quien sueña con un actor o actriz de cine, televisión, pero nada del gobierno. Y eso es algo que deberían tener en cuenta, sin autocomplacencia, dirigentes oficialistas y opositores.

El castro-madurismo se derrumbará no por ser más o menos popular, ni por tener una oposición capaz y pragmática, sino porque todos los gobiernos, tarde o temprano, son sustituidos. Para ello deberían prepararse. No es solo cuestión de dinero, sino de capacidad para descubrir y entender la realidad.

No cumplir es confundirse

Se habla mucho de los derechos humanos, el mundo decente, de principios, valores y buenas costumbres; se observa complacido, se concientiza y solidariza. No son solo instituciones vigilantes, son el capital espiritual de cada uno, la personalidad consciente por excelencia, el auténtico legado moral a los hijos, la base real de la nación, el mejor instinto de un pueblo. Por eso, no rendir cuentas, mentir, incumplir la palabra empeñada y proponer impunidad es confundirse.

Hoy a la gente poco le importa lo que proclame cualquier dirigente. Hemos llegado al punto en el cual solo interesa cómo va cada uno a resolver su día, incluso los que son convocados para aplaudir sin pensar y hacer bulto en el Teresa Carreño o cualquier escenario exageradamente decorado pero vacío de pensamientos.

No hay que confundirse. Las repeticiones de la oposición, de cualquiera de las oposiciones, son palabras vacías, huecas, no creídas, lanzadas al viento. Por eso somos el país con la mayor migración del mundo. Ya no creen en su país, gobierno u oposición. Y tampoco en otras minorías que poco significan frente a la decepción y al hastío.

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