Boves y la paradoja del “bolivarianismo” chavista, por Alejandro Armas - Runrun
Boves y la paradoja del “bolivarianismo” chavista, por Alejandro Armas
Si la elite gobernante venezolana se sincerara, tendría que reconocer que su supuesta inspiración está más cerca de Boves que de Bolívar

 

@AAAD25

Desde el año pasado estoy haciendo algo que había evitado durante toda mi vida previa como lector: ponerles las manos, y los ojos, encima a dos libros a la vez. Para que no se me traspapelen dos historias y en mi cabeza aparezca un anacrónico y cacofónico romance entre Jules Sorel y la tía Julia, me abstengo de elegir dos narraciones. Es decir, combino una novela con un texto no narrativo. El segundo puede ser un poemario o un tratado filosófico. Describir esa simultaneidad es importante para entender el meollo de este artículo.

Así pues, recientemente leí en paralelo Sexo y justicia social, de Martha Nussbaum, y otro libro que revelaré más adelante. Hacía mucho tiempo que quería dedicar mi atención a aquella obra de la pensadora estadounidense, pues ella es de las personas que más han influido en mi manera de ver varios de los asuntos que mueven el mundo contemporáneo. Se trata de un conjunto de ensayos, sobre todo de filosofía feminista. Pero lo que voy a tratar a continuación no tiene que ver con la lucha justa y necesaria por la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres.

En su libro, Nussbaum cuestiona los planteamientos de algunas feministas radicales sobre venganza contra el sexo masculino entero por los desmanes de individuos misóginos, así como la severidad, a su juicio excesiva, de las penalidades planteadas. Sin pregonar impunidad, Nussbaum invita a considerar las circunstancias que pudieron haber llevado a un hombre a perpetrar alguna injusticia machista, como la falta de una educación apropiada. A partir de los postulados de Aristóteles y, sobre todo, de Séneca, propone una forma de hacer justicia rigurosa pero al mismo tiempo misericordiosa, cuando ciertos elementos de un caso razonablemente maticen la mala intención detrás de un crimen.

La propuesta de este ejercicio empático coincidió, como dije, con la lectura de otro libro, y me obligó a replantearme mis nociones sobre su protagonista. Ese otro libro es Boves, el Urogallo, de Francisco Herrera Luque. Debo aclarar primero que nada que el cambio en cuestión no me hizo un apologista del terrible “taita”. José Tomás Boves fue un monstruo. Lo que cambió fue mi entendimiento de lo que lo convirtió en un monstruo.

Entiendo perfectamente que, al igual que otras obras de Herrera Luque, esta es un roman à clef. Una novela basada en hechos reales, pero que el autor aliña con ficciones. No obstante, el aspecto que quiero resaltar fue muy real, y del mismo han dado cuenta los más reputados historiadores venezolanos. Me refiero al contexto de una sociedad colonial en la que el régimen de castas hacía de la vida del grueso de la población un verdadero infierno. En esa especie de neofeudalismo tropical, las elites privilegiadas y propietarias de la tierra se daban vidas llenas de ocio y placeres, mientras que las masas dedicadas al trabajo duro estaban constituidas por ciudadanos de segunda o de tercera o, en el caso de los esclavos, por individuos totalmente reificados y despojados de su dignidad humana.

Boves, a la sazón un comerciante próspero justo cuando aquellas mismas elites emprendieron la gesta independentista, había sido objeto de su rechazo visceral.

Una alta sociedad obsesionada con el abolengo no podía admitir entre sus miembros a un hombre de orígenes humildes y sin prosapia alguna. No importaba cuánto dinero hiciera por esfuerzo propio. De ahí que el asturiano, pese a ser totalmente blanco, prefiriera rodearse de peones y esclavos de tez oscura, con los cuales sí podía establecer relaciones cordiales. Ah, y también con canarios como su eventual lugarteniente de guerra Francisco Tomás Morales, ese otro segmento demográfico despreciado por blancos peninsulares y criollos acomodados (irónicamente, el feroz Morales llegaría a fungir como último capitán general de Venezuela tras la derrota de Miguel de la Torre en Carabobo).

Sin justificar moralmente sus degollinas y demás barrabasadas, puede uno entonces entender (subrayo “entender”, que es lo que Nussbaum plantea a la hora de emitir juicios), cómo es que Boves, ungido además con recursos y carisma, pudo erigirse como caudillo de una turba harta de los malos tratos de la aristocracia criolla que enarboló la bandera de ruptura con España. Más aun teniendo en cuenta que entre 1813 y 1814, el bando independentista no era tampoco precisamente piadoso o humanitario con sus enemigos realistas. Basta recordar el Decreto de Guerra a Muerte o las tropelías sanguinarias de un Antonio Nicolás Briceño.

Todo lo anterior me lleva al punto al que quería llegar. En Venezuela llevamos unas tres décadas de chavismo autoproclamándose como heredero definitivo de Simón Bolívar. Así ha sido desde que Hugo Chávez irrumpió en la mente colectiva nacional al frente de un tal “Movimiento Bolivariano Revolucionario 200” y reconociendo el fracaso de su aventura golpista. En realidad, esa tendencia a justificar las acciones propias invocando los deseos de Bolívar no es ninguna novedad, y se ha manifestado en los predecesores del chavismo como fenómenos políticos dominantes de Venezuela. Pero el chavismo tal vez sea el que la ha llevado a un mayor extremo en lo retórico y simbólico… Toda vez que es el que menos se relaciona con el bolivarianismo en términos prácticos.

Las verdaderas raíces ideológicas del chavismo son otras, muy distintas. Son sobre todo Marx y varios de sus discípulos, como Lenin y Gramsci. Al respecto, los sucesos de la Segunda República son bastante ilustrativos.

Después de todo, en una lectura marxista de la historia, ¿no fue aquella etapa de nuestra Guerra de Independencia una suerte de lucha de clases (o de razas) en la que Bolívar y los demás blancos criollos no quedan muy bien parados que digamos? Voy más allá. En la biblioteca de todo comunista que se respete debe haber un volumen cuyo título original en francés es Les Damnés de la Terre (Los condenados de la tierra). Este libro, escrito por el psiquiatra y pensador marxista Frantz Fanon, describe y critica los efectos psicológicos del colonialismo en quienes lo sufren (piensen nada más en la salud mental de alguien que sabe que puede ser liquidado a latigazos por capricho de su empleador).

Sostiene además que la violencia es indispensable en los procesos de descolonización, y no tanto un mal necesario como una experiencia “liberadora” que gratifica a las víctimas del colonialismo y revierte los efectos nocivos en su psiquis (esta es, por cierto, la idea rudimentaria e implacablemente vengativa de justicia que Nussbaum cuestiona). Ahora bien, si alguien parte de las premisas de Fanon, ¿no eran acaso las huestes de Boves les damnés de la terre, sometidos a todo tipo de vejaciones antes de estallar en rebelión guiada por un justo deseo de libertad, pero también por impulsos de crueldad homicida?

Yo diría que, si la elite gobernante venezolana se sincerara, tendría que reconocer que su supuesta inspiración tiene más que ver con Boves que con Bolívar. De hecho, el revanchismo estamental de las montoneras de Boves es similar al de las tropas de Ezequiel Zamora, a quien el chavismo admite entre sus héroes. Y entonces, en lugar de toda esa iconografía de la Batalla de Carabobo que vemos hoy, tendrían que poner una alusiva a la Batalla de La Puerta, en la que Boves derrotó a Bolívar y pronunció así la sentencia de muerte de la Segunda República. Apropiado, ya que ahora en Venezuela tampoco tenemos una república.

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