Mirad el Darién, mirad atrás, por Orlando Viera-Blanco* - Runrun
Mirad el Darién, mirad atrás, por Orlando Viera-Blanco*
Ese paraíso será la otra Venezuela si, y solo si, aprendemos del dolor propio y ajeno… porque “quien sabe de dolor, todo lo sabe…y no hay mayor dolor que recordar la felicidad en tiempos de miseria” (Alighieri)

 

@ovierablanco

Se ha intentado sembrar la idea de que el país se arregló, la economía se dolarizó, el dolor pasó y lo peor se superó. La divina comedia… Seguimos en el bosque oscuro, con la ruta extraviada, a la espera de que el poeta Virgilio, al igual que ayudó a Dante, nos lleve a las puertas del Paraíso.

Pero seguimos en los nueve círculos del infierno: limbo, lujuria, gula, avaricia, ira, pereza, herejía, violencia, fraude y traición… Sin duda el más perverso y dañino pecado capital contra el pueblo es el octavo: el fraude. El manejo deshonesto de la cosa pública, porque “pecaron por desperdiciar oportunidades económicas y espirituales, porque corrompieron una parte importante de la buena gobernanza, pues no cuidaron el bienestar de la comunidad…”

El gigante Anteo nos desciende al abismo

Las consecuencias del síndrome de Ulises, del que se habla y encanta y a todos embarca, cautiva para terminar perdidos y en la nada. Lo pagamos con una tragedia dantesca que nadie hubiese imaginado. No bastó la dictadura, el laberinto institucional, la militarización, la gula revolucionaria, la ira en la gobernanza o la codicia insaciable. No solo eso. “Ulises convenció a sus marineros embarcarse en una aventura sin saber cómo iba a culminar. Y no termina. Seguimos en un limbo, oscuro, tenebroso, lóbrego, infinito.

Atreverse al cruce del tapón del Darién, entre Colombia y Panamá, es un desafío. Un imposible que ni los grandes ejércitos granadinos acometieron para impedir la separación de Panamá de Colombia. Una selva brutal, inclemente, aderezada de estafadores y traficantes de almas y de sueños; donde el hambre, el agotamiento, la violencia, todos los miedos y toda la barbarie, se visten y se viven antes de encontrar la muerte.

De 38 venezolanos atravesando el Darién en 2019, suman 28.000 en julio 2022. El país se desangra en esos círculos de infierno. ¿Quién pensó alguna vez que el populismo nos pudiese conducir a esta abominable ruina humana y social? Entonces todo termina como acabaron quienes le siguieron [a Ulises]: en la desesperación, la desesperanza, el desengaño, el dolor y la muerte.  Y reza la primera prosa de la Divina Comedia: “En medio del camino de nuestra vida, errante me encontré por una selva oscura, porque mi ruta se había extraviado».

El Darién es la expresión más cruda e inmisericorde capaz de llevarnos el fraude de quien nos ilusiona, nos catequiza y nos dice con gracia (siendo amargura lo que alberga) “veamos lo que hay más allá”. Y el «más allá» es lo más profundo del averno, “donde en sus entrañas hay hielo y no hay fuego…”. Margaret Keane, especialista de la Universidad de Oxford -aunque parezca raro- en “infiernos”, nos comenta sobre los 33 cantos de prosas, de tres en tres, de la Divina comedia.

Alegórico el momento en que el gigante Anteo se inclina y levanta a Dante y Virgilio, antes de bajarlos al fondo del abismo. Desarrolla la idea “del corazón frío, cerrado a los otros, a la sociedad, y cómo ese tipo de actitud podría conducir al abuso de los demás».  Porque no basta traicionar a la patria sino también se traiciona al corazón del que cree, del ingenuo… frívolamente. 

¡Oh divina sorpresa! Y así nos bajan, al abismo, al infierno, al Darién, cuando, con temple helado y verbo encendido de falsas aventuras, nos dibujan revoluciones bonitas, de amor, de igualdad, de oportunidades, de paraísos; de Martí, de Bolívar, de cantos de sirena. Solo unos pocos hoy “disfrutan” de la lujuria y el esplendor rojo rojizo, mientras la gran mayoría deja la vida en el Darién.

Abandonen la esperanza todos los que entren aquí…

Es la escalofriante frase de apertura de la novela American Psycho en la que Bret Easton Ellis nos arrastra al corazón vacío de una sociedad decadente, obsesionada con el dinero y el estatus. Y entran insaciables, sedientos, cincelados de ambición y de poder, cueste lo que cueste, al libertinaje, a un laberinto del que jamás se sale. ¿El precio?: arrebatar la esperanza de los Virgilios, de los poetas, de los idealistas, del pueblo.

Decir que Venezuela se arregló cuando nuestros niños mueren al nacer (tenemos la tercera tasa de mortalidad más alta del continente, 25 muertes/1000), cuando los hijos de la patria registran los más altos niveles de desnutrición, cuando la deserción escolar es el pan de cada día y nuestros hospitales no pueden atender enfermedades renales, nuevas manifestaciones de polio o malaria, o mucho menos COVID-19 o trasplantes, lo que queda, parafraseando a Pocaterra y sus cuentos grotescos (Memorias de un venezolano de la decadencia), es soledad, es anomia…e rrantes en el camino, sin pena, ni gloria, ni infamia.

Dos Venezuela: una que escapa y muere en el tapón del Darién. Otra que ‘muere’ por una buena cena. Una víctima de coyotes, fraude y trata de personas, de codicia y violencia, otra que sube al Humboldt y enciende Ávila en noches de fastuosidad y desenfrenos. Una que cabalga, otra que va en Ferrari; una que se come un cable, otra que no come nada; una que no gira la mirada a los miserables, canta y baila al son de Wisin y Yandel, otra que queda ignorada y abandonada al retumbar de sus miedos y sus entrañas… Una que se va y otra que se queda, cuando ambas quedan atascadas en el limbo, en el averno, en el abismo.

Pero llegará Beatriz, la representación del amor, quien cogió a Dante de la mano y se lo llevó al Paraíso. Un amor ardiente que mueve el sol y las demás estrellas, que nos rescatará del laberinto y, contrario a Ulises, nos regresará a casa… Abandonen la esperanza todos aquellos que entran a la perdición, “pero os advierto que vuelve afuera aquel que atrás mirase…” (Dante).

Quienes han vivido tras las rejas -sean de barro o sean de oro- todos llevamos dentro de nosotros -a decir de Keane- “una chispa de infierno, de purgatorio y paraíso”. Ese paraíso será la otra Venezuela, si y solo si, aprendemos del dolor propio y ajeno… porque (Alighieri), “quien sabe de dolor, todo lo sabe…y no hay mayor dolor que recordar la felicidad en tiempos de miseria”. 

Pues nada, mirad el Darién y mirad atrás. Éramos felices… Y volveremos a serlo si nos duele la miseria de Dante y de Virgilio… si nos duele el sufrimiento del pueblo en el infierno.

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