Toda la política es menchevique y el renegado Kautsky tenía razón, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
Toda la política es menchevique y el renegado Kautsky tenía razón, por Julio Castillo Sagarzazu
¿Por qué decimos en el título de esta nota que “toda la política es menchevique”? Pues porque es cierto. Hay que acordar con otros que son distintos

 

@juliocasagar

El Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (El POSR) estaba compartimentado en dos grupos: los bolcheviques y los mencheviques. En ruso, ambas expresiones pueden traducirse como mayoritarios y minoritarios o maximalistas y minimalistas.

La verdadera gran diferencia entre ambos en su estrategia de sustituir el régimen zarista (algo que finalmente lograron) es que los bolcheviques decían que había que luchar directamente por la dictadura del proletariado (que es la primera etapa, seguida del socialismo, en el camino hacia el comunismo), mientras que los mencheviques sostenían que toda dictadura era un régimen opresor y que, en la vía, hacia las conquistas que se proponían, había que construir alianzas con sectores distintos al proletariado.

Estas ideas y estrategias contrapuestas estuvieron en el origen de la gran división de las fuerzas revolucionarias de inspiración marxista. Kautsky, combatido y estigmatizado por Lenin como “renegado”, fue la figura visible de estas posiciones identificadas como mencheviques. La escena estaba servida para la división de la llamada Segunda Internacional y la creación de la Tercera. La segunda, aún viva, es la que se conoce como la Internacional Socialista; y la Tercera comenzó a reunir a los partidos comunistas.

La gran paradoja de todo esto es que quienes en realidad manejaron magistralmente el tema de las alianzas, las etapas y la convivencia con fuerzas distintas (llamados compañeros de ruta) fueron realmente los bolcheviques.

Efectivamente, desde 1905 cuando acompañaron las manifestaciones dirigidas por el pope Gapon, un agente del zarismo, que culminó con la espantosa represión del Domingo Sangriento, hasta su conquista del poder en octubre de 1917, los bolcheviques, con Lenin a la cabeza, supieron manejar magistralmente los acuerdos con otras fuerzas y “pasar agachados”, cuando aún no se consideraban con la fuerza para el control del poder.

Estuvieron con el príncipe Liov y apoyaron el gobierno provisional de Kerensky, hasta que llego Lenin del exilio en un tren fletado por los alemanes y lanzó la consigna “todo el poder a los soviets”

¿Por qué decimos en el título de esta nota que “toda la política es menchevique”? Pues porque es cierto. En realidad, el verdadero liderazgo político debe entender que para lograr una aspiración, si no se tiene la fuerza suficiente, es necesario acordarse con otros. Con otros que son distintos y que no necesariamente comparten la totalidad de las ideas propias o la estrategia central.

La estrategia del “todo o nada” o “nosotros solos podemos” suele no ser la más exitosa. Decía Robespierre que la revolución tiene derecho a avanzar enmascarada. Esa sentencia está dicha en el lenguaje del villano que fue Robespierre, un sátrapa inmisericorde, pero esconde una realidad ineludible.

En Venezuela, las fuerzas democráticas han pecado, en ocasiones, de ese voluntarismo estéril. De esta guisa, muchos líderes han considerado que tienen la fuerza para determinar el curso de los acontecimientos cuando en realidad no la tienen.

Los experimentos exitosos han tenido lugar cuando se han producido acuerdos que tienen como sustrato que todos se necesitan aun cuando no sean iguales.

Las líneas rojas, que deben existir, porque política sin principios tampoco es una buena política, se han sobredimensionado y comunican, al conjunto de la gente y al opositor promedio, que hay una desunión imposible de resolver y termina convirtiéndose en el principal factor de desmoralización de quienes adversan a Maduro y al chavismo.

Esas líneas rojas, no hay que llamarse a engaño, deberían estar claras. Los únicos que deberían ser apartados de una estrategia común son aquellos que abiertamente (de manera pública, notoria y comunicacional, como dicen ahora) se han prestado para hacer de correa de transmisión de los intereses del chavismo y que han recibido, por ello, la compensación correspondiente.

Pareciera que vamos hacia unas eventuales elecciones. Si no hay un acuerdo consensual, pareciera, igualmente, que deberemos concurrir a unas primarias para determinar candidatos. También, al interior de este proceso, habrá que lograr reagrupamientos de entre los más afines.

No sería del todo descabellado que al público opositor venezolano se presenten alianzas y acuerdos para escoger candidaturas. Los elegidos deberían tener, de entrada, además del compromiso de que los perdedores apoyarán a los ganadores, una sólida alianza de base que sea su plataforma inicial de lanzamiento.

Sería una experiencia interesante.

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