Ladran los perros, Sancho, por Armando Martini - Runrun
Ladran los perros, Sancho, por Armando Martini
Un impostor cabalgó sobre la miseria de los que juró defender, y ni siquiera pudo despedirse de un pueblo ingenuo y decadente

 

@ArmandoMartini

“Ladran los perros, Sancho señal de que avanzamos”, advirtió don Quijote de la Mancha en su brillante locura, a su leal y desconcertado escudero Sancho Panza. Es de advertir, que los perros no anuncian a quienes llegan o pasan, alertan a quienes están.

En esa joya de la literatura española la oración “los perros ladran, Sancho… señal de que cabalgamos”, no se encuentra entre sus líneas. ¿En qué momento se coló Sancho en la expresión? Difícil saberlo. Aunque todo indica en la primera mitad del siglo XX alguien la supuso como enunciado del Quijote y le agregó el Sancho, con mucha fortuna, ya que el error se propagó exponencialmente. Así, sin querer, le adjudicó la frase a don Miguel de Cervantes.

Fantasioso y de cerebro disparatado, Alonso Quijano buscaba explicación racional en un mundo de fantasmas e interpretaciones ya superado. Sufría el presente empeñado en su chifladura en vivir el pasado atascado en su mente.

Los años caen como martillazos retumbantes en la historia. Y todavía hay quien piensa que Lenin y Trotsky estaban en lo cierto, aunque uno ordenase asesinar al otro. Y ambos, echados al olvido ceremonial por el implacable exmonje georgiano Stalin, quien, tras anotarse a ganador en la II Guerra Mundial, termina muriendo aislado en una habitación fortificada en el Kremlin, prohibida para todos y sin que pudieran ayudarlo.

El desvarío comunista

No hay un país comunista que muestre señales de bienestar y prosperidad de sus pueblos. El orden y la disciplina son fáciles con armas. Prometen que el Estado proveerá, siempre en el estricto término que se ordene. Vivirán mejor si son obedientes y poco imaginativos. Porque lo apasionante de la libertad es que da vueltas y asecha, hasta en China; recuerden la plaza de Tiananmén o Puerta de la Paz Celestial situada en Pekín.

El desvarío comunista empieza a mentir para esconder errores y hablar de felicidad. La estulta sed de poder continúa platicando estupideces y especulando profecías; mientras el castro-chavismo sigue. Pobre Venezuela, con politiqueros perjuros de la presunta oposición.

Un impostor cabalgó sobre la miseria de los que juró defender, y ni siquiera pudo despedirse de un pueblo ingenuo y decadente que, engañado en interminable monólogo, atiborrado de utopías y de una irresponsable conducción, caminó hacia el abismo socialista bolivariano del siglo XXI. Los daños colaterales de esta tragedia histórica son incalculables y costará generaciones reparar.

En Colombia se hacen promesas y las debilidades florecen en su propósito de pactar con delincuentes, sin las curtidas fuerzas militares y policiales, que desmantela, confiando en promesas de narcotraficantes que solo aspiran a que se reduzcan penas de prisión y terminen las extradiciones.

El ecuatoriano siniestro, católico de nuevos tiempos, espera una segunda oportunidad de hacer felices a los ecuatorianos arruinándolos. En Perú, la clase dirigente no se deja arrastrar a jerarquías y su trabajo es complicarle la vida al comunista de sombrero exótico. En Chile, el imberbe que prometió evoluciones sin entender qué ofrecía ni a quien, desconoce cómo comenzar de nuevo. En Argentina, los ladrones alardean de ser ellos comunistas, pero cada día los argentinos están más empobrecidos; allí la decencia descubre fraudes. Y, en Brasil, el Foro de Sao Paulo cree que puede otra vez, aunque será difícil. Jair ni es bolsa, ni bobo, ni tonto, y tampoco anda vacío de logros.

No son perros del pueblo los que ladran. En América, cachorros falderos afectos al castrismo y de amores con un comunismo asesino, trasnochado y fracasado tienen sus gozques entrenados para ladrar y distraer. Sin embargo, la inmortalidad no existe, solo en mentes enfermas y bipolares.

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