En la vitrina de la Venezuela contemporánea, todo se vende. Todo. Hasta lo que jurábamos no negociar jamás. La dignidad se rebaja por necesidad, la ética se alquila por sobrevivencia, y la conciencia —esa reliquia olvidada— se pasea por el mercado negro como una artesanía sin compradores. Somos un país donde los valores no desaparecieron… simplemente entraron en promoción.
¿Dignidad? Disponible en cuotas. Si la quieres, te sale más caro que un pasaje a Miami. Ética, sí hay, pero solo para exhibición. Pregunte por la de muestra, esa que usan los políticos en campaña, los influencers en sus discursos y los empresarios en sus eslóganes de responsabilidad social. Esa que brilla en el video institucional, pero se evapora cuando se apagan las cámaras y hay que firmar un contrato con sobreprecio.
Y lo más fascinante de todo: nadie se escandaliza. Porque ya todos hemos aprendido a vivir con esa descomposición como si fuera perfume. A convivir con la doble moral como quien convive con un mal vecino: lo ignoramos, pero le sonreímos si pasa frente a la casa.
Lo vemos todos los días. La señora del CLAP que se roba las bolsas ajenas, pero va a misa y reza por la paz del país. El muchacho que grita “libertad” en redes sociales, pero le cobra en dólares a su compatriota emprendedor por publicidad. El opositor que jura luchar contra el régimen, pero le arrienda su apartamento a un enchufado. El empresario que “cree en el país” mientras compra conciencias a precio de hambre. El político que habla de institucionalidad, pero tiene un primo cobrando en cada licitación.
Porque aquí, en esta tragicomedia sin intermedio, la dignidad es un lujo, la ética un accesorio y la moral una palabra que se pronuncia solo cuando hay cámaras grabando. Pero no por maldad —o no solo por eso—, sino porque la necesidad ha borrado los límites. ¿Cómo exigirle decencia a quien tiene hambre? ¿Cómo pedir ética en un sistema que castiga al honesto? ¿Cómo hablar de integridad cuando la única forma de sobrevivir es agachando la cabeza, mintiendo, adaptándose?
La trampa dejó de ser una anomalía para volverse rutina. Ya no hay escándalo. Solo resignación. Solo el “¿y tú qué harías en su lugar?”, que todo lo justifica. La lógica del más vivo. Del que se salva como puede. Del que “hace su diligencia”. Porque en Venezuela, la dignidad ya no se hereda: se negocia. Y la ética no se enseña: se improvisa.
Pero entre tanto trueque moral, hay quienes resisten. Sí, todavía hay quien dice que no. Ni los compran ni se venden, que no se arrodillan, que no se lavan las manos con el cuento de la necesidad. Gente que no hace alarde de su virtud, porque sabe que en este país eso no da likes. Gente que se acuesta tranquila, aunque no tenga para cenar. Que aún cree en hacer las cosas bien, aunque eso implique ir más lento, más solo, más pobre. Esos son los raros. Los locos. Los que no encajan. Los que estorban al sistema.
Y también están los grises, los que un día hacen lo correcto y al otro se rinden un poquito. Los que no roban, pero tampoco denuncian. Los que ayudan, pero con factura. Los que quisieran ser íntegros, pero no les alcanza. A ellos no hay que condenarlos, pero sí mirarlos con compasión incómoda. Porque son el espejo más doloroso: el de lo que pudimos ser y no fuimos.
En medio de esta feria de desvalores, los discursos grandilocuentes ya no conmueven. Lo que conmueve es ver a una maestra que sigue enseñando. A un médico que no cobra por atender. A un joven que estudia y trabaja y sueña sin trampas. A un padre que prefiere vender su carro antes que sobornar para que su hijo entre a la universidad. A un jubilado que, con su voz temblorosa, sigue repitiendo que no todo vale, que no todo se compra, que hay cosas que, aunque cuesten, no deben ponerse en oferta.
Porque si algo queda por salvar, es eso.
La certeza de que hay cosas que deben seguir doliendo.
Que la dignidad no puede ser mercancía.
Que la ética no se puede mendigar ni regalar.
Que la honestidad, aunque no se aplauda, sigue siendo el único camino digno de caminar.
Y en un país donde todo parece descomponerse, sostener esa brújula —invisible, frágil, antigua— ya es un acto de resistencia.
Así que sí, Venezuela está en venta.
Pero no todo está en descuento.
Todavía hay gente que no se rebaja.
Aunque cueste. Aunque duela. Aunque nadie lo note.
Aunque el diablo siempre está listo, para comprarte el alma.
- @NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds
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