El pueblo húngaro se pronunció: “¡Rusos go home!”

El resultado de las elecciones en Hungría el pasado fin de semana causó un terremoto político en ese país, en Europa y más allá. Fue derrotado el mandatario Víktor Orbán y su partido Fidesz —tras dieciséis años de gestión, lo que lo convertía en el gobernante de mayor permanencia en el poder en la UE— a manos de la novel organización Tisza, dirigida por Péter Magyar.

No solo destaca la victoria, sino la dimensión de la derrota: del total de 199 escaños del parlamento, 138 fueron para el partido Tisza, 6 para Nuestra Patria y tan solo 55 para el partido gobernante. El triunfador, con la supermayoría garantizada de dos tercios, podrá reformar la Constitución y promover su proyecto democrático de gobierno. Este persigue superar la crisis económica, castigar la corrupción y restablecer la soberanía nacional.

No es para menos, ante la grosera injerencia rusa en la gestión gubernamental. A tal punto llegó, que en diferentes procesos electorales se aplicaban resultados fraudulentos favorables a Orbán, especie de infiltrado de Moscú para dinamitar la Unión Europea. De hecho, mantuvo un choque permanente con la mayoría de los socios europeos, situación que agravó la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022. Desde entonces, el gobierno de Orbán fue quien más obstáculos puso a las sanciones contra Rusia y a la ayuda a Ucrania.

Viejo sentimiento antirruso

Existen indelebles heridas históricas entre Hungría y la URSS, originadas con la fallida Revolución húngara de 1956, también conocida como «Otoño húngaro». Fue este un movimiento revolucionario espontáneo de alcance nacional contra el gobierno de la República Popular de Hungría y sus políticas impuestas desde la Unión Soviética, que produjo una conmoción social desde el 23 de octubre hasta el 10 de noviembre de 1956.

Este movimiento se gestó al conocerse el discurso secreto de crítica a los excesos de Stalin pronunciado por Nikita Jrushchov en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), celebrado entre el 14 y el 26 de febrero de 1956. Desde entonces el pueblo húngaro reclamó insistentemente la libertad de elegir su propio sistema político, alejado del comunismo. Así surgieron por toda Hungría movimientos que demandaban que se pusiera coto a las actividades de la policía secreta.

La respuesta de la URSS fue brutal. El 1 de noviembre de 1956, Imre Nagy, uno de los líderes del movimiento opositor, recibió informes que señalaban que tropas soviéticas habían ingresado a Hungría por el este y avanzaban hacia Budapest, que amaneció ocupada por tanques soviéticos. Dicha acción ahogó en sangre la naciente república de los consejos obreros, con un saldo de 2500 húngaros y 722 soldados soviéticos muertos en el conflicto, y unos 200 000 húngaros que huyeron como refugiados.

También en Hungría empezó a morir la URSS

Mientras la resistencia húngara combatía los tanques soviéticos con cócteles molotov en las estrechas calles de Budapest, surgían consejos revolucionarios a escala nacional que asumían la autoridad gubernamental local y convocaban huelgas generales. Imre Nagy, primer ministro y figura central de la rebelión, era un comunista leal pero nacionalista que intentó democratizar el sistema, disolver la policía secreta (ÁVH) y retirar a Hungría del Pacto de Varsovia. Fue ejecutado por los soviéticos en 1958.

En resumen, la insurrección húngara de 1956 pasó a ser, junto con la Primavera de Praga de 1968, el surgimiento de Solidaridad en Polonia en 1980 y el preludio de la caída del muro de Berlín en 1989, uno de los eventos históricos que marcaron el fin del orden estalinista del telón de acero, hasta el derrumbe definitivo de la URSS y el Pacto de Varsovia.

Posteriormente, Hungría se reconstituyó como república democrática independiente, separada del bloque soviético, el 23 de octubre de 1989. En esa fecha, coincidiendo con el 33.º aniversario de la revolución de 1956, se proclamó la nueva República de Hungría: se abandonó el nombre de República Popular, se adoptó una democracia multipartidista y se marcó el fin de la era comunista.

Orbán, un retroceso

Desde la década de 1990 e inicios del siglo XXI, Hungría se orientó hacia una próspera república independiente y democrática; reafirmando su vocación occidental, se incorporó a la OTAN el 12 de marzo de 1999 y a la Unión Europea (UE) el 1 de mayo de 2004. Estas políticas de Estado fueron cuestionadas desde el inicio de la gestión de Víktor Orbán en 2010, quien impuso un régimen que mantiene como fachada las instituciones democráticas, pero las priva de autonomía y de la capacidad de controlar al gobierno.

Su objetivo fue anular los contrapoderes al ejecutivo: el judicial, el legislativo y el llamado cuarto poder, los medios de comunicación. Todas estas características lo acercan más a la ideología y las prácticas de Vladímir Putin que al consenso político de sus socios europeos.

Su deriva autoritaria desembocó en violaciones del Estado de derecho y de la democracia, lo que llevó a los socios de la Unión Europea a congelar parte de los fondos económicos de los que tanto se había beneficiado Hungría. Su apoyo irrestricto a la invasión rusa de Ucrania y el mantenimiento del veto a la ayuda de 90 000 millones de euros a una Ucrania sacrificada por los caprichos imperiales de Putin lo convirtieron en el «patito feo» de la Unión Europea.

La derrota del autoritarismo de 3 cabezas

El voto del pueblo húngaro el pasado domingo encierra una dimensión mayor: ha sido la voluntad de un pueblo que se enfrentó y derrotó a un mandatario autoritario respaldado por tres potencias. La administración Trump, que no vaciló en enviar a sus funcionarios de alto nivel —el secretario de Estado Marco Rubio y el vicepresidente J. D. Vance— a apoyarle en las elecciones recientes; la Federación Rusa, como soporte económico y político de su gestión; y la administración china de Xi Jinping, quien define a Hungría como la puerta de las inversiones chinas en Europa.

No es de extrañar que el pueblo húngaro quisiera un cambio que rescatara su historia y su democracia, resumido en un canto que resonó en cada rincón del mágico país del Danubio y en su capital, Budapest: “¡Ruszkik haza!“, algo así como “Rusos go home!“.

@froilanbarriosf | Movimiento Laborista.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El resultado de las elecciones en Hungría el pasado fin de semana causó un terremoto político en ese país, en Europa y más allá. Fue derrotado el mandatario Víktor Orbán y su partido Fidesz —tras dieciséis años de gestión, lo que lo convertía en el gobernante de mayor permanencia en el poder en la UE— a manos de la novel organización Tisza, dirigida por Péter Magyar.

No solo destaca la victoria, sino la dimensión de la derrota: del total de 199 escaños del parlamento, 138 fueron para el partido Tisza, 6 para Nuestra Patria y tan solo 55 para el partido gobernante. El triunfador, con la supermayoría garantizada de dos tercios, podrá reformar la Constitución y promover su proyecto democrático de gobierno. Este persigue superar la crisis económica, castigar la corrupción y restablecer la soberanía nacional.

No es para menos, ante la grosera injerencia rusa en la gestión gubernamental. A tal punto llegó, que en diferentes procesos electorales se aplicaban resultados fraudulentos favorables a Orbán, especie de infiltrado de Moscú para dinamitar la Unión Europea. De hecho, mantuvo un choque permanente con la mayoría de los socios europeos, situación que agravó la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022. Desde entonces, el gobierno de Orbán fue quien más obstáculos puso a las sanciones contra Rusia y a la ayuda a Ucrania.

Viejo sentimiento antirruso

Existen indelebles heridas históricas entre Hungría y la URSS, originadas con la fallida Revolución húngara de 1956, también conocida como «Otoño húngaro». Fue este un movimiento revolucionario espontáneo de alcance nacional contra el gobierno de la República Popular de Hungría y sus políticas impuestas desde la Unión Soviética, que produjo una conmoción social desde el 23 de octubre hasta el 10 de noviembre de 1956.

Este movimiento se gestó al conocerse el discurso secreto de crítica a los excesos de Stalin pronunciado por Nikita Jrushchov en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), celebrado entre el 14 y el 26 de febrero de 1956. Desde entonces el pueblo húngaro reclamó insistentemente la libertad de elegir su propio sistema político, alejado del comunismo. Así surgieron por toda Hungría movimientos que demandaban que se pusiera coto a las actividades de la policía secreta.

La respuesta de la URSS fue brutal. El 1 de noviembre de 1956, Imre Nagy, uno de los líderes del movimiento opositor, recibió informes que señalaban que tropas soviéticas habían ingresado a Hungría por el este y avanzaban hacia Budapest, que amaneció ocupada por tanques soviéticos. Dicha acción ahogó en sangre la naciente república de los consejos obreros, con un saldo de 2500 húngaros y 722 soldados soviéticos muertos en el conflicto, y unos 200 000 húngaros que huyeron como refugiados.

También en Hungría empezó a morir la URSS

Mientras la resistencia húngara combatía los tanques soviéticos con cócteles molotov en las estrechas calles de Budapest, surgían consejos revolucionarios a escala nacional que asumían la autoridad gubernamental local y convocaban huelgas generales. Imre Nagy, primer ministro y figura central de la rebelión, era un comunista leal pero nacionalista que intentó democratizar el sistema, disolver la policía secreta (ÁVH) y retirar a Hungría del Pacto de Varsovia. Fue ejecutado por los soviéticos en 1958.

En resumen, la insurrección húngara de 1956 pasó a ser, junto con la Primavera de Praga de 1968, el surgimiento de Solidaridad en Polonia en 1980 y el preludio de la caída del muro de Berlín en 1989, uno de los eventos históricos que marcaron el fin del orden estalinista del telón de acero, hasta el derrumbe definitivo de la URSS y el Pacto de Varsovia.

Posteriormente, Hungría se reconstituyó como república democrática independiente, separada del bloque soviético, el 23 de octubre de 1989. En esa fecha, coincidiendo con el 33.º aniversario de la revolución de 1956, se proclamó la nueva República de Hungría: se abandonó el nombre de República Popular, se adoptó una democracia multipartidista y se marcó el fin de la era comunista.

Orbán, un retroceso

Desde la década de 1990 e inicios del siglo XXI, Hungría se orientó hacia una próspera república independiente y democrática; reafirmando su vocación occidental, se incorporó a la OTAN el 12 de marzo de 1999 y a la Unión Europea (UE) el 1 de mayo de 2004. Estas políticas de Estado fueron cuestionadas desde el inicio de la gestión de Víktor Orbán en 2010, quien impuso un régimen que mantiene como fachada las instituciones democráticas, pero las priva de autonomía y de la capacidad de controlar al gobierno.

Su objetivo fue anular los contrapoderes al ejecutivo: el judicial, el legislativo y el llamado cuarto poder, los medios de comunicación. Todas estas características lo acercan más a la ideología y las prácticas de Vladímir Putin que al consenso político de sus socios europeos.

Su deriva autoritaria desembocó en violaciones del Estado de derecho y de la democracia, lo que llevó a los socios de la Unión Europea a congelar parte de los fondos económicos de los que tanto se había beneficiado Hungría. Su apoyo irrestricto a la invasión rusa de Ucrania y el mantenimiento del veto a la ayuda de 90 000 millones de euros a una Ucrania sacrificada por los caprichos imperiales de Putin lo convirtieron en el «patito feo» de la Unión Europea.

La derrota del autoritarismo de 3 cabezas

El voto del pueblo húngaro el pasado domingo encierra una dimensión mayor: ha sido la voluntad de un pueblo que se enfrentó y derrotó a un mandatario autoritario respaldado por tres potencias. La administración Trump, que no vaciló en enviar a sus funcionarios de alto nivel —el secretario de Estado Marco Rubio y el vicepresidente J. D. Vance— a apoyarle en las elecciones recientes; la Federación Rusa, como soporte económico y político de su gestión; y la administración china de Xi Jinping, quien define a Hungría como la puerta de las inversiones chinas en Europa.

No es de extrañar que el pueblo húngaro quisiera un cambio que rescatara su historia y su democracia, resumido en un canto que resonó en cada rincón del mágico país del Danubio y en su capital, Budapest: “¡Ruszkik haza!“, algo así como “Rusos go home!“.

@froilanbarriosf | Movimiento Laborista.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Los grandes derrotados en las urnas de Hungría fueron, además de Orbán, Putin, Trump y Xi Jinping, las tres cabezas del autoritarismo mundial
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El resultado de las elecciones en Hungría el pasado fin de semana causó un terremoto político en ese país, en Europa y más allá. Fue derrotado el mandatario Víktor Orbán y su partido Fidesz —tras dieciséis años de gestión, lo que lo convertía en el gobernante de mayor permanencia en el poder en la UE— a manos de la novel organización Tisza, dirigida por Péter Magyar.

No solo destaca la victoria, sino la dimensión de la derrota: del total de 199 escaños del parlamento, 138 fueron para el partido Tisza, 6 para Nuestra Patria y tan solo 55 para el partido gobernante. El triunfador, con la supermayoría garantizada de dos tercios, podrá reformar la Constitución y promover su proyecto democrático de gobierno. Este persigue superar la crisis económica, castigar la corrupción y restablecer la soberanía nacional.

No es para menos, ante la grosera injerencia rusa en la gestión gubernamental. A tal punto llegó, que en diferentes procesos electorales se aplicaban resultados fraudulentos favorables a Orbán, especie de infiltrado de Moscú para dinamitar la Unión Europea. De hecho, mantuvo un choque permanente con la mayoría de los socios europeos, situación que agravó la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022. Desde entonces, el gobierno de Orbán fue quien más obstáculos puso a las sanciones contra Rusia y a la ayuda a Ucrania.

Viejo sentimiento antirruso

Existen indelebles heridas históricas entre Hungría y la URSS, originadas con la fallida Revolución húngara de 1956, también conocida como «Otoño húngaro». Fue este un movimiento revolucionario espontáneo de alcance nacional contra el gobierno de la República Popular de Hungría y sus políticas impuestas desde la Unión Soviética, que produjo una conmoción social desde el 23 de octubre hasta el 10 de noviembre de 1956.

Este movimiento se gestó al conocerse el discurso secreto de crítica a los excesos de Stalin pronunciado por Nikita Jrushchov en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), celebrado entre el 14 y el 26 de febrero de 1956. Desde entonces el pueblo húngaro reclamó insistentemente la libertad de elegir su propio sistema político, alejado del comunismo. Así surgieron por toda Hungría movimientos que demandaban que se pusiera coto a las actividades de la policía secreta.

La respuesta de la URSS fue brutal. El 1 de noviembre de 1956, Imre Nagy, uno de los líderes del movimiento opositor, recibió informes que señalaban que tropas soviéticas habían ingresado a Hungría por el este y avanzaban hacia Budapest, que amaneció ocupada por tanques soviéticos. Dicha acción ahogó en sangre la naciente república de los consejos obreros, con un saldo de 2500 húngaros y 722 soldados soviéticos muertos en el conflicto, y unos 200 000 húngaros que huyeron como refugiados.

También en Hungría empezó a morir la URSS

Mientras la resistencia húngara combatía los tanques soviéticos con cócteles molotov en las estrechas calles de Budapest, surgían consejos revolucionarios a escala nacional que asumían la autoridad gubernamental local y convocaban huelgas generales. Imre Nagy, primer ministro y figura central de la rebelión, era un comunista leal pero nacionalista que intentó democratizar el sistema, disolver la policía secreta (ÁVH) y retirar a Hungría del Pacto de Varsovia. Fue ejecutado por los soviéticos en 1958.

En resumen, la insurrección húngara de 1956 pasó a ser, junto con la Primavera de Praga de 1968, el surgimiento de Solidaridad en Polonia en 1980 y el preludio de la caída del muro de Berlín en 1989, uno de los eventos históricos que marcaron el fin del orden estalinista del telón de acero, hasta el derrumbe definitivo de la URSS y el Pacto de Varsovia.

Posteriormente, Hungría se reconstituyó como república democrática independiente, separada del bloque soviético, el 23 de octubre de 1989. En esa fecha, coincidiendo con el 33.º aniversario de la revolución de 1956, se proclamó la nueva República de Hungría: se abandonó el nombre de República Popular, se adoptó una democracia multipartidista y se marcó el fin de la era comunista.

Orbán, un retroceso

Desde la década de 1990 e inicios del siglo XXI, Hungría se orientó hacia una próspera república independiente y democrática; reafirmando su vocación occidental, se incorporó a la OTAN el 12 de marzo de 1999 y a la Unión Europea (UE) el 1 de mayo de 2004. Estas políticas de Estado fueron cuestionadas desde el inicio de la gestión de Víktor Orbán en 2010, quien impuso un régimen que mantiene como fachada las instituciones democráticas, pero las priva de autonomía y de la capacidad de controlar al gobierno.

Su objetivo fue anular los contrapoderes al ejecutivo: el judicial, el legislativo y el llamado cuarto poder, los medios de comunicación. Todas estas características lo acercan más a la ideología y las prácticas de Vladímir Putin que al consenso político de sus socios europeos.

Su deriva autoritaria desembocó en violaciones del Estado de derecho y de la democracia, lo que llevó a los socios de la Unión Europea a congelar parte de los fondos económicos de los que tanto se había beneficiado Hungría. Su apoyo irrestricto a la invasión rusa de Ucrania y el mantenimiento del veto a la ayuda de 90 000 millones de euros a una Ucrania sacrificada por los caprichos imperiales de Putin lo convirtieron en el «patito feo» de la Unión Europea.

La derrota del autoritarismo de 3 cabezas

El voto del pueblo húngaro el pasado domingo encierra una dimensión mayor: ha sido la voluntad de un pueblo que se enfrentó y derrotó a un mandatario autoritario respaldado por tres potencias. La administración Trump, que no vaciló en enviar a sus funcionarios de alto nivel —el secretario de Estado Marco Rubio y el vicepresidente J. D. Vance— a apoyarle en las elecciones recientes; la Federación Rusa, como soporte económico y político de su gestión; y la administración china de Xi Jinping, quien define a Hungría como la puerta de las inversiones chinas en Europa.

No es de extrañar que el pueblo húngaro quisiera un cambio que rescatara su historia y su democracia, resumido en un canto que resonó en cada rincón del mágico país del Danubio y en su capital, Budapest: “¡Ruszkik haza!“, algo así como “Rusos go home!“.

@froilanbarriosf | Movimiento Laborista.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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