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Miranda en La Carraca, por Laureano Márquez P.

Miranda en La Carraca (1896), de Arturo Michelena. Lienzo al óleo de 196,6 cm de alto por 245,5 cm de ancho, perteneciente a la Galería de Arte Nacional. Foto GAN en Wikimedia Commons.

@laureanomar

El 14 de julio de 1816 en el penal de las Cuatro Torres del arsenal de La Carraca,  muere el precursor de la independencia venezolana Sebastián Francisco de Miranda. Antes había estado preso en Puerto Rico, en Puerto Cabello y en La Guaira, donde fue  entregado a las autoridades españolas por sus paisanos y compañeros de la gesta independentista, quienes consideraron que su capitulación ante Monteverde era una traición injustificable.

Como puede verse, las diferencias, la enemistad y el odio entre los que comparten una misma causa no es nueva en la historia nacional.

A uno le da cosa con Miranda: exitoso en todas las revoluciones de su tiempo, fracasó en la suya, la que siempre le había inspirado. Logró sortear todos los peligros. Cambió de identidad varias veces para ocultarse de persecuciones, sobrevivió a expediciones y batallas, logró evadir la guillotina en la Revolución Francesa -cuya  conmemoración es también, casualmente, el 14 de julio. Pero no logró salir ileso de sus paisanos.

Sus últimos años fueron muy duros, las condenas de las que se libró de joven le cayeron juntas en su vejez. Michelena lo pinta en esa imagen que para nosotros es emblemática, meditando recostado en su catre en la celda de Cadiz. Desde allí nos sigue mirando con una inescrutable tristeza que, a veces, según esté nuestro ánimo, parece decepción y otras la actitud interrogante de quien espera grandes cosas del espectador que le contempla, como diciéndonos: “¿y entonces? ¿y la libertad pa´cuando?”

A Miranda tampoco lo hemos sabido reconocer bien posmortem. Sigue siendo el “hijo de la panadera”, que diría nuestra brillante historiadora Inés Quintero. No tiene tumba sino “cenotafio”, una palabra casi tan fea como xenofobia y que se usa para designar a una tumba vacía de alguien cuyos restos no se han encontrado (ni buscado mucho en este caso).

La plaza Miranda frente a las Torres de El Silencio es una de las plazas menos atractivas de Caracas para el transeúnte, y la avenida Francisco de Miranda la de peor tráfico. El estado Miranda es uno de los más complicados de entender, un estado que ocupa la mayor parte de Caracas, pero cuya capital está en Los Teques. Hasta con nuestro signo monetario a Miranda se le ha maltratado: si recuerdan los tiempos en que Venezuela tenía billetes, al que se le puso la imagen de Miranda fue al de dos bolívares y eso porque no había billete de menor denominación que asignarle. Hasta el chigüire (*) tuvo más suerte, que aparecía en el de cinco.

En fin, este 14 de julio recordé nuevamente con gratitud y respeto a El Precursor, que desde su icónico catre de La Carraca nos sigue observando con esa enigmática mirada con la que Miranda mira.

(*) Para que no me vayan a caer encima en cambote: sé que no es un chigüire, sino un armadillo, el animal que aparecía en los billetes de cinco bolívares. Pero chigüire suena más gracioso. No sé qué magia tienen las palabras con “ch” (Chespirito lo sabía bien) que por sí mismas son graciosas y divertidas, con la sola excepción de un apellido que asociado a su dueño nos recuerda la peor tragedia de nuestra historia.

 

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