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Esa abstracción llamada “la transición”

 

Aunque se habla de ella como si estuviese a la vuelta de la esquina, la invocada transición a la democracia sigue siendo un agujero negro, un universo sobre el cual nada se sabe

transición
Alonso Moleiro
17/05/2024

Nada parece seguro en esta marcha de tres meses, camino al 28 de julio, en el cual ciertamente en más de una ocasión habrá que contentarse con interpretar un día a la vez y las posibilidades de fracasar muy altas. El terreno es resbaladizo, el campo para la represión se amplía, las posibilidades de una contingencia aumentan.

La dirigencia chavista endurece el tono amenazante y aumenta el volumen de su propio discurso. Edmundo González Urrutia es el candidato de la unidad democrática, y eso sólo es una excelente noticia, pero todo el mundo debe dar por descontado el advenimiento de nuevas maniobras para impedirle avanzar.

El propio González Urrutia, a sabiendas de las turbulencias que se acercan, es especialmente parco y genérico cuando toca imaginarse un universo político posterior al 28 de julio. “Esperamos que los resultados electorales sean respetados por el Gobierno. A partir de allí se abre un abanico de oportunidades que escapan en este momento a nuestra atención. Se pueden producir circunstancias que en este momento no somos capaces de advertir”, ha afirmado hace poco en unas declaraciones que plantean el abismo que tiene el país ante sí.

Es cierto que, en las calles, entre la gente, se va concretando un ánimo ciudadano mayoritario post conflictividad, que los valores del chavismo hace mucho no son mayoritarios, ni de interés, y que sería relativamente sencillo encontrar, en el campo teórico, formas para consensuar procedimientos republicanos posteriores al autoritarismo.

Es decir, en la sociedad parece tomar cuerpo un ambiente post- polarización que podría ser terreno fértil para facilitar la transición política hacia una democracia. Un arreglo institucional a partir de un pacto político entre adversarios, en el marco republicano. Eso que ya hoy es completamente habitual en el escenario latinoamericano.

A las mayorías nacionales no les importa en absoluto, como sí sucedía antes, que María Corina Machado sea de clase alta, o propietaria, empresaria o con apellidos. La decisión de votar parece tomada por la inmensa mayoría de la población. Todo el mundo parece tener claro lo comprometido que está el panorama; lo inviable que se ha vuelto la nación en manos de los chavistas.

Lo que no luce muy factible es que en las entrañas del monstruo del Estado revolucionario se esté incubando algún sentimiento particularmente extendido de culpa o decepción; algún debilitamiento producto de la falta de entusiasmo fanático; algún incentivo lo suficientemente tentador para entregar el poder; o algún compromiso para cohabitar pacíficamente con sus adversarios en caso de perder.

Como no sucedía desde hace mucho tiempo en nuestra historia, hay en este momento un divorcio total entre las aspiraciones de la sociedad y los intereses del Estado. La simetría entre las aspiraciones populares y los intereses del estado tuvieron en Venezuela una continuidad de casi 70 años, e incluyó los tiempos de Hugo Chávez. Con este impopular, pero poderoso, Nicolás Maduro, la escena de la imposición queda servida, aunque use formas más sofisticadas que en el pasado. En esa disonancia estriba el espacio para el autoritarismo.

Las Fuerzas Armadas están intoxicadas con una doctrina política fanatizada, que desconoce los mandatos constitucionales. Como institución, lucen dramáticamente secuestradas por el partidismo político.

La plana dirigente revolucionaria evade sus evidentes responsabilidades en la administración de los recursos y la ruina de Venezuela, y desarrolla, con agresividad, una inútil campaña para convencer a la población de que las circunstancias actuales son consecuencia exclusiva de las sanciones internacionales, luego de haberse pasado años negando la sistémica crisis cambiaria existente desde 2014, y escondiendo las cifras de la economía.

“La transición planteada en Venezuela no va a ser de cogollos, ni de espaldas a país”, ha afirmado Machado recientemente. “Hoy hay cero triunfalismo. Podemos estar 80-20, pero hay que organizarnos como si estuviéramos con uno por ciento. Vamos a un proceso muy complejo de transición, por la crisis social, política, económica y de servicios públicos que tenemos”.

Lo dicho: no hay forma de configurar un escenario de transición, como no sea con generalidades. La película apenas comienza. Todo, incluyendo la transición, está en veremos.

Por: @AMoleiro

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