Los acuerdos petroleros anunciados sorpresivamente por los gobiernos de los Estados Unidos y Venezuela han producido un sorpresivo estremecimiento que ha pillado fuera de lugar a casi todo el estamento político nacional. La firma de estos convenios, televisada en el Palacio de Miraflores, generalizó la regla del off side. Nada es lo que antes era.
El gobierno chavista de Delcy Rodríguez presenta como “un logro de la diplomacia” unos acuerdos petroleros consecuencia de una decisión militar que arrestó a su máximo dirigente, Nicolás Maduro, el pasado 3 de enero. El enemigo público numero uno de la narrativa chavista ocupa un lugar en Caracas “por la razón o la fuerza”, y arrincona la antigua influencia china, rusa e iraní en el país.
En la oposición venezolana la molestia es mayoritaria, aunque en casi todos sus componentes prima la prudencia en el trato declarativo ante Washington. No son demasiados los políticos opositores alzando su voz ante las implicaciones de este acuerdo. Lo hacen rezongando en privado.
Una traición en cámara lenta
En la sociedad civil, a diferencia de lo que sucedía unos meses antes, crece la impresión -en los múltiples debates de los grupos de whatsapp y en lo que afirma con frecuencia el ciberactivismo en las redes sociales- de que Estados Unidos ha consumado una traición, y que ha formalizado una alianza “contra natura” con el régimen, para hacer realidad un nuevo status quo. Una conducta tendente a dejar para mejor momento las demandas para concretar la soñada transición a la democracia.
Es entonces María Corina Machado, tradicionalmente un vocero calificado de la política local ante los Estados Unidos, quien aparece para cuestionar lo acordado: fustiga la opacidad de los convenios; lamenta que la voz de los venezolanos haya quedado fuera; critica la legitimidad del régimen chavista y le recuerda a la potencia norteamericana quiénes son “sus verdaderos enemigos”. Ahorrándose en todo momento los adjetivos, María Corina ofrece una nueva muestra de integridad política, y termina siendo vocero de un disgusto que está objetivamente extendido.
Betancourt inmaculado
En Washington, ahora los voceros de la Casa Blanca que antes fustigaban al régimen venezolano por sus relaciones con la corrupción y el lavado de dinero, y ponían precios millonarios a las cabezas de algunos de sus dirigentes, no consiguen “nada anormal en nuestros registros”, como dijo el secretario de estado de los Estados Unidos, Marco Rubio cuando tienen que seguirle el rastro al comportamiento de Alejandro Betancourt, un empresario que, en el pasado, ha formado parte de la arquitectura de varias operaciones económicas del régimen chavista.
Mientras, Alejandro Betancourt, un empresario que tiene rato cargando con una leyenda oscura, y que incluso, hasta no hace mucho, lucía un individuo acorralado, cuestionado por su papel durante la crisis eléctrica, con investigaciones en Suiza y España, emerge como una de las bisagras de este ambicioso anuncio energético, -“el más importante en un siglo”, según Donald Trump. NABEP, la compañía de la cual Betancourt es CEO, es el epicentro de esta compleja operación legal e industrial. Al parecer – y esta es la gran paradoja de esta historia- , la Casa Blanca tiene máxima confianza en el polémico Betancourt. Marco Rubio lo ha afirmado: estos acuerdos no se celebran con Venezuela, sino con NABEP.
La declaración, con carácter prescriptivo, de Donald Trump, según la cual Venezuela “no está lista todavía para una elección” –afirmación dura, insólita viniendo de un mandatario extranjero, pero no tan inexacta-, y el evidente privilegio que tienen los negocios en la agenda estadounidense para Venezuela, se acoplan como elementos constitutivos en el esquema de las tres fases enunciado por Marco Rubio. “Tres fases”, que, de posposición en posposición, podrían terminar nadando para morir en la orilla del año 2030, momento en el cual, de todas formas, está pautada la próxima consulta presidencial. (James Story, ex embajador en Bogotá y Caracas, ya ha afirmado que ve “difícil” unas elecciones en 2027).
Soberanía a la baja
Los acuerdos anunciados tienen una doble interpretación. Hay una aproximación política, con un importante sesgo moral, que cuestiona la ausencia de miramientos para defender los intereses de la república, y reacciona indignada ante la evidente vulneración de la soberanía nacional.
Expertos vinculados a la interpretación del tema, como Leonardo Vera, de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, comentan que la nación ha retrocedido mucho, en materia de sesiones y condiciones impuestas, respecto a otros marcos legales del pasado con esta experiencia. Se va extendiendo, además, -independientemente de que sea cierto- la sensación de que los Estados Unidos ha fundamentado un nuevo estatus quo para defender sus negocios, en detrimento de la sed de democracia que tiene la población.
“Cómo estará Venezuela necesitada de inversiones, de soluciones, que un acuerdo como este, opaco, chucuto, que ha generado tantas dudas por su procedimiento, ha sido recibido con alegría por ciertos sectores”, afirma Vera.
La bonanza prometida
Pero los acuerdos tienen, también, una interpretación económica, o economicista, que tiene a restar peso sobre la carga moral del convenio, y que está ponderando el volumen de la inversión, las regalías e impuestos anunciados. La promesa económica de este acuerdo tiene elementos que suenan tentadores. La posibilidad de duplicar la inversión petrolera en el mediano plazo; de relanzar la industria y hacer posible el regreso de la economía nacional a su tamaño de antaño en un plazo no tan largo de tiempo. Delcy Rodríguez afirma, y por supuesto que es cierto, que nada hace la nación teniendo reservas probadas gigantescas de petróleo, que pueda certificar, si no es capaz de explotarlas adecuadamente en beneficio de su población.
Pero ahí está el detalle: adecuadamente. Tenemos un elenco administrativo y de gobiernos que ha experimentado por largo tiempo en el campo del fracaso. El aumento de la renta nacional no se va a traducir necesariamente en desarrollo, o avances en el combate a la pobreza. De concretarse, este sería el cuarto o quinto boom petrolero que tendría Venezuela en su historia: el impulso inicial de los años 40 y 50; la Venezuela Saudita de los años 70; el tiempo de la Apertura Petrolera de los 90; y los años de Hugo Chávez y su zar energético, Rafael Ramírez, de 2006 a 2012.
Ninguno de estos ciclos ha sido especialmente virtuoso. El dinero que ingresó hizo posible algunas obras de infraestructura y el financiamiento de programas sociales que llegaron a tener su importancia, pero en líneas generales, se trata de procesos que han fracasado, que no han podido cumplir con sus objetivos, y en el cual se han despilfarrado miles de millones de dólares. Como suele sucederle a los petroestados.



