María Corina Machado ha regresado a Venezuela para producir un estremecimiento político y social destinado a darle mayor vigor a la transición a la democracia. Su regreso, que parece una decisión unilateral, se ha concretado de forma sorpresiva, y puede venir con más consecuencias al remolque.
De momento, podemos apreciar cómo un matiz constatable el hecho de que —acaso por primera vez— la oposición se ha apropiado de la agenda política y la narrativa pública local con la circunstancia actual. Delcy Rodríguez decidió ofrecer un mensaje a la nación una hora antes de la primera alocución pública de la líder opositora. La presidenta encargada hizo en esta ocasión un esfuerzo especial, casi único por lo infrecuente, para renovar votos por la reinstitucionalización y presentar sus credenciales democráticas al país. Este chavismo “reformista” pide un nuevo voto de confianza para mejorar la situación socioeconómica de la población.
Los contenidos del anuncio hecho por la presidenta encargada —otra vez, de unos brevísimos quince minutos de duración— constituyen, quizás, la concesión programática más ambiciosa y extensiva que hace el oficialismo chavista desde el poder. Es una oferta que va aún más allá de las promesas de aquel Hugo Chávez que en 1998 hablaba de democracia y Estado de derecho. Delcy Rodríguez ha pedido que “le juzguen por los hechos”, si es que algunos no creían en aquello que estaba afirmando.
El cambio en la discursiva de la plana dirigente chavista —una metamorfosis que lleva todo 2026— se desarrolla en un contexto de extrema presión. En Miraflores todo el mundo quiere continuar al mando, pero, para volver al libreto revolucionario y antimperialista, es necesario que el tiempo pase y las circunstancias cambien en la comunidad internacional, particularmente en los Estados Unidos. Por ahora, para mantener el vigor en el poder y garantizar la gobernabilidad del país, los chavistas se limitan a hacer caso.
Machado logró ejecutar una reintroducción “suave” en las entrañas de la sociedad venezolana, y ahora se prepara, de acuerdo a lo que informan fuentes en Vente Venezuela, para iniciar una gira nacional con una intensa agenda de contactos con el universo civil del país. Tendrá frente a sí a un gobierno al mando, con el control de la situación, pero acorralado, debilitado por sus contradicciones, detrás del sentir popular.
Esta estrategia de consultas, en la cual están incluidos los partidos aliados de la oposición, —informan en Vente Venezuela— tendrá un carácter ascendente, irá de menos a más, y debería desembocar en la concreción un “gran acuerdo nacional”, que deberá ser presentado al país durante las primeras semanas de 2027.
Con el barrido geográfico de contactos de toda índole que se dispone a iniciar Machado, y que concluirá con el proyectado gran acuerdo nacional, se busca, entre otros (siempre según las fuentes), un objetivo estratégico: ir consolidando consensos en torno a temas programáticos que la nación tiene pendientes, revoloteando frente a sus narices. Muchos de ellos tienen ya un recorrido en materia de aceptación popular: economía de mercado; alternabilidad republicana; democracia y Estado de derecho; propiedad privada; protagonismo empresarial; descentralización y gobierno federal.
Con mucha probabilidad, el regreso de María Corina Machado a Venezuela marcará un punto de inflexión en el desarrollo de la prolongada crisis política nacional. Ella tiene ante sí el reto de administrar con inteligencia el uso del tiempo, pero sobre todo el manejo de las expectativas: todos sabemos que las masas en Venezuela, en todos sus estratos socioeconómicos, tienen en la política la costumbre de depositar una esperanza desproporcionada en aquello que es capaz de hacer una sola persona por su cuenta.
El ingreso de María Corina Machado lucía muy cuesta arriba, casi imposible, hasta hace poco tiempo. Era uno de esos prerrequisitos que debían concretarse para poder imaginar la llegada de la democracia. Su capacidad de convocatoria y determinación la convierten hoy en un personaje protagónico, dinámico, peligroso para los amantes del inmovilismo.
Es cierto, como afirman sus críticos, que el tiempo puede jugar en su contra, y que su capital político podría quedar afectado si la dinámica de acuerdos no corre a la par de las exigencias ciudadanas. En Venezuela tenemos 27 años afirmando que la transición a una democracia está a la vuelta de la esquina.
Pero, aún siendo así, sería insensato subestimar aquello que sea capaz de hacer María Corina Machado dentro del país en un momento como el actual. La crisis venezolana tiene ya demasiado tiempo, y el agotamiento con la clase política actual puede ser mucho más profundo, incluso, que lo que reportan las encuestadoras. Machado es la única persona capaz de colocar las demandas de una transición a la democracia en el mismo lugar donde están las penurias económicas y la falta de luz.
Su presencia en el país, su desplazamiento por el país, será un revulsivo, un dinamizador que llevará presión a la mesa de negociaciones en Caracas, y acaso a la propia administración de Donald Trump.






