Negociar el exilio: la diáspora venezolana como actor político y económico

Vivir lejos de Venezuela ha dejado de ser una simple circunstancia para convertirse en una posición política. El exilio venezolano, tan diverso como extendido, ha transformado a millones de personas en interlocutores del país que dejaron atrás: sujetos que negocian con la patria desde la distancia. Esa negociación no es explícita ni uniforme; se manifiesta en remesas, inversiones, activismo, denuncias, intentos de retorno, debates sobre la reconstrucción o en la obstinación cotidiana de quienes, aun fuera, siguen pensando el país.

La diáspora ha dejado de ser un paréntesis en la historia nacional para convertirse en uno de sus protagonistas. En ese proceso se redefine el sentido mismo de la venezolanidad y de la ciudadanía: ya no se trata de habitar un territorio, sino de participar —desde donde se esté— en la suerte del colectivo.

Cada año, millones de transferencias cruzan fronteras invisibles. Se calcula que las remesas enviadas a Venezuela alcanzaron en 2024 unos 3800 millones de dólares, alrededor del 3,7 % del PIB. No son solo cifras económicas: detrás de cada envío hay un pacto íntimo, una forma de sostener el vínculo con los que se quedaron, una manera de resistir a la disolución del sentido de pertenencia. Pero también una contradicción: la remesa que alimenta, que paga la medicina o el estudio de un hijo, sustituye la función que el Estado abandonó. Es una ciudadanía que se ejerce a través del dinero y de la responsabilidad moral, no mediante el voto o la representación. El emigrante se convierte así en proveedor y sostén, pero no necesariamente en participante de las decisiones que afectan al país que mantiene. En el fondo, la diáspora subsidia la crisis, aunque todavía no logra transformar sus causas.

Aun así, el exilio genera un poder nuevo. Según el Fondo Monetario Internacional, la migración venezolana podría incrementar entre 2,5 y 4,5 puntos porcentuales el PIB de países receptores como Colombia, Perú, Ecuador o Chile, si logra integrarse plenamente. Ese aporte convierte al emigrante en agente económico de doble frontera: contribuye allá y sostiene acá. No es casual que algunos sectores de esos países vean en la migración venezolana una oportunidad de crecimiento, mientras Venezuela —paradójicamente— carece aún de una política clara hacia su diáspora. La relación, por tanto, se mantiene informal, afectiva, dispersa. La ciudadanía se ejerce por vías no institucionales: en la solidaridad, la cooperación entre connacionales, la creación de fundaciones o medios de comunicación, la denuncia, la participación en redes sociales o la inversión familiar que mantiene viva la economía local.

Pero el exilio no es solo un flujo económico: es también una esfera política en expansión. Desde distintas capitales del mundo, la diáspora venezolana ha fundado medios, organizaciones de derechos humanos, redes de ayuda e iniciativas culturales y políticas. En ellas se gestan formas alternativas de ciudadanía: activismo digital, campañas internacionales, misiones de observación electoral, denuncias ante organismos multilaterales. Sin embargo, este activismo enfrenta límites y riesgos. En algunos casos, los exiliados han sido perseguidos incluso fuera del país, como ocurrió recientemente en Bogotá con el atentado contra Luis Peche, recordándonos que la represión puede trascender las fronteras. El exilio político venezolano se convierte así en una extensión del conflicto interno, donde la voz del emigrante sigue incomodando al poder que lo expulsó.

La negociación del exilio es, entonces, múltiple. Por un lado, económica: remesas, inversiones, consumo familiar, retorno de capital humano. Por otro, política: activismo, presión internacional, generación de discursos, defensa de derechos. Pero también emocional y simbólica: el deseo de retorno, la culpa del que se fue, la nostalgia convertida en compromiso. Esa red compleja de vínculos ha creado una ciudadanía extendida que desafía el concepto tradicional del ciudadano residente. El venezolano de la diáspora no es extranjero en su país ni plenamente ciudadano en su lugar de acogida: habita un territorio intermedio donde la pertenencia se vuelve negociable, un ejercicio constante de mediación entre memoria y acción.

En ese proceso, el país de origen también negocia. Se beneficia de los envíos, de las redes internacionales, de las voces que denuncian, pero no reconoce plenamente a esos ciudadanos. No existen marcos legales que garanticen un voto exterior eficiente, ni incentivos seguros para invertir, ni mecanismos formales de participación política desde el exilio. El Estado venezolano, secuestrado por una organización del crimen transnacional llamada revolución, en lugar de ver en la diáspora una fuerza viva, la percibe como una fuga o una amenaza. Así, la negociación entre el emigrante y su país ocurre en condiciones de asimetría: la diáspora envía y sostiene, pero el Estado responde con silencio o indiferencia institucional.

Esa ausencia de política hacia el exilio no impide que existan espacios de construcción. En distintas ciudades del mundo, los venezolanos han impulsado proyectos que vinculan remesas con emprendimientos productivos, inversiones colectivas, campañas humanitarias o iniciativas culturales. En algunos casos, la diáspora actúa como mediadora entre actores internacionales y comunidades locales. Son pequeñas diplomacias ciudadanas que sustituyen a la diplomacia oficial. De hecho, muchos de los puentes humanitarios que han llegado a Venezuela en los últimos años se gestionaron desde redes de exiliados y migrantes. La diáspora, sin pretenderlo, ha creado su propio aparato de Estado paralelo: más ágil, más empático y más creíble que el institucional.

La pregunta que emerge es profunda: ¿qué significa ser ciudadano de un país que ya no se habita, pero al que se sigue perteneciendo? La ciudadanía venezolana, atravesada por el desarraigo, parece hoy menos una condición jurídica y más una práctica social. Se ejerce al enviar dinero, al denunciar, al escribir, al emprender, al invertir, al educar, al recordar. Pero también al decidir no callar. La diáspora ha mantenido vivo el debate público, ha preservado la memoria política y ha proyectado al mundo la dimensión humana de la tragedia venezolana. En ese sentido, la distancia se ha convertido en un instrumento de resistencia. La ciudadanía, así entendida, ya no se define por la residencia, sino por la participación activa en esa comunidad imaginada que llamamos Venezuela.

Negociar el exilio no consiste solo en sobrevivir fuera del país, sino en redefinir los términos de nuestra relación con él. Significa exigir derechos, proponer políticas, crear canales de participación, demandar transparencia y, sobre todo, asumir que el futuro nacional depende tanto de quienes se quedaron como de quienes están fuera. El retorno físico, por sí solo, no resolverá la fractura; lo que se necesita es un retorno cívico: la reconstrucción de la confianza, de las instituciones y de la noción misma de comunidad. El país debe reconocer a su diáspora como un actor estratégico de reconstrucción, y no como una suma de ausentes nostálgicos. Mientras no se asuma esa dimensión política y económica del exilio, Venezuela seguirá incompleta.

El exilio venezolano no ha terminado; apenas ha cambiado de forma. Desde sus nuevas geografías, millones de ciudadanos siguen haciendo política sin Estado, economía sin país, patria sin territorio. Su negociación con Venezuela es continua y silenciosa, pero decisiva. La diáspora ya no pregunta cuándo volverá, sino cómo puede participar hoy. En esa pregunta está la semilla de una nueva ciudadanía: transnacional, crítica, solidaria y, sobre todo, profundamente venezolana.

  • @NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Vivir lejos de Venezuela ha dejado de ser una simple circunstancia para convertirse en una posición política. El exilio venezolano, tan diverso como extendido, ha transformado a millones de personas en interlocutores del país que dejaron atrás: sujetos que negocian con la patria desde la distancia. Esa negociación no es explícita ni uniforme; se manifiesta en remesas, inversiones, activismo, denuncias, intentos de retorno, debates sobre la reconstrucción o en la obstinación cotidiana de quienes, aun fuera, siguen pensando el país.

La diáspora ha dejado de ser un paréntesis en la historia nacional para convertirse en uno de sus protagonistas. En ese proceso se redefine el sentido mismo de la venezolanidad y de la ciudadanía: ya no se trata de habitar un territorio, sino de participar —desde donde se esté— en la suerte del colectivo.

Cada año, millones de transferencias cruzan fronteras invisibles. Se calcula que las remesas enviadas a Venezuela alcanzaron en 2024 unos 3800 millones de dólares, alrededor del 3,7 % del PIB. No son solo cifras económicas: detrás de cada envío hay un pacto íntimo, una forma de sostener el vínculo con los que se quedaron, una manera de resistir a la disolución del sentido de pertenencia. Pero también una contradicción: la remesa que alimenta, que paga la medicina o el estudio de un hijo, sustituye la función que el Estado abandonó. Es una ciudadanía que se ejerce a través del dinero y de la responsabilidad moral, no mediante el voto o la representación. El emigrante se convierte así en proveedor y sostén, pero no necesariamente en participante de las decisiones que afectan al país que mantiene. En el fondo, la diáspora subsidia la crisis, aunque todavía no logra transformar sus causas.

Aun así, el exilio genera un poder nuevo. Según el Fondo Monetario Internacional, la migración venezolana podría incrementar entre 2,5 y 4,5 puntos porcentuales el PIB de países receptores como Colombia, Perú, Ecuador o Chile, si logra integrarse plenamente. Ese aporte convierte al emigrante en agente económico de doble frontera: contribuye allá y sostiene acá. No es casual que algunos sectores de esos países vean en la migración venezolana una oportunidad de crecimiento, mientras Venezuela —paradójicamente— carece aún de una política clara hacia su diáspora. La relación, por tanto, se mantiene informal, afectiva, dispersa. La ciudadanía se ejerce por vías no institucionales: en la solidaridad, la cooperación entre connacionales, la creación de fundaciones o medios de comunicación, la denuncia, la participación en redes sociales o la inversión familiar que mantiene viva la economía local.

Pero el exilio no es solo un flujo económico: es también una esfera política en expansión. Desde distintas capitales del mundo, la diáspora venezolana ha fundado medios, organizaciones de derechos humanos, redes de ayuda e iniciativas culturales y políticas. En ellas se gestan formas alternativas de ciudadanía: activismo digital, campañas internacionales, misiones de observación electoral, denuncias ante organismos multilaterales. Sin embargo, este activismo enfrenta límites y riesgos. En algunos casos, los exiliados han sido perseguidos incluso fuera del país, como ocurrió recientemente en Bogotá con el atentado contra Luis Peche, recordándonos que la represión puede trascender las fronteras. El exilio político venezolano se convierte así en una extensión del conflicto interno, donde la voz del emigrante sigue incomodando al poder que lo expulsó.

La negociación del exilio es, entonces, múltiple. Por un lado, económica: remesas, inversiones, consumo familiar, retorno de capital humano. Por otro, política: activismo, presión internacional, generación de discursos, defensa de derechos. Pero también emocional y simbólica: el deseo de retorno, la culpa del que se fue, la nostalgia convertida en compromiso. Esa red compleja de vínculos ha creado una ciudadanía extendida que desafía el concepto tradicional del ciudadano residente. El venezolano de la diáspora no es extranjero en su país ni plenamente ciudadano en su lugar de acogida: habita un territorio intermedio donde la pertenencia se vuelve negociable, un ejercicio constante de mediación entre memoria y acción.

En ese proceso, el país de origen también negocia. Se beneficia de los envíos, de las redes internacionales, de las voces que denuncian, pero no reconoce plenamente a esos ciudadanos. No existen marcos legales que garanticen un voto exterior eficiente, ni incentivos seguros para invertir, ni mecanismos formales de participación política desde el exilio. El Estado venezolano, secuestrado por una organización del crimen transnacional llamada revolución, en lugar de ver en la diáspora una fuerza viva, la percibe como una fuga o una amenaza. Así, la negociación entre el emigrante y su país ocurre en condiciones de asimetría: la diáspora envía y sostiene, pero el Estado responde con silencio o indiferencia institucional.

Esa ausencia de política hacia el exilio no impide que existan espacios de construcción. En distintas ciudades del mundo, los venezolanos han impulsado proyectos que vinculan remesas con emprendimientos productivos, inversiones colectivas, campañas humanitarias o iniciativas culturales. En algunos casos, la diáspora actúa como mediadora entre actores internacionales y comunidades locales. Son pequeñas diplomacias ciudadanas que sustituyen a la diplomacia oficial. De hecho, muchos de los puentes humanitarios que han llegado a Venezuela en los últimos años se gestionaron desde redes de exiliados y migrantes. La diáspora, sin pretenderlo, ha creado su propio aparato de Estado paralelo: más ágil, más empático y más creíble que el institucional.

La pregunta que emerge es profunda: ¿qué significa ser ciudadano de un país que ya no se habita, pero al que se sigue perteneciendo? La ciudadanía venezolana, atravesada por el desarraigo, parece hoy menos una condición jurídica y más una práctica social. Se ejerce al enviar dinero, al denunciar, al escribir, al emprender, al invertir, al educar, al recordar. Pero también al decidir no callar. La diáspora ha mantenido vivo el debate público, ha preservado la memoria política y ha proyectado al mundo la dimensión humana de la tragedia venezolana. En ese sentido, la distancia se ha convertido en un instrumento de resistencia. La ciudadanía, así entendida, ya no se define por la residencia, sino por la participación activa en esa comunidad imaginada que llamamos Venezuela.

Negociar el exilio no consiste solo en sobrevivir fuera del país, sino en redefinir los términos de nuestra relación con él. Significa exigir derechos, proponer políticas, crear canales de participación, demandar transparencia y, sobre todo, asumir que el futuro nacional depende tanto de quienes se quedaron como de quienes están fuera. El retorno físico, por sí solo, no resolverá la fractura; lo que se necesita es un retorno cívico: la reconstrucción de la confianza, de las instituciones y de la noción misma de comunidad. El país debe reconocer a su diáspora como un actor estratégico de reconstrucción, y no como una suma de ausentes nostálgicos. Mientras no se asuma esa dimensión política y económica del exilio, Venezuela seguirá incompleta.

El exilio venezolano no ha terminado; apenas ha cambiado de forma. Desde sus nuevas geografías, millones de ciudadanos siguen haciendo política sin Estado, economía sin país, patria sin territorio. Su negociación con Venezuela es continua y silenciosa, pero decisiva. La diáspora ya no pregunta cuándo volverá, sino cómo puede participar hoy. En esa pregunta está la semilla de una nueva ciudadanía: transnacional, crítica, solidaria y, sobre todo, profundamente venezolana.

  • @NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El exilio venezolano no ha terminado; apenas ha cambiado de forma. Desde sus nuevas geografías, millones de ciudadanos siguen haciendo política sin Estado, economía sin país, patria sin territorio
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Vivir lejos de Venezuela ha dejado de ser una simple circunstancia para convertirse en una posición política. El exilio venezolano, tan diverso como extendido, ha transformado a millones de personas en interlocutores del país que dejaron atrás: sujetos que negocian con la patria desde la distancia. Esa negociación no es explícita ni uniforme; se manifiesta en remesas, inversiones, activismo, denuncias, intentos de retorno, debates sobre la reconstrucción o en la obstinación cotidiana de quienes, aun fuera, siguen pensando el país.

La diáspora ha dejado de ser un paréntesis en la historia nacional para convertirse en uno de sus protagonistas. En ese proceso se redefine el sentido mismo de la venezolanidad y de la ciudadanía: ya no se trata de habitar un territorio, sino de participar —desde donde se esté— en la suerte del colectivo.

Cada año, millones de transferencias cruzan fronteras invisibles. Se calcula que las remesas enviadas a Venezuela alcanzaron en 2024 unos 3800 millones de dólares, alrededor del 3,7 % del PIB. No son solo cifras económicas: detrás de cada envío hay un pacto íntimo, una forma de sostener el vínculo con los que se quedaron, una manera de resistir a la disolución del sentido de pertenencia. Pero también una contradicción: la remesa que alimenta, que paga la medicina o el estudio de un hijo, sustituye la función que el Estado abandonó. Es una ciudadanía que se ejerce a través del dinero y de la responsabilidad moral, no mediante el voto o la representación. El emigrante se convierte así en proveedor y sostén, pero no necesariamente en participante de las decisiones que afectan al país que mantiene. En el fondo, la diáspora subsidia la crisis, aunque todavía no logra transformar sus causas.

Aun así, el exilio genera un poder nuevo. Según el Fondo Monetario Internacional, la migración venezolana podría incrementar entre 2,5 y 4,5 puntos porcentuales el PIB de países receptores como Colombia, Perú, Ecuador o Chile, si logra integrarse plenamente. Ese aporte convierte al emigrante en agente económico de doble frontera: contribuye allá y sostiene acá. No es casual que algunos sectores de esos países vean en la migración venezolana una oportunidad de crecimiento, mientras Venezuela —paradójicamente— carece aún de una política clara hacia su diáspora. La relación, por tanto, se mantiene informal, afectiva, dispersa. La ciudadanía se ejerce por vías no institucionales: en la solidaridad, la cooperación entre connacionales, la creación de fundaciones o medios de comunicación, la denuncia, la participación en redes sociales o la inversión familiar que mantiene viva la economía local.

Pero el exilio no es solo un flujo económico: es también una esfera política en expansión. Desde distintas capitales del mundo, la diáspora venezolana ha fundado medios, organizaciones de derechos humanos, redes de ayuda e iniciativas culturales y políticas. En ellas se gestan formas alternativas de ciudadanía: activismo digital, campañas internacionales, misiones de observación electoral, denuncias ante organismos multilaterales. Sin embargo, este activismo enfrenta límites y riesgos. En algunos casos, los exiliados han sido perseguidos incluso fuera del país, como ocurrió recientemente en Bogotá con el atentado contra Luis Peche, recordándonos que la represión puede trascender las fronteras. El exilio político venezolano se convierte así en una extensión del conflicto interno, donde la voz del emigrante sigue incomodando al poder que lo expulsó.

La negociación del exilio es, entonces, múltiple. Por un lado, económica: remesas, inversiones, consumo familiar, retorno de capital humano. Por otro, política: activismo, presión internacional, generación de discursos, defensa de derechos. Pero también emocional y simbólica: el deseo de retorno, la culpa del que se fue, la nostalgia convertida en compromiso. Esa red compleja de vínculos ha creado una ciudadanía extendida que desafía el concepto tradicional del ciudadano residente. El venezolano de la diáspora no es extranjero en su país ni plenamente ciudadano en su lugar de acogida: habita un territorio intermedio donde la pertenencia se vuelve negociable, un ejercicio constante de mediación entre memoria y acción.

En ese proceso, el país de origen también negocia. Se beneficia de los envíos, de las redes internacionales, de las voces que denuncian, pero no reconoce plenamente a esos ciudadanos. No existen marcos legales que garanticen un voto exterior eficiente, ni incentivos seguros para invertir, ni mecanismos formales de participación política desde el exilio. El Estado venezolano, secuestrado por una organización del crimen transnacional llamada revolución, en lugar de ver en la diáspora una fuerza viva, la percibe como una fuga o una amenaza. Así, la negociación entre el emigrante y su país ocurre en condiciones de asimetría: la diáspora envía y sostiene, pero el Estado responde con silencio o indiferencia institucional.

Esa ausencia de política hacia el exilio no impide que existan espacios de construcción. En distintas ciudades del mundo, los venezolanos han impulsado proyectos que vinculan remesas con emprendimientos productivos, inversiones colectivas, campañas humanitarias o iniciativas culturales. En algunos casos, la diáspora actúa como mediadora entre actores internacionales y comunidades locales. Son pequeñas diplomacias ciudadanas que sustituyen a la diplomacia oficial. De hecho, muchos de los puentes humanitarios que han llegado a Venezuela en los últimos años se gestionaron desde redes de exiliados y migrantes. La diáspora, sin pretenderlo, ha creado su propio aparato de Estado paralelo: más ágil, más empático y más creíble que el institucional.

La pregunta que emerge es profunda: ¿qué significa ser ciudadano de un país que ya no se habita, pero al que se sigue perteneciendo? La ciudadanía venezolana, atravesada por el desarraigo, parece hoy menos una condición jurídica y más una práctica social. Se ejerce al enviar dinero, al denunciar, al escribir, al emprender, al invertir, al educar, al recordar. Pero también al decidir no callar. La diáspora ha mantenido vivo el debate público, ha preservado la memoria política y ha proyectado al mundo la dimensión humana de la tragedia venezolana. En ese sentido, la distancia se ha convertido en un instrumento de resistencia. La ciudadanía, así entendida, ya no se define por la residencia, sino por la participación activa en esa comunidad imaginada que llamamos Venezuela.

Negociar el exilio no consiste solo en sobrevivir fuera del país, sino en redefinir los términos de nuestra relación con él. Significa exigir derechos, proponer políticas, crear canales de participación, demandar transparencia y, sobre todo, asumir que el futuro nacional depende tanto de quienes se quedaron como de quienes están fuera. El retorno físico, por sí solo, no resolverá la fractura; lo que se necesita es un retorno cívico: la reconstrucción de la confianza, de las instituciones y de la noción misma de comunidad. El país debe reconocer a su diáspora como un actor estratégico de reconstrucción, y no como una suma de ausentes nostálgicos. Mientras no se asuma esa dimensión política y económica del exilio, Venezuela seguirá incompleta.

El exilio venezolano no ha terminado; apenas ha cambiado de forma. Desde sus nuevas geografías, millones de ciudadanos siguen haciendo política sin Estado, economía sin país, patria sin territorio. Su negociación con Venezuela es continua y silenciosa, pero decisiva. La diáspora ya no pregunta cuándo volverá, sino cómo puede participar hoy. En esa pregunta está la semilla de una nueva ciudadanía: transnacional, crítica, solidaria y, sobre todo, profundamente venezolana.

  • @NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

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