En Venezuela hacer buen periodismo es muy arriesgado. Muchos periodistas han sido arrestados, otros han tenido que exilarse (el caso de Armando.Info es el más relevante) y quienes han pagado con su propia vida por hacer su trabajo de informar (recuerdo al fotógrafo del diario 2001, Jorge Tortoza, asesinado el 11 de abril de 2002). Hay muchos que son valientes y siguen haciendo un trabajo honorable. Varios portales e individualidades son una demostración de periodismo profesional.
Otros periodistas, incluso connotados por sus programas de radio y televisión, han seguido ejerciendo el oficio con los altibajos propios de practicarlo en un régimen autoritario. Lo hacen practicando la censura. Hay temas de los que no hablan ni escriben. Tienen prohibidos ciertos entrevistados. Pasan agachados haciéndose los buenos monaguillos (y “monaguillas”) que bajan la cabeza ante el autoritarismo, manteniendo siempre el “optimismo”. Son vendedores de mentiras, miedosos algunos, otros oportunistas.
Hay periodistas que se autocensuran. No es que se alegren por eso. Más bien sienten culpa. Pero la autocensura es una estrategia de supervivencia. Se protegen y protegen a sus familias. Saben que si dicen algo o entrevistan a alguien se pueden meter en problemas. En estos días el ministro Diosdado Cabello, encargado de la represión, se quejó en televisión que el canal Venevisión le haya dado un brevísimo espacio a María Corina Machado que declaraba en Washington al salir de una reunión con el secretario de Estado, Marco Rubio. Piensan ciertos periodistas que es mejor autocensurarse esperando que vengan tiempos mejores cuando finalmente se produzca un retorno a la democracia.
Censura por publicidad
Otro “boche” al periodismo (en el lenguaje de las bolas criollas) es el de los comunicadores que se “publi-censuran”. La “publi-censura” es la censura motivada por conservar a un anunciante, para no molestar a quien compra publicidad en su espacio. En la radio venezolana de hoy es práctica común. Anunciantes se multiplican a la sombra de dineros de origen no muy claro. La transparencia en ese sentido se ha ido a la basura. La “publi-censura” calla informaciones de interés público en la política, la economía y la actividad criminal. Dirán los “publi-censuradores” que de “algo hay que comer”.
En el grupo de los que practican la “publi-censura” están periodistas ya venidos a menos que mantienen una presencia en la esfera digital. Medran allí sacándole lo que le puedan a sus anunciantes. No tienen muchos, ni son grandes marcas. Intentan mantenerse a flote en un competido mercado de redes sociales. Sus seguidores no aumentan. No logran subir sus views. Están estancados. Al practicar la “publi-censura” no se quieren poner de malas con sus amigos, no sea que eso produzca un disgusto y le quiten la publicidad. Se inhiben de hacer preguntas, de practicar la transparencia periodística. Y si un miembro de su audiencia se los reclama, se molestan mucho. Son “publi-censuradores” que quieren hacerse pasar por grandes del periodismo.
El dilema entre publicidad y periodismo es viejísimo. En la época de oro de los medios de masas se vivía constantemente la tensión entre el anunciante y la noticia. Los grandes periódicos mantenían un muro entre el departamento de ventas publicitarias y las redacciones. Ocurría lo mismo en el buen periodismo de televisión. Se intentaba separar los dos ejes del negocio en los medios privados. No siempre se lograba. Aunque había buenas prácticas que se seguían. Los periodistas no podían anunciar productos (una tradición más norteamericana y europea, menos latinoamericana), y los medios claramente hacían la diferencia entre contenido publicitario y contenido periodístico.
Esas fronteras se han ido borrando, especialmente en las plataformas digitales. Y más en una Venezuela en crisis. Los periodistas, sometidos a las mismas carencias económicas de la mayoría de los ciudadanos, tienen que buscar la forma de mejorar sus ingresos. Hay quien lo hace con honestidad y trata que el conflicto de intereses entre lo publicitario y lo periodístico no influya tanto en su ética profesional. Hay otros que prefieren tirar la ética periodística por la borda. Silencian contenidos en sus programas y no quieren que se produzcan sobresaltos que incomoden a sus anunciantes, a sus amigos y lobistas “reputados”. Todo sea por el “maldito parné” como dirían los andaluces.
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