Una de las partes más maravillosas de llegar a los 40 años es la capacidad de reflexionar acerca del lugar que ocupan nuestros afectos en nuestra propia vida, de reconocer cuánto de positivo pueden aportar y también qué podemos aportar nosotros a ellos.
A veces cuesta mucho poner límites y decir basta. Sin embargo, ese acto también representa un entendimiento de cómo cambia nuestra percepción de la vida al llegar al llamado cuarto piso: qué esperamos de ella y cómo queremos recorrer esta nueva etapa.
Poner límites no significa convertirse en una persona despiadada. Por el contrario, es una forma de autocuidado que todos merecemos. Cuidarnos es también hacer una pausa para reflexionar sobre qué papel juega cada persona a la que consideramos un afecto, cuál es su aporte positivo en este momento y de qué manera puede acompañarnos en nuestro camino.
Suena difícil lograr, con diplomacia y sin peleas, ubicar a cada uno de nuestros afectos en el lugar que ocupa en esta nueva etapa. Muchas veces, esta reestructuración nos lleva a comprender que con gritos, amenazas e insultos no ejercemos el verdadero poder; más bien, perdemos el tiempo. Como seres humanos no estamos en esta vida para cambiar a los demás, pero las acciones de los demás sí pueden hacer que cambie nuestra actitud hacia ellos.
En la actualidad, vivimos rodeados de conflictos, guerras y muertes. Poco hablamos y, sobre todo, poco tiempo nos tomamos para reflexionar acerca de a quién llamamos afecto y qué recibimos de manera positiva de esa amistad.
Con el tiempo he comprendido que existen distintos tipos de personas. Están aquellas que son motivadoras, constantes y que siempre están allí; no necesariamente para decirte una palabra bonita, sino para ejercer ese liderazgo inteligente que necesitamos en determinados momentos. A esas personas no solo podemos llamarlas afectos con mayúscula: también representan un lugar seguro, una especie de hogar.
Pero también es necesario diferenciar de aquellas personas que representan un ruido desagradable en nuestra vida. Incluso esas relaciones pueden ser necesarias, porque nos permiten reconocer por nosotros mismos qué nos conviene y qué no.
Ciertamente, poner límites es difícil, especialmente cuando durante mucho tiempo has intentado ayudar a una persona que no lo merece, que no lo reconoce y, sobre todo, que no sabe dar amor.
Llegar a los 40 me ha permitido entender que hay dos cosas que no se negocian: el amor propio y la autoestima. Son valores intrínsecos de cada ser humano y, cuando una relación los vulnera constantemente, es necesario replantearse si esa persona debe continuar formando parte de nuestros afectos.
De nada sirve explicar, hablar, indicar o negociar cuando hay personas que no quieren escuchar razones y que creen tener el monopolio de la verdad. Cuando reflexionas sobre lo que tienes, lo que quieres para tu vida y descubres que, al alejarte de ciertas personas, recuperas tu paz interior y tu autoestima, entiendes que no hacen falta gritos ni peleas.
Alejarse y ubicar a cada persona en el lugar que corresponde puede ser, sencillamente, un acto de amor propio. Y no importa si eso hace que algunos te vean como el malo de la película. Al final de la historia, lo verdaderamente importante son aquellos afectos que son hogar, esos con los que no necesitamos establecer límites porque su presencia siempre aporta algo bonito a nuestra vida y trae consigo paz y armonía.
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