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El chavismo sin evidencias de fisuras

Necesitará un buen tiempo la sociedad venezolana para procesar los contenidos y el verdadero impacto, las consecuencias definitivas, de la operación militar que tropas estadounidenses hicieron dentro del país para arrestar a Nicolás Maduro y a Cilia Flores.

 La primera iniciativa militar estadounidense en contra de Venezuela y de toda Sudamérica. Un hito absolutamente histórico, con el cual la ya interminable crisis venezolana escala al nivel más alto posible en 25 años. Un episodio sobre el cual se estará debatiendo muchísimo tiempo, inconcebible hasta hace muy poco, que, sin embargo, se ha consumado para no dejar nada resuelto.

La amenaza militar estadounidense de estos meses tenía un planteamiento muy expreso, y era una posibilidad cierta gravitando sobre la cabeza de todos, pero fueron muchas personas que ya habían concluido que en Washington quizás ya no se atreverían. El estupor fue general.

El arresto de Maduro deja al régimen chavista, en el orden interno, como una fiera herida. Con esto no hay que engañarse. No hay evidencias de fisuras, ni rumores de malestar o divisiones dentro de la revolución. El régimen no está tan “débil”, ni tan dividido, como suele afirmar María Corina Machado. 

Sigue muy lejos cualquier atisbo de transición a la democracia dentro del país luego de lo sucedido. El campo democrático no tiene influencia en las Fuerzas Armadas. Muy al contrario. Los mandos revolucionarios se sienten genuinamente agredidos, y acaso pueden estar buscando con quién desahogar su furia. El Estado de Conmoción Interior expresa esa ira, y se militariza aún más la gestión del país. 

Los términos del aparente acuerdo entre Donald Trump y Delcy Rodríguez para cohabitar, y, eventualmente, abrirle paso a una transición política en Venezuela, tal y como lo ha anunciado Marco Rubio, se están expresando en términos muy diferentes en boca de cada quién. Luego del arresto de Maduro y Flores, Delcy Rodríguez ha hecho lo necesario para evidenciar otra muestra de unidad y disciplina a los valores chavistas, visitar la tumba del comandante Chávez y endurecer los modales de la revolución.

Nada de lo afirmado pretende desconocer la magnitud del golpe político, el calado de la agresión, que ha recibido el chavismo. Un impacto destinado a provocar daños internos. Una afrenta con un hondo contenido psicológico, a partir de la cual se abren los cauces de la ira y el miedo. Delcy Rodríguez, como el resto de la clase dirigente oficialista, ha tenido que apretar los dientes y contener la indignación, invitando a Estados Unidos a “cooperar en el futuro” un día después de una agresión de estas dimensiones.

En todo este episodio, paradójicamente, queda temporalmente fuera de juego María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, como de manera expresa, e incluso sorprendente, lo han dejado saber Marco Rubio, el secretario de estado, su aliado en la promoción de la narrativa opositora entro de la Casa Blanca, además el propio Trump, quién desdeñosamente no deja de aludirla sin llamarla por su nombre a pesar de haber ganado el Premio Nobel de la Paz.

El planteamiento que está haciendo Donald Trump sobre la nación venezolana, el tono con el cual, aparentemente, está interpretando el futuro inmediato de Venezuela y disponiendo unilateralmente de los recursos del país, tiene unas implicaciones, unos modales y unos procedimientos que lesionan seriamente, de forma por demás innecesaria, el contenido de la causa por la restauración de la democracia.

En este contexto tienen lugar las desafortunadas e innecesarias declaraciones posteriores de Machado a la cadena Fox News, ofreciendo al caudillo de Washington su Premio Nobel a pesar de aquel desplante; abusando de los elogios y perdiendo las formas en un momento de tanta complejidad, probablemente el más complejo de todos los que ha vivido este país.

La crisis venezolana escala a su punto más alto, y la política prácticamente desaparece de la escena cotidiana nacional, para darle paso a la advertencia, el estado de sospecha y la coacción unilateral del estado revolucionario.

El arresto de Maduro deja al régimen chavista, en el orden interno, como una fiera herida. Con esto no hay que engañarse. No hay evidencias de fisuras, ni rumores de malestar o divisiones dentro de la revolución.
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Necesitará un buen tiempo la sociedad venezolana para procesar los contenidos y el verdadero impacto, las consecuencias definitivas, de la operación militar que tropas estadounidenses hicieron dentro del país para arrestar a Nicolás Maduro y a Cilia Flores.

 La primera iniciativa militar estadounidense en contra de Venezuela y de toda Sudamérica. Un hito absolutamente histórico, con el cual la ya interminable crisis venezolana escala al nivel más alto posible en 25 años. Un episodio sobre el cual se estará debatiendo muchísimo tiempo, inconcebible hasta hace muy poco, que, sin embargo, se ha consumado para no dejar nada resuelto.

La amenaza militar estadounidense de estos meses tenía un planteamiento muy expreso, y era una posibilidad cierta gravitando sobre la cabeza de todos, pero fueron muchas personas que ya habían concluido que en Washington quizás ya no se atreverían. El estupor fue general.

El arresto de Maduro deja al régimen chavista, en el orden interno, como una fiera herida. Con esto no hay que engañarse. No hay evidencias de fisuras, ni rumores de malestar o divisiones dentro de la revolución. El régimen no está tan “débil”, ni tan dividido, como suele afirmar María Corina Machado. 

Sigue muy lejos cualquier atisbo de transición a la democracia dentro del país luego de lo sucedido. El campo democrático no tiene influencia en las Fuerzas Armadas. Muy al contrario. Los mandos revolucionarios se sienten genuinamente agredidos, y acaso pueden estar buscando con quién desahogar su furia. El Estado de Conmoción Interior expresa esa ira, y se militariza aún más la gestión del país. 

Los términos del aparente acuerdo entre Donald Trump y Delcy Rodríguez para cohabitar, y, eventualmente, abrirle paso a una transición política en Venezuela, tal y como lo ha anunciado Marco Rubio, se están expresando en términos muy diferentes en boca de cada quién. Luego del arresto de Maduro y Flores, Delcy Rodríguez ha hecho lo necesario para evidenciar otra muestra de unidad y disciplina a los valores chavistas, visitar la tumba del comandante Chávez y endurecer los modales de la revolución.

Nada de lo afirmado pretende desconocer la magnitud del golpe político, el calado de la agresión, que ha recibido el chavismo. Un impacto destinado a provocar daños internos. Una afrenta con un hondo contenido psicológico, a partir de la cual se abren los cauces de la ira y el miedo. Delcy Rodríguez, como el resto de la clase dirigente oficialista, ha tenido que apretar los dientes y contener la indignación, invitando a Estados Unidos a “cooperar en el futuro” un día después de una agresión de estas dimensiones.

En todo este episodio, paradójicamente, queda temporalmente fuera de juego María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, como de manera expresa, e incluso sorprendente, lo han dejado saber Marco Rubio, el secretario de estado, su aliado en la promoción de la narrativa opositora entro de la Casa Blanca, además el propio Trump, quién desdeñosamente no deja de aludirla sin llamarla por su nombre a pesar de haber ganado el Premio Nobel de la Paz.

El planteamiento que está haciendo Donald Trump sobre la nación venezolana, el tono con el cual, aparentemente, está interpretando el futuro inmediato de Venezuela y disponiendo unilateralmente de los recursos del país, tiene unas implicaciones, unos modales y unos procedimientos que lesionan seriamente, de forma por demás innecesaria, el contenido de la causa por la restauración de la democracia.

En este contexto tienen lugar las desafortunadas e innecesarias declaraciones posteriores de Machado a la cadena Fox News, ofreciendo al caudillo de Washington su Premio Nobel a pesar de aquel desplante; abusando de los elogios y perdiendo las formas en un momento de tanta complejidad, probablemente el más complejo de todos los que ha vivido este país.

La crisis venezolana escala a su punto más alto, y la política prácticamente desaparece de la escena cotidiana nacional, para darle paso a la advertencia, el estado de sospecha y la coacción unilateral del estado revolucionario.

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