Para quien tiene sed, cualquier llovizna es buena. Tal vez por eso los precarios cambios que se han producido en Venezuela desde el 3 de enero han levantado, entre algunas personas y empresas, expectativas y apuestas optimistas en la economía. Pero, ¿cuáles razones obligan a moderar esas apuestas?
Hoy muchos sopesan decisiones de vida y ponen en una balanza sus intereses. Comprar, vender, irse del país, quedarse, o regresarse; aceptar un salario de miseria o arriesgarse a emprender por cuenta propia. Invertir en grande, renovar inventario, contratar o despedir personal, cambiarle los cauchos al carro, bajarle dos a la fiesta de 15 años, casarse o divorciarse, comprar una póliza de seguro.
Tras años de estancamiento hay en efecto algunos indicadores en la macroeconomía y en las expectativas de los agentes económicos para creer que 2026 será un poco mejor que los años anteriores.
Pero el optimismo irracional o el ingenuo, puede llevarnos a cometer costosos errores. Por eso es prudente poner en la balanza las condiciones reales de la economía venezolana, las que no han cambiado en el fondo, aunque hayan aprobado una nueva ley de Hidrocarburos para reabrir la industria petrolera a capitales privados, o que esté en trámite una nueva ley de Minería.
Venezuela tiene yacimientos enormes de petróleo, gas natural, oro, diamantes y otros minerales bien cotizados. Pero estos cambios no significan que llegarán masivas inversiones en estas industrias ni que aumentará de una vez la producción y las exportaciones, o que el país tendrá un explosivo ingreso de divisas.
Venezuela mantiene enormes problemas estructurales. Por eso todos los moderados coinciden en que el ciudadano común no va a percibir mejoras claras y sostenidas en sus ingresos y condiciones de vida, a menos de que ocurran cambios profundos y estructurales en la economía y en la política.
“Cautela, precaución, reducción de presupuesto y miras a entender como logran otra vez cohesionar las tres autopistas: la política, la social, la económica”, resume una fuente vinculada a los negocios sobre el sentimiento predominante entre empresarios.
En enero la firma Gold Glove Consuting revelaba una encuesta en la que se ratificaba que la principal preocupación de los venezolanos hoy es el costo de la vida, la salud y el empleo, seguido de los servicios públicos y la educación.
También confirma que los venezolanos se muestran más optimistas y quieren que se celebren elecciones libres.
“En este momento hay más incertidumbres que certidumbres”, nos explica el profesor José Manuel Puente, del IESA de Venezuela y de la universidad IE, de España.
Refiere el “equilibrio sumamente inestable” que persiste en Venezuela, donde muchas empresas internacionales prefieren retrasar inversiones porque no hay claridad en puntos concretos resueltos: no hay un tribunal de justicia ni una Asamblea Nacional autónomos, no hay un cambio político ni una verdadera transición ni un programa de estabilización que logre controlar la inflación y la devaluación.
“Hay muchas preguntas y no hay claridad de que las puedan solucionarlo, ahí es donde se pueden estrellar las expectativas muy positivas con la realidad”, dice Puente.
Para este experto en finanzas públicas, hay en efecto razones para un “optimismo con cautela”, después de lo que hemos sufrido, “·pero hay muchas bombas activas en el camino”.
El país no tiene efectivo, el tipo de cambio sigue fuertemente apreciado (a pesar de las constantes devaluaciones), no tenemos efectivo en dólares, el gobierno se gastó el oro monetario y sin reservas internacionales ni un programa de estabilización, Venezuela va a seguir sufriendo la más alta inflación del mundo, que estará este año entre 500% y 600%, señala Puente.
“Eso va a golpear con fuerza a todos los venezolanos, especialmente a los más humildes”, advierte.
Mientras, el crédito, tan necesario para estimular el consumo real y el aumento de la demanda, no aparece por ningún lado.
Después está el problema de la deuda pública externa, de entre $160.000 y $180.000 millones, en mora desde 2017 cuando Maduro dejó de pagar capital e intereses, dejando a Venezuela al margen de los mercados financieros internacionales.
Y la situación del país es tan crítica y las finanzas públicas están tan secas que se necesitan enormes flujos de capital internacional –entre $100.000 y $150.000 millones- que no llegarán a menos que haya un clima de estabilidad, respeto institucional y seguridad jurídica, observa Puente.
Un baño de realidad
Por eso, los cambios en Venezuela no significan para la gente común que llegará agua limpia al grifo, terminarán los apagones, subirán los salarios, ni que el banco nos aumentará el límite de la tarjeta de crédito.
Por cierto, la cartera de crédito total de los bancos en Venezuela equivalió a unos $2.835 millones al cierre de 2025, según reportes de la firma especializada Aristimuño Herrera.
El 75% de esos créditos, incluyendo los del consumo como tarjetas de crédito y los préstamos a la industria y la agricultura, está concentrado en cinco bancos: de Venezuela (24,7%) Banesco (16,5%), Provincial (16,5%, Mercantil (8,9% y Nacional de Crédito (8,2%).
El crédito es una de las grandes invenciones de la Humanidad, como la rueda, y es una palanca para activar una economía. Pero en Venezuela ese dinero prestado equivale a cerca del 2% del PIB y en promedio tocan unos 100 dólares por cada venezolano de los quedamos aquí. Es, de lejos, la cartera de crédito más baja per cápita de América y una de las más bajas del mundo.
Tampoco se mueven créditos hipotecarios, por eso hay muy pocos compradores con dólares en efectivo, dispuestos a pagar por esas casas, apartamentos y oficinas cuyos precios han saltado de repente desde enero.
El propio Banco Central de Venezuela (BCV) admite que la inflación anualizada en Venezuela en el año terminado en febrero es de 618% y de 52% en los primeros dos meses de 2026.
La inflación y la devaluación anda de la mano. En lo que va de este año el precio del dólar ha aumentado 48% y el bolívar ha perdido otro tercio de su valor.
En un año, desde marzo de 2025 la devaluación es de 85% y el dólar, referencia para casi todas las transacciones en Venezuela, ha aumentado en 578% en el mercado oficial.
Ni qué decir del paralelo, que es la verdadera referencia encubierta para fijar los precios, no importa que los comercios estén obligados a exhibir la tasa oficial en precios en bolívares.
De la mano del petróleo
Es verdad que hay avances en la menguada industria petrolera. Las dudosas cifras del gobierno indican que el Producto Interno Bruto, o suma total de riqueza que genera una economía, avanzó 8,6% en 2025, impulsado por una expansión del 13% en la industria petrolera y 5,30% en la no petrolera, si le creemos al Banco Central.
El gobierno también promete que este año la economía crecerá entre 10 y 15%.
Todo indica que en efecto subirán los ingresos petroleros, porque los precios mundiales el barril suben con la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán; porque gracias al alivio de las sanciones el chavismo no tiene que vender nuestro petróleo con descuento, sino que lo envía directamente a EEUU, y aumenta un poco la producción.
Pero esa alza de la producción no será “rápido ni barato” como dice Puente.
Es que en el país hay enormes limitaciones especialmente de electricidad y gas natural. Además, hay daños acumulados en la infraestructura petrolera, de modo que estamos muy lejos de aquellos más de tres millones de barriles por día (bpd) que tenía en 1998, antes de la llegada de Hugo Chávez y sus herederos al poder.
En su informe de marzo la OPEP muestra que la producción de Venezuela estuvo en 903.000 bpd en febrero, comparado con los 937.000 bpd del promedio de 2025, según las fuentes secundarias.
La infraestructura y sus carencias
Aumentar esa cifra en 50% este año, como promete Washington y le corea el chavismo, requerirá enormes inversiones de capital, de recursos humanos y de electricidad.
En todo caso, la alianza de Donald Trump con el chavismo, el alivio de las sanciones, las licencias a las petroleras para que reactiven inversiones y la nueva Ley de Hidrocarburos, en efecto estimularán inversiones inclusive en sectores conexos a la industria petrolera, lo que incluye servicios industriales, transporte, suministros, infraestructura y obras ciciles, especialmente en zonas petroleras del oriente del país, de la Faja del Orinoco y del maltratado estado Zulia.
Por esos santos lugares se espera que haya más puestos de trabajo y hasta que suban los precios de alquileres y propiedades, aunque no tanto ni tan rápido como quisieran muchos.
Eduardo Páez Pumar, uno de los principales expertos en energía eléctrica del país apuntaba en un reciente foro de Analitica TV que tras años de desinversión, se mantiene una aguda crisis que dura 17 años en el sistema eléctrico, especialmente en el sector de distribución, con unas 200 interrupciones diarias del servicio en 2025.
Hoy hay un déficit crónico entre la disponibilidad y la demanda, de entre 500 y 3.000 megavatios.
Esa es la cantidad de energía necesaria para abastecer en Venezuela entre 330.000 y 2,4 millones de hogares.
“De manera de que cualquiera industria que quiera aumentar carga va a ser prácticamente imposible (hacerlo) y el sector petrolero se va a ver afectado también”, advierte.
Esto significa, según otros expertos, que no es posible reactivar sectores enteros como el petrolero y el de las empresas básicas sin apagar sectores industriales y residenciales. Pero eso será tema de otra entrega.
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