Siempre he pensado que las cárceles venezolanas se han convertido en un problema que pareciera no tener solución. Esto, sin dudas, guarda relación con el gran negocio económico que representan.
Mi maestro Elio Gómez Grillo solía decir que “las cárceles eran un negocio tan productivo como PDVSA (industria petrolera nacional)”. Por supuesto que lo comentaba hace muchos años, cuando era una de las principales industrias petroleras del mundo y no una empresa en quiebra, como lo es en la actualidad.
Aunque muchos no lo crean, las cárceles, y todas las actividades ilícitas que en ellas se producen, no solo es un asunto de pranes (nombre que se les da a los líderes negativos de la población reclusa). Se trata de un negocio en el que participa mucha gente inescrupulosa. Y que integra a funcionarios de todos los niveles del Ministerio para el Servicio Penitenciario y de la Guardia Nacional Bolivariana, entes encargados de la custodia interna y externa de las cárceles, respectivamente.
Para que un negocio de esta magnitud funcione, es necesaria la confluencia de todos los actores que lo integran. Están los presos a través de los pranes, los funcionarios que allí trabajaban y que se encargan de la custodia interna y externa de las cárceles. Y algunos agentes externos, que son de gran apoyo.
Todos reciben su tajada por los hechos ilícitos que en las cárceles se cometen. Una gran mafia que ha hecho y sigue haciendo millonarios a muchos sujetos que se lucran delinquiendo a través del servicio penitenciario venezolano.
En mi época de estudiante universitario, hace casi cuarenta años atrás, comencé a conocer el sistema penitenciario venezolano. Entonces el negocio era más discreto. Pero igualmente lo había. En ese tiempo me llamaba la atención ver a directores de cárceles, que ganaban unos sueldos miserables, con unos carros que ni con 2 años de su sueldo ahorrados hubieran podido tenerlos. El negocio era otro, estaba más relacionado con la comida, privilegios especiales a algunos presos y otros más sencillos, aunque igual de repugnantes.
Los negocios de las mafias carcelarias cada día van en aumento. Mientras peor funciona un recinto carcelario o un centro de detención preventiva, que son las nuevas cárceles de esta época, más lucrativo resulta el negocio.
Hoy son más lucrativos y realizados sin ningún tipo de escrúpulos. Ni disimulo. La comida sigue siendo un negocio, pero también las drogas, el ingreso de armas, de teléfonos celulares, visitas, prostitución, secuestros y extorsiones planificadas desde las cárceles y pare usted de contar. Todo, con absoluta impunidad y con la conchupancia de todos los integrantes de las mafias.
Las mafias carcelarias han destruido el sistema penitenciario venezolano. Cuando se decida solucionar el grave problema carcelario que vivimos en Venezuela, combatir estos grupos delincuenciales, unos con uniforme y otros sin ellos, será otra de las muchas tareas pendientes a solucionar.
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