
El debate sobre el salario mínimo en Venezuela ha vuelto al centro de la discusión pública. Tras años de incrementos del poder adquisitivo vía bonos y transferencias no salariales, el salario mínimo oficial se ha reducido a niveles prácticamente simbólicos, cercanos a cero en términos reales. Esta distorsión no solo afecta la calidad de vida de los trabajadores, sino que también erosiona las bases institucionales del mercado laboral.
En este contexto, plantear un incremento del salario mínimo no es solo deseable: es necesario. Sin embargo, hacerlo de forma responsable exige reconocer las restricciones económicas, legales y fiscales que enfrenta el país. La clave no está en un ajuste puntual, sino en definir una trayectoria creíble de convergencia hacia estándares latinoamericanos.
Es urgente restablecer una métrica salarial
Uno de los principales problemas del caso venezolano es la pérdida de referencia del salario mínimo como indicador económico. Mientras que en América Latina los salarios mínimos oscilan entre aproximadamente 300 y 800 dólares mensuales —como muestran países como Costa Rica, Panamá, Uruguay o Chile—, en Venezuela esta cifra se ha desanclado completamente de cualquier estándar regional.
Restablecer una métrica aceptable no implica pretender alcanzar de inmediato esos niveles, lo cual sería inviable dadas las restricciones actuales. Pero sí exige un acuerdo tripartito entre gobierno, empresarios y trabajadores que defina un “path” o trayectoria de ajuste progresivo. Este acuerdo debe ser creíble, gradual y sostenible, con metas explícitas a mediano plazo —por ejemplo, cinco años— que permitan cerrar la brecha con América Latina.
Sin una referencia clara, el salario mínimo pierde su función como ancla institucional del mercado laboral. Y sin esa ancla, la informalidad y la precarización tienden a consolidarse.
Incrementar ingresos: salario y bonos
Un segundo elemento clave es reconocer que, en la práctica, el ingreso de los trabajadores ya no está determinado únicamente por el salario. El esquema actual ha desplazado gran parte de la remuneración hacia bonos no salariales, lo cual responde tanto a restricciones legales como fiscales.
En este contexto, insistir en incrementos porcentuales del salario mínimo carece de sentido cuando la base es prácticamente nula. La discusión debe centrarse en incrementos absolutos del ingreso total, combinando salario y bonos.
Lo razonable es avanzar hacia un esquema mixto: una parte del ingreso debe formalizarse como salario —para reconstruir derechos laborales, prestaciones y referencias institucionales— y otra puede mantenerse como bono, permitiendo flexibilidad en un entorno de alta incertidumbre. Lo importante es que el ingreso total de los trabajadores aumente de forma significativa y sostenida.
La reforma de la ley del trabajo: condición necesaria
El tercer punto, muchas veces evadido en el debate público, es la necesidad de reformar la legislación laboral. La actual Ley Orgánica del Trabajo, los Trabajadores y las Trabajadoras (LOTTT) impone rigideces que, en la práctica, han desincentivado el aumento del salario formal y tampoco han protegido al trabajador.
El resultado es evidente: las empresas prefieren canalizar incrementos a través de bonos, que no generan pasivos laborales acumulativos y que el trabajador tampoco rechaza porque privilegia la opción de tener ingresos hoy, constantes y sonantes. Esto crea una desconexión entre la norma y la realidad.
Una reforma laboral que permita mayor flexibilidad —sin sacrificar derechos fundamentales— es indispensable. En particular, la discusión sobre la retroactividad de las prestaciones sociales ha sido central. Una propuesta viable es permitir esquemas de transición voluntaria, donde trabajadores y empresas acuerden nuevos términos que eliminen la retroactividad hacia el futuro, manteniendo los derechos adquiridos. Este tipo de soluciones ha sido históricamente aceptado por las partes.
El nudo crítico: el sistema de pensiones
El principal obstáculo estructural para incrementar el salario mínimo en Venezuela no es únicamente económico, sino legal y fiscal: el sistema de pensiones.
La Constitución establece que las pensiones deben ser equivalentes al salario mínimo. Esta disposición, concebida con un criterio de justicia social, genera hoy una restricción severa. En un país donde más de 20% de la población es pensionada, donde la informalidad supera el 50% y donde la base contributiva es limitada dado la importante migración de nuestros trabajadores y la bonificación del ingreso que no incide en el cálculo del pago del Seguro Social, cualquier incremento del salario mínimo tiene un impacto fiscal inmediato y significativo.
Esto crea una paradoja: aumentar el salario mínimo para mejorar el bienestar de los trabajadores termina comprometiendo la sostenibilidad del sistema de pensiones.
Modificar este esquema requeriría una reforma constitucional, lo cual no parece viable ni conveniente en el contexto actual. La experiencia venezolana demuestra que los procesos de reforma constitucional suelen abrir la puerta a múltiples cambios, introduciendo riesgos políticos no deseados.
Por tanto, cualquier política de incremento salarial debe diseñarse reconociendo esta restricción y buscando mecanismos complementarios que permitan aliviar la presión sobre el sistema de pensiones, sin menoscabo del derecho de los pensionados de recibir una pensión justa.
Un ajuste necesario con compromiso de mediano plazo
A pesar de todas estas limitaciones, la conclusión es clara: es necesario un ajuste importante del salario mínimo en Venezuela.
Este ajuste no puede ser aislado ni improvisado. Debe formar parte de un acuerdo más amplio que incluya:
- Un incremento inmediato del ingreso de los trabajadores, combinando salario y bonos.
- Un compromiso explícito de convergencia hacia estándares latinoamericanos en un horizonte limitado de tiempo.
- Una reforma de la legislación laboral que elimine distorsiones y facilite aumentos salariales sostenibles.
- Un tratamiento cuidadoso del sistema de pensiones, reconociendo sus restricciones legales y fiscales.
El objetivo no es solo aumentar el salario, sino reconstruir el sistema salarial como institución económica. Esto implica devolverle al salario mínimo su rol como referencia, reducir la informalidad y crear condiciones para una recuperación sostenida del ingreso real.
Venezuela enfrenta un desafío complejo, donde las soluciones simples no son suficientes. Incrementar el salario mínimo es necesario, pero hacerlo de forma sostenible requiere un enfoque integral que combine realismo económico, reformas institucionales y acuerdos políticos.El país no puede seguir operando con un salario mínimo que tiende a cero. Pero tampoco puede ignorar las restricciones que enfrenta. La única salida viable es construir un camino gradual, creíble y consensuado que permita, en el mediano plazo, devolver a Venezuela a niveles comparables con sus pares de América Latina.
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