La banca como herramienta de inclusión

Cuando se habla de inclusión hay muchos aspectos a tomar en cuenta. Aunque todavía queda un largo camino por recorrer, es innegable que hemos evolucionado como sociedad en distintos ámbitos.

Uno de los ejemplos más significativos de esa evolución lo encontramos en la bancarización. Hace algunos años dependíamos de chequeras y de instrumentos que hoy parecen obsoletos. En aquella época, además de las limitaciones tecnológicas, existía un prejuicio silencioso: se dudaba de que una persona con discapacidad necesitara o incluso pudiera tener una cuenta corriente.

Desde niño soñaba con tener una chequera y una cuenta bancaria. Ese sueño se hizo realidad antes de alcanzar la mayoría de edad, pero llegó acompañado de grandes responsabilidades y de importantes aprendizajes.

Recuerdo perfectamente el día en que fui a abrir mi cuenta corriente. Para mí representaba un paso hacia la autonomía, una forma de asumir responsabilidades como cualquier otra persona. Sin embargo, nos encontramos con el prejuicio de la propia institución bancaria. En varias oportunidades preguntaron a mi madre y a mí para qué quería una chequera si no era capaz de escribir y únicamente podía firmar.

Aquella pregunta reflejaba una realidad mucho más profunda: muchas veces la discapacidad se juzga desde lo que aparentemente una persona no puede hacer, sin detenerse a pensar en todo aquello que sí es capaz de lograr.

Los primeros meses fueron complejos. Tuvimos que emitir numerosos cheques y muchos de ellos fueron devueltos porque mi firma nunca era exactamente igual. Mi condición hacía que cada trazo presentara pequeñas variaciones. Solo con el tiempo, cuando el banco entendió esa realidad y conoció mi forma de firmar, comenzó a aceptar esa variabilidad como algo completamente válido y los cheques pudieron ser procesados con normalidad.

Debo confesar que uno de los mayores signos de evolución en materia de inclusión bancaria fue precisamente la transformación digital. La desaparición de las chequeras y la llegada de nuevos productos financieros facilitaron el acceso a millones de personas y eliminaron muchas barreras que antes parecían inevitables.

Sin embargo, como ocurre con todo proceso de cambio, la evolución tecnológica no elimina automáticamente los prejuicios. Esos continúan existiendo y siguen siendo el mayor obstáculo para construir una sociedad verdaderamente inclusiva.

La buena noticia es que los prejuicios no se combaten desde el enfrentamiento permanente. Se derriban con educación, con paciencia y con la oportunidad de demostrar capacidades. La inclusión siempre estará estrechamente ligada al aprendizaje de una sociedad que todavía está descubriendo cómo convivir con la diversidad.

Para muchas personas, la bancarización representa mucho más que abrir una cuenta. Significa asumir responsabilidades, administrar recursos, sentirse útil, ganar independencia y demostrar que las limitaciones no siempre están donde otros creen que existen.

Vivimos en una sociedad donde se habla constantemente de humanización y de solidaridad. Sin embargo, considero que ambos valores deberían practicarse mucho más de lo que se proclaman. Enseñar, confiar y ofrecer oportunidades para que otras personas asuman responsabilidades a través de algo tan cotidiano como una cuenta bancaria constituye un acto de inclusión y un símbolo de evolución humana.

La verdadera inclusión llegará el día en que entendamos que brindar oportunidades no es un favor, sino un acto de justicia. Cuando permitimos que otros vivan experiencias, desarrollen responsabilidades y aporten su talento, descubrimos capacidades que muchas veces permanecían invisibles, tanto en ellos como en nosotros mismos.

La trascendencia de una sociedad no depende únicamente de los avances tecnológicos ni de las leyes que apruebe. Su verdadero crecimiento consiste en identificar sus retos, aceptarlos, vivirlos e interiorizarlos para convertirlos en oportunidades de transformación.

Nuestra misión no es convertirnos en héroes. Quizá nuestra verdadera tarea sea mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más trascendente: transformar vidas a través de nuestras propias experiencias, demostrando que cada oportunidad concedida puede convertirse en el mejor ejemplo de una inclusión bien entendida.

@eduardofrontado

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Cuando se habla de inclusión hay muchos aspectos a tomar en cuenta. Aunque todavía queda un largo camino por recorrer, es innegable que hemos evolucionado como sociedad en distintos ámbitos.

Uno de los ejemplos más significativos de esa evolución lo encontramos en la bancarización. Hace algunos años dependíamos de chequeras y de instrumentos que hoy parecen obsoletos. En aquella época, además de las limitaciones tecnológicas, existía un prejuicio silencioso: se dudaba de que una persona con discapacidad necesitara o incluso pudiera tener una cuenta corriente.

Desde niño soñaba con tener una chequera y una cuenta bancaria. Ese sueño se hizo realidad antes de alcanzar la mayoría de edad, pero llegó acompañado de grandes responsabilidades y de importantes aprendizajes.

Recuerdo perfectamente el día en que fui a abrir mi cuenta corriente. Para mí representaba un paso hacia la autonomía, una forma de asumir responsabilidades como cualquier otra persona. Sin embargo, nos encontramos con el prejuicio de la propia institución bancaria. En varias oportunidades preguntaron a mi madre y a mí para qué quería una chequera si no era capaz de escribir y únicamente podía firmar.

Aquella pregunta reflejaba una realidad mucho más profunda: muchas veces la discapacidad se juzga desde lo que aparentemente una persona no puede hacer, sin detenerse a pensar en todo aquello que sí es capaz de lograr.

Los primeros meses fueron complejos. Tuvimos que emitir numerosos cheques y muchos de ellos fueron devueltos porque mi firma nunca era exactamente igual. Mi condición hacía que cada trazo presentara pequeñas variaciones. Solo con el tiempo, cuando el banco entendió esa realidad y conoció mi forma de firmar, comenzó a aceptar esa variabilidad como algo completamente válido y los cheques pudieron ser procesados con normalidad.

Debo confesar que uno de los mayores signos de evolución en materia de inclusión bancaria fue precisamente la transformación digital. La desaparición de las chequeras y la llegada de nuevos productos financieros facilitaron el acceso a millones de personas y eliminaron muchas barreras que antes parecían inevitables.

Sin embargo, como ocurre con todo proceso de cambio, la evolución tecnológica no elimina automáticamente los prejuicios. Esos continúan existiendo y siguen siendo el mayor obstáculo para construir una sociedad verdaderamente inclusiva.

La buena noticia es que los prejuicios no se combaten desde el enfrentamiento permanente. Se derriban con educación, con paciencia y con la oportunidad de demostrar capacidades. La inclusión siempre estará estrechamente ligada al aprendizaje de una sociedad que todavía está descubriendo cómo convivir con la diversidad.

Para muchas personas, la bancarización representa mucho más que abrir una cuenta. Significa asumir responsabilidades, administrar recursos, sentirse útil, ganar independencia y demostrar que las limitaciones no siempre están donde otros creen que existen.

Vivimos en una sociedad donde se habla constantemente de humanización y de solidaridad. Sin embargo, considero que ambos valores deberían practicarse mucho más de lo que se proclaman. Enseñar, confiar y ofrecer oportunidades para que otras personas asuman responsabilidades a través de algo tan cotidiano como una cuenta bancaria constituye un acto de inclusión y un símbolo de evolución humana.

La verdadera inclusión llegará el día en que entendamos que brindar oportunidades no es un favor, sino un acto de justicia. Cuando permitimos que otros vivan experiencias, desarrollen responsabilidades y aporten su talento, descubrimos capacidades que muchas veces permanecían invisibles, tanto en ellos como en nosotros mismos.

La trascendencia de una sociedad no depende únicamente de los avances tecnológicos ni de las leyes que apruebe. Su verdadero crecimiento consiste en identificar sus retos, aceptarlos, vivirlos e interiorizarlos para convertirlos en oportunidades de transformación.

Nuestra misión no es convertirnos en héroes. Quizá nuestra verdadera tarea sea mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más trascendente: transformar vidas a través de nuestras propias experiencias, demostrando que cada oportunidad concedida puede convertirse en el mejor ejemplo de una inclusión bien entendida.

@eduardofrontado

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Uno de los mayores signos de evolución en materia de inclusión bancaria fue precisamente la transformación digital
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Cuando se habla de inclusión hay muchos aspectos a tomar en cuenta. Aunque todavía queda un largo camino por recorrer, es innegable que hemos evolucionado como sociedad en distintos ámbitos.

Uno de los ejemplos más significativos de esa evolución lo encontramos en la bancarización. Hace algunos años dependíamos de chequeras y de instrumentos que hoy parecen obsoletos. En aquella época, además de las limitaciones tecnológicas, existía un prejuicio silencioso: se dudaba de que una persona con discapacidad necesitara o incluso pudiera tener una cuenta corriente.

Desde niño soñaba con tener una chequera y una cuenta bancaria. Ese sueño se hizo realidad antes de alcanzar la mayoría de edad, pero llegó acompañado de grandes responsabilidades y de importantes aprendizajes.

Recuerdo perfectamente el día en que fui a abrir mi cuenta corriente. Para mí representaba un paso hacia la autonomía, una forma de asumir responsabilidades como cualquier otra persona. Sin embargo, nos encontramos con el prejuicio de la propia institución bancaria. En varias oportunidades preguntaron a mi madre y a mí para qué quería una chequera si no era capaz de escribir y únicamente podía firmar.

Aquella pregunta reflejaba una realidad mucho más profunda: muchas veces la discapacidad se juzga desde lo que aparentemente una persona no puede hacer, sin detenerse a pensar en todo aquello que sí es capaz de lograr.

Los primeros meses fueron complejos. Tuvimos que emitir numerosos cheques y muchos de ellos fueron devueltos porque mi firma nunca era exactamente igual. Mi condición hacía que cada trazo presentara pequeñas variaciones. Solo con el tiempo, cuando el banco entendió esa realidad y conoció mi forma de firmar, comenzó a aceptar esa variabilidad como algo completamente válido y los cheques pudieron ser procesados con normalidad.

Debo confesar que uno de los mayores signos de evolución en materia de inclusión bancaria fue precisamente la transformación digital. La desaparición de las chequeras y la llegada de nuevos productos financieros facilitaron el acceso a millones de personas y eliminaron muchas barreras que antes parecían inevitables.

Sin embargo, como ocurre con todo proceso de cambio, la evolución tecnológica no elimina automáticamente los prejuicios. Esos continúan existiendo y siguen siendo el mayor obstáculo para construir una sociedad verdaderamente inclusiva.

La buena noticia es que los prejuicios no se combaten desde el enfrentamiento permanente. Se derriban con educación, con paciencia y con la oportunidad de demostrar capacidades. La inclusión siempre estará estrechamente ligada al aprendizaje de una sociedad que todavía está descubriendo cómo convivir con la diversidad.

Para muchas personas, la bancarización representa mucho más que abrir una cuenta. Significa asumir responsabilidades, administrar recursos, sentirse útil, ganar independencia y demostrar que las limitaciones no siempre están donde otros creen que existen.

Vivimos en una sociedad donde se habla constantemente de humanización y de solidaridad. Sin embargo, considero que ambos valores deberían practicarse mucho más de lo que se proclaman. Enseñar, confiar y ofrecer oportunidades para que otras personas asuman responsabilidades a través de algo tan cotidiano como una cuenta bancaria constituye un acto de inclusión y un símbolo de evolución humana.

La verdadera inclusión llegará el día en que entendamos que brindar oportunidades no es un favor, sino un acto de justicia. Cuando permitimos que otros vivan experiencias, desarrollen responsabilidades y aporten su talento, descubrimos capacidades que muchas veces permanecían invisibles, tanto en ellos como en nosotros mismos.

La trascendencia de una sociedad no depende únicamente de los avances tecnológicos ni de las leyes que apruebe. Su verdadero crecimiento consiste en identificar sus retos, aceptarlos, vivirlos e interiorizarlos para convertirlos en oportunidades de transformación.

Nuestra misión no es convertirnos en héroes. Quizá nuestra verdadera tarea sea mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más trascendente: transformar vidas a través de nuestras propias experiencias, demostrando que cada oportunidad concedida puede convertirse en el mejor ejemplo de una inclusión bien entendida.

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