Cómo se vive en un refugio de La Guaira después de los terremotos

A las afueras del Estadio César Nieves, en Catia La Mar, una fila de pequeñas carpas de acampar —comerciales y de manufactura china— marca la frontera entre los damnificados y la intemperie. El lugar forma parte de un complejo que alberga más de 1100 personas entre las instalaciones internas del estadio y sus alrededores, bajo la custodia de efectivos de la FANB y la Milicia. 

En este espacio pernocta Ronny Rodas, de 62 años, quien perdió su vivienda en el Bloque 1 de La Páez tras el doble terremoto del pasado 24 de junio. Para él, sin embargo, el sismo fue solo el inicio de una compleja carrera por la supervivencia: es paciente con cáncer de colon en etapa metastásica.

Limitaciones de higiene personal

Rodas vive con una colostomía desde enero de 2024, cuando una obstrucción intestinal obligó a intervenirlo de emergencia. En las condiciones del refugio transitorio, mantener la asepsia de su estoma representa una lucha constante. Ante la escasez y el elevado costo de los insumos médicos se ve forzado a reciclar las bolsas de recolección, lavándolas y desinfectándolas con alcohol.

El entorno sanitario del campamento agrava su vulnerabilidad. Aunque existe una separación formal por género en los baños y en las 12 duchas habilitadas —las cuales operan únicamente entre las 6:00 y las 9:00 de la mañana—, en la práctica la urgencia lleva a que todos los damnificados compartan las mismas instalaciones. 

“No lo puedo hacer aquí porque no están los medios necesarios. Yo necesito un baño. Y algo donde poner todo ese material de limpieza, que esa gasa que no se me contamine para poder mantenerla sin contaminación, porque si se me contamina y se pasa para dentro, me muero”, explica Rodas.

Mientras los baños portátiles e insalubres del perímetro resultan inviables para su condición y el único baño fijo permanece cerrado, debe trasladarse hasta tres veces al día al apartamento deteriorado de un vecino en un primer piso del bloque 1 de la Páez, donde improvisa un entorno limpio con agua, gasas, guantes y alcohol.

En este espacio, los refugiados denuncian la mala calidad del agua, constante picazón en la piel y brotes de problemas gastrointestinales, situaciones acentuadas por el almacenamiento de agua potable en pipotes de plástico, en su mayoría destapados. A la falta de lavadoras —lo que obliga a los residentes a alquilar este servicio— se suma el denso mal olor que se genera cuando los camiones acuden a descargar las aguas negras.

Ronny Rodas vivía en el piso 5 del bloque 1 de la Páez; su edificio quedó inhabitable / Foto: Andrea González

Dificultades dietéticas

La alimentación en el campamento añade otra complicación a su cuadro clínico. Pese a que el Estadio César Nieves cuenta con una cocina instalada, las constantes quejas sobre la calidad de la comida gubernamental han llevado a los refugiados a depender del auxilio de diversas ONG. 

Aunque Rodas agradece la ayuda recibida, la nutrición en el refugio plantea un dilema severo: su diagnóstico requiere una dieta blanda —vegetales cocidos, pollo a la plancha y jugos no ácidos— para evitar complicaciones digestivas. Sin embargo, ante la oferta predominante de alimentos fritos o pesados, se ve obligado a consumirlos para evitar una desnutrición.

Para sobrellevar los dolores derivados del avance del cáncer, recurre a dosis combinadas de 1600 miligramos de ibuprofeno y omeprazol diarios. “Sé que eso afecta los riñones, pero el dolor es inconmensurable y no lo soporto”, señala.

Ronny Rodas tiene que usar una bolsa de colostomía tras someterse a una cirugía por una obstrucción intestinal en 2024 / Foto: Andrea González

Problemas internos entre refugiados

La convivencia en el refugio ha presentado episodios de tensión. Inicialmente, la administración del campamento le asignó a Rodas una carpa compartida con un joven que atravesaba problemas de adicción a las drogas. Intentó mediar con él e incluso le ofreció sus propios recursos si los necesitaba, pero la situación escaló cuando su compañero comenzó a sustraer enseres del espacio, como ventiladores y sillas. 

“El muchacho no quiso entender que esa situación que estamos viviendo todos nosotros es bastante problemática y tenemos una conmoción cerebral producto de ese terremoto, y no estamos para esos problemas”, relata.

La eventual intervención de funcionarios policiales y de la dirigencia del campamento, por orden de la diputada a cargo del área, Yeinny Pinto, culminó con el retiro del joven del perímetro para evitar un procedimiento penal.

Interior de la carpa en la que pernocta Ronny Rodas a las afueras del estadio César Nieves / Foto: Andrea González

A las dificultades médicas se suman las tensiones propias del hacinamiento y la precariedad en los alrededores del estadio. Pese a todo, Rodas mantiene la templanza: “muchos vecinos no sobrevivieron. Dios me dio la oportunidad de seguir vivo y, aunque lo perdí todo, estoy agradecido por esta segunda oportunidad”.

Las condiciones descritas en las cercanías del Estadio César Nieves distan de las pautas fijadas por el Manual Esfera y la ACNUR para asentamientos temporales de emergencia. Mientras los estándares internacionales exigen un máximo de 20 personas por sanitario, agua potable constante almacenada en recipientes cerrados y condiciones de asepsia garantizadas para pacientes con necesidades médicas complejas.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

En la entrada de uno de los campamentos, un paciente con cáncer de colon en etapa metastásica recicla sus bolsas de colostomía para sobrevivir entre carpas, insalubridad y servicios colapsados tras el doblete sísmico del 24 de junio
TelegramWhatsAppFacebookX

A las afueras del Estadio César Nieves, en Catia La Mar, una fila de pequeñas carpas de acampar —comerciales y de manufactura china— marca la frontera entre los damnificados y la intemperie. El lugar forma parte de un complejo que alberga más de 1100 personas entre las instalaciones internas del estadio y sus alrededores, bajo la custodia de efectivos de la FANB y la Milicia. 

En este espacio pernocta Ronny Rodas, de 62 años, quien perdió su vivienda en el Bloque 1 de La Páez tras el doble terremoto del pasado 24 de junio. Para él, sin embargo, el sismo fue solo el inicio de una compleja carrera por la supervivencia: es paciente con cáncer de colon en etapa metastásica.

Limitaciones de higiene personal

Rodas vive con una colostomía desde enero de 2024, cuando una obstrucción intestinal obligó a intervenirlo de emergencia. En las condiciones del refugio transitorio, mantener la asepsia de su estoma representa una lucha constante. Ante la escasez y el elevado costo de los insumos médicos se ve forzado a reciclar las bolsas de recolección, lavándolas y desinfectándolas con alcohol.

El entorno sanitario del campamento agrava su vulnerabilidad. Aunque existe una separación formal por género en los baños y en las 12 duchas habilitadas —las cuales operan únicamente entre las 6:00 y las 9:00 de la mañana—, en la práctica la urgencia lleva a que todos los damnificados compartan las mismas instalaciones. 

“No lo puedo hacer aquí porque no están los medios necesarios. Yo necesito un baño. Y algo donde poner todo ese material de limpieza, que esa gasa que no se me contamine para poder mantenerla sin contaminación, porque si se me contamina y se pasa para dentro, me muero”, explica Rodas.

Mientras los baños portátiles e insalubres del perímetro resultan inviables para su condición y el único baño fijo permanece cerrado, debe trasladarse hasta tres veces al día al apartamento deteriorado de un vecino en un primer piso del bloque 1 de la Páez, donde improvisa un entorno limpio con agua, gasas, guantes y alcohol.

En este espacio, los refugiados denuncian la mala calidad del agua, constante picazón en la piel y brotes de problemas gastrointestinales, situaciones acentuadas por el almacenamiento de agua potable en pipotes de plástico, en su mayoría destapados. A la falta de lavadoras —lo que obliga a los residentes a alquilar este servicio— se suma el denso mal olor que se genera cuando los camiones acuden a descargar las aguas negras.

Ronny Rodas vivía en el piso 5 del bloque 1 de la Páez; su edificio quedó inhabitable / Foto: Andrea González

Dificultades dietéticas

La alimentación en el campamento añade otra complicación a su cuadro clínico. Pese a que el Estadio César Nieves cuenta con una cocina instalada, las constantes quejas sobre la calidad de la comida gubernamental han llevado a los refugiados a depender del auxilio de diversas ONG. 

Aunque Rodas agradece la ayuda recibida, la nutrición en el refugio plantea un dilema severo: su diagnóstico requiere una dieta blanda —vegetales cocidos, pollo a la plancha y jugos no ácidos— para evitar complicaciones digestivas. Sin embargo, ante la oferta predominante de alimentos fritos o pesados, se ve obligado a consumirlos para evitar una desnutrición.

Para sobrellevar los dolores derivados del avance del cáncer, recurre a dosis combinadas de 1600 miligramos de ibuprofeno y omeprazol diarios. “Sé que eso afecta los riñones, pero el dolor es inconmensurable y no lo soporto”, señala.

Ronny Rodas tiene que usar una bolsa de colostomía tras someterse a una cirugía por una obstrucción intestinal en 2024 / Foto: Andrea González

Problemas internos entre refugiados

La convivencia en el refugio ha presentado episodios de tensión. Inicialmente, la administración del campamento le asignó a Rodas una carpa compartida con un joven que atravesaba problemas de adicción a las drogas. Intentó mediar con él e incluso le ofreció sus propios recursos si los necesitaba, pero la situación escaló cuando su compañero comenzó a sustraer enseres del espacio, como ventiladores y sillas. 

“El muchacho no quiso entender que esa situación que estamos viviendo todos nosotros es bastante problemática y tenemos una conmoción cerebral producto de ese terremoto, y no estamos para esos problemas”, relata.

La eventual intervención de funcionarios policiales y de la dirigencia del campamento, por orden de la diputada a cargo del área, Yeinny Pinto, culminó con el retiro del joven del perímetro para evitar un procedimiento penal.

Interior de la carpa en la que pernocta Ronny Rodas a las afueras del estadio César Nieves / Foto: Andrea González

A las dificultades médicas se suman las tensiones propias del hacinamiento y la precariedad en los alrededores del estadio. Pese a todo, Rodas mantiene la templanza: “muchos vecinos no sobrevivieron. Dios me dio la oportunidad de seguir vivo y, aunque lo perdí todo, estoy agradecido por esta segunda oportunidad”.

Las condiciones descritas en las cercanías del Estadio César Nieves distan de las pautas fijadas por el Manual Esfera y la ACNUR para asentamientos temporales de emergencia. Mientras los estándares internacionales exigen un máximo de 20 personas por sanitario, agua potable constante almacenada en recipientes cerrados y condiciones de asepsia garantizadas para pacientes con necesidades médicas complejas.

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.