Señor Musk: venga a probar sus carros en Caracas

Estimado señor Musk:

Me he enterado de que está empeñado en fabricar carros inteligentes que se manejan solos, detectan obstáculos, frenan cuando deben y hasta parecen tener el sentido común del que carecen muchos seres humanos.

Le tengo una propuesta que podría ahorrarle millones de dólares en laboratorios, pistas de prueba y simuladores: venga a Venezuela.

Aquí tenemos una prueba que ningún ingeniero de Silicon Valley ha sido capaz de imaginar. Se trata de nuestros motorizados. No son simplemente motociclistas. Son una categoría aparte de la evolución humana. Una mezcla de piloto de Fórmula 1, acróbata de circo y kamikaze, con una corneta en la mano y una urgencia que nadie conoce.

Se desplazan a toda velocidad, tocando corneta como si el sonido tuviera poderes mágicos. El que va tranquilamente en su carro tiene que apartarse, frenar en seco o encomendarse a Dios. El peatón también. Porque no crea que basta con caminar por la acera para estar a salvo: aquí hay motorizados que consideran que la acera es una vía expresa, diseñada especialmente para ellos. No importa si uno está cruzando la calle, esperando el cambio del semáforo o paseando con la inocencia de quien cree que la acera le pertenece. El motorizado aparece de pronto, como una criatura mitológica, y es uno quien debe resolver el problema de su presencia.

También hacen carreras. Se adelantan por donde pueden, se cruzan, se rozan, levantan la rueda delantera y ejecutan piruetas que desafían las leyes de la física y, en ocasiones, las de la supervivencia. Todo esto, naturalmente, mientras el resto de los mortales intenta llegar vivo a su destino.

Pero hay algo todavía más interesante: su organización gremial. Imagine que uno de ellos choca con usted, que estaba detenido en un semáforo, que no se ha movido. Que no ha invadido ningún espacio, en fin, que no ha hecho nada. Sin embargo, en cuestión de segundos, aparecen motorizados por todas partes. Se multiplican. Lo rodean. No sabe quiénes son ni de dónde salieron, pero todos parecen compartir una misma contraseña y un objetivo común: demostrarle que el accidente es culpa suya. Es una especie de secta sin templo, sin sacerdotes y sin necesidad de conocerse entre sí. Basta con que uno de sus miembros emita una señal de auxilio para que los demás acudan. No sé si tienen un sistema de comunicación secreto o si simplemente se huelen a distancia.

Por eso, señor Musk, le recomiendo que traiga uno de sus carros inteligentes a Caracas. No lo someta primero a las pruebas habituales. No pierda tiempo con conos, líneas blancas ni obstáculos programados. Póngalo en una avenida cualquiera, a las seis de la tarde, y déjelo enfrentarse a la realidad. Que intente cambiar de canal sin que le pasen tres motos por ambos lados. Que detecte al motorizado que viene en sentido contrario. Que frene ante el que atraviesa la calle en diagonal. Que calcule la trayectoria del que circula por la acera. Que decida qué hacer cuando cinco de ellos se lanzan simultáneamente y en todas direcciones a una intersección. Y, sobre todo, que aprenda a interpretar el lenguaje de las cornetas. Ese será su verdadero examen de inteligencia artificial.

Si su carro consigue sobrevivir una semana en Caracas sin atropellar a nadie, sin ser atropellado y sin que le rompan un espejo, podrá usted anunciar al mundo que ha alcanzado un nuevo nivel de autonomía vehicular.

Y si además logra estacionarse sin que aparezcan veinte motorizados a reclamarle el puesto, le garantizo que habrá inventado algo mucho más extraordinario que un carro inteligente: habrá inventado un milagro.

Con espíritu de colaboración tecnológica,

Carolina

@cjaimesb

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Estimado señor Musk:

Me he enterado de que está empeñado en fabricar carros inteligentes que se manejan solos, detectan obstáculos, frenan cuando deben y hasta parecen tener el sentido común del que carecen muchos seres humanos.

Le tengo una propuesta que podría ahorrarle millones de dólares en laboratorios, pistas de prueba y simuladores: venga a Venezuela.

Aquí tenemos una prueba que ningún ingeniero de Silicon Valley ha sido capaz de imaginar. Se trata de nuestros motorizados. No son simplemente motociclistas. Son una categoría aparte de la evolución humana. Una mezcla de piloto de Fórmula 1, acróbata de circo y kamikaze, con una corneta en la mano y una urgencia que nadie conoce.

Se desplazan a toda velocidad, tocando corneta como si el sonido tuviera poderes mágicos. El que va tranquilamente en su carro tiene que apartarse, frenar en seco o encomendarse a Dios. El peatón también. Porque no crea que basta con caminar por la acera para estar a salvo: aquí hay motorizados que consideran que la acera es una vía expresa, diseñada especialmente para ellos. No importa si uno está cruzando la calle, esperando el cambio del semáforo o paseando con la inocencia de quien cree que la acera le pertenece. El motorizado aparece de pronto, como una criatura mitológica, y es uno quien debe resolver el problema de su presencia.

También hacen carreras. Se adelantan por donde pueden, se cruzan, se rozan, levantan la rueda delantera y ejecutan piruetas que desafían las leyes de la física y, en ocasiones, las de la supervivencia. Todo esto, naturalmente, mientras el resto de los mortales intenta llegar vivo a su destino.

Pero hay algo todavía más interesante: su organización gremial. Imagine que uno de ellos choca con usted, que estaba detenido en un semáforo, que no se ha movido. Que no ha invadido ningún espacio, en fin, que no ha hecho nada. Sin embargo, en cuestión de segundos, aparecen motorizados por todas partes. Se multiplican. Lo rodean. No sabe quiénes son ni de dónde salieron, pero todos parecen compartir una misma contraseña y un objetivo común: demostrarle que el accidente es culpa suya. Es una especie de secta sin templo, sin sacerdotes y sin necesidad de conocerse entre sí. Basta con que uno de sus miembros emita una señal de auxilio para que los demás acudan. No sé si tienen un sistema de comunicación secreto o si simplemente se huelen a distancia.

Por eso, señor Musk, le recomiendo que traiga uno de sus carros inteligentes a Caracas. No lo someta primero a las pruebas habituales. No pierda tiempo con conos, líneas blancas ni obstáculos programados. Póngalo en una avenida cualquiera, a las seis de la tarde, y déjelo enfrentarse a la realidad. Que intente cambiar de canal sin que le pasen tres motos por ambos lados. Que detecte al motorizado que viene en sentido contrario. Que frene ante el que atraviesa la calle en diagonal. Que calcule la trayectoria del que circula por la acera. Que decida qué hacer cuando cinco de ellos se lanzan simultáneamente y en todas direcciones a una intersección. Y, sobre todo, que aprenda a interpretar el lenguaje de las cornetas. Ese será su verdadero examen de inteligencia artificial.

Si su carro consigue sobrevivir una semana en Caracas sin atropellar a nadie, sin ser atropellado y sin que le rompan un espejo, podrá usted anunciar al mundo que ha alcanzado un nuevo nivel de autonomía vehicular.

Y si además logra estacionarse sin que aparezcan veinte motorizados a reclamarle el puesto, le garantizo que habrá inventado algo mucho más extraordinario que un carro inteligente: habrá inventado un milagro.

Con espíritu de colaboración tecnológica,

Carolina

@cjaimesb

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Aquí tenemos una prueba que ningún ingeniero de Silicon Valley ha sido capaz de imaginar. Se trata de nuestros motorizados. No son simplemente motociclistas. Son una categoría aparte de la evolución humana
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Estimado señor Musk:

Me he enterado de que está empeñado en fabricar carros inteligentes que se manejan solos, detectan obstáculos, frenan cuando deben y hasta parecen tener el sentido común del que carecen muchos seres humanos.

Le tengo una propuesta que podría ahorrarle millones de dólares en laboratorios, pistas de prueba y simuladores: venga a Venezuela.

Aquí tenemos una prueba que ningún ingeniero de Silicon Valley ha sido capaz de imaginar. Se trata de nuestros motorizados. No son simplemente motociclistas. Son una categoría aparte de la evolución humana. Una mezcla de piloto de Fórmula 1, acróbata de circo y kamikaze, con una corneta en la mano y una urgencia que nadie conoce.

Se desplazan a toda velocidad, tocando corneta como si el sonido tuviera poderes mágicos. El que va tranquilamente en su carro tiene que apartarse, frenar en seco o encomendarse a Dios. El peatón también. Porque no crea que basta con caminar por la acera para estar a salvo: aquí hay motorizados que consideran que la acera es una vía expresa, diseñada especialmente para ellos. No importa si uno está cruzando la calle, esperando el cambio del semáforo o paseando con la inocencia de quien cree que la acera le pertenece. El motorizado aparece de pronto, como una criatura mitológica, y es uno quien debe resolver el problema de su presencia.

También hacen carreras. Se adelantan por donde pueden, se cruzan, se rozan, levantan la rueda delantera y ejecutan piruetas que desafían las leyes de la física y, en ocasiones, las de la supervivencia. Todo esto, naturalmente, mientras el resto de los mortales intenta llegar vivo a su destino.

Pero hay algo todavía más interesante: su organización gremial. Imagine que uno de ellos choca con usted, que estaba detenido en un semáforo, que no se ha movido. Que no ha invadido ningún espacio, en fin, que no ha hecho nada. Sin embargo, en cuestión de segundos, aparecen motorizados por todas partes. Se multiplican. Lo rodean. No sabe quiénes son ni de dónde salieron, pero todos parecen compartir una misma contraseña y un objetivo común: demostrarle que el accidente es culpa suya. Es una especie de secta sin templo, sin sacerdotes y sin necesidad de conocerse entre sí. Basta con que uno de sus miembros emita una señal de auxilio para que los demás acudan. No sé si tienen un sistema de comunicación secreto o si simplemente se huelen a distancia.

Por eso, señor Musk, le recomiendo que traiga uno de sus carros inteligentes a Caracas. No lo someta primero a las pruebas habituales. No pierda tiempo con conos, líneas blancas ni obstáculos programados. Póngalo en una avenida cualquiera, a las seis de la tarde, y déjelo enfrentarse a la realidad. Que intente cambiar de canal sin que le pasen tres motos por ambos lados. Que detecte al motorizado que viene en sentido contrario. Que frene ante el que atraviesa la calle en diagonal. Que calcule la trayectoria del que circula por la acera. Que decida qué hacer cuando cinco de ellos se lanzan simultáneamente y en todas direcciones a una intersección. Y, sobre todo, que aprenda a interpretar el lenguaje de las cornetas. Ese será su verdadero examen de inteligencia artificial.

Si su carro consigue sobrevivir una semana en Caracas sin atropellar a nadie, sin ser atropellado y sin que le rompan un espejo, podrá usted anunciar al mundo que ha alcanzado un nuevo nivel de autonomía vehicular.

Y si además logra estacionarse sin que aparezcan veinte motorizados a reclamarle el puesto, le garantizo que habrá inventado algo mucho más extraordinario que un carro inteligente: habrá inventado un milagro.

Con espíritu de colaboración tecnológica,

Carolina

@cjaimesb

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