El grouchomarxismo

Vengan, niños, que les voy a contar una historia graciosa. No, mentira. No soy Esopo, La Fontaine ni ningún otro cuentacuentos. En realidad, vine a hablarles de dos pensadores. No obstante, puedo prometerles que uno de ellos es un tipo muy divertido. Como lo bueno se hace esperar, comenzaré con el otro. Es Zygmund Bauman. Probablemente el autor que mejor ha descrito los problemas que aquejan a las sociedades contemporáneas. No en balde su obra más conocida se titula, en paráfrasis a Freud, La posmodernidad y sus descontentos.

Para Bauman, vivimos en tiempos en los que todo fluye. No es un pensamiento metafísico, sino sociológico. No es exactamente el panta rhei de Heráclito. Lo que quiere decir es que en la vida en sociedad hoy muchas menos cosas que antes son sólidas y consistentes. Al contrario, más factores son líquidos. Se nos escapan de las manos fácilmente, o nosotros mismos nos deshacemos de ellas como si fueran bienes de consumo habitual. Los trabajos, las relaciones afectivo-sexuales, etc.

A partir de aquellos postulados, el año pasado escribí para esta columna un artículo que titulé Las ideologías líquidas. Estas son las ideologías que caracterizan a los regímenes no democráticos del siglo XXI. Son distintas a las de sus predecesores en la centuria pasada, que tenían idearios oficiales rígidos e inmutables como el fascismo y el estalinismo. Coherentes. Siniestramente coherentes, pero coherentes al fin. Para los regímenes no democráticos contemporáneos, en cambio, sus ideologías pueden mutar fácilmente. La conservación del poder condiciona la ideología, y no al revés. Si las circunstancias para mantener el poder lo exigen, el régimen adapta su ideario acorde. A veces lo hace reteniendo discursivamente elementos de la faceta previa, aunque la coherencia se vaya al demonio.

En ocasiones, la metamorfosis ideológica es bastante gradual. En otras, brusca, como reacción a un evento súbito que exige un reacomodo inmediato. Los hechos de enero de este año en Venezuela constituyen un ejemplo de ese tipo de evento. Para nadie es un secreto a estas alturas que la inmensa influencia que desde entonces ejerce el gobierno de Estados Unidos en nuestro país forzó un giro profundo en la forma en que se había venido ejerciendo el poder político en Venezuela desde hacía 27 años. Surgieron así nuevas alianzas geopolíticas, nuevas aperturas al capital foráneo, etc.

La nueva asociación cercana entre Miraflores y la Casa Blanca ha dejado boquiabiertos, acongojados y molestos a varios de los enemigos de Washington que hasta el año pasado habían visto en la elite gobernante venezolana un compañero de causa. La lista de los decepcionados es larga y diversa. Abarca a personeros de la teocracia iraní, a propagandistas al servicio del régimen cubano y a comunistas europeos. Se les ve ahora manifestar en redes sociales su profundo descontento con los cambios que ha habido en Venezuela, a lo cual simpatizantes del gobierno venezolano responden airadamente. Tales intercambios a menudo se vuelven virulentos, con ofensas y acusaciones de parte y parte.

Esto me lleva al segundo pensador. El cómico que les prometí. Es Groucho Marx. Un hombre muy conocido por sus apotegmas chistosos. Alguien que, como Confucio con sus analectas o La Rochefoucauld con sus sentencias morales, fue cultor de la proclama de Baltasar Gracián de que “lo bueno, si breve, dos veces buenos”. Uno de los aforismos que se le atribuye al buen Groucho es el que me interesa: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Como, desafortunadamente, no soy un experto en la obra suya, tampoco puedo dar fe de que en efecto esas palabras salieron de sus labios alguna vez. Pero asumamos que sí. En caso contrario, no creo que a nuestro amigo le importe, dada su personalidad desenfadada.

Volviendo a nuestro drama, los exaliados de otras latitudes, ahora devenidos en detractores mordaces, pensaron por años que en sus camaradas venezolanos hallaron a marxistas convencidos. Tenían razón solo en parte. Estaban ante marxistas, pero de otra escuela. No la de El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte, sino la de A Night at the Opera. No la de Karl, sino la de Groucho. Estaban ante el grouchomarxismo. Ese que, como buena ideología líquida, un día tenía unos principios y al día siguiente tenía otros muy diferentes.

En Venezuela, aún no sabemos en qué va a parar el “nuevo momento político”. Aunque nuestra situación no es el horror de años anteriores, sigue habiendo razones de sobra para preocuparse por el futuro. Pero a veces hay que hacer una pausa. Relajarse y contemplar lo gracioso de la situación. El artículo que usted acaba de leer es una de esas pausas, o al menos se propuso serlo. Un intermezzo jocoso que contrasta con la seriedad habitual de la columna. Como los que hay en las noches de ópera que Groucho Marx satirizó. Pienso que al propio Groucho le hubiera gustado saber que su imagen sigue cumpliendo ese propósito.

@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Vengan, niños, que les voy a contar una historia graciosa. No, mentira. No soy Esopo, La Fontaine ni ningún otro cuentacuentos. En realidad, vine a hablarles de dos pensadores. No obstante, puedo prometerles que uno de ellos es un tipo muy divertido. Como lo bueno se hace esperar, comenzaré con el otro. Es Zygmund Bauman. Probablemente el autor que mejor ha descrito los problemas que aquejan a las sociedades contemporáneas. No en balde su obra más conocida se titula, en paráfrasis a Freud, La posmodernidad y sus descontentos.

Para Bauman, vivimos en tiempos en los que todo fluye. No es un pensamiento metafísico, sino sociológico. No es exactamente el panta rhei de Heráclito. Lo que quiere decir es que en la vida en sociedad hoy muchas menos cosas que antes son sólidas y consistentes. Al contrario, más factores son líquidos. Se nos escapan de las manos fácilmente, o nosotros mismos nos deshacemos de ellas como si fueran bienes de consumo habitual. Los trabajos, las relaciones afectivo-sexuales, etc.

A partir de aquellos postulados, el año pasado escribí para esta columna un artículo que titulé Las ideologías líquidas. Estas son las ideologías que caracterizan a los regímenes no democráticos del siglo XXI. Son distintas a las de sus predecesores en la centuria pasada, que tenían idearios oficiales rígidos e inmutables como el fascismo y el estalinismo. Coherentes. Siniestramente coherentes, pero coherentes al fin. Para los regímenes no democráticos contemporáneos, en cambio, sus ideologías pueden mutar fácilmente. La conservación del poder condiciona la ideología, y no al revés. Si las circunstancias para mantener el poder lo exigen, el régimen adapta su ideario acorde. A veces lo hace reteniendo discursivamente elementos de la faceta previa, aunque la coherencia se vaya al demonio.

En ocasiones, la metamorfosis ideológica es bastante gradual. En otras, brusca, como reacción a un evento súbito que exige un reacomodo inmediato. Los hechos de enero de este año en Venezuela constituyen un ejemplo de ese tipo de evento. Para nadie es un secreto a estas alturas que la inmensa influencia que desde entonces ejerce el gobierno de Estados Unidos en nuestro país forzó un giro profundo en la forma en que se había venido ejerciendo el poder político en Venezuela desde hacía 27 años. Surgieron así nuevas alianzas geopolíticas, nuevas aperturas al capital foráneo, etc.

La nueva asociación cercana entre Miraflores y la Casa Blanca ha dejado boquiabiertos, acongojados y molestos a varios de los enemigos de Washington que hasta el año pasado habían visto en la elite gobernante venezolana un compañero de causa. La lista de los decepcionados es larga y diversa. Abarca a personeros de la teocracia iraní, a propagandistas al servicio del régimen cubano y a comunistas europeos. Se les ve ahora manifestar en redes sociales su profundo descontento con los cambios que ha habido en Venezuela, a lo cual simpatizantes del gobierno venezolano responden airadamente. Tales intercambios a menudo se vuelven virulentos, con ofensas y acusaciones de parte y parte.

Esto me lleva al segundo pensador. El cómico que les prometí. Es Groucho Marx. Un hombre muy conocido por sus apotegmas chistosos. Alguien que, como Confucio con sus analectas o La Rochefoucauld con sus sentencias morales, fue cultor de la proclama de Baltasar Gracián de que “lo bueno, si breve, dos veces buenos”. Uno de los aforismos que se le atribuye al buen Groucho es el que me interesa: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Como, desafortunadamente, no soy un experto en la obra suya, tampoco puedo dar fe de que en efecto esas palabras salieron de sus labios alguna vez. Pero asumamos que sí. En caso contrario, no creo que a nuestro amigo le importe, dada su personalidad desenfadada.

Volviendo a nuestro drama, los exaliados de otras latitudes, ahora devenidos en detractores mordaces, pensaron por años que en sus camaradas venezolanos hallaron a marxistas convencidos. Tenían razón solo en parte. Estaban ante marxistas, pero de otra escuela. No la de El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte, sino la de A Night at the Opera. No la de Karl, sino la de Groucho. Estaban ante el grouchomarxismo. Ese que, como buena ideología líquida, un día tenía unos principios y al día siguiente tenía otros muy diferentes.

En Venezuela, aún no sabemos en qué va a parar el “nuevo momento político”. Aunque nuestra situación no es el horror de años anteriores, sigue habiendo razones de sobra para preocuparse por el futuro. Pero a veces hay que hacer una pausa. Relajarse y contemplar lo gracioso de la situación. El artículo que usted acaba de leer es una de esas pausas, o al menos se propuso serlo. Un intermezzo jocoso que contrasta con la seriedad habitual de la columna. Como los que hay en las noches de ópera que Groucho Marx satirizó. Pienso que al propio Groucho le hubiera gustado saber que su imagen sigue cumpliendo ese propósito.

@AAAD25

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Los exaliados de otras latitudes pensaron por años que en sus camaradas venezolanos hallaron a marxistas convencidos. Tenían razón solo en parte... estaban ante el grouchomarxismo
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Para Bauman, vivimos en tiempos en los que todo fluye. No es un pensamiento metafísico, sino sociológico. No es exactamente el panta rhei de Heráclito. Lo que quiere decir es que en la vida en sociedad hoy muchas menos cosas que antes son sólidas y consistentes. Al contrario, más factores son líquidos. Se nos escapan de las manos fácilmente, o nosotros mismos nos deshacemos de ellas como si fueran bienes de consumo habitual. Los trabajos, las relaciones afectivo-sexuales, etc.

A partir de aquellos postulados, el año pasado escribí para esta columna un artículo que titulé Las ideologías líquidas. Estas son las ideologías que caracterizan a los regímenes no democráticos del siglo XXI. Son distintas a las de sus predecesores en la centuria pasada, que tenían idearios oficiales rígidos e inmutables como el fascismo y el estalinismo. Coherentes. Siniestramente coherentes, pero coherentes al fin. Para los regímenes no democráticos contemporáneos, en cambio, sus ideologías pueden mutar fácilmente. La conservación del poder condiciona la ideología, y no al revés. Si las circunstancias para mantener el poder lo exigen, el régimen adapta su ideario acorde. A veces lo hace reteniendo discursivamente elementos de la faceta previa, aunque la coherencia se vaya al demonio.

En ocasiones, la metamorfosis ideológica es bastante gradual. En otras, brusca, como reacción a un evento súbito que exige un reacomodo inmediato. Los hechos de enero de este año en Venezuela constituyen un ejemplo de ese tipo de evento. Para nadie es un secreto a estas alturas que la inmensa influencia que desde entonces ejerce el gobierno de Estados Unidos en nuestro país forzó un giro profundo en la forma en que se había venido ejerciendo el poder político en Venezuela desde hacía 27 años. Surgieron así nuevas alianzas geopolíticas, nuevas aperturas al capital foráneo, etc.

La nueva asociación cercana entre Miraflores y la Casa Blanca ha dejado boquiabiertos, acongojados y molestos a varios de los enemigos de Washington que hasta el año pasado habían visto en la elite gobernante venezolana un compañero de causa. La lista de los decepcionados es larga y diversa. Abarca a personeros de la teocracia iraní, a propagandistas al servicio del régimen cubano y a comunistas europeos. Se les ve ahora manifestar en redes sociales su profundo descontento con los cambios que ha habido en Venezuela, a lo cual simpatizantes del gobierno venezolano responden airadamente. Tales intercambios a menudo se vuelven virulentos, con ofensas y acusaciones de parte y parte.

Esto me lleva al segundo pensador. El cómico que les prometí. Es Groucho Marx. Un hombre muy conocido por sus apotegmas chistosos. Alguien que, como Confucio con sus analectas o La Rochefoucauld con sus sentencias morales, fue cultor de la proclama de Baltasar Gracián de que “lo bueno, si breve, dos veces buenos”. Uno de los aforismos que se le atribuye al buen Groucho es el que me interesa: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Como, desafortunadamente, no soy un experto en la obra suya, tampoco puedo dar fe de que en efecto esas palabras salieron de sus labios alguna vez. Pero asumamos que sí. En caso contrario, no creo que a nuestro amigo le importe, dada su personalidad desenfadada.

Volviendo a nuestro drama, los exaliados de otras latitudes, ahora devenidos en detractores mordaces, pensaron por años que en sus camaradas venezolanos hallaron a marxistas convencidos. Tenían razón solo en parte. Estaban ante marxistas, pero de otra escuela. No la de El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte, sino la de A Night at the Opera. No la de Karl, sino la de Groucho. Estaban ante el grouchomarxismo. Ese que, como buena ideología líquida, un día tenía unos principios y al día siguiente tenía otros muy diferentes.

En Venezuela, aún no sabemos en qué va a parar el “nuevo momento político”. Aunque nuestra situación no es el horror de años anteriores, sigue habiendo razones de sobra para preocuparse por el futuro. Pero a veces hay que hacer una pausa. Relajarse y contemplar lo gracioso de la situación. El artículo que usted acaba de leer es una de esas pausas, o al menos se propuso serlo. Un intermezzo jocoso que contrasta con la seriedad habitual de la columna. Como los que hay en las noches de ópera que Groucho Marx satirizó. Pienso que al propio Groucho le hubiera gustado saber que su imagen sigue cumpliendo ese propósito.

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