Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

La barbarie populista contra el Congreso, por Alejandro Armas

El asalto al Capitolio estadounidense captado por el fotógrafo Leah Millis, de la agencia Reuters (imagen intervenida por N. Silva / Runrunes).

@AAAD25

Era muy sencillo. No, no era contradictorio. Siempre fue perfectamente posible reconocerle a Donald Trump su política hacia Venezuela y, al mismo tiempo, advertir los peligros que su populismo ultraconservador representa para la democracia más poderosa del mundo. Dicho peligro era obvio. Lo fue desde el día cuando Trump anunció su intención de mudarse a la Casa Blanca, hace casi seis años. No obstante, muchos se negaron rotundamente. Desestimaron las alertas, alegando que, aunque odioso, Trump no representaba ningún peligro para el cuerpo político norteamericano. Porque “las formas no importan”.

Pero resulta que sí. En política las formas sí importan. Muchísimo. Es una verdadera pena que haya sujetos que ignoren algo tan obvio (lo cual no les impide pontificar en la materia, como si fueran eruditos del poder). Si como líder político constantemente denigras de tus adversarios y los criminalizas, y si dices que las instituciones republicanas están podridas hasta la médula cada vez que no te favorecen, ¿no cabe esperar que tus seguidores se sentirán parte de un conflicto existencial, de una situación de vida o muerte en la que todo, hasta la violencia, se vale para prevalecer?

Finalmente, en el ocaso de su presidencia, el jueguito schmittiano de Trump se tradujo en un verdadero drama, en un teatro de la crueldad que le erizaría los pelos hasta a Antonin Artaud.

El miércoles pasado, el mundo entero contempló con horror (bueno, déspotas como Putin más bien debieron orinarse de la risa) cómo una turba compuesta por neofascistas, fanáticos religiosos y demás especímenes de extrema derecha invadieron el Capitolio, sede del Congreso estadounidense, mientras el legislativo realizaba el acto meramente simbólico de certificar el triunfo electoral de Joe Biden, próximo presidente de Estados Unidos.

Este lumpen de diversas clases sociales (había personas con poder adquisitivo alto y bajo) no llegó a las riveras del Potomac accidentalmente. Trump, su líder, los convocó y, una vez congregados, los instruyó para que marcharan hacia el Capitolio, con su característica retórica incendiaria. Entre la muchedumbre alzada destacó un personaje ridículo ataviado con pieles (reales o imitación) y cuernos normandos. Su contraste con las columnas corintias del edificio evocó a Breno, Alarico, Genserico y cuanto bárbaro se paseó por Roma para saquearla.

El saldo, aparte de un sinfín de imágenes humillantes, fue de cinco muertos (incluyendo a un policía golpeado en la cabeza con un extintor de incendios, como en esa escena pesadillesca del filme Irresversible, de Gaspar Noé), así como una atmósfera de miedo, rabia y tristeza a la que los norteamericanos no están acostumbrados. ¿Cómo pudieran estarlo, si esto no tiene precedentes en su tierra?

Mitch McConnell, líder de los republicanos en el Senado, no titubeó al catalogar los hechos como una insurrección. Dado que el propósito de la insurrección fue interrumpir por la fuerza una transmisión pacífica y constitucional del mando ejecutivo, es válido cuanto menos preguntarse si lo ocurrido fue un intento de golpe de Estado. Muchos expertos creen que no, pero sí algo similar. Teniendo en cuenta que hablamos de Estados Unidos, la conclusión sigue siendo aterradora.

Imagino que es innecesario recalcar que Estados Unidos no es como Latinoamérica. No voy a decir que es una nación libre de violencia política; hay que ser muy ignorante para hacer tal cosa. Pero a diferencia de sus vecinos del sur, los ataques directos al corazón de la república son una rareza absoluta. El Congreso no ha pasado por trances como los de las legislaturas latinoamericanas. Pienso en el asalto a la cámara venezolana en 1848 o, mucho más recientemente, la clausura de los parlamentos del Perú y Guatemala.

La violencia solo ha profanado el recinto de Capitol Hill en dos oportunidades. La primera vez fue en los albores de la república norteamericana, cuando, en 1812, Estados Unidos y su exmetrópoli se fueron de nuevo a la guerra debido a disputas navales. Los británicos invadieron Washington, urbe entonces en pañales, e incendiaron varios de sus edificios más importantes, incluyendo la sede del Congreso. El Capitolio apenas tenía unos años en pie. Imaginen semejante prodigio de arquitectura neoclásica ardiendo. Afortunadamente, los diligentes norteamericanos lo restauraron antes de que terminara la década.

En 1954, cuatro nacionalistas puertorriqueños armados se infiltraron en el Congreso. Dispararon a los miembros de la Cámara de Representantes en plena sesión, como parte de una sucesión de hechos violentos para lograr la independencia de borinquen. Hubo heridos, pero todos sobrevivieron.

Si asumimos que los terroristas boricuas no se consideraban a ellos mismos estadounidenses, podemos afirmar que en estos dos incidentes los perpetradores fueron agentes foráneos que veían en el Estado norteamericano un enemigo. En cambio, los sucesos de la semana pasada fueron llevados a cabo por estadounidenses de pura cepa.

Fue un atentado contra los representantes del corpus ciudadano del que son parte. ¡Y quien los azuzó fue el propio presidente! Esa es la diferencia con respecto a 1812 y 1954. Por eso los hechos han sido tan traumáticos.

En el último lustro he leído a los columnistas de The New York Times lamentarse reiteradas veces de que, al hablar con amigos de otras democracias desarrolladas, esas amistades les transmiten cierta lástima por la suerte política de Estados Unidos. Pensaba que exageraban. Ya no. Es más. Al menos un par de naciones latinoamericanas, Uruguay y Costa Rica, hoy puede jactarse de ser más políticamente funcional que el gran vecino del norte. La crisis estadounidense desatada por Trump es aun más abismal que lo que creí posible. Ruego por su pronta recuperación.

En cuanto a los apologistas de Trump, incluyendo a montones de venezolanos, que desestimaron sus bravuconadas o, mucho peor, se las aplaudieron, pero marcaron cierta distancia ante las imágenes tétricas del Capitolio, me gustaría creer que aprendieron la lección. Pero por desgracia parece que eso sería ingenuidad. No he visto a ni uno admitir que celebrar la mala conducta del presidente saliente fue un error grave. Por el contrario, montan en cólera si se les recuerda que se les advirtió que la cosa podía terminar como en efecto terminó.

De hecho, en menos de una semana pasaron la página y ya están ensalzando a Trump nuevamente, como si fuera lo mejor que le pudo pasar a Estados Unidos desde Abraham Lincoln. Más pueden la arrogancia ideológica y el odio paranoico hacia todo lo que no acate los dogmas de la derecha conservadora o liberal. Estas personas pudieran estar condenadas a la hipnosis permanente a manos de un caudillo populista que les ofrezca arrasar con sus enemigos. En una hipotética Venezuela poschavismo, espero que nunca lleguen al poder. Suficiente locura destructora.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El peligro para la democracia estadounidense, por Alejandro Armas

@AAAD25

Cuando decidí cursar una maestría en Ciencias Políticas, una de las razones fue la búsqueda de conocimiento para entender cómo Venezuela perdió su democracia, cómo la puede recuperar y cómo ha de preservarla una vez restituida. A partir de entonces, el interés incipiente en la defensa de la democracia se volvió una verdadera pasión. Dado que la negación de la democracia, el autoritarismo, es una enfermedad tan contagiosa como la covid-19, me preocupo por la salud de la democracia en todo el mundo. Siento admiración profunda por las democracias robustas y pienso que son modelos que hasta cierto punto debemos seguir en el resto del globo, siempre teniendo en cuenta las peculiaridades de cada país. Por eso me consterna sobremanera que la democracia en Estados Unidos (nación que además me ha alojado por más de dos años y por la que siento mucho afecto) esté atravesando un momento crítico.

Donald Trump está disputando, de forma sin precedentes en la historia norteamericana moderna, el resultado de unas elecciones presidenciales en las que a todas luces fue derrotado por el exvicepresidente Joe Biden, su contrincante demócrata. El presidente ha solicitado recuentos y la intervención de tribunales en varios estados clave, donde alega que hubo irregularidades. Todo esto es perfectamente legítimo. El problema no es ese, sino las denuncias incendiarias de “fraude” y de “elecciones amañadas” con las que Trump ha aderezado sus señalamientos, y que han sido convalidadas o ignoradas por buena parte de sus correligionarios en el Partido Republicano.

Hasta el momento de escribir estas líneas, ninguna evidencia del supuesto fraude ha sido presentada. Las “pruebas” que circulan en redes sociales no son más que un montón de desinformación, la cual engañará a millones, pero no a los jueces norteamericanos. En efecto, la campaña de Trump no ha tenido ni una sola victoria judicial relevante (repito: al menos hasta la redacción de este artículo). Nada que se acerque siquiera al objetivo de revertir el resultado en alguno de los estados donde Trump tendría que imponerse para ganar la elección.

Uno tendría que ver enfocar el retrovisor en el siglo XIX para encontrar algo parecido en términos de comicios presidenciales cuyos resultados fueron tan amarga y peligrosamente disputados por al menos un bando. La elección de 1800, verbigracia, en la que se enfrentaron John Adams y Thomas Jefferson, dos padres fundadores de un experimento republicano cuya consolidación para la posteridad de siglos aun no era nada segura. O la de 1876, saldada con un “pacto de caballeros” que supuso el retiro de tropas federales del sur, poniendo así fin al esfuerzo por dar ciudadanía plena a los esclavos liberados tras la Guerra Civil.

Si cree que es posible trazar una analogía entre la actualidad y los comicios de 2000, entre George W. Bush y Al Gore, piénselo dos veces. Dado que el resultado de la elección dependía de quién ganara Florida, donde Bush emergió con una ventaja microscópica (menos de 2000 votos), Gore solo tenía que revertir el margen en ese estado para ingresar a la Casa Blanca. Hubo un recuento exigido por ley para casos así de reñidos, y al final la brecha se contrajo a poco más de 500 votos. Los desacuerdos entre las campañas sobre cómo contar los votos llegaron hasta la Corte Suprema, que zanjó la cuestión de manera tal que a Gore se le hizo imposible ganar, lo cual admitió de inmediato.

Trump, en cambio, tendría que voltear el resultado, no en uno, sino en varios estados clave, donde de paso la brecha entre él y Biden es de decenas de miles o cientos de miles de votos.

Solo en Georgia el margen es tan estrecho como para activar un recuento automáticamente, pero al mismo tiempo es lo suficientemente amplio como para hacer que un cambio sea improbable. Es por eso que el presidente ha apelado a las cortes, exigiendo la anulación de miles de votos denunciados como ilegítimos, con argumentos, en el mejor de los casos, espurios.

No conforme con esto, hubo una diferencia importante en cuanto a las formas y el discurso. Gore elevó el tono para cuestionar varios aspectos técnicos en la manera en que Florida diseñó sus papeletas y contó los votos. Pero no llegó al extremo de cantar fraude y denunciar a un supuesto grupo de poderosos malignos confabulados para subvertir la voluntad ciudadana. Cuando la Corte Suprema falló en su contra, Gore se manifestó en desacuerdo, pero acató la sentencia y reconoció el triunfo de su rival. “Por el bien de nuestra unidad como pueblo y de la fortaleza de nuestra democracia”, justificó.

¿Podemos esperar que palabras así salgan de la boca de Donald Trump? Si algo hay que reconocerle al presidente es que no está haciendo nada de lo que no haya advertido.

Cual caudillo narcisista y con complejo mesiánico, durante la campaña electoral adelantó que solo podía perder por alguna trampa. Fiel a su palabra, ahora pretende hacer creer a sus conciudadanos y al resto del mundo que un sistema democrático imperfecto (¿hay alguno que no lo sea?), pero de muy buena reputación, de pronto se corrompió hasta la médula, como si Estados Unidos fuera una pobre república bananera.

Esto no es nuevo en Trump, cuyo historial de denuncias de fraude por cada derrota electoral o victoria insuficiente para satisfacer su ego desmedido es público y notorio. Lo hizo en 2016 cuando perdió los caucuses de Iowa, primer paso para definir al candidato de su propio partido, y de nuevo cuando ganó la elección general a Hillary Clinton pero perdió el voto popular. Han pasado cuatro años y las pruebas de ambas supuestas artimañas siguen brillando por su ausencia. Hay un patrón muy claro en la manera en que Trump lidia con las derrotas.

Pero a ver. Si las querellas judiciales de Trump siguen estrellándose con una pared, ¿cuál es el problema? Más temprano que tarde, Trump tendrá que desistir, y sus seguidores verán que en realidad nunca hubo un fraude, ¿no?

El detalle es que Trump pudiera salir de la Casa Blanca a regañadientes, sin admitir nunca que Biden le ganó en buena lid, y buena parte de su audiencia le creería. Ese es el problema de las disonancias cognitivas.

El psicólogo Leon Festinger planteó que, cuando alguien cree fanáticamente en algo que termina no sucediendo, en vez de sentirse desengañado, se busca un argumento para mantener la creencia, aunque sea irracional. Así que entre más tiempo pase Trump alegando fraude sin pruebas, más fuerte será la creencia en sus seguidores de que en efecto hubo trampa. Pudieran llegar al extremo de afirmar que los tribunales son parte de la conspiración, tal como ya han hecho con los medios. Esto es grave porque, según varias encuestas, entre 70 % y 90 % de los votantes de Trump cree que la elección estuvo amañada o fue injusta. El daño a la confianza en las instituciones puede ser gigantesco. Y cuando la gente desprecia el sistema, se radicaliza. Por eso creo que no es exagerado hablar de una crisis en la democracia estadounidense.

James Kloppenberg, historiador de la Universidad de Harvard consultado para un artículo reciente en The New York Times, lo explicó de manera sucinta: “Si bien los politólogos a menudo se enfocan en las instituciones y prácticas políticas, la democracia, donde existe, se basa en predisposiciones culturales más profundas y más difíciles de ver. A menos que una cultura haya abrazado las normas de la deliberación, el pluralismo y, sobre todo, la reciprocidad, no hay razón para ceder ante tu peor enemigo cuando gana una elección, ni hay razón para reconocer la legitimidad de los adversarios”. Exacto. Esto es congruente con lo que indican los legendarios politólogos Juan Linz y Alfred Stepan: la democracia solo está consolidada donde es vista como “el único juego en el pueblo”. Es decir, donde todos los actores clave están sujetos a sus normas. De lo contrario, la democracia peligra.

Aunque las instituciones democráticas tengan un historial de fortaleza, pueden verse debilitadas cuando un caudillo populista y/o autoritario logra traspasar su desprecio por el sistema (e.g. “es fraudulento”) a una parte sustancial de la población. Añadan a eso la satanización sistemática y permanente de los adversarios (e.g. “los tramposos nos robaron la elección”) descrita por otro gran dúo de politólogos, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt. Volviendo a Kloppenberg, el resultado es un debilitamiento grave de la cultura democrática.

Creo que el daño ya está hecho, pero Estados Unidos es un gran país que ha pasado por crisis mucho peores, como la invasión británica de 1812 o la Guerra Civil. Pero, si el tratamiento ha de ser eficaz, el diagnóstico no puede venir edulcorado. Si, como es muy probable, Joe Biden termina en la Casa Blanca, tendrá que navegar con mucho tino estas aguas tormentosas para evitar un naufragio. Su misión más urgente será reducir la polarización y dar a entender a las decenas de millones de personas que votaron por Trump que, aunque el país ha cambiado y seguirá cambiando, habrá un lugar para ellas y su voz no será despreciada. Por el bien de una de las democracias más formidables del planeta, todos deberíamos desearle éxito.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Ya quisiéramos tener un Betancourt, por Alejandro Armas

@AAAD25

Debo confesar que ver a Leopoldo López activo es… Raro. Obviamente el líder de Voluntad Popular hizo de las suyas durante su cautiverio doméstico y bajo la protección de la diplomacia española. Pero ahora sus andanzas son mucho más visibles, y el señor no ha perdido su tiempo, como dejó claro la audiencia que sostuvo con el presidente español, Pedro Sánchez. Ah, y no malinterpreten. Celebro que un padre injustamente separado de su familia vuelva con ella, esta vez sin el confinamiento de una casa. Además, francamente creo que López es más útil para la causa democrática venezolana si tiene libertad de movimiento. Digo que es raro porque siento que ha pasado una eternidad desde 2014. Venezuela se ha deteriorado tanto, en todos los sentidos… Y eso que ya entonces estábamos muy mal.

Vean nada más el aspecto político. El chavismo nunca fue democrático, pero por más de década y media mantuvo ciertas apariencias que lo ponían en la zona gris de los regímenes híbridos. De eso ya no queda nada. Autoritarismo inequívoco es lo que hay.

La Asamblea Nacional fue desconocida de facto tan pronto cayó en manos de la oposición, y sus funciones fueron confiscadas.

La protesta ciudadana se volvió el blanco de una represión cruel (mucho más que antes). El acoso a medios y periodistas empeoró, al igual que la persecución de dirigentes y activistas opositores. Hoy muchos de estos se encuentran en el exilio, y la añadidura más reciente a esa lista, Leopoldo López, es la que enarbola un liderazgo más fuerte.

En sus primeras declaraciones a la prensa desde Madrid, López profirió una cita de Rómulo Betancourt que no pasó desapercibida: “we will come back” (“volveremos”). Aunque alguien pudiera pensar que Betancourt dijo esto tras el golpe militar de 1948 y el inicio de su tercer exilio, lo cual lo haría cónsono con la proclama de López, en realidad se le atribuye en circunstancias mucho menos funestas. A saber, la derrota de Acción Democrática ante el copeyano Luis Herrera Campíns en las elecciones presidenciales de 1978, las últimas durante la vida de Betancourt (quien a su vez citó entonces al general Douglas MacArthur, en medio de la evacuación estadounidense de las Filipinas de cara a la ocupación japonesa en la Segunda Guerra Mundial).

Como sea, no han faltado afirmaciones alusivas a la pertinencia de la cita, ya que, dicen algunos, hay un claro paralelismo entre Rómulo Betancourt y Leopoldo López. Según estas personas, al exalcalde de Chacao, como dirigente opositor de mayor peso fuera del país, le corresponde desempeñar el mismo papel que el del legendario adeco en su destierro de los años 50, con augurios de que el éxito se repita.

Ah, pero lamentablemente estos son deseos infundados, resultado de la necesidad psicológica de encontrar una roca a la cual asirse para no ser arrastrado por la corriente de la resignación. La causa es comprensible, pero el efecto no es sensato.

Quisiéramos nosotros tener un Rómulo Betancourt contemporáneo. Un animal político de semejante genialidad. No lo tenemos. Leopoldo López, ciertamente, no es uno.

Pese al respeto que le tengo por sus sacrificios personales en el esfuerzo para restaurar la democracia venezolana. Eso no significa que vaya a engañarme a mí mismo sobre sus destrezas y limitaciones.

Hay varias cualidades que distinguen a López de Betancourt. La primera a la que me voy a referir, siendo justos, aplica a toda la dirigencia opositora mayor de 40 años. Las carreras políticas de todos han transcurrido exclusivamente durante la hegemonía antidemocrática chavista o, en el caso de los mayores, durante la democracia, primero, y el chavismo, después. Por lo tanto, su experiencia lidiando con regímenes plenamente autoritarios es relativamente poca; y se limita al período que empezó, digamos, en 2016 y sigue desarrollándose. Esto es importante porque explica el hecho de que la coalición opositora haya sido exitosa electoralmente cuando el descontento social contra el chavismo finalmente estalló en 2015, sin haber podido avanzar casi, una vez que el régimen terminó de desmantelar los pocos vestigios de competitividad electoral que aún quedaban. Dicho de otra forma, nuestra dirigencia no ha sido capaz de replicar su victoria comicial en otros terrenos, que son aquellos a los que ha quedado confinada, lo cual se refleja en el estancamiento de la causa opositora.

Betancourt y sus coetáneos, por el contrario, pasaron toda su infancia y toda su adolescencia bajo la dictadura brutal de Juan Vicente Gómez. Fue en ella que comenzaron su activismo, lo cual les permitió familiarizarse con el duro entorno de la clandestinidad desde una edad muy temprana. Ya habían acumulado mucha experiencia en tal sentido cuando les tocó un enfrentamiento final contra Marcos Pérez Jiménez y su eufemísticamente llamado “gobierno de las Fuerzas Armadas”.

La segunda diferencia es más personal. Tan personal que es el personalismo, ni más ni menos. El personalismo de Leopoldo López. Estamos hablando de un político tremendamente ambicioso, con aspiraciones evidentes de llegar a la cúspide del poder en su país. Eso no lo hace especial entre los políticos y por supuesto que no lo distingue del hombre que inauguró 40 años de democracia venezolana con su victoria comicial de 1958. Pero si reparamos en la trayectoria partidista de López, otro gallo canta. Estuvo por muchos años en Primero Justicia, luego pasó brevemente a Un Nuevo Tiempo, y finalmente, fundó su propio partido, Voluntad Popular. La hegemonía que ejerce sobre la tolda anaranjada no es ningún secreto. Es elocuente que López, en vez de competir por el liderazgo de su primera casa, en cuyo caso se las hubiera visto con Julio Borges y Henrique Capriles, hubiera preferido crear otra organización, a su imagen y semejanza.

La relativa vaguedad ideológica de VP no hace sino dar otra indicación de que lo que importa es lo que el fundador piense.

Esa sed de protagonismo permanente, así como las ínfulas de grandeza, pueden ser una debilidad cuando se trata con un régimen como el chavista. No en balde varios de los fiascos de la oposición en la última década han sido atribuidos a imprudencias vinculadas con el ego de López, así como a errores de su parte estimando su margen de maniobra frente al chavismo.

Betancourt no era así. Fue un hombre de un solo partido, el cual atravesó varias  etapas (empezando por el PDN o, si se quiere, ARDI), pero fue siempre el mismo en términos de organización. Acción Democrática no giraba en torno a Betancourt; ni en su ideario ni en su operatividad. Sus fundamentos ideológicos son fáciles de identificar, con orígenes inspirados por el socialismo latinoamericano aprista (que a su vez bebió de las corrientes más radicales de la Revolución Mexicana) y una posterior moderación que desembocó en la socialdemocracia.

Dentro de la jerarquía de AD, Betancourt no fue un líder caudillesco, sino un primus inter pares, al menos en su relación con Raúl Leoni, Gonzalo Barrios y Luis Beltrán Prieto Figueroa.

Parte de su talento como zoon politikón radicaba en saber cuándo apartarse y delegar. A mediados de los 60 pudo intentar manejar el gobierno de Leoni desde las sombras. No lo hizo. En los 70 pudo volver a buscar la presidencia. No lo hizo.

Tal vez la audacia de ver en Leopoldo López a un nuevo Rómulo Betancourt sea poco notable cuando a él y a otros dirigentes opositores los han comparado de manera halagüeña con Winston Churchill o Nelson Mandela (¡!). En fin, creo que es hora de dejarse de eso. Los líderes de la causa democrática venezolana han hecho sacrificios que pocos estamos dispuestos a hacer y eso nadie se los puede negar. Pero ni siquiera la más deslumbrante pureza moral va necesariamente de la mano con la eficacia. Cuando hayamos pasado por una transición democrática exitosa, podremos hablar de un nuevo Betancourt (o varios). No antes.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El revisionismo histórico contra la democracia, por Alejandro Armas

@AAAD25

Si usted es de esos venezolanos que, frustrado o simplemente aburrido por la inercia en la que ha caído el juego político criollo, se ha sumergido en el juego de otras latitudes, probablemente ya se habrá familiarizado con la expresión “guerras culturales”. En caso contrario, permítame aclararle que la misma alude al cúmulo de disputas sociales no materiales que caracteriza a una parte considerable de la diatriba política en los países desarrollados. Querellas como los roles de géneros o la influencia de la moral judeocristiana en la sociedad.

Se habla de “guerras” porque las posiciones asumidas a cada lado de los desacuerdos son cada vez más irreconciliables, y cada parte trata a la otra con creciente hostilidad. En otras palabras, son un factor importante de la polarización en países como Estados Unidos o España. La división es lo opuesto a la comunidad. Por eso, cuando una sociedad está severamente polarizada, ello suele ser síntoma de que el sentido común brilla por su ausencia. En cambio, abundan el absurdo y la insensatez.

La semana pasada leí un artículo maravilloso del historiador Tomás Straka, en el cual hizo alusión a lo que denominó “guerras históricas”. Estas no son otra cosa que la penetración de las hoy tristemente inefables guerras culturales en el terreno de la historia. La invasión de la doxa en el campo de la epistemehistórica. Me la paso advirtiendo sobre la peligrosa pretensión nietzscheana de relativizar todo, de negar la realidad objetiva. Eso está pasando con el estudio de la historia, a menudo con motivaciones políticas de las peores, ligadas con las guerras culturales, pero también con el resentimiento, el revanchismo y la intolerancia autoritaria.

La herramienta aquí es un revisionismo que no desafía interpretaciones tradicionales de los hechos pasados (cosa sana para la pluralidad de ideas), sino que niega los hechos y pretende suplantarlos con ficciones. Hay revisionismo para todos los gustos. Está el del chavismo y el de otras especies de la ultraizquierda tumbaestatuas, con sus juicios anacrónicos y abuso tosco de la noción de “genocidio”, como vemos cada 12 de octubre.

Pero también está la derecha reaccionaria y nostálgica de la monarquía y las castas, con sus panegíricos ridículos de la conquista, su visión romántica del colonialismo español y condena desproporcionada de la independencia. Y así, vemos una fauna variopinta que incluye a comunistas trasnochados que glorifican las guerrillas de los 60, así como a neogomecistas y neoperezjimenistas psicopáticamente fascinados por La Rotunda y Guasina. Sé que el adverbio “psicopáticamente” suena duro, pero no se me ocurre otra palabra para describir a sujetos que son conscientes de los horrores de las cárceles de Gómez y Pérez Jiménez, ¡y lo reivindican! Así es la mediocridad intelectual, incapaz hasta de los juicios éticos más sencillos, lo cual se traduce en la banalidad del mal que Arendt diagnosticó en Eichmann.

Hoy me voy a detener en el fenómeno de los nuevos admiradores de Pérez Jiménez, un grupo cuyas filas me atrevería a decir que no son lo suficientemente grandes como para constituir una amenaza para una hipotética Venezuela poschavista y democrática… Aún. Como señalé en una emisión previa de esta columna, tampoco me parece prudente asumir que nunca podrán aumentar su membresía.

Por ello, es pertinente desmentir el revisionismo de estos señores, en aras de mantenerlos relegados a los márgenes del debate político. ¿Que la prioridad en este momento debe ser la restauración de la democracia suplantada por el chavismo? No me digan.

Pero, no me canso de repetir, más vale estar prevenidos para cuando llegue ese momento y nunca volver a perder la democracia a manos de otra camarilla autoritaria.

Además, considerando que, insisto, el juego político se halla lamentablemente inerte, ¿por qué no?

No debe sorprendernos que el neoperezjimenismo (llamémoslo así por falta de un mejor término) concentre sus esfuerzos revisionistas en denigrar del período democrático. Tal como hace el chavismo, ¿saben? Y es que el neoperezjimenismo y el chavismo tienen mucho en común, incluyendo un desprecio total por la democracia (espero que no se hayan olvidado de aquella entrevista que Chávez tuvo con Pérez Jiménez en la mansión de La Moraleja, el acaudalado vecindario madrileño donde el dictador pasó su último exilio). Pero dejemos esa comparación para otro artículo.

En esencia, el revisionismo neoperezjimenista actúa de dos maneras.

 La primera consiste en magnificar el legado de la dictadura militar para hacerlo parecer más grande que el de los gobiernos democráticos.

Como sabemos, dicho legado es única o principalmente material. Obras de infraestructura. Todos hemos escuchado la cantinela: “Ay, es que al menos ese hombre construía cosas”. Si no fuera por el carácter inherentemente pretoriano de la admiración por Pérez Jiménez, al señor bien pudieran cambiarle el quepis por un casco de obrero en todas sus evocaciones. Ahora bien, nadie puede desconocer las obras que en efecto fueron realizadas en esos años, incluyendo la autopista Caracas-La Guaira, los primeros tramos de las autopistas Francisco Fajardo y Regional del Centro, las torres del Centro Simón Bolívar en El Silencio, el Teleférico de Caracas, la Ciudad Universitaria de Caracas y los bloques 2 de Diciembre (hoy 23 de Enero).

Pero precisamente por eso me resulta tan mezquino que se desconozca las obras hechas total o parcialmente en democracia, entre las cuales están los puentes Rafael Urdaneta, Angostura, Simón Bolívar y José Antonio Páez; el Teleférico de Mérida, los tramos restantes de las autopistas Francisco Fajardo y Regional del Centro, las autopistas Prados del Este y Centroocidental, las avenidas Boyacá y Libertador de Caracas, los distribuidores La Araña, El Pulpo y El Ciempiés; los embalses de Guri y Macagua, la urbanización Caricuao, el Metro de Caracas, el complejo arquitectónico de Parque Central y el Teatro Teresa Carreño.

Noten que estas obras están dispersas a lo largo y ancho del territorio nacional, a diferencia de las de la dictadura, muy concentradas en Caracas y sus alrededores.

Una ficción particularmente burda del revisionismo neoperezjimenista es atribuir a la democracia la formación de barriadas informales en los cerros de Caracas y otras ciudades, insinuando así que durante el gobierno de Pérez Jiménez no se veía tal cosa. Si bien la democracia experimentó un déficit de vivienda notable, que el chavismo heredó y explotó demagógicamente, este problema no comenzó con ella. Comenzó con el petróleo, con los millones de campesinos que se desplazaron a las urbes industriales y comerciales buscando una vida mejor. Por lo tanto, los barrios fueron un problema antes, durante y después de la dictadura militar. En De la cuadrícula al Aleph: Perfil histórico y social de Caracas, Francisco Ferrándiz refiere que, según estimaciones de la época, para 1950 había 40.000 ranchos en Caracas. Obviamente esos ranchos no desaparecieron entonces para reaparecer ocho años más tarde, como consta en Caín adolescente y otras películas venezolanas de la década.

Por otro lado, el progreso educativo durante los 40 años de democracia fue significativo. Cerca de la mitad de la población nacional era analfabeta cuando volvió la democracia, y menos de 10 % lo era cuatro décadas después, gracias a iniciativas como Acude. Fue en democracia que se masificó la matrícula universitaria femenina. Para 1958, solo había cuatro universidades públicas en Venezuela (UCV, ULA, LUZ y UC), ninguna creada por Pérez Jiménez. Esa cifra se disparó durante los gobiernos democráticos, con la fundación de la USB, la UCLA, la Unerg y la Unellez, entre otras.

 La segunda manifestación de revisionismo neoperezjimenista pretende desdibujar las distinciones que separan a la dictadura del período democrático.

En otras palabras, tratan de mostrar a la democracia venezolana como un régimen tan autoritario como el de su ídolo, en aras de exponer a los demócratas como manipuladores hipócritas. Ello es bastante irónico, dado su afán por demostrar que la democracia es una estafa hasta en sus cimientos teóricos. ¿Se puede destapar dicha estafa examinando algo que no es realmente democrático? En fin, no esperen coherencia de estos atolondrados.

Para ilustrar su disparatado ejercicio de equiparación, los neoperezjimenistas señalan las violaciones de derechos humanos cometidas por los gobiernos democráticos en el combate a las guerrillas comunistas. Si se le recuerda a la gente el asesinato de Víctor Soto Rojas, el de Leonardo Ruiz Pineda deja de verse tan perverso, piensan ellos. Si bien ambos casos son inexcusables, igualarlos, omitiendo su contexto, es una barbaridad muy descarada. Hay tantas diferencias que no sé por dónde empezar. En un conflicto armado, como el que Venezuela vivió en los 60, es inevitable que ambos bandos cometan excesos.

Y aunque hubo resistencia armada a la dictadura por parte de adecos y comunistas, nada de eso se compara con la magnitud de la insurrección guerrillera de la década siguiente, respaldada firmemente por un agente extranjero (Cuba).

En segundo lugar, no es lo mismo en términos morales rebelarse contra un gobierno electo y ampliamente legitimado por la ciudadanía en pleno, que hacerlo contra uno de origen golpista y que no permite al pueblo expresarse en las urnas. Por último, en democracia había una sociedad civil y unos medios de comunicación que denunciaban activamente los excesos en la supresión de la izquierda armada. No en balde hubo castigos severos para los responsables de algunos crímenes (no todos, por desgracia). Todo esto era impensable en dictadura. Nadie iba a sancionar a los esbirros y matones de Pedro Estrada.

Otro argumento revisionista para negar el carácter democrático de la mal llamada “cuarta república”: la interferencia en las candidaturas del exiliado Pérez Jiménez. Ocurrió con su nominación al Senado en 1968, y a la presidencia en 1973. Los argumentos jurídicos empleados en ambas instancias (Pérez Jiménez estaba inhabilitado debido a su sentencia penal por crímenes de peculado y malversación) ciertamente lucen en retrospectiva como una aplicación politizada y personal de la ley, incompatible con el Estado de derecho propio de una democracia moderna y republicana. Sin embargo, el truco aquí es exigir pulcritud absoluta a algo que en el mejor de los casos puede tener muy pocas manchas. No hay democracia perfecta e inmaculada. Estados Unidos carga con la vergüenza del macartismo y la supresión del voto negro. La España postfranquista, con los infames GAL. Cuán democrático es un Estado es algo que se determina observando una suerte continuum, no con categorías maniqueas.

Así que el veto a Pérez Jiménez no basta para negar el carácter democrático del sistema responsable, ni lo hace equiparable con la persecución y el fraude electoral sistemáticos de la dictadura.

Para muestra, las demás candidaturas de Cruzada Cívica Nacionalista, partido de Pérez Jiménez durante la democracia, no fueron obstaculizadas. CCN tuvo nominados presidenciales en 1978, 1988 y 1993. Ninguno obtuvo más de 0,1 % del sufragio.

Tristemente, me atrevería a decir que no veremos el fin de las guerras históricas pronto. Ni en Venezuela ni fuera de ella. En nuestro país, algunos de sus “generales” han estado gobernando desde 1998. Han tratado de reescribir la historia nacional a su antojo, lo cual ha sido objeto de críticas numerosas desde este modesto espacio. Hoy toca desmentir a otros revisionistas. Si quieren guerra, guerra tendrán. No para promover una narrativa alternativa pero igualmente falaz y mentirosa, sino para, siguiendo a Popper, repudiar a los intolerantes que quieren justificar su intolerancia retorciendo el pasado. Y para defender un mínimo de verdad objetiva, ajena al relativismo. Que esa verdad sea también el arma para su propia defensa. Veritas liberabit vos, escribió el evangelista. La verdad es nuestro muro de contención contra los autoritarios de todo cuño.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Cuidado con los espejismos “protectores”, por Alejandro Armas

@AAAD25

Hemos entrado al último cuarto de este annus horribilis que en Venezuela no es tal por partida doble, sino triple, pues nuestro país, aparte de tener que lidiar con la pandemia de covid-19 como todo el mundo, sigue atravesando una tragedia humanitaria y el extravío en un laberinto autoritario. Nadie tiene el hilo de Ariadne. Ninguna facción opositora presenta una estrategia convincente. María Corina Machado con su entrega a un rescate internacional harto improbable. Henrique Capriles con su invisible “lucha por condiciones electorales”. Y ahora, Juan Guaidó y aliados con una consulta ciudadana en el mejor de los casos inocua pero redundante, como fue argumentado en la última emisión de esta columna.

Mientras que en los últimos dos años la disidencia organizada ha cosechado éxitos importantes en materia de apoyo internacional, el frente interno es otra historia, muy diferente. No me voy a hacer el desentendido con el hecho de que es difícil tener un plan de movilización ciudadana con una población que ya ha pasado por marchas, paros y “trancazos” sin obtener lo buscado; que se ha expuesto heroicamente a una represión salvaje y aberrante, y que en su mayoría dedica el grueso de sus esfuerzos físicos y psicológicos a conseguir cómo llenarse el estómago.

Añadan a eso el coronavirus como agente bloqueador de cualquier posibilidad de concentración masiva de personas, rasgo típico de la mayoría de las protestas políticas. Pero, por complicada que sea, esa es la responsabilidad de todo aquel que pretenda liderarnos.

Esta situación no puede continuar. Es necesario que haya alguna forma de presión interna. Esperarlo todo de afuera no tiene caso. Por eso me preocupan ciertas interpretaciones que algunos venezolanos han hecho de la Responsabilidad para Proteger (R2P por sus siglas en inglés) invocada por Guaidó la semana pasada durante su intervención en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Quien haya estado pendiente de la política venezolana en los últimos años sabrá que la R2P es algo que ha sonado en mentideros de la oposición, siempre con la suposición de que justificaría una intervención directa en Venezuela. Sin embargo, la R2P contempla medidas diplomáticas y económicas para evitar crímenes de lesa humanidad. La fuerza también, pero como último recurso. Es decir, invocar la R2P no es un llamado a usar la fuerza de inmediato, como algunos dicen. Y ahora que, por primera vez, un funcionario, investido con lo poco queda de institucionalidad republicana en el país, menciona la R2P ni más ni menos que en la ONU, aquellas interpretaciones vuelven a aparecer sobre el tapete.

Perdonen la cacofonía, pero es irresponsable retorcer así la idea de Responsabilidad para Proteger. Genera expectativas entre los ciudadanos muy difíciles de cumplir. Cuando no se concreten, puedo imaginar a los que manipularon el concepto culpando a Guaidó y su entorno por algo que estos nunca prometieron.

El Consejo de Seguridad de la ONU es la única instancia que autoriza el uso de la fuerza en nombre de la R2P. Si tal cosa fuera discutida para el caso venezolano, Rusia y China, en tanto miembros permanentes del consejo, lo vetarían. Me apuro a atajar a quienes señalan que eso no importa porque, desde una perspectiva realista de las relaciones internacionales, en la que los entes multilaterales son irrelevantes, la R2P justificaría moralmente un acto de fuerza por parte de un Estado capaz de llevarlo a cabo, al margen del Consejo de Seguridad de la ONU.

Como ejemplo de esta tesis pudiera referirse el bombardeo de Serbia por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en 1999, para poner fin a la limpieza étnica en Kosovo. Bueno, en términos estrictos de Derecho internacional, eso no sería Responsabilidad para Proteger, simple y llanamente porque la R2P apenas estaba siendo concebida entonces. El contexto era el de una comunidad internacional avergonzada por su pasividad ante los genocidios en Ruanda y Srebrenica. Los Estados ya no podían seguir esgrimiendo la soberanía westfaliana mientras delitos de lesa humanidad eran cometidos en sus territorios. Así lo indicó Kofi Annan, entonces secretario general de la ONU, en un artículo en la revista The Economist de septiembre de 1999 (dos o tres meses tras el fin del bombardeo en los Balcanes). No fue sino hasta 2005 que la Responsabilidad para Proteger fue adoptada por la unanimidad de la Asamblea General de la ONU.

Ok, pero ya habíamos acordado que el análisis debía omitir las formalidades de los organismos multilaterales y del Derecho internacional codificado, para quedarnos únicamente con los principios morales subyacentes y la capacidad de usar la fuerza (disculpen si esto ya suena como una discusión conmigo mismo, pobre imitación de diálogo platónico sin un interlocutor). En tal sentido, ¿no es mejor atender a las palabras de Bill Clinton, antes que las de Kofi Annan? Después de todo, fue el entonces presidente de Estados Unidos el hombre de la acción, y su discurso para justificar el bombardeo de Serbia, enfocado en los Derechos Humanos violados sistemáticamente por las fuerzas de Slobodan Milosevic, reflejaba la R2P aunque no se la llamara así.

Todo esto es cierto, pero hay dos diferencias fundamentales entre aquel momento y la actualidad. El Estado capaz de ejecutar el acto de fuerza es el mismo, pero en 1999 estaba gobernado por alguien muy distinto.

Muy a pesar de la tonta asociación popular entre el Partido Demócrata y las políticas pacifistas, Clinton fue un mandatario mucho más proclive a las intervenciones militares que Donald Trump.

El de 1999 fue el segundo bombardeo de la OTAN en los Balcanes bajo su égida. Hubo otro en 1995, en el contexto de la Guerra de Bosnia. Aparte, el gobierno de Clinton ordenó bombardear Sudán en 1998 y, cuatro años antes, hizo un despliegue militar en el Caribe como ultimátum para forzar la salida del dictador haitiano Raoul Cédras. Trump, en cambio, detesta que EE. UU. haga de policía global, insiste en que pondrá fin a las intervenciones militares de su país y se reserva la fuerza castrense para amenazas graves (como el general iraní liquidado a principios de este año).

Relacionada con la primera, la segunda diferencia es la del contexto en la que se desenvuelve Estados Unidos. Se acabó el apogeo de la Pax Americana y a Washington le han salido rivales geopolíticos de peso. A saber, Rusia y China. A finales del siglo pasado, ambas objetaron el bombardeo de la OTAN, pero eran demasiado débiles como para impedirlo. La Rusia de Boris Yeltsin atravesaba una crisis económica terrible y titubeaba entre la integración a la comunidad internacional democrática y su desarrollo como potencia reacia al orden democrático y liberal post Guerra Fría. China, bajo la conducción del no muy memorable Jiang Zemin, estaba en la senda del crecimiento, pero bien lejos de su fortaleza actual.

Hoy Vladimir Putin y Xi Jinping desafían a Estados Unidos y sus aliados no solo con palabras, sino con acciones, y están mucho menos dispuestos a quedarse de brazos cruzados si sus rivales no toman en cuenta sus intereses globales. Intereses que en la Venezuela actual son mucho mayores que en los Balcanes finiseculares.

Por todo esto, me cuesta creer que la R2P invocada por Guaidó sea la llave que abra la puerta a una salida fugaz y fulminante.

En todo caso cabría esperar (y ni eso es seguro), que más democracias aumenten la presión indirecta. Sobre todo considerando la reciente publicación del informe de la Misión de Determinación de Hechos del Consejo de DD.HH. de la ONU, con sus espeluznantes conclusiones. Esa presión externa indirecta tendría que ir acompañada de la presión interna para alcanzar una transición negociada. Así que es indispensable que la dirigencia opositora piense en un plan que reactive a la ciudadanía. Por desgracia, nada de eso hay en el horizonte. Solo las paredes del laberinto diseñado por un Dédalo rojo.

 

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Alejandro Armas Sep 18, 2020 | Actualizado hace 4 meses
Los consultómanos, por Alejandro Armas

@AAAD25

Sigue pasando el tiempo sin que los venezolanos tengamos ni el menor destello de claridad sobre nuestro porvenir. La sensación de deriva es inmensa, con una escasez severa de gasolina, una epidemia de covid-19 que el régimen chavista dice estar controlando (los expertos de la sociedad civil que gozan de credibilidad infinitamente mayor insisten en lo contrario) y una dirigencia opositora que perdió el rumbo estratégico en la ruta hacia el cambio político.

A principios de mes, varias organizaciones políticas y de la sociedad civil suscribieron un “Pacto Unitario”. Lo positivo de este acuerdo es que confirmó que ningún partido se sumó a la disparatada iniciativa de Henrique Capriles de enganchar la lucha por elecciones justas al proceso convocado por el régimen chavista para diciembre.

Sin embargo, más allá de eso, el documento es una reafirmación de objetivos que ya conocemos; y no ofrece mayores luces sobre la estrategia para alcanzarlos. Me gustaría pensar que Juan Guaidó y sus aliados están cocinando un nuevo plan para despertar el apetito de movilización de las masas (atendiendo a la necesidad de mantener la distancia física entre comensales para combatir el coronavirus, claro está). Pero mi olfato no detecta ese platillo. Desde el anuncio del pacto, solo hemos visto un evento de apoyo al personal de salud, bienintencionado y digno, pero escueto para los fines de la oposición.

Si el grueso del Pacto Unitario a estas alturas suena anodino, el séptimo punto de su apelación a los ciudadanos es más bien desconcertante: “una consulta popular que permita a todos los venezolanos expresar la voz del pueblo y manifestar el respaldo necesario para avanzar hacia nuestra libertad, recuperar la democracia y promover el bienestar”. Omitamos el ornato grandilocuente y pongamos el foco en lo medular.

A saber, la dirigencia opositora quiere consultar a la ciudadanía. Desde luego, a uno le surge la pregunta “¿Consultar qué?”. ¿Consultar cuál debe ser la estrategia, acaso? ¡Pero si eso es precisamente lo que la ciudadanía delega a sus líderes! Una dirigencia política eficaz traza una estrategia y es capaz de legitimarla ante las masas mediante una labor acertada de comunicación. Si le va bien, no tiene que consultar a nadie.

Profundicemos un poco esta hipótesis. La gente está desanimada. Eso no lo va a cambiar una consulta en sí misma.

Lo que lo va a cambiar es una estrategia que entusiasme, por innovadora y a la vez realista (el presunto motivo de la consulta). Irónicamente, una vez que el liderazgo cuenta con esa estrategia y puede motivar la participación en la consulta, esta última se vuelve irrelevante. Porque el plan de la dirigencia entonces ya tiene la legitimidad que buscaba. Debería por ello emplearla para canalizar el apoyo hacia la movilización ciudadana.

Así que no. No creo que los promotores de este referéndum tengan en mente legitimar una nueva estrategia, aunque ese termine siendo el enunciado. Lo que quieren es legitimarse a sí mismos. Demostrar que aún son capaces de desplegar el respaldo de la mayoría de los venezolanos.

Decía mi profesora de filosofía política, Nadia Urbinati, que aquellos regímenes en los que el líder tiene una tendencia excesiva a consultar a la ciudadanía revelan un orden político en el que el líder se ve en la constante necesidad de relegitimarse. Pero, otra ironía, esto no supone mayores influencia y participación del pueblo, que queda reducido al papel de un espectador pasivo, hipnotizado por el líder, ante el cual asiente mientras le permite concentrar más y más poder. Por eso, no se trata de esa “democracia radical” idealizada por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, sino de lo que Urbinati llama “democracia desfigurada”, siempre en riesgo de convertirse en un autoritarismo bonapartista.

A ver. Obviamente esta categoría no aplica a Guaidó por el simple hecho de que él no tiene el poder del Estado en sus manos y ni siquiera es un caudillo de oposición (su liderazgo obedece a circunstancias y a pactos entre elites partidistas, más que a su propia destreza política). Pero la dirigencia de la que él es parte sí tiene una tendencia llamativa a hacer plebiscitos. El que ahora plantean no es el primero. Ya lo vimos con la consulta del 16 de julio de 2017.

En aquel momento, la accidentada Mesa de la Unidad Democrática estaba pasando por una nueva crisis, luego de cobrar vigor con el estallido de protestas casi cuatro meses antes. Pasó el tiempo con la gente en la calle y el chavismo no cedió. Por el contrario, redobló su apuesta autoritaria con la formación de la “Asamblea Nacional Constituyente”. Aparecieron señales de agotamiento ciudadano y frustración por la falta de resultados. Así que la MUD hizo un último esfuerzo para conservar su base política.

Eso fue la consulta de julio. Las tres primeras preguntas del plebiscito fueron meramente declarativas. Una para rechazar la “ANC” y otra para exigir a los militares que dejen de tolerar el incumplimiento de la Constitución. La última pregunta, en cambio, si contenía la promesa de acciones concretas que en su momento parecieron parte de una estrategia: el nombramiento de nuevas autoridades para los poderes públicos nacionales.

Lo primero (y último) que se hizo en tal sentido, luego de que el caudal de votos a favor indicara un espaldarazo a los responsables, fue nombrar jueces para las vacantes del Tribunal Supremo de Justicia que el chavismo había llenado de forma irregular. Como sabemos, esto fue un desastre. No se tomaron medidas para garantizar siquiera la seguridad de los magistrados elegidos, ante la reacción cantada de desconocimiento y castigo por parte del régimen. Los jurisperitos “honrados” terminaron en el exilio o en la cárcel, incapacitados de facto para ejercer sus funciones (por más que los desterrados, alentados por factores de la oposición que siempre sobreestiman su poder, se constituyeran como un tribunal aparte del de Caracas, rápidamente reducido a la irrelevancia por no contar con ningún medio para hacer valer sus sentencias).

Así que aquello que en el paroxismo de 2017 pareció una jugada estratégica digna de un Capablaca de la política, y aprobada por las masas, hoy luce como un torpe impulso demagógico para evitar que el apoyo a la dirigencia colapsara por no haber podido frenar al chavismo. Igualmente, el apoyo colapsó y no se recuperó del todo hasta enero de 2019.

Mucho me temo que se repita el ciclo. El entusiasmo por el ascenso de Guaidó ha decaído bastante y esta nueva consulta pudiera ser un mero intento de buscar el respaldo perdido.

Si el plebiscito no va a acompañado de una estrategia convincente, auguro que la participación será exigua, lo que profundizará la crisis del liderazgo. Si va acompañado de un espejismo de estrategia, pasará lo mismo que en 2017. Por eso, repito, espero que haya una preparación estratégica que no estamos viendo, y que la consulta, aunque innecesaria, sea solo el retrato numérico del entusiasmo generado por la estrategia. A falta de otros líderes, no nos conviene que los que tenemos sigan estancados, trátese de María Corina Machado, Henrique Capriles o Juan Guaidó.

 

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Es muy tarde para un “Walesa Radonski”, por Alejandro Armas

@AAAD25

Tengo una amiga en Caracas que solía ser una contertulia frecuente en temas políticos. En nuestros días de estudiantes, solíamos reunirnos en la feria de la UCAB para leer noticias y artículos de opinión, vinculados con dichos asuntos, en las páginas de El Nacional, para luego intercambiar impresiones.

La última vez que hablé con ella, hace unos días, me sorprendió con esta sentencia: “Cero política es mi política”. No quiere discutirlo. Aunque al principio quedé estupefacto, y a pesar de mi desencanto hacia quienes dicen no interesarse en política en lo más mínimo, pronto me di cuenta de que no podía culparla.

No cuando la causa democrática venezolana acumula meses de estancamiento. No cuando estamos volviendo en muchos aspectos a 2018, el peor año para la oposición venezolana, cuando tres bloques se hacían la guerra entre ellos, compitiendo por el favor de los ciudadanos, mientras el chavismo seguía aferrado al poder.

Hoy está pasando algo muy parecido. Se acabó el consenso que giraba en torno a Juan Guaidó y la disidencia ha quedado trisecada debido a diferencias estratégicas irreconciliables. Ninguno de los tres sectores resultantes corresponde a la oposición prêt-à-porter (Henri Falcón y compañía), la cual, por razones que ya he expuesto, no considero oposición real.

Un bloque está, al menos nominalmente, encabezado por Guaidó. Un segundo bloque gira en torno a la figura de María Corina Machado. Por último, hay un sector emergente cuyo rostro más visible es Henrique Capriles Radonski. Tanto Machado como Capriles, partiendo de críticas razonables a Guaidó como la falta de resultados, han hecho propuestas alternativas, que sin embargo no lucen más viables.

La líder de Vente Venezuela se inclina por una intervención directa en territorio venezolano de fuerzas internacionales, que ningún gobierno se muestra dispuesto a llevar a cabo. El exgobernador de Miranda, en cambio, le está apostando a la lucha electoral y se ha comprometido a buscar condiciones comiciales decentes de cara al proceso convocado por el chavismo para diciembre, en el cual Capriles instó a participar como primera prueba. Es en este planteamiento que me voy a detener para explicar por qué a mi juicio no es factible.

Capriles, en una exposición de los motivos de su decisión, señaló que hay abundantes ejemplos de transiciones democráticas desencadenadas por eventos electorales. Específicamente se refirió a la Polonia comunista como un modelo que los venezolanos deberían seguir. Pero tal invocación de Clío más bien nos trajo a un farsante haciéndose pasar por la musa de la historia.

Es decir, tal como lo presentó Capriles, el caso polaco no se puede comparar con lo que él tiene en mente para las próximas semanas. Asumiendo que ello se debe a ignorancia, y no a un intento deliberado de manipular el pasado, es decepcionante que quien aspira a sacar a un país del autoritarismo no esté familiarizado con los detalles de un ejemplo tan emblemático. Más aun teniendo en cuenta que hablamos de un hombre con raíces familiares polacas.

Hay varios factores de contexto histórico que hacen inverosímil que Venezuela pueda replicar a Polonia, al menos en los términos de Capriles.

Para empezar, a finales de los años ochenta, la Unión Soviética, garante del orden autoritario en Europa Oriental mediante su hegemonía militar, estaba bajo la conducción de un líder reformista, mucho más tolerante hacia la crítica y abierto a la soberanía de los satélites moscovitas que sus predecesores. Es decir, Mijaíl Gorbachov no estaba dispuesto a mandar tanques a socorrer a sus camaradas polacos, alemanes, búlgaros, etc., en caso de un alzamiento de las masas oprimidas, como sí ocurrió en Budapest en 1956 y en Praga en 1968. Ah, y de paso la URSS se estaba cayendo a pedazos. En Venezuela, la garante del statu quo es la propia elite política y militar chavista, hoy perjudicada por sanciones internacionales, pero no desplomándose, y ciertamente bien lejos del reformismo de Gorbachov. Como indiqué en una edición previa de esta columna, en Venezuela no hay glasnost.

Ahora bien, el debilitamiento del aparato represor comunista en Europa del Este nos lleva un elemento diferenciador incluso más determinante: la movilización masiva. En abril de 1988 estalló una serie de huelgas y manifestaciones masivas en las calles de Polonia, de la mano del movimiento opositor clandestino Solidaridad y su líder, el legendario Lech Walesa. Las protestas se extendieron a lo largo del verano y llegaron a aterrar a la dictadura comunista.

Como resultado, el gobierno se vio obligado a reconocer a Solidaridad como actor político legítimo y a entablar negociaciones de reforma política. En abril de 1989, régimen y oposición suscribieron los llamados Acuerdos de la Mesa Redonda. Dos meses más tarde, como parte del pacto, Polonia celebró elecciones parlamentarias no completamente democráticas, pero que fueron una victoria aplastante de Solidaridad.

A diferencia de Venezuela en 2015, los comunistas reconocieron de facto el triunfo opositor, lo cual significó que Solidaridad pudo ejercer el poder obtenido mediante el voto.

De la legislatura emergió un gobierno con uno de los dirigentes de Solidaridad, Tadeusz Mazowiecki, como primer ministro. Arrancó así una transición pacífica a la democracia, en la que, uno por uno, desaparecieron los engranajes del aparato autoritario. Si bien el último líder comunista, el general Wojcech Jaruzelski, quedó como Presidente de Polonia, su poder se esfumó, y tras las elecciones presidenciales de 1990, Lech Walesa lo sucedió.

Vean la cronología y podrán apreciar que hubo un año entre el estallido de protestas y la firma de acuerdos que desembocaron en la transición. Realmente, las manifestaciones duraron hasta septiembre de 1988. Pero aun así hablamos de cinco meses de calle, más otros cinco meses de preparación para el diálogo, dos de negociaciones y otros dos de preparación para las elecciones. Capriles pretende compactar todo eso en apenas tres meses. Plantea el desafío, extremadamente cuesta arriba, de transformar a una ciudadanía frustrada y aterrada en una fuerza movilizada tan imponente que sacuda al régimen chavista y lo obligue revertir buena parte de los vicios del sistema electoral que controla. Toda esa odisea, repito, en solo tres meses. ¡Y se dio el lujo de decir en su exposición de motivos que “ya habrá tiempo para detalles”!

El tiempo, el tiempo. He ahí el gran problema de Capriles. Tiene a Cronos en contra.

Si aspira a repetir la hazaña de Walesa con estos comicios, si así se les puede llamar, debió haber comenzado su “lucha por condiciones electorales” hace mucho.

Las calles ya tendrían que estar repletas. ¿Es creíble que en 90 días lo logre? Consideremos que de paso estamos en medio de una epidemia de covid-19, lo cual limita severamente la posibilidad de convocar el tipo de manifestaciones masivas que aterraron a los sátrapas de Varsovia. Capriles sabe todo esto. Por eso la agencia Bloomberg reportó que sus conversaciones con el chavismo se estancaron en torno a su petición de posponer el voto, a lo que el régimen se opone.

Sé muy bien que la movilización interna es importante para alcanzar el cambio político. Pero no creo conveniente casar esa movilización con un proceso electoral que está a la vuelta de la esquina, con el chavismo todavía manejando los hilos del sistema y sin disposición visible de ceder el poder. Más bien la sociedad debería insistir en la exigencia de una transformación política real, que incluya elecciones justas. No tienen que ser perfectas. Eso sí que lo demostró Polonia. Pero sí deben tener condiciones mucho mejores que las que hay en Venezuela hoy.

Todo esto, a propósito, calza con el objetivo estratégico de Guaidó y su equipo. Así que convendría ver a los dirigentes opositores estudiando con urgencia cómo corregir las falencias que Machado y Capriles reprochan con acierto, en vez de perseguir quimeras políticas, cual Belerofonte de opereta cabalgando un imaginario Pegaso que en realidad ni a Rocinante llega.

Es muy frustrante ver lo que sucede en la oposición venezolana. Pero decidí hacer como los estoicos y no amargarme por estas crueles maquinaciones del logos, ajenas a mi control. Tampoco me siento bien imitando a mi querida amiga y enajenándome de toda la política venezolana. Lo que toca en insistir en lo que uno cree correcto. Tal vez no sea interesante, pero es lo único que da paz a mi conciencia. Los invito a hacer otro tanto.

 

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“Con Minsk elecciones no te metas”, por Alejandro Armas

“Henri Falcón no hizo nada luego de que Lucena, como operadora electoral del chavismo, proclamara a Maduro ganador por última vez. Falcón no siguió el ejemplo que Minsk dio”. Foto Derek Sewell en Pixabay / Comp. Runrunes.

@AAAD25

Es un patrón. Cada vez que el cabecilla de un régimen autoritario cae, cientos o quizá miles de venezolanos se preguntan “¿Por qué ellos y nosotros no?”. Reacción comprensible. Cuando se desea mucho algo que es difícil de conseguir, y se ve que súbitamente otro lo consiguió, naturalmente quien sigue con las manos vacías se pregunta qué hizo el beneficiado para lograrlo.

Lo que a menudo sigue a esta pregunta, en cambio, no suele ser tan razonable. Hablo de los intentos de responder la pregunta con explicaciones aventuradas que no solamente establecen comparaciones inapropiadas entre Venezuela y la nación donde acaba de ocurrir una sacudida política, sino que además, tal vez por la emoción del momento, dan por concluido un proceso foráneo que apenas empieza. Pasó con Sudán y con Zimbabue. Recuerdo a conciudadanos saludando a quienes depusieron a Robert Mugabe como “guerreros de la libertad”, ignorando evidentemente que se trataba de miembros de la misma elite autoritaria que Mugabe encabezó.

Ahora vemos lo mismo con Bielorrusia. Las protestas que han estremecido a la última dictadura de Europa son por supuesto impresionantes. Pero, asumiendo que se prolongarán, solo han comenzado y su éxito no está garantizado.

Ojalá lo logren. Me alegraría mucho ver al déspota Aleksandr Lukashenko tras las rejas o, en su defecto, desterrado. Pero el dictador se mantiene desafiante y la que ha pasado al exilio es Sviatlana Tsikhanouskaya, su contrincante en unos comicios presidenciales cuyo carácter fraudulento encendió las manifestaciones. Es imposible saber cuál será el desenlace del tumulto en el país de los “rusos blancos”.

A diferencia de los casos africanos referidos, fue un evento electoral el catalizador de las protestas. Ello ha llevado a los seguidores de la oposición prêt-à-porter del régimen (i.e. Falcón, Zambrano et. al.) a valerse de lo que sucede en Bielorrusia para reforzar su mantra: “siempre hay que votar, sin importar las condiciones”. Así pretenden justificar su participación en… Bueno, llamémoslo el proceso programado para diciembre, y cualquiera por venir con miras a simular democracia bajo la égida chavista. Estos sujetos sostienen que una elección, aunque viciada irremediablemente, puede ser el carburante que precipite un cambio de gobierno si la población enardecida por el fraude toma las calles y alza la voz. Adivinen. ¡Esto es totalmente cierto, en teoría! Pero además, dicen aquellos señores, los bielorrusos lo están demostrando de manera práctica y empírica, así que los venezolanos deben imitarlos. “¡Seguid el ejemplo que Minsk dio!”

No obstante, esta argumentación tiene varias fallas. Para empezar, he de repetir que no se sabe si las protestas en las riberas del Svislach cumplirán con su propósito. Pero asumamos por un momento que tenemos las facultades de la pitonisa délfica y, gracias a ellas, la certeza de que Lukashenko está perdido. En ese caso, lo correcto sería un riguroso ejercicio de política comparativa que establezca qué tienen en común, y qué no, las experiencias autoritarias venezolana y bielorrusa. No basta con asumir que si ellos llegaron a su meta por una ruta, nosotros podremos hacerlo exactamente igual. Ojalá el trazado de estrategias políticas fuera tan sencillo y universalmente aplicable.

Por último, y hablando de estrategias, si en Bielorrusia unos comicios grotescamente injustos precipitan una transición democrática, es porque la dirigencia opositora de ese país tenía un plan para lograr tal cosa. ¿Acaso la oposición prêt-à-porter criolla tiene su estrategia para hacer otro tanto? Nada lo indica. El precedente de las presidenciales de 2018 en tal sentido es muy, muy negativo. Henri Falcón no hizo prácticamente nada luego de que Tibisay Lucena proclamara a Nicolás Maduro ganador por última vez en su larga trayectoria como operadora electoral del chavismo. En otras palabras, Falcón no siguió el ejemplo que Minsk dio.

Dicho lo que hay que decir sobre el papel gris de la oposición prêt-à-porter, esta columna llegaría por hoy a su final de no ser por otra comparación, no menos infeliz, entre la nación eslava y la caribeña. Me refiero a esos venezolanos que ven la intensidad de las protestas en Bielorrusia y dicen cosas como “Es que esos sí tienen bolas. No son como este pueblo cobarde”. ¿Perdón? No seré yo quien ponga en duda el coraje de quienes se enfrentan a un engendro autoritario, vástago de la URSS por cuyas venas fluyen varias de las inmundicias tóxicas del vientre que lo parió.

Pero al momento de escribir estas líneas, los bielorrusos acumulan solo dos semanas en la calle. No hablemos de 2002, 2004, 2007 ni 2014. Limitémonos a 2017.

Fueron cuatro meses, señores. Todo ese lapso aguantando una represión indescriptiblemente salvaje y cruel. Más de un centenar y medio de muertos. Miles de heridos. Miles de detenidos. Eso no lo aguanta un “pueblo cobarde”.

Si en Bielorrusia se produce un quiebre de la elite gobernante a raíz de estas manifestaciones, no será debido a un temple del que los venezolanos carezcamos, sino a un nivel de putrefacción moral inferior entre quienes oprimen a la nación europea.

Los venezolanos no hemos podido recuperar nuestra democracia y tenemos que insistir. Pero intentos hemos hecho, que nos han llevado hasta los límites del deber cívico. Honremos el recuerdo del esfuerzo pasado. De eso saldrá el ánimo para el esfuerzo futuro.

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