Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

Negación postelectoral, por Alejandro Armas
Para que vuelva la fe en el voto, hay que alentarla con una estrategia que incluya el voto, pero no se limite al mismo. ¿Dará la oposición ese gran paso?

 

@AAAD25

Las elecciones regionales y municipales del domingo pasado fueron un cierre apropiado para la campaña comicial de 2021, otro de tantos capítulos en la historia de nuestra decadencia nacional. Finalmente, y a pesar de todos los pretendidos diagnósticos de una mejora en las condiciones, la jornada estuvo plagada de las mismas trapisondas de costumbre: puntos rojos, centros de votación que permanecieron abiertos por encima de lo debido, violencia contra opositores, etc.

Tal vez previendo lo que se venía, y considerando las expectativas mínimas de beneficios discutidas previamente en esta columna, la inmensa mayoría de los electores prefirió no acudir a las urnas. Como ha ocurrido en todas las elecciones a partir de 2018, la abstención fue enorme.

Un lugar común de los políticos en las secuelas de elecciones es “El país ha hablado” o “El país ha enviado un claro mensaje”. Curiosa claridad, ya que las interpretaciones del mensaje terminan siendo muchas, por lo general a conveniencia del exégeta y, si el resultado no le es favorable, con poca o nula mea culpa.

Yo diría que el mensaje mayoritario no está en ninguno de los rectángulos del tarjetón. Está paradójicamente en el silencio. En la omisión del sufragio. La abstención expresa la abulia colectiva del venezolano para con los asuntos públicos. Es lo que he llamado la “despolitización» de las masas.

Los ciudadanos están profundamente descontentos con la crisis política, económica y social, consideran que el régimen es el gran responsable, quieren un cambio político… Pero no ven que la dirigencia opositora sea capaz de lograrlo. Así que se frustran y prefieren replegarse a sus actividades privadas, entre la huida o la adaptación a una realidad que detestan, pero cuya transformación para bien es vista por los momentos como imposible.

La despolitización de esta gigantesca base opositora (la considero opositora no porque milite en equis partido sino por el sencillo hecho de que se opone al statu quo chavista) va de la mano con la desorientación de la dirigencia disidente. Lo vimos en 2018, luego de que la MUD demostrara en el fiasco de las regionales del año anterior que sus destrezas se limitan a la movilización electoral. Una vez que los últimos vestigios de competitividad comicial fueron eliminados, y de que se impusiera como regla tácita que la ocupación de espacios como gobernaciones y alcaldías por políticos ajenos al PSUV estaría condicionada a que los mismos no sean usados como hervideros de oposición activa, los talentos de la MUD que tanto sirvieron para conquistar la Asamblea Nacional en 2015 se volvieron inútiles en la causa por la restauración de la democracia. De todo eso se dieron cuenta los ciudadanos. No en balde 2018 fue uno de los años de mayor desmovilización opositora.

Viendo el camino electoral bloqueado, la MUD optó por métodos divorciados del juego en el que el chavismo es jugador y árbitro a la vez. Esto fue el ascenso de Juan Guaidó, seguido por una rápida recuperación de la fe masiva en la dirigencia. Pero cuando esta estrategia también se estancó, la decepción y el hastío regresaron.

Pasaron así dos años más, al cabo de los cuales la MUD admitió que su plan rebelde no estaba yendo a ninguna parte. Pero en vez de redoblar esfuerzos en el desarrollo de un plan nuevo, volvieron a una vía electoral que seguía obstruida. Y lo hicieron sin una estrategia de movilización que trascienda el mero acto de votar. Sin decirles a los ciudadanos qué hacer aparte de ir a los centros de votación.

Como era de esperarse, este giro de 180 grados, luego de un trienio asegurando que no se podía acudir a las urnas hasta tanto no se rescate el sentido del voto, generó confusión y no mucho entusiasmo. Pero, volviendo a la falta de mea culpa en la interpretación de “El país ha hablado”, no vemos, entre los defensores del votar como sea, un reconocimiento de que este mensaje no cala en la ciudadanía. Pienso por ejemplo en Henrique Capriles, quien a pesar de las cifras negó expresamente que “la abstención fue la gran ganadora”.

Pero no ocurre solo entre dirigentes. Por mis interacciones propias, puedo decir que algunos de los ciudadanos comunes que siguen con mayor devoción a la MUD están en la misma onda. Triste ironía: recuerdo que estas personas en 2018 cuestionaron con furia a Henri Falcón por sus argumentos de que hay que votar en toda circunstancia; ahora están usando los mismos alegatos del exgobernador de Lara, palabras más, palabras menos.

Están en negación. Por tomar prestada la terminología psicológica del Modelo de Kübler-Ross sobre las etapas del duelo, se niegan a creer que ha muerto la fe del ciudadano en el voto para dejar atrás la tragedia venezolana.

Sé que esto suena sombrío, así que quiero cerrar con tono más optimista. Aunque he dicho que la fe en el voto “murió», debe entenderse que es solo una metáfora para describir un “luto” mal llevado. Una pésima forma de lidiar con la pérdida de algo que se valora. Pero como aspecto de la mente o, si se quiere, del alma, en el dualismo cartesiano la fe es en realidad inmortal. Se le puede hacer mucho daño, al punto de que se retire y no se muestre por ninguna parte. Pero siempre puede volver. Solo que para que eso ocurra, en el caso de la fe en el voto, en esta Venezuela hay que alentarla con una estrategia que incluya el voto, pero no se limite al mismo. ¿Dará la oposición ese gran paso, luego de cerrar el modelo luctuoso con la etapa final, la aceptación, o se quedará negando la realidad?

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Alejandro Armas Nov 19, 2021 | Actualizado hace 1 semana
Un último exhorto, por Alejandro Armas
Venezuela seguirá siendo la misma el lunes, 22 de noviembre. Lo seguirá siendo mientras la oposición no desarrolle una nueva estrategia

 

@AAAD25

Este artículo será breve, porque de verdad no hay mucho de qué hablar. Venezuela llegó a las puertas de unas elecciones, si así se les puede llamar, que una vez más han concentrado la atención de la política nacional (excusen la rima no intencional), muy a pesar de la mínima probabilidad de que cambien sustancialmente nuestro drama.

Algunos han llamado tenazmente a la participación, como una forma de “defender o ganar espacios”. Otros la han condenado, aduciendo que “legitima al régimen”. En un tercer grupo, en el cual me incluyo, hemos visto todo con indiferencia.

Al incluirme no hablo como periodista o politólogo. Por supuesto que desde esa identidad no puedo abstraerme del evento político dominante en mi país hoy. Esta mismísima columna ha dado fe de ello, pues la he usado en los últimos meses para expresar mis observaciones a propósito de cuanto punto de interés relacionado con las elecciones detecte.

Mi indiferencia es más bien como ciudadano. Como uno más del montón en una colectividad nacional preocupada por el presente y el futuro del país, y que guía sus acciones pensando en qué puede contribuir más con el bien común.

Así pues, como ciudadano indiferente a las elecciones, voy a emitir un último exhorto a mis conciudadanos: hagan lo que quieran. Voten o absténganse. Al tomar cualquiera de las dos vías, no estarán haciendo una contribución enorme a la resolución de la crisis, pero tampoco un gran daño.

Los argumentos tanto de los fanáticos del voto como los de la abstención están errados.

Voy a recapitular un poco las observaciones sobre el proceso previamente referidas. Al sufragar por candidatos ajenos a la elite gobernante, usted estará impulsando la candidatura de alguien que, de ganar, tendrá un margen de maniobra muy limitado. Gobernadores y alcaldes que en todo caso solo podrán dedicarse a labores administrativas como la recolección de desechos y el mantenimiento al alumbrado público. Y eso si el chavismo se abstiene de intervenirles hasta esas funciones con “protectores”, “el poder popular”, etc.

De lo que pueden olvidarse es de que gobernaciones y alcaldías sean espacios funcionales para la causa democrática. De que desafíen al régimen en sus objetivos hegemónicos. Eso es algo que ha sido criminalizado de facto en Venezuela al menos desde 2013, con un notable agravamiento a partir de 2017 (no en balde dos años de protestas masivas contra el chavismo, amparadas por gobernadores y alcaldes opositores, muchos de los cuales terminaron exiliados o presos).

Considerando estas mínimas expectativas, mal pueden los entusiastas del voto recriminar a quien desee abstenerse. Pero lo contrario también es cierto. Es válido creer, aunque no haya certeza de ello, que una autoridad regional o local ajena al chavismo mejorará aunque sea un poco la calidad de vida en el espacio habitado por un votante cualquiera. Nadie puede reprochar tal cosa.

Para bien o para mal, las potencias extranjeras democráticas han aceptado que estas elecciones van a ocurrir y que la mayoría de la dirigencia opositora participará. Entretanto, no han reducido la presión sobre el régimen. Están a la expectativa, a ver qué pasa y si vale la pena reconsiderar su política hacia Venezuela.

Así que ha quedado desacreditado el planteamiento de que votar en estas elecciones le lava la cara al horror venezolano ante el mundo.

Es ridículo pensar que a mayor abstención, mayor aliento a una salida de fuerza a la crisis venezolana que el resto del mundo se ha cansado de aclarar que no está interesado en acometer. Mientras, los venezolanos que exigen dicha salida como la única posible no han hecho nada efectivo para que sea siquiera considerada por los entes con el poder suficiente para llevarla a cabo. Solo se lamentan en redes sociales, culpan a otros por un fracaso y satanizan la mera posibilidad de cualquier alternativa. Verlos pontificar como si ellos hubieran tenido más éxito que otras facciones opositoras ya da risa. Sobre todo si lo hacen desde la comodidad del extranjero y atacando a paisanos que decidieron quedarse y solo aspiran a vivir un poco mejor.

En conclusión, y como ya dije, hagan lo que quieran. Lo más probable es que Venezuela seguirá siendo la misma el lunes, 22 de noviembre. Lo seguirá siendo mientras la oposición no desarrolle una nueva estrategia.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

¿Chavismo reflotado por la clase media?, por Alejandro Armas
¿Qué está pasando? ¿Se trata de una anomalía o es más bien de un cambio estructural? ¿Una arista más en el poliedro de la evolución del cuasi estalinismo a la perestroika bananera?

 

@AAAD25

Estas elecciones (o como las quieran llamar) regionales y locales que tendremos en un par de semanas nos han provisto de material para reírnos a carcajadas o para llorar a moco suelto por la suerte de Venezuela. Incluso asumiendo que los comicios serán poco o nada relevantes para el futuro del país (caso de quien escribe), las escenas de campaña inevitablemente llaman la atención e ilustran sobre el tipo de clase política que tenemos. Desde riñas infantiles por un segundo lugar en el Distrito Capital y Miranda, pasando por la ingesta de cerveza en actos públicos en Lara hasta una rifa de carro para quienes movilicen votantes a favor de cierto partido en Zulia.

Y… Luego tenemos el curioso fenómeno de chavistas haciendo campaña como si fueran cualquier cosa menos chavistas. En Caracas tenemos el caso muy evidente de Georgette Topalián, quien aspira a ser la primera alcaldesa roja rojita del siempre desproporcionadamente opositor municipio Baruta. Pero el carmesí socialista no figura en su propaganda. Por el contrario, en sus afiches que adornan los postes de la autopista de Prados del Este, así como en su perfil de redes sociales, luce un verde casi copeyano. Aunque, por supuesto, el rostro de Rafael Caldera no la acompaña en los pendones, tampoco están los orwellianos ojitos de Hugo Chávez, emblema del PSUV.

Considerando que Topalián intentó en 2017 hacerse con esta misma alcaldía, que en aquella ocasión sí lo hizo con toda la parafernalia revolucionaria de rigor y que predeciblemente fue derrotada, sería sencillo y tal vez acertado atribuir su cambio a un razonable aprendizaje de los errores del pasado y a la vocación de intentar algo nuevo, más afín al entorno que le tocó. De ser así, la metamorfosis sería algo exclusivamente local y de poca importancia para la ontología del chavismo.

Pero resulta que la Topalián no está sola. Al menos una parte de la campaña del gobernador Rafael Lacava en Carabobo va por el mismo sendero. Ello a pesar de que demográficamente el estado entero es muy diferente al municipio Baruta y contiene amplias zonas donde el chavismo, por vías puras o no, ha contado con importantes poblaciones para movilizar hacia su rectángulo en el tarjetón electoral. Su predecesor, Francisco Ameliach, así como el mismo Lacava en 2017, hicieron con éxito campañas en general tradicionalmente chavistas.

A pesar de todo eso, llamó la atención un video propagandístico en el que una celebridad local sin militancia conocida, la modelo Arianna Pitino, invita a los “independientes” a reelegir al gobernador. La pieza audiovisual no identifica en ningún momento a Lacava como miembro del PSUV. No se invoca el espíritu de Chávez. No hay consignas socialistas. Solo alusiones a una “gestión que les devolvió el optimismo” e instrucciones para respaldar a Lacava mediante una tarjeta llamada “Carabobeños por Carabobo”, convenientemente purgada de cualquier connotación ideológica. Es un mensaje claramente dirigido a personas que nunca han sido chavistas, como diciéndoles “Olvídate del partido de Lacava y vota por él porque hace cosas”.

Entonces, ¿qué está pasando? ¿Se trata de una anomalía o es más bien de un cambio estructural? ¿Una arista más en el poliedro de la evolución del cuasi estalinismo a la perestroika bananera?

He podido recoger varias hipótesis al respecto, con interpretaciones igualmente distintas sobre las implicaciones para la muy mermada base de apoyo del chavismo.

Personalmente, creo que no es algo coyuntural. Lo veo como parte del discreto abandono del socialismo marxista como la ideología oficial de la elite gobernante. Comenzó a manifestarse en aquellas áreas donde le es más fácil, pero poco a poco pudiera expandirse.

Lo que no creo es que, como algunos han insinuado, esto permitirá al chavismo volver a sus días de gloria en cuanto a apoyo masivo se refiere, pero de la mano de la clase media, o ex clase media, en lugar de los sectores más humildes. Es decir, que el chavismo como movimiento de masas reflote impulsado por un segmento demográfico que siempre se le opuso en su inmensa mayoría, pero que ahora, al igual que el grueso de la población venezolana, está desencantado con la política y no se identifica con la dirigencia opositora por sus fracasos.

No creo que ocurra porque ese argumento reposa sobre una subestimación enorme de la percepción del igualmente pantagruélico daño que hizo el chavismo. Una percepción que tal vez sea especialmente difícil de revertir entre los estratos que alguna vez tuvieron ingreso medio. Hablamos de personas que vieron el valor de sus ahorros líquidos y activos físicos (viviendas, carros, etc.) evaporarse en unos pocos años. Personas cuyo poder adquisitivo y calidad de vida relativamente altos se desplomaron. Semejantes tragedias individuales solo pudieron confirmar los temores que el chavismo les inspiró desde su llegada al poder.

Ahora, de paso, con el surgimiento de una nueva oligarquía política y empresarial que exhibe negocios y lujos con cada vez mayor desparpajo, a la desolación de esa clase media se une una repulsión profunda hacia las fortunas hechas en revolución. Veo más probable que, para los desposeídos, el giro business-friendly del chavismo es visto más como una confirmación cruel de su estatus como los nuevos excluidos, que como una oportunidad para la recuperación.

No obstante, nada de lo anterior quiere decir que el plan no atraerá a absolutamente nadie en su población blanco. Lo puedo afirmar por mi propia experiencia. Unos pocos conocidos míos, opositores a rabiar de toda la vida, evalúan abiertamente la posibilidad de votar por candidatos del PSUV. Sus razones varían, pero tienen algo en común: todas parten de la premisa de que el chavismo no dejará el poder en el corto o mediano plazo. O sea, por pura frustración se desprendieron de su identidad como adversarios activos de la elite gobernante. En medio de esta triste resignación, algunos consideran que tiene más sentido votar por un chavista que “al menos trabaja”, como Lacava, que por un opositor al que no darán recursos para siquiera arreglar las calles. Otros ven saludable alentar la transición del chavismo lejos de la extrema izquierda, asumiendo, está de más decir que con razón, que algunos de sus elementos más destructivos son los que vienen del marxismo.

Tal vez la elite gobernante, cuya permanencia en el poder de todas formas se emancipó de la voluntad ciudadana y de sus propias facciones más dogmáticamente socialistas, es consciente de los límites de esta estrategia, pero aun así piensa que vale la pena. Tal vez el punto de todo esto sea atraer a un puñado de opositores desilusionados. Y tal vez (este último es un enorme “tal vez”) dicho puñado de opositores desilusionados, más la apatía generalizada hacia la política, la existencia de múltiples candidatos ajenos al PSUV y el descontento con la gestión del burgomaestre actual sean suficientes para que Georgette Topalián obtenga la alcaldía de Baruta.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Los efectos de la crisis en la juventud, por Alejandro Armas
No necesariamente los jóvenes sin afinidad con alguna corriente son indiferentes a la crisis política. Creo que muchos sí son opositores en el sentido literal del término

 

@AAAD25

Cada vez que uso las palabras “jóvenes” o “juventud”, me siento viejo. No sé por qué.  En un mes cumpliré 30 años. Ya no me sentiré tan ridículo cuando intente racionalizar este raro efecto dialéctico. Sobre todo cuando hable de adolescentes y de adultos que rondan las dos décadas de vida. Qué bueno, porque entonces me será mucho menos incómodo redactar artículos como este, que tiene por foco el grupo etario del cual Cronos, el Padre Tiempo, está a punto de expulsarme para siempre.

Recientemente dediqué esta columna a la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida. Hoy haré lo mismo con otro estudio estadístico de la Universidad Católica Andrés Bello: la Encuesta Nacional de Juventud (Enjuve). Además de la categoría temática repetiré la modalidad. Es decir, tomaré algunos datos llamativos de la encuesta para intentar darles contexto de manera relevante para nuestra situación nacional.

Comencemos. Con una muestra de individuos entre 15 y 29 años de edad, la encuesta halló que 44 % de los consultados dice que no se iría del país en este momento. Este fue el primer cálculo que me llamó la atención, pues no esperaba que fuera tan alto.

No es por fortalecer la narrativa de que «Venezuela se arregló», pero resalta que la permanencia confirmada sea una respuesta considerablemente más frecuente que «no dudaría en irme» (28 %). Tal vez la estabilización en el foso redujo la ansiedad sobre el futuro y el incentivo a emigrar. Cada vez más personas se dan cuenta de que en términos económicos ha habido un cambio en Venezuela y que el presente, aunque a años luz de lo ideal o siquiera de lo normal, es menos angustiante que el pasado de tres o cuatro años.

Pasemos ahora a algo que alarmó a muchos lectores de la encuesta: la identificación política. De los entrevistados, 37,0 % se manifestó afín a la oposición; 31,1%, afín al chavismo; y 31,9%, sin afinidad con alguna corriente

He visto a personas preocupadas porque los bloques no se diferencian mucho en tamaño. Creo que el detalle está en el término «oposición”. Una metonimia confusa. Probablemente, los consultados lo leen y no piensan en el acto de oponerse al régimen en sí mismo, sino en la dirigencia opositora. Lógico que pocos se identifiquen con ella. Así pasa en todas las edades, pues hay una crisis de representatividad, precisamente porque el liderazgo ha sido incapaz de lograr el objetivo opositor por antonomasia: el cambio político.

Entonces, no necesariamente los chamos sin afinidad con alguna corriente son indiferentes a la crisis política. Creo que muchos sí son opositores en el sentido literal del término. Solo que se oponen al régimen sin simpatizar con Juan Guaidó, Henrique Capriles, María Corina Machado, etc.

En cuanto a los jóvenes identificados con el chavismo, tampoco necesariamente apoyan todos al régimen hoy. Aunque nos cueste entenderlo, lo cierto es que hay personas que apoyaron a Hugo Chávez hasta el final, se consideran chavistas, pero retiraron su apoyo a Nicolás Maduro debido a una catástrofe humanitaria que ellas también padecen. Son los que creen, sincera pero erróneamente, que Maduro se desvió del camino de Chávez para desgracia del país.

Yo no me preocuparía tanto, entonces, por las identidades políticas. Mucho más inquietante es esto: 50 % de los consultados por la Enjuve dice que la democracia es el sistema político preferible. En 2013 ese porcentaje fue de 68,8 %. En cambio, 22,1 % dice que un régimen autoritario es mejor, cifra que en 2013 estuvo en 8,3 %.

¿Cómo pudo ocurrir esto? Quizá las generaciones más jóvenes, al no haber conocido nunca la democracia, ignoran que casi siempre es más eficaz estimulando una calidad de vida alta.

También las decepciones con una dirigencia opositora que se identifica como «democrática» pudieron contribuir. Muchachos que creen que la única solución al daño que hizo el chavismo es otra dictadura. La orfandad de liderazgo suele favorecer las tendencias autoritarias. Esto es cónsono con el surgimiento de comunidades, sobre todo digitales, de admiradores de autócratas como Marcos Pérez Jiménez, Francisco Franco o Augusto Pinochet. Quien las haya visto seguro habrá notado un alto componente de adolescentes y adultos muy jóvenes.

No creo que este problema se solucione si no se vuelve a entusiasmar a las masas por una política nacional que resalte los valores cívicos, cosa a su vez difícil mientras el chavismo gobierne y la oposición se quede estancada. Supongo entonces que nos toca a los ciudadanos comunes hacer un esfuerzo por mantener vivas las virtudes republicanas y democráticas, de manera que estén listas para florecer en un hipotético poschavismo. Eso sí se puede.

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Las fortunas del socialismo, por Alejandro Armas
Hay unos pocos privilegiados por contratos millonarios y masas empobrecidas. Todo bajo la égida de un movimiento político que se presentó como el redentor de los humildes y el terror de la ‘avaricia’ capitalista

 

@AAAD25

No es muy difícil de entender por qué se necesita un VPN para acceder desde Venezuela al portal de periodismo de investigación Armando Info. Tampoco por qué sus reporteros son criminalizados por el Estado chavista, y hostigados en redes sociales por troles que les inventan identidades como extorsionadores, agentes de la CIA y… homosexuales (ah, la “ilustración” revolucionaria).

Alex Saab, el personaje del momento, es por supuesto el objeto de los reportajes del portal que más interesa a la elite gobernante. Pero hay más. Mucho más. Leer disciplinadamente sus investigaciones todas las semanas es una inmersión profunda en un mundo antitético de cara a la imagen generalizada de una Venezuela azotada por la miseria más desesperante y humillante. Es un cosmos de fortunas exorbitantes, muchas de ellas hechas en pocos años y al calor de negocios con el Estado en las últimas dos décadas.

Contrataciones para obras de infraestructura mal hechas o nunca levantadas. Provisión de materiales para el mantenimiento o mejora de servicios públicos cuyo desempeño más bien se volvió paupérrimo. Importación de productos de baja calidad para satisfacer necesidades básicas de la población. La lista es larga y diversa, pero con un factor común: unos pocos privilegiados por los contratos millonarios fueron los ganadores, y las masas empobrecidas fueron las perdedoras.

Todo esto ocurrió bajo la égida de un movimiento político que se presentó al país como el redentor de los humildes y el terror de la “avaricia capitalista”. Que pontificó ad nauseam contra las supuestas depravaciones de la riqueza, a las que culpó por la peor suerte de otros, y prometió una sociedad igualitaria y verdaderamente inclusiva.

Pero detrás de toda esa retórica, copiada de los textos de Karl Kautsky y Eduardo Galeano y mezclada caóticamente con la prosa bolivariana y otros elementos del patriotismo venezolano, estaban aquellos contratos. Y algo más. El movimiento de los fondos y el estilo de vida devenidos de los contratos. Ambos documentados igualmente por Armando Info y otros periodistas de investigación.

Veamos primero las transacciones, por ser los mecanismos intermediarios entre la generación de capital en los negocios con el Estado y el delicioso consumo posterior de los recursos. Abordemos el tema con una aseveración a primera vista digresiva: somos el país más caribeño de Suramérica. Veneramos nuestros viajes a Cuyagua o Margarita en Carnaval y Semana Santa. Bebemos ron y lo hacemos del bueno. Nuestro deporte tradicional es el béisbol. Nos encanta la salsa. Nuestra gastronomía es similar a la de las Antillas. En fin, ustedes me entienden.

Pero, a cierto grupo de venezolanos pudientes hay otra cosa del Caribe que le fascina: paraísos fiscales. Por alguna razón, así como Henry Morgan, Edward “Barbanegra” Teach y otros filibusteros recorrieron estas costas en busca de botín y sitios donde ocultarlo, hoy el Caribe tiene una concentración inusualmente alta de lugares donde se puede guardar mucho dinero sin que nadie se entere. Solo que ahora no son huecos en la arena, sino compañías huecas. Empresas fantasmas sin personal ni actividad, con el único propósito de conservar o mover plata. Adentrarse en el mundillo de fortunas venezolanas hechas en revolución es pasar por redes complejas de compañías de maletín registradas en las Islas Vírgenes Británicas o Barbados, así como por los bufetes de abogados en Panamá con prácticas éticamente dudosas que las registran.

A veces, los registros de esos escritorios jurídicos se filtran. Nunca faltan venezolanos ahí. De hecho, en la última de ellas, los llamados Pandora Papers, Venezuela está entre los diez países con más ciudadanos que registraron empresas en paraísos fiscales.

Las únicas naciones que la superan tienen poblaciones mucho más grandes, lo que significa que el porcentaje de venezolanos escondiendo su dinero es relativamente bárbaro. Imaginen lo que eso dice en el contexto de uno de los Estados de todo el mundo con la peor transparencia en sus finanzas públicas.

Por último, tenemos el lifestyle de los señores. En el argot marxista de sus socios, pudiera decirse que es totalmente “burgués”. Y en su jerga farsescamente nacionalista, “apátrida”. Porque resulta que estos individuos tienen una inclinación fuerte hacia el asentamiento en Europa y Estados Unidos. Aunque algunos hoy justifiquen sus tratos con el régimen apelando a un pretendido amor por Venezuela que no distingue entre gobiernos o ideologías, no se quedaron para ver el fruto de esa colaboración. Es de suponer que tantas cosas, digamos, feas los desalentaron. Como dice Arendt, el mal es banal y quienes obran de muy mala manera son personas bastante ordinarias. No debe sorprendernos entonces que los individuos en cuestión tengan las mismas aspiraciones de comodidad y dolce vita que todos albergamos. Prefirieron la tranquilidad y confort de los países desarrollados, dejando atrás otro que, más que empobrecerse, experimentó una catástrofe humanitaria muy difícil de igualar.

Y así, la riqueza de los susodichos fue trasplantada a las zonas más exclusivas de Madrid y Miami. Apartamentos en Chamberí, Salamanca, Brickell y Sunny Isles Beach. Mansiones en La Moraleja y Wellington. Este es, a propósito, otro aspecto de la rusificación postsoviética de la política venezolana, a la par de la perestroika bananera: una nueva casta oligárquica con predilección por ciudades más chic y lujosas que las de su país. Londres, en el caso de los eslavos. Las urbes en el corazón de Castilla y el sur de Florida, en el caso de los venezolanos.

Agreguen a eso los caballos de carrera, los carros deportivos, los yates y las obras de arte seleccionadas con la atención más puesta en sus abultados precios que en las mismas obras. Ah, y las esposas trofeo. Porque, dicho sea de paso, casi todos estos individuos son hombres, con preferencias maritales por las modelos de concurso y las animadoras de televisión. De nuevo, la ostentación ante todo, con no poco de machismo en este caso.

En fin, son arquetipos junguianos del nouveau riche, predispuestos a adquirir todos los elementos del estilo de vida de las elites socioeconómicas venezolanas, a menudo con excesos y anacronismos estéticos que delatan el mal gusto subyacente.

Este arquetipo es expuesto a cabalidad por Antonio Llerandi en su película Adiós, Miami (1984), protagonizada por Tatiana Capote y Gustavo Rodríguez. Este último hace el papel del empresario corrupto que, luego de lucrarse a costa de la República, intenta gozar al máximo de los beneficios como un playboy latinoamericano en Florida. Hoy los deseos aristocráticos no han cambiado. Pero al menos entonces su realización no era incubada por una gallina de plumaje rojo que cacarea un discurso de socialismo revolucionario.

Nada de lo referido en esta columna lo sabríamos de no ser por el valiente periodismo de investigación venezolano, que bastante acoso del poder ha recibido. Respondamos con nuestro apoyo, porque seguramente queda mucho por contar en esta historia de revolución y fortunas.

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Alejandro Armas Oct 22, 2021 | Actualizado hace 1 mes
El fondo, por Alejandro Armas
Los autores de la #Encovi no creen que la pobreza siga aumentando. Luis Pedro España dijo específicamente que habíamos alcanzado un ‘techo’, es decir, llegamos al fondo. No podemos seguir cayendo

 

@AAAD25

Entre las ofensas más recurrentes que he recibido en Twitter, la red social en la que me mantengo más activo, están algunas relacionadas a mi condición de egresado de la Universidad Católica Andrés Bello. Para los chavistas, eso me hace un “sifrinito burgués”. Para la extrema derecha criolla, un «adoctrinado por jesuitas progres financiados por George Soros”. No soy de esos exalumnos intolerantes a la crítica a su alma mater, pero sí me enorgullece mi vínculo con la UCAB. Me enorgullece lo que la universidad representa y hace.

Apenas una entre tantas labores de la UCAB que me llenan de satisfacción es la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) que hace cada año. Creo que esta es la investigación más exhaustiva y minuciosa sobre las condiciones de vida en Venezuela. Eso es algo más que encomiable, considerando la desaparición de cifras oficiales del Estado en la materia, un intento del chavismo por ocultar la magnitud del daño hecho a la nación.

La Encovi 2021 fue publicada a finales del mes pasado. De inmediato quise escribir algo al respecto en esta columna, pero otros compromisos me impidieron hacerlo antes. Los resultados de la encuesta, al igual que los de años anteriores, son espeluznantes. Pero nos permiten extraer conclusiones valiosas sobre nuestra situación actual y futura.

Hay dos que a mi juicio son las más relevantes. Examinémoslas.

En primer lugar, vemos el reflejo social de una hecatombe económica acumulada en siete años de desplome del producto interno bruto. Nuestra economía es un cuarto de lo que era hacia 2013 y, ergo, 94,5 % de la población es pobre de ingresos, según la Encovi. Esta es la confirmación en cifras de la cuasi extinción de la otrora pujante clase media venezolana. Solo un porcentaje ínfimo de conciudadanos gana lo suficiente como para vivir en relativa comodidad.

Si creen que la gran mayoría de estos nouvelles pauvres es “gente pelando en quintas de urbanización venidas a menos”, se equivocan. La “pobreza multidimensional”, como se denomina en el estudio a aquella que tiene en cuenta variables como vivienda, servicios y educación, es de 65,2 %. La pobreza extrema es de 76,6 %.

Los números son cónsonos con investigaciones de psicología social que han hallado un cóctel de sentimientos negativos como elemento dominante entre venezolanos: tristeza, rabia, miedo, frustración, etc.

Llevamos entre dos y tres años de perestroika bananera y sin embargo los indicadores sociales siguen siendo terribles. Por supuesto, subir aunque sea un poco luego de semejante caída es difícil. Agreguen a eso el detallito de la covid-19 y sus efectos económicos. Sea cual sea la causa, no hay una recuperación incluyente en marcha. Las masas empobrecidas tendrán uno que otro alivio, pero el grueso de los beneficios los percibe solo la minoría cuyos negocios sobrevivieron el tsunami rojo rojito.

Pero he aquí la segunda conclusión. Los autores de la Encovi no creen que la pobreza siga aumentando. Luis Pedro España, encargado de la sección sobre el empobrecimiento, dijo específicamente que habíamos alcanzado un “techo”.

Eso, por supuesto, no es señal del inicio de un milagro económico como el de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Simplemente llegamos al fondo. No podemos seguir cayendo. Hasta las peores tragedias socioeconómicas son parte de ciclos. Llega un momento cuando la tendencia hacia abajo se agota. Queda muy poco de actividad, pero queda al fin, con todo lo que ello supone para los pocos afortunados que la realizan.

Ese «techo de pobreza» es el correlato social del «lo peor ya pasó» del que hablan los economistas. No estamos bien. Estamos relativamente estables, pero en el subsuelo.

Tal vez no mejoremos, pero tampoco veremos escenarios aun más apocalípticos que los de 2017-2018. Hay implicaciones no solo macro y microeconómicas, sino también psicológicas. No es lo mismo estar en caída libre, con la ansiedad de desconocer cuán profundo se puede caer, que estar ya en el fondo, herido por el impacto, pero con pies en la tierra y algo de perspectiva para el futuro.

Entender todo esto es importante para trazar una estrategia con miras al cambio político. Porque, sí, buscar ese cambio sigue siendo un deber moral. Sin él, la posibilidad de una recuperación para todos es muy poca. Hay unos pocos privilegiados que limpiamente evitaron caer en la pobreza. No me opongo a que gocen de su suerte, pero creo que no deben olvidarse de ese más de 90 % que la está pasando mal y que la seguirá pasando mal.

Claro, al final la responsabilidad definitiva recae en la dirigencia opositora. Si ella no tiene un plan, no puede esperarse que terceros se activen. Solo pido que nadie se duerma en una burbuja. Que todos estemos prestos para cuando llegue un nuevo esfuerzo grande por el cambio. No quiero llegar a viejo con mi país así. Como el personaje de Dostoyevsky, no quiero escribir mis memorias desde el subsuelo. Merecemos algo mejor.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Cuando libertad individual y dignidad humana chocan, por Alejandro Armas
Es inevitable que la libertad individual y la dignidad humana choquen cuando se trata de discriminación

 

@AAAD25

Hace unas semanas, una pizzería normal y corriente de Caracas fue escenario de un triste episodio. Difícilmente algún venezolano muy activo en redes sociales no se enteró. Pero en caso de que algún lector de esta columna no esté al tanto, vaya un resumen de los hechos. Un comensal denunció que él y su acompañante fueron expulsados del ristorante porque estaban bailando y, al tratarse de dos hombres, ello no gustó al propietario, pues “iba contra la atmósfera familiar”.

Un caso típico y nada original de homofobia, pues. En cuestión de pocos días, las consecuencias llegaron por oleadas. Manifiestos masivos de repudio en redes sociales. Una pequeña protesta de activistas Lgbtiq en el propio local. Una sanción pública. Venezuela es un país bastante atrasado en cuanto a derechos de las personas sexodiversas. Sin embargo, el municipio Chacao, donde está la pizzería en cuestión, tiene una ordenanza contra la discriminación por razones de género, la cual fue puesta en práctica. Los responsables fueron penados con labores comunitarias. Terminaron pidiendo disculpas a los perjudicados.

Pero a los señores de “La Vera Pizza” no les faltaron asimismo defensores. Desde trogloditas rabiosamente homofóbicos, con su moralina reaccionaria y fanatismo religioso, hasta personas que aseguran no tener prejuicios contra la sexodiversidad y se refugiaron en argumentos un poco más sofisticados y difíciles de rebatir. Para ellos, es ilegítimo que el Estado intervenga para obligar a un individuo a aceptar la presencia de ciertas personas en un local privado. En el entorno público, dicen, semejante exclusión es siempre arbitraria, pero no en la propiedad privada de alguien, a quien no se le puede imponer una visión ajena del mundo, por más que la de esa persona nos parezca aborrecible. Que las personas discriminadas vayan a donde sí los aceptan o que monten sus propios locales.

Son por supuesto indignas de debate las razones ramplonamente homofóbicas. Pero la segunda categoría de justificación de los dueños de la pizzería es, como dije, más compleja y capaz de atraerse gestos de asentimiento. Es a ella a la que dedico una respuesta crítica. Me parece una maravillosa oportunidad para exponer postulados filosóficos, no en función de reflexiones metafísicas con las que a menudo se asocia este tipo de pensamiento, sino de cuestiones muy concretas y terrenales que todos podemos apreciar en nuestra cotidianidad.

No hay nada novedoso en la apología liberal de estructuras de apartheid. Murray Rothbard y sus acólitos anarcocapitalistas se opusieron totalmente y desde un principio a las leyes de derechos civiles que prohibieron la discriminación racial en Estados Unidos en los años 60. Les resultaba “tiránico” que el dueño de un negocio privado tuviera que atender a personas de raza negra, contra su voluntad. O que se le imponga un criterio purgado de discriminación racial en su selección de empleados. Es decir, para estos liberales radicales, la libertad del individuo es tan inviolable, que ni siquiera cuando el resultado es un sistema social monstruosamente injusto se la puede restringir.

Es inevitable que la libertad individual y la dignidad humana choquen cuando se trata de discriminación.

Hay un choque de derechos, que es de las situaciones más difíciles para ejercer el juicio político. Pero si la praxis priva sobre el dogma, creo que la privacidad de un negocio no justifica las prácticas discriminatorias.

Hablo de «praxis sobre dogma» porque la experiencia empírica nos muestra que la permisividad con los sistemas discriminatorios tiene efectos psicológicos negativos sobre el grupo discriminado. Es terriblemente angustiante para alguien tener dudas con respecto a que sea admitido, o no, en un lugar debido a su identidad, a algo de lo que no puede desprenderse. Piensen nada más en todo el tiempo y esfuerzo perdido que a veces pudiera acarrear buscar un lugar donde dicha identidad sea tolerada. Eso por no hablar de la sensación humillante que implica el rechazo. Hasta consecuencias físicas pudiera tener. Imaginen que una persona se traslada de emergencia a la clínica más cercana, solo para que le nieguen atención porque “ahí no aceptan transexuales”.

La tolerancia de estas prácticas prejuiciosas también crea sociedades disfuncionales, llenas de fobias y resentimientos. Al mantenerse los que discriminan y los discriminados siempre segregados, las posibilidades de que los primeros reparen en que realmente no hay nada malo en los segundos son mínimas. Es un círculo vicioso de repulsión y discriminación, del cual los estigmatizados tarde o temprano se hartan. Buscarán cambiar las cosas por cualquier medio posible. Por algo la segregación en el sur de EE. UU. y el apartheid sudafricano terminaron siendo inviables y colapsaron. Si los portadores del poder no se hubieran dado cuenta de cuán peligroso era el statu quo racista, las repercusiones para esos dos países pudieron haber sido escalofriantes en términos de conflictividad social.

Así que en estos casos, el costo de la libertad individual como valor absoluto es demasiado alto. No importa el lente moral. Si es deontológico, todo lo expuesto en los párrafos anteriores en cuanto a sufrimiento de los afectados debería bastar. Si es utilitario, piénsese en la conflictividad social que pone en peligro el desarrollo mismo de la economía y el disfrute privados. El Estado fue creado precisamente para evitar tal cosa, nos dice Hobbes. Solo el liberalismo más inflexible y recalcitrante lo desconoce a pesar de todo.

¿Significa esto que el derecho de las personas a disponer de sus bienes no aplica en ninguna circunstancia cuando de discriminación se trata? No. Obviando el deber de los padres para con sus hijos menores de edad, creo que el derecho a discriminar y excluir solo aplica a la residencia privada. Un negocio podrá ser privado, pero al estar abierto al público, tiene otras consideraciones éticas.

Sí, hay algo llamado derecho de admisión. Pero me parece que lo que debe guiar ese derecho es el Principio del Daño de J. S. Mill. O sea, que solo se pueda excluir a lo que demostrablemente perjudica al negocio o a su clientela. A su vez, ese perjuicio tiene que ser empíricamente comprobable. No puede partir de explicaciones sin fundamento racional (e.g. religiosas). Como señala Martha Nussbaum, la repulsión moral sin fundamento empírico no basta.

Entonces, el dueño de un restaurante puede echar de su negocio a alguien por gritón, ya que eso amarga la experiencia de los clientes y desalienta su regreso o recomendaciones. Pero no porque baile con otra persona de su mismo sexo, ya que no hay demostración empírica de que eso perjudique a terceros.

Este es un debate abierto y nada de lo que he escrito es exhaustivo. Hay otros tipos de entes privados a los que pudieran aplicar otros criterios, como por ejemplo las asociaciones de culto. Pero para los que tienen como único propósito el lucro, la discriminación por género es inadmisible. Vivan y dejen vivir. Dejen comer pizza también a todo el que pueda pagar.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Alejandro Armas Oct 01, 2021 | Actualizado hace 2 meses
El ejemplo alemán, por Alejandro Armas
La reafirmación de apoyo a la democracia liberal y la marginación de los extremos por parte de la ciudadanía alemana en las elecciones del domingo es admirable

 

@AAAD25

“Keine experimente!” (“¡Nada de experimentos!”). Hace 64 años, esta proclama estampó por doquier las calles de la República Federal de Alemania. Sobre ella, el rostro de un hombre visiblemente maduro. Había campaña electoral, y el caballero de los afiches era el canciller Konrad Adenauer, invitando a sus conciudadanos a votar por su reelección.

La consiguió, cómodamente. ¿Cómo no lo iba a lograr? Alemania Occidental estaba experimentando un verdadero milagro económico que la catapultaría a la cúspide del desarrollo y la prosperidad entre las naciones europeas. Ello a pesar de que tan solo una década antes el país estaba en ruinas como producto de la Segunda Guerra Mundial. También se había convertido en una democracia modelo, mucho más sólida que la frágil República de Weimar, a pesar de estar rodeada hacia el este por regímenes comunistas hostiles, incluyendo a su propia gemela germana y satélite de la URSS.

Sin duda, el llamado conservador de Adenauer a evitar los experimentos no es muy apasionante. Por naturaleza, a los seres humanos nos excita lo nuevo y lo que no se ha probado. Quienquiera que haya escrito el Génesis tuvo la sagacidad de poner esta curiosidad en nuestra esencia misma, haciéndonos indignos del Edén divino y, por tanto, humanos. Las arrugas y canas del canciller acompañando la advertencia son el complemento gráfico perfecto al texto. A primera vista pudiera parecer aburrido. Fastidioso incluso. Es como si el abuelo nos conminara a abstenernos de las experiencias (palabra que no en balde comparte etimología con “experimentos”) que la juventud reclama.

Pero lo desconocido nos produce algo más, aparte de fascinación: miedo. Justamente porque no sabemos lo que puede salir de la interacción con el misterio, nuestra aproximación es dual. Queremos que nos dé satisfacción pero también tememos que nos haga daño, como si las pulsiones freudianas de Eros y Tánatos nos sacudieran simultáneamente.

A veces el miedo produce el peor tipo de política. La que, en nombre de la supresión de un peligro real o imaginado, termina suprimiendo la libertad y la democracia. Pero a veces el miedo tiene consecuencias positivas en este ámbito. Como cuando se teme perder un progreso o caer en manos de gobiernos nefastos.

No es de cobardes advertir sobre los riesgos de ciertos experimentos políticos.

Aristóteles nos enseñó que la negación virtuosa de la cobardía no es ser temerario, no es no temerle a nada, sino saber administrar el miedo de forma razonable. El miedo nos resguarda de fuerzas destructivas a las que no es necesario exponerse. Es un instinto de conservación de nuestra vida y nuestra felicidad.

Es así como el mensaje de Adenauer en esas elecciones deja de parecernos tedioso y podemos comprender que los alemanes le hicieran caso al abuelito prudente. Tenían mucho que perder si se ponían muy experimentales. Su nación apenas había comenzado a recuperarse de los traumas del Tercer Reich y necesitaba a un líder que mantuviera la senda hacia un futuro prometedor, en vez de volver al pasado horrendo. También un líder que supiera ser firme ante la hostilidad de los vecinos marxistas. Adenauer, en el afiche, representaba ese liderazgo. Alguien que sin ser judío ni miembro de ningún otro grupo “indeseable”, vivió en carne propia la persecución y las mazmorras del nazismo, debido a sus convicciones democráticas. También alguien que tuvo las agallas para no tambalearse cuando desde Berlín Oriental se amenazó con reunificar Alemania bajo la bandera del martillo. Ahora, el señor del afiche se ve como un Marco Aurelio del siglo XX, un mandatario que reúne las virtudes de la sabiduría estoica, incluyendo la templanza para apartarse de experimentos locos.

Hoy es válido decir que el espíritu de Adenauer y su “Keine experimente!” se mantiene vivo entre los teutones. El domingo pasado hubo elecciones en Alemania, que pusieron fin a una era, y al mismo tiempo no lo hicieron. El gran cambio es el retiro de Angela Merkel, quien por 16 años había sido canciller y decidió no buscar la reelección. Se va con un legado imperfecto, como cualquiera, pero que cualquier estadista envidiaría.

Durante su gobierno, Alemania se volvió aun más próspera que lo que era antes y se consolidó como líder de facto de la Europa Continental.

 Aunque Merkel jamás fue una gobernante personalista, la potencia de su liderazgo deja una sensación de vacío ahora que está de salida.

Paradójicamente, la cara conservadora de este fenómeno dual subyace el hecho de que muy probablemente se formará un nuevo gobierno encabezado por otro partido. La Unión Democristiana (CDU), organización que bajo la dirección de Merkel dominó la política alemana por más de década y media, sufrió una fuerte derrota, demostrando así que el prestigio de un mandatario popular no siempre lo heredan sus correligionarios. El hombre de la noche fue Olaf Scholz, candidato del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), que fue el más votado, pero lejos de una mayoría absoluta. Hablamos de una república parlamentaria, así que los partidos tendrán que negociar para formar un gobierno de coalición. Scholz es quien está mejor posicionado para hacer tal cosa.

Pero Scholz no es ningún advenedizo. De hecho, ¡es parte del gobierno actual! Es ni más ni menos que el vicecanciller y ministro de Finanzas de Merkel. Desde 2013, la CDU, de centroderecha, y el SPD, de centroizquierda forman un gobierno de coalición. Estos son los dos partidos que han predominado en la República Federal de Alemania desde su fundación en 1949. Todos sus cancilleres vienen de uno o del otro.

En otras palabras, abrirle las puertas a un nuevo gobierno encabezado por Scholz es un espaldarazo al establishment. Es dar un giro, sí. Pero un giro moderado. Los alemanes están satisfechos con todo lo que han logrado como nación desde el fin de la guerra, pasando por la caída del Muro de Berlín hasta llegar a su estatus actual de país entre los más estables y ricos. Así que recompensan al statu quo político con continuidad.

Aparte del SPD, los que aumentaron su número de curules en el Bundestag fueron el Partido Libre Democrático, de tendencia liberal clásica, y los Verdes ecologistas. Ellos pudieran ser los socios de Scholz en una coalición gobernante. Ya lo fueron en gobiernos anteriores. De nuevo, nada de outsiders. Nada de experimentos.

En cambio, los partidos radicales vieron sus cifras caer. Alternativa para Alemania, organización ultraconservadora e intolerante, perdió escaños luego de una irrupción sorprendente en el parlamento en 2017. Peor suerte aun tuvo Die Linke, que amalgama a la izquierda posmoderna y populista bajo la engañosa rúbrica de “socialismo democrático”.

La reafirmación de apoyo a la democracia liberal y la marginación de los extremos por parte de la ciudadanía alemana es admirable. Ocurre en un contexto en el que fenómenos de vocación autoritaria se las ingenian para tomar el poder, bien sea en solitario, como Donald Trump en Estados Unidos, o en alianza con elementos moderados que vergonzosamente se asocian como ellos, como Podemos en España, de la mano del PSOE.

Solo puedo esperar que más países sigan el ejemplo alemán. Si los experimentos van contra el orden democrático, pues repitamos la consigna de Adenauer: Keine Experimente!

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es