Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

De migrantes a peones, por Alejandro Armas
Es muy deprimente que venezolanos trumpistas tengan nula empatía con sus compatriotas empobrecidos y se pongan del lado de los poderosos que abusaron de ellos

 

@AAAD25

No hace mucho, The New York Times hizo un ejercicio muy interesante y pertinente: una serie de artículos, escritos por sus columnistas estrella, reconociendo aquello en lo que se equivocaron en artículos previos. Hoy comenzaré con algo parecido. En 2020, hablando con mis amigos sobre dos éxodos simultáneos, el de centroamericanos rumbo al norte y el de venezolanos rumbo al sur, descarté que mis conciudadanos le siguieran los pasos a guatemaltecos, salvadoreños y hondureños tratando de llegar a Estados Unidos. Lo vi como un trayecto demasiado largo y costoso para los paisanos.

Vaya que me equivoqué. Subestimé lo que ese 90 y tanto por ciento de venezolanos que cayó en la pobreza estaría dispuesto a hacer con tal de huir, en un contexto en el cual los países de más fácil acceso se volverían cada vez más restrictivos. No pensé que tantos decidirían cruzar esa selva infernal llamada Darién. No pensé que tantos se pondrían en manos de los “coyotes” que al primer pitazo abandonan a su suerte a sus desdichados clientes.

Ahora, los venezolanos están llegando en volúmenes sin precedentes hasta el Río Grande. Más de 25.000 entraron a Estados Unidos desde México solo en agosto. Un nuevo récord. Y se están haciendo notar. Lamentablemente no es por su miseria y desesperación en sí mismas, ni por las causas de su travesía indisolublemente ligadas con la ruina política y económica de Venezuela en los últimos 23 años. No, es por la forma en que han sido tratados por las autoridades norteamericanas, con un trasfondo de polarización abismal entre las dos grandes fuerzas políticas de ese país, los republicanos y los demócratas.

La inmigración de personas indocumentadas es uno de los temas que más polarizan. Esta columna no es lugar para un análisis detallado de las posturas de cada partido. Basta tener en cuenta que, en general, los republicanos son más restrictivos a la inmigración y reacios a ver en su país grandes cantidades de extranjeros, mientras que los demócratas son más permisivos y abiertos a la multiculturalidad. Es un tema complejo en el que no hay lugar para posturas maniqueas (si leyeron la última emisión de esta columna, ya sabrán lo que pienso de las posturas maniqueas). Vamos entonces por partes, tratando de describir lo más desapasionadamente posible la situación y sus implicaciones éticas.

El hecho es que Estados Unidos está recibiendo un flujo migratorio inmenso, del cual los venezolanos son parte. Los republicanos acusan al gobierno de Joe Biden de ser demasiado permisivo con los inmigrantes indocumentados, lo cual estimula el ingreso en un volumen tal que los entes encargados de atenderlos a menudo no se dan abasto. En esto hay verdad. Sea cual sea la razón, Biden, al ser presidente, es responsable de recibir a esas personas de la manera más ordenada posible, y no lo está haciendo. Texas, por razones geográficas obvias, es uno de los principales puntos de entrada a Estados Unidos desde México. Se puede entender entonces que su gobernador republicano pretenda que otros estados compartan la responsabilidad de hacerse cargo de los migrantes.

Si la cosa hubiera sido hasta ahí, los republicanos tendrían un buen punto. Pero resulta que la cosa no fue solo hasta ahí. La forma en que los migrantes venezolanos fueron trasplantados a lugares donde, a diferencia de Texas, los votantes suelen favorecer abrumadoramente al Partido Demócrata y por lo tanto se presume que serían más receptivos con los migrantes, niega cualquier tesis de que los traslados estuvieron únicamente motivados por consideraciones logísticas y de preocupación por el bienestar de una población vulnerable.

Para empezar, a un grupo lo mandaron derechito a la entrada de la residencia de la vicepresidente Kamala Harris, en Washington. Biden puso a Harris a cargo de la situación fronteriza, por lo cual se le asocia, con razón, con el fracaso gubernamental en la política migratoria. Pero al llevar a esas personas a un lugar tan políticamente simbólico, queda claro que el propósito fue hacer un show politiquero de pésimo gusto. Se nota a leguas que lo que Gregg Abbott, gobernador de Texas en campaña por la reelección, quiso hacer es enviar un mensaje de cowboy y tipo duro a los votantes más opuestos a la inmigración, para dejarles claro que el problema puede ser usado para burlarse de los demócratas. Los venezolanos que sus agentes abandonaron a su suerte en las calles de la capital norteamericana son solo peones irrelevantes para la trama. Piezas de utilería en ese teatro barato para que Abbott, el protagonista, se luzca ante el público.

Luego tenemos al señor Ron DeSantis, gobernador de Florida y una de las máximas estrellas en ascenso entre las filas republicanas, al punto de ser considerado el único que pudiera disputarle a Donald Trump la postulación partidista para la presidencia en 2024. Lo increíble es que maniobró, no para sacar de su estado, y así aliviar una carga excesiva, a venezolanos en Miami, ¡sino en San Antonio! Es decir, también en Texas. Le echó una mano a Abbott deshaciéndose de ellos. Eso evidencia aun más la intención histriónica, como también, de nuevo, el destino que les deparó: la isla de Martha’s Vineyard, una popular zona de veraneo para estadounidenses acomodados en Massachusetts.

La apuesta era demostrar cómo los habitantes de la isla, que suelen votar por demócratas por amplio margen, reaccionarían con rechazo a lo que Zygmunt Bauman llamó (en tono de denuncia a los que piensan así, entiéndase) los “babosos extraños” y hacerlos quedar como unos hipócritas por cuestionar las actitudes antimigratorias de los republicanos. En realidad, los migrantes tuvieron una acogida cálida en Martha’s Vineyard. Voluntarios les brindaron un techo temporal y servicios para atender sus primeras necesidades. Luego los enviaron a una base militar, lo cual efectivamente usaron los defensores de los ardides republicanos para demostrar su punto. Pero resulta que en aquella base pueden ser mejor atendidos que en refugios improvisados. Además, está en el mismo estado de Massachusetts (que por cierto tiene un gobernador republicano, pero no adicto al populismo conservador de Trump, DeSantis y compañía).

Todo empeora cuando se tiene en cuenta que, según investigaciones periodísticas, a los migrantes se les atrajo con promesas de refugio y empleos. Es decir, jugaron con las expectativas de una gente que acaba de atravesar un verdadero infierno, que estaba agotada y desorientada.

No hay forma de justificarlo, pero aun así algunos venezolanos enamorados del Partido Republicano, dentro y fuera de Estados Unidos, lo intentaron. Su principal pretexto fue la condición de “inmigrantes ilegales” de los afectados. Esto es falso. Al entregarse a las autoridades y solicitar asilo, estos venezolanos perdieron el estatus de ilegalidad. Los tribunales deberán decidir ahora si les conceden el asilo, lo cual puede tardar años. Mientras tanto, pueden permanecer en el país y trabajar. Es increíble, y muy deprimente, que venezolanos con tal de mantenerse plegados a agendas militantes tengan nula empatía con sus compatriotas empobrecidos, se pongan del lado de los poderosos que abusaron de ellos y repitan como loros el vocabulario errado de la derecha norteamericana más intransigente en materia migratoria, con todo el estigma que esas palabras cargan.

Los migrantes venezolanos lo arriesgaron todo para huir de una economía arruinada por el cuasi estalinismo tropical. Sus conciudadanos admiradores del Partido Republicano, que tanto dicen detestar la izquierda, deberían ser los primeros en ser solidarios. Otro tanto puede decirse de Abbott, DeSantis y el grueso de su partido, a quienes les encanta acusar a los demócratas de tener una visión marxistoide que convertirá a Estados Unidos en otra Cuba u otra Venezuela. Ah, pero cuando hay que recibir a personas que sí vivieron aquel trauma y que tanto pudieran advertir al respecto, les salen con una patada.

Por primera vez, la prensa estadounidense ha hecho escándalo con los migrantes específicamente venezolanos. Pero los medios afectos a los demócratas lo han hecho sobre todo para denostar de los gobernadores de Texas y Florida. Los afectos a los republicanos, para defender a aquel par. No parece haber mucho interés en los venezolanos propiamente dichos ni en la causa de su desplazamiento. En general, esa es la mentalidad del planeta. Qué tiempos tan duros nos tocó vivir, dentro y fuera de nuestra nación. Vaya mi mejor deseo para esos migrantes. Que consigan lo que buscan, y que el frío de su cercano primer invierno no los sorprenda en una calle.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La camisa de los conciertos no es negra, ni blanca, por Alejandro Armas
Juanes tendrá una camisa negra. Pero la camisa de los conciertos en Venezuela no es negra ni blanca. No se los debe juzgar de manera maniquea

 

@AAAD25

Debido a la complejidad del mundo que nos rodea, rara vez el maniqueísmo es un juicio acertado. La sensatez a menudo es un intento de rebatir posiciones extremas sobre un asunto de interés público cualquiera. Por definición, la moderación se ubica entre dos polos extremistas, por lo que la lucha suele ser en dos frentes. A veces surgen oportunidades excelentes para rebatir ambos polos a la vez. Para la inmensa mayoría de los cristianos contemporáneos, el Concilio de Calcedonia en el año 451 (d. C., obviamente) fue una de esas oportunidades. Al reafirmar la doctrina de la Unión Hipostática, quedó marginado tanto el nestorianismo, con su énfasis en la naturaleza humana de Jesús, como el monofisismo, que proclamaba una sola naturaleza en Cristo: la divina.

Descuiden. Esta columna no versa sobre teología cristiana (aunque debo decir que, pese a mi agnosticismo, hallo el tema fascinante por su impacto en el desarrollo de la cultura occidental). Aquel fue solo un ejemplo de oportunidad deliberativa. Hoy tenemos otro, mucho más profano. Es el de la discusión sobre la sucesión de conciertos musicales en Venezuela en 2022, luego de años como país paria en la materia. Aunque nuestra sociedad hoy está mayoritariamente desinteresada en la política, por frustración con el statu quo y una sensación de impotencia para cambiarlo, no debemos olvidar que antes de eso más bien hubo una hiperpolitización, con pocos ámbitos de la vida nacional exentos de vinculación con la política. Ese exceso se mantiene entre el puñado de venezolanos que aún prestan atención a la política y discuten al respecto.

Es así como el súbito, y aun francamente modesto, retorno de los conciertos de artistas internacionales a Venezuela se politizó también. Ocurrió como parte del surgimiento de dos polos en la opinión pública venezolana en la perestroika bananera. Uno se aprovecha de la relativa estabilización en el foso económico para pontificar que el cambio político en Venezuela no es ninguna urgencia, y de esa forma justificar la oposición prêt-à-porter. Para lograrlo, se dedica con tesón a buscar “buenas señales”, mejoras en la calidad de vida del venezolano, que atribuye a las reformas restringidas que el chavismo emprendió en 2019. El otro polo más bien se niega a reconocer cualquiera de los cambios e insiste en actuar como si siguiéramos en 2018, cuando la crisis socioeconómica venezolana alcanzó su peor etapa.

No pueden ver que alguien en el país tenga un momento de felicidad o goce material porque estallan en acusaciones furibundas de dinero sucio usado para costear esos deleites, y de una campaña propagandística con toda la intención de mostrar que “Venezuela se arregló”. Porque, según esta lógica, si los habitantes de este país no somos misérrimos las 24 horas del día, las 365 jornadas del año, nadie se apiadará de nosotros ni vendrá a rescatarnos del régimen.

Cada uno de estos enfoques tiene su opinión sobre los conciertos. Para la oposición de mentira, son otra muestra más de que Venezuela está mejorando al punto de que podemos confiar en que el statu quo seguirá transformándose para bien de todos, por lo que pretender un cambio político es “radical” y “maximalista”. Por el contrario, los, llamémoslos así, fetichistas de la depresión señalan que los conciertos son parte de un plan macabro del chavismo para evitar que la gente piense en política. Una ilusión al mundo feliz de Huxley. El mismo opio que, Marx dixit, se le brinda a los oprimidos, pero con versos de Ana Torroja o Wisin y Yandel, en vez de versículos del Evangelio de Lucas. Los que asisten serían entonces imbéciles que no notan el engaño, o miembros de la nueva casta oligárquica que son parte de la tramoya en primer lugar.

He aquí nuestros polos maniqueos. ¿Y la oportunidad para desmentirlos en simultáneo cuál es? Pues nos la brinda el señor Juan Esteban Aristizábal Vásquez, mejor conocido por su nombre artístico “Juanes”. Su presentación en Caracas hubiera ingresado con facilidad a la de artistas más reconocidos internacionalmente que han venido al país este año. Ah, pero después de un gesto en contra desde la elite gobernante, recordando las críticas del cantautor colombiano al chavismo, el evento fue cancelado sin explicaciones.

Queda así claro que el regreso de los conciertos tiene un límite: artista que haya criticado a la elite gobernante, probablemente no entra para acá. Supongo que podemos olvidarnos entonces de ver a Alejandro Sanz o Rubén Blades. Viendo el problema en su justa dimensión, es otra cachetada de realidad para los traficantes de conformismo. Un recordatorio de que mientras en Venezuela no haya Estado de derecho y la ley sea lo que al chavismo le venga en gana, este siempre nos hará de alguna manera la vida de cuadritos a los ciudadanos comunes.

Por otro lado, la suerte del concierto de Juanes no calza precisamente con la tesis de que todos estos eventos son organizados y financiados por el propio chavismo. Así que es momento de bajarle dos a esa paranoia que ve al PSUV detrás de todo lo positivo que ocurra en Venezuela, para así negar su propia positividad.

Nada de esto es muy difícil si se les rehúye a los extremos perceptivos. Los venezolanos no tenemos por qué ser infelices todo el tiempo mientras no se dé el cambio político.

Tenemos derecho a entretenernos y a darnos gustos, siempre y cuando sea con el producto de nuestro sudor. Así que no hay nada de malo con la disponibilidad de ofertas que satisfagan esas necesidades. Al contrario, es bueno que haya conciertos, montajes de teatro, restaurantes nuevos y demás. Lo importante es que no nos dejemos deslumbrar por todo esto y recordemos que el esfuerzo por la restauración de la democracia debe seguir. Porque solo cuando se cumpla ese objetivo, podremos aspirar a vidas plenamente dignas.

Juanes tendrá una camisa negra. Pero la camisa de los conciertos en Venezuela no es negra ni blanca. No se los debe juzgar de manera maniquea.

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Falleció Gorbachov. ¿La perestroika bananera también?, por Alejandro Armas
Muchos venezolanos se preguntan si, en vista del tumulto económico de las últimas semanas, la perestroika bananera habrá muerto junto con el creador de la perestroika original

 

@AAAD25

No creo que Mijaíl Gorbachov pensara a menudo en Venezuela, un país que tuvo muy poco que ver, si es que algo tuvo, con la carrera política del recientemente fallecido sepulturero de la Unión Soviética. En todo caso, sus pensamientos caribeños habrán sido acaparados por Cuba, país que sí visitó en 1989 por razones obvias. Así que dudo mucho que fuera consciente de que la más reconocida de sus invenciones, para el vano intento de preservar el mamotreto marxista-leninista eurasiático, fuera usado como vaga referencia para describir un proceso de reforma económica en Venezuela. Me refiero, por supuesto, a la perestroika bananera, nombre informal y desdeñoso para la liberalización limitada y opaca de la economía venezolana por designios del chavismo, a falta de un término oficial que no existe porque sus responsables ni siquiera admiten públicamente que existe, mientras mantienen un discurso de socialismo revolucionario cada vez más hueco.

¿O quizá no? Muchos venezolanos se preguntan si, en vista del tumulto económico de las últimas semanas, la perestroika bananera habrá muerto junto con el creador de la perestroika original. Bien sea por incapacidad del chavismo para continuarla, por indisposición o por ambas. Tal posibilidad estremeció a no pocos habitantes de esta tierra desdichada. Porque a pesar de todos sus defectos y vicios, es evidente que la modesta recuperación económica que experimenta el país va de la mano con el retiro de controles gubernamentales. Así que la perestroika bananera, aunque mamarracha, es preferible al cuasi estalinismo tropical que la precedió. Nadie añora la hiperinflación, los anaqueles vacíos, las colas de horas para hacer mercado y la búsqueda de revendedores con nombre de insecto himenóptero.

El recuerdo fatídico de aquellos años lo invocó un dólar cuyo precio se disparó como no lo hacía en mucho tiempo, propinando así otra golpiza al bolívar que los “bolivarianos” juraron reivindicar como si no hubieran sido sus políticas las que lo pusieron en terapia intensiva para empezar. En agosto se reunieron todos los elementos meteorológicos para una tormenta perfecta. El gobierno atendió apenas uno de los reclamos justos de los docentes alzados en protesta y les pagó un bono que pretendía negarles. Pero ese desembolso y demás gasto público se dio en condiciones que expusieron cuán defectuoso sigue siendo el orden económico chavista, con todo y reformas.

Así, el influjo de bolívares coincidió con una activación del freno de mano a las ventas de dólares por la banca nacional, alimentada a su vez por BCV. De cara al típico hermetismo gubernamental, los mejores economistas del país han barajado distintas razones hipotéticas para esta súbita sequía de billetes verdes. Pero el hecho es que había muchos bolívares y pocos dólares. No hay que ser Paul Samuelson o George Akerlof para entender qué iba a suceder.

Quedando solo entonces el mercado paralelo, a muchos elementos en la cadena de suministros no les quedó más remedio que plegarse a su implacable ascenso. El resultado: la de agosto fue la inflación intermensual más alta en lo que va de 2022 (17,3 %, según el Observatorio Venezolano de Finanzas), reduciendo considerablemente la probabilidad de que la de todo el año sea de dos dígitos. Sigue siendo un aumento de precios muy lento si se le compara con los horrores de 2017 y 2018, pero, de todas formas, cuando casi todos los presupuestos individuales de los venezolanos son limitados, el dolor se hizo sentir. Por no hablar del pandemónium, en materia de inventario y marcaje, entre proveedores de bienes y servicios.

Nicolás Maduro y compañía, después de hacerse los desentendidos por unos días, notaron que su tan cacareada visión de nuevo progreso económico estaba siendo puesta en entredicho como nunca antes.

Pero, claro, en vez de admitir la necesidad de reformas estructurales y de acuerdos políticos con sus adversarios que reabran el acceso al crédito internacional, los miraflorinos ripostaron con un déjà vu de señalamientos contra el dólar extraoficial, sus marcadores digitales y los comerciantes que lo consideran en sus estructuras de costos. Como si el problema no fuera una insuficiencia abismal de divisas para el mercado oficial, tras la ruina del Estado por años de incompetencia y corrupción. Las acusaciones, no faltaba más, fueron acompañadas de amenazas a los chivos expiatorios. El fantasma de los controles de cambio y precios gritó “¡Bu!”.

Pero entonces, ¿efectivamente hay que tocarle un réquiem a la perestroika bananera? No me parece. Pese al discurso pretendidamente furioso de Maduro, las medidas tomadas no fueron particularmente nocivas. Sí, se despachó a los agentes de la Sundde para que verifiquen la adhesión a la tasa de cambio oficial en mercados y tiendas. Pero según aclaró en entrevista radiofónica Tiziana Polesel, presidenta de Consecomercio, no hubo sancionados por razones vinculadas con el dólar. Mientras tanto, el BCV volvió a intervenir con una inyección importante de divisas para su distribución inmediata. El paralelo retrocedió un poco y luego se estancó.

Así que los hechos de agosto no asesinaron a la perestroika bananera, pero sí expusieron sus inmensas vulnerabilidades y limitaciones. El gobierno logró frenar el descalabro. ¿Pero por cuánto tiempo? ¿Se pueden seguir quemando reservas de dólares? ¿Habrá fuentes para más divisas que mantengan la máquina en funcionamiento? La mayoría de los economistas se ha mostrado escéptica sobre una respuesta afirmativa a estas preguntas para el largo plazo.

Esta es una dosis de cruda realidad para los dedicados buscadores de “buenas señales” en la gestión gubernamental y demás traficantes de conformismo que pretenden negar la urgencia de un cambio político en Venezuela. Pero mientras esos señores guardaron silencio, otra especie de ciudadano hizo bastante ruido con su propio mensaje ponzoñoso. Me refiero a los que volvieron con la consigna tarada “¡Es que los comerciantes abusan! ¡Especuladores!”. Sin duda, un porcentaje de los que chillan tales necedades lo hacen por ignorancia. Hay otros que, no me cabe duda, entienden qué es lo está pasando y cuál es el verdadero responsable. Pero como les da miedo reclamarle, prefieren pagar su frustración con un elemento indefenso, el mercader, invitando así a su ruina con tal de poder comprar solo una vez (ya que después no queda nada). A estos, que son los peores, afortunadamente el poder arbitrario no los ha escuchado.

Pero no hay que confiarse. Ya vimos que cuando la situación se agrava, la elite gobernante característicamente culpa a los demás. Por esta vez, no pasó de lo retórico en tal sentido. La próxima, no se sabe.

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El “progresismo” es reformismo, por Alejandro Armas
¿Qué es lo que en realidad caracteriza al “progresismo”? El cambio. La reforma. Un término más apropiado para lo que se ha convenido en llamar “progresismo” es “reformismo”

 

@AAAD25

Se le atribuye a Freud haber sentenciado que “el primer ser humano que insultó a su enemigo en vez de tirarle una piedra fue el fundador de la civilización”. No hay que ser muy brillante para entender que, efectivamente, una ofensa verbal es mucho menos grave que una lesión física. El insulto puede ser hasta un arte que requiere astucia y sofisticación (Schopenhauer escribió todo un tratado en la materia). Empero, no debemos olvidar que sigue siendo algo que preferiblemente se evita, y que solo vale la pena pronunciar en situaciones de severa falla moral. Freud bien habrá detectado una mejora en los albores de la humanidad, pero a partir de entonces hemos seguido mejorando y en consecuencia no deberíamos volver a un tiempo en el que solo por abstenerse de lapidar al prójimo uno era virtuoso.

Eso es así en la política, un ámbito de la vida humana que inevitablemente provoca fricciones. Por ello, me alarma la tendencia de muchos políticos del siglo XXI hacia el gatillo alegre en la pistola verbal. Me inquieta que el debate de ideas en buena fe sea reemplazado por un intercambio de etiquetas peyorativas, por ese intento sistemático de descalificar y deslegitimar al adversario. Los venezolanos lo vimos con Hugo Chávez, pero no es para nada un problema endémico de Venezuela. Donald Trump, AMLO, Santiago Abascal, Cristina Fernández de Kirchner y un largo etcétera son otros ejemplos. Me choca además la pretensión de algunas personas de normalizar semejante degradación, bajo el alegato de que la política es conflictiva por naturaleza. Sí, la política es controversia, pero también es convivencia y negociación.

Uno de los tantos términos peyorativos que empobrecen el discurso político contemporáneo en castellano es “progre”.

Su empleo, casi siempre por personas con inclinaciones hacia la derecha conservadora, me ha llamado particularmente la atención por su vaguedad. Es obvio que se trata de una apócope de “progresista”, adjetivo o sustantivo que tiene unos dos siglos circulando. Pero en su acepción española contemporánea, se trata de un anglicismo. El referente es el estadounidense de izquierda posmoderna, con sus ideas socialistas en asuntos económicos, su abrazo a la diversidad sexual y ética y su hábito de hacer denuncias sobre justicia social. Basta con que alguien tenga alguno de estos rasgos para ser tildado de “progre”. Así, por ejemplo, es un “progre” quien simpatice con el feminismo y abogue por los derechos de las personas trans, aunque discrepe de la distribución equitativa de riqueza por el Estado. O viceversa.

Quienes usan el vocablo sostienen que en realidad no es un descalificativo, porque a fin de cuentas viene de gente que orgullosamente se identifica como “progresista” (como si no fuera obvio que la palabra fue tomada para darle un nuevo sentido, totalmente burlón y despectivo). Pero es cierto que en sus orígenes el término tenía solo connotaciones positivas y aún se usa de esa manera. Al caer en cuenta de ello, me hice las siguientes preguntas: ¿Tiene sentido que una ideología política se haga llamar “progresismo”? ¿Puede una ideología atribuirse el concepto de progreso con exclusividad?

Me parece que no. Ningún partido o movimiento político se declararía enemigo del progreso. Al contrario, todos dirán que lo buscan con tesón. En tanto concepto inequívocamente positivo, es natural que todas las ideologías políticas se crean a sí mismas como detentoras de las mejores directrices para el progreso. Creer, por lo tanto, que solo una tiene la clave, al punto de identificarse con el mismísimo concepto de progreso, es en el mejor de los casos pedantería inocua y, en el peor, clara muestra de talante autoritario.

No quiero equívocos. Suelo ser afín a los colores enarbolados en la bandera del “progresismo”. Sin aspirar a la etiqueta de “aliado”, simpatizo con el feminismo, al menos como lo entienden pensadoras como Martha Nussbaum. Creo plenamente que es indispensable lograr la igualdad de derechos entre heterosexuales y personas Lgbtiq. Pienso que la multiculturalidad es un plus para las sociedades. En otras palabras, para el típico conservador califico como “progre”, y en efecto me han llamado así a menudo. Lo que no creo es que toda postura asociada con el “progresismo” sea apodíctica y de concreción deontológica. Es decir, no creo que el “progresismo” siempre tenga la razón.

Parece que asumir lo contrario se debe en parte a la mencionada identificación del movimiento “progresista” con el concepto mismo de “progreso”. Veamos cómo llegamos ahí. Al igual que otros conceptos en política, como “poder”, el de “progreso” es una alegoría proveniente de la física. En esta ciencia natural, el progreso es el movimiento hacia adelante. Ergo, en un plano unidimensional, el progreso tiene dos negaciones posibles: el retroceso y la estasis. Metafóricamente, la estasis se asocia con el conservadurismo político. Con no alterar las cosas. El retroceso, por su parte, vendría siendo una reacción conservadora para volver a una estasis de la que no se debió salir.

Es en este punto en el que la idea de “progresismo” se vuelve falaz, pues describe el movimiento, o cambio de posición hacia adelante, como necesariamente positivo. Esto es absurdo. Estamos en constante evolución, pero no en todos los aspectos de la humanidad. A veces, la conservación sí es deseable. Hay aspectos del conservadurismo que sí valen la pena. Después de todo, la moral judeocristiana es uno de los pilares de la civilización en Occidente (así como la moral de otras religiones lo es en el resto del mundo). Se me ocurre, verbigracia, la preocupación por el bienestar del prójimo. O la cohesión familiar. Mientras esa moral no sea asumida como dogma que imparta la legislación pública, no solo se le debe tolerar, sino recoger de ella lo bueno que nos ha legado.

Cambiarlo todo, sin parar y en nombre de un supuesto progreso permanente, suena a nihilismo y a anomia. Tal vez la miopía que le impide ver esto a la izquierda posmoderna se deba a las raíces hegelianas del marxismo que hasta el sol de hoy moldea el radicalismo izquierdista. La noción de la historia como una larga sucesión de idearios, cada uno de los cuales desplaza al otro. Así hasta llegar al “fin de la historia” y la cúspide de una razón divina, cuyo correlato materialista es la utopía terrenal augurada por el marxismo primero y por el postmarxismo después. Pero resulta que incluso desde tal perspectiva filosófica hay un argumento para la conservación. Porque el concepto rector de la dialéctica de Hegel es el intraducible aufhebung, que supone al mismo tiempo alteración y preservación de las ideas. O sea, el choque es sintético. ¿No pudiera traducirse ello como el cambio necesario, que corrige fallas del statu quo anterior, pero conservando lo justo? Así, Hegel dixit, se progresa.

Entonces, si es falso que el afán de mutación plena implica progreso, ¿qué es lo que en realidad caracteriza al “progresismo”. El cambio. La reforma. Para bien o para mal. En conclusión, creo que un término más apropiado para lo que se ha convenido en llamar “progresismo” es “reformismo”. Más sincero y humilde, pues a diferencia del progreso, la reforma es un concepto moralmente neutro. Al asumirse como tal, los reformistas admiten que, aunque actúan de buena fe, no tienen un monopolio sobre la virtud. Me parece que dicho reconocimiento atenuaría la reputación de petulancia e intolerancia al disenso (no siempre merecida, es verdad) que tienen los “progresistas”, lo cual a su vez facilitaría el diálogo con los conservadores, que siempre los habrá, y la búsqueda de consensos para el cambio deseado. Y quizá así, también, baje un poco la animosidad y el intercambio de insultos del que hablé previamente.

No me hago ilusiones. Sé muy bien que una voz irrelevante como la mía no puede alterar el lenguaje masivo. Pero aun así me he decidido a trocar “progresimo” por “reformismo” y a invitar a todos a hacer otro tanto. Quizá sea solo un granito de arena, pero nada cuesta y vale la pena.

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Los demócratas de cartón, por Alejandro Armas
Votar y esperar pasivamente a que el gobierno reconozca un resultado desfavorable no te hace un demócrata cabal. No te hace parte de ninguna épica rebelde

 

@AAAD25

Lo que voy a decir a continuación es algo así como el efecto de un espejo reflejado en otro espejo, o la premisa de la película Inception, pero aplicado a una oración. Sé que me voy a repetir al momento de excusarme por ser tan repetitivo al hablar de política venezolana. Pero es que no hay opción, al menos en cuanto a los temas. Quien siga interesado al respecto, debe entender que es un ejercicio de paciencia e insistencia, por la reedición de los mismos problemas. En todo caso, lo que uno puede hacer para mitigar el tedio, es explorar distintas aristas de uno de esos problemas.

Es lo que me toca con la participación opositora en las elecciones presidenciales de 2024. Como la dirigencia disidente puso los ojos en ese evento como próxima oportunidad para lograr el cambio político, y no están surgiendo liderazgos alternativos con planteamientos igualmente alternativos, pues habrá que presionar para que esa candidatura se dé en las mejores condiciones posibles. Ello incluye purgarla de fetichismo electoral, tema que ya abordé en la última emisión de esta columna. Ahora lo haré desde otra perspectiva.

Uno de los principales ganchos del fetichismo electoral es lo que pudiéramos llamar su sencillez engañosa. Sus fundamentos son premisas simples, fácilmente comprensibles para cualquier ciudadano y sin necesidad alguna de estudios especializados en política u otra ciencia social. Sostienen que, dada la naturaleza antidemocrática del chavismo, pues la quintaesencia opositora es ser demócrata. A su vez, la esencia de la democracia es el voto. Por lo tanto, concluye el silogismo, no hay nada más “rebelde” ante el chavismo que sufragar en su contra. Al razonamiento a menudo se le añaden ribetes éticos, igualmente errados. Como, por ejemplo, el postulado absurdo de que el único ejercicio político legítimo, en cualquier circunstancia, es exclusivamente retórico, y cualquier otra opción es “antipolítica” deleznable. Pero incluso prescindiendo de esas bagatelas, el argumento nuclear sobre la cualidad democrática y su instrumento en el voto tiene con qué cautivar a incautos.

Ahora bien, se pudiera pensar que si la susodicha sencillez es engañosa, es porque omite algo. Algo más complejo sobre el voto y la democracia, que requiere de estudios especializados para aprehenderlo. Pero no es así. No hace falta un despliegue de erudición en ciencia política para exponer la mala calidad del fetichismo electoral. Porque la realidad es, asimismo, sencilla.

Un demócrata es un partidario de la democracia. Es decir, del gobierno de la mayoría, con ciertas restricciones constitucionales, que se expresa mediante el voto. Ergo, para ser demócrata no basta con votar. Se debe además velar porque el voto se traduzca en acciones ordenadas por la ciudadanía que se manifestó mediante él. Si eso no ocurre, pues el voto no tiene valor y no puede hablarse de democracia.

Entonces, hacer media hora de cola un domingo, depositar un papel en una caja, volver a casa y esperar pasivamente a que el gobierno reconozca un resultado desfavorable; hacer todo esto, digo, en un entorno autoritario como Venezuela, no te hace un demócrata cabal. No te hace parte de ninguna épica rebelde. No te hace moralmente superior al que prefirió quedarse en casa ese domingo viendo televisión. Los que creen todas esas tonterías deberían bajarse del pedestal que se construyeron, en un pobre intento por sentirse bien con ellos mismos, aunque no estén cumpliendo con sus deberes cívicos ni haciendo un gran aporte a su país. No, aquella secuencia de acciones te hace en todo caso un actor secundario o, mejor dicho, un mero extra en la simulación de democracia que una elite gobernante arbitraria usa para lavar su imagen.

¿Qué es entonces ser un demócrata en entornos no democráticos? Es hacer todo lo posible para restaurar la democracia y que el voto vuelva a tener valor. Es hacer que los gobernantes no tengan opción que no sea acatar la voluntad ciudadana. Por supuesto, cuando aquellos dejan claro que no sienten respeto alguno por dicha voluntad, la ciudadanía democrática tiene que presionar por vías que trasciendan el voto, para defenderlo. De manera que la proclama “Si votamos, ganamos”, eslogan del fetichismo electoral, es falsa en un contexto como el que lamentablemente nos ha tocado vivir.

La oposición prêt-à-porter va a seguir haciendo llamados a un voto que dice amar con pasión y locura, aunque no esté dispuesta a mover un dedo por resguardarlo. Y será tentador escucharla, porque permite creer que se le hace un gran servicio a Venezuela, sin ponerle el empeño que ello amerita. Pero sería una comodidad mentirosa. Tan falsa como el supuesto espíritu democrático que la sustenta. Demócratas de cartón que, como los zapatos de Manacho en la canción del Gran Combo, tratan de pasar por excelentes sin tener con qué aguantar una tormenta.

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Admisión selectiva de fracasos, por Alejandro Armas
¿Por qué una parte de la opinión pública está tan presta a señalar que el plan antisistema fracasó, pero no hace el mismo juicio con el fetichismo electoral ramplón?

 

@AAAD25

No me gusta comenzar un artículo con lugares comunes. Menos aun si son lugares comunes apócrifos. Pero a menudo, la reiteración de un enunciado, que lo hace un lugar común, se debe a que precisamente es algo de sentido común. Invoco pues, la siguiente sentencia atribuida erróneamente a Albert Einstein: Locura es hacer lo mismo una y otra vez, y esperar resultados distintos. ¿Quién se la habrá atribuido al genio de Ulm y para qué? Si fue para legitimarla mediante una falacia ad verecundiam alusiva a un hombre que se ha vuelto sinónimo de inteligencia, pues vaya necedad innecesaria. Porque, repito, este es uno de esos aforismos que son de sentido común.

No obstante, en política venezolana hay un desconocimiento del carácter casi apodíctico de la expresión. Digo “casi” porque se me ocurre que, desde una perspectiva escéptica, en la venia de Pirrón o David Hume, hasta el planteamiento en cuestión pudiera ser puesto en duda. Pero siendo Hume un escéptico pragmático, creo que no aprobaría la repetición ad nauseam de una acción que no está produciendo el resultado deseado, solo porque en su lógica existe la posibilidad de que alguna iteración sí cumpla con su propósito. Esto es especialmente válido en la política, ámbito de la vida humana en el cual el pragmatismo es clave.

Entonces, ¿por qué en nuestra estancada política nacional se insiste tanto en recurrir una y otra vez a fórmulas fracasadas?

Es atípico el reconocimiento de que algo no funcionó en la causa por la restauración de la democracia, cuestión fundamental para cualquier progreso público. Atípico a nivel tanto de elites como de masas adversas al régimen chavista.

Hay excepciones, claro. Ilustremos con algo reciente. A estas alturas de la partida de un aburrido ajedrez (ya quisiéramos que fuera algo como Capablanca vs Anand), nadie cree que la estrategia antisistema de la dirigencia opositora, lanzada en 2018 y cuyo cenit fue la creación del “interinato”, haya sido un éxito. Fue una iniciativa en la que muchísimos venezolanos depositaron su fe, y que quizá partió en buena fe, pero que lamentablemente no cumplió su cometido. Quedó reducido a una gestión de algunos activos venezolanos en el exterior (sobre el cual hay denuncias de malos manejos que no han sido del todo esclarecidas) y, dentro de Venezuela, a un intento de mantener la moral en alta de los millones de decepcionados con la política, a la espera de otra oportunidad.

Guste o disguste, no se ve ninguna otra oportunidad en el horizonte aparte de las elecciones presidenciales de 2024, lo cual me lleva a la siguiente pregunta, medular para el artículo de hoy: ¿por qué una parte de la opinión pública está tan presta a señalar que el plan antisistema fracasó y no se debe repetir, pero no hace el mismo juicio con el fetichismo electoral ramplón? ¿Es que acaso ese proceder sí ha llegado a la meta deseada, que es la referida restauración de la democracia venezolana?

Cuando hablo de fetichismo electoral, no me refiero a toda participación en elecciones bajo las reglas del juego autoritarias actuales, cuya única alternativa lógicamente sería la abstención constante. A lo que aludo más bien es al clamor de participación sin importar las condiciones injustas y sin un plan para lidiar con ellas, como si estuviéramos en democracia o en un autoritarismo competitivo, bajo el tonto mantra de “Si votamos, ganamos”, en cualquiera de sus formas.

Semejante selectividad a la hora de señalar fracasos me preocupa, porque si ese va a ser el marco referencial de la alternativa al chavismo de cara a 2024, pues bien podemos dar por perdida esa nueva oportunidad. Obviando un deus ex machina el día del voto, un candidato ajeno al PSUV y sus aliados no puede esperar salir airoso solo con obtener un mayor porcentaje del sufragio y esperar que la elite chavista reconozca el resultado, así sin más.

Sobra evidencia de por qué esto es así. Del rechazo, por parte del chavismo, de sus infortunios comiciales. De una forma u otra. Sea la imposición de las leyes del “poder popular” (consejos comunales, comunas, etc.), vía una Asamblea Nacional controlada por el PSUV, pese a que la ciudadanía rechazó, en 2007, alterar la Constitución para darles cabida. Sea la confiscación de competencias y recursos de gobernaciones y alcaldías que caen en manos de la oposición y su traspaso a Miraflores o entes paralelos cuyo titular designa el presidente sin consultar con nadie. Sea la invención de una “Asamblea Nacional Constituyente” que nunca redactó ninguna Constitución pero que sí emitió legislación en reemplazo impuesto de la AN que los venezolanos entregaron a la oposición en 2015.

Nada de esto es tenido en cuenta por los fetichistas electorales. Para ellos, el “abstencionismo” no es una consecuencia natural de que la gente vea su voto desechado una y otra vez, sino una irresponsable apuesta “maximalista” de sectores radicales de la oposición que esperan que el cambio se haga por la fuerza bruta. Todo eso gracias al ruido que dicho sector hace en redes sociales, sobre todo Twitter (¡aunque ni el 10 % de la población venezolana usa Twitter!). Según ellos, se debe dar la espalda a Guaidó y su entorno, pero sí hay que seguir premiando con apoyos a los eternos candidatos que llaman a votar, aunque tampoco hayan honrado sus compromisos de lograr el cambio político en Venezuela. Aunque ni siquiera sepan cómo hacer que el voto que tanto piden valga.

He visto todo tipo de malabares retóricos para justificar tamaña incoherencia. Por ejemplo, la tesis de que no hace falta que la oposición se prepare con un plan de defensa del voto (cosa que, dicen, sería además insensato por la represión), porque bastaría con derrotar al chavismo en las urnas con un margen tan grande, que aquel no se atrevería a cuestionar el resultado (no se rían). Como si la pérdida de la AN en 2015 no la hubieran desconocido de facto, aunque la MUD dio una paliza con diferencia de más de 15 puntos porcentuales con respecto al PSUV y compañía.

Si bien este razonamiento es risible, al menos es un esfuerzo por imaginar un factor que haría que la elite gobernante se vea a sí misma sin opciones. Peor es el supuesto de que el voto sin plan para su defensa sigue siendo lo preferible porque “puede pasar algo”. Así, entregándonos a un hado sobre el que no tenemos ningún control. Me van a perdonar, pero esa propuesta es chapucera y mediocre. No se debería permitir a quienes aspiran a liderar a la sociedad en su causa democrática ser tan flojos. Así como se le reclama a la oposición por no haber concretado gran cosa con su estrategia antisistema, igualmente se le debe exigir que, si va a elecciones, no caiga en el fetichismo electoral ni conduzca a los votantes a otra calle ciega persiguiendo una urna.

Tienen en teoría dos años para ponerse las pilas con un plan apropiado para nuestro horrendo contexto, si es que el chavismo no se pone a inventar con las fechas, como ha hecho antes. Esos dos años en política pasan volando. El reloj corre.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Boves y la paradoja del “bolivarianismo” chavista, por Alejandro Armas
Si la elite gobernante venezolana se sincerara, tendría que reconocer que su supuesta inspiración está más cerca de Boves que de Bolívar

 

@AAAD25

Desde el año pasado estoy haciendo algo que había evitado durante toda mi vida previa como lector: ponerles las manos, y los ojos, encima a dos libros a la vez. Para que no se me traspapelen dos historias y en mi cabeza aparezca un anacrónico y cacofónico romance entre Jules Sorel y la tía Julia, me abstengo de elegir dos narraciones. Es decir, combino una novela con un texto no narrativo. El segundo puede ser un poemario o un tratado filosófico. Describir esa simultaneidad es importante para entender el meollo de este artículo.

Así pues, recientemente leí en paralelo Sexo y justicia social, de Martha Nussbaum, y otro libro que revelaré más adelante. Hacía mucho tiempo que quería dedicar mi atención a aquella obra de la pensadora estadounidense, pues ella es de las personas que más han influido en mi manera de ver varios de los asuntos que mueven el mundo contemporáneo. Se trata de un conjunto de ensayos, sobre todo de filosofía feminista. Pero lo que voy a tratar a continuación no tiene que ver con la lucha justa y necesaria por la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres.

En su libro, Nussbaum cuestiona los planteamientos de algunas feministas radicales sobre venganza contra el sexo masculino entero por los desmanes de individuos misóginos, así como la severidad, a su juicio excesiva, de las penalidades planteadas. Sin pregonar impunidad, Nussbaum invita a considerar las circunstancias que pudieron haber llevado a un hombre a perpetrar alguna injusticia machista, como la falta de una educación apropiada. A partir de los postulados de Aristóteles y, sobre todo, de Séneca, propone una forma de hacer justicia rigurosa pero al mismo tiempo misericordiosa, cuando ciertos elementos de un caso razonablemente maticen la mala intención detrás de un crimen.

La propuesta de este ejercicio empático coincidió, como dije, con la lectura de otro libro, y me obligó a replantearme mis nociones sobre su protagonista. Ese otro libro es Boves, el Urogallo, de Francisco Herrera Luque. Debo aclarar primero que nada que el cambio en cuestión no me hizo un apologista del terrible “taita”. José Tomás Boves fue un monstruo. Lo que cambió fue mi entendimiento de lo que lo convirtió en un monstruo.

Entiendo perfectamente que, al igual que otras obras de Herrera Luque, esta es un roman à clef. Una novela basada en hechos reales, pero que el autor aliña con ficciones. No obstante, el aspecto que quiero resaltar fue muy real, y del mismo han dado cuenta los más reputados historiadores venezolanos. Me refiero al contexto de una sociedad colonial en la que el régimen de castas hacía de la vida del grueso de la población un verdadero infierno. En esa especie de neofeudalismo tropical, las elites privilegiadas y propietarias de la tierra se daban vidas llenas de ocio y placeres, mientras que las masas dedicadas al trabajo duro estaban constituidas por ciudadanos de segunda o de tercera o, en el caso de los esclavos, por individuos totalmente reificados y despojados de su dignidad humana.

Boves, a la sazón un comerciante próspero justo cuando aquellas mismas elites emprendieron la gesta independentista, había sido objeto de su rechazo visceral.

Una alta sociedad obsesionada con el abolengo no podía admitir entre sus miembros a un hombre de orígenes humildes y sin prosapia alguna. No importaba cuánto dinero hiciera por esfuerzo propio. De ahí que el asturiano, pese a ser totalmente blanco, prefiriera rodearse de peones y esclavos de tez oscura, con los cuales sí podía establecer relaciones cordiales. Ah, y también con canarios como su eventual lugarteniente de guerra Francisco Tomás Morales, ese otro segmento demográfico despreciado por blancos peninsulares y criollos acomodados (irónicamente, el feroz Morales llegaría a fungir como último capitán general de Venezuela tras la derrota de Miguel de la Torre en Carabobo).

Sin justificar moralmente sus degollinas y demás barrabasadas, puede uno entonces entender (subrayo “entender”, que es lo que Nussbaum plantea a la hora de emitir juicios), cómo es que Boves, ungido además con recursos y carisma, pudo erigirse como caudillo de una turba harta de los malos tratos de la aristocracia criolla que enarboló la bandera de ruptura con España. Más aun teniendo en cuenta que entre 1813 y 1814, el bando independentista no era tampoco precisamente piadoso o humanitario con sus enemigos realistas. Basta recordar el Decreto de Guerra a Muerte o las tropelías sanguinarias de un Antonio Nicolás Briceño.

Todo lo anterior me lleva al punto al que quería llegar. En Venezuela llevamos unas tres décadas de chavismo autoproclamándose como heredero definitivo de Simón Bolívar. Así ha sido desde que Hugo Chávez irrumpió en la mente colectiva nacional al frente de un tal “Movimiento Bolivariano Revolucionario 200” y reconociendo el fracaso de su aventura golpista. En realidad, esa tendencia a justificar las acciones propias invocando los deseos de Bolívar no es ninguna novedad, y se ha manifestado en los predecesores del chavismo como fenómenos políticos dominantes de Venezuela. Pero el chavismo tal vez sea el que la ha llevado a un mayor extremo en lo retórico y simbólico… Toda vez que es el que menos se relaciona con el bolivarianismo en términos prácticos.

Las verdaderas raíces ideológicas del chavismo son otras, muy distintas. Son sobre todo Marx y varios de sus discípulos, como Lenin y Gramsci. Al respecto, los sucesos de la Segunda República son bastante ilustrativos.

Después de todo, en una lectura marxista de la historia, ¿no fue aquella etapa de nuestra Guerra de Independencia una suerte de lucha de clases (o de razas) en la que Bolívar y los demás blancos criollos no quedan muy bien parados que digamos? Voy más allá. En la biblioteca de todo comunista que se respete debe haber un volumen cuyo título original en francés es Les Damnés de la Terre (Los condenados de la tierra). Este libro, escrito por el psiquiatra y pensador marxista Frantz Fanon, describe y critica los efectos psicológicos del colonialismo en quienes lo sufren (piensen nada más en la salud mental de alguien que sabe que puede ser liquidado a latigazos por capricho de su empleador).

Sostiene además que la violencia es indispensable en los procesos de descolonización, y no tanto un mal necesario como una experiencia “liberadora” que gratifica a las víctimas del colonialismo y revierte los efectos nocivos en su psiquis (esta es, por cierto, la idea rudimentaria e implacablemente vengativa de justicia que Nussbaum cuestiona). Ahora bien, si alguien parte de las premisas de Fanon, ¿no eran acaso las huestes de Boves les damnés de la terre, sometidos a todo tipo de vejaciones antes de estallar en rebelión guiada por un justo deseo de libertad, pero también por impulsos de crueldad homicida?

Yo diría que, si la elite gobernante venezolana se sincerara, tendría que reconocer que su supuesta inspiración tiene más que ver con Boves que con Bolívar. De hecho, el revanchismo estamental de las montoneras de Boves es similar al de las tropas de Ezequiel Zamora, a quien el chavismo admite entre sus héroes. Y entonces, en lugar de toda esa iconografía de la Batalla de Carabobo que vemos hoy, tendrían que poner una alusiva a la Batalla de La Puerta, en la que Boves derrotó a Bolívar y pronunció así la sentencia de muerte de la Segunda República. Apropiado, ya que ahora en Venezuela tampoco tenemos una república.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La izquierda new age, por Alejandro Armas
La motivación de esta izquierda parece ser una pretendida reivindicación de las cosmovisiones amerindias y de otras comunidades no alineadas con los patrones culturales occidentales

 

@AAAD25

Érase una vez, hace no precisamente mucho tiempo ni en algún legendario reino cuya fauna incluya a dragones y unicornios, una izquierda que enarbolaba ciertas banderas como la laicidad estricta en el orden público y un compromiso inquebrantable con el empirismo como paradigma epistemológico que guíe la acción social. No necesariamente tenía que llegar al ateísmo militante y antirreligioso de Feuerbach y otros de los jóvenes hegelianos, o a los incineradores de iglesias en la Segunda República Española. Era una izquierda que valoraba y protegía la libertad de cultos, pero manteniendo a esos cultos fuera de la legislación y demás decisiones del Estado.

Tampoco tengo en mente al llamado “socialismo científico” de Marx, que, en su visión determinista de la historia, supuestamente encaminada a una revolución proletaria mundial sin alternativa posible, tenía mucho más de fe que de ciencia. Más bien pienso en corrientes socialdemócratas, e incluso en algunas radicales, que solo reconocían como conocimiento científico aquel obtenido mediante un método que se remonta a Aristóteles y que obtuvo sus premisas modernas de Francis Bacon. También, gracias a esa devoción al empirismo, pudieron notar que los argumentos para discriminar y oprimir a ciertos grupos de personas (mujeres, personas Lgbtiq, etc.) no tenían fundamento racional y por lo tanto eran inadmisibles en la esfera pública.

Pero ahora, en momentos en que la política identitaria postmarxista coge vuelo más y más alto, esa izquierda de la que hablo pudiera estar condenada a desaparecer.

Un fenómeno que comenzó en los países occidentales más desarrollados pero que ahora tiene fuerte asidero también en algunas partes de Latinoamérica. En la región, sus manifestaciones más poderosas son el actual gobierno chileno y el venidero gobierno colombiano. Cada uno ha dado una muestra reciente de los peculiares giros que está dando la izquierda contemporánea. Giros que francamente lucen como ridiculeces esotéricas que en el mejor de los casos son inútiles y alejan el reflector de los problemas reales, que en América Latina no son pocos.

En ambos casos, la motivación parece ser una pretendida reivindicación de las cosmovisiones amerindias y de otras comunidades no alineadas con los patrones culturales occidentales, para así rescatarlas de un desprecio institucionalizado. Yo no digo que ese desprecio no exista, ni que el Estado no tenga el deber de proteger a su objeto, considerando la libertad de pensamiento como un derecho humano. Pero la forma en que se está haciendo en estas instancias me resulta torpe y hasta nociva. Ah, y entre las causas también puede haber algo de ese esoterismo new age con el que algunos miembros de la burguesía actual hacen frente a lo que Bauman llamó los descontentos de la posmodernidad.

Comencemos con el caso chileno. En menos de un mes la propuesta de nueva Constitución será sometida a consulta popular. En rigor, no es una iniciativa de Gabriel Boric, pues la redacción del borrador antecede a su elección como presidente. Pero la Convención Constitucional a cargo está dominada por elementos de izquierda afines al nuevo gobierno. Y entre los artículos de aquel borrador, hay uno, el 67 en su inciso tercero, que reza que “el Estado reconoce la espiritualidad como elemento esencial del ser humano”.

No es ninguna novedad que la izquierda sea particularmente entusiasta de romper con la noción de que la finalidad de una carta magna se limita a establecer el andamiaje básico del Estado, y que prefiere incluir en su texto todas las consideraciones de derecho, sobre todo los derechos sociales, bajo la premisa (a mi juicio errada), de que eso les brinda una protección infranqueable. Pero los constituyentes chilenos están llevando esa tendencia al paroxismo.

En un sentido literal, el artículo de marras atribuye a la humanidad entera una cualidad con la que solo una parte de la misma se identifica, lo cual es inapropiado para una ley fundamental que regirá las vidas de ciudadanos entre los cuales se encuentran personas que no se identifican con dicho rasgo. La sintaxis del inciso y la semántica de sus palabras dan a entender que el Estado admite la existencia de un concepto metafísico (“espíritu”) cuyo reconocimiento se limita a una pluralidad de creencias mágico-religiosas. Ello choca con la laicidad del Estado, que el borrador constitucional chileno garantiza también. Surge entonces una contradicción. Las contradicciones son confusas, y una Constitución no debe ser confusa. Los defensores del borrador sostienen que interpretar el artículo 67 como lo acabo de hacer es un error, pues su propósito es solo defender la libertad de culto. Me parece entonces que si el artículo está generando tanta polémica (que lo hace; uno de tantos puntos contenciosos que hacen que, según encuestas, hoy sean muchos más los chilenos que votarían en contra del texto legal que los que lo harían a favor), es porque la intención no es tan obvia. De nuevo: no es lo deseable en una Constitución.

Yo no creo que los constituyentes chilenos pretendan obligar a todos sus conciudadanos a adoptar alguna forma de espiritualidad. Pero eso no niega que lo que están haciendo sea inadecuado. Introducir axiomas espirituales en una Constitución puede prestarse para abusos que sus autores ni imaginan, como la discriminación inspirada en preceptos religiosos. He aquí el problema de las constituciones que tratan de abarcar todo y de paso lo hacen con un lenguaje impreciso: dependiendo de quién gobierne, las interpretaciones pueden variar, y lo que alguna vez fue revolucionario se puede tornar reaccionario, o viceversa. “La Constitución sirve para todo”, dijo alguna vez José Tadeo Monagas.

Pasemos ahora a Colombia. Allí, la futura vicepresidente Francia Márquez, otrora rival de su ahora jefe Gustavo Petro en la competencia por la candidatura izquierdista a morador de la Casa de Nariño, está buscando cómo ejercer su propia influencia. Ello incluye nominar a una aliada suya, Irene Vélez, para el Ministerio de Ciencia. Vélez orgullosamente se identifica en sus redes sociales como “investigadora activista”, por lo que creo que su perfil calza de forma impresionante con el tipo de académico al que me referí en el reciente artículo para este portal titulado La epistemología activista.

Parte de ese activismo es una crítica dura a lo que llama “ciencia hegemónica”. En mi opinión, hay que rehuirle a todo aquel que le ponga apellidos a la ciencia, sobre todo con esas connotaciones gramscianas tan tontas. Como alternativa, Vélez plantea una “ciencia al servicio de los nadies” que entre otras cosas invita a “dialogar con los saberes ancestrales”. Esta aproximación ha sido cuestionada por varios científicos colombianos por equiparar el método científico con prácticas que prescinden del mismo.

Pero no hay que ser un premio nobel para entender cosas de sentido común, como el nivel de absurdo al que hay que llegar para creer que un “saber ancestral” es digno de consideración científica solo por provenir de una determinada cultura. Además, dentro de esa categoría puede entrar prácticamente cualquier observación del mundo que goce de cierta antigüedad. ¿El Ministerio de Ciencia instará al de Educación a que incluya los escritos de Nicolás Flamel sobre alquimia en un pensum escolar? ¿Organizará simposios sobre la frenología, con todo y sus conclusiones sobre la superioridad intelectual de los europeos? ¿Pretenderá que los postulados sobre el Big Bang y la teoría de la evolución de Darwin tengan la misma validez que la cosmogonía y el origen de la humanidad relatados en el Génesis, tal como hacen los evangélicos fanáticos en Estados Unidos? Alerta de spoiler: no. No lo harán, pero no porque ninguno de estos “saberes ancestrales” haya sido validado por el método científico, sino porque son “occidentales” y por lo tanto no son de interés para los investigadores activistas.

Una respuesta ante la reacción naturalmente adversa a los planteamientos de Vélez, por parte de sus defensores, es acusar de «racismo» a quien se oponga. Aparte de pretender intimidar a la disidencia con amenazas de “cancelación” por parte de las turbas ultra woke, en vez de buscar una discusión franca y desapasionada, este alegato es absurdo.

Veamos el ejemplo de otro “saber ancestral” caduco: el modelo universal geocéntrico. Incuestionable por más de un milenio en Europa tal como es descrito en el tratado astronómico Almagesto, hoy no vemos a su autor, el matemático Tolomeo de Alejandría, como un zafio primitivo. Tampoco vemos con desprecio a la civilización helenística en la que desarrolló sus investigaciones. Por el contrario, tanto el individuo como su cultura son vistos con alta estima y reconocidos como contribuyentes destacados en la historia de la ciencia. Pero no por ello esa cosmovisión es admitida como vigente hoy.

Me atrevería a decir que el verdadero racismo no está ahí, sino en la idea de que las personas sin ascendencia europea son incapaces del pensamiento empírico y que, por lo tanto, deben ser catalogadas dentro de un paradigma intelectual alterno para que sus aportes a la ciencia sean reconocidos. El resentimiento de esta izquierda posmoderna es tal, que al parecer no se da cuenta de que está creando una nueva especie de apartheid al resaltar obsesivamente lo que diferencia a cada segmento demográfico y desatender los elementos compartidos por la humanidad entera. Porque de paso desde ese campo ideológico es común la acusación de “apropiación cultural” para quienes llevan a cabo prácticas de una cultura ajena. Semejante afán por la separación, por la pureza cultural o étnica, apesta a fascismo.

Luego de los fracasos de la oleada liberal y conservadora en la segunda mitad de la década pasada, los votantes le están dando a la izquierda latinoamericana otra oportunidad. Pero si lo que se les viene a esos países es este híbrido de los libros de Chantal Mouffe y el programa televisivo de Walter Mercado, pues qué esperanza…

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