Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

Alejandro Armas May 27, 2022 | Actualizado hace 2 días
La mala apuesta, por Alejandro Armas
En este juego, las probabilidades de que la ciudadanía venezolana gane la fortuna de una vida digna son mínimas. No estaríamos jugando ruleta convencional, sino ruleta… rusa

 

@AAAD25

Siempre he padecido de lo opuesto a la acrofobia: acrofilia, o gusto por las alturas. Me encantan las montañas y los rascacielos, y siempre he querido vivir en un edificio muy alto. Miren nomás. Se me hizo realidad ese sueño. Me mudé hace poco a un piso 23, con vista a toda la ciudad. A este apartamento lo he bautizado El Panóptico, como tributo a Foucault y a su interesantísima teoría del poder. En verdad puedo ver Caracas de punta a punta. Por las noches, con las luces apagadas, si no cierro la cortina, aun así queda una visibilidad no despreciable, debido a las miles de luces que alcanzan la ventana. Entre ellas, las de colores en varios edificios de Las Mercedes y publicidades de neón en la fachada del CCCT y sus alrededores.

Ese rincón del valle capitalino es la meca de la recreación y el entretenimiento nocturnos en el contexto de opulencia exclusiva de la perestroika bananera. Restaurantes lujosos, discotecas y conciertos, para quien pueda pagarlos. Es como una versión a escala y tropical de Las Vegas. Las luces que puedo ver desde mi cuarto ciertamente transmiten esa aura, lo cual casualmente coincide con el regreso de los casinos a Venezuela, varios de los cuales están en esa área.

Pero suficiente preámbulo. Como todos sus avatares anteriores, la columna de hoy tiene tono crítico. Pero esta no será una diatriba contra los juegos de azar (en todo caso me da risa recordar los argumentos del chavismo para proscribir los casinos). Sí lo será contra una apuesta en específico. La apuesta conformista de un desarrollo económico estratosférico bajo la égida del chavismo, sin importar que se mantenga la falta de democracia y Estado de derecho.

Bastante se ha hablado ya de la putrefacción moral que supondría semejante quid pro quo. No hace falta hoy repetirlo. Existe otro diminuto, ínfimo y microscópico problema. Y es que, por razones técnicas, la apuesta en cuestión es pésima.

Venezuela perdió cuatro quintos de su producto interno bruto entre 2014 y 2021. En otras palabras, la destrucción de la economía fue casi total. Es por eso que las muy restringidas mejoras que vemos recientemente nos parecen deslumbrantes. No es que sean algo espectacular, sino que cualquier comparación con los horrores de la hiperinflación, el desabastecimiento y las colas hace que el presente luzca bien. Es como cuando a alguien lo pasan del confinamiento solitario, en una mazmorra insalubre, a una celda relativamente limpia y que permite el contacto con otras personas.

Llegan en ese contexto los mercachifles de la mediocridad a exagerar el impacto de los pasos, ciertamente positivos, que el régimen ha tomado hacia una liberalización parcial de la economía. A sugerir que son el principio de un camino que nos llevará hacia la recuperación plena y que, apelando a un nacionalismo falaz, no importa que las medidas vengan de los mismos responsables de la ruina, así como del desmontaje de la democracia y el Estado de derecho en Venezuela, por no hablar del sinfín de violaciones de DD. HH. “Venezuela es lo primero. ¿Por qué reparar en diatribas partidistas si lo que importa es la gente?”, dicen.

Pudiera darles el beneficio de la duda sobre su buena fe si no fuera por su prédica de que los adversarios del chavismo no pueden hacer otra cosa que votar y rogar porque Miraflores reconozca y respete el resultado. Postura que defienden con soberbia y agresividad ante los cuestionamientos. Como obviamente el resultado es la perpetuación ad infinitum de la hegemonía chavista, pues repiten que no importa porque en Miraflores ahora dizque le prenden velas a Hayek y a Friedman. Solo hay que esperar a que la perestroika bananera termine de surtir efecto. En cuestión de unos años, seremos como Singapur.

Pero resulta que, según cálculos especializados, la economía venezolana tendría que promediar un crecimiento anual de 10 % por dos décadas para alcanzar las dimensiones que tenía en 2012 (las cuales no eran precisamente estupendas, dicho sea de paso). Es decir, Venezuela necesita un verdadero milagro. Pero la magnitud del prodigio no impide que algunos pretendan que la esperemos tranquilamente de los mismos que ejecutaron una especie de “antimilagro”.

Nos piden que tengamos fe no solo en su inexistente preocupación por el bienestar público, sino además en sus destrezas prácticas para alcanzarlo.

¿Que vamos a ser como China o Vietnam, con economías de alto crecimiento pese a estar bajo un régimen autoritario? Risible. En el mejor de los casos, podemos aspirar a ser como Rusia antes de la invasión a Ucrania: una economía mediocre pero estable. Es por eso que prefiero hablar de perestroika bananera y no de nuestro Gato Negro, el de Catia, aprendiendo a cazar ratones, en guiño a Deng Xiaoping.

Esa es la apuesta, de expectativas menos que subóptimas, que los croupiers en el casino rojo rojito nos invitan a hacer. Yo no frecuento casinos y por ello no puedo confirmar eso de que “la casa siempre gana”. Lo que sí sé es que en este juego las probabilidades de que la ciudadanía venezolana gane la fortuna de una vida digna son mínimas. No estaríamos jugando ruleta convencional, sino ruleta… rusa, por supuesto. Los países no mueren y por lo tanto no pueden suicidarse. Pero estoy cansado de que como nación nos sigamos haciendo daño con pasos en falso.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Alejandro Armas May 20, 2022 | Actualizado hace 1 semana
Logros por decreto, por Alejandro Armas
Cerrar los ojos y dejar de denunciar no es tan fácil en aquellas partes del país donde la ruina es peor, como aquel Zulia que hoy sigue devastado por apagones

 

@AAAD25

Lo he dicho antes: estudiar la política venezolana puede ser una experiencia ingrata y frustrante. El que se gana la vida con eso es a fin de cuentas un ciudadano más, que trata de mantener sus pasiones y sesgos a raya, pero que no puede evitar preocuparse. En el último lustro, uno no puede evitar pensar que está constantemente persiguiendo fantasmas, novedades gatopardianas y epifenómenos. Mientras, el meollo de nuestra res publica se mantiene como el cosmos entendido por Parménides: estático e inmutable. De ahí que naturalmente las masas hayan perdido el interés en la política criolla. Pero los que escogimos oficiar como observadores y críticos de esa política no nos podemos dar ese lujo. Nos toca seguir pendientes del acontecer diario, a la espera de ser los primeros en transmitirle a la sociedad ese cambio que sí será de verdad.

La perestroika bananera y sus derivados son lo que más se ha acercado a una metamorfosis real, sin llegar a serlo. Lo son en términos económicos, claro. Pero en política, seguimos teniendo una casta oligárquica negada a ceder aunque sea un ápice de su hegemonía total, más un montón de organizaciones que se hacen llamar “oposición” y que, aunque se opongan realmente el chavismo (cosa que no todas hacen), han sido incapaces de lograr el objetivo de restaurar la democracia y el Estado de derecho.

La variedad que dice oponerse sin hacerlo realmente, como todas, tiene su narrativa que promover, para justificar su adaptación disfrazada de resistencia. Porque aunque el chavismo les permita manejar unas pocas migajas, no podrán gozarlas si nadie vota por ellos, si nadie contrata sus servicios de asesoría, etc. O, porque como veremos en breve, tienen una necesidad psicológica de autoengaño. La narrativa consiste básicamente en… Inventar logros. Mantener a la población permanentemente encantada con pasos falsos hacia el objetivo opositor esencial del cambio de gobierno.

Y no importa cuántas veces la realidad les grite con incontables decibeles, seguirán insistiendo con su novela. Porque, como Cortés en Veracruz, hundieron las naves que los llevaron al reino de las ilusiones. Así lidian con la disonancia cognitiva que media entre su necesidad de creer que están en pie de lucha por el bien colectivo y la inefectividad de sus “armas”. O cínicamente le dan una razón de ser a su ocupación de las parcelas de administración pública que Miraflores tolera, con el manejo de recursos asociado.

Uno de los primeros actos en la opereta de la adaptación disfrazada de oposición es el del “mejor CNE en 20 años”. Afirmación que se sustenta en que por primera vez no hay uno, sino dos rectores ajenos al PSUV, sin reparar en la obviedad de que estos caballeros no tendrían ningún poder para corregir vicio alguno en el sistema. Ello lo reconoció hasta la misión de observación electoral enviada por la Unión Europea para los comicios regionales y municipales del año pasado. Sin embargo, hubo gente que se sorprendió cuando los dos señores no pudieron hacer nada para evitar la anulación del triunfo del candidato opositor Freddy Superlano en Barinas. O cuando esta misma semana uno de ellos, Enrique Márquez, dijo que, pese a su deseo de lo contrario, el CNE no discutirá el derecho al voto de los venezolanos sin que haya un acuerdo en la materia entre el chavismo y la oposición.

Pero como las disonancias cognitivas molestan al punto de recurrir a lo irracional para ahuyentarlas (nos dice Leon Festinger, autor de la teoría), muchos prefirieron reclamarle al periodista que entrevistó al rector por destacar en un titular la omisión del árbitro, en vez de lo que Márquez quiere. ¡Como si las buenas intenciones fueran lo más importante!

Al final, lo que les incomodó es que les recordaran que el CNE sigue siendo el mismo ente sometido a la elite chavista.

Luego tenemos el acto de la “renovación” del TSJ. Fue evidente desde un principio que el régimen solo apuntaba a reafirmar su control del poder Judicial. Antes de la designación de los jueces, una investigación de Armando Info reveló que más de la mitad de los candidatos figuraba en las listas de militantes del PSUV. En fin, el edificio en la esquina de Dos Pilitas quedó lleno de rostros explícitamente alineados con la elite gobernante.

Algunos de ellos estaban repitiendo como magistrados de la máxima corte, violando así el artículo 264 de la Constitución. Por millonésima vez, los mandamases rojos demostraron que la ley les importa un comino. Pero a pesar de todo esto, uno tuvo que leer que “el nuevo TSJ es mejor que el anterior”, aunque el autor de semejante despropósito se rehusara a explicar por qué.

Estamos ahora en el entreacto, negados a saborear un mejunje tan barato como el espectáculo que vemos, y que con solo olerlo podemos poner en duda la etiqueta de “Chianti”. Pero parece que muy pronto nos llamarán de vuelta a la sala. El heraldo de la reanudación de la función es el diputado José Gregorio Correa, exmilitante de Primero Justicia, hoy en la Acción Democrática intervenida por el TSJ (saquen cuentas). Sonando su triángulo, esta semana anunció que la Asamblea Nacional alineada con Miraflores se apresta para “renovar” el Poder Moral. No faltará quien salga a decir que esta será otra oportunidad para volver a tener instituciones auténticas.

Mientras, fuera del teatro, sigue la tormenta perfecta. Cada goterón es una muestra de que la arbitrariedad sigue campante. La constante postergación de audiencias de presos políticos como Roland Carreño, el proyecto de ley para criminalizar organizaciones no gubernamentales, la ocupación de la sede de El Nacional y su conversión en una academia de propagandistas, el bloqueo de cada vez más portales informativos independientes, la demanda contra activistas de DD. HH. por denunciar brutalidad policial en Carabobo, etc. Cabe destacar la falta de solidaridad de los traficantes del conformismo ante estos atropellos, a pesar de que algunos dicen actuar en su trato con el régimen como representantes de una sociedad civil de la cual los afectados son parte. Ni un dedo se mueve si eso choca con la imagen edulcorada del país, imagino.

Ah, y no conforme con ello, la buena vida obligatoria se extiende a la económico. Porque si bien indudablemente no estamos tan catastróficamente mal en ese ámbito como en 2018, hay unos límites muy obvios para la mejora. Pero reconocerlos es anatema para el chavismo y su oposición prêt-à-porter. Para muestra Maduro hablando esta semana, cuando criticó que “Fedecámaras Zulia declara contra la recuperación”, pero haciendo la salvedad de que ese no es el tono que ve en general en el empresariado. Resulta que cerrar los ojos y dejar de denunciar no es tan fácil en aquellas partes del país donde la ruina es peor, como aquel Zulia que hoy sigue devastado por apagones. Pero al chavismo y a los diligentes descubridores de “buenas señales” económicas no les interesa. Decía Rousseau que había que obligar a la gente a “ser libre”. Supongo que ahora estos señores pretenden obligarnos a “ser prósperos”.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Primarias no prioritarias, por Alejandro Armas
La única ventaja de esperar a 2024 por otra oportunidad para el cambio político es que permite organizar la movilización estratégica, lo cual toma tiempo y esfuerzo. ¿Qué esperan?

 

@AAAD25

El fin de los planes rebeldes que la oposición venezolana emprendió en 2018 es fait accompli. Sin mayores explicaciones, el G4 y sus aliados desistieron de las tácticas antisistema cuyo vástago principal fue el llamado “gobierno interino” de Juan Guaidó. Ahora, todo se vuelve a circunscribir dentro de “la vía electoral”. Es el regreso al juego político en el que el chavismo es jugador, árbitro y diseñador del tablero. Lo vimos en primera instancia con los comicios regionales y locales del año pasado. Como este es el país del disimulo, Cabrujas dixit, disimulo no faltó en el retorno, con discursos de candidatos tratando de enmarcar el voto por ellos dentro de la resistencia al régimen. Discurso que fue suplantado, apenas ganaron los que ganaron, por uno de convivencia y colaboración con Nicolás Maduro.

En fin, a mi juicio (y quienes han oído lo que he tenido que decir al respecto desde el año pasado lo pueden confirmar), nunca hubo que esperar gran cosa sobre las gobernaciones y las alcaldías como espacios funcionales de oposición activa. Era predecible que por las buenas o por las malas Miraflores sometería a las que quedaran en manos de personas ajenas a la elite chavista. Cuando es la mismísima Miraflores la que está en juego, otro gallo canta. No hay cabida ni para un contrapoder simbólico. Como en la frase arquetípica del género western, el palacio presidencial es un pueblo muy pequeño para dos mandamases.

Así que, con el abordaje correcto, unas elecciones presidenciales sí permiten contemplar la posibilidad del cambio político que tanto le urge a Venezuela.

Debido a todo lo que puede pasar en dos años bajo el chavismo, esperar ese lapso no es el escenario ideal. Pero dada la casi total desmovilización de la base opositora mayoritaria, parece descartado aspirar a algo más rápido. Supongo entonces que está bien que desde las distintas facciones de la oposición se discuta la realización de primarias para que haya un candidato unitario en 2024. Hasta María Corina Machado, la dirigente más recelosa de todo lo que tenga que ver con elecciones en el ambiente político venezolano actual, indicó su deseo de participar, bajo ciertas condiciones, por demás razonables.

Si la disidencia va a tomar parte en esas elecciones, la unidad será indispensable, mas no suficiente. Acá comienzan mis inquietudes en la materia. Al poner el foco solo en la individualidad del candidato, no veo que se discuta lo más importante de esta hipotética participación: la estrategia de movilización ciudadana para defender el voto en un sistema absolutamente viciado y en el cual el régimen se sigue mostrando indispuesto a ceder su hegemonía absoluta.

Veo más bien que la discusión se centra en la personalidad y méritos administrativos pasados de los posibles precandidatos. Por poner solo una experiencia personal anecdótica, me pasó la semana pasada que con apenas contemplar en Twitter un escenario en el cual Henrique Capriles es uno de los contendientes por la nominación presidencial, de inmediato mis notificaciones se inundaron de comentarios halagüeños sobre el exgobernador de Miranda. Muchos de ellos, emitidos por cuentas anónimas y muy diligentes en retuitearse entre ellas, tenían tufo a amplificación artificial de narrativa. Pero otros venían de personas que conozco y de cuya sinceridad puedo dar fe.

En el contexto venezolano, no estoy muy interesado en que Capriles tenga equis o ye postura ideológica. Ni en que tuvo a su cargo un territorio bastante poblado y tan heterogéneo que incluye las urbanizaciones más acomodadas de Chacao y zonas bastante pobres en los Valles del Tuy. Esos son criterios para la selección de líderes dignos de la democracia que no somos.

Me interesa mucho más saber qué haría Capriles si le hicieran lo mismo que a Andrés Velásquez en su contienda por la Gobernación de Bolívar en 2017.

O qué haría si por cualquier razón la elite chavista y las instituciones que controla postergaran las presidenciales de 2024, tal como hicieron con los referidos comicios regionales de hace un lustro. O qué tipo de acciones ciudadanas convocaría ante los vicios electorales típicos (proselitismo indebido, intimidación de votantes o de miembros de mesa, etc.). O cómo Capriles manejaría un gobierno de transición, de llegar a presidente en esta debacle política sui generis. Sobre esto no se sabe nada.

Lo único que puedo decir en defensa de Capriles, es que no veo a ninguno de los otros hipotéticos precandidatos abordando estas cuestiones urgentes. Pero es una alegría de tísico. Si nadie lo hace, no importa quién termine siendo el candidato, pues lo más probable es que termine repitiendo el fiasco de Henri Falcón en 2018. La única ventaja de esperar a 2024 por otra oportunidad para el cambio político es que permite organizar la movilización estratégica, lo cual toma tiempo y esfuerzo. ¿Qué esperan, entonces?

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La incapacidad de pensar en grados, por Alejandro Armas
Muy rara vez el maniqueísmo y la sensatez son amigos. Ante la frasecilla «Venezuela se está arreglando», hay que pensar en grados

 

@AAAD25

Puede que sea la oración más escuchada en Venezuela, y entre su diáspora global, en los últimos meses. “¡Venezuela se arregló!” o, en su variante por hipérbaton, “¡Se arregló Venezuela!”.

Cualquier cálculo al respecto será arbitrario, pero me atrevería a decir que, al menos al principio, en 90 % de los casos el empleo de la frase era sarcástico, con tono jovial. Cuando se usa en entornos virtuales, es una especie de meme, aunque sin material gráfico. El 10 % restante correspondía a personas que también hablaban en tono irónico, pero con amargura.

Ante cualquier recordatorio de lo mal que está el país (desde un bajón de luz hasta los horrores que siguen viviendo los presos políticos), invocan la expresión para resaltar lo ridícula que es.

Hablé de los porcentajes en copretérito porque ahora esta segunda modalidad de uso se multiplicó. Ridículo, porque ve el «Venezuela se arregló» como un síntoma de una sociedad conformista, que olvidó todos los problemas nacionales para ilusionarse con conciertos en el CCCT y bodegones repletos de Nutella y cervezas Heinecken. Los despistados no han reparado en que casi nadie la dice en serio.

No obstante, la frasecilla de marras, incluso en su dimensión burlona, es parte de una discusión mucho más amplia. ¿Cuánto ha cambiado Venezuela en los últimos tres años, como resultado de la liberalización parcial y caótica de la economía emprendida por el chavismo? Este es el quid de la cuestión en una suerte de sacudida existencial para los pocos venezolanos que aún estamos interesados constantemente por la política y somos ajenos a la elite gobernante. Sus implicaciones van mucho más allá de fríos números de producto interno bruto e inflación. Se traduce en inquietudes sobre estrategia para lograr el cambio político y, más modestamente, estilo de vida individual.

¿Cuánta confianza debemos depositar en la continuidad de la perestroika bananera? ¿Se profundizará o ya alcanzó sus límites? ¿Cuáles son las expectativas realistas de comportamiento de las variables macroeconómicas? ¿Cómo afectará todo aquello el desempeño de mi negocio o el poder adquisitivo de mi salario? ¿Habrá mejoras en materia de infraestructura, de tecnología? ¿Seguiremos estando aislados del mundo democrático? ¿Si somos de los pocos afortunados que no caímos en la pobreza, cómo podemos evitar encerrarnos en una burbuja donde no se ve el sufrimiento de las masas? ¿Debe la dirigencia opositora alterar su mensaje para adaptarlo a un entorno cambiante?

No hay respuestas sencillas para todas o casi todas estas preguntas. Por más que queramos jugar a pitonisas délficas, el futuro es difícil de proyectar. Sonará a perogrullada, pero después de todo no falta gente pendiente de encuestas de intención de voto, augurios sobre el calentamiento global o de… Interpretaciones esotéricas del movimiento de los astros.

El propio presente es complicado, porque la magnitud de la crisis supone que no tenemos un precedente con el que orientarnos. Puede ser difícil considerar al mismo tiempo mejoras a estas alturas innegables y muestras recurrentes de lo mal que seguimos. Pero hay que hacer el esfuerzo, sobre todo si se pretende ser guía en la opinión pública, cosa en la que, a mi juicio, muchas personalidades influyentes de nuestra sociedad civil no han hecho un buen trabajo, prefiriendo ir a los extremos opuestos del optimismo infundado y de la negación total.

Se le atribuye a F. Scott Fitzgerald el siguiente aforismo: “La señal de una inteligencia de primer orden es la capacidad de tener dos ideas opuestas presentes en el espíritu al mismo tiempo y, a pesar de ello, no dejar de funcionar”. Puede que sea cierto, pero el acto de equilibrismo sobre cuerda floja que nos atañe no tiene por qué ser una práctica hegeliana tan exigente. La clave está más bien en ser analítico, en el sentido etimológico de la palabra. Es decir, poder separar los distintos elementos de un problema y revisar cada uno.

Así, en cuanto a la Venezuela actual, podremos apreciar que no hay contradicción verdadera. Porque aquellos factores que experimentaron mejoras no son los mismos que están iguales o peores.

Comencemos con lo que sí ha cambiado para bien. Son sobre todo factores macroeconómicos, consecuencia del retiro de varios controles. El cese del control de precio, junto con el levantamiento de algunas barreras arancelarias, prácticamente acabó con la escasez y sus angustias asociadas, como las colas en supermercados. La reducción del gasto público permitió salir de una hiperinflación que casi fue la más larga de la historia universal, aunque en ello también incidió un encaje legal desconcertantemente alto que demoró el crecimiento económico y ha puesto a la banca nacional en grandes aprietos.

Pero ahora el producto interno bruto está volviendo a crecer por primera vez desde 2013, impulsado sobre todo por un empresariado privado que, con menos regulaciones, vuelve a invertir en Venezuela. Eso a su vez supone más empleos formales. Más dinamismo. Más actividad. Probablemente hubo algún aumento en el poder adquisitivo, lo cual explica que nuevamente haya mercado para conciertos de artistas internacionales.

Por otro lado, el grueso de este progreso se concentra en Caracas y, en menor medida, partes de ciudades más pequeñas. Las llamadas “burbujas”. Además, son el comercio y la provisión de servicios (tecnológicos, recreativos, etc.) los que más han crecido, por mucho. A partir del año pasado, productores agropecuarios en algunos ramos también reportaron modestos aumentos de producción. Pero la industria venezolana se mantiene anémica.

Y hay dificultades infernales mucho más palpables para el ciudadano común. Casi toda la población está en situación de pobreza de ingresos. Los servicios públicos son una calamidad. Tal como fue señalado en una emisión reciente de esta columna, los apagones nunca se fueron del todo y ahora volvieron a recrudecerse en el oeste venezolano. El agua falta por doquier, hasta en la capital. Paradójicamente, con cada temporada de lluvia medio país se inunda, porque a los sistemas de drenaje no se les hace el mantenimiento adecuado. Desde Maracaibo hasta Ciudad Guayana hay colas de horas y horas para poner gasolina, con Caracas como único oasis de combustible abundante en medio del desierto.

Nótese que no estoy hablando de política. Si me pusiera a enumerar los desmanes políticos de Venezuela en la actualidad, este artículo sería tres veces más largo.

En definitiva, lo que tenemos es una Venezuela que, en ciertos aspectos, no está tan mal como hace cuatro o cinco años. Pero eso aparentemente a muchos les cuesta procesarlo, porque no se adapta a los simplismos de una visión maniquea del mundo. Entonces, cuando ven a alguien reconociendo las mejoras, montan en cólera y listan todo aquello que sigue siendo terrible. Lo que revelan es una total incapacidad para pensar en grados o matices. Creen que “no tan mal como antes” es sinónimo de “bien”, y que por lo tanto todos los que reconocen la realidad son parte de una narrativa para normalizar el régimen.

Si bien esto es una necedad, no es mentira que hay gente que se aprovecha de las mejoras limitadas para argumentar falazmente que el chavismo se está ablandando, por lo que es la oposición la que está obligada a hacer las primeras concesiones. De ellos ya se ha hablado bastante por acá. Los traficantes de la adaptación disfrazada de oposición. Pero estos sujetos no son las personas, casi siempre jóvenes, que con chanza dicen “Venezuela se arregló”. Estos chamos lo hacen precisamente para recalcar lo increíble que les resulta ver pequeñas mejoras en su calidad de vida luego de tanta catástrofe, buena parte de la cual no ha terminado. Son ellos quienes, sin ínfulas intelectuales, acertaron al pensar en grados, a diferencia de los “notables” que caen o simulan caer en una euforia absurda, y también de los que no reparan en que el regreso de los anaqueles llenos es real y un alivio para todos.

Muy rara vez el maniqueísmo y la sensatez son amigos. El código binario con el que funcionan varias máquinas inteligentes será un prodigio tecnológico, pero sigue siendo limitado al lado del intelecto humano. Aceptemos entonces las infinitas tonalidades de gris. Solo así podremos entender en qué parte del bosque estamos perdidos y cómo podemos salir de él.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Los “incuestionables” de la sociedad civil, por Alejandro Armas
A los miembros de la sociedad civil que fungen como actores políticos no les reconozco ninguna pretendida omnisciencia. Ni ninguna pretendida superioridad moral

 

@AAAD25

Por estos días se ha hablado mucho en Venezuela sobre la sociedad civil, concepto de muchísimo interés para el estudio de la política desde la óptica de las distintas ciencias sociales, pero del que rara vez se ocupa la ciudadanía común cuando la política es asunto del pensamiento individual o del debate. Normalmente, el protagonismo lo tienen los partidos políticos, lo cual es natural. Son estas las únicas asociaciones de personas que se dedican a tiempo completo a la búsqueda y, de haberlo obtenido, la retención del poder político.

Pero en Venezuela, los partidos políticos no generan mucho interés, debido a la falta de representatividad. Las masas no se sienten identificadas con el partido hegemónico, el chavismo, porque lo ven enfocado en procurar beneficios para sus integrantes a costa del país. Tampoco por el espectro completo de partidos opositores, por considerarlos ineficaces en su objetivo de restaurar la democracia y el Estado de derecho.

Así que a nadie le debe sorprender que diversos actores de la sociedad civil llenen de alguna forma ese vacío, fungiendo como mediadores entre la ciudadanía común y el Estado (un rol que por lo general los partidos desempeñan). Tampoco que sean los que más atención reciban por parte de las masas, aunque sea la minoría no “despolitizada”.

Quienes me honran con la lectura habitual de esta columna sabrán que a partir del año pasado yo mismo se las he dedicado en varias ocasiones, bien sea para tratar, dentro de mis enormes limitaciones, de echar luz sobre el concepto de sociedad civil a partir de postulados clásicos de Tocqueville y Hegel, o para explicar por qué, de cara al estancamiento de los partidos opositores, a muchos líderes de la sociedad civil no les queda más remedio que entenderse con el régimen para sobrevivir.

En la presente oportunidad, voy a referirme de nuevo a la sociedad civil, de una manera que a primera vista podría parecer que contradice mi argumento previo sobre la inevitabilidad de aquel entendimiento entre ella y el régimen, y la consiguiente futilidad de denunciarlo. Atajo de antemano a posibles confundidos con lo siguiente: una cosa es tratar de mantenerse a flote en el statu quo de hegemonía chavista, y otra muy distinta es promover medidas que prolonguen esa hegemonía.

Probablemente ya habrán adivinado lo que tengo en mente. Ciudadanos que en semanas recientes se han aproximado a Miraflores, no tanto para pedir concesiones que les permitan realizar mejor sus respectivas funciones privadas, como para tratar de influir en la política venezolana, desde las vertientes nacional e internacional. En tal sentido, han asumido posiciones polémicas en materia de sanciones, diálogo y responsabilidades del chavismo y del liderazgo opositor en la crisis

Sobre la pertinencia o impertinencia de tales posiciones ya se ha hablado bastante. Me interesa más discutir las reacciones de estos ciudadanos, y de quienes en mayor o menor grado los respaldan, ante los cuestionamientos que aducen que sus planteamientos, de concretarse, suponen un riesgo de fortalecimiento del control chavista sobre el país, con todas sus implicaciones arbitrarias y empobrecedoras. Cuestionamientos que creo acertados.

Quisiera aclarar que no tengo absolutamente nada personal en contra de estas personas. De hecho, por su labor desinteresada al servicio de quienes lo han pasado peor en la catástrofe humanitaria, me cuesta creer que algunas de ellas actúen de mala fe. Y a diferencia de otros de sus críticos, me voy a abstener de hacer señalamientos de motivación pecuniaria, que de todas formas no podría demostrar.

Pero no por eso voy a aceptar la pretensión de desestimar las inquietudes razonables que yo y otros tenemos sobre su proceder. Si bien algunos de los referidos ciudadanos y terceros que simpatizan con sus posturas se han mostrado abiertos a discutir con gentileza los cuestionamientos que se les hacen, otros han sido más soberbios e intolerantes. He llegado a ver incluso la insinuación de que, por tratarse de miembros de la sociedad civil, y no de militantes de partidos, estos señores están por encima del bien y del mal de la política y, a diferencia del sectarismo mezquino del PSUV o VP (o AD, o PJ, o Vente, etc.), están inspirados únicamente por el deseo de progreso nacional colectivo, lo cual les brinda un mejor juicio sobre el camino por seguir. Juicio que nadie debería cuestionar.

Vaya ridiculez. Los actores de la sociedad civil podrán ser muy ajenos a la búsqueda del poder del Estado, a diferencia de los partidos. Eso no significa que no sean actores políticos.

Al tratar de influir en la res publica, estos señores son exactamente eso. Y todo lo que haga un actor político está sujeto a crítica en la opinión pública, porque potencialmente afecta al público.

Criticamos, con mucha razón, a los dirigentes de partidos políticos, por sus yerros y vicios. ¡Y miren que en Venezuela no faltan las oportunidades para hacer tal cosa! Pero no entiendo por qué ha de ser distinto con miembros de la sociedad civil que fungen como actores políticos. A ellos no les reconozco ninguna pretendida omnisciencia, ni ninguna pretendida superioridad moral.

No importa que sus intenciones sean las más puras, como tal vez en efecto lo sean. Los errores, en política, también son dignos de reproche. Porque, insisto, nos pueden afectar a todos.

Las damas y los caballeros sobre los que versa este artículo sostienen que uno de sus objetivos es fomentar el debate sobre lo que se debe hacer para romper con el estancamiento de la política venezolana. Estoy de acuerdo en que tal debate es necesario. Pero tiene que ser entre partes que admitan la posibilidad de estar equivocadas. Quien se cree dueño de la verdad y de la virtud no debate. ¿Quieren ser representantes de la sociedad civil? Bueno, parte del civismo es la disposición a contemplar la posibilidad de errores propios. Vamos a comenzar por ahí.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El precio de la perestroika bananera, por Alejandro Armas
La perestroika bananera es preferible al cuasi estalinismo que la precedió. Pero con el chavismo todo el ideario es fachada para tapar deseos crematísticos

 

@AAAD25

Se acabó la Cuaresma, así que espero que se me perdone si empiezo este artículo con tono, no penitente, sino algo jactancioso. Tal vez por haber trabajado en un medio especializado en economía me quedó el hábito, incluso durante mis más de dos años en el extranjero, de estar muy pendiente de las disparatadas andanzas del chavismo en ese ámbito.

Por eso me llamó la atención, a principios de 2019, el hecho de que había pasado un buen tiempo sin razzias de la Sundde obligando a comercios a bajar precios de forma ruinosa. Luego, sobre todo a partir del traumático apagón de marzo de ese año, el uso informal del dólar como medio de pago se volvió cada vez más común, sin interferencia del Estado. Empecé a sospechar entonces que el régimen estaba dando un gran giro en su política económica.

Modestia aparte, tal vez fui de los primeros venezolanos en reconocer públicamente esta apertura parcial de la economía, el fin del cuasi estalinismo conducido por Jorge Giordani y Alfredo Serrano, la llamada perestroika bananera.

Al principio, hubo bastante resistencia a admitir estos cambios. La idea de que el chavismo estuviera haciendo algo realmente positivo por la economía era inverosímil. Hoy, en cambio, es difícil encontrar a alguien que insista en negarlos, aunque todavía los hay, como los que se indignaron con Karina y Kiara por simplemente decirlo.

Pero, como no me canso de repetir, nuestra perestroika se apellida “bananera” por algo. Es turbia, indigna de confianza, excluyente, tosca y muy caótica. Tiene sentido si se tiene en cuenta que su motivación no fue una transformación ideológica en el régimen hacia el liberalismo clásico, sino una accidentada medida drástica para la supervivencia. Por eso sus vaivenes frustrantes, el más reciente de los cuales es la reforma al Impuesto a las Grandes Transacciones Financieras, menor conocido por esas siglas, IGTF, que todos temen ver en sus facturas.

Bastante se ha hablado ya de lo arbitrario y nada práctico que es este gravamen. Tampoco veo necesario discutir en detalle su obvia impopularidad entre ciudadanos comunes que a duras penas logran estirar un puñado de dólares. Prefiero escribir sobre las motivaciones. El desplome del producto interno bruto frenó, y se proyecta que 2022 sea el primer año de crecimiento económico en casi una década, cosa de la que Nicolás Maduro hace bastante alarde. ¿Qué necesidad puede haber de inventar un impuesto que entorpece una recuperación ya frágil y limitada?

Al principio, cometí el error de tomarme demasiado en serio las justificaciones del chavismo y de su oposición prêt-à-porter, la cual por cierto dio su visto bueno al IGTF en la Asamblea Nacional electa en 2020, demostrando así que ni para hacer disidencia simbólica sirve. Estas excusas básicamente aluden a la necesidad de recuperar el valor del bolívar, puesto que es la moneda nacional. Vaya pretexto. Miren que devastar una moneda y luego reprocharle a la gente no querer usarla. Por no hablar de la futilidad de la medida, de ser la intención tal, puesto que la desconfianza en el BCV y su emisión monetaria seguiría intacta.

Luego lo pensé un poco mejor y recordé que, con el chavismo, todo el ideario es fachada para tapar deseos bastante crematísticos. Por ponerlo en términos del Marx del que hoy discretamente reniegan, lo material es la base que soporta una superestructura abstracta de proclamas axiológicas. Dicho de forma más sencilla, me pregunté cuál es el provecho pecuniario que los autores del IGTF le pueden sacar. Puede que sí haya algún motivo intangible, aunque más que un pretendido nacionalismo monetario consista en maniobras para disimular la pulverización del bolívar por políticas económicas nefastas. Pero al final, creo que la preocupación principal no es esa.

Entonces, siguiendo la onda de pensamiento utilitario y maquiavélico, recordé esa obra maestra de la ciencia política contemporánea que es El manual del dictador, de Bruce Bueno de Mesquita y Alastair Smith. Su premisa básica es que los regímenes autoritarios necesitan constantemente distribuir recursos entre los miembros de una ínfima parte de la población que los mantiene en el poder. Esta es la llamada “coalición ganadora”.

Consideren este fundamento y pónganse en el lugar del chavismo. El Estado se encuentra quebrado y por lo tanto es una pésima fuente de ingresos para distribuir entre la coalición ganadora. Las sanciones internacionales agravaron la cosa. De manera que para el régimen se volvió urgente conseguir fuentes alternas de ingreso. Tal vez miraron lo poco que quedaba del sector privado aún en pie y decidieron que, para generar algo de riqueza, no había más remedio que encargárselo a la “burguesía parasitaria” y darle a esta estímulos. Eso es lo que a mí juicio subyace a la perestroika bananera.

Por supuesto, el fin de las regulaciones extremas fue bien recibida por el sector privado. Hubo un boom de inversiones, aunque contenido al comercio, los servicios y la recreación. Pero muchos pensaron que sería de gratis. Ah, ah. Tarde o temprano la elite gobernante cobraría su tajada de riqueza. Probablemente por la vía fiscal. Creo que el IGTF es parte de eso, y no descarto de ninguna manera que en el futuro haya medidas impositivas del mismo tenor. Una bofetada para los ilusos que se sienten cómodos sacrificando la democracia, porque creen que ahora vamos a ser como el Singapur de Lee Kwan Yew, con todas sus facilidades para los grandes negocios.

Pero esperen. ¿Acaso no es contraproducente entorpecer la recuperación económica si el objetivo es generar la mayor cantidad de riqueza posible y luego extraer una jugosa porción? Probablemente sí. Pero ya hemos visto en Venezuela cómo la rapacidad insaciable puede terminar siendo perjudicial en el largo plazo hasta para las manos que agarran todo. Incluso antes de las sanciones el sistema previo ya se estaba volviendo inviable como fuente de ingresos sustanciales. Pdvsa, en el epicentro de ese sistema, acumulaba años de debacle por manejos incompetentes y corruptos. Su bombeo cayó en un foso del que aún no sale. Lo mismo pasó con Sidor y prácticamente todas las empresas públicas, algunas de ellas hoy puestas bajo control de empresarios privados bien conectados con la elite gobernante.

La perestroika bananera es sin duda preferible al cuasi estalinismo que la precedió. Pero, y parece mentira que uno tenga que decir esto, no es una panacea. Las arbitrariedades siguen, tanto en lo político como en lo económico. Decida usted si se siente satisfecho con un país así.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La reproducción cancerosa de partidos venezolanos, por Alejandro Armas
La segunda década de hegemonía chavista fue fecunda en la formación de partidos, lo que coincide con el desmontaje definitivo de la democracia en Venezuela

 

@AAAD25

Si mal no recuerdo fue Groucho Marx quien, en uno de sus ingeniosos aforismos, dijo “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”. Lo que en circunstancias alternas es un chiste gracioso, en la política demasiado a menudo es una realidad triste. Por ejemplo, pensando en la broma de Marx, tenemos a los políticos incapaces de pasar mucho tiempo sin cambiar de partido.

Este no es un fenómeno para nada endémico de Venezuela (piensen por ejemplo en el señor Jair Bolsonaro justo al otro lado de las sierras de Parima y Tapirapecó). Pero nuestro país ha dado su buena camada de políticos marxistas, seguidores no del materialismo dialéctico sino de la inconsistencia ideológica de Groucho. Se me vienen a la cabeza Aristóbulo Istúriz e Ismael García. Pero ahora Henri Falcón quiere hacerles competencia.

Ah, Falcón. En la novela policíaca de Dashiell Hammett, todos quieren el Halcón Maltés. No ha tenido tanta suerte esta otra ave de presa oriunda no de Malta sino de Nirgua. Hay que decir que, apartando sus mutaciones propias, el rechazo por sus compañeros es otra razón de su trashumancia partidista.

Falcón comenzó su trayectoria política en el Movimiento Quinta República, devenido en el PSUV. Luego rompió con Chávez, sin aliarse con la oposición tradicional, para jugar a la alternativa «ni-ni» en Patria Para Todos. Aunque al PPT no le fue muy bien con ese cambio de identidad, el chavismo decidió intervenirlo vía TSJ para volverlo a cuadrar con el PSUV. Entonces Falcón fundó su propio partido, Avanzada Progresista. Estuvo al frente del mismo por casi una década… Hasta el mes pasado, cuando sus otrora colaboradores le arrebataron las riendas. A raíz de ello creó otro partido más, bautizado “Futuro”. En verdad, decir que Falcón es una figura trágica sería una deshonra para figuras trágicas como Orestes y Medea.

Así pues, debemos darle la bienvenida a Futuro al catálogo de partidos políticos venezolanos. ¡Porque entre más oferta, mejor para los consumidores! No, mentira. Eso es lo que les diría si fuera uno de esos tontos, o cínicos, que actúan como si estuviéramos en democracia.

La proliferación ad nauseam de partidos políticos venezolanos es más bien lamentable. Se reproducen de forma anormal, como células en un tejido canceroso. Es otro síntoma de la enfermedad que mantiene congelada nuestra crisis política. O, tal vez sea mejor decir, una señal de la estabilidad del autoritarismo imperante, porque a duras penas puede llamarse “crisis” a algo que no es accidental y que más bien se ha vuelto sustancial.

Venezuela tiene un exceso considerable de partidos políticos. Sobre todo, dentro del espectro de lo que se denomina “oposición”, sea esta real o ficticia.

La segunda década de hegemonía chavista fue sobre todo fecunda en cuanto a formación de partidos, lo cual coincide con el desmontaje definitivo de la democracia en Venezuela.

Hay dos causas fundamentales del boom de partidos. Una es el personalismo de dirigentes que no se conforman con direcciones colegiadas en las que comparten el poder. Quieren organizaciones en las que ellos son el Sol y los demás militantes son planetas en el mejor de los casos, y asteroides en el peor. El caso más notable es Leopoldo López, quien dejó Primero Justicia, de seguro cansado de estar por debajo de Julio Borges en la jerarquía; se pasó a Un Nuevo Tiempo, donde tampoco consiguió el protagonismo deseado, y terminó creando Voluntad Popular.

La otra causa consiste en diferencias de pensamiento, pero no exactamente ideológicas. En realidad, el grueso de los partidos opositores (insisto, auténticos o falsos) es más o menos homogéneo doctrinariamente. Se adscribe vagamente a la socialdemocracia. La verdadera diferencia radica en cómo lidiar con la hegemonía chavista.

Por muchos años, estas diferencias no fueron muy marcadas porque había una creencia casi unánime en que se podía lograr el cambio político mediante el voto. Eso fue lo que mantuvo cohesionada a la MUD como alianza que iba desde Henri Falcón hasta María Corina Machado. Una vez que el chavismo decidió eliminar los últimos vestigios de competitividad electoral y bloquear ese camino, la MUD hizo implosión. Pero, además, surgieron fracturas irreparables dentro de los partidos que la integraban. Es lo que vimos con Delsa Solórzano, quien renunció a Un Nuevo Tiempo para fundar Encuentro Ciudadano.

Entonces, tenemos a partidos que insisten en el voto como única forma legítima de resistencia, pese a su vacío total. Son estos los que se adaptan a la hegemonía chavista simulando oponerse a ella, aunque irónicamente se llamen “El Cambio” o “Cambiemos”.

Luego tenemos al bloque que aspira a forzar al régimen a que negocie una transición, por vías no necesariamente comiciales, pero que no ha logrado concretar alternativas. Ahí están Juan Guaidó y sus aliados. Por último, Vente Venezuela y compañía, reducto final de las fantasías de intervención extranjera à la Panamá 1989.

Al distinguir a cada uno, la lista de partidos individuales termina pareciendo una de esas vertiginosas enumeraciones borgianas: Primero Justicia, Primero Venezuela, Acción Democrática, Acción Democrática intervenida por el TSJ, Un Nuevo Tiempo, Voluntad Popular, Voluntad Popular intervenida por el TSJ, La Causa R, Vente Venezuela, Avanzada Progresista, Movimiento Progresista de Venezuela, Copei, Copei intervenido por el TSJ, Alianza Bravo Pueblo, MAS, Encuentro Ciudadano Cambiemos, Fuerza Vecinal, Bandera Roja, Prociudadanos, Alianza del Lápiz, Redes, Movimiento Ecológico de Venezuela, Soluciones, Puente, Movimiento de Integridad Nacional, El Cambio, Gente Emergente, etc. Y ahora… Futuro.

Asociar el genio literario de Borges con este conjunto gris acaso sea insolente. Mejor hacemos el símil con el tedioso Canto II de la Ilíada, ese en el que Homero se dedica a recitar las identidades de los tripulantes de las naos, así como sus respectivos abolengos gloriosos. Y sin embargo sigue habiendo algo que está mal. Porque ya quisiéramos nosotros que estos políticos nuestros fueran como los guerreros aqueos ante Troya: se tardan mucho, pero al cabo de una década cumplen con el objetivo. Claro, Henrique Capriles no es un Aquiles, ni Antonio Ledezma un Diomedes, ni mucho menos Javier Bertucci un Áyax Telamonio.

No diré que el concierto de todos estos partidos en una sola alianza sea deseable. La oposición prêt-à-porter ha demostrado que sus intereses son otros, incompatibles con la causa democrática venezolana. Pero sí apreciaría menos personalismo soberbio y más cohesión estratégica entre quienes sí lo están intentando, aunque su desempeño sea pobre. Tal vez, precisamente, si atacaran esos dos problemas, serían más eficaces.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Entre apagones y conformistas, por Alejandro Armas
Los hechos oscuros chocan con la perorata de los nuevos amigos, conscientes o inconscientes, de la elite gobernante. Aquellos traficantes del conformismo disfrazados de oposición

 

@AAAD25

Varias veces, durante la perestroika bananera aún en desarrollo, me he puesto a rememorar con familiares y amigos los últimos años del cuasi estalinismo chavista. Sin duda fueron los peores en toda la historia venezolana desde el fin de las guerras civiles. Aunque tal vez fútil y morbosamente banal, esas tertulias incluyeron discusiones sobre cuál fue el año específico más nefasto. Yo suelo argumentar que 2018 se lleva el infausto galardón. Jamás olvidaré la inflación de tres dígitos en un solo mes, así como la perdurable escasez de productos. Todo ello sin que aún hubiera indicios de que el chavismo pensara introducir siquiera la más mínima reforma económica, lo cual hacía del panorama mucho más desolador.

No obstante, sería válido afirmar que en realidad nuestro máximo annus horribilis en términos sociales tuvo una duración que se prolongó algo más allá de los cálculos astronómicos sobre el movimiento de traslación de la Tierra. Pido licencia entonces para una extensión hasta marzo de 2019. Algo así como aquel planteamiento de Manuel Caballero de que Venezuela realmente no entró en el siglo XX hasta la muerte de Juan Vicente Gómez en 1935. Y si alguien me va a tildar de loco por esta licencia, solo diré que este año se cumple un siglo de aquel debate entre Albert Einstein y Henri Bergson sobre la naturaleza del tiempo, en el cual el filósofo desafió la rigidez matemática y noúmenal en las nociones del físico y pidió que fuesen considerados factores psicológicos.

Ahora bien, ¿por qué la irregularidad (palabra de moda) cronológica abarca hasta marzo. Pues, debido a un evento que también acaba de cumplir años pero que es mucho más triste que la discusión entre Einstein y Bergson. Me refiero al gran apagón de 2019. Mientras que aquel en general fue un año menos terrible que su predecesor, debido a los primeros pasos de la perestroika bananera, si pudiéramos escoger un solo evento que marque el punto más bajo en nuestro descenso a los abismos, sin duda sería aquella oscurana, precisamente tan tenebrosa como la zona abisal de los mares.

Yo no lo viví. Ocurrió durante mi periplo estudiantil en Nueva York. Así que si les dijera que mi angustia y mi sufrimiento por esos días fueron iguales a los de quienes estaban en Venezuela, pues les estaría mintiendo descaradamente. Pero tampoco me lo tomé con indiferencia. Entrar al Twitter venezolano por aquellos días era como leer una transcripción de gritos y lamentos de almas en pena, desesperadas y atormentadas, como los condenados al Averno que Caronte empujó desde su barca en la pintura de Miguel Ángel. Al segundo o tercer día sin luz, durante un paseo por Manhattan para tratar de calmar mis nervios lo que hice fue pensar en mi familia en Caracas y echarme a llorar en plena calle.

Durante las primeras semanas luego de que volviera la electricidad, hubo temores razonables de que la cosa se repitiera. Por suerte, no fue así. Pero el apagón dejó heridas psicológicas que para algunos tal vez nunca cicatrizarán del todo. Se abren un poco con cada corte de luz por horas o solo minutos.

Fue en 2019 cuando me uní, telecomunicaciones mediante, a un grupo de amigos politólogos o de otras profesiones, pero altamente interesados en la política. Están regados por distintas partes de Venezuela y algunos viven en el extranjero. La mayoría está o estuvo radicada en el occidente del país. Son zulianos y andinos. Es decir, habitantes de aquella parte de Venezuela donde los apagones han sido más frecuentes, al punto de volverse parte de la cotidianidad. Pero, con el tiempo, según su propio testimonio, la frecuencia bajó, sin que los cortes de luz desaparecieran del todo. Esta mejora fue circunscrita dentro de los cambios que ha habido en Venezuela a partir de 2019 y que han hecho que la vida en el país sea apenas un poco menos dura que hace cuatro o cinco años.

Ahora los viejos malos tiempos volvieron, con más horas sin luz en las zonas crepusculares del país.

Era algo que se venía dando semanas antes de que el chavismo, en boca del ministro Néstor Reverol, se dignara a reconocer el problema, aunque solo lo hizo en Zulia. En realidad, los apagones se han recrudecido también en Lara, Trujillo, Mérida y Táchira.

Vaya forma de convalidar el discurso de Delcy Rodríguez, quien afirmó que el año pasado «se recuperó en 22 %» el sistema eléctrico nacional, parte de una “rendición de cuentas” ante un parlamento que su hermano preside y que no es más que un apéndice, con fachada institucional, de la elite gobernante (no he querido agregar el problema hídrico por razones de espacio, pero baste con señalar que hasta en la relativamente privilegiada Caracas, hay gente que pasa semanas sin una gota de agua).

Los hechos oscuros también chocan con la perorata de los nuevos amigos, conscientes o inconscientes, de dicha elite. Aquellos traficantes del conformismo que venden la adaptación disfrazada de oposición y que nos pintan un país con más maravillas que el imaginado por Lewis Carroll, y en el que podemos vivir materialmente como ciudadanos del mundo desarrollado, aunque el chavismo gobierne hasta quién sabe cuándo.

Si Venezuela, con su parque industrial casi parado, no puede generar la electricidad para mantener una casa familiar o una escuelita en Mérida o Maracaibo encendidas, ¿qué quedará para las ensambladoras de carros en Valencia? ¿Qué pasaría con este endeble sistema eléctrico si se volvieran a encender los hornos de Sidor? Así una economía no se recupera. Como mucho, puede mantener las burbujas urbanas de importación y comercio de bienes acabados que ya hay.

Levantar los controles de cambio y de precio estuvo bien, pero dista mucho de ser suficiente. Como dijo uno de mis amigos marabinos esta semana, “Venezuela se empezará a arreglar cuando comience un programa serio de estabilización que atienda la pobreza extrema y la situación de los servicios públicos. Lo demás es un chiste”. ¿Podemos esperar algo así de la misma elite gobernante que permitió una desidia tan grande como para que sus conciudadanos pasen más de una semana sin luz? Me parece que no. E incluso si lo hicieran, no habría ninguna garantía de que la nueva prosperidad no sería otra ilusión detrás de la cual está el despilfarro que no deja nada ahorrado para cuando llega la época de vacas flacas.

Solo con un sistema en el que a los políticos les interese el bienestar colectivo, así sea solo por los votos necesarios para obtener el poder, podrán tal vez sanar completamente las heridas que dejó el gran apagón de 2019. Ese sistema es la democracia, y depende de nosotros insistir en buscarla.

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