Alejandro Armas, autor en Runrun

Alejandro Armas

Si se van todos, ¿qué sigue?, por Alejandro Armas
El venezolano no vocifera sobre el asfalto “¡Que se vayan todos!”, porque piensa que sería inútil y al mismo tiempo peligroso

 

@AAAD25

Se presume que la consigna “¡Que se vayan todos!” se originó en las protestas contra el gobierno de Fernando de la Rúa en Argentina, en 2001. Dada la sencillez de esta expresión, no puedo darlo por seguro y no me parece descabellado asumir que ha aparecido en contextos similares anteriores. No importa. Asumamos que sus raíces son efectivamente porteñas. Estamos pues ante otro de los aportes argentinos a la riqueza del castellano, como lo fueron antes los lunfardos. Creo que es un grito muy latinoamericano, por la larga historia en la región de elites políticas corruptas y mediocres. Vean nada más lo que ocurre en la propia Argentina, en Perú o en Venezuela.

Ok, el caso venezolano tiene manifestaciones distintas. No hay gente obligada a decidir entre una fauna de políticos impopulares en la elección presidencial de este año, como sucede en Buenos Aires. Los argentinos al menos tienen el privilegio de poder elegir democráticamente. Tampoco hay una ola de protestas exigiendo comicios generales adelantados, como en Lima. Lo que ha ocurrido este mes en las calles venezolanas va por otro lado. Pero en los tres países, el sentimiento subyacente de la ciudadanía común hacia la clase política en pleno es parecido: hartazgo.

El venezolano no vocifera sobre el asfalto “¡Que se vayan todos!”, porque piensa que sería inútil y al mismo tiempo peligroso. Estamos en un país en el que exigir el fin del gobierno chavista puede conllevar cárcel. Pero en privado, aquel es el deseo generalizado cuando se habla de política. Y no solo abarca a la elite chavista. También a la dirigencia opositora. A la primera, por atribuirle la destrucción de la calidad de vida de las masas. A la segunda, por incapaz de presentar un plan efectivo con miras al cambio de gobierno.

Hasta cierto punto, soy parte de los millones que se sienten así. Del chavismo no espero absolutamente nada en términos de recapacitación. Asumí hace mucho que solo desistirá de su hegemonía cuando la misma pierda su sentido. Cuando el ejercicio de todo ese poder no se traduzca en los disfrutes obscenos a los que tiene acceso la clase gobernante. Prefiero enfocarme entonces en lo que podemos hacer los venezolanos que sí queremos que este país progrese para llegar a aquel escenario, primer paso indispensable.

Es por eso que esta y mis otras ventanas de comentario, sin creerme yo Demóstenes o Cicerón, a menudo portan filípicas y catilinarias (exquisita expresión que no puedo atribuirme, pues la leí en una novela de Fernando del Paso) hacia la dirigencia opositora. Quien esté familiarizado con mi opinión ha de saber que critico sin miramientos al liderazgo disidente por su falta de estrategia, sus peleas mezquinas y su poca transparencia. No obstante, tengo un problema con el “¡Que se vayan todos!” venezolano. Y es que me pregunto, si eso se cumpliera, ¿qué vendría después?

Lo mejor que pudiera pasar ahora en la política venezolana es que surja un nuevo liderazgo opositor. Uno que no esté marcado por los vicios y fallas del que hay ahora. Pero yo no puedo asegurar que tal cosa vaya a ocurrir. De hecho, lo veo poco probable. En general, la población está políticamente desmovilizada. El trauma por la represión de las protestas de 2014 y 2017, así como la frustración por la falta de resultados en esas manifestaciones, lograron que muy pocas personas sigan dispuestas a desafiar abiertamente al chavismo.

Sí, ahora tenemos protestas de docentes y otros trabajadores públicos. Pero creer que de ahí saldrá un nuevo liderazgo político me parece una mala apuesta. Los manifestantes están exigiendo mejoras laborales. No un cambio de gobierno. Si el gobierno les diera lo que demandan, se retirarían de las calles. Y si no se los diera, veo más probable una caída en la resignación amarga que la transformación de unas protestas sociales en protestas políticas. Pudiera equivocarme, pero no creo que de esto salga un Lech Walesa criollo.

Al menos los maestros están activos. No puede decirse otro tanto del resto de la sociedad. Entonces, todos queremos un nuevo liderazgo. Pero, ¿cuántos están dispuestos a tomar la iniciativa? Es fácil autoproclamarse patriota y decir que se está dispuesto a darlo todo por el país. Pero, ¿quién está realmente listo para correr los riesgos de ser un dirigente opositor en Venezuela? ¿Quién se ha aprestado para lidiar con la posibilidad de terminar exiliado o preso, de que le quiten sus bienes y negocios y de que le persigan a la familia?

Una cosa les puedo asegurar: yo no lo estoy. Trato de hacer mis aportes con lo que (creo) se me da bien. Pero conozco perfectamente mis limitaciones en términos de arrojo y osadía. No tengo vocación de mártir por la patria, cosa de la que no me enorgullezco, pero que tampoco omitiré. Por una obviedad ética, no puedo exigirles a otros que hagan lo que yo no estoy dispuesto a hacer. Ergo, no puedo pretender que otras personas desplacen a la dirigencia opositora actual.

¿Qué puedo hacer entonces? Pues, modestamente me atrevo a decir, lo que he venido haciendo en los últimos años. Es decir, desear que surja un nuevo y mejor liderazgo pero, dado que eso no depende de mí, instar entretanto al que ya existe para que haga lo correcto.

Eso no implica apoyo ciego. No implica hacer todo lo que esos dirigentes pidan (incluso si todos estuvieran halando en la misma dirección, cosa que no hacen). Por el contrario, significa cuestionarlos y abstenerse de seguirles la corriente cuando se piense que actúan de forma equivocada o aviesa. Pero también supone reconocerles los aciertos, cuando los tengan. No porque sean particularmente virtuosos, sino porque, viendo la inviabilidad de las alternativas, no veo qué otra cosa con sentido se pueda hacer. En la política, demasiado a menudo no se cuenta con los escenarios óptimos y los actores ideales. Ni siquiera con los escenarios clase B y los actores bastante buenos sin ser perfectos. Cuando lo que tienes es malo, puedes ponerlo a prueba aun a sabiendas de que la probabilidad de éxito es poca. O puedes no hacer nada, a sabiendas de que la probabilidad de éxito es nula.

Es por eso que no me sumo al “¡Que se vayan todos!”. Me parece un alarido al vacío. Un mensaje sin destino, como tituló Briceño Iragorry uno de sus ensayos más preclaros, pero en sentido literal y sin metáforas. Esperar como lo hacían Estragón y Vladimir por Godot, ad infinitum. Porque hasta que un ser humano de carne y hueso se presente con nuevas ideas, el tan invocado outsider es apenas una entelequia. Prefiero quejarme, pero dirigiendo mis quejas a personas concretas que ya están desempeñando un papel.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Confesiones de un venezolano afortunado y preocupado, por Alejandro Armas
Hoy quiero hablarles de cómo ha sido mi vida en medio de la crisis humanitaria que sufre Venezuela desde hace casi una década

 

@AAAD25

Si uno tiene el inmenso privilegio de contar con un espacio regular de opinión en un medio de comunicación masiva, lo menos que puede hacer es dedicarlo a temas de interés público. Ponerse a hablar de uno mismo, como si la vida privada propia fuera relevante para el colectivo, puede entonces pasar por el colmo de la soberbia, la ridiculez y la frivolidad. Pero no siempre es así. En muy contadas ocasiones, el relato de experiencias personales en situaciones complicadas puede ayudar a otros que se encuentran en trances parecidos. O, en el contexto de un problema masivo, la manera en que uno se relaciona con el mismo facilita la empatía con el público al que se desea persuadir sobre cómo actuar al respecto.

Más o menos esa es la idea que subyace el artículo de hoy. Hoy quiero hablarles de cómo ha sido mi vida en medio de la crisis humanitaria que sufre Venezuela desde hace casi una década.

Pudiera decirse que es un conjunto de confesiones, sin aspirar de ninguna manera a la trascendencia de los escritos que en ese género hicieran genios como Agustín de Hipona o Rousseau, pero que de todas formas espero que ayuden a aclarar ciertos menesteres sobre lo que me importa como venezolano. ¿Y por qué tendría yo que confesar algo sobre un fenómeno de consecuencias tan compartidas y palpables como el que una economía se vaya al demonio y la inmensa mayoría de la población se empobrezca? Pues porque, en realidad, mi experiencia en ese ámbito no fue la de esa inmensa mayoría.

Varias veces me han preguntado por qué soy tan insistente (“intenso” es la palabra de moda hoy) sobre la necesidad de no conformarnos con este mediocre y abyecto statu quo de autoritarismo, injusticia y pobreza. ¿Es que acaso mi vida no ha sido, y sigue siendo, relativamente feliz y libre de carencias materiales a pesar de lo que le pasó a Venezuela? Quienes me conocen lo preguntan con seguridad. Quienes no me conocen, redes sociales mediante, lo hacen por suspicacia. Y tienen razón. Así que, en aras de la autenticidad de mi apelación, me veo obligado a hacer estas confesiones. No quiero hacerme pasar por la víctima que no he sido, porque estaría banalizando el sufrimiento de quienes sí estuvieron, o están aún, en un calvario.

Confieso entonces que aunque mi familia no llegó rica al momento en que estalló la crisis, nunca caímos en una situación de pobreza estructural. Ni siquiera pobreza de ingresos. Nosotros nunca pasamos hambre. No vivimos a base de mangos. No recuerdo que hayamos pasado por un período largo de tiempo sin consumir algún producto de la cesta básica involuntariamente. No hubo entre los míos ningún desorden fisiológico por falta de nutrientes. Sí, tuvimos que hacer colas largas en supermercados e ir a sitios fuera de nuestros hábitos para completar el abastecimiento doméstico. Pero comida variable siempre hubo en la nevera.

Y hablando de comida, lo cierto es que nunca dejamos de ir a restaurantes con regularidad. Yo mismo, un adicto a la vida cultural de dondequiera que esté, nunca dejé de asistir con frecuencia al cine y al teatro. Para moverme por la ciudad siempre conté con un carro, excepto cuando por alguna razón el mismo presentara un desperfecto inhabilitante. Así que la debacle del transporte público, con la falta de autobuses por falta de repuestos y los aumentos recurrentes del pasaje, no fue un dolor de cabeza para mí (aunque nunca dejé de usar el Metro, una rara afición mía, para mis periplos recreativos por el centro de Caracas).

Mi familia es caraqueña de pura cepa, con raíces en Catia y San Bernardino. Eso significa que somos beneficiarios de los privilegios que el chavismo decidió otorgarle arbitrariamente a la capital, a menudo a costa del resto del país. En comparación con zulianos y andinos, hemos sufrido muy pocos apagones, de menor duración. Nunca tuvimos que amanecer en una cola para poner gasolina. Creo que hasta nos ha pegado menos la falta de agua, a pesar de que ese es un problema del que Caracas no pudo escapar.

Fue en 2018, el peor año hasta ahora de la crisis, cuando me fui a Nueva York a estudiar un posgrado. Volví en 2020 a un país que ya estaba en plena perestroika bananera, con los horrores más espeluznantes atrás. De manera que, recapitulando, no puedo negar que he sido una persona inmensamente afortunada. Por ello, doy gracias todos los días.

Mi vida en Venezuela sigue siendo privilegiada, para los estándares del país. Estoy residenciado en una urbanización acomodada del este de Caracas, y no es bajo el techo de alguno de mis padres. Tengo un trabajo relacionado con lo que me apasiona y con sueldo relativamente alto. Excepto por viajar regularmente al extranjero para conocer otras culturas, no me privo de lo que me gusta.

¿A qué se debe entonces mi “intensidad” con el tema político venezolano? Pues se debe a que parto de la premisa, la cual ha sido bastante comprobada, de que sin un cambio de gobierno a duras penas cabe esperar que haya una recuperación inclusiva de la economía y que las masas recobren su calidad de vida. Me preocupo, entonces, por los que no viven como yo. Por los que tienen salarios que no llegan ni a $100. Por los que viven fuera de la burbuja caraqueña.

Por los que siguen considerando desafiar a la muerte atravesando las selvas del Darién en búsqueda de una vida decente en el norte.

Sobre todo ahora que los mecanismos que el gobierno desarrolló para desacelerar la inflación se están agotando. Temo por un recrudecimiento de la pobreza que ya está en niveles horrendos.

Ah, y si no me quieren creer el altruismo, pues déjenme decirles que me preocupo también por mi futuro. Nada en mi pasado ni en mi presente garantiza que seguiré teniendo esta vida. No con el caos político y económico del chavismo apoderado del país. Incluso si emigrara, no me pudiera desentender completamente de todo aquello, pues aquí seguirán todos mis seres queridos que por razones de edad no están en condiciones para reiniciar sus vidas afuera.

Noten que no he mencionado los riesgos de vivir en un país sin Estado de derecho, en el que si un poderoso te tiene ojeriza, hasta por las razones más insospechadas, te puede ir muy mal. Eso ya fue discutido en otro artículo y no veo necesario repetirlo.

He aquí mis motivaciones. Mi caso es minoritario, pero no único. Espero entonces que quienes hayan tenido experiencias similares en esta malhadada nación piensen lo mismo. Es un deber insistir en que no nos podemos dar por satisfechos.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Un showcito de fin de año que nadie quería ver, por Alejandro Armas
Así como los amigos del interinato no tienen un plan para desencadenar el cambio político en Venezuela, sus enterradores tampoco lo tienen

 

@AAAD25

La popularidad de la Navidad o, mejor dicho, del concepto de “temporada navideña” es fácil de entender. Va mucho más allá de los creyentes en la divinidad de un niño nacido en Belén un diciembre. Es una época, extendida a menudo a la primera semana del año, en la que no solo abundan las vacaciones y por lo tanto millones de personas se desconectan de sus trabajos, sino que además lo mismo pudiera decirse de las preocupaciones en general. Incluyendo a la política. Con excepciones, la actividad política trascendente por esos días es poca. Ah, pero como los enemigos del Chapulín Colorado, quienes nos dedicamos (entre otras, por suerte, en mi caso) a observar la política venezolana no contábamos con la astucia de la dirigencia opositora. Sí, con su astucia… ¡Para escribir guiones de bodrios!

Porque eso es lo que fue la triste novela por desastrosas entregas del fin del “gobierno interino” encabezado por Juan Guaidó. El drama de opereta coincidió con el asueto navideño de esta columna. Así que ahora hay mucho que contar. Fueron semanas y semanas de intercambios hipócritas de ofensas y acusaciones. De caos comunicacional, como en un guion de Ionesco, ante una opinión pública ya hastiada por la fealdad e inefectividad de la política venezolana para efectos del bienestar colectivo. De interpretaciones rivales, pero igualmente acomodaticias, de la Constitución.

Y todo eso, ¿para qué? ¿Se justifica toda la hiel derramada? ¿Es que acaso estamos, como en los cuentos de hadas, en un conflicto existencial de buenos contra malos, en el que una de las partes tiene la solución al gran problema, pero debe imponerse a como dé lugar sobre la intransigencia inmoral de la otra? No. En absoluto. Por más que los insoportables grupúsculos de fanáticos de cada facción simulen lo contrario con su griterío patético en redes sociales, lo cierto es que esta guerra fratricida fue totalmente fútil. Se cambió una forma sin alterar en lo más mínimo el fondo problemático.

Porque ni quienes propiciaron el fin del interinato ni quienes trataron de evitar tal desenlace tienen una estrategia para el cambio político en Venezuela. El “gobierno interino” fracasó. Eso es patente desde hace años. Sus defensores más decididos lo niegan, apuntando hacia el reconocimiento de una cincuentena de países y a la confiscación de bienes de la República en el extranjero, que la elite gobernante venezolana trataba como parte de su botín privado. Olvidan que esos no eran fines en sí mismos, sino medios. Medios para el verdadero y único propósito del interinato: precipitar una transición política que ponga fin a la actual hegemonía autoritaria.

Pudiera decirse que de todas formas aquellos medios se deberían preservar. Pero en realidad, ya caducaron o su preservación no depende del interinato. Del tan mentado medio centenar de Estados que reconocieron a Guaidó, casi todos volvieron a entenderse directamente con el régimen chavista, bien sea por cambios de gobierno en aquellos Estados hacia una izquierda amiga del chavismo o simplemente por hastío con una debacle política venezolana que no mejora. La excepción es Estados Unidos. Pero Washington tiene tiempo plegándose a lo que sea que el G4 decida hacer. Voilà.

Su reconocimiento del interinato ahora pasó a la Asamblea Nacional de 2015 que lo reemplaza. Esto aseguraría que los bienes venezolanos bajo su jurisdicción no volverán a manos del chavismo (está por verse qué pasará con otros activos, como el oro en las bóvedas del Reino Unido). Los norteamericanos asimismo insisten en que la normalización de relaciones con Miraflores depende de que haya reformas democráticas en Venezuela. Haya o no sinceridad en tales garantías, su cumplimiento es un entierro en el cual Guaidó no tiene vela.

Pero, volviendo al quid de la cuestión, nada de lo anterior reivindica a los enemigos del interinato que pretenden hacer creer a la ciudadanía que su maniobra es un paso inmenso en la dirección correcta.

En primer lugar, por su descaro. Primero Justicia, Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo pretenden que Guaidó y Voluntad Popular sean los únicos a los que se les pueden atribuir los fracasos y vicios del “gobierno interino”. Como si estos partidos no hubieran tenido su cuota de posiciones de poder en el reparto que se hizo a partir de 2019. Como si no hubieran renovado tres veces el interinato, incluso después de que fuera evidente que no estaba cumpliendo su cometido. Como si no estuvieran extendiendo la vigencia de la Asamblea Nacional electa en 2015 más allá de su duración ordinaria con los mismos argumentos jurídicos que dieron vida al interinato.

En segundo lugar, porque así como los amigos del interinato no tienen un plan para desencadenar el cambio político en Venezuela, sus enterradores tampoco lo tienen. ¿Qué pueden ofrecerle al país en términos estratégicos, más allá del oxidado fetichismo electoral que tanto venden Henrique Capriles y similares?

Todos sabemos que los ojos están puestos en las elecciones presidenciales del próximo año como la siguiente oportunidad de alcanzar un cambio de gobierno. Pero pasan los meses y nadie en la dirigencia opositora está hablando de cómo esos comicios, desprovistos de reglas democráticas, se puedan aprovechar. Nadie dice cómo lidiar con un orden autoritario que no luce para nada dispuesto a cesar solo porque la mayoría ciudadana así lo desee.

Me cuesta mucho creer que los señoritos que tanto pelearon por la suerte del interinato no sean conscientes de todo esto. Así que su motivación ha de ser otra: la administración de recursos públicos en el extranjero que los respectivos gobiernos otorgaron al interinato. Resulta que los entes que ahora estarán a cargo de ellos serán controlados por militantes de los partidos del G4. No hubo cambios más allá de la distribución de accesos a aquellos bienes. Una razón muy mezquina para representar ante el país el espectáculo deprimente de las últimas semanas. Acaso el único consuelo es que el grueso de la población, desde mucho antes decepcionada y hasta aburrida de la política venezolana, no estaba atenta. Pero si no se revierte el desencanto, no habrá la movilización ciudadana que el cambio político requiere. Peleando así, los partidos opositores no ayudan.

Los comienzos de año son momentos para reflexionar sobre lo que hemos hecho con nuestras vidas, pensar en cómo podemos mejorar y ponernos metas en tal sentido, para cumplirlas antes de que la Tierra dé otra vuelta alrededor del Sol. A juzgar por cómo arranca 2023 el liderazgo disidente, pues por desgracia no hay mucha razón para el optimismo en cuanto a su desempeño por venir.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El horrendo regreso de la incertidumbre económica, por Alejandro Armas
Para algunos expertos, es imposible el regreso de estos controles, aunque el chavismo lo intente. Pero solo el hipotético intento luce aterrador

 

@AAAD25

Se le atribuye a John Maynard Keynes el siguiente aforismo, en perfecta sintonía con la tradición empírica inglesa de Bacon y Locke: “Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión”. En Venezuela, con un gobierno al que no le importa abandonar a la sociedad a su suerte entre fuerzas caóticas, aplicar la máxima de Keynes obliga a cambiar de opinión a un ritmo indeseablemente frenético. Sobre todo, por tratarse este de uno de esos regímenes autoritarios contemporáneos ideológicamente flexibles. La consistencia de los idearios totalitarios clásicos al menos permitía tener expectativas sobre el rumbo de los países tan desdichados como para caer en sus garras. Acá no.

Modestia aparte, creo que fui de los primeros dedicados a la observación de la política venezolana en advertir un giro considerable en la forma en que el chavismo maneja la economía nacional. Un abandono del cuasi estalinismo tropical que construyeron dogmáticos de izquierda como Jorge Giordani y Alfredo Serrano, para dar paso a la perestroika bananera: desaplicación de controles de cambio y de precio, tolerancia del uso del dólar para transacciones y privatización de bienes estatizados (bastante opaca y con beneficios para empresarios bien conectados con la elite gobernante, eso sí).

Esos fueron los cambios que permitieron que el producto interno bruto dejara de caer en picado y que saliéramos de la hiperinflación. Pero no ocurrieron por una epifanía súbita en Miraflores sobre las virtudes del libre mercado. Fue solo un cálculo de los jerarcas chavistas para la supervivencia del régimen, habida cuenta del agotamiento del sistema anterior como fuente de ingresos que satisficiera a los elementos que mantienen a Nicolás Maduro y compañía en el poder. Por eso, desde un principio señalé que la perestroika bananera no tiene por qué ser un paradigma para el largo plazo. Así como vino, se puede ir, si el chavismo lo juzga conveniente para sí mismo.

Eso es lo que tal vez esté ocurriendo justo ahora. Puede ser que la perestroika bananera se haya vuelto inviable, mucho más rápido que su predecesor. Los indicios están por doquier. Este año, sobre todo en su segunda mitad, el gobierno volvió a aumentar el gasto público. Tiene muchos menos dólares para satisfacer la demanda de divisas a tasa oficial, lo cual aumenta la búsqueda del paralelo y acentúa la depreciación del bolívar. Estos dos factores han hecho que la inflación se dispare otra vez y que caiga el poder de compra, poniendo en peligro el consumo, sobre todo de bienes y servicios no esenciales.

Algo muy llamativo es la lentitud de la sociedad para reaccionar. Al parecer, el indicador del que el ciudadano común está más pendiente es la tasa de cambio paralela. Pero es que desde hace semanas, meses incluso, se notaba que algo estaba mal. El dólar se encarecía y se encarecía con cada jornada. Pero solo cuando pisó el acelerador la semana pasada, con una subida de 33 %, hubo una reacción masiva… De alarma y decepción, claro está. No sé si la relajación, el jolgorio y la joie de vivre propios de la temporada navideña, cuyo comienzo fue artificialmente adelantado a octubre, surtieron un efecto adormecedor que impidió a muchos notar el problema temprano. No sé si fueron más bien las jugadas de Messi. O no sé si fueron ambas cosas.

Pero debo decir que frustra la demora en el despertar, que apunta a una sociedad que se tragó el cuento de los traficantes del conformismo dizque opositores sobre un gobierno chavista al que ahora sí se le pueden confiar las riendas de la economía y al que por lo tanto ya no es urgente cambiar. O tal vez la gente nunca confió, pero de todas formas se resignó a la pasividad suplicante de que el chavismo al menos deje de arrasar con la economía, aunque siga siendo antidemocrático. Como sea, insisto, tanta ingenuidad, o autoengaño, frustra.

Sobre todo, porque no es la primera vez este año cuando Venezuela experimenta una complicación del panorama económico. En agosto también hubo una devaluación brusca del bolívar. Eso me lleva al siguiente punto en este artículo. No sé si estamos ante un episodio más de tormenta cambiaria e inflacionaria que será sucedido por una temporada de relativo sosiego o si, como afirman varios economistas, esta vez el sistema va a colapsar del todo y no podrá ser levantado de nuevo. Después de todo, las posibles “soluciones” al entuerto actual son dilemáticas y cada una supondría cortarle a hachazos una pata a la mesa de la perestroika bananera.

Volver a recortar el gasto público sería condenar a los empleados públicos a un ingreso misérrimo, con potencial de descontento masivo incontenible, como el que desató las protestas de docentes este año. Alimentar las mesas de cambio a tasa oficial sería seguir agotando las ya mermadas reservas internacionales o hincarse a orar por un aumento brusco en los precios del petróleo.

Y aún no hemos hablado de la peor consecuencia posible: la reanudación de los controles de cambio y de precio. Como en este país al gobierno le importa un bledo la tranquilidad de la gente, al momento de escribir estas líneas no hay claridad sobre lo que se nos viene, o no, por ese lado. Primero la Sundde publica una lista de nuevos precios máximos para productos de primera necesidad en su cuenta de Twitter. Luego la borra sin explicación alguna. Luego es el diputado Jesús Faría, un economista formado en Alemania Oriental, quien confirma la regulación pero sin dar detalles.

Para algunos expertos, es imposible el regreso de estos controles, aunque el chavismo lo intente. Efectivamente, para cuando escribo esto, no he visto reportes de rebajas forzosas en comercios. Pero solo el hipotético intento luce aterrador. Anaqueles vacíos, colas interminables, revendedores. El trauma de los peores años, al acecho.

Como sea, vayamos hacia atrás o hacia un nuevo paradigma, hay una incertidumbre muy fuerte. Eso es quizá lo peor. Durante su época dorada, muy a pesar de sus vicios injustificables, la perestroika bananera al menos dio una impresión de que tocamos fondo. De que estamos muy abajo, pero dejamos de caer. De que a partir de entonces lo peor que nos podía pasar era tener que buscar cómo sobrevivir en medio de tanta adversidad, pero entendiendo el entorno. Acaso ese piso nos lo están quitando de nuevo.

Economistas alertan que la inflación pudiera volver a tener el prefijo “híper”. Es horroroso el daño psicológico por la incapacidad total de planificar nuestras vidas de cara a otro impuesto salto al vacío.

Incluso si, contra mucho pronóstico, la perestroika bananera sale ilesa, seguiremos con la zozobra de un ciclo de estabilidad e inestabilidad marcado por los recursos limitados del Estado. Repito: pasó en agosto y pasa ahora. Pudiera volver a pasar, varias veces.

Entonces, pregunto por enésima vez, ¿vamos a quedarnos sin hacer nada? ¿Vamos a vivir así hasta quién sabe cuánto? O, ante la falta de un liderazgo opositor alternativo, ¿vamos a presionar al que ya existe para que brinde finalmente una estrategia para lograr una transición de verdad, aunque sea negociada con el chavismo? Espero que el próximo año haya una respuesta alentadora.

Posdata: Esta columna se tomará unas vacaciones navideñas a partir de la semana siguiente. Nos vemos en enero. Felices fiestas y mis mejores deseos para todos en 2023.

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¿Venezuela odia a sus académicos?, por Alejandro Armas
Algunos académicos subestiman la naturaleza autoritaria de la elite gobernante e identifican el diálogo con el chavismo como un fin en sí mismo, el típico cúmulo de posturas del buenismo opositor

 

@AAAD25

El desprecio al trabajo intelectual no es nada nuevo bajo el sol. Desde los albores de la vida civilizada, el poder institucionalizado ha perseguido a quienes se dedican a la reflexión y al estudio. Sócrates y Galileo son ejemplos que vienen con facilidad a la mente. En la Camboya tiranizada por los jemeres rojos, solo usar lentes, parte del estereotipo físico del intelectual, hacía a alguien sospechoso de “pensar demasiado” y de ser, por lo tanto, un “contrarrevolucionario” del que hay que deshacerse.

Pero mientras que otros idearios reaccionaron específicamente en contra del pensamiento adverso y cosecharon el favorable (sea el de Pedro Manuel Arcaya y José Gil Fortoul en la Venezuela gomecista o el de György Lukács en la Hungría estalinista), el fascismo hizo del mismísimo hábito intelectual un blanco expreso de su furia. Ello muy a pesar de que, como toda ideología política, el fascismo tiene sus raíces en postulados filosóficos: los de Giovanni Gentile y autores similares (“quien rechaza la filosofía, profesa también una filosofía, pero sin ser consciente de ella”, sentenció Karl Jaspers). Así pues, para el fascismo, el intelectual es un ser prescindible, inútil y no apto para contribuir con los objetivos del Estado-nación. En su lugar exalta la acción física y de consecuencias materiales, tanto constructivas como destructivas. El ciudadano ideal fascista es un trabajador manual o un soldado. De ahí la exaltación de la maquinaria industrial y de la violencia bélica, así como el llamado a eliminar bibliotecas, en los escritos panfletarios de Filippo Tommaso Marinetti que tanto influyeron en el fascismo.

Hoy, este repudio inherente a los intelectuales tiene una manifestación en movimientos no necesariamente fascistas, pero sí alineados con el conservadurismo populista que encarnan personajes como Donald Trump, Jair Bolsonaro y Giorgia Meloni. Es una especie de demagogia epistemológica que rechaza la formación y la experticia académicas, a las que aspira a reemplazar por una pretendida sabiduría popular disfrazada de sentido común. Lo vimos claramente en la reacción contra las medidas de prevención del covid-19. Y, en una suerte de proyección freudiana, los feligreses de esta iglesia sostienen que todo el conocimiento emanado de las elites académicas está contaminado por una ideología “progre”. Razón no les falta en cuanto a algunos casos de investigación científica marcada por el activismo y la militancia. Pero en general, el antiintelectualismo contemporáneo sigue siendo una tendencia irracional.

¿A qué viene todo esto? Bueno, he notado que algunos académicos venezolanos se quejan de estar padeciendo algo similar. Politólogos, sociólogos, etc. denuncian que personas sin luces en estas disciplinas pretenden no solo refutarlos sin fundamento alguno en la respectiva materia, sino además denigrar de ellos y caracterizarlos como ineptos. Todo esto en redes sociales, el espacio donde todo el mundo puede interactuar sin las barreras de la distancia física o la jerarquía profesional. La cuita a veces viene aliñada con señalamientos de que la sociedad venezolana, por una reacción maniquea a la izquierda chavista, se ha movido hacia la derecha ultraconservadora. Entonces, la consecuencia sería que incontables venezolanos están en contra de la excelencia académica y ven a quienes la alcanzaron como seres indignos de confianza y estima. Como usuario de Twitter muy activo, puedo dar fe de que el hostigamiento es real y, por lo tanto, condenable por cualquier persona decente. Lo que no creo es que la explicación del fenómeno sea la correcta.

Para empezar, no veo indicios del supuesto giro a la derecha en la sociedad. No veo razones para asumir que el venezolano promedio ahora es como el votante de Vox en España o el del ala trumpista del Partido Republicano en Estados Unidos. La despolitización de las masas más bien arroja un ciudadano desinteresado en diatribas políticas, concentrado más bien en sobrevivir o, si cuenta con los recursos, prosperar en sus actividades privadas.

Las redes sociales son lugares donde los pocos que siguen interesados en la política venezolana se encuentran e interactúan. Twitter, sobre todo. Una plataforma que ni 10 % de la población usa, y cuya representatividad de la opinión pública en pleno se ve deformada por miles de bots. De manera que lo que se ve en ella a duras penas es un reflejo de cómo piensa la sociedad en general.

Tampoco creo que ahora una mayoría de venezolanos les tenga tirria a los académicos. No en un país donde, con la masificación de los estudios universitarios en los años 60 del siglo pasado, el diploma se volvió un vehículo para la obtención de empleos con buena paga y, ergo, el ascenso social. Eso ya no es así, claro. La crisis económica desatada por el chavismo pulverizó los salarios de la clase media profesional. Pero me atrevería a decir que queda mucho de la cultura de respeto, e incluso de reverencia, a la formación académica. Venezuela sigue siendo un país donde “doctor” es una forma respetuosa de llamar a alguien tenido por muy educado.

¿Qué sucede realmente, entonces? Lo que yo sí veo es que algunos académicos venezolanos en ciencias sociales y humanidades, a pesar de su innegable mérito en sus respectivas cátedras, tienden a insistir en planteamientos sobre la tragedia política venezolana que, si alguna vez fue razonable ponerlos a prueba, hoy son inequívocamente caducos. Planteamientos que suelen apuntar hacia la subestimación de la naturaleza autoritaria de la elite gobernante (aunque sin desconocerla del todo), a incurrir en el fetichismo electoral, a identificar el diálogo con el chavismo como un fin en sí mismo en vez de un posible medio para alcanzar los cambios que al país le urgen y a rechazar las medidas que visiblemente más perturban al régimen, como las protestas de calle y las sanciones internacionales. En resumen, el típico cúmulo de posturas del buenismo opositor.

A veces, cuando se les cuestiona sobre la viabilidad de sus propuestas, remiten a bibliografía especializada que según ellos les da la razón. Y si se les dice a su vez que, al menos en este caso, aquellas teorías no están en sintonía con una realidad empírica que todos pueden apreciar, se ofenden y desechan la observación alegando que viene de personas que no deberían opinar al respecto por falta de experticia. He llegado incluso a ver el siguiente razonamiento absurdo para desestimar críticas: “Los académicos solo pueden ser juzgados por sus pares en revistas arbitradas”.

Como si Twitter fuera una publicación para consumo exclusivo de personal de decanato. Como si unos tuits cuyo propósito obvio es influir en la opinión pública fueran lo mismo que un paper. Soy el primero en defender la noción de que, en la política, como en todo, hay opiniones mejor fundamentadas que otras. Pero si, fuera de las aulas y de los pasillos de facultad, no hay igualdad de oportunidades para influir en la opinión pública, pues entonces se empobrece la calidad democrática de la sociedad. Si los académicos en ciencias sociales pueden dictar acciones políticas que potencialmente nos afectan a todos, sin que los demás tengan derecho a cuestionarlos, pues nos estaríamos yendo hacia algo parecido a la aristocracia filosófica de la república platónica.

¿Realmente debería extrañarnos que la gente encuentre soberbia semejante actitud de algunos académicos? Más allá de la crítica libre de ofensas, el acoso dentro y fuera de redes sociales es injustificable. Pero la prepotencia y la falta de disposición a reconocer errores, o hasta la mera posibilidad de cometerlos, no ayuda en absoluto. Tiene además consecuencias indeseables.

Si la gente ve que las elites intelectuales chocan con la misma piedra una y otra vez, pues se buscan otros referentes.

A veces los encuentran en mediocres, farsantes e impostores que les venden soluciones fantásticas e irrealizables… Pero partiendo de una premisa que sí es correcta. A saber, que el chavismo no aceptará ceder ni un ápice del poder, y seguirá haciendo lo que le da la gana con el país y su gente, si no se le presiona con acciones que dificulten el ejercicio de ese poder y el goce de los beneficios asociados. De manera que una oposición que se limita a votar en elecciones injustas y a dialogar sin ejercer al mismo tiempo presión sobre la elite gobernante jamás cumplirá sus objetivos.

Siempre habrá chiflados y charlatanes queriendo pontificar sus necedades y llevarse por delante a quien les lleve la contraria, aunque sea con argumentos irrebatibles. Las redes sociales están llenas de ellos. Pero si las personas que sí han estudiado los fenómenos de interés público se olvidan de su falibilidad humana y pretenden erigirse en jueces inapelables en la materia, incluso cuando hay una evidencia contraria que no requiere altos estudios para ser vista, pues eso solo da aliento a los profetas improvisados.

El fracaso de la estrategia antisistema de la dirigencia opositora hoy actúa como estímulo al regreso del buenismo. Pero ese es un razonamiento tramposo. Un fracaso no reivindica otro fracaso. Espero entonces que todos los que quieran el bien de Venezuela acepten que no es momento de volver a lo que no sirve, sino de ser creativos con los próximos pasos que podemos dar. En eso vaya que el intelecto y la formación académica pueden hacer aportes.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El límite del rebote, por Alejandro Armas
Este año podrá cerrar con un crecimiento del PIB, cosa que cacarea el chavismo. Pero eso es precisamente el rebote de la perestroika bananera, después de un desplome de alrededor de 80 %”.

 

@AAAD25

Los últimos meses no han sido muy buenos para los traficantes de conformismo que se dedican con ahínco a la cacería de “buenas señales” en la economía venezolana para justificar a la oposición prêt-à-porter que se adapta a la hegemonía chavista en lugar de adversarla. Una vez más, varios indicadores macroeconómicos van para peor. Mientras que en los primeros meses del año Venezuela experimentó una inflación mensual de apenas un dígito, en todos los meses ha sido de dos desde mayo, excepto por julio y septiembre, de acuerdo con cifras del Observatorio Venezolano de Finanzas. Si esto no nos parece tan catastrófico, es sencillamente porque se ve como algo nimio al lado de la inflación mensual de tres dígitos que hubo en 2018. Pero eso no niega que la situación se deteriora.

El tipo de cambio extraoficial lleva semanas de repunte vertiginoso, mientras que la tasa de cambio del BCV le sigue los pasos a distancia, pero igualmente disparada hacia arriba. No se sabe cuándo se detendrán, mientras aumenta el gasto público y las autoridades no parecen tener dólares para satisfacer la demanda en mesas de cambio, obligando así a muchos negocios a recurrir al mercado paralelo de divisas.

Toda esta devaluación tiene un efecto inflacionario, que golpea durísimo el poder de compra del venezolano común, sobre todo de aquel que gana en bolívares. Y si más gente deja de gastar en bienes y servicios no esenciales, cabe preguntarse qué pasará con el consumo que mantiene en funcionamiento la máquina de nuevos negocios que tanto se presenta como prueba de que “vamos bien” (ojo: no le deseo mal a ninguna novel empresa de gente honesta; solo advierto lo que podría pasar).

Este año podrá cerrar con un crecimiento importante del producto interno bruto, cosa que el chavismo no se cansa de cacarear. Pero eso es precisamente el rebote de la perestroika bananera, después de un desplome de alrededor de 80 %. Después de eso, el alza podría ser minúscula… Y parece que llegó a su límite.

Usted puede lanzar con todas sus fuerzas una pelota contra el suelo. Pero a menos que su consistencia sea apta para lo contrario, solo se elevará un poco en el aire luego del impacto. Es lo que pasa con nuestra economía. Sin duda, la liberalización parcial emprendida en 2019 por el gobierno de Nicolás Maduro (retiro del control de precios, tolerancia del uso del dólar, etc.) contribuyó con el freno a la contracción económica más brutal de la historia venezolana. Pero eso no basta de ninguna manera para un despegue espectacular, como el que experimentaron China y Vietnam después de alejarse de la ortodoxia marxista. Ni siquiera da para volver a como estábamos antes de la crisis.

Una recuperación económica de verdad, inclusiva, necesita que el país vuelva a tener completo acceso al crédito internacional.

Necesita garantías que motiven la inversión, nacional e internacional, de miles de millones de dólares. Es decir, instituciones que velen por el imperio de la ley y por la honra de compromisos del Estado. Esto a su vez luce inviable con una elite gobernante tan rapaz. No diré que es imposible, pero sí muy improbable, sin la restauración de la democracia en Venezuela.

Como indicó Maquiavelo (no el de El príncipe, sino el auténtico, el republicano, el de los Comentarios a ‘Las décadas’ de Livio), una sociedad activa en la toma de decisiones sobre el destino del Estado es el mejor custodio de la virtud pública, no necesariamente por un sentido natural de ética deontológica, como por la motivación utilitaria de vivir en un entorno favorable a las actividades privadas propias. Por el contrario, un gobierno que no se ve obligado a rendir cuentas a la ciudadanía solo tendrá incentivos para lucrarse a costa del resto.

De manera que la preservación del statu quo político apunta a la preservación de una economía mediocre, cuyos principales beneficiarios (el pequeño porcentaje de la población que no cayó en la pobreza) ni siquiera pueden contar con tranquilidad en el largo plazo. Además, mucho peor, una economía con mucha miseria y desigualdades grotescamente injustas.

Por lo general, hay una diferencia temporal entre la medición de fenómenos económicos y la de fenómenos sociales. Así, verbigracia, fue el año pasado, con la perestroika bananera en pleno desarrollo, cuando la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), que realiza la Universidad Católica Andrés Bello, halló el mayor porcentaje de pobreza desde que empezó su elaboración anual. En 2022, la Encovi detectó niveles de pobreza menores, pero que siguen siendo abismales: 81,5 % de los venezolanos en pobreza a secas y 53,3 % en pobreza extrema. Dicha reducción es el producto del rebote restringido de la economía. Sin embargo, los autores de la encuesta no prevén que la pobreza siga cayendo. ¿Por qué? Bueno, me atrevería a decir que tiene que ver con los indicadores económicos del presente. Los investigadores de la Encovi han de entender que ello es una señal de lo que encontrarán cuando realicen la próxima encuesta.

Como siempre, el llamado es a entender que nuestro país no merece esta abyección. Hay que actuar en consecuencia e insistir en el clamor por la restauración de la democracia venezolana.

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Alejandro Armas Nov 25, 2022 | Actualizado hace 2 meses
Elogio de Twitter, por Alejandro Armas
Si el ave azul se une al dodo, el moa y otros en la lista de especies aladas extintas, pues sería una noticia terrible para Venezuela

 

@AAAD25

Elon Musk está muy lejos de ser mi persona favorita. No puedo decir que es un inepto, porque no creo que con pura ineptitud se llegue a ser el individuo más rico sobre la faz de la Tierra. De hecho, es posible que los rasgos negativos de su personalidad sean consecuencia de su innegable éxito empresarial: soberbia, impulsividad excesiva, patanería. Características de alguien a quien se le suben los humos a la cabeza. Y sin embargo… No me queda más remedio que apostarle a que, aunque sea a su caótica manera, haga lo correcto para que Twitter no desaparezca. Si su ya abultado ego sale incluso más agrandado por ello, pues que así sea. El valor de esa red social es mucho mayor que un “Te lo dije”. De lo que los alemanes llaman schadenfreude, y los venezolanos mientan “comer dulcito de lechosa”, no se vive.

Este artículo sale a la luz más de una semana después de la noctus horribilis en Twitter, cuando cientos de sus empleados renunciaron por no estar de acuerdo con los cambios que Musk aspira a introducir en la compañía. El pajarito azul sigue cantando, así que es seguro decir que erraron los reportes más fatalistas en la prensa estadounidense especializada en tecnología, según los cuales el emplumado no pasaría de un par de días, habiendo quedado famélico por la estampida de personal clave. Ojalá que semejantes augurios sigan exponiendo a pitonisas defectuosas. Porque si el ave aquella se une al dodo, el moa y otros en la lista de especies aladas extintas, pues sería una noticia terrible para Venezuela.

Ya se deben estar imaginando cuál es mi valoración de Twitter. Valoración que muy probablemente no sería la más popular en democracias desarrolladas y sobre todo en Estados Unidos. Allá, periodistas y académicos en ciencias sociales rutinariamente atribuyen a las redes sociales, incluyendo Twitter, buena parte de la responsabilidad por el surgimiento de manifestaciones políticas extremas que ponen en peligro la democracia. Específicamente, argumentan que estas redes colaboran con la propagación de información falsa o tergiversada que favorece narrativas radicales. También que fomentan la polarización con algoritmos que exponen más aquellos contenidos que escandalizan e indignan a los usuarios y que los ponen en contacto sobre todo con personas que comparten sus opiniones (y sesgos).

Todo esto podrá ser verdad. Pero en los países gobernados por regímenes autoritarios, donde no hay una democracia que perder porque ya se perdió, ni polarización que alimentar porque una parte de la población suprime por la fuerza el disenso de la otra, la realidad es distinta. Venezuela es una muestra elocuente. Lo ha sido desde hace años. No recuerdo cuándo fue la primera vez que vi la caricatura de Edo Sanabria en la que televisores se apilan uno sobre otro en un contenedor de basura, mientras que una multitud revisa Twitter en sus teléfonos. ¿Por qué? Porque desde aquel pacto abyecto entre varias de las principales televisoras y Hugo Chávez en 2004, la pantalla chica no puede difundir informaciones que molesten a la elite gobernante. Las que osen infringir la norma terminan fuera del aire, como RCTV, o en manos de empresarios comprometidos con la nueva elite, como Globovisión. En la radio pasa algo parecido. Las emisoras están considerablemente amordazadas o confinadas al internet (RCR es el caso más notable en esta categoría) o, peor, totalmente anuladas. La lista crece y crece. En los últimos meses, Conatel se ha dado un banquete de cierres de emisoras.

Ni hablar de la prensa escrita. El número de periódicos independientes se ha reducido a una mínima expresión, gracias al monopolio del chavismo sobre la distribución de papel. Inversamente ha habido un boom de medios digitales, que son la principal tribuna de la prensa libre que hoy queda en Venezuela. Pero para hacer llegar su contenido a la audiencia, se valen precisamente de las redes sociales. Twitter, entre ellas. No soy experto en temas de community management, pero me atrevería a decir que una parte sustancial del tráfico que reciben estos portales viene de Twitter. Así que la desaparición de la red sería un golpe para un periodismo que ya ha aguantado demasiados.

Twitter es además, por su formato, la red social que más se presta para la discusión de asuntos de interés público.

Si Facebook es como una reunión en la sala de tu casa con tus familiares y amigos, Twitter es como un ágora virtual, tal como dijo uno de mis profesores en la UCAB en una ocasión. Por lo tanto, es el espacio idóneo para la opinión pública. O al menos el mejor que tenemos a la mano por los momentos. Si los medios tradicionales ya no son vehículos habilitados para la información periodística que incomoda al gobierno, exactamente lo mismo sucede con los contenidos de opinión. Ya casi no se puede comprar un diario en un quiosco para leer una columna de opinión crítica del oficialismo. O escuchar una entrevista del mismo tenor en radio o televisión. La opinión libre quedó para las redes sociales, y sobre todo Twitter. Eso no quiere decir que los tuits molestos para el chavismo no entrañen riesgos. En este país hay gente presa, o sancionada de otra forma, por posts en redes sociales que critican a los jerarcas rojos.

Pero la probabilidad de medidas punitivas arbitrarias sigue siendo más pequeña que en los medios tradicionales, debido a que la dificultad, en términos foucaultianos, para vigilar y castigar es mayor cuando se trata de millones de generadores de contenidos actuando de forma descentralizada, en lugar de unos cientos de periódicos, emisoras de radio y televisoras.

Es verdad que el chavismo usa las redes sociales para sus propios fines propagandísticos, y Twitter no es de ninguna manera la excepción. La pobreza tecnológica de Venezuela les impide valerse de sustitutos bajo su dominio, como en China, así que tienen que recurrir a los muy capitalistas colosos de Silicon Valley. Pero eso no niega que el chavismo, que ya cuenta con un imperio vasto de medios tradicionales, necesita Twitter mucho menos que la oposición o, si se quiere, la sociedad civil autónoma. Tal vez le duela un poco perder una plataforma más en la que está activo, pero también se beneficiaría inmensamente de la desaparición de un espacio comunicacional que no controla. Ah, y lo mismo puede decirse de la oposición prêt-à-porter. No es casual que algunos de sus miembros connotados estaban de fiesta ante la visión de la muerte de la red social. Ellos quieren pontificar en Globovisión contra el “abstencionismo” sin que los “radicales de Twitter” los cuestionen.

En fin, lo más inquietante de esta incertidumbre sobre el futuro de Twitter es la impotencia. Los venezolanos, por mucho que nos beneficiemos de la red, no tenemos ningún poder de decisión. Dependerá de lo que ocurra en Estados Unidos. Creo que la opinión de las elites culturales e intelectuales de ese país sobre Twitter se seguirá agriando por los cambios introducidos por Elon Musk, como devolverles a Donald Trump y otros personajes de la extrema derecha nativa sus cuentas. Probablemente querrán más que nunca que Twitter colapse, y hasta pongan de su parte para que así ocurra. Entiendo algunas de sus preocupaciones, pero como venezolano me siento obligado a anteponer los intereses de mi país, los cuales en este caso implican que Twitter siga viviendo por muchos años más. Sigue surcando estos cielos desde la Sierra de Perijá hasta el delta del Orinoco, ave azul.

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Por qué no podemos conformarnos, por Alejandro Armas
El gobierno podrá terminar de prescindir de sus políticas económicas más destructivas. Sin embargo, nunca tendremos tranquilidad mientras no haya Estado de derecho ni democracia

 

@AAAD25

Parece que finalmente se reanudará el diálogo entre el gobierno y la oposición, aunque por desgracia no han cambiado las condiciones para augurar resultados que beneficien en Venezuela a alguien aparte del chavismo. La disidencia acudiría a la mesa de negociación muy debilitada, incapaz de exigir concesiones democráticas a la elite gobernante. No hay presión interna de ningún tipo, pues la población sigue desmovilizada. Presión externa hay, pero son las sanciones cuyo levantamiento el chavismo exige, sin ofrecer en trueque algún cambio que comprometa su hegemonía. Las nuevas condiciones globales favorecen el deseo de Miraflores, pues las democracias occidentales quieren fuentes alternas de petróleo para romper definitivamente con el suministro estratégico ruso. De ahí viene, a mi juicio, el súbito interés del gobierno francés en el diálogo venezolano.

Y claro, ya están los señores devotos de la adaptación disfrazada de oposición vaticinando, sin temor alguno de equivocarse, que el diálogo renovado será una maravilla. Quien no lo crea es “radical y antipolítico” o “está en la nómina del interinato”. Como si el escepticismo sobre unas negociaciones que en experiencias pasadas fueron yermas implicara desconocer que el “gobierno interino” de Juan Guaidó también fracasó. Pero ya se ha hablado bastante de estas damas y estos caballeros. Hay otros que al menos tienen la sinceridad de admitir que se resignaron a dejar que el chavismo gobierne por tiempo indefinido. Pero igualmente se molestan por las objeciones a la claudicación y a cualquier medida de presión sobre la elite gobernante.

Palabras más, palabras menos, sostienen que lo que se debe hacer es darle a dicha elite absolutamente todo lo que quiera, para que nos deje a todos en la sociedad civil proseguir con nuestras actividades privadas.

Pues bien, a todas esas personas que no entienden la molestia con el conformismo hacia este statu quo oprobioso les digo lo siguiente. El último conteo del Foro Penal arrojó que en Venezuela hay 258 presos políticos. Me parece una inmoralidad obvia olvidarse de ese detalle. No es algo que se pueda aceptar bajo ninguna circunstancia. Y por favor no me digan que eso lo resolvería la amnistía general planteada por Gustavo Petro, el nuevo presidente de Colombia devenido en una especie de mediador en el diálogo (muy lejos de ser el ideal, a propósito). Esa película la hemos visto tantas veces. Asumamos que todos los presos políticos son liberados. No creo que ocurra, pero asumámoslo. ¿Cuántas veces hemos visto que excarcelan a presos políticos y sus celdas son rápidamente ocupadas por otros?

Esa será la terrible realidad mientras no haya Estado de derecho. A lo cual hay que agregar que en este país a absolutamente cualquier persona le puede salir su “numerito”. En cualquier día, solo porque un poderoso así lo decide caprichosamente. Les digo: yo no quiero vivir con el miedo permanente de que me arruinen mi vida, o la de un ser querido, porque a un jerarca le dio la gana. Pienso que merecemos algo mejor, solo por ser humanos. Tenemos derechos humanos.

Y créanme, eso de que «si no te metes en política, nada te pasará» es una pobre ilusión. Cuando no hay Estado de derecho, pueden pisotearte también por algo relacionado con tu vida privada: una finca, un negocio, una pareja, etc. Solo por reclamarle a una persona «bien conectada» ante un atropello en tu cotidianidad, en la vía pública, puedes terminar muy mal. No importa si literalmente no sabes con quién te estás metiendo. Ejemplos sobran.

El gobierno podrá terminar de prescindir de sus políticas económicas más destructivas. La economía podrá seguir mejorando (no parece que vaya a ocurrir, pero, de nuevo, asumámoslo). Sin embargo, nunca tendremos la tranquilidad que merecemos mientras no haya Estado de derecho ni democracia. Siempre seremos injustamente vulnerables, aunque nos comportemos como gente decente. Ojalá se entienda y actuemos en consecuencia.

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