Diálogos y responsabilidades de iniciativa

A unos tres meses del comienzo de lo que incluso algunos voceros oficialistas llaman “nuevo momento político” en Venezuela, persisten las dudas sobre su naturaleza y teleología. Como señalé en la última emisión de esta columna, las señales son mixtas en cuanto a lo que una inmensa mayoría de los ciudadanos desea: transición democrática y recuperación de la calidad de vida.

Tal vez una de las razones por las que sigue habiendo una gran incertidumbre, sobre todo en materia política, es la ausencia de una persona en la que la inmensa mayoría de la población, hace más de dos años, depositó sus esperanzas para el impulso de los cambios que al país le urgen. Ciertamente, los partidarios y colaboradores más cercanos a esta persona, que hasta enero estuvieron sometidos a una persecución crudelísima, ahora están mucho mejor. Han salido de la cárcel o del lugar donde se escondieron para evitar la cárcel. Se congregan. Dan declaraciones al público.

Pero el venezolano tiene una afinidad marcada por el liderazgo individual. En sus peores manifestaciones, esa tendencia lleva a la mentalidad caudillista. Pero eso es harina de otro costal. El punto es que, mientras la figura líder de la mayoría esté marginada de las dinámicas de poder que operan en el país, esa mayoría no se sentirá representada en el “nuevo momento político”, lo cual será una eterna fuente de inconformidad. No me refiero solo a una ausencia física. No basta con un regreso al país. Tiene que haber una participación en los cambios que se están llevando a cabo.

Pudiera alguien pensar que me refiero al otorgamiento de altos cargos públicos. No es así. En países con poca o nula institucionalidad republicana, un alto cargo público no confiere necesariamente poder al ocupante, pues las decisiones importantes son tomadas de forma privada por la elite gobernante, que luego giran las instrucciones a los titulares de las instituciones para darles un barniz de emanación desde la res publica. Lo mismo ocurre con Estados que están atravesando metamorfosis profundas y en los que, por lo tanto, el verdadero poder se expresa en la formación de las instituciones del futuro, más que en las instituciones del presente (esperemos que Venezuela justo ahora pertenezca a la categoría descrita en esta oración, y no más a la descrita en la oración precedente).

Entonces, lo que tengo en mente no es que a alguien lo nombren ministro de esto o viceministro de aquello, como por cierto se ha hecho recientemente, extrayendo a los nuevos titulares de las filas de la “oposición” tolerada, en un intento de aparentar apertura a la pluralidad de ideas. Intento que, por razones ya señaladas en este artículo, no creo que cumpla con su propósito entre las masas venezolanas.

Lo que tengo en mente más bien es un proceso de diálogo en el que participen representantes del liderazgo opositor (grupo político que, gústele a quien le guste y disgústele a quien le disguste, es el que encarna las aspiraciones de la mayoría de los venezolanos). Un diálogo que produzca el nuevo marco republicano que será el andamiaje para el desempeño democrático de la política en Venezuela. Un nuevo contrato social, si se quiere. Al ver a sus representantes en un diálogo de esa naturaleza, no dudo que las masas sentirán que, si bien ellos no están gobernando como sería el caso en un país con elecciones libres y justas, al menos pueden esperar que, cuando haya tales elecciones, tendrán la oportunidad de conferirles ese poder.

Ahora bien, he visto a comentaristas habituales de la política venezolana clamar por un diálogo de esa índole, pero culpando a una supuesta intransigencia del liderazgo opositor por el hecho de que no haya ocurrido hasta ahora y advirtiendo que, por esa razón, una transición democrática en Venezuela es poco probable.

Estimado lector, siéntase libre de desechar estos alegatos, por mediocres y de paso injustos. Son parte de un pobre remedo de diagnóstico cuya conclusión es que el problema fundamental de la política venezolana es una polarización entre oficialismo y oposición. Falso. El problema fundamental de la política venezolana ha sido por más de una década la falta de disposición de un grupo a dejar el poder, sin importar lo que una gran mayoría de la ciudadanía piense. Para lograr tal cosa, hubo una supresión con mucha saña de toda la oposición organizada. No tengo que entrar en detalles. Todo venezolano los conoce, por más que algunos se hagan los desentendidos o amnésicos.

Es por todo lo anterior que la responsabilidad de convocar a un diálogo franco que permita al país moverse en la dirección que la mayoría desea no corresponde a la dirigencia opositora. Corresponde a quienes detentan el poder. Solo ellos pueden dar las señales de que esta vez será distinto. Que habrá un reconocimiento de igualdad entre interlocutores. Que no será una sola parte haciendo exigencias a la otra a cambio de nada que comprometa la hegemonía absoluta y con pretensión de perpetuidad de esa parte. Que ambos harán concesiones. Que nadie será objeto de represalias arbitrarias.

Esta es la única manera en que el “nuevo momento político” puede tener un final feliz, si por esa expresión entendemos un desenlace en el que las masas venezolanas ávidas de cambios políticos profundos que les permitan sentirse representadas quedan conformes. Lo demás es cuento de camino.

@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

A unos tres meses del comienzo de lo que incluso algunos voceros oficialistas llaman “nuevo momento político” en Venezuela, persisten las dudas sobre su naturaleza y teleología. Como señalé en la última emisión de esta columna, las señales son mixtas en cuanto a lo que una inmensa mayoría de los ciudadanos desea: transición democrática y recuperación de la calidad de vida.

Tal vez una de las razones por las que sigue habiendo una gran incertidumbre, sobre todo en materia política, es la ausencia de una persona en la que la inmensa mayoría de la población, hace más de dos años, depositó sus esperanzas para el impulso de los cambios que al país le urgen. Ciertamente, los partidarios y colaboradores más cercanos a esta persona, que hasta enero estuvieron sometidos a una persecución crudelísima, ahora están mucho mejor. Han salido de la cárcel o del lugar donde se escondieron para evitar la cárcel. Se congregan. Dan declaraciones al público.

Pero el venezolano tiene una afinidad marcada por el liderazgo individual. En sus peores manifestaciones, esa tendencia lleva a la mentalidad caudillista. Pero eso es harina de otro costal. El punto es que, mientras la figura líder de la mayoría esté marginada de las dinámicas de poder que operan en el país, esa mayoría no se sentirá representada en el “nuevo momento político”, lo cual será una eterna fuente de inconformidad. No me refiero solo a una ausencia física. No basta con un regreso al país. Tiene que haber una participación en los cambios que se están llevando a cabo.

Pudiera alguien pensar que me refiero al otorgamiento de altos cargos públicos. No es así. En países con poca o nula institucionalidad republicana, un alto cargo público no confiere necesariamente poder al ocupante, pues las decisiones importantes son tomadas de forma privada por la elite gobernante, que luego giran las instrucciones a los titulares de las instituciones para darles un barniz de emanación desde la res publica. Lo mismo ocurre con Estados que están atravesando metamorfosis profundas y en los que, por lo tanto, el verdadero poder se expresa en la formación de las instituciones del futuro, más que en las instituciones del presente (esperemos que Venezuela justo ahora pertenezca a la categoría descrita en esta oración, y no más a la descrita en la oración precedente).

Entonces, lo que tengo en mente no es que a alguien lo nombren ministro de esto o viceministro de aquello, como por cierto se ha hecho recientemente, extrayendo a los nuevos titulares de las filas de la “oposición” tolerada, en un intento de aparentar apertura a la pluralidad de ideas. Intento que, por razones ya señaladas en este artículo, no creo que cumpla con su propósito entre las masas venezolanas.

Lo que tengo en mente más bien es un proceso de diálogo en el que participen representantes del liderazgo opositor (grupo político que, gústele a quien le guste y disgústele a quien le disguste, es el que encarna las aspiraciones de la mayoría de los venezolanos). Un diálogo que produzca el nuevo marco republicano que será el andamiaje para el desempeño democrático de la política en Venezuela. Un nuevo contrato social, si se quiere. Al ver a sus representantes en un diálogo de esa naturaleza, no dudo que las masas sentirán que, si bien ellos no están gobernando como sería el caso en un país con elecciones libres y justas, al menos pueden esperar que, cuando haya tales elecciones, tendrán la oportunidad de conferirles ese poder.

Ahora bien, he visto a comentaristas habituales de la política venezolana clamar por un diálogo de esa índole, pero culpando a una supuesta intransigencia del liderazgo opositor por el hecho de que no haya ocurrido hasta ahora y advirtiendo que, por esa razón, una transición democrática en Venezuela es poco probable.

Estimado lector, siéntase libre de desechar estos alegatos, por mediocres y de paso injustos. Son parte de un pobre remedo de diagnóstico cuya conclusión es que el problema fundamental de la política venezolana es una polarización entre oficialismo y oposición. Falso. El problema fundamental de la política venezolana ha sido por más de una década la falta de disposición de un grupo a dejar el poder, sin importar lo que una gran mayoría de la ciudadanía piense. Para lograr tal cosa, hubo una supresión con mucha saña de toda la oposición organizada. No tengo que entrar en detalles. Todo venezolano los conoce, por más que algunos se hagan los desentendidos o amnésicos.

Es por todo lo anterior que la responsabilidad de convocar a un diálogo franco que permita al país moverse en la dirección que la mayoría desea no corresponde a la dirigencia opositora. Corresponde a quienes detentan el poder. Solo ellos pueden dar las señales de que esta vez será distinto. Que habrá un reconocimiento de igualdad entre interlocutores. Que no será una sola parte haciendo exigencias a la otra a cambio de nada que comprometa la hegemonía absoluta y con pretensión de perpetuidad de esa parte. Que ambos harán concesiones. Que nadie será objeto de represalias arbitrarias.

Esta es la única manera en que el “nuevo momento político” puede tener un final feliz, si por esa expresión entendemos un desenlace en el que las masas venezolanas ávidas de cambios políticos profundos que les permitan sentirse representadas quedan conformes. Lo demás es cuento de camino.

@AAAD25

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La responsabilidad de convocar a un diálogo franco que permita al país moverse en la dirección que la mayoría desea no corresponde a la dirigencia opositora. Corresponde a quienes detentan el poder
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A unos tres meses del comienzo de lo que incluso algunos voceros oficialistas llaman “nuevo momento político” en Venezuela, persisten las dudas sobre su naturaleza y teleología. Como señalé en la última emisión de esta columna, las señales son mixtas en cuanto a lo que una inmensa mayoría de los ciudadanos desea: transición democrática y recuperación de la calidad de vida.

Tal vez una de las razones por las que sigue habiendo una gran incertidumbre, sobre todo en materia política, es la ausencia de una persona en la que la inmensa mayoría de la población, hace más de dos años, depositó sus esperanzas para el impulso de los cambios que al país le urgen. Ciertamente, los partidarios y colaboradores más cercanos a esta persona, que hasta enero estuvieron sometidos a una persecución crudelísima, ahora están mucho mejor. Han salido de la cárcel o del lugar donde se escondieron para evitar la cárcel. Se congregan. Dan declaraciones al público.

Pero el venezolano tiene una afinidad marcada por el liderazgo individual. En sus peores manifestaciones, esa tendencia lleva a la mentalidad caudillista. Pero eso es harina de otro costal. El punto es que, mientras la figura líder de la mayoría esté marginada de las dinámicas de poder que operan en el país, esa mayoría no se sentirá representada en el “nuevo momento político”, lo cual será una eterna fuente de inconformidad. No me refiero solo a una ausencia física. No basta con un regreso al país. Tiene que haber una participación en los cambios que se están llevando a cabo.

Pudiera alguien pensar que me refiero al otorgamiento de altos cargos públicos. No es así. En países con poca o nula institucionalidad republicana, un alto cargo público no confiere necesariamente poder al ocupante, pues las decisiones importantes son tomadas de forma privada por la elite gobernante, que luego giran las instrucciones a los titulares de las instituciones para darles un barniz de emanación desde la res publica. Lo mismo ocurre con Estados que están atravesando metamorfosis profundas y en los que, por lo tanto, el verdadero poder se expresa en la formación de las instituciones del futuro, más que en las instituciones del presente (esperemos que Venezuela justo ahora pertenezca a la categoría descrita en esta oración, y no más a la descrita en la oración precedente).

Entonces, lo que tengo en mente no es que a alguien lo nombren ministro de esto o viceministro de aquello, como por cierto se ha hecho recientemente, extrayendo a los nuevos titulares de las filas de la “oposición” tolerada, en un intento de aparentar apertura a la pluralidad de ideas. Intento que, por razones ya señaladas en este artículo, no creo que cumpla con su propósito entre las masas venezolanas.

Lo que tengo en mente más bien es un proceso de diálogo en el que participen representantes del liderazgo opositor (grupo político que, gústele a quien le guste y disgústele a quien le disguste, es el que encarna las aspiraciones de la mayoría de los venezolanos). Un diálogo que produzca el nuevo marco republicano que será el andamiaje para el desempeño democrático de la política en Venezuela. Un nuevo contrato social, si se quiere. Al ver a sus representantes en un diálogo de esa naturaleza, no dudo que las masas sentirán que, si bien ellos no están gobernando como sería el caso en un país con elecciones libres y justas, al menos pueden esperar que, cuando haya tales elecciones, tendrán la oportunidad de conferirles ese poder.

Ahora bien, he visto a comentaristas habituales de la política venezolana clamar por un diálogo de esa índole, pero culpando a una supuesta intransigencia del liderazgo opositor por el hecho de que no haya ocurrido hasta ahora y advirtiendo que, por esa razón, una transición democrática en Venezuela es poco probable.

Estimado lector, siéntase libre de desechar estos alegatos, por mediocres y de paso injustos. Son parte de un pobre remedo de diagnóstico cuya conclusión es que el problema fundamental de la política venezolana es una polarización entre oficialismo y oposición. Falso. El problema fundamental de la política venezolana ha sido por más de una década la falta de disposición de un grupo a dejar el poder, sin importar lo que una gran mayoría de la ciudadanía piense. Para lograr tal cosa, hubo una supresión con mucha saña de toda la oposición organizada. No tengo que entrar en detalles. Todo venezolano los conoce, por más que algunos se hagan los desentendidos o amnésicos.

Es por todo lo anterior que la responsabilidad de convocar a un diálogo franco que permita al país moverse en la dirección que la mayoría desea no corresponde a la dirigencia opositora. Corresponde a quienes detentan el poder. Solo ellos pueden dar las señales de que esta vez será distinto. Que habrá un reconocimiento de igualdad entre interlocutores. Que no será una sola parte haciendo exigencias a la otra a cambio de nada que comprometa la hegemonía absoluta y con pretensión de perpetuidad de esa parte. Que ambos harán concesiones. Que nadie será objeto de represalias arbitrarias.

Esta es la única manera en que el “nuevo momento político” puede tener un final feliz, si por esa expresión entendemos un desenlace en el que las masas venezolanas ávidas de cambios políticos profundos que les permitan sentirse representadas quedan conformes. Lo demás es cuento de camino.

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