Cien días después del doble terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio, la emergencia ha cambiado de rostro. Las primeras jornadas estuvieron marcadas por la atención de personas heridas y la búsqueda de sobrevivientes. Tres meses después, el desplazamiento, la incertidumbre, la pérdida de viviendas y familiares y las dificultades para recuperar la rutina comienzan a pesar sobre la salud física y emocional de las comunidades afectadas.
Así lo describe Médicos Sin Fronteras (MSF) en un material compartido con esta redacción, en el que describen que mantiene una respuesta multidisciplinaria en Caracas y La Guaira. La organización señala que el impacto de la emergencia ya no está relacionado únicamente con las lesiones provocadas por el sismo, sino también con las consecuencias acumuladas de permanecer durante meses en condiciones de inseguridad e incertidumbre.
MSF difundió varios testimonios del impacto en personas desplazadas como Elvira, de 76 años, quien sobrevivió al colapso de un edificio. Quedó atrapada entre los escombros y, según relata, quienes la encontraron llegaron a pensar que había muerto. Después del terremoto comenzó a experimentar miedo constante, llanto e insomnio y acudió a atención psicológica de MSF.
“Aquí llegué con mucha crisis. No es fácil lo que yo viví. Todo me asustaba, lloraba mucho, no dormía. La psicóloga me sacó los nervios. Quiero salir de lo que estoy pasando. Quiero volver a ser la que era”, contó la señora al personal de Médicos sin Fronteras.
Del trauma físico al desgaste prolongado
Durante los primeros cinco días de respuesta, los equipos de MSF distribuyeron 8,5 toneladas de suministros médicos y de emergencia y apoyaron a hospitales que recibían un elevado número de personas heridas.
En los 100 días siguientes, los equipos han realizado más de 7000 consultas médicas. Los dolores musculares y de huesos representan 21,7% de esas atenciones, seguidos por las infecciones respiratorias, con 21,4%, y las afecciones de piel, con 12,4%.
La organización también ha dado seguimiento a más de 880 personas con enfermedades crónicas como hipertensión, diabetes, asma y epilepsia, condiciones que pueden verse afectadas por el estrés y las condiciones de desplazamiento.
“Lo que observamos hoy no es únicamente el efecto de un evento traumático aislado, sino el impacto acumulado de vivir durante meses en condiciones de incertidumbre”, explicó Milagritos Valderrama, coordinadora médica de MSF para la respuesta a la emergencia.
Según la organización, entre las manifestaciones que encuentran sus equipos están la ansiedad, las alteraciones del sueño, los dolores musculares, las cefaleas, los problemas gastrointestinales, la desesperanza y el agotamiento.
En Mare Abajo, Ashley Mayora, de 43 años, continúa viviendo en una carpa después del colapso parcial del complejo residencial donde habitaba con su hija y su nieto recién nacido. La separación de su familia y las condiciones posteriores al terremoto, relató, afectaron también su salud física.
“Esto me ha desmoralizado. Fue un desastre natural, pero ha acabado con todo, mi corazón, mente y alma. Sufro del corazón y de la tensión, y no duermo”, contó. El 29 de julio, dijo, sufrió un preinfarto.
El desgaste de quienes estuvieron en la primera línea
Las consecuencias psicológicas también alcanzan a quienes participaron directamente en las labores de rescate y atención de la emergencia.
Israel Lanza, rescatista de Protección Civil de 36 años, recuerda que durante las operaciones esperaba encontrar sobrevivientes y terminó enfrentándose a escenas de muerte. Una de las imágenes que más lo marcó, relató, fue encontrar a una mujer y su hijo abrazados al cuerpo de un perro.
“Hasta la persona más valiente llora ante esto. Llegó un momento en que mi propio nombre se me olvidaba. No reconocía cuando me llamaban. Estuve 15 días continuos sin pisar mi casa”, contó.
Elvis Díaz, también rescatista de Protección Civil, relató que durante los primeros días llegó a pensar en abandonar las labores. Parte de su familia estaba en La Guaira y pasó 12 días sin saber de ellos.
“Cuando me bañaba lloraba. Todo se me acumuló. Ya no sabía ni qué cargaba. Lo hacía en privado para que nadie me viera, para no incomodar a mis compañeros, porque todos estamos pasando por lo mismo”, dijo.
MSF advierte que el personal sanitario, los rescatistas, los funcionarios de Protección Civil y los voluntarios también enfrentan fatiga extrema, estrés traumático secundario y procesos de duelo acumulado.
Una respuesta que combina salud física y mental
Para atender las nuevas necesidades, MSF mantiene seis clínicas móviles en Caracas y La Guaira, donde integra servicios de salud mental y apoyo psicosocial dentro de la atención primaria. Además, cuenta con cuatro puntos adicionales dedicados exclusivamente a salud mental.
Durante estos 100 días, sus equipos de salud mental han acompañado a 8147 personas mediante consultas individuales, espacios grupales de psicoeducación y sesiones de primeros auxilios psicológicos.
Los equipos de promoción de la salud, por su parte, han alcanzado a más de 16 792 personas mediante sesiones educativas y trabajo comunitario.
La respuesta también incluye agua, saneamiento e higiene en los asentamientos temporales. MSF ha distribuido cerca de 860 000 litros de agua potable, instalado cinco sistemas de potabilización y 127 filtros, y suministrado cloro e insumos para potabilizar más de 80,5 millones de litros adicionales.
Recuperar algo más que los edificios
Para quienes perdieron sus viviendas y familiares, la recuperación continúa atravesada por la incertidumbre.
Rosmari Colmenares, vocera de una comunidad en Playa Grande, La Guaira, perdió su vivienda, que tuvo que ser demolida. También continúa sin conocer el paradero de su hermano y de su sobrino, quien tiene síndrome de Down. La esposa de su hermano fue rescatada y el cuerpo de su sobrina fue localizado.
“Yo vi cómo demolieron mi casa; mi hijo me abrazó y lloramos. Tantos años de constancia para construirla, arreglarla… En segundos se destruye esa parte de ti y de tu familia”, relató.
Aun en medio de esa situación, Colmenares procura mantenerse activa en el refugio y ayudar a mujeres lactantes y embarazadas.
Elvira también describe cómo cambió el paisaje que durante años conoció. “A veces estoy en la calle y me pierdo. No reconozco porque se cayeron tantos edificios, negocios. Me cuesta ubicarme donde estoy. La farmacia ya no existe, el banco tampoco existe”, relató.
Pero su proceso de recuperación también ha dejado señales de avance. Después de recibir acompañamiento psicológico, volvió a plantearse regresar al trabajo: “Ya volvió mi fortaleza. Hace unas semanas, le dije a la doctora: ‘Quiero ir a trabajar’. Después de que pensaba que nunca podría”.
A cien días de los terremotos, MSF sostiene que la recuperación requiere mantener el acceso a servicios de salud mental, fortalecer la atención primaria y garantizar condiciones de vida dignas para las personas desplazadas.
La emergencia, señala la organización, no termina cuando cesan los movimientos sísmicos ni cuando se retiran los escombros. Para las comunidades afectadas, recuperar la estabilidad también implica volver a sentirse seguras, reconstruir las rutinas y encontrar condiciones para mirar nuevamente hacia el futuro.
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