Entre el Libertador y el Taita [I]

El Ávila parecía aquella noche una montaña suspendida entre dos siglos. Caracas dormía bajo una luz tibia, casi melancólica. Caminé sin rumbo por una plaza que no reconocí, aunque algo en sus árboles, en el aire y en el silencio me resultaba familiar.

Al fondo, una casa con un encendido en el corredor y la sombra de dos hombres que en la distancia no distingo. Me extraña el frío y la pesada neblina. Pero más me sorprende que la luz dependa de candelabros. Al acercarme, mi corazón late de incredulidad. Están el Libertador y el León de Payara sentados, apaciblemente conversando.

Simón Bolívar estaba cómodo con las piernas cruzadas, vestido de oscuro. A su lado, José Antonio Páez, ancho de hombros, mirada de llanero y esa sonrisa que parecía contener alguna travesura.

—Llegas tarde, Orlando—dijo Páez.

—¿Tarde para qué?, respondo con inmerecida acritud.

—Para la república, señor mío.

Bolívar sonrió…

—No le hagas caso. Páez siempre ha tenido prisa…

Me senté frente a ellos. Pensé que estaba soñando, pero decidí no desperdiciar el sueño.

—Prepárese para conversar con dos hombres un poco cansados con más de 200 años de historia sobre sus hombros.

Bolívar: la república soñada

Bolívar luchó por la República de Colombia [Departamentos de Cundinamarca, Venezuela y a la postre Quito y Bolivia]. Pero esa ilusión duró hasta que las distancias y las divergencias entre granadinos y criollos apagaron la luz.

—Libertador, pregunté, ¿qué república quería usted realmente?

Bolívar miró hacia El Ávila. —Una que pudiera sobrevivir a sus libertadores.

—¿Y la Colombia unida?

Bolívar suspiró.

—Quise demasiado territorio y demasiado pronto. Por cierto, he leído —desde mi otra vida— a un historiador de su tiempo que me resulta generoso y lúcido. Se llama Rafael Arráiz Lucca. Es pariente colateral lejano mío. Ha dicho que unos de mis errores políticos fue insistir en la Colombia unificada desde una perspectiva centralista, muy exigente en medio de tanta disputa. Páez interviene…

—Y además quería que todos obedecieran a Bogotá, sobre todo al excelentísimo que usted bautizó como el hombre de las leyes.

—No especule Páez —replicó Bolívar—. Quería que consolidar la unión en una gran república. Le he dicho con tono sugerido, no se pierda usted contra mí. Recuerde usted lo que les pasó a Castillo, Piar, Padilla o Mariño. Se perdieron. O a los que estando conmigo —Sucre, Soublette, Cruz, Urdaneta— la providencia los elevó.

—Es distinto cuando uno vive en Apure y ha sido entrenado por Manuelote—, murmura Páez.

Bolívar rio.

—La verdad si no hubiese sido Ud. favorecido por las bendiciones de ese hato de Pulido Briceño, La Calzada, quizás el destino de la patria hubiese sido otro.

—Lo dice por las destrezas aprendidas por Páez

—Lo digo porque sin la mano de hierro de ese mulato, Manuelote, no se hace el hombre de Mata de la Miel, El Yagual, Las Queseras del Medio y Carabobo

—Gracias—, expresa Páez, con un sorprendido orgullo.

Rafael Arráiz Lucca ha intentado devolverles humanidad a ambos personajes: ni santos ni demonios, sino hombres de inteligencia excepcional, perseverantes, guerreros y estrategas de primer orden, atrapados por las dimensiones de sus anhelos, época y circunstancias. En sus obras José Antonio Páez: del mito al hecho, y Bolívar: triunfo y ocaso, Rafael Arráiz cabalga sobre los hombres hombre de carne y hueso; soñadores, amantes, apasionados, vibrantes, entre lanceros, sangre, bailes y poemas.

—Pero usted no fue siempre El Libertador—, le dije. También fue un muchacho.

Páez soltó una carcajada.

—Eso sí me interesa—, comenta el Taita.

Bolívar levantó una ceja.

—¿Qué quiere saber?

—París.

De pronto, aquel hombre de uniforme pareció rejuvenecer. París apareció en la habitación como una película antigua: carruajes, salones iluminados, mujeres con abanicos, música, champagne y un joven venezolano viudo, rico, inquieto y todavía sin destino. Fanny du Villars estaba allí. El joven Bolívar había llegado a París después de la muerte de María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza. Fanny —prima lejana— esposa del conde Régis Dervieu [mucho mayor que ella], vivía instalada en los círculos sociales de la capital francesa. Lo introdujo en sus salones. Allí el joven Bolívar frecuentó teatros, tertulias, juegos y bailes.

—¿Bailaba mucho?

—Bastante.

—¿Y era buen bailarín?

—Excelente. Bailar es la poesía del movimiento, la gracia del cuerpo. Arráiz lo dice muy bien en sus notas sobre mí. “Todo hombre que se precie de ser sano de cabeza, espíritu y corazón debe aprender a bailar”. Páez lo miró:

—Eso no aparece en los partes de guerra, dice bebiendo su taza de espeso chocolate negro.

De pronto, se escucha una sonrisa desde el fondo del salón. Aparece una mujer realmente hermosa. Era Fanny Dervieu Du Villars o Jeanne Nicole Arnalde Aristiguieta a quien se le reconoce un romance con Bolívar. Por ella conoció a personajes como Alexander von Humboldt, quien habría dicho que América aún no estaba madura para la independencia; y Aimé Bonpland, quien sentenció que las revoluciones producen los hombres necesarios para hacerlas.

Pero la conversación debía continuar. Temía que esa neblina espesa me atrapara y me devolviera de donde me trajo.

—Páez—pregunté— ¿y usted qué tenía que ver con aquellos salones?

—Nada.

—¿Nunca quiso bailar?

—Yo bailaba en el llano. Bolívar soltó una carcajada. Páez se acomodó.

—La guerra no se gana solamente con ideas querido Orlando…—, me dice Páez desde su butaca con pose erguida. Su inmensidad se aproxima y me intimida. Pero aparento estar impávido. “Hay que alimentar al hombre, cuidar el caballo, conseguir ganado, preparar la comida, tener pólvora, lanzas, monturas y gente que conozca el terreno”, dice Páez con mirada desafiante.

—¿Y las mujeres?, comento para “alegrar” la tertulia. Páez sonrió.

—También. ¿O quién cree que cocinaba, curaba y sostenía aquellos campamentos?

Bolívar negó con la cabeza. Se sabe que Páez si algo tuvo, además de voluntad, fue hijos.

—Páez tenía una concepción bastante amplia de la logística. Sonrió, tratando de evitar hacerlo [sic]

—Pasión, amor, sacrificio y comida en el estómago—, respondió Páez—. Sin eso no hay ejército.

—Ok, respondo a discreción.

Tal vez allí pase una de las diferencias esenciales entre ambos: Bolívar pensaba la guerra desde la arquitectura política de América; Páez la sentía desde el barro, el caballo, el hambre, la lujuria y el hombre que tenía delante, sea amigo o enemigo.

—Sin un lancero como Páez— he dicho el mejor del mundo— las hazañas de memorables victorias, no hubiesen ocurrido.

—¿Qué recuerda de las Queseras del Medio?

—El silencio antes de atacar.

En abril de 1819, Páez ejecutó con sus lanceros la célebre maniobra conocida como “Vuelvan caras”, enfrentando una fuerza realista superior. Aquella acción quedó como una de las imágenes más poderosas de la guerra de independencia. Una estrategia militar ingeniosa —propia de un Taita— que aparenta retirada, pero volvía súbitamente contra el enemigo.

—¿Y qué pensó usted, Libertador?

Páez observa con detenimiento.

—Que por fin había encontrado a alguien que hacía locuras imbatibles. Épicas que yo mejor sabía escribirlas…

Páez soltó otra carcajada: “Sabio, el Libertador. ¡Un político como ninguno!”, reconoce el Centauro, bebiendo.

—¿Y Carabobo, y aquel 24 de Junio de 1821 contra De La Torre?

Páez asintió. Bolívar se levanta de su sillón, y habla con verbo decisivo:

—Le gusta a usted ir al mar de fondo, Viera-Blanco. Carabobo siempre ha estado en mi corazón. Algunos la desmerecen por ser más resultado de una derrota realista por la rebelión de Rafael Del Riego en Las Cabezas de San Juan de Andalucía, quien reivindicando la Constitución de Cádiz contra Fernando VII [La Pepa 1812] evitó que Morillo recibiera más de 12.000 refuerzos. Pero Carabobo —para ser justo— se gana por la gallardía y destreza de lanceros y jinetes gloriosos.

Y agrega: “Ese día no éramos hombres individuales. Éramos un país que quería existir. Esa fue la diferencia”, dice Bolívar levantando su frente, tratando de ocultar lágrimas bajando por su mejilla.

—¿Fue allí donde nació Venezuela?

Bolívar negó lentamente.

—No. Allí ganamos una guerra. Una república es otra cosa.

Boves, el Taita que convirtió el resentimiento en ejército

Hubo un silencio distinto. Cambié de tema.

—Quisiera hablar de Boves. Páez se mueve en su butaca. Bolívar miró hacia la oscuridad.

—Ese nombre todavía pesa, dice El Libertador, sujetando su espada con fuerza.

José Tomás Boves había nacido en Oviedo en 1782. Llegó a Venezuela, conoció profundamente los llanos y terminó convirtiéndose en el principal caudillo de la rebelión realista de 1813–1814. El primer Taita. Su ejército —compuesto en gran medida por llaneros, pardos, mestizos, negros y cimarrones— convirtió la guerra de independencia en algo más complejo que una simple confrontación entre españoles y americanos: también fue una rebelión social.

—Boves tenía algo que nosotros conocíamos muy bien, dice Páez con voz de tenor.

—¿Qué?

—El llano. Y aquello era decisivo. Boves conocía los caminos, los caballos, el ganado y a los hombres que los montaban. Su ascenso fue vertiginoso.

Boves derrotó a las fuerzas republicanas en La Puerta [3 de febrero de 1814] y después volvió a enfrentarse con Bolívar en San Mateo. Allí Boves no consiguió romper la posición republicana. También fue derrotado por Mariño en Bocachica, el 31 de marzo de 1814.

—Pero regresó—, dijo Páez.

El 15 de junio de 1814, en la segunda batalla de La Puerta, Boves derrotó a Bolívar y Mariño. Su caballería desbordó la posición republicana y obligó a Bolívar a replegarse hacia Caracas. La derrota precipitó la Emigración [la huida] a Oriente y el derrumbe de la Segunda República.

—¿Cómo murió Boves? Bolívar respondió: —En Urica.

El 5 de diciembre de 1814, José Félix Ribas enfrentó a Boves en la sabana de Urica. Los republicanos lograron inicialmente envolver una parte de la fuerza realista. Boves salió con su columna para responder y murió en medio del choque. Sus tropas, sin embargo, terminaron derrotando a los republicanos.

—¿Quién lo mató?

Páez interviene: —Ahí empieza la leyenda. Bolívar asintió.

—La historia sabe dónde murió Boves. No siempre sabe quién lanzó [o hundió] la lanza que lo alcanzó [o le arrebató la vida]. Tenía 32 años.

Me quedé mirando a Bolívar. Los caudillos suelen morir antes de descubrir qué hacer con el poder que conquistaron. Innoble destino.

Piar y la república herida

Es inevitable hablar de episodios históricos que algunos toman para cuestionar la imagen de Bolívar. La Proclama de Guerra a muerte es uno de ellos, sin duda: violento y determinante. Pero habría que recordar la brutal violencia de Monteverde, comandante de los ejércitos realistas. También se menciona la sangrienta ejecución de los prisioneros de guerra de las Bóvedas de la Guaira [febrero 1814] ordenado por Bolívar a José Leandro Palacios. Ejecutaron a más de 800 españoles y canarios. Piar viene a componer otro episodio de señalamientos

—Mire Viera Blanco, la historia, y los hombres que la hacen, no se juzgan, sino que se comprenden. Bolívar bajó la mirada.

—Ahora habla el pianista y el intelectual afrancesado, murmura Bolívar.

—No, Libertador. Habla el hombre justo, a decir de Vargas.

—¿Y Piar?, interrumpo con un dejo de imprudencia.

—Insiste usted en importunar, señor mío—, reprocha Páez.

—¿Acaso usted hubiese hecho lo mismo?, le digo a Páez con un tono impropio de innecesaria curiosidad.

—Y usted qué piensa mí, misterioso fantasma…—, me increpa Páez, acercándose nuevamente, como quien busca un duelo. Nuevamente erguido, cara a cara, con desenfado y tono coplero, se coloca pecho a pecho. Giro la mirada al Libertador, buscando auxilio. Confieso que mis manos [y mis piernas] temblaban. Pero la curiosidad mató al gato, dice el refrán. [Manuel Piar fue ejecutado en Angostura el 16 de octubre de 1817 después de un juicio militar]. Volteo y me acerco a Bolívar, tratando de escapar del león de Payara.

—¿Le molestó fusilarlo?, le pregunto con voz quebrada al Libertador, quien decide sentarse, sujetarse el cinturón y colocar su espada sobre un antepecho rústico de bahareque.

—Me dolió más perder a un hombre extraordinario que la posibilidad de compartir su sangre, pero debo volver a decir que, sin esa decisión, perdería toda obediencia… La noche nos atrapa entre frío, neblina y un fresco olor a eucalipto, guayabo y jazmín. Al fondo un aroma de café tostado.

—¿Y Manuela?, le pregunto sonriendo a gesto incompleto. Se habían conocido en 1822, durante la entrada triunfal de Bolívar en Quito. Manuela se convirtió no solamente en su gran amor después de María Teresa, sino también en confidente, compañera política y custodio de documentos y secretos del Libertador.

—Manuela fue otra cosa, me dice con ojos brillosos y frotando sus pequeñas manos.

Páez sonrió y se fue a su poltrona, nuevamente. Desde allá con brazo alzado, dijo:

—Esa sí era una mujer capaz de mandar a callar al Libertador.

Bolívar sonríe con gracia… La noche del 25 de septiembre de 1828, cuando los conspiradores irrumpieron en el Palacio de San Carlos para asesinarlo, Manuela consiguió distraerlos mientras Bolívar escapaba por una ventana y se refugiaba bajo un pequeño puente. Aquella noche ella salvó su vida. Bolívar la llamó después la Libertadora del Libertador.

—¿Quiénes fueron los conspiradores?

—Pedro Carujo, Florentino González [santanderino él], Mariano Ospina, Agustín Millán, Wenceslao Zulbarán entre otros. Algunos fueron ejecutados. No quiero hablar de la responsabilidad exacta de Santander. No vale la pena. Ya se ha dicho que la historia, algunos la llevan de estrado…—, respondió Bolívar.

—Y también de cadalso—, apunta Páez.

—Entonces hablemos de Francisco De Paula Santander.

Bolívar respira profundamente y comenta:

—El hombre de las leyes, recuerda. Un hombre inteligente, con quien tuve una relación de cooperación, pero también de profunda ruptura política.

—¿Y Sucre?

Por segunda vez apareció una sombra de ternura en sus ojos: “Sucre era distinto”.

Antonio José de Sucre y Alcalá, vencedor de las batallas notables de Pichincha [1822], Junín [1824] Ayacucho [1824] fue uno de los hombres de mayor confianza de Bolívar. Representaba la continuidad republicana. Su asesinato [Berruecos 4/6/1830] aceleró el ocaso del Libertador.

—¿Fue él quien debía sucederlo?

Bolívar hizo una pausa y finalmente dijo:

—Sucre fue el hombre de la guerra, pero también de la paz y la magnanimidad. Pero la historia, Viera-Blanco, nunca entrega sus respuestas completas. Aquí tiene usted a Páez, comenta desviando la mirada hacia él, un lancero no solo en el campo de batalla, sino también en la política. Refundó la III República. Muy a mi pesar, pero como nadie lo hubiese hecho. Pregunte usted por la Cosiata, por los cabildeos entre Caracas y Valencia o de cómo el Generalísimo tragó grueso, aun lo resiente, cuando Santander le suspendió como comandante general del Departamento de Venezuela de la República de Colombia, colocando a Juan de Escalona Arguinzones.

—La historia reconoce que fui el hombre más obediente de Bogotá, acota Páez de inmediato, poniéndose pie, dejando caer la taza…

Bolívar vuelve a levantar la ceja. Comprendió que la disputa entre Páez y Santander fue insalvable. Páez retomó el mando a raíz de la decisión del Cabildo de Valencia [30/4/1826] de desconocer a Escalona y afianzar el regreso de Páez, quién aceptó. Páez con voz quebrada asienta:

—Fue la hora más funesta de mi vida, mi Libertador. Mi hora menguada.

—No se aflija, Páez. Sin esas horas la patria no nos sobrevive ni la sangre derramada vive por encima de nosotros.

—Orlando: siga con Páez. No se marche, por favor. Él le contará lo que vino después de la caída de la Colombia unida y mi bajada al sepulcro. Sentí haber arado en el mar, pero debo admitir que Páez fue no solo el primer lancero del mundo, el Taita, sino un republicano integral como no he visto incluso en vuestro tiempo.

Continuará.

@ovierablanco – vierablanco@gmail.com | Abogado / Exembajador en Canadá.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El Ávila parecía aquella noche una montaña suspendida entre dos siglos. Caracas dormía bajo una luz tibia, casi melancólica. Caminé sin rumbo por una plaza que no reconocí, aunque algo en sus árboles, en el aire y en el silencio me resultaba familiar.

Al fondo, una casa con un encendido en el corredor y la sombra de dos hombres que en la distancia no distingo. Me extraña el frío y la pesada neblina. Pero más me sorprende que la luz dependa de candelabros. Al acercarme, mi corazón late de incredulidad. Están el Libertador y el León de Payara sentados, apaciblemente conversando.

Simón Bolívar estaba cómodo con las piernas cruzadas, vestido de oscuro. A su lado, José Antonio Páez, ancho de hombros, mirada de llanero y esa sonrisa que parecía contener alguna travesura.

—Llegas tarde, Orlando—dijo Páez.

—¿Tarde para qué?, respondo con inmerecida acritud.

—Para la república, señor mío.

Bolívar sonrió…

—No le hagas caso. Páez siempre ha tenido prisa…

Me senté frente a ellos. Pensé que estaba soñando, pero decidí no desperdiciar el sueño.

—Prepárese para conversar con dos hombres un poco cansados con más de 200 años de historia sobre sus hombros.

Bolívar: la república soñada

Bolívar luchó por la República de Colombia [Departamentos de Cundinamarca, Venezuela y a la postre Quito y Bolivia]. Pero esa ilusión duró hasta que las distancias y las divergencias entre granadinos y criollos apagaron la luz.

—Libertador, pregunté, ¿qué república quería usted realmente?

Bolívar miró hacia El Ávila. —Una que pudiera sobrevivir a sus libertadores.

—¿Y la Colombia unida?

Bolívar suspiró.

—Quise demasiado territorio y demasiado pronto. Por cierto, he leído —desde mi otra vida— a un historiador de su tiempo que me resulta generoso y lúcido. Se llama Rafael Arráiz Lucca. Es pariente colateral lejano mío. Ha dicho que unos de mis errores políticos fue insistir en la Colombia unificada desde una perspectiva centralista, muy exigente en medio de tanta disputa. Páez interviene…

—Y además quería que todos obedecieran a Bogotá, sobre todo al excelentísimo que usted bautizó como el hombre de las leyes.

—No especule Páez —replicó Bolívar—. Quería que consolidar la unión en una gran república. Le he dicho con tono sugerido, no se pierda usted contra mí. Recuerde usted lo que les pasó a Castillo, Piar, Padilla o Mariño. Se perdieron. O a los que estando conmigo —Sucre, Soublette, Cruz, Urdaneta— la providencia los elevó.

—Es distinto cuando uno vive en Apure y ha sido entrenado por Manuelote—, murmura Páez.

Bolívar rio.

—La verdad si no hubiese sido Ud. favorecido por las bendiciones de ese hato de Pulido Briceño, La Calzada, quizás el destino de la patria hubiese sido otro.

—Lo dice por las destrezas aprendidas por Páez

—Lo digo porque sin la mano de hierro de ese mulato, Manuelote, no se hace el hombre de Mata de la Miel, El Yagual, Las Queseras del Medio y Carabobo

—Gracias—, expresa Páez, con un sorprendido orgullo.

Rafael Arráiz Lucca ha intentado devolverles humanidad a ambos personajes: ni santos ni demonios, sino hombres de inteligencia excepcional, perseverantes, guerreros y estrategas de primer orden, atrapados por las dimensiones de sus anhelos, época y circunstancias. En sus obras José Antonio Páez: del mito al hecho, y Bolívar: triunfo y ocaso, Rafael Arráiz cabalga sobre los hombres hombre de carne y hueso; soñadores, amantes, apasionados, vibrantes, entre lanceros, sangre, bailes y poemas.

—Pero usted no fue siempre El Libertador—, le dije. También fue un muchacho.

Páez soltó una carcajada.

—Eso sí me interesa—, comenta el Taita.

Bolívar levantó una ceja.

—¿Qué quiere saber?

—París.

De pronto, aquel hombre de uniforme pareció rejuvenecer. París apareció en la habitación como una película antigua: carruajes, salones iluminados, mujeres con abanicos, música, champagne y un joven venezolano viudo, rico, inquieto y todavía sin destino. Fanny du Villars estaba allí. El joven Bolívar había llegado a París después de la muerte de María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza. Fanny —prima lejana— esposa del conde Régis Dervieu [mucho mayor que ella], vivía instalada en los círculos sociales de la capital francesa. Lo introdujo en sus salones. Allí el joven Bolívar frecuentó teatros, tertulias, juegos y bailes.

—¿Bailaba mucho?

—Bastante.

—¿Y era buen bailarín?

—Excelente. Bailar es la poesía del movimiento, la gracia del cuerpo. Arráiz lo dice muy bien en sus notas sobre mí. “Todo hombre que se precie de ser sano de cabeza, espíritu y corazón debe aprender a bailar”. Páez lo miró:

—Eso no aparece en los partes de guerra, dice bebiendo su taza de espeso chocolate negro.

De pronto, se escucha una sonrisa desde el fondo del salón. Aparece una mujer realmente hermosa. Era Fanny Dervieu Du Villars o Jeanne Nicole Arnalde Aristiguieta a quien se le reconoce un romance con Bolívar. Por ella conoció a personajes como Alexander von Humboldt, quien habría dicho que América aún no estaba madura para la independencia; y Aimé Bonpland, quien sentenció que las revoluciones producen los hombres necesarios para hacerlas.

Pero la conversación debía continuar. Temía que esa neblina espesa me atrapara y me devolviera de donde me trajo.

—Páez—pregunté— ¿y usted qué tenía que ver con aquellos salones?

—Nada.

—¿Nunca quiso bailar?

—Yo bailaba en el llano. Bolívar soltó una carcajada. Páez se acomodó.

—La guerra no se gana solamente con ideas querido Orlando…—, me dice Páez desde su butaca con pose erguida. Su inmensidad se aproxima y me intimida. Pero aparento estar impávido. “Hay que alimentar al hombre, cuidar el caballo, conseguir ganado, preparar la comida, tener pólvora, lanzas, monturas y gente que conozca el terreno”, dice Páez con mirada desafiante.

—¿Y las mujeres?, comento para “alegrar” la tertulia. Páez sonrió.

—También. ¿O quién cree que cocinaba, curaba y sostenía aquellos campamentos?

Bolívar negó con la cabeza. Se sabe que Páez si algo tuvo, además de voluntad, fue hijos.

—Páez tenía una concepción bastante amplia de la logística. Sonrió, tratando de evitar hacerlo [sic]

—Pasión, amor, sacrificio y comida en el estómago—, respondió Páez—. Sin eso no hay ejército.

—Ok, respondo a discreción.

Tal vez allí pase una de las diferencias esenciales entre ambos: Bolívar pensaba la guerra desde la arquitectura política de América; Páez la sentía desde el barro, el caballo, el hambre, la lujuria y el hombre que tenía delante, sea amigo o enemigo.

—Sin un lancero como Páez— he dicho el mejor del mundo— las hazañas de memorables victorias, no hubiesen ocurrido.

—¿Qué recuerda de las Queseras del Medio?

—El silencio antes de atacar.

En abril de 1819, Páez ejecutó con sus lanceros la célebre maniobra conocida como “Vuelvan caras”, enfrentando una fuerza realista superior. Aquella acción quedó como una de las imágenes más poderosas de la guerra de independencia. Una estrategia militar ingeniosa —propia de un Taita— que aparenta retirada, pero volvía súbitamente contra el enemigo.

—¿Y qué pensó usted, Libertador?

Páez observa con detenimiento.

—Que por fin había encontrado a alguien que hacía locuras imbatibles. Épicas que yo mejor sabía escribirlas…

Páez soltó otra carcajada: “Sabio, el Libertador. ¡Un político como ninguno!”, reconoce el Centauro, bebiendo.

—¿Y Carabobo, y aquel 24 de Junio de 1821 contra De La Torre?

Páez asintió. Bolívar se levanta de su sillón, y habla con verbo decisivo:

—Le gusta a usted ir al mar de fondo, Viera-Blanco. Carabobo siempre ha estado en mi corazón. Algunos la desmerecen por ser más resultado de una derrota realista por la rebelión de Rafael Del Riego en Las Cabezas de San Juan de Andalucía, quien reivindicando la Constitución de Cádiz contra Fernando VII [La Pepa 1812] evitó que Morillo recibiera más de 12.000 refuerzos. Pero Carabobo —para ser justo— se gana por la gallardía y destreza de lanceros y jinetes gloriosos.

Y agrega: “Ese día no éramos hombres individuales. Éramos un país que quería existir. Esa fue la diferencia”, dice Bolívar levantando su frente, tratando de ocultar lágrimas bajando por su mejilla.

—¿Fue allí donde nació Venezuela?

Bolívar negó lentamente.

—No. Allí ganamos una guerra. Una república es otra cosa.

Boves, el Taita que convirtió el resentimiento en ejército

Hubo un silencio distinto. Cambié de tema.

—Quisiera hablar de Boves. Páez se mueve en su butaca. Bolívar miró hacia la oscuridad.

—Ese nombre todavía pesa, dice El Libertador, sujetando su espada con fuerza.

José Tomás Boves había nacido en Oviedo en 1782. Llegó a Venezuela, conoció profundamente los llanos y terminó convirtiéndose en el principal caudillo de la rebelión realista de 1813–1814. El primer Taita. Su ejército —compuesto en gran medida por llaneros, pardos, mestizos, negros y cimarrones— convirtió la guerra de independencia en algo más complejo que una simple confrontación entre españoles y americanos: también fue una rebelión social.

—Boves tenía algo que nosotros conocíamos muy bien, dice Páez con voz de tenor.

—¿Qué?

—El llano. Y aquello era decisivo. Boves conocía los caminos, los caballos, el ganado y a los hombres que los montaban. Su ascenso fue vertiginoso.

Boves derrotó a las fuerzas republicanas en La Puerta [3 de febrero de 1814] y después volvió a enfrentarse con Bolívar en San Mateo. Allí Boves no consiguió romper la posición republicana. También fue derrotado por Mariño en Bocachica, el 31 de marzo de 1814.

—Pero regresó—, dijo Páez.

El 15 de junio de 1814, en la segunda batalla de La Puerta, Boves derrotó a Bolívar y Mariño. Su caballería desbordó la posición republicana y obligó a Bolívar a replegarse hacia Caracas. La derrota precipitó la Emigración [la huida] a Oriente y el derrumbe de la Segunda República.

—¿Cómo murió Boves? Bolívar respondió: —En Urica.

El 5 de diciembre de 1814, José Félix Ribas enfrentó a Boves en la sabana de Urica. Los republicanos lograron inicialmente envolver una parte de la fuerza realista. Boves salió con su columna para responder y murió en medio del choque. Sus tropas, sin embargo, terminaron derrotando a los republicanos.

—¿Quién lo mató?

Páez interviene: —Ahí empieza la leyenda. Bolívar asintió.

—La historia sabe dónde murió Boves. No siempre sabe quién lanzó [o hundió] la lanza que lo alcanzó [o le arrebató la vida]. Tenía 32 años.

Me quedé mirando a Bolívar. Los caudillos suelen morir antes de descubrir qué hacer con el poder que conquistaron. Innoble destino.

Piar y la república herida

Es inevitable hablar de episodios históricos que algunos toman para cuestionar la imagen de Bolívar. La Proclama de Guerra a muerte es uno de ellos, sin duda: violento y determinante. Pero habría que recordar la brutal violencia de Monteverde, comandante de los ejércitos realistas. También se menciona la sangrienta ejecución de los prisioneros de guerra de las Bóvedas de la Guaira [febrero 1814] ordenado por Bolívar a José Leandro Palacios. Ejecutaron a más de 800 españoles y canarios. Piar viene a componer otro episodio de señalamientos

—Mire Viera Blanco, la historia, y los hombres que la hacen, no se juzgan, sino que se comprenden. Bolívar bajó la mirada.

—Ahora habla el pianista y el intelectual afrancesado, murmura Bolívar.

—No, Libertador. Habla el hombre justo, a decir de Vargas.

—¿Y Piar?, interrumpo con un dejo de imprudencia.

—Insiste usted en importunar, señor mío—, reprocha Páez.

—¿Acaso usted hubiese hecho lo mismo?, le digo a Páez con un tono impropio de innecesaria curiosidad.

—Y usted qué piensa mí, misterioso fantasma…—, me increpa Páez, acercándose nuevamente, como quien busca un duelo. Nuevamente erguido, cara a cara, con desenfado y tono coplero, se coloca pecho a pecho. Giro la mirada al Libertador, buscando auxilio. Confieso que mis manos [y mis piernas] temblaban. Pero la curiosidad mató al gato, dice el refrán. [Manuel Piar fue ejecutado en Angostura el 16 de octubre de 1817 después de un juicio militar]. Volteo y me acerco a Bolívar, tratando de escapar del león de Payara.

—¿Le molestó fusilarlo?, le pregunto con voz quebrada al Libertador, quien decide sentarse, sujetarse el cinturón y colocar su espada sobre un antepecho rústico de bahareque.

—Me dolió más perder a un hombre extraordinario que la posibilidad de compartir su sangre, pero debo volver a decir que, sin esa decisión, perdería toda obediencia… La noche nos atrapa entre frío, neblina y un fresco olor a eucalipto, guayabo y jazmín. Al fondo un aroma de café tostado.

—¿Y Manuela?, le pregunto sonriendo a gesto incompleto. Se habían conocido en 1822, durante la entrada triunfal de Bolívar en Quito. Manuela se convirtió no solamente en su gran amor después de María Teresa, sino también en confidente, compañera política y custodio de documentos y secretos del Libertador.

—Manuela fue otra cosa, me dice con ojos brillosos y frotando sus pequeñas manos.

Páez sonrió y se fue a su poltrona, nuevamente. Desde allá con brazo alzado, dijo:

—Esa sí era una mujer capaz de mandar a callar al Libertador.

Bolívar sonríe con gracia… La noche del 25 de septiembre de 1828, cuando los conspiradores irrumpieron en el Palacio de San Carlos para asesinarlo, Manuela consiguió distraerlos mientras Bolívar escapaba por una ventana y se refugiaba bajo un pequeño puente. Aquella noche ella salvó su vida. Bolívar la llamó después la Libertadora del Libertador.

—¿Quiénes fueron los conspiradores?

—Pedro Carujo, Florentino González [santanderino él], Mariano Ospina, Agustín Millán, Wenceslao Zulbarán entre otros. Algunos fueron ejecutados. No quiero hablar de la responsabilidad exacta de Santander. No vale la pena. Ya se ha dicho que la historia, algunos la llevan de estrado…—, respondió Bolívar.

—Y también de cadalso—, apunta Páez.

—Entonces hablemos de Francisco De Paula Santander.

Bolívar respira profundamente y comenta:

—El hombre de las leyes, recuerda. Un hombre inteligente, con quien tuve una relación de cooperación, pero también de profunda ruptura política.

—¿Y Sucre?

Por segunda vez apareció una sombra de ternura en sus ojos: “Sucre era distinto”.

Antonio José de Sucre y Alcalá, vencedor de las batallas notables de Pichincha [1822], Junín [1824] Ayacucho [1824] fue uno de los hombres de mayor confianza de Bolívar. Representaba la continuidad republicana. Su asesinato [Berruecos 4/6/1830] aceleró el ocaso del Libertador.

—¿Fue él quien debía sucederlo?

Bolívar hizo una pausa y finalmente dijo:

—Sucre fue el hombre de la guerra, pero también de la paz y la magnanimidad. Pero la historia, Viera-Blanco, nunca entrega sus respuestas completas. Aquí tiene usted a Páez, comenta desviando la mirada hacia él, un lancero no solo en el campo de batalla, sino también en la política. Refundó la III República. Muy a mi pesar, pero como nadie lo hubiese hecho. Pregunte usted por la Cosiata, por los cabildeos entre Caracas y Valencia o de cómo el Generalísimo tragó grueso, aun lo resiente, cuando Santander le suspendió como comandante general del Departamento de Venezuela de la República de Colombia, colocando a Juan de Escalona Arguinzones.

—La historia reconoce que fui el hombre más obediente de Bogotá, acota Páez de inmediato, poniéndose pie, dejando caer la taza…

Bolívar vuelve a levantar la ceja. Comprendió que la disputa entre Páez y Santander fue insalvable. Páez retomó el mando a raíz de la decisión del Cabildo de Valencia [30/4/1826] de desconocer a Escalona y afianzar el regreso de Páez, quién aceptó. Páez con voz quebrada asienta:

—Fue la hora más funesta de mi vida, mi Libertador. Mi hora menguada.

—No se aflija, Páez. Sin esas horas la patria no nos sobrevive ni la sangre derramada vive por encima de nosotros.

—Orlando: siga con Páez. No se marche, por favor. Él le contará lo que vino después de la caída de la Colombia unida y mi bajada al sepulcro. Sentí haber arado en el mar, pero debo admitir que Páez fue no solo el primer lancero del mundo, el Taita, sino un republicano integral como no he visto incluso en vuestro tiempo.

Continuará.

@ovierablanco – vierablanco@gmail.com | Abogado / Exembajador en Canadá.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Mire Viera Blanco, me comenta Páez, la historia y los hombres que la hacen, no se juzga, sino que se comprende
TelegramWhatsAppFacebookX

El Ávila parecía aquella noche una montaña suspendida entre dos siglos. Caracas dormía bajo una luz tibia, casi melancólica. Caminé sin rumbo por una plaza que no reconocí, aunque algo en sus árboles, en el aire y en el silencio me resultaba familiar.

Al fondo, una casa con un encendido en el corredor y la sombra de dos hombres que en la distancia no distingo. Me extraña el frío y la pesada neblina. Pero más me sorprende que la luz dependa de candelabros. Al acercarme, mi corazón late de incredulidad. Están el Libertador y el León de Payara sentados, apaciblemente conversando.

Simón Bolívar estaba cómodo con las piernas cruzadas, vestido de oscuro. A su lado, José Antonio Páez, ancho de hombros, mirada de llanero y esa sonrisa que parecía contener alguna travesura.

—Llegas tarde, Orlando—dijo Páez.

—¿Tarde para qué?, respondo con inmerecida acritud.

—Para la república, señor mío.

Bolívar sonrió…

—No le hagas caso. Páez siempre ha tenido prisa…

Me senté frente a ellos. Pensé que estaba soñando, pero decidí no desperdiciar el sueño.

—Prepárese para conversar con dos hombres un poco cansados con más de 200 años de historia sobre sus hombros.

Bolívar: la república soñada

Bolívar luchó por la República de Colombia [Departamentos de Cundinamarca, Venezuela y a la postre Quito y Bolivia]. Pero esa ilusión duró hasta que las distancias y las divergencias entre granadinos y criollos apagaron la luz.

—Libertador, pregunté, ¿qué república quería usted realmente?

Bolívar miró hacia El Ávila. —Una que pudiera sobrevivir a sus libertadores.

—¿Y la Colombia unida?

Bolívar suspiró.

—Quise demasiado territorio y demasiado pronto. Por cierto, he leído —desde mi otra vida— a un historiador de su tiempo que me resulta generoso y lúcido. Se llama Rafael Arráiz Lucca. Es pariente colateral lejano mío. Ha dicho que unos de mis errores políticos fue insistir en la Colombia unificada desde una perspectiva centralista, muy exigente en medio de tanta disputa. Páez interviene…

—Y además quería que todos obedecieran a Bogotá, sobre todo al excelentísimo que usted bautizó como el hombre de las leyes.

—No especule Páez —replicó Bolívar—. Quería que consolidar la unión en una gran república. Le he dicho con tono sugerido, no se pierda usted contra mí. Recuerde usted lo que les pasó a Castillo, Piar, Padilla o Mariño. Se perdieron. O a los que estando conmigo —Sucre, Soublette, Cruz, Urdaneta— la providencia los elevó.

—Es distinto cuando uno vive en Apure y ha sido entrenado por Manuelote—, murmura Páez.

Bolívar rio.

—La verdad si no hubiese sido Ud. favorecido por las bendiciones de ese hato de Pulido Briceño, La Calzada, quizás el destino de la patria hubiese sido otro.

—Lo dice por las destrezas aprendidas por Páez

—Lo digo porque sin la mano de hierro de ese mulato, Manuelote, no se hace el hombre de Mata de la Miel, El Yagual, Las Queseras del Medio y Carabobo

—Gracias—, expresa Páez, con un sorprendido orgullo.

Rafael Arráiz Lucca ha intentado devolverles humanidad a ambos personajes: ni santos ni demonios, sino hombres de inteligencia excepcional, perseverantes, guerreros y estrategas de primer orden, atrapados por las dimensiones de sus anhelos, época y circunstancias. En sus obras José Antonio Páez: del mito al hecho, y Bolívar: triunfo y ocaso, Rafael Arráiz cabalga sobre los hombres hombre de carne y hueso; soñadores, amantes, apasionados, vibrantes, entre lanceros, sangre, bailes y poemas.

—Pero usted no fue siempre El Libertador—, le dije. También fue un muchacho.

Páez soltó una carcajada.

—Eso sí me interesa—, comenta el Taita.

Bolívar levantó una ceja.

—¿Qué quiere saber?

—París.

De pronto, aquel hombre de uniforme pareció rejuvenecer. París apareció en la habitación como una película antigua: carruajes, salones iluminados, mujeres con abanicos, música, champagne y un joven venezolano viudo, rico, inquieto y todavía sin destino. Fanny du Villars estaba allí. El joven Bolívar había llegado a París después de la muerte de María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza. Fanny —prima lejana— esposa del conde Régis Dervieu [mucho mayor que ella], vivía instalada en los círculos sociales de la capital francesa. Lo introdujo en sus salones. Allí el joven Bolívar frecuentó teatros, tertulias, juegos y bailes.

—¿Bailaba mucho?

—Bastante.

—¿Y era buen bailarín?

—Excelente. Bailar es la poesía del movimiento, la gracia del cuerpo. Arráiz lo dice muy bien en sus notas sobre mí. “Todo hombre que se precie de ser sano de cabeza, espíritu y corazón debe aprender a bailar”. Páez lo miró:

—Eso no aparece en los partes de guerra, dice bebiendo su taza de espeso chocolate negro.

De pronto, se escucha una sonrisa desde el fondo del salón. Aparece una mujer realmente hermosa. Era Fanny Dervieu Du Villars o Jeanne Nicole Arnalde Aristiguieta a quien se le reconoce un romance con Bolívar. Por ella conoció a personajes como Alexander von Humboldt, quien habría dicho que América aún no estaba madura para la independencia; y Aimé Bonpland, quien sentenció que las revoluciones producen los hombres necesarios para hacerlas.

Pero la conversación debía continuar. Temía que esa neblina espesa me atrapara y me devolviera de donde me trajo.

—Páez—pregunté— ¿y usted qué tenía que ver con aquellos salones?

—Nada.

—¿Nunca quiso bailar?

—Yo bailaba en el llano. Bolívar soltó una carcajada. Páez se acomodó.

—La guerra no se gana solamente con ideas querido Orlando…—, me dice Páez desde su butaca con pose erguida. Su inmensidad se aproxima y me intimida. Pero aparento estar impávido. “Hay que alimentar al hombre, cuidar el caballo, conseguir ganado, preparar la comida, tener pólvora, lanzas, monturas y gente que conozca el terreno”, dice Páez con mirada desafiante.

—¿Y las mujeres?, comento para “alegrar” la tertulia. Páez sonrió.

—También. ¿O quién cree que cocinaba, curaba y sostenía aquellos campamentos?

Bolívar negó con la cabeza. Se sabe que Páez si algo tuvo, además de voluntad, fue hijos.

—Páez tenía una concepción bastante amplia de la logística. Sonrió, tratando de evitar hacerlo [sic]

—Pasión, amor, sacrificio y comida en el estómago—, respondió Páez—. Sin eso no hay ejército.

—Ok, respondo a discreción.

Tal vez allí pase una de las diferencias esenciales entre ambos: Bolívar pensaba la guerra desde la arquitectura política de América; Páez la sentía desde el barro, el caballo, el hambre, la lujuria y el hombre que tenía delante, sea amigo o enemigo.

—Sin un lancero como Páez— he dicho el mejor del mundo— las hazañas de memorables victorias, no hubiesen ocurrido.

—¿Qué recuerda de las Queseras del Medio?

—El silencio antes de atacar.

En abril de 1819, Páez ejecutó con sus lanceros la célebre maniobra conocida como “Vuelvan caras”, enfrentando una fuerza realista superior. Aquella acción quedó como una de las imágenes más poderosas de la guerra de independencia. Una estrategia militar ingeniosa —propia de un Taita— que aparenta retirada, pero volvía súbitamente contra el enemigo.

—¿Y qué pensó usted, Libertador?

Páez observa con detenimiento.

—Que por fin había encontrado a alguien que hacía locuras imbatibles. Épicas que yo mejor sabía escribirlas…

Páez soltó otra carcajada: “Sabio, el Libertador. ¡Un político como ninguno!”, reconoce el Centauro, bebiendo.

—¿Y Carabobo, y aquel 24 de Junio de 1821 contra De La Torre?

Páez asintió. Bolívar se levanta de su sillón, y habla con verbo decisivo:

—Le gusta a usted ir al mar de fondo, Viera-Blanco. Carabobo siempre ha estado en mi corazón. Algunos la desmerecen por ser más resultado de una derrota realista por la rebelión de Rafael Del Riego en Las Cabezas de San Juan de Andalucía, quien reivindicando la Constitución de Cádiz contra Fernando VII [La Pepa 1812] evitó que Morillo recibiera más de 12.000 refuerzos. Pero Carabobo —para ser justo— se gana por la gallardía y destreza de lanceros y jinetes gloriosos.

Y agrega: “Ese día no éramos hombres individuales. Éramos un país que quería existir. Esa fue la diferencia”, dice Bolívar levantando su frente, tratando de ocultar lágrimas bajando por su mejilla.

—¿Fue allí donde nació Venezuela?

Bolívar negó lentamente.

—No. Allí ganamos una guerra. Una república es otra cosa.

Boves, el Taita que convirtió el resentimiento en ejército

Hubo un silencio distinto. Cambié de tema.

—Quisiera hablar de Boves. Páez se mueve en su butaca. Bolívar miró hacia la oscuridad.

—Ese nombre todavía pesa, dice El Libertador, sujetando su espada con fuerza.

José Tomás Boves había nacido en Oviedo en 1782. Llegó a Venezuela, conoció profundamente los llanos y terminó convirtiéndose en el principal caudillo de la rebelión realista de 1813–1814. El primer Taita. Su ejército —compuesto en gran medida por llaneros, pardos, mestizos, negros y cimarrones— convirtió la guerra de independencia en algo más complejo que una simple confrontación entre españoles y americanos: también fue una rebelión social.

—Boves tenía algo que nosotros conocíamos muy bien, dice Páez con voz de tenor.

—¿Qué?

—El llano. Y aquello era decisivo. Boves conocía los caminos, los caballos, el ganado y a los hombres que los montaban. Su ascenso fue vertiginoso.

Boves derrotó a las fuerzas republicanas en La Puerta [3 de febrero de 1814] y después volvió a enfrentarse con Bolívar en San Mateo. Allí Boves no consiguió romper la posición republicana. También fue derrotado por Mariño en Bocachica, el 31 de marzo de 1814.

—Pero regresó—, dijo Páez.

El 15 de junio de 1814, en la segunda batalla de La Puerta, Boves derrotó a Bolívar y Mariño. Su caballería desbordó la posición republicana y obligó a Bolívar a replegarse hacia Caracas. La derrota precipitó la Emigración [la huida] a Oriente y el derrumbe de la Segunda República.

—¿Cómo murió Boves? Bolívar respondió: —En Urica.

El 5 de diciembre de 1814, José Félix Ribas enfrentó a Boves en la sabana de Urica. Los republicanos lograron inicialmente envolver una parte de la fuerza realista. Boves salió con su columna para responder y murió en medio del choque. Sus tropas, sin embargo, terminaron derrotando a los republicanos.

—¿Quién lo mató?

Páez interviene: —Ahí empieza la leyenda. Bolívar asintió.

—La historia sabe dónde murió Boves. No siempre sabe quién lanzó [o hundió] la lanza que lo alcanzó [o le arrebató la vida]. Tenía 32 años.

Me quedé mirando a Bolívar. Los caudillos suelen morir antes de descubrir qué hacer con el poder que conquistaron. Innoble destino.

Piar y la república herida

Es inevitable hablar de episodios históricos que algunos toman para cuestionar la imagen de Bolívar. La Proclama de Guerra a muerte es uno de ellos, sin duda: violento y determinante. Pero habría que recordar la brutal violencia de Monteverde, comandante de los ejércitos realistas. También se menciona la sangrienta ejecución de los prisioneros de guerra de las Bóvedas de la Guaira [febrero 1814] ordenado por Bolívar a José Leandro Palacios. Ejecutaron a más de 800 españoles y canarios. Piar viene a componer otro episodio de señalamientos

—Mire Viera Blanco, la historia, y los hombres que la hacen, no se juzgan, sino que se comprenden. Bolívar bajó la mirada.

—Ahora habla el pianista y el intelectual afrancesado, murmura Bolívar.

—No, Libertador. Habla el hombre justo, a decir de Vargas.

—¿Y Piar?, interrumpo con un dejo de imprudencia.

—Insiste usted en importunar, señor mío—, reprocha Páez.

—¿Acaso usted hubiese hecho lo mismo?, le digo a Páez con un tono impropio de innecesaria curiosidad.

—Y usted qué piensa mí, misterioso fantasma…—, me increpa Páez, acercándose nuevamente, como quien busca un duelo. Nuevamente erguido, cara a cara, con desenfado y tono coplero, se coloca pecho a pecho. Giro la mirada al Libertador, buscando auxilio. Confieso que mis manos [y mis piernas] temblaban. Pero la curiosidad mató al gato, dice el refrán. [Manuel Piar fue ejecutado en Angostura el 16 de octubre de 1817 después de un juicio militar]. Volteo y me acerco a Bolívar, tratando de escapar del león de Payara.

—¿Le molestó fusilarlo?, le pregunto con voz quebrada al Libertador, quien decide sentarse, sujetarse el cinturón y colocar su espada sobre un antepecho rústico de bahareque.

—Me dolió más perder a un hombre extraordinario que la posibilidad de compartir su sangre, pero debo volver a decir que, sin esa decisión, perdería toda obediencia… La noche nos atrapa entre frío, neblina y un fresco olor a eucalipto, guayabo y jazmín. Al fondo un aroma de café tostado.

—¿Y Manuela?, le pregunto sonriendo a gesto incompleto. Se habían conocido en 1822, durante la entrada triunfal de Bolívar en Quito. Manuela se convirtió no solamente en su gran amor después de María Teresa, sino también en confidente, compañera política y custodio de documentos y secretos del Libertador.

—Manuela fue otra cosa, me dice con ojos brillosos y frotando sus pequeñas manos.

Páez sonrió y se fue a su poltrona, nuevamente. Desde allá con brazo alzado, dijo:

—Esa sí era una mujer capaz de mandar a callar al Libertador.

Bolívar sonríe con gracia… La noche del 25 de septiembre de 1828, cuando los conspiradores irrumpieron en el Palacio de San Carlos para asesinarlo, Manuela consiguió distraerlos mientras Bolívar escapaba por una ventana y se refugiaba bajo un pequeño puente. Aquella noche ella salvó su vida. Bolívar la llamó después la Libertadora del Libertador.

—¿Quiénes fueron los conspiradores?

—Pedro Carujo, Florentino González [santanderino él], Mariano Ospina, Agustín Millán, Wenceslao Zulbarán entre otros. Algunos fueron ejecutados. No quiero hablar de la responsabilidad exacta de Santander. No vale la pena. Ya se ha dicho que la historia, algunos la llevan de estrado…—, respondió Bolívar.

—Y también de cadalso—, apunta Páez.

—Entonces hablemos de Francisco De Paula Santander.

Bolívar respira profundamente y comenta:

—El hombre de las leyes, recuerda. Un hombre inteligente, con quien tuve una relación de cooperación, pero también de profunda ruptura política.

—¿Y Sucre?

Por segunda vez apareció una sombra de ternura en sus ojos: “Sucre era distinto”.

Antonio José de Sucre y Alcalá, vencedor de las batallas notables de Pichincha [1822], Junín [1824] Ayacucho [1824] fue uno de los hombres de mayor confianza de Bolívar. Representaba la continuidad republicana. Su asesinato [Berruecos 4/6/1830] aceleró el ocaso del Libertador.

—¿Fue él quien debía sucederlo?

Bolívar hizo una pausa y finalmente dijo:

—Sucre fue el hombre de la guerra, pero también de la paz y la magnanimidad. Pero la historia, Viera-Blanco, nunca entrega sus respuestas completas. Aquí tiene usted a Páez, comenta desviando la mirada hacia él, un lancero no solo en el campo de batalla, sino también en la política. Refundó la III República. Muy a mi pesar, pero como nadie lo hubiese hecho. Pregunte usted por la Cosiata, por los cabildeos entre Caracas y Valencia o de cómo el Generalísimo tragó grueso, aun lo resiente, cuando Santander le suspendió como comandante general del Departamento de Venezuela de la República de Colombia, colocando a Juan de Escalona Arguinzones.

—La historia reconoce que fui el hombre más obediente de Bogotá, acota Páez de inmediato, poniéndose pie, dejando caer la taza…

Bolívar vuelve a levantar la ceja. Comprendió que la disputa entre Páez y Santander fue insalvable. Páez retomó el mando a raíz de la decisión del Cabildo de Valencia [30/4/1826] de desconocer a Escalona y afianzar el regreso de Páez, quién aceptó. Páez con voz quebrada asienta:

—Fue la hora más funesta de mi vida, mi Libertador. Mi hora menguada.

—No se aflija, Páez. Sin esas horas la patria no nos sobrevive ni la sangre derramada vive por encima de nosotros.

—Orlando: siga con Páez. No se marche, por favor. Él le contará lo que vino después de la caída de la Colombia unida y mi bajada al sepulcro. Sentí haber arado en el mar, pero debo admitir que Páez fue no solo el primer lancero del mundo, el Taita, sino un republicano integral como no he visto incluso en vuestro tiempo.

Continuará.

@ovierablanco – vierablanco@gmail.com | Abogado / Exembajador en Canadá.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.