¿Cómo pudiera el venezolano sintetizar lo que ha vivido en este anno Domini 2026? Ninguna selección de palabras lo logra. Recurramos, pues, a la música, ya que ella, como bien indicó Schopenhauer, no precisa de imágenes platónicas y es un reflejo de la voluntad misma. Si tuviera que escoger, diría que la composición musical que mejor expresa lo que el venezolano ha experimentado en el año ya por concluir es la “Sinfonía no. 6” de Chaikovski, apodada “la Patética”. Pero no es patética por débil o mediocre. Su patetismo remite al pathos en sentido griego original. A la emocionalidad.
Este año ha sido, como ningún otro en muchísimo tiempo, el año de las emociones fuertes en Venezuela. Emociones diversas: tristeza, alegría, miedo, rabia. Pero siempre fuertes. Varios eventos se han asegurado de ello. Empezando, con el año mismo, por los acontecimientos de enero. Luego vino el triunfo de Venezuela en el Clásico Mundial de Béisbol. Después, el terremoto doble justo cuando en Curiepe y Naiguatá los tambores (ya ven cómo volvemos inevitablemente a la música) celebraban a san Juan el Bautista y el país entero conmemoraba las hazañas de Bolívar, Páez, Camejo, Plaza y demás en el Campo de Carabobo. Por último (¿por último? ¿no nos aguardarán más sorpresas emocionantes en los dos próximos meses?), el regreso de María Corina Machado al país.
Si no especifiqué la emoción que se sintió en cada uno de estos sucesos, es porque no hace falta. Todo el mundo lo sabe. Como ya dije, las palabras están de más. El último de estos hechos no es excepción. Hasta un hipotético extraterrestre oriundo de la galaxia Andrómeda lo entendería si viera las imágenes de miles de venezolanos en la calle acompañando a la líder opositora.
Ahora bien, si la euforia se mantendrá depende de lo que Machado haga ahora que está en el país. Pudiera equivocarme, pero me atrevo a prever que, al menos en el corto plazo, sus acciones no serán de alta intensidad. Es decir, no se propondrán alterar significativamente la política venezolana tal como se encuentra ahora. Ello puede sonar confuso y decepcionante para quienes esperan que un líder opositor actúe como tal y se lance a intentar transformar el entorno al cual se opone.
Pero hay que tener en cuenta que la política venezolana se encuentra en una situación sumamente peculiar, en la que los papeles tradicionales de los actores no pueden ser dados por hechos. El país atraviesa un conjunto de transformaciones impulsadas por el gobierno de Estados Unidos, cuyo desenlace sigue siendo incierto. Ya que Washington es la fuente de prácticamente todo el poder detrás de semejante metamorfosis, todos los actores relevantes internos han tratado de mantenerse en buenos términos con la Casa Blanca y el Departamento de Estado. Es lo que ha hecho el chavismo y es lo que ha hecho la oposición que Machado encabeza.
Por lo tanto, Machado se encuentra en una situación bastante complicada, que no admite soluciones fáciles y que no es resuelta por el mero hecho de que ella volvió a Venezuela. Mientras que el oficialismo públicamente se muestra alineado con las aspiraciones de Estados Unidos y espera así salir lo mejor parado posible del proceso sin importar lo que la ciudadanía venezolana desee, Machado y los dirigentes políticos aliados con ella sí tienen que enarbolar las banderas de la expectativa ciudadana mayoritaria, la cual sigue siendo un eventual cambio de gobierno.
Mientras las masas tengan razones para asumir que el “nuevo momento político” eventualmente producirá las condiciones para un cambio democrático de gobierno, la dirigencia opositora puede darse el lujo de la paciencia y la pasividad, hasta que llegue el día del resultado deseado. En cambio, si las masas creen que los cambios son solo cosméticos, o reales, pero sin permitir el cambio democrático de gobierno, se volverán a sus líderes y les exigirán que hagan algo al respecto, so riesgo de retirarles el apoyo. Van a exigirles algún plan de acciones para que la voluntad ciudadana mayoritaria sea escuchada, no solo en Miraflores, sino en la Casa Blanca.
Ese es el punto al que precisamente Machado y compañía no quieren llegar, ya que Washington no quiere imágenes de agitación y descontento en Venezuela. Donald Trump está presentando sus maniobras en nuestro país como el mayor éxito de política exterior de su segundo mandato y no quiere que nada estropee aquella imagen. Hasta Marco Rubio, a quien por años los venezolanos interesados en un cambio democrático han visto como su más firme y poderoso aliado en Estados Unidos, lanzó una advertencia contra protestas de calle que exijan cambios más rápidos. Si el liderazgo opositor desafía a Washington en tal sentido, pudiera hacer que Trump se ponga decididamente en su contra y se incline por abortar cualquier plan de transición en Venezuela, dejando así a una élite gobernante que sí le está dando lo que quiere y permitiéndole arremeter contra la disidencia.
Ya que, cæteris paribus, en los próximos meses la expectativa colectiva de que hay luz al final del túnel seguirá, creo que Machado se abstendrá, repito, de intentar sacudir considerablemente las cosas. Solo si para, digamos, mediados del próximo año las masas se sienten defraudadas por el “nuevo momento político”, tendrá ella que afrontar el dilema de reclamar a Washington o perder el respaldo masivo de los venezolanos.
Eso no significa que su regreso al país haya sido a la postre irrelevante. Mientras estuviera afuera, Machado no hubiera podido movilizar con éxito a sus millones de partidarios, si así lo deseara. Estos no iban a acatar el llamado de una líder ausente que no los acompañara en el riesgo. Al permitirle volver, Estados Unidos apostó a que ella colaborará con lo que sea que tiene en mente.
Hay otras variables que podrían alterar la situación más temprano que tarde. Por ejemplo, las elecciones al Congreso de Estados Unidos que se llevarán a cabo el próximo martes y sus posibles efectos en la capacidad de Trump para influir en Venezuela (pienso abordar el asunto de ser necesario en una próxima emisión de esta columna). Pero, por ahora, me inclino a creer que el “nuevo momento político” seguirá desarrollándose como lo ha hecho en los últimos meses y que Machado seguirá dándole el beneficio de la duda mientras pueda. No suena como algo digno de emociones fuertes, lo sé. Pero de esas ya hemos tenido bastantes. Si el proceso avanza bien, no necesitaremos más. En caso contrario, Machado, si quiere seguir siendo considerada líder, tendrá que alzar la voz. A propósito, Aristóteles identificó, junto al logos (coherencia) y el ethos (virtud) un tercer elemento en toda pieza exitosa de retórica: el pathos o emoción.
Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es



