La estupidez, el enemigo que no sabemos combatir

Hace unos días vi un video de Lucas Bean en YouTube sobre las reflexiones del teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer acerca de la estupidez humana. Inmediatamente recordé al filósofo español José Antonio Marina y su libro La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez. Dos pensadores, dos aproximaciones y una preocupación común: la estupidez puede ser una de las fuerzas más destructivas de la humanidad.

Bonhoeffer escribió sus reflexiones en 1943, mientras estaba preso por el régimen nazi después de que intentó asesinar a Hitler. Había sido testigo de cómo una sociedad culta, con una extraordinaria tradición intelectual y artística, podía terminar sometida al fanatismo, la obediencia y la destrucción. Su conclusión era inquietante: la estupidez podía ser incluso más peligrosa que la maldad.

¿Por qué? Porque la maldad puede reconocerse, denunciarse y combatirse. La estupidez, en cambio, se hace invisible. No escucha razones, no admite hechos que contradigan sus prejuicios y es capaz de convertir cualquier evidencia en una amenaza contra sus propias convicciones.

Bonhoeffer no identificaba la estupidez con la falta de inteligencia. Una persona puede ser extraordinariamente inteligente y comportarse estúpidamente. El problema aparece cuando renuncia a pensar por sí misma y entrega su juicio a otros. El poder, el fanatismo y la obediencia ciega convierten a individuos perfectamente capaces de razonar en repetidores de consignas. Los venezolanos lo hemos vivido en carne propia. Pero este artículo no es sobre Venezuela, es sobre el peligro que corre el mundo entero.

Desde otra perspectiva, Marina llega a una conclusión igualmente perturbadora: la inteligencia también fracasa. El fanatismo, los prejuicios, el miedo y la incapacidad de reconocer nuestros errores la exponen al servicio de nuestros peores impulsos.

Vivimos tiempos propicios para esa renuncia al pensamiento. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, nunca había sido tan fácil encerrarnos en nuestras propias certezas.

Se comparte antes de comprobar, se condena antes de comprender y se defiende una posición sin conocer siquiera los argumentos contrarios. La pertenencia a un grupo parece haberse vuelto más importante que la búsqueda de la verdad.

La estupidez colectiva no necesita que todos sus integrantes sean ignorantes. Le basta con que dejen de pensar por sí mismos.

Pero sería demasiado cómodo atribuir la estupidez exclusivamente a los demás. Todos somos vulnerables a ella. Todos podemos caer en la tentación de creer aquello que confirma nuestras preferencias, rechazar lo que incomoda nuestras convicciones o justificar conductas propias que condenaríamos sin vacilar en nuestros adversarios.

Una de sus manifestaciones más refinadas es exigirles a los demás una honestidad intelectual que no estamos dispuestos a practicar nosotros mismos. La educación, el conocimiento y el pensamiento crítico son nuestras mejores defensas, pero requieren algo más: humildad para reconocer que podemos equivocarnos y valentía para cuestionar aquello en lo que creemos.

La humanidad ha conquistado el espacio, descifrado el genoma humano y desarrollado tecnologías extraordinarias. Pero sigue siendo capaz de repetir tragedias que creía superadas y de entregar su voluntad a quienes explotan sus prejuicios y sus miedos.

Quizás el mayor peligro no sea que la humanidad haya dejado de saber, sino que esté perdiendo las ganas de pensar.

Porque cuando dejamos de pensar, siempre habrá alguien dispuesto a hacerlo por nosotros. Y no necesariamente en nuestro beneficio.

@cjaimesb

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es.

Hace unos días vi un video de Lucas Bean en YouTube sobre las reflexiones del teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer acerca de la estupidez humana. Inmediatamente recordé al filósofo español José Antonio Marina y su libro La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez. Dos pensadores, dos aproximaciones y una preocupación común: la estupidez puede ser una de las fuerzas más destructivas de la humanidad.

Bonhoeffer escribió sus reflexiones en 1943, mientras estaba preso por el régimen nazi después de que intentó asesinar a Hitler. Había sido testigo de cómo una sociedad culta, con una extraordinaria tradición intelectual y artística, podía terminar sometida al fanatismo, la obediencia y la destrucción. Su conclusión era inquietante: la estupidez podía ser incluso más peligrosa que la maldad.

¿Por qué? Porque la maldad puede reconocerse, denunciarse y combatirse. La estupidez, en cambio, se hace invisible. No escucha razones, no admite hechos que contradigan sus prejuicios y es capaz de convertir cualquier evidencia en una amenaza contra sus propias convicciones.

Bonhoeffer no identificaba la estupidez con la falta de inteligencia. Una persona puede ser extraordinariamente inteligente y comportarse estúpidamente. El problema aparece cuando renuncia a pensar por sí misma y entrega su juicio a otros. El poder, el fanatismo y la obediencia ciega convierten a individuos perfectamente capaces de razonar en repetidores de consignas. Los venezolanos lo hemos vivido en carne propia. Pero este artículo no es sobre Venezuela, es sobre el peligro que corre el mundo entero.

Desde otra perspectiva, Marina llega a una conclusión igualmente perturbadora: la inteligencia también fracasa. El fanatismo, los prejuicios, el miedo y la incapacidad de reconocer nuestros errores la exponen al servicio de nuestros peores impulsos.

Vivimos tiempos propicios para esa renuncia al pensamiento. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, nunca había sido tan fácil encerrarnos en nuestras propias certezas.

Se comparte antes de comprobar, se condena antes de comprender y se defiende una posición sin conocer siquiera los argumentos contrarios. La pertenencia a un grupo parece haberse vuelto más importante que la búsqueda de la verdad.

La estupidez colectiva no necesita que todos sus integrantes sean ignorantes. Le basta con que dejen de pensar por sí mismos.

Pero sería demasiado cómodo atribuir la estupidez exclusivamente a los demás. Todos somos vulnerables a ella. Todos podemos caer en la tentación de creer aquello que confirma nuestras preferencias, rechazar lo que incomoda nuestras convicciones o justificar conductas propias que condenaríamos sin vacilar en nuestros adversarios.

Una de sus manifestaciones más refinadas es exigirles a los demás una honestidad intelectual que no estamos dispuestos a practicar nosotros mismos. La educación, el conocimiento y el pensamiento crítico son nuestras mejores defensas, pero requieren algo más: humildad para reconocer que podemos equivocarnos y valentía para cuestionar aquello en lo que creemos.

La humanidad ha conquistado el espacio, descifrado el genoma humano y desarrollado tecnologías extraordinarias. Pero sigue siendo capaz de repetir tragedias que creía superadas y de entregar su voluntad a quienes explotan sus prejuicios y sus miedos.

Quizás el mayor peligro no sea que la humanidad haya dejado de saber, sino que esté perdiendo las ganas de pensar.

Porque cuando dejamos de pensar, siempre habrá alguien dispuesto a hacerlo por nosotros. Y no necesariamente en nuestro beneficio.

@cjaimesb

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es.

La estupidez colectiva no necesita que todos sus integrantes sean ignorantes. Le basta con que dejen de pensar por sí mismos
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Hace unos días vi un video de Lucas Bean en YouTube sobre las reflexiones del teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer acerca de la estupidez humana. Inmediatamente recordé al filósofo español José Antonio Marina y su libro La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez. Dos pensadores, dos aproximaciones y una preocupación común: la estupidez puede ser una de las fuerzas más destructivas de la humanidad.

Bonhoeffer escribió sus reflexiones en 1943, mientras estaba preso por el régimen nazi después de que intentó asesinar a Hitler. Había sido testigo de cómo una sociedad culta, con una extraordinaria tradición intelectual y artística, podía terminar sometida al fanatismo, la obediencia y la destrucción. Su conclusión era inquietante: la estupidez podía ser incluso más peligrosa que la maldad.

¿Por qué? Porque la maldad puede reconocerse, denunciarse y combatirse. La estupidez, en cambio, se hace invisible. No escucha razones, no admite hechos que contradigan sus prejuicios y es capaz de convertir cualquier evidencia en una amenaza contra sus propias convicciones.

Bonhoeffer no identificaba la estupidez con la falta de inteligencia. Una persona puede ser extraordinariamente inteligente y comportarse estúpidamente. El problema aparece cuando renuncia a pensar por sí misma y entrega su juicio a otros. El poder, el fanatismo y la obediencia ciega convierten a individuos perfectamente capaces de razonar en repetidores de consignas. Los venezolanos lo hemos vivido en carne propia. Pero este artículo no es sobre Venezuela, es sobre el peligro que corre el mundo entero.

Desde otra perspectiva, Marina llega a una conclusión igualmente perturbadora: la inteligencia también fracasa. El fanatismo, los prejuicios, el miedo y la incapacidad de reconocer nuestros errores la exponen al servicio de nuestros peores impulsos.

Vivimos tiempos propicios para esa renuncia al pensamiento. Nunca habíamos tenido tanto acceso a la información y, sin embargo, nunca había sido tan fácil encerrarnos en nuestras propias certezas.

Se comparte antes de comprobar, se condena antes de comprender y se defiende una posición sin conocer siquiera los argumentos contrarios. La pertenencia a un grupo parece haberse vuelto más importante que la búsqueda de la verdad.

La estupidez colectiva no necesita que todos sus integrantes sean ignorantes. Le basta con que dejen de pensar por sí mismos.

Pero sería demasiado cómodo atribuir la estupidez exclusivamente a los demás. Todos somos vulnerables a ella. Todos podemos caer en la tentación de creer aquello que confirma nuestras preferencias, rechazar lo que incomoda nuestras convicciones o justificar conductas propias que condenaríamos sin vacilar en nuestros adversarios.

Una de sus manifestaciones más refinadas es exigirles a los demás una honestidad intelectual que no estamos dispuestos a practicar nosotros mismos. La educación, el conocimiento y el pensamiento crítico son nuestras mejores defensas, pero requieren algo más: humildad para reconocer que podemos equivocarnos y valentía para cuestionar aquello en lo que creemos.

La humanidad ha conquistado el espacio, descifrado el genoma humano y desarrollado tecnologías extraordinarias. Pero sigue siendo capaz de repetir tragedias que creía superadas y de entregar su voluntad a quienes explotan sus prejuicios y sus miedos.

Quizás el mayor peligro no sea que la humanidad haya dejado de saber, sino que esté perdiendo las ganas de pensar.

Porque cuando dejamos de pensar, siempre habrá alguien dispuesto a hacerlo por nosotros. Y no necesariamente en nuestro beneficio.

@cjaimesb

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