Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio José Monagas

Hastiado de discursos, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

En política, son muchas y variadas las concepciones sobre lo que significa el término “gobierno”, así como el vocablo “régimen”. Aunque presumen condiciones que exageran o exacerban implicaciones propias de la política, todas se pasean por alusiones que rayan en la apología de la filosofía política, hasta aquellas que ironizan la vida.

No obstante, la realidad es inexorable. Como dice el buen refrán, “no se puede tapar el sol con un dedo”. Aun así, hay definiciones que pretenden encubrir verdades no solo inocultables, sino contundentes en virtud de su impacto político y social.

Muchos de los problemas que complican la realidad vienen de la carencia de una cultura política. Esto hace discernir -equivocadamente- al individuo de condiciones manipuladas por la demagogia y el populismo en que se debaten las aludidas realidades políticas.

Venezuela se convirtió en escenario favorable al opaco propósito de usurpar derechos fundamentales.

Es así que quienes ilegítimamente gobiernan, se permiten azuzar u hostigar condiciones para ganar espacios políticos que afiancen, aunque ilegal e inconstitucionalmente, la detentación del poder.

Para lograr tan pérfidos objetivos, en nombre de ideologías, principios, valores  y hasta de la misma “historia”, estos gobernantes asumen posturas y decisiones contradictorias. Chocan con preceptos constitucionales, tanto como con leyes orgánicas que rigen la materia político-administrativa-fiscal-económica-social venezolana.

En consecuencia, las realidades que se otean en el país dan cuenta de decisiones de gobierno y comportamientos de altos funcionarios que resultan reprensibles en virtud de ser atentatorios contra el Estado de democrático y social de derecho y de justicia que aduce la carta magna. Y de todo esto la prensa libre es testigo fehaciente, así como las redes sociales.

En veintidós años de mal gobierno “socialista”, mucha agua ha corrido debajo del puente. Así puede parafrasearse la variedad de situaciones que han determinado el devenir de Venezuela.

Devenir este que ha ocurrido en medio de una permanente y aguda agitación. De amenazas se hace fácil cambiar a discursos cargados de promesas o de pesados anuncios que no terminan en nada.

¿Hacia dónde conduce tanta opacidad? La vida nacional es atiborrada de meras intenciones, pero escasas realizaciones. Mientras la dinámica política gubernamental le imprime tal grado de incertidumbre al país, la población sigue a la expectativa de concreciones acordes con el declarado desarrollo que acucia la mal llamada “revolución”.

Sin embargo, el régimen persiste en imponer un estilo que apenas sirve para etiquetar un fantasioso rumbo nacional. Esto hace que los precarios esfuerzos que dicen adelantar, incluso en contrario con el manojo de impedimentos sancionados en su contra por el gobierno norteamericano, se esfumen precipitadamente.

Es por tanto como las improvisaciones se destapan provocándose el mayúsculo desorden que incita la exigua gestión pública realizada. Al final de todo, el país sigue transitando desnivelado. Peor aun, agobiado de promesas que surcan por donde pueda penetrar el ojo. Promesas que se esfuman inmediatamente apenas se declaran. Y es lo que lleva a que el país político se vea y se sienta hastiado de discursos.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Pandemia: ¿crisis de derechos humanos?, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Intentar dar respuesta a la pregunta que del título de este artículo no es fácil. El problema a tratar tiene arraigo en tiempos anteriores a la pandemia de covid-19. Fundamentalmente, por causa de la debilidad del estado de Derecho y la fragilidad de instituciones estatales arrasadas, por lo cual no se tenía ni preparación para controlarla, ni experiencia para tomar decisiones asertivas. Así como tampoco el conocimiento científico para afrontar el letal virus.

El simple concepto de “pandemia” toca crisis de todo orden, no solo la de salud. La pandemia ha embrollado otros más, como las crisis inducidas en el plano político, económico y social. Solo que, valiéndose de la pandemia, encubrieron sus maléficos alcances en ella y le endilgaron la crisis humanitaria que la precedió.

De crisis en crisis

El siglo XX fue espacio para que se tramaran serios y vetustos problemas enquistados desde el momento en que, en el siglo anterior, se tejieron significativos esfuerzos por la independencia de Venezuela.

Así comenzó a cimentarse una estructura política, social y económica que sirvió de asiento a todo un entumecido proceso histórico de acumulaciones y desviaciones, equivocaciones y argucias, falsedades y evasivas. Dicho proceso terminó marcando serias brechas entre el discurso y la realidad. Brechas que signaron y motivaron crisis posteriores.

En la espesura de tan caóticos escenarios floreció la pobreza. Junto con ella, la inseguridad, la violencia y execrables condiciones de vida. En tales terrenos floreció la demagogia y el populismo.

La pandemia en el contexto de insidiosas crisis

Además de tantos avatares que fracturaron principios que fundamentan los derechos humanos, haciendo que el país se redujera a una mínima expresión de tolerancia y pluralidad, apareció la pandemia para terminar de ofuscar actitudes políticas y sociales. 

Esta pandemia puso al descubierto crecidas grietas de desigualdad que, tiempo atrás, pretendieron ser cubiertas con meros paliativos discursivos. Solo que el sectarismo pudo más que la palabra adornada de baladíes promesas.

Asimismo, esta pandemia potenció otra nueva crisis. Nada más que una crisis de derechos humanos. En medio del creciente número de contagios, las violaciones de DD. HH. se hicieron más frecuentes en este régimen político de tendencia autoritaria y hegemónica que padece Venezuela.

En medio de esta situación, se han avivado problemas relacionados con la intolerancia, la desconfianza y el individualismo. También, se exacerbaron transgresiones de toda ralea. La corrupción, en asociación con la impunidad, incitó a la desorganización social o flojedad de las normas (anomia). Fue terreno para que la soberbia de quienes se arrogaban el dominio de todo lo posible, se convirtiera en parte de la actitud de muchos personajes acusados de violadores de derechos humanos.

En la mitad, una crisis de derechos humanos

Fue así como las restricciones se valieron de disposiciones, órdenes y decisiones para que los gobernantes actuaran discrecional y sigilosamente en perjuicio de derechos humanos. Así se indujeron problemas que colindan con derechos educativos, económicos, ambientales, sociales, de las familias y civiles, particularmente. Acá la pandemia se prestó para camuflar buena parte de tan cuestionados eventos. Podría decirse que, con la pandemia, el régimen hizo de las suyas. Y en esa dirección, los derechos humanos se han visto bastante vapuleados.

Por tanto, la pandemia no solo pone al descubierto realidades profundamente cuestionadas. También permitió se vulneraran derechos humanos en nombre de obtusas razones.

Cabría inferir qué fútiles argumentaciones sirvieron al autoritarismo a valerse de la pandemia para discriminar, reducir o excluir social, cultural, económica y jurídicamente a poblaciones ya históricamente marginadas. Entre otras comunidades indígenas, de personas de ascendencia foránea, campesinos y comunidades LGBTIQ.

Fue así como la represión se exacerbó convirtiéndose en criterio de gestión pública. Ahí arreciaron torturas, censuras, expropiaciones y acusaciones a personas. 

En medio de tales desavenencias, las desigualdades lograron acentuar el estado de confusión y pobreza que había venido acusándose desde el decurso de democracia. De cualquier modo, por donde se estudie el problema, no habrá duda en afirmar que la pandemia espoleó problemas que han comprometido la significación y valía de los derechos humanos. Rápidamente, se entendería al escribir “pandemia: ¿crisis de derechos humanos?”.

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Lo que se dice y lo que no se dice, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Entre lo que se dice y lo que se hace existe una abrumadora diferencia. Es ahí donde se advierten las brechas que obstruyen el recorrido no solo de las palabras. También de los hechos. Es el terreno donde mejor calza el proselitismo político. Sobre todo, cuando raya con habladurías o discursos retóricos.

Particularmente, cuando el ejercicio de la política busca plantar ideas en medio de realidades cuya oscuridad y confusiones hacen fácil mutar palabras por votos. O promesas por el respaldo necesario sobre el cual se posibilita construir el realismo mágico. El que sirvió a Gabriel García Márquez para levantar la historia de la fundación de Macondo, en su libro Cien años de soledad. O que igualmente le funcionó al guatemalteco Miguel Ángel Asturias, Premio Nobel de Literatura en 1967, para darle carácter alegórico a su obra Hombres de maíz.

Surrealismo y política

Es la manera de cómo la literatura incursiona en el surrealismo. Pero en política sucede algo distinto. Pasa a verse como un vulgar y manido modo de hacer política. Y no es otra cosa que caer en el populismo, con su enorme colección de excusas que se pasean entre lo real y lo soñado. Entre lo real y lo imaginario. O entre lo real y lo que se inventa. Todo, con la intención de captar incautos, ilusos e idealistas.

Sin embargo, traducir estos señalamientos a la subyugación que padece Venezuela no resulta tan sencillo como pareciera. Sencillamente, por las dificultades que saltan al momento de buscar una explicación inmediata. Aunque asistida por el concepto de “necesidades creadas”. Un concepto de la Economía prestado a la Sociología.

El problema se acobija y recuesta en la ambición, la vanidad, la soberbia, el orgullo y el envanecimiento que confiere el poder político O sea, los contravalores que coadyuvan a esclavizar a quienes pretenden vivir de la política. Aunque sea solamente hasta alcanzar la jerarquía de “politiquero”.

Desde tan obtuso estadio de realidades forzadas por la magia de la verborrea, los politiqueros de oficio, aspirantes y aficionados, juegan impunemente con la “verdad” y la “libertad”.

De esa forma, provocan distorsiones que traban el desarrollo económico y social de un país. Eso fue lo que deformó a la Venezuela que había emprendido su recorrido al ansiado desarrollo, a pesar de los conflictos que devinieron en dicho periplo.

Los dividendos de la crisis…

En la actualidad, la crisis venezolana, calificada de “emergencia humanitaria”, determinó la incursión de principiantes y catequizados de la política en el ejercicio de la “politiquería”. En consecuencia, se ha estado debatiendo la redacción de un acuerdo político con el fin de aliviar los problemas que afectan el devenir nacional. Pero tal intención ha sido reiteradamente asomada sin ningún resultado convincente a ese respecto.

Sin embargo, el problema no ha podido aminorarse por cuanto lo que está en el fondo es lo que se dice, y sobre todo lo que no se dice. Peor aun, es lo que no se hace. Y precisamente no se hace porque pareciera de mayor provecho, en términos de recursos y tiempo, ir detrás del estancamiento de la crisis venezolana.

Hay reticencia en salir de dicha crisis pues, por lo que se infiere, su obstrucción resulta más ventajosa en términos de los dividendos que se reparten los protagonistas de su palabreado arreglo.

Es ese el meollo donde sus actores manipulan sus razones explicativas, dispositivos funcionales y accesorios suplementarios con la ayuda de un populismo ataviado de democracia. También se benefician del hecho de procurar una administración no del todo transparente de cada uno de los eventos bajo el escrutinio de la política. ¿Casualidad o causalidad?

De manera que en medio de situaciones así de retorcidas, la crisis venezolana sigue tan campante como en principio se percibía.

Podría decirse que el país sigue atascado en el marasmo de una épica siniestra. Tanto así, que ahora Venezuela casi es un país que vive de no hacer nada. O de meros discursos que no llegan a ningún lado en concreto.

La política, en contrario a lo que es su esencia como razón de confluencia, basada en la pluralidad, ha caído en un espasmo del cual no logra salir. Y dicho problema ha motivado la animadversión que define a la antipolítica.

Por donde puede verse, el ejercicio de la política dejó de ser tal para reducirse a lo que es el ejercicio de la politiquería. Así de triste es la situación nacional.

Y exactamente, es ahí donde conviven las condiciones que han acentuado la parálisis política. Por eso, el país vive padeciendo todo el conflicto que deriva de lo que se dice y lo que no se dice.

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Solidaridad, esclerosis y pandemia, por Antonio José Monagas

Pieza de la campaña de la ONU sobre solidaridad y covid-19 (Interv. por N. Silva / Runrunes). Imagen en Unsplash.

@ajmonagas

Indagar sobre la esclerosis, en cualquiera de sus formas, es revisar la vida desde distintas perspectivas. Si bien la esclerosis es una condición le restar capacidades al organismo, es también un estado físico que invita a explorar la propia espiritualidad. ¿Y por qué ahí? Porque en tan recóndito y extenso ámbito, se alojan las cualidades y fuerzas que elevan al ser humano.   

Desde que el hombre reconoce en la espiritualidad el terreno en el que se moviliza el alma en conjunto con la fe y la esperanza, igualmente advirtió que en su esencia se halla el poder que sortea las dificultades. La espiritualidad potencia la voluntad humana para avanzar a lo largo del camino de la vida. Más, cuando se sabe que la vida no se detiene a esperar a nadie.

Es el caso de la crisis que ahora se vive por la pandemia que azota al planeta. La consideración del reconocido humorista norteamericano, Josh Billings, podría concordar con los contratiempos causados por la covid-19. Billings decía que “la vida no consiste en tener buenas cartas. Sino en jugar bien las que uno tiene”. Por otro lado, el filósofo inglés Thomas Hobbes alegaba que “la vida es un perpetuo movimiento que si no puede progresar en línea recta, se desenvuelve en círculo”.

Ambas expresiones, trascendentes en el tiempo, contienen rotundas verdades a la luz de las dificultades que la pandemia ha sumado a los pacientes de esclerosis, cuyas manifestaciones comprometen la vida humana.

El ISSV sin fármacos

En principio, cualquier efecto de la pandemia roza con inconvenientes de todo género y condición, como el que representa el encerramiento que impide el libre tránsito necesario para acudir a las necesarias terapias. Ello, aparte de los estragos que siguen sumándose al hecho inhumano de no contar con los medicamentos apropiados para tratar la esclerosis.

Y esto no es que haya sido causado por sanción alguna o decreto del gobierno norteamericano a fin de remover las medidas despóticas del régimen venezolano en perjuicio de las libertades y los derechos ciudadanos.

No contar con los medicamentos para la esclerosis ha sido consecuencia de la pésima administración de un gobierno que viene ejerciendo una impune expoliación cometida en contra del erario nacional. Así como del desmantelamiento de la institucionalidad.

Sus resultados terminaron asfixiando la gestión del Seguro Social en contradicción a lo establecido por la Constitución nacional en su artículo 84. Sobre todo, cuando la misma Carta magna refrenda el derecho a la salud al dictaminar la elaboración de políticas públicas que formalizarían el sistema público de salud. Este sistema, daría “(…) prioridad a la promoción de la salud y a la prevención de las enfermedades, garantizando tratamiento oportuno y rehabilitación de calidad”.

En los adversos predios de la pandemia, los venezolanos afectados por cualquier forma de esclerosis corren el desventurado riesgo de caer atrapados en los tentáculos de la covid-19.

Indistintamente de la posibilidad de recibir la vacunación, que hoy el gobierno limita a los funcionarios del régimen y a los trabajadores del sector salud.

Solidaridad, pandemia y esclerosis

Si bien todo ello es una situación de escasos recursos sanitarios existentes, también es un problema que pudiera moderarse de contarse no solo con la disposición de un régimen político condescendiente, que no se tiene, sino con la solidaridad de la sociedad civil.

Sí, apelar a la solidaridad de quienes, a sabiendas del carácter crítico de la situación, actúan movidos por la comprensión. Así se procuraría que quienes sufren de esclerosis, u otro padecimiento, sientan su espiritualidad y fe fortalecidas. Y será posible la merma de cualquier dolencia. No solo del alma. También del cuerpo.

Pero para llegar hasta donde las realidades así responden, debe darse una comunión entre la actitud y la convicción de saber que no hay más tristeza mientras la vida se desenvuelve en función de mejorar su ritmo. A pesar de las congojas, dilemas y contratiempos. Es lo que sucedería de actuar en la línea del desafío que compromete la conjugación entre esclerosis y pandemia.

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¿Cómo evitar el Estado comunal?, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

El análisis al que ha de corresponder la siguiente disertación partirá del escenario en el que la democracia haya comenzado a debilitarse como sistema político. Y tiene entre sus causales el acaecimiento de otro régimen político. Este, montado con la vehemencia y desespero de un poder amparado en el miedo infundado en la población a través de amenazas de riesgosas incidencias.

El régimen, por donde se vea, está forzando el cambio de la institucionalidad sobre la cual descansa el “Estado democrático y social de Justicia y de Derecho” que manifiesta la Constitución de la república en su segundo artículo.

Esa desavenencia hace notar una seria depresión en la lógica política a la cual se apegó la redacción del texto constitucional venezolano. Y en lo específico, configura el intersticio que deja ver la absurda creación del patético “Estado comunal”. Y que no es otra, entre distintas razones, que la gruesa pero a la vez delicada divergencia entre las acepciones politológicas de “democracia” y “república”.

Sin embargo, ahí no queda lo cuestionado. Se tienen otras causas que ponen al descubierto problemas diferentes. En consecuencia, es posible conseguir vacíos y exabruptos de naturaleza jurídica y de índole cívico-moral, rayando con problemas de ciudadanía. Estos, a su vez, rozan con problemas de ética pública y de conciencia. Incluso, con razones que comprometen los significados de libertad y derechos.

La explicación que daría con algunas pautas capaces de atajar la imposición de un Estado Comunal, tal como se presume a instancia del régimen, no es fácil.

Así que al momento de buscar por dónde o cómo atajar las ínfulas de un Estado autoritario, azuzado por un totalitarismo tan peligroso como el proyecto ideológico-político que anima sus ejecutorias y proceso de elaboración y toma de decisiones, hace que su respuesta no sea de fácil delineación o discernimiento. Algunas de sus vías conceptuales y operativas lucen bastante complicadas.

Un “Estado” inconstitucional

La Constitución ofrece importantes vías que aluden al propósito de cómo atajar el Estado comunal. De ahí que el ordenamiento jurídico determina valores, principios y mandamientos que no permitirían otro sistema político que no se corresponda con una sociedad en comunión con “la promoción de la prosperidad y bienestar del pueblo” (Art. 3). Así como tampoco accedería la imposición de otro gobierno que no se atenga a condiciones distintas de las que caracteriza un gobierno “(…) participativo, electivo, descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables” (Art. 6).

La Ley Orgánica de Comunas (D-2010) y su cuerpo de leyes, todas subversivas y sancionadas en medio de un proceso fosilizado y con vida fantasmagórica, destaca el objetivo de “desarrollar y consolidar el Estado comunal (…) para la construcción de la sociedad socialista” (Artículo 7-Parágrafo 1). Ninguna de tan obtusas leyes concuerda con la distribución funcional del poder. Tampoco, con el carácter federativo y descentralizado del Estado venezolano, concebido constitucionalmente.

Cualquiera de las repudiadas estructuras normativas (comunales) inspiradas en la presunción de retorcer la institucionalidad democrática del país, se hallan infectadas de sectarismo, resentimiento y revanchismo.

El desespero funcional que traduce el cuerpo de leyes que pretenden dar vida al poder popular, vehículo furtivo del Estado comunal, se muestra sin ambages en toda su exposición. De hecho, cualquier estamento de la administración pública, aparte de que algunos surgen por elección popular, quedan sometidos a las decisiones del “autogobierno”. Habida cuenta de que el aludido “autogobierno” tiene la potestad para asumir “(…) la formulación, ejecución y control de la gestión pública” (Ob. cit.-parágrafo 2).

Es decir, todo pasa por el control inquisidor y contralor del Poder Popular en sus distintas representaciones. Tanto así, que el llamado Parlamento comunal, a través de su Consejo Ejecutivo, entre sus abusivas atribuciones tiene la de decidir sobre “(…) la regulación de la vida social y comunitaria” (Art. 21).

La falacia del “poder popular”

El Poder Popular, tal como está diseñado, es el mayor tamiz o filtro de todo cuanto busca movilidad y funcionamiento bajo el sol de la revolución socialista. Sus instancias de contraloría, planificación, legislativa, ejecutiva, administrativa contemplan la injerencia política, económica y social. Son ellas el brazo fiscalizador, distribuidor, regulador, acusador y exterminador que busca emplear el régimen tiránico para acometer sus trapisondas.

Ello implica el pleno ejercicio de la soberanía popular a través de sistemas de agregación o anexión comunal, sin que otra instancia tenga alguna posibilidad de detener su rapacidad. Así como el manejo autónomo, usurero y arbitrario de los recursos, capacidades y potencialidades que mueven al Estado venezolano en su rango de actividades.

Todo esto funciona en provecho del presidencialismo, estatismo, centralismo, y clientelismo como funciones implícitas del poder despótico.

Este es la vehemente representación del autoritarismo hegemónico que padece Venezuela. Es como una suerte (mal ganada) de minimalismo político o de escepticismo de la vida nacional. Y la única forma de restarle malignidad a la fuerza que mueve tan horrendo monstruo de mil tentáculos, es atajando la coacción que plantea la existencia de un Estado comunal.

Y atajar sus amenazas significa evitar su presencia e incidencia en los planos de la vida nacional. Deberá entenderse que cualquier intención en este sentido parte del significativo hecho de sembrar educación política en la población. Y para lograrlo, debe elevarse el nivel de información política en el venezolano. De esta manera, será posible que haya la participación ciudadana y movilización política. Y comprometer toda acción que despeje cualquier duda frente al firme propósito de ¿cómo evitar el estado comunal?

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Pandemia y ciudadanía, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Es imposible dudar que la pandemia de covid-19, ocasionada por el surgimiento y propagación del coronavirus, ha actuado como la razón de crudos y enormes problemas que han atascado el desarrollo del planeta en casi toda su extensión.

La pandemia visibilizó, amplificó y agudizó dinámicas económicas, políticas y sociales destructoras de ciudadanía.

Con la llegada de la pandemia los conflictos preexistentes no marcaron mayores diferencias con las controvertidas situaciones causadas por la incidencia del virus. Las convulsiones generadas desde la irrupción de la covid-19, en todas las instancias de la sociedad, indistintamente del tamaño de los países afectados, alcanzaron abrumadoras proporciones. Aun cuando uno de los espacios donde mayor daño indujo tuvo que ver con el tejido de la ciudadanía y su ejercicio.

COVID-19 y derechos humanos

Las medidas de aislamiento impuestas a la población, a manera de prevención sanitaria, provocaron el resurgimiento de uno de los problemas que con más fuerza ha deshilachado las vestiduras de las libertades y de los derechos humanos. Incluso, hasta desnudarla de los principios que configuran sus consideraciones. Aquellas que escudriñan los resquicios donde se ocultan las desigualdades sociales.

Precisamente, es el tejido en el que se articulan las realidades que suscriben la ciudadanía, entendida como ejercicio de la política, fundamento de la convivencia, aliciente de la pluralidad y ancla de valores morales. Y por razones que explica la teoría de la democracia, es el contexto del cual, en contraste con la igualdad o valor sobre el que se construye el Estado democrático y social de Justicia y de Derecho, brotan las desigualdades sociales.

En el fragor de tan aberrantes contradicciones, el campo político ha sido bastión de crisis, fluctuaciones y movilizaciones que han puesto en entredicho conceptos que fundamentan la teoría de la democracia. Las limitaciones suscitadas del forzado confinamiento forman parte de la retahíla de torpezas que, en el marco de la democracia, han constreñido libertades y derechos.

Muchas realidades se han visto incitadas a rebatir estas limitaciones que impiden el alcance de objetivos libertarios trazados a manera individual o colectiva. De hecho, la economía se vio profundamente arrollada por las excesivas imposiciones. Asimismo, las sociedades han reducido sus necesidades casi que obligadamente. Sin embargo, esto no ha sido óbice para que el ejercicio de la política se aproveche de las debilidades expuestas para radicalizar ejecutorias que rayan con el abuso que finalmente ha permitido todo tipo de revancha, improvisaciones y decisiones acusadas de intemperancia.  

Ciudadanía limitada

Las condiciones que impuso la pandemia bajo el argumento del cuidado individual, con sus manipuladas medidas “preventivas”, terminaron frustrando importantes esfuerzos encaminados en la dirección de ampliar libertades y derechos del ciudadano. Es decir, esfuerzos dirigidos a validar potencialidades como personas autónomas frente al poder político. Más, cuando este pretende mantener al ciudadano  recluido en ámbitos cerrados.

La oquedad del ideario político bajo la cual los Estados intentan ordenar criterios y postulados constitucionales, salvo escasas excepciones, no se corresponde con las necesidades que clama la resolución de problemas del ciudadano.

El ejercicio de la política, en tales casos, contrario a lo que describen sus discursos, insufla vacíos e imprecisiones jurídicas que desvirtúan la construcción de ciudadanía.

En el fondo, estos ha sido el “caldo de cultivo” de todo lo que evidencia una ciudadanía escasa de estructura, identidad y pertinencia. Y es el terreno proclive en donde las carencias y ausencias han adquirido la fuerza necesaria para que la concepción de ciudadanía haya sucumbido ante convencionalismos y formalismos sectarios y arbitrarios.

Es ahí de donde emergen hechos que por, obstinados y ampulosos de mediocridad, se convierten en causales de problemas que asfixian la ciudadanía en su esencia. Sobre todo, al horadar lo que envuelve la convivencia. Particularmente, promoviendo acciones de violencia, regresivas y de la peor calaña en cuanto a sus estamentos de valores morales.

La pandemia, al concebir el confinamiento de las poblaciones de modo reactivo, sobre todo, en países con tendencias autoritarias y totalitarias, implicó el arraigo de las crisis humanitarias y de salud que ya venían haciendo estragos en importantes grupos de población. De ahí derivaron conflictos ocasionados por la polarización entre facciones políticas, la estigmatización de comportamientos sociales, el surgimiento de mecanismos sociales de violencia, los desplazamientos y migraciones de grupos humanos, entre otros.

No hubo el apoyo necesario de esos regímenes para contrarrestar con efectividad el susodicho abanico de problemas. El impacto de la pandemia desnaturalizó el ejercicio de la política. Tanto así, que se afectaron aquellos esfuerzos que dieron a la tarea de apalancar el desarrollo sobre lo que podía apuntalar la construcción del tejido social. Así ha sido esta realidad. Como la versión más afinada de la disconforme relación pronunciada entre pandemia y ciudadanía.

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¿Ilusión de democracia?, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

La teoría política explica el concepto de democracia acogiéndose a los valores de “libertad e igualdad política”, fundamentalmente. Pero ahí no queda todo, pues sobre “democracia” se ha escrito y debatido mucho. Así se han forjado múltiples definiciones, nociones y explicaciones de “democracia”. Sin embargo, en el curso de la historia política, la praxis democrática ha fluctuado según las circunstancias. Pero también, ateniéndose a lo que abrace todo discurso político que busque seducir ilusos. Tanto como afilar apetencias. Envalentonar sectarios. Ideologizar expectativas. O afianzar utopías.

Sin embargo, al mismo tiempo se sabe que la democracia ha cruzado históricamente por distintas transiciones. De esa manera, su ideario y postulados han logrado afinar su correspondiente teoría. Y es así que de su teoría (teoría de la democracia) proceden reflexiones, proposiciones y discernimientos que han marcado acontecimientos, decisiones y realidades.

Si bien la teoría de la democracia habla de la tradición aristotélica y de la tradición medieval de la soberanía, como concepto capital aducido por la teoría política, igual refiere la tradición bajo la cual se debate la concepción republicana moderna de democracia. Dichas tradiciones, por las que ha trascendido la teoría de la democracia, son vistas como estadios fácticos que indujeron mejores procedimientos al ejercicio de la política. Y que luego permitieron que la política se afincara y afianzara en prácticas más refinadas de sistemas políticos. La democracia fue uno, entre otros. Quizás, el de mayor envergadura conceptual. Aunque, tan amplia intención, no fue del todo alcanzada.

Esta perspectiva permite hablar de la relación entre democracia y liberalismo. Asimismo, de su correspondencia con el socialismo. Así como con otras corrientes del pensamiento político.

Circunstancias como estas dieron origen a la llamada “teoría de las élites”. Incluso a interesantes debates que han revelado contradicciones del ejercicio político en el contexto de la “democracia”. Incluso, han llegado a advertir cómo el gobernante, basándose en su ámbito de poder, manipula las realidades en provecho de intereses políticos particulares.

Un sistema permanentemente inconcluso

Esta introducción al tema, da cuenta del recorrido que, en el tiempo, se convirtió en razón para debatir el concepto de “democracia”. En consecuencia, se han tocado tópicos ante los cuales no podría negarse que su praxis se ha visto atribulada como resultado de múltiples objeciones. Y no menos conformidades. Algunas, sin suficientes argumentaciones de valor. Otras, soportadas en infundadas exageraciones. Pero siempre confrontada, reñida o exaltada hasta las nubes.

No ha habido momento de la historia política en que el concepto de “democracia”, tanto como su praxis, no haya sido objeto de pertinentes críticas. Para vigorizarla o extenuarla. Aunque deberá reconocerse que la “democracia” no es un concepto enteramente terminado. Razón por la que las mismas contingencias, o circunstancias reinantes, han ejercido la influencia suficiente para que se ajuste a las coyunturas vigentes. O para que sincronice sus criterios a las necesidades que establecen los distintos regímenes políticos.

No obstante, en medio de todo el afán teórico o práctico que el concepto de “democracia” acarrea, su ejercicio no se ha visto exceptuado de crisis políticas que han tendido a desnudarla. No hay país alguno cuyo sistema político democrático no haya sido víctima de alguna conjura que busca desplazar la democracia. De suplirla. O de vulnerar sus fortalezas, capacidades y potencialidades.

No hay duda que debajo de las estruendosas secuelas causadas por tan variadas crisis políticas que el mundo conoce, se esconde una nueva descendencia de paradigmas. Muchos de estos tienen como propósito desencajar los paradigmas vigentes demostrando su incapacidad para superar conflictos estructurales o circunstanciales.

La sobrevivencia de estos cansados paradigmas estriba en algoritmos que no han podido responder al urgente llamado de problemas que, no por pesados o irresolutos, se han acumulado a lo largo de problemas indeterminados. Y es ahí cuando la inercia propia de la gravedad social, económica o política vence la resistencia del paradigma hasta hacer que comience a desvanecerse sin que pueda evitar los atisbos de su fatiga funcional.

Y se imponen la desigualdad, la inconsistencia de políticas públicas, la segregación, la intolerancia como conducta colectiva e individual, la solidaridad invalidada, la inmoralidad como comportamiento de irrupción, la mediocridad política, la ética en abandono, la pobreza solapada, la desproporcionada dilapidación de recursos escasos, contravalores justificados e institucionalizados, derechos burlados, libertades violadas, la vida humana condicionada.

Estas y otras más son causas que han contribuido al derrumbe de paradigmas. Paradigmas esos para los cuales el positivismo, el liberalismo, el integracionismo, el desarrollismo, el humanismo, el cooperativismo sirvieron de cimiento o punta de lanza de sus preceptos y atenciones al funcionamiento de la vida misma en sus más integradas manifestaciones.

El desbarajuste de la democracia

No hay que observar tan atrás en la historia para advertir que las tendencias siempre buscan un cambio necesario. Solo queda rezar que dichos cambios inciten el escape necesario y suficiente de la esclavitud de identidad, de la sumisión de la inteligencia y de la renuncia de la conciencia. Estos son los problemas que, en los últimos tiempos, han magullado, despreciado y soslayado la dignidad del hombre. O quien que por vivir atado y acallado en medio de tan urdidas crisis, o seducido por el estado de confort en que suscribe su desempeño, haya aceptado vivir entre holguras y placeres que derivaron en la recrudescencia de sus debilidades y males de espasmódicas razones e inseguros efectos.

Todo ello podría explicar el problema de cómo la democracia ha venido resquebrajándose por desajustes que perturbaron los paradigmas sobre los cuales buscó cimentar sus objetivos. Pudiera ser la razón para entender cuán difícil es advertir que (por ahora) se vive aferrado a una teoría de la democracia que ha sorprendido a muchos haciéndole creer al “hombre político”, que lo que tiene ante sus ojos es solo una ilusión de democracia.

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El triángulo de la gerencia, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

Desde que el hombre comienza a comprender la complejidad de sus acciones, empieza a darse cuenta del grado de dificultad de sus decisiones. Así ha sucedido, a pesar de haber entendido que estas forman parte de procesos que condicionan sus capacidades en provecho propio. Al mismo tiempo, se ha servido de las mismas para posibilitar el mayor arraigo entre la incertidumbre imperante lo más atinadamente permisible.

No obstante, la necesidad del hombre de relacionarse con el entorno inmediato para interactuar con otros actores, también determinantes del discurrir colectivo, lo estimula a ampliar su visión del mundo en el que se encuentra imbuido. Más cuando en dicho ámbito sus aprehensiones adquieren sentido y valor.

La sucesiva aparición de nuevas variables económicas, sociales, políticas, tecnológicas, éticas y organizacionales avivaron aun más su interés por manejarlas. Pues apuntaban a definir nuevos comportamientos.

El surgimiento de objetivos comunes lo obligaron a racionalizar recursos funcionales por lo que se permitió mejorar el uso del tiempo real y el empleo de instrumentos de trabajo. Pero también a optimizar patrones de calidad, rendimiento y productividad.

El tiempo determinó cambios que dieron con novedosos esquemas para desafiar las exigencias que vinieron movilizando a la humanidad. Particularmente, en su afán de dar con modelos de organización y coordinación que moderaran la productividad en todas sus manifestaciones

La cultura empresarial

Así comenzó a establecerse la gerencia. Pero entendida como la vía para lidiar con una cultura empresarial apegada a razones que no terminaban de resolver problemas de organización, planificación, administración, control y evaluación que agobiaban la empresa.

Surgieron entonces numerosas concepciones de gerencia. Desde las que diciendo poco explicaban mucho, hasta aquellas que explican mucho, pero dicen poco. Aunque el juicio de Michel Fiol, fue bastante acertado. Él refería que “la gerencia, es antes que nada y sobre todo una cuestión de actitudes. Es decir, de saber ser” (En: Investigación y gerencia. Vol. IX, No 4, Caracas, 1992, p. 177)

Sin embargo, entre tantas definiciones de “gerencia”, es difícil dar con una que atine una explicación que integre los elementos que estructuran su realidad e incumbencia.

Es un problema poco advertido, a pesar de evidentes implicaciones. Solo que el hecho de que no siempre son elementos recurrentes, ni tampoco del todo consistentes y persistentes, hace que su exigua incidencia las extravíe en el horizonte que su realidad vislumbra. Entre estos elementos se tiene la confianza, el respeto y cooperación. Pero igualmente, causales como entre otras, lidiar con la incertidumbre, criterios de eficacia, la incidencia de situaciones difusas, creación de equipos de alto desempeño, visión de conjunto y la estabilidad de procesos laborales, particularmente.

El triángulo de la gerencia

Es la razón que dispone esta disertación para presentar lo que intitula la misma: el triángulo de la gerencia. Aunque no es fácil simplificar las complicaciones que le dan coherencia al sentido sobre el cual se ordena la dinámica gerencial.

Este intento no agota la idea de trazar un concepto para permitir su comprensión. Que si bien no es terminante, tampoco es resultado de una idealización basada en presunciones o supuestos de frágil envergadura teórica.

Así es posible teorizar este intento de definición imaginando un triángulo cuyo centro es la gerencia. Sus nodos son actitud, motivación y logro. Y entre los nodos, se establecen consideraciones que afianzan la relación correspondiente. Pero al mismo tiempo, condicionan el alcance de lo que cada relación inculca en cuanto a su significación.

 El enlace actitud-motivación

En la base del triángulo, determina una función activa mediante la cual la gerencia adquiere un carácter de correspondencia entre el gerente y el personal a su disposición, o “gerenciado”. Como condiciones sine qua non que le imprimen sentido a esta primera relación, se tiene:

1) el conocimiento del otro.

2) la comprensión ante la actitud del otro,

3) la tolerancia como soporte de la relación entre individuos. Estas razones le aportan a la gerencia un valor agregado que subsume cualquier trance que pueda surgir en los intersticios de la relación.

 El enlace motivación-logro

Uno de los lados del triángulo, establece una función de apoyo cognitivo. La gerencia no podría subsistir sin el auxilio oportuno y calificado de la teoría social, bajo cuyo rango de aplicación cabe la importancia de considerar el aporte de:

1) una cultura empresarial,

2) una cultura organizacional,

3) un debido manejo ético-político que, naturalmente, demanda una relación fraguada a instancia de la diversidad cultural, cognoscitiva, social, política y humana.

 El enlace actitud-logro

El otro lado del triángulo es indicativo de una relación deontológica (porque la gerencia se cimienta sobre deberes y principios de crecimiento profesional) y axiológica (porque la gerencia no puede hacerse a desdén de los valores que realzan al ser humano en términos de su desarrollo personal). Por eso, esta relación se basa en:

1) el reconocimiento al otro

2) su valoración en los planos profesional y personal

3) el compromiso que el desempeño demanda del trabajo en curso.

Si bien esta disertación está condicionada por la brevedad, la misma es apenas una propuesta que desafía no solo el foco de la teoría de la gerencia. También, cualquier idea que presuma actuar como razón de ensanchamiento o perfeccionamiento de cualquier concepto de “gerencia”. Aunque vale agregar que esta disertación, en tanto que factible constructo de cambio social, empresarial y organizacional, con la modestia del caso, sustenta la esperanza de animar las mejores reflexiones que apunten en dirección del desarrollo de la gerencia.

Cabría pues sumar -a manera de conclusión- una hipótesis sobre gerencia. Al respecto podría decirse, luego del tanteo teórico precedente, que “es una disposición humana cuya fuerza emocional sabe conciliar razones y objetivos con la determinación, capacidades y potencialidades de quienes son parte del conjunto hacedor de la tarea. En un todo con propuestas mutuamente acordadas y ante el fragor de oportunidades y escenarios estratégicamente confiables y graduables”.

Esta configuración teórica busca evitar la presunción que le imprime el poder al gerente sobre el gerenciado, cuando el ejercicio de la autoridad trastoca sus derechos político-sociales. Incluso, porque le induce al gerente ínfulas en aquellos casos que presume del poder con petulancia y soberbia. La vanidad que estriba en la engreída relación “autoridad-poder”, es contraria al sentido que esta disertación ha querido explicar. Para lo cual se valió de la geometría (social) con lo que ha denominado el “triángulo de la gerencia”.

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