Antonio José Monagas, autor en Runrun

Antonio José Monagas

Los juegos de la dictadura, por Antonio José Monagas
Los juegos de la dictadura son en extremo arriesgados, toda vez que son puestos en práctica a medida que el régimen comienza a advertir signos de ingobernabilidad

 

@ajmonagas

Indiscutiblemente, la realidad supera la teoría. Particularmente, si la realidad en cuestión se desarrolla a la sombra de un sistema político despótico. De un régimen que solo atiende y entiende lo que sus ideólogos consideran conveniente. O propio de sus intereses. No hay duda que los problemas que de estas situaciones se depara, tienen dos explicaciones.

La que se fundamenta en el poder, “consistente en los medios para obtener determinada ventaja futura” según Hobbes (Leviatán). Y la que se cimienta en la política. Desde donde se posibilita articular desaciertos al voleo. Sobre todo, con la intención de problematizar cualquier solución que presuma dar con algún posible acuerdo entre encontradas equivocaciones.

En el terreno de lo fáctico son calificados como problemas por la cúpula política que detenta el poder. Con ello busca erigirse un estado de crisis. Además, señalados como razones de alguna oscura estrategia política que resulta de precisa conveniencia al desorden político engendrado.

Es acá donde finalmente se confabulan causas con situaciones para luego convertirse en elementos de un juego político en particular. El mismo, dependiendo de la coyuntura en la que mejor calcen sus causales, es visto como plataforma de operaciones capaz de alterar, desvirtuar o modificar realidades en aras de causar la problemática necesaria que concuerde con las intenciones políticas que se tienen, previamente calculadas.

El régimen causa problemas que puedan desplazar o disfrazar otros. De este modo, su aplicación permite adecuar tiempos y espacios en función de los planes que requiere la conjugación entre el poder y la política para así alcanzar los objetivos tramados.

¿Qué es un juego en la dictadura?

Aquellos que requieren de quienes actúan como “avizores” de los juegos y que obran para su propio interés. Razón que se presta a que la persona se sirva de la “represión” o de otro ardid como soporte de su práctica. O sea, la combinación idónea para provocar un juego caracterizado por actitudes egocéntricas, intolerantes, seguras, arrogantes y dictatoriales.

Estos juegos de la dictadura, sin el componente que por otro lado define el egoísmo, poco o nada funcionarían. Así, cualquier necesidad de manipular, culpar, acusar e imponer, concuerda con los momentos que siguen los juegos de la dictadura.

El caso es que no hay realidad despótica en que la gestión política no acuda a regirse por axiomas que determinan ciertos procesos de gobierno asociados a juegos específicos, como criterios básicos para sustentar los discursos que, a su vez, soportan tramadas perversiones. Y desde luego, oscuras intenciones gubernamentales.

Lo que bien o mal representa un juego político, o de poder, es la oportunidad que se construye un gobernante con el fin de imponer su ideario.

El problema está en que no siempre lo que construye es expresión de lo que supone una continuidad político-histórica. Y es cuando la ambición de poder supera cualquier postulado trazado sobre líneas políticas apegadas a edificantes objetivos.

Es ciertamente el conflicto que se establece entre “verdad y poder”. Relación esta que según Michel Foucault, filósofo francés, evidencia las fracturas que generalmente esconde una gestión rociada de populismo, demagogia y revanchismo.

¿Cómo la dictadura estructura un juego?

Los juegos en todo régimen político autoritario hegemónico o totalitario fundamentalista, resultan en una relación entre un propósito calculado y los recursos necesarios para alcanzarlo. Habida cuenta que se realiza a manera de control político, social o económico. Pero al fin de cuentas es un control basado en el abusivo poder que se detenta y en el ejercicio de la política de solapada violencia.

Los juegos de la dictadura son en extremo arriesgados, toda vez que son puestos en práctica a medida que el régimen político comienza a advertir signos de ingobernabilidad bajo una gestión pública que muestra inconsistencias. Es entonces cuando se recurre a tales juegos de poder que, en dictadura, son demostraciones del escaso talante y talento de los gobernantes. Tanto como para ajustar condiciones políticas a rigurosos requisitos de poder.

El ejercicio del poder en dictadura impone una “verdad supuesta y mampuesta”. Una verdad construida a la sombra de una ideología diseñada para conciliarse con eventos desligados de libertades, garantías políticas y derechos humanos. Por eso, el poder en dictadura necesita de la fuerza necesaria que pueda contener cualquier resistencia que se oponga a las imposiciones dictatoriales.

La imposición de poder en un régimen dictatorial, obedece a la necesidad de hacer valer  “verdades” que busca reivindicar. Ello, a través de prácticas de represión, mandatos de opresión investidos del resentimiento desde donde vierte la inmoralidad propia de su disposición. Es así como refuta las ideas ajenas alegando que son falsas o que desvirtúan sus verdades.

En la lógica de la gestión gubernamental, existen cautelas en las actitudes de funcionarios de alto rango, resultantes del temor propio que induce cualquier intento de defenestración organizado por conspiraciones políticas. El efecto de las mismas gravita sobre sus actuaciones y modos de ejercer la política. Estos gobernantes se valen de estrategias que tiendan a asegurar la pertenencia y permanencia en el poder.

¿Qué implicaciones tiene un juego tramado en dictadura?

De ahí surgen los contubernios, maniobras, argucias y malicias, todas plagadas de desconfianza y nerviosismo, que inspiran la formulación de dramas, engañifas, calumnias o juegos preparados con la intención de confundir al adversario o antagonista político para entonces separarlo del camino. Es acá donde la dictadura se vale de la perversidad que le imprimen a estos juegos creados a objeto de anular al opositor. De minimizarlo al extremo como contendiente.

En dictadura, dichos juegos, muchas veces, alcanzan niveles inconcebibles de violencia. Juegos que no estiman su poder de disuasión, exclusión o anulación. Es ahí cuando se habla de juegos basados en: la escasez provocada, la intimidación forjada, la falsedad teñida de veracidad, la indiferencia fraguada, la necesidad clamada. Juegos de resignación, exclusión y humillación.

Y pensar que estos son algunas clases de juegos de poder pues son incontables los que acostumbra accionar una dictadura. O sea, una autocracia cuyos opresores, pretendiendo actuar desde la usurpación, vulneran tantas leyes como valores, principios, libertades y derechos puedan. Es así como las realidades subyugan cualquier teoría. Así, los regímenes despóticos buscan hacer de las suyas con el auxilio de lo que la teoría política denomina los juegos de la dictadura.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Decepcionados de su propia tragedia, por Antonio José Monagas
Venezuela es la mejor y más propia expresión de lo que es vivir profundamente decepcionados

 

@ajmonagas

Incertidumbre se opone a certeza. Pero también la incertidumbre riñe con cualquier situación dominada por la confianza. Podría asentirse que es la razón del problema que caracteriza el ejercicio de la política. Por eso, su praxis ocurre entre contradicciones que incitan conflictos. Aunque de muy distintos niveles.

La política está siempre debatiéndose entre dosis de incertidumbre. Sobre todo, cuando el grado de incertidumbre es neurálgico y las situaciones de excepción se hacen frecuentes. Es ahí cuando la condición política, en cualquiera de sus manifestaciones, tiende a resquebrajarse. Sus implicaciones comienzan a provocar fracturas doctrinarias y operativas que en poco o nada se corresponden con las necesidades suscitadas en el foco de las realidades.

El meollo de las contradicciones que rigen el devenir de la política, se halla difuminado entre capítulos inconexos y desarticulados de la historia política que sirve de motivo a escuetas ideologías políticas. Es la trágica manera de cómo se ha forjado dicha historia. Más por descripciones arregladas con perversos propósitos, o intenciones que solo se ajustan a la ilación de una facción política que construye su narrativa sobre el triunfalismo que respira su egoísmo y envidia.

Esa es la tramoya que funciona para enmarañar voluntades que dirigen sus fuerzas políticas a esclarecer los intríngulis sobre los cuales las perversiones de la política plantean sus cometidos. O sea, planes apartados de discursos que exaltan ideologías políticas fundadas en la creencia de la bondad natural del hombre. Igualmente, en su aptitud innata para el bien y la justicia social. Tanto como en las formas posibles que expone la utopía política y social.

He ahí el tinglado que permite el ejercicio de la política. Y de tal fórmula, no escapa ninguna realidad. Especialmente, de países con sociedades resignadas, elásticas y sin mayores valores políticos. Venezuela es uno de ellos.

Venezuela es la mejor y más propia expresión de lo que es vivir profundamente decepcionado. Fundamentalmente, a consecuencia de la tragedia que el mismo régimen permitió al concebir sus bases políticas sobre una utopía revolucionaria.

Decepciones que matan

La tragedia que hoy sufre Venezuela no tiene parangón alguno. Es casi nada lo que queda de sus compromisos y símbolos político-electorales. Los ideales revolucionarios se contaminaron con el manido relato de un llamado “Socialismo del Siglo XXI”. Sus principios y criterios políticos se desfiguraron de lo que en su momento ofertaron.

Ha sido decisivo el desmentido que, a las exageradas propuestas que ilusamente cimentaron el ascenso de un militarismo furibundo y nauseabundo, le ha propinado la realidad política en los inicios del tercer decenio del siglo XXI.

Es bastante probable que un importante universo social del país político habría pensado que, con el advenimiento de una nueva casta política a la dirección político-administrativa del país, cambiarían las condiciones sociales, económicas y políticas reinantes. Que por miedo a volver a vivir otra época de indolente e impasible gobierno nacional, el ejercicio de una nueva política arrojaría fructuosos resultados. Pero no fue así. Por lo contrario. Venezuela cayó en su más terrible contracción, que minó todas las posibilidades de desarrollo y oportunidades de progreso.

Las constantes contradicciones que se han desatado en lo que ha corrido de siglo XXI, de cara con la realidad histórica contemporánea, asfixiaron sueños, anhelos y necesidades de un país que bien merece ver florecidas sus bondades naturales. Aunque podría pensarse lo que refiere aquel aforismo del politólogo Giovanni Sartori, cuando hablaba de que “la sociedad con todos sus defectos, es obra del hombre”. A lo cual cabe agregar, del hombre que con su poder político-económico domina sus espacios y tiempo.

Y no hay duda de todo ello cuando los resultados del último análisis ENCOVI dan cuenta de lo caótica y agotadora situación venezolana, cuya crisis evidencia una profundidad que pareciera haber perdido su fondo. Es la razón que justifica aseverar lo que acontece al interior de la humanidad de tantos venezolanos que se han visto traicionados por un compromiso que ni siquiera terminó de elaborarse. Su palabra quedó sin efecto alguno.

Son aquellos venezolanos que viven decepcionados de una tragedia a la que, ilusa y encandiladamente, contribuyeron a festejar. Y al mismo tiempo, a apuntalar. Quizás por esa razón, no dejan de estar y verse decepcionados de su propia tragedia.

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De la democracia a la dictadura, por Antonio José Monagas
Los cimientos institucionales pueden degradarse por efecto de la mediocridad política

 

@ajmonagas

La transición entre sistemas políticos enfrentados, como democracia y dictadura, es un debate que calificados politólogos protagonizan no solo apelando a los conflictos que de ella derivan, sino también a las causas de tan aterradora transformación. Discutir tan seria complicación en la brevedad de este espacio no solo es un reto, es igualmente un compromiso con quienes podrían interesarse en tener alguna claridad teórica sobre la magnitud de tan fatídica alteración.

El ensayo De la dictadura a la democracia (1993), del profesor Gene Sharp, docente de Ciencias Políticas en la Universidad de Massachusetts, es un importante referente al respecto. La revisión de la crisis política que arreció en Venezuela desde finales del siglo XX es un indicativo de cómo una realidad política puede corromperse. Al extremo de que sus cimientos institucionales son capaces de degradarse por efecto de la mediocridad política.

El rancio populismo practicado como “convite político”, dirigido a apoyar los procesos electorales que se dieron en Venezuela desde mediados del siglo XX, incitaron actitudes devenidas en hábitos que luego se fundieron en el pensamiento político del venezolano.

Incluso, el mismo nacimiento de la república, presumida como fundamento de la Venezuela “heroica” que muchos alabaron, tuvo serias desviaciones. Descarríos por prácticas políticas que terminaron en fatídicos eventos. De los mismos está atiborrada la historia política del siglo decimonónico venezolano.

Es imposible dudar que Venezuela creció entre querellas, contradicciones y rivalidades surgidas del poder que se arrogaban militares y politiqueros de baja calaña.

Pero que el solo hecho de que estuvieran ejerciendo la política desde cargos de dirección hacía que sus decisiones se impusieran por encima de lo que se esperaba de la justicia, la libertad y la  igualdad. A pesar de que dichos valores eran del uso propio del lenguaje político que servía de atractivo de las masas analfabetas.

Cabe afirmar que el siglo XX fue epicentro de los problemas que gangrenaron al sistema político venezolano que, fundamentalmente, vino construyéndose desde la década de los cuarenta. No fue fácil por cuanto Venezuela vivió cruentos momentos que llevaron a pique muchos esfuerzos democratizadores.

La política venezolana de mediados del siglo XX

La política venezolana se batió entre dictaduras y precarias democracias cuyas lecciones poco fueron aprendidas. Otra vez los cuadros populistas que infectaron el ejercicio de la política daban cuenta de sus intenciones.

Entre trancazos y zancadillas, el país logró presumir de un sistema político algo definido según el concepto de democracia emergido del pensamiento griego. El llamado Pacto de puntofijo (octubre 1958) no contó con la fuerza necesaria para sentar las bases sólidas de la institucionalidad que pregonaba.

La época que siguió fue suficiente para que comenzara a bombardearse dicho acuerdo. Ya con la Revolución cubana en la palestra, el país fue instigado por el socialismo. Sus efectos consiguieron, en una parte importante de la intelectualidad venezolana, el laboratorio necesario que luego enmarañó el pensamiento y la cultura política. Surgió la saña contra el proyecto democrático.

¿Por qué se estancó la democracia?

A finales de la década de los sesenta, Venezuela fue campo fértil para que el populismo hiciera de las suyas. La confusión barrió con el sentido de libertad y justicia que pregonaban los dirigentes de los partidos protagonistas del Pacto de puntofijo.

Total, que el país se volvió un desconcierto político con problemas por doquier. El gobierno pareció no haber comprendido su papel de organizador, planificador y administrador del país bajo su responsabilidad. Mucho menos pareció entender lo que implicaba conducir el Estado.

Se exageró el ejercicio de la política confundiéndose con el populismo, bajo el cual se magnificó el proselitismo como criterio de gobierno. Surgió la antipolítica como razón para cuestionar la labor política realizada por facciones partidistas.

El siglo XXI en la política venezolana

Entrado el siglo XXI, fueron creándose las bases de una forjada legalidad mediante la cual comenzaba a actuarse en perjuicio de libertades y derechos humanos. Así sucedía sin que dichas disposiciones pudieran ir ajustándose a lo que tipifica el concepto de “Estado democrático y social de derecho y de justicia”. Tal como lo aduce la Constitución de la república (1999) en el artículo segundo, cuando declara la ruta sobre la cual transitaría el devenir político y jurídico de la nación. Pero ello fue mera “letra muerta”.

Esto permitió que gradualmente fuera fundamentándose la arbitrariedad y la mediocridad, que sirvieron al régimen de trinchera para establecer el sistema contrapuesto a la democracia.

En consecuencia, el régimen alcanzó un nefasto ventajismo articulado sobre causales como la desinformación, la improvisación, el triunfalismo, la hegemonía, la arbitrariedad, el maniqueo, el cinismo, entre otras determinaciones, para cruzar la brecha que históricamente se ha tenido con base en modelos políticos, sociales y económicos contrapuestos. Entre un modelo de libertades y otro de privaciones.

En breves términos, todo esto ha llevado a que el país haya venido experimentando y padeciendo el impúdico brinco que ha hecho girar las realidades nacionales de la democracia a la dictadura.

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Cuando desde la política se negocia la miseria, por Antonio José Monagas
En la negociación de México las expectativas no se corresponden con la situación de crisis y de emergencia humanitaria que vive Venezuela

 

@ajmonagas

En la pobreza, el hombre puede salvaguardar la magnificencia de sus sentimientos. En la indigencia puede conservar la vergüenza a pesar de las atribulaciones que lo envuelven. Pero en la miseria nada puede hacer, pues todo cambia tan rápido, como rápido sucede el destello de un relámpago en medio de un vendaval.

La miseria es un vicio del cual se aprovechan estafadores, embaucadores y apostadores para beneficiarse de la desdichada condición de quienes, caídos en desgracia, buscan desesperadamente aferrarse a alguna brida para intentar su inmediata salvación. Además, difícil de lograr.

Respuestas vacías y negocios

El problema emerge cuando la miseria se topa con la política. Ahí la política busca paliar dicho problema creando otros. Así, indolentes y frígidos politiqueros advierten en tan “primorosas” ocasiones, pingües oportunidades de negocio. Oportunidades estas generalmente contentivas de los recursos y causas necesarias para convertirlas en impúdicos motivos para negociar lo posible. Incluso, en contra de principios, razones de moralidad y referentes éticos.

Además, acuden a estrategias que luego de asomar presumidas hipótesis salen con un “chorro de babas”. Así se permitan concluir con respuestas vacías, pero que en aras del provecho rebuscado entre los intríngulis de algún negocio “en puerta”, exprimen al máximo la situación en beneficio propio.

Plena razón tuvo Nikita Kruschev, dirigente de la fenecida URSS, para decir que “los políticos son iguales en todas partes. Prometen construir un puente incluso donde no hay río”.

El subdesarrollo es escenario vivo de este tipo de situaciones. Siempre presididas por individuos revestidos de poder político, caracterizados por ser politiqueros carentes de vergüenza. Y que lejos de evitar o reducir problemas, los incitan o encubren.

Diálogo vs negociación

Venezuela no ha escapado de caer en tan maloliente fosa. De hecho, cada negociación o mal llamado diálogo que ha venido realizándose en lo que va de siglo XXI, convocados por el actual régimen, ha sido razón para disfrazar de interés nacional lo que concierne a problemas relacionados con su despótico ejercicio de gobierno.

Estos encuentros entre factores de la oposición democrática y del régimen no han constituido diálogo alguno. La acepción de diálogo implica la comunicación de una verdad protagonizada por quienes son capaces de enlazarse a través de la palabra. Mientras que una negociación es un proceso donde el escepticismo marca la pauta del encuentro. El mismo implica que las partes a negociar se encuentren dispuestas a renunciar a algo. Ello, a fin de ganar lo que mejor favorezca los intereses en juego. Y en política, esas partes están revestidas de la mayor desconfianza que amenaza con trabar cualquier posible arreglo.

La negociación que esta vez escogió a Ciudad de México como escenario que brinda ciertas garantías, no ha sido fructífera en lo que respecta a reducir la brecha que acentúa las diferencias entre las propuestas de libertad y manifiestos de crasa terquedad.

Negociaciones que conducen al limbo

En el fragor de las realidades que pesan sobre Venezuela, estos procesos de negociación fundamentan sus intereses en un cuadro donde la relación “ganar-ganar” es difícil de entenderse como estrategia política. Sobre todo, cuando las partes negociadoras saben que negociar no es vender. Tampoco, convencer.

En política, negociar es no verse aplastado por la furia del adversario. Y tal consideración hace que los propósitos en juego tiendan a confundir toda la argumentación en ciernes.

En lo que corresponde a la negociación que está apuntándose en México entre representantes del régimen y de la facción representativa de la aludida Plataforma Democrática Unitaria, se volvió una entelequia. En un cuento de camino. Y frente al cual se imponen los intereses de quien detenta el mayor poder político.

Por eso, la filósofa alemana Hannah Arendt refería que “las cuestiones políticas son demasiado serias para dejarlas en manos de los políticos” Cuestiones tan serias como la reinstitucionalización del país y el regreso a la democracia.

El comodín de la Guayana Esequiba

A decir del dicho popular que reza, “una mala transacción es mejor que una buena batalla”, en México poco o nada se alcanzó. Ni siquiera por haber sido todo una mala transacción. El problema de lo que ha sido la negociación, que tiene a México como grama de teatro, es que las expectativas no se corresponden con la situación de crisis y de emergencia humanitaria que vive Venezuela.

Solo dos acuerdos de sobrante razón que tocan el problema de la soberanía de Venezuela sobre la Guayana Esequiba. Y que no formaban parte de la negociación en curso. Más bien, sonaron a comodines que buscaron darle un giro de fácil entendimiento a las diferencias en juego. O que fueron parte del pertrecho diplomático del cual el régimen quiso aprovecharse para luego argumentar que su labor habría alcanzado algún resultado.

El actor norteamericano Groucho Marx decía que “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar luego los remedios errados”.

Los inventivos y las sanciones que buscaban imponerse o evadir, hicieron que todo terminara reduciéndose a una pérdida de objetivos claros. Y que lejos de lo que pudo hacerse, todo pareció replicar el problema de cuando la política se sirve de las personas para hacerles creer que se les sirve a ellas. Es como cuando se negocia la miseria.

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Tiempos desesperados, por Antonio José Monagas
La desesperación siempre ha servido al poder para enrolar cualquier antivalor. La maldad se impone en tiempos desesperados

 

@ajmonagas

Cuando la palabra no es capaz de explicar lo que la mente asoma, es porque no existe la razón, el interés, ni la necesidad que hace brotar lo que guarda el pensamiento. O es porque la impaciencia, confabulada con la desesperanza, induce el conflicto necesario para que asome la desconfianza y la duda. En consecuencia, se traba la palabra y se turban las ideas.

Es exactamente el problema que confunde al hombre cuando se abandona a la suerte de las circunstancias. Es ahí cuando se reduce la posibilidad de entrar “al mañana” por la puerta grande.

La paciencia y el tiempo, saben actuar en conjunto para restarle oportunidades a la indecisión, toda vez que se viste de angustia. Aunque la dificultad de resistir los ataques que acaecen, de ver lo que el dorso reviste, se convierten en importantes ocasiones para aprender por encima de lo que la fuerza o la pasión son capaces de enseñar.

El terreno en el que estos avatares son vistos, encaja perfectamente con los contravalores (irrespeto, deshonestidad, injusticia, intolerancia, egoísmo, intransigencia, arrogancia, irresponsabilidad, entre otros) que históricamente han estado del lado de la inmediatez mal concebida. Ello constituye la ruta que lleva a vivir la desesperación, la cual siempre ha servido al poder para enrolar cualquier antivalor al ámbito de las realidades.

Experimentar cualquier conflicto desde los canales de la desesperación, y ayudado por la confusión que dicho problema causa, es desterrar los valores éticos y morales, cuya presencia no debe faltar en ningún ámbito de la vida humana. Especialmente, cuando esta se practica en convivencia.

En el plano de tan graves dificultades, se ve afectada la sociedad de manera inconmensurable. Al mismo tiempo, se ven involucrados los gobiernos que las rigen toda, pues a sus interioridades se incuban gruesas prácticas de corrupción. Estas, al diseminarse, irradian problemas que brindan el espacio político suficiente para que la soberbia y la insolencia, asumidos como recursos del poder, provoquen cuantos inconvenientes o contrariedades le resulten útil a los intereses políticos administrados con perversidad e impudor.

Esta situación pareciera haber trascendido del apéndice de los libros que hablan de los contravalores que asedian a la humanidad. Incluso, contagiando la aptitud sobre la cual se asientan las ideas que, supuestamente, conciben el desarrollo de los pueblos. Aquí es posible dar con el problema sobre el cual se suspenden y propenden las crisis que agobian a importantes naciones.

Consecuencias de la desesperación

No hay duda de que los tiempos que hoy se viven son tiempos desesperados. Sobre todo cuando quienes desde el poder administran el discurrir de todo un conglomerado y resbalan en las debilidades que arrastra la desesperación. 

Es cuando la rutina esclaviza el tiempo de trabajo. Es cuando la actitud confisca la aptitud, convirtiendo al hombre en triste veleta movida por los aires de las intemperancias. Las mismas intemperancias generadas por el clamor disonante de una muchedumbre que sin conocimiento pertinente de las crisis, o extraviada ante el ruido producido por disímiles llamados, amodorran las emociones hasta aplastarlas o neutralizarlas. Justo ahí, las oportunidades se desperdician o se desgastan entre divagaciones de cualquier color.

En la mitad de tan azarosas condiciones, quienes tienen la difícil misión de actuar en consonancia con las exigencias del destino caen cuales tristes víctimas de las coyunturas. Es así como el desconcierto los apresa al extremo de que, la misma desazón, hace que actúen tan confundidos como perdidos entre los escombros que sus decisiones han ocasionado.

La dificultad más gruesa que padecen estos personajes es aquella que los hace creer que liberarse del cautiverio que los tiene atrapados soluciona el problema que los hace andar de trompicón en tropezón. Ahí es cuando ya resulta imposible zafarse de las ataduras que los han mantenido impávidos. Además de incapaces de actuar a conciencia del problema en su real configuración. 

Las desviaciones que han establecido sus equivocados recorridos o trayectos, les impide tener pleno conocimiento de saber que fueron sus errores lo que los sacó de la ruta correcta. Y todo así sucede porque han estado viviendo y dejándose someter por los actuales y peligrosos tiempos desesperados.

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El país que brilló en Tokio es otra Venezuela, por Antonio José Monagas
El régimen olvidó que al arrogarse ese triunfo deportivo en Tokio de la nada, se quedaría sin argumentos. Una tentativa propagandística que desveló su cinismo sin límites

 

@ajmonagas

Sin lugar a dudas, el país que brilló en los Juegos Olímpicos de Tokio simboliza otra Venezuela. Por una parte, está la genuina alegría por la actuación de los atletas; por otro, un régimen que equivocadamente se vanagloria, como quien gana indulgencia con escapulario ajeno, de haber sido representado por una delegación cuya participación puede calificarse como la mejor en unas olimpiadas.

Porque una mirada a fondo de la situación deportiva nacional revela gruesas vicisitudes ante una competencia de alcance mundial. Las cuatro medallas más el diploma olímpico de la delegación venezolana, conformada por 43 deportistas, se lograron a pesar de la falta de apoyo institucional, no gracias a ella. El brillo de estas contrasta fuertemente con las carencias y problemas que tuvieron los atletas que estamparon el mayor esfuerzo a sus disciplinas. Y que si bien no todos lograron clasificar como medallistas olímpicos, sus desempeños son dignos de exaltar, dada las incidencias de sus entrenamientos, particularmente.

Es esta la razón que motiva estas líneas. No podemos dejar de criticar justificadamente el alarde propagandístico adelantado por la suspicaz maquinaria del régimen opresor. Como si fuera su hechura, como si Yulimar hubiese entrenado en nuestros estadios destartalados o recibido algún aporte para perfeccionar su técnica. Y con total descaro y cinismo, el régimen presumió que el triunfo olímpico venezolano era de su total autoría política y responsabilidad social.

No pueden ser escondidas las dificultades que vivieron los destacados atletas para lograr escalar en sus lista de aspiraciones y sueños deportivos. Debe decirse que más de la mitad de la delegación olímpica venezolana no obtuvo del régimen el respaldo necesario que implicaba el entrenamiento y recursos económicos para su subsistencia. Tuvieron que engrosar las filas de quienes optaron por marcharse del país. Solo así lograrían el triunfo en los Juegos de Tokio 2020.

El solo hecho de haber clasificado para asistir a Tokio en calidad de representante de Venezuela, comprende méritos que no cabrían en una simple “hoja de vida”. Aunque lo propio que vale destacar es que literalmente fueron representantes de otra Venezuela que fue asfixiada por el maltrato conferido por el régimen. No de la Venezuela del desarrollo, del crecimiento, del bienestar. Ni de la Venezuela embadurnada por la desdicha que ha propagado el socialismo del siglo XXI. No de la Venezuela carente de la infraestructura que pudo brindarle el mejor soporte a cualquier deportista que haya buscado concretar sus sueños olímpicos.

El deporte es arte y técnica. Pero también es una de las probidades más excelsas del alma. Es audacia, disciplina, constancia, energía y paciencia. Y tales virtudes requieren del patrocinio mediante el cual el Estado venezolano se obliga a asumir el deporte como política de educación y de salud pública. Así lo establece el artículo 111 de la Constitución, que garantizaría “(…) la atención integral a todos los deportistas, sin discriminación alguna, Así como el apoyo al deporte de alta competencia (…)”.

Pero la realidad habla a contrario. Y eso se evidencia al observar, por ejemplo, que en los últimos siete años no se han dado juegos nacionales de ninguna índole.

No hay razón para que el régimen, en su arrogancia y cinismo, pretenda encharcar la alegría de todo un país que bien celebró las victorias o logros de cada uno de los 43 deportistas.

A pesar de que solo 4 obtuvieron la anhelada presea, otros seis destacados atletas consiguieron diplomas olímpicos. No obstante los restantes 33 deportistas lograron situarse entre los primeros en sus disciplinas. A nivel mundial. Y solo eso representa un triunfo tanto personal, como nacional. Pues entrar en el ranking olímpico no es cualquier cosa.

Y de la satisfacción que representó que cada uno de los 43 deportistas le imprimieran alma corazón y vida a sus esfuerzos, se contagió la Venezuela libertaria cada vez que el triunfo era alcanzado por los  atletas venezolanos. El régimen olvidó que al arrogarse ese triunfo deportivo de la nada, se quedaría sin argumentos. Una tentativa propagandística que desveló su cinismo sin límites y total pedantería.

Cada deportista que portó el nombre de Venezuela en su pecho, expuso toda su espiritualidad encaminándola hasta el límite. Incluso, más allá. Pero en verdad, el país que resplandeció en Tokio, no fue la Venezuela deformada tal como la convirtió la opresión del actual régimen. Una Venezuela de luto. De dolor. La Venezuela bajo dictadura.

Por eso cabe afirmar que el país que deslumbró en Tokio, es otro. Es la Venezuela de los sueños de cada deportista. Por deducción lógica, podría decirse que el país que brilló en Tokio, es otra Venezuela.

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El miedo como recurso político, por Antonio José Monagas
Este régimen es el ejercicio de la política ordenada por una ingeniería inspirada en el derrumbe de la civilidad. Difunde el miedo, pero también vive presa de él

 

@ajmonagas

A propósito de la proximidad de los comicios electorales del 21-N del año en curso, el miedo invade por doquier y hace que las cosas empeoren. Las encuestas hacen de las suyas, bien para avivar emociones, para activar el miedo manipulado, como recurso estratégico para arrinconar el pensamiento o para fustigar actitudes. Es ahí cuando solo queda la desesperación como reacción que lleva a nublar la inteligencia. A desterrar la humanidad de la persona y hasta los valores que afianzan la vida.

Por eso cuando el miedo se posesiona de una persona, lo primero que desaparece es la vergüenza. Luego lo hace la «dignidad». Y esto sucede no solo a nivel individual. También ocurre en las organizaciones y quienes hacen de gobierno. Sobre todo cuando se acerca algún evento político que comprometa objetivos, intereses y necesidades. Coyunturales o estructurales, es indistinto.

Esto es lo que acontece en Venezuela ante el proceso electoral convocado por el régimen usurpador, a los fines de elegir gobernadores, alcaldes, legisladores y concejales. Un proceso donde se renovarán los cargos ejecutivos y legislativos de las 23 entidades federales, al igual que de los 335 municipios del país.

Esta información da una idea del volumen que comprende el alistamiento logístico que debe emprender el Consejo Nacional Electoral, CNE, como ente representativo del Poder electoral según el artículo 292 constitucional.

En el fragor de tales condiciones y requerimientos, el régimen se devana sus neuronas para cuadrar los arreglos confabulados entre los actores protagónicos de las correspondientes elecciones. La sola idea de salir derrotado de esa consulta nacional, lo hace víctima del miedo. Ahí tiende a perder el dominio de sí mismo al sentirse apresado por el temor de verse defenestrado o con el poder arrollado, habida cuenta del peligro del desbordamiento de la situación el miedo del régimen de acercarse a su propio abismo. Más, por cuanto refería el poeta y novelista mexicano, Amado Nervo, “el miedo no es más que un deseo al revés”

Actualmente el régimen se dedica a interpretar encuestas y análisis de prospectiva política. Intenta negar cualquier pronunciamiento que ponga al descubierto los arreglos procurados a fin frenar las alusiones de ilegitimidad que vienen marcándolo desde distintos gobiernos del mundo libre.

No hay duda de que esta situación tiene al régimen en franco desespero. Su estrategia apunta a llenar de miedo la población para así vaciarla de esperanzas.

Sin embargo ese mismo miedo lleva al régimen a cometer equivocaciones que tienden a hundirlo más aun en el lodo de la crisis política. No entiende que el miedo que padece es más terrible que el peligro que lo angustia. Solo se afinca en el postulado fascista que refiere que “gobernar a base de miedo, es sumamente eficaz como recurso para someter al individuo a retorcidas intensiones”

La agitación que levanta, con sus consignas engañosas, tiene al régimen en ascuas. Solamente al pensar y medir el riesgo que significa el hecho de perder los privilegios que le han permitido escudriñar todo para seguir encubriendo sus pillerías. No hay duda de que el régimen no vive otra utopía distinta que seguir siendo gobierno. Pareciera haber comprendido que temer a un problema, podría provocar encontrarse con otro peor.

Y es que no hay otra razón. Por eso, para la dictadura venezolana, el proceso electoral en ciernes es una gruesa manipulación de elementos de política. Su visión radical de la política hace ver dichas elecciones, cual negocio donde busca saciar su hambre de poder. Es un asunto de vida o muerte política.

Para el régimen no existe otro proceso de decisiones que no sea el que sus cuentas suman. Y a la fuerza, sin recato alguno. Es la gobernanza de un sistema político maquinado por el fascismo y el sectarismo como valores de la ideología de la represión. Es el ejercicio de la política ordenada por una ingeniería para el derrumbe de la civilidad.

Y cuánto cuesta (sociopolíticamente) hacer que la población comprenda de una vez por todas que, de seguir viviendo bajo el manto del miedo, infundido o no, nunca podrá desplegar las alas para volar alto, en libertad y con libertad. A pesar de advertirse el miedo como recurso político.

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Con hambre de conflicto, por Antonio José Monagas

@ajmonagas

La realidad venezolana se convirtió en un inexpugnable y desordenado juego de envite y azar. Aunque en apariencia pareciera un simple relato de misterio. Pero es más que eso. Son contradicciones que embotan el pensamiento más habilidoso. Esas ganas de cambiar sin renunciar a nada, resulta como una suerte de ambigüedad que no lleva a ningún lado.

Al mismo tiempo, las realidades pretenden hacer ver que lo mostrado es, al mismo tiempo, verdad y mentira. ¿Cómo así? Todo está bien, pero también todo está mal. Y aun así, no se cuenta con escape alguno que conduzca hacia una salida honorable, creíble y digna. Necesaria y viable.

Caramba, ¿qué es lo que sucede al interior de los referidos problemas que insumen y consumen a Venezuela? ¿Será posible poder hacer algo que contrarreste tan enrarecida situación nacional? Es difícil creer y aceptar la paradójica situación. Pero los tiros parecieran llevar a dicha dirección. Luce ahora ineludible intentar una explicación que descifre tan obeso enigma.

La política mal entendida

De entrada, vale reconocer que dicha situación tiene su fuente u origen en la política. No solo en su comprensión equivocada. También, en su errado ejercicio. Sobre todo, al percibir que la política tiende a complicar realidades que no están debidamente abiertas al discurrir social y económico. Por tanto, lucen enredadas como en principio son avizoradas. No obstante, más allá de tan escueta consideración, se esconden otros argumentos que bien valen para auscultar tan sinuosa situación, hurgándola por el lado de la filosofía. De la filosofía política, para más exactitud o posibilidad de dar con alguna respuesta suficientemente convincente.

La desinformación como causa. Todo ciudadano, aun no preciándose de su condición de “hombre político”, es en definitiva el sujeto protagónico de todo evento precedido y presidido por la política. Aun así, esa deficiencia le permite ejercer su perplejidad o preocupación ante el desorden de información que ocurre alrededor de la correspondiente realidad.

El problema de desinformación solapa toda posibilidad de que pueda filtrarse algún elemento relacionado con la verdad que rige la situación en cuestión. Es ahí cuando la confusión se apropia de la situación. Todo luce tan confuso que la realidad se opaca debido a que la desinformación oscurece el panorama.

La situación se complica toda vez que el rumor hace presencia en la orgía anónima de las redes sociales. En la mitad de tan enrarecido problema, se aviva la histeria colectiva proveniente de cuanto insulto, acusación o reproche pueda hacerse público.

Acá, la opacidad incita la confusión tras la cual se encubre toda sospecha nacida al calor de la insidia que se ha expandido en forma de perturbado rumor. Luego siguen los escándalos como complementos de la cuestionada situación.

En medio de todas estas, el poder político expuesto por el régimen se disfraza de “santurrón”. Hace ver y creer que nada pasa cuando todo se ha exasperado, se ha exacerbado. Al extremo de que el país tiene otra excusa para acentuar la crisis vigente. Es como si la realidad venezolana viviera permanentemente y de manera inusitada con hambre de conflicto.

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