Julio Castillo Sagarzazu, autor en Runrun

Julio Castillo Sagarzazu

Del Dr. Pangloss a Sir Winston Churchill, por Julio Castillo Sagarzazu

Me quedo con el “No nos rendiremos nunca”, de Sir Winston Churchill. Foto Yousuf Karash (1941) / Wikimedia Commons.

@juliocasagar

Pesimismos hay muchos. Están a la orden día, sobre todo cuando las cosas se ponen complicadas. Hay pesimistas de nacimiento y aquellos que abrazan la causa porque es una manera de amargarse y de amargar a quienes les rodean. Con estos, no vale la pena perder el tiempo. Están aquí para jorobar como aquel español que decía “Si muero en Sevilla que me entierren en Madrid y si muero en Madrid que me entierren en Sevilla”. Pero, como todo en la vida, no todos los pesimismos son malos. Es cuestión de saber administrarlo. Tampoco, hay que decirlo, no todos los optimismos son buenos.

Hubo un pesimismo que salvó la vida a miles de judíos cuando huyeron de la Europa de Hitler y vieron que no era posible detenerlo. Esos se salvaron. Hubo un optimismo también como el de los judíos del gueto de Varsovia, que no se fueron y que enfrentaron a alemanes y rusos. Muchos de ellos se salvaron y salvaron otras vidas con un heroísmo que la historia nunca podrá olvidar.

Hay optimistas como el doctor Pangloss, el tutor de Cándido, el famoso personaje de Voltaire, que piensan que “tout est au mieux” (que se puede traducir como que todo lo que pasa es lo mejor) y que decía a quienes le escuchaban que vivía “en el mejor de todos los mundos”. De esa manera, quería expresar que no valía la pena empeñarse en ninguna empresa ya que nada de lo que había se podía cambiar y lo mejor era, como diría un chamo hoy, “vacilarse la vida”. Con esa manera de pensar convenció a Cándido de que no se lanzara a salvar a su amigo Martín que había caído por la borda en medio de una tormenta en las costas de Portugal, con el argumento de que Dios había hecho la bahía de Lisboa, justamente, para que Martin muriera ahogado en ella.

Ese optimismo panglossiano es tan paralizante como el pesimismo de quien piensa que todo está perdido. Es una nueva muestra de que los extremos se tocan en muchos aspectos de la vida. Ambos nos llevan a concluir en el fatalismo determinista de que hay que dejarse llevar y de que no vale la pena tratar de cambiar las cosas.

De entre todos los optimismos, nos quedamos con el de Sir Winston Churchill que decía: “Soy optimista, no veo muy útil ser otra cosa”.

Esta frase fue dicha en los peores momentos del sufrimiento de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la Luftwaffe arrasaba a Londres; Hitler había ocupado París; miles de soldados británicos estaban sitiados en Dunkerque y los primos norteamericanos miraban para otro lado, se hacían los locos y no se enteraban de la tragedia europea porque “habían salido a comprar querosén”.

Fue ese optimismo en la voluntad de vencer lo que inspiró su célebre discurso del 4 de junio de 1940 en la Cámara de Los Comunes. Entonces Sir Winston Churchill le dijo al mundo: “Lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos casa por casa, lucharemos en las colinas, pero NO NOS RENDIREMOS NUNCA”.

Otro ejemplo de ese optimismo efectivo y eficiente, ese que interpela a la voluntad, está representado en la conversación de Bolívar con don Joaquín Mosquera, plenipotenciario de Colombia, en Pativilca, cuando consumido por unas fiebres tifoideas, al borde de la muerte y exhausto, logra reclinarse en un madero y a la pregunta de Mosquera “¿Y ahora que va a hacer general?”, responde: ¡Triunfar! Aquel gesto hizo que su estado mayor, que ya le había desahuciado, renovara las esperanzas y la confianza; y, no más ocurrió su recuperación, se aprestó a preparar la campaña tal y como su jefe lo ordenaba en sus noches de delirio.

Cómo hace falta hoy en Venezuela sacudirse el pesimismo que ha producido no haber tenido una victoria rápida contra la dictadura. Efectivamente, cuando frenéticos llenábamos las calles repitiendo el mantra de Guaidó, todos teníamos caras de optimista y demostrábamos una fe capaz de mover montañas. Mientras la cuesta se fue poniendo más pronunciada, cada vez que volteábamos a nuestros lados veíamos que había menos gente.

Cansarse es obviamente comprensible. Cansarse en un país donde activarse para salir de la pesadilla es además peligroso. De manera que hacer juicios sobre las conductas de quienes han decidido retirarse a los cuarteles de invierno no ayuda de nada.

Lo que sí ayudaría es poder hacer comprender a nuestros ciudadanos que las causas como las que peleamos no son carreras de velocidad, sino de fondo; que nos enfrentamos a adversarios poderosos, sin escrúpulos y que han tomado la decisión de prescindir de la democracia para dilucidar el destino del país.

Hoy, cuando la AN y el presidente interino han planteado la realización de una consulta popular para que los venezolanos nos expresemos sobre las vías a tomar, deberíamos hacer causa común alrededor de ella. Esta consulta venía siendo trabajada por sectores de la sociedad civil y tiene como objeto preguntar a los venezolanos sobre el desconocimiento a la farsa electoral convocada para el 6D y para pedirle a la comunidad internacional, que arbitre los medios necesarios para ayudarnos a salir de esta pesadilla.

Hay muchos que plantean que esta consulta es inoficiosa; otros que será muy difícil realizarla; otros que no se debe consultar de nuevo a la gente. Posiciones, como estas, hay para todos los gustos y, sobre todo, para todos los intereses.

Convengamos en que no estamos en el mejor momento para embarcarnos en tareas como esta. Pero en la política hay que apostarle a la fuerza de las ideas y a la capacidad de movilizar que tienen las iniciativas que se abrazan con fuerza.

Esta misma semana nos han sorprendido vecinos de muchas ciudades y pueblos que han concurrido al llamado de dirigentes sociales y diputados, para escuchar la propuesta. Hace menos de 10 días, nos sorprendieron igualmente las decenas de movilizaciones lideradas por los educadores en todo el país. Desafiando la represión, y los peligros que entraña el contagio del coronavirus, salieron a la calle por miles.

Imaginémonos que miles de dirigentes, acompañando a la gente de carne y hueso, creen un clima de movilización y resistencia que haga masa crítica para que la lucha por la democracia dé un salto inesperado. ¿Es muy difícil apostar a ello? ¿Es mejor quedarnos de brazos cruzados esperando que el martillo de Thor descargue un rayo sobre nuestros adversarios? ¿Que las murallas de Jericó caigan ante el resonar de las trompetas de nuestros aliados?

Qué bien sería para la salud del debate democrático que quienes aún piensan que no vale la pena realizar la consulta, propongan una vía alterna. ABSTENERSE NO BASTA, nos recordaron los obispos hace unas semanas y, esta última, nos lo acaban de recordar.

En esta lucha, no hay fórmulas mágicas para implementar. Sin embargo sí existe una sobre la mesa. La apuesta por la capacidad de lucha de los venezolanos, puesta de manifiesto, una y mil veces en nuestra historia, es lo único que no podemos abandonar.

No importa si todas las preguntas no tienen todas las respuestas hoy; lo importante es repetir con Sir Winston Churchill: NO NOS RENDIREMOS NUNCA.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Siempre nos quedará Venezuela, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Con la frase “Siempre nos quedará París” fue que Rick Blaine (Humphrey Bogart) despide a Ilsa Lund (Ingrid Bergman) en las puertas del avión en Casablanca, sin tener idea de que podía ser la última vez que pudieran abrazarse. Era una promesa a la esperanza. La misma que tenemos los venezolanos de que siempre nos quedará esta tierra para regresar a trabajar por hacerla grande y buena.

Los venezolanos saldremos de esta pesadilla más temprano que tarde y, aunque la frase es un tópico y un lugar común, es una verdad del tamaño de un templo.

Muy pronto nos veremos en las tareas de reconstrucción y muchos, muchos compatriotas regresaran a ayudarnos a poner ladrillos en ese proyecto de vida.

Una sola preocupación nos asalta y es que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pareciera, en efecto, que no estamos en el mejor momento para ponernos de acuerdo en cómo son los planos y los materiales que necesitaremos para levantar ese edificio. No se trata de que carezcamos de los talentos que ciertamente nos sobran. Se trata de que estamos viviendo en una sociedad polarizada desde hace mucho tiempo y cuando las sociedades pasan por estas experiencias, suele apoderarse de los espíritus el sentimiento de que yo solamente tengo la razón y que todo el que no piense como yo está equivocado y debe ser dejado de lado, en el mejor de los casos, cuando no, eliminado de raíz.

Esas polarizaciones y las ganas de ajustar cuentas y hacer prevalecer las “verdades” de cada quien, llevan a los fanatismos, a los linchamientos morales y físicos y, en ese ambiente no es fácil construir.

Nos puede pasar lo mismo que a los obreros de la Torre de Babel. Tuvieron que abandonar la construcción porque comenzaron a hablar lenguas distintas y no se entendían. “Pásame el ladrillo”, decía uno y el otro entendía: “Te voy a lanzar el ladrillo”.

Esto nos da una pista sobre cómo debemos orientar la transición y cuáles son los límites tolerables para trabajar juntos. Quizás una de las cosas que deberíamos proponernos es desembarazarnos de las ideologías que son en realidad quincallas y trampas dialécticas que nos han vendido para separarnos y para que algunos lleguen al poder. También de los dogmas debemos huir. Ellos no funcionan para las sociedades, sino para las religiones. A veces se nos ponen los pelos de punta cuando algunos dicen que tienen la piedra filosofal que convierte en oro a la economía y dicen que una receta nos va a resolver los problemas. Unos ven el Santo Grial en la dolarización; otros en continuar con la política de control estatal sobre PDVSA; otros piensan que hay desguazarla y venderla. Son todas ideas, muchas de ellas valiosas, que deberíamos analizar con serenidad y sin fanatismos.

La verdad, dicen algunos, que están en el justo medio. Esta afirmación no tiene nada que ver con que estemos propugnando meter las ideas en una licuadora y aplicar lo que salga de ella. Esas cosas sirven para los batidos de parchita, pero no para la sociedad. Lo que sí es cierto es que habría que lograr un clima de serenidad y sobre todo un tiempo de reflexión para debatir, comparar, pedir asistencia y luego tomar decisiones.

Los únicos límites que deberíamos poner al nuevo consenso que necesitamos son los de la ética y la moral. Esto implica separar a los que han sido responsables de la corrupción y el despilfarro; a los que han comprado conciencias de lado y lado e hicieron ley la cínica máxima de darle “un tirito al gobierno y otro a la revolución”; a los que violaron los derechos humanos; a los que torturaron y asesinaron; a los que voltearon para otro lado porque tenían un negocito con el régimen. A estos solo cabe entregarlos a la justicia. A una nueva justicia, independiente, profesional e integrada por hombres y mujeres capaces y honestos (que los hay)

Estos nuevos consensos que hay que tratar de invocar tampoco tienen nada que ver con la ingenua idea de acuerdo con la cual todos vamos a marchar unidos sin contratiempos de ahora en adelante. La controversia es real y además necesaria. Todas las unanimidades son sospechosas o tramposas. La bucólica idea de que todos caminaremos agarraditos de manos solo ocurre en los cuadros religiosos del Renacimiento que nos muestras angelitos desnuditos en esa actitud en torno a una piadosa Madona. Las confrontaciones están en el ADN de la naturaleza, el universo y la sociedad.

Solo de las confrontaciones salen síntesis de materia y de pensamiento.

Los organismos celulares se dividen y generan excretas que son una señal de que están vivos. Pero también es verdad que el misterio de la vida no es la confrontación que se da en el propio interior de la materia con el caótico y azaroso comportamiento de las partículas subatómicas. El verdadero misterio de la vida es cuando esas partículas, para que se mantengan los seres y organismos que han formado, deben colaborar entre ellas; deben formar tejidos, órganos y sistemas. Es allí cuando deja de actuar el azar y aparece la conciencia de entenderse para realizar una misión.

Allí está la base del nuevo consenso. Uno vivo, que genere excretas, que tenga confrontaciones, pero que colabore en un objetivo común. Así ocurrió el 23 de enero y se reflejó en la Constitución de 1961 que nos permitió vivir en relativa paz y progreso durante más de 40 años.

A esa mítica celebración debemos concurrir despojados de dogmatismos; desprovistos de intereses egoístas y, aunque suene poético y hasta cursi decirlo, con el corazón puesto en el país.

Siempre habrá una Venezuela, como hubo un París para Rick en Ilsa, a la cual regresar y en la cual encontrarnos.

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La música y la política, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Hemos emborronado cuartillas anteriormente hablando de la física y la política y cómo la teoría de la impenetrabilidad de los sólidos es absolutamente aplicable al comportamiento social y político; y estableciendo, por ende, la necesidad de que para que no estén los malos, los buenos deberían participar ya que los espacios vacíos no se toleran ni en el naturaleza ni en la vida social.

Allí tratamos de explicar a tanto manager de tribuna la necesidad de bajar al terreno de juego a meterse en la candela si es que no les está gustando la manera como el manager de verdad verdad, está dirigiendo el partido.

Esta nota plantea la relación emocional que la música establece con el ser humano y cómo la política debería imitarla, ya que ambas tratan de emociones que se traducen en conductas. Veamos:

La música, como todas las artes, es un medio a través del cual un creador trata de provocar la emoción de un oyente. La particular sensibilidad del artista no está hecha para que el creador se solace con su creación. El caso de Pigmalión, un escultor enamorado de Galatea, la estatua que había esculpido, es tratado como un caso patológico. En realidad, la mayoría de los artistas pretenden comunicar con su obra. Que sea una idea, un sentimiento, una angustia, es secundario. Lo realmente importante es que el arte es una manera de expresar sentimientos que pretenden emocionar comunicándose con los sentimientos de los demás.

Un dirigente político es, mutatis mutandi, también un actor social que pretende que sus ideas y sus propuestas entusiasmen para provocar adhesión y concitar conductas transformadoras.

Las interrelaciones de la música y la política son numerosas. No nos interesa aquí hablar de la relación de músicos y políticos y cómo se han influido mutuamente. En realidad, como ya dijimos, lo que nos interesa es el método de usa la música para congregar y para convocar voluntades.

Vamos a usar de ejemplo una pieza que muchos conocedores estiman que es el non plus ultra de la composición musical que es la Novena sinfonía de Beethoven. Ubiquémonos en el contexto de 1824, fecha de su composición. No hay medios de comunicación audiovisuales, ni Tik Tok para llegar a capturar la emoción. Solo existen los auditorios de los teatros cerrados de la época. Un compositor debía tomar en cuenta que, para mantener la atención, debía jugar con el ritmo, la armonía, el tempo y con las alegorías temáticas, con muchísima maestría para que sus piezas no aburrieran y pudieran concitar el aplauso de los espectadores. Exactamente lo que debería hacer un dirigente político, con su discurso y sus propuestas, frente a su mercado político y electoral.

Una de las claves para lograr esa atención y la consiguiente emoción es la creación de la expectativa. En el caso de la política de la esperanza que debe despertar el mensaje.

Es necesario interpelar las emociones con una escala, un ritmo y un “tempo” para que “una grande finale” sea la culminación exitosa de todas las sensaciones y emociones.

En el caso de un compositor para logar arrancar una ovación de pie y en el caso de un dirigente político, para que ese pico de emoción coincida con el final de una campaña política o electoral. También un entrenador deportivo debe tener esto en cuenta en el entrenamiento de su pupilo. Si se trata de un boxeador, tiene que medir los tiempos y la intensidad para que esté en el tope de sus condiciones el día del combate. Que no se pase, ni se quede corto en entrenamiento, es vital para que tenga éxito en la pelea.

Regresemos a la Novena sinfonía y a su estructura:

Todo comienza con un “Allegro ma non troppo, un poco maestoso”. Es un allegro para captar la atención al inicio y enganchar al espectador, pero no demasiado para no anticipar las emociones que deben distribuirse a lo largo del concierto. Incluso comienza con ciertas notas que sugieren dramatismo y solemnidad, como para insinuar que lo que viene será importante.

Sigue un “Molto Vivace: presto” para ir subiendo en intensidad y que dura alrededor de 10 minutos.

La tercera parte es un “Adagio molto e cantábile” con un “Andate moderato”, en el que baja la intensidad del ritmo, hasta casi ser bucólico, pero introduce acordes que nos insinúan las voces de lo que será el final.

Y luego, por último, el “Presto, Allegro assai”, el verdadero “Grande finale” con el torrente del Himno de la alegría que es el paroxismo de la sinfonía.

Esta secuencia busca hilvanar las sensaciones y crear emociones “in crescendo”. Esas son las mismas sensaciones que deben provocarse en la política, sobre todo en las campañas.

Hoy, en Venezuela, las fuerzas democráticas representadas en la Asamblea Nacional han planteado al país la realización de una consulta popular, sobre la base de que sean los ciudadanos quienes decidan sobre los caminos que están abiertos para lograr el cambio político y la convocatoria a elecciones libres. Es también una iniciativa disruptiva frente al fraude electoral convocado ilegalmente y sin condiciones justas por el CNE de Maduro para el 6 de diciembre.

Esta convocatoria está hecha en medio de condiciones adversas; no solamente por la agudización de la crisis humanitaria, llevada al paroxismo por la pandemia, el desabastecimiento de combustibles y la eclosión de la inflación, que pone a los ciudadanos a ocuparse prioritariamente de esos temas; sino porque las condiciones de vitalidad política de la oposición al régimen no son las mejores.

De manera que lo que está planteado en este momento es que se puedan juntar las fuerzas para iniciar una campaña que motive a los ciudadanos. Y que pueda interpelar sus emociones para que el clima de rechazo al régimen, que existe en todas partes, se convierta en fuerza eficiente y efectiva para avanzar en el proceso de cambio del país.

Convendría imitar, en lo que se pueda, la estructura de una  sinfonía para lograr estas reacciones.

Primero con un comienzo solemne que dé a entender que la iniciativa es seria y un punto de encuentro unitario de las fuerzas. Para ello se debería rodear el anuncio de la formalidad que sea posible.

Luego, se debería proceder, con orden y concierto a promover, con la tranquilidad de un adagio, pero con el entusiasmo de tener una política en la calle, a comunicar la buena nueva entre la gente; y a ORGANIZAR (sí, con mayúsculas) las estructuras, los comités con hombres y mujeres de carne y hueso que tendrán a su cargo la movilización nacional contra el fraude y la realización de la consulta como alternativa.

Es este trabajo el que puede preparar el clima, el entorno ecológico de un “grande finale” que provoque la movilización social con entusiasmo y que permita pasar el suiche psicológico de la incertidumbre a la esperanza y a la necesidad de luchar por ella.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La abstención no basta, por Julio Castillo Sagarzazu

Como dice la CEV, “Abstenerse no basta”. Foto portada de la Revista SIC Nro. 827 ¡Habló la CEV!, del Centro Gumilla.

@juliocasagar

Esta frase en un documento de la Conferencia Episcopal Venezolana, puso a reflexionar a muchos en el país, pero básicamente a las fuerzas que habían resuelto no participar en el proceso electoral convocado por el CNE de Maduro para el 6 de diciembre, al juzgar que no se daban las condiciones jurídicas ni políticas para hacerlo.

El documento fue controversial y generó un debate nacional. No obstante, lo que esta frase había planteado no tenía discusión. Efectivamente, quedarse de brazos cruzados no era una opción.

Así las cosas, tanto los partidos, como sectores de la sociedad civil comenzaron a dar sus opiniones sobre el particular. En medio de esta discusión, aparecieron argumentos que venían siendo sostenidos desde hace tiempo por grupos provenientes de la academia y del foro venezolano. Particular atención merece el trabajo realizado por La agrupación Alianza Nacional Constituyente Originaria (ANCO) coordinada, entre otros por Enrique Colmenares Finol, Blanca Rosa Mármol y Luis Aguana. Esta agrupación venía planteando desde hacía meses la realización de una “Consulta popular plebiscitaria vinculante”, como un mecanismo para orientar los esfuerzos de la sociedad venezolana en la lucha por promover un cambio político en el país.

Como resultado de ese debate, la Asamblea Nacional acordó la realización de una consulta popular y las dos preguntas que se harían a los venezolanos. Con base a ello, el presidente Guaidó ha convocado al país a cumplir la tarea.

Esta iniciativa obviamente genera muchas interrogantes. Se trata de una actividad en medio de las difíciles condiciones sociales y humanitarias que estamos viviendo. Habrá quien piense, con legítima preocupación, que no hay condiciones para hacerla y que en esas circunstancias podría ser riesgoso seguir adelante.

Lo repetimos, ciertamente es una apuesta arriesgada. No trataremos de argumentar ninguna justificación épica de las del tipo: “Si la naturaleza se opone lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”. Solo argumentaremos una tesis que es, a nuestro juicio, básica en la política. Las iniciativas son para ponerlas a prueba y las ideas para luchar por ellas. Las ideas solas nunca han ganado batallas, las ganan cuando se hacen carne, hueso y sangre de hombres y mujeres concretos. La política solo se prueba “probándola”, así como los franceses dicen que “la preuve du gateau c´est qu´on le mange”.

Un dirigente político debe sabe cuál es el justo medio entre el voluntarismo, ese vicio que consiste en tomar los deseos por realidades y creer que la luna es pan de horno porque la vemos redonda, y la necesidad de intentar que la realidad mute porque ponemos una política en la calle y luchamos por ella para que ese cambio se produzca. En efecto, el papel de un líder no es adaptarse a la realidad, sino transformarla.

En el caso de la consulta que ha aprobado la AN, podemos decir que es una iniciativa que llena un vacío y que tiene una gran potencialidad para la movilización y la organización de la gente.

Por supuesto que ello demanda trabajo y no solo declaraciones y tuits. Por supuesto que ello también demanda que los activistas de las organizaciones se vuelquen a construir los comités a lo largo y ancho del país, con gente de carne y hueso y no con perfiles de WhatsApp.

Hay un vacío inmenso, la gente está desesperada y luchando en las calles. Las protestas de este momento, a diferencia de las inmensas manifestaciones de las clases medias movilizadas de años anteriores, son de otra naturaleza. Son miles de compatriotas de pequeños pueblos donde no hay internet, sino comunicaciones precarias, que sin embargo, se han puesto de acuerdo para luchar.

No es verdad que la gente no se ocupa de lo político porque tiene otras necesidades, y estas protestas lo han demostrado. Todo lo contrario, la reivindicación social es la mejor manera de hacer el link con lo político. La narrativa de estas movilizaciones ha sido unánime y clara: en todas partes dicen que quieren que se vaya Maduro para que haya gasolina, gas, comida y asistencia para los enfermos de covid-19. La responsabilidad de un dirigente político es darle cauce a esos sentimientos.

Ahora bien, la pregunta es: ¿con cuál política se centraliza y organiza y se le da cauce a esas ganas de luchar? Hay varias opciones:

La primera es participar en las elecciones. Esta sería la ideal. La paliza al oficialismo sería brutal. El único problema es que lo del 6 D no son unas elecciones, son un bodrio que nadie reconoce porque los resultados ya están cantados y se ha violado toda la normativa para convocarlas.

La segunda opción es la de encargar, como un outsorcing y “llave en mano”, la libertad de nuestro país a terceros. Eso no existe. Los que tienen la ilusión en que algún día la 144 División del US marine Corp, suba por la autopista de La Guaira a Caracas, morirán del desengaño de no verlo nunca.

La tercera opción es la de esperar con los brazos cruzados con el “filosófico” argumento de que “no hay mal que dure 100 años, ni cuerpo que lo resista”.

La consulta nos da una probabilidad, pequeña es verdad, con unas preguntas que quizás no satisfacen a todo el mundo, pero una oportunidad de coger piedras nuevas y mejor barajadas, luego de la mano trancada de la partida que estamos jugando.

Es una posibilidad de llenar un vacío (y ya sabemos que la política y la física no los toleran) con una propuesta nuestra antes que con la inercia o, lo que es peor, con una política puesta por los malos de la película.

La historia es caprichosa y está llena de sorpresas, de eventos que han disparado grandes trasformaciones, de narices de Cleopatra; de collares de la reina; de pistoletazos en Sarajevo; de asaltos a palacios de gobierno como el de Ceceauscu; de caídas de muros de Berlín. Ahora los llaman cisnes negros. Todos han sido eventos inesperados. Pero todos, absolutamente todos, han contado en algún momento con una dirección política que detrás de bambalinas, o irrumpiendo de repente en el escenario, convirtieron aquellos episodios que habrían quedado en anécdotas, en hechos trasformadores de la vida y promotores del cambio.

Hay una buena oportunidad de movilizarnos. No pareciera el momento de las exquisiteces jurídicas o políticas. Concluimos esta nota con otro viejo aforismo “científico”: Quien no arriesga, ni gana ni pierde. Hoy, vale la pena arriesgar. La abstención no basta.

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#ApuntesDeOtoño 4 | Cuando alzas la voz, la gente no te escucha, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Casi toda la Venezuela de hoy se ha convertido en una gallera. Lo peor de todo es que es una gallera virtual, infinita, cuyos gritos llegan al planeta entero, amplificados por la potencia de las redes sociales. Todos estamos en grupos de WhatsApp, que son un endemoniado escenario de gritos, incordios, desacuerdos que mezclan tantos insultos por no compartir puntos de vista con sus emojis ofensivos, hasta paradójicas felicitaciones por el cumpleaños de alguno de sus miembros, con sus tortas de velitas encendidas y botellas de champaña descorchadas. Una verdadera esquizofrenia colectiva cuyo análisis haría las delicias de Freud.

Hasta en el de la urbanización, a la que he llamado en alguna nota anterior: Bonita vecindad, ocurren a veces agrios comentarios sobre si hay que matar o no a una mapanare que se te metió en la casa, o tumbar o no el árbol que tapa las cloacas. Allí y, pese a la fraternidad que nos une en bonitos momentos, se desatan los truenos entre “conservacionistas” y “ecocidas”.

Lo más curioso de todo es el hecho de que no hay que ser ni filólogo, ni lingüista, para reparar en que, en una gran cantidad de casos, los contendientes están de acuerdo. Solo que no se han dado cuenta, porque están más interesados en halar la brasa para su sardina argumental, que en tratar de entender al otro para ver dónde están las coincidencias.

Estemos claros en que hay diferencias; en que hay distintas maneras de ver el país y las rutas para rescatarlo y que también hay intereses subalternos y/o legítimos que juegan su papel. Esto es así hoy y será así hasta la consumación de los siglos. Es muy probable, incluso que ese quimérico día, habrá distintas opiniones sobre cómo afrontar el Apocalipsis y el gran Armagedón que nos prometen las Escrituras. De manera que esto no debe escandalizarnos.

Las unidades completas y perennes nunca han existido en el liderazgo de los procesos históricos.

Es una ingenuidad pretenderlas y una pérdida de tiempo luchar por un cuadro idílico, como el de los angelitos de las obras de Zurbarán, agarraditos de la mano, adorando a la virgen María.

De manera que lo sensato es asumir las diferencias y aprender a vivir con ellas. No obstante, hay que decirlo y de esto va esta nota, es necesarísimo también hacer el babilónico esfuerzo para tratar de no sobreexponerlas con exuberancias fuera de lugar, que lo que hacen es entorpecer el camino y fabricar problemas donde, a veces, no los hay.

Es a ese respecto que me han venido al recuerdo dos anécdotas que pareciera importante referir y que ilustran bien lo que señalamos.

La primera es sobre un debate radial al que concurrí con Saúl Ortega, candidato del PSUV en las elecciones parlamentarias del 2010. Saúl es un amigo de las luchas universitarias y un ponderado adversario de las luchas políticas, aun cuando era particularmente ácido en sus comentarios. Tuvo por años, por ejemplo, un programa de radio en el que presentaba a su operador de controles como Julio Castillo “el bueno”, lo cual no era precisamente simpático.

Lo cierto del caso es que durante el programa perdí el control del volumen de lo que decía. Quizá me alteré significativamente al punto de haberme salido de las casillas, porque de pronto me vi alzando la voz, lo cual no suele ocurrirme normalmente.

Yo juraba, sin embargo, que había hecho un gran programa; que me la “había comido” y que le había ganado la partida a Saúl. Mi desconcierto fue grande cuando comencé a preguntar a los equipos que nos acompañaban y a familiares sobre la opinión del debate. Prácticamente ninguno supo decirme si la había parecido bien o mal y, aun menos, analizar los argumentos que había expuesto. Prácticamente lo único que recordaban todos, eran la “grisapa” en la que el programa se había convertido y la gritería que la pobre moderadora, trataba de inútilmente de controlar.

Moraleja: cuando alzas la voz la gente no te escucha. La gente oye el ruido, pero no se entera de lo que dices.

La otra anécdota tiene que ver con la discusión entre los líderes. Henrique Salas Romer fue electo como primer presidente de la Asociación de Gobernadores de Venezuela. Consciente del momento que vivía el país y de lo necesario que sería luego mantener aquel espacio, lo manejó con prudencia y claridad estratégica.

Solía acompañarle en las sesiones, aun cuando mi cargo en el gabinete era el de Secretario de Desarrollo Económico. En aquel equipo, era no obstante, de los que quien tenía más kilometraje en la política, y por eso, termine tomando nota de aquellas reuniones. Fue una oportunidad inmensa. Conocer a los primeros 22 líderes regionales del país y tener el privilegio de estar en sus reuniones, fue una escuela de excepción. Por inercia entonces, me fui convirtiendo en una suerte de secretario ad hoc de aquella asociación. De allí viene lo que nos interesa relatar.

Cuando observaba las discusiones de aquellos personajes tan importantes, en un país donde la descentralización comenzaba a tener un gran sex-appeal, notaba que la mayoría de las veces estaban contestes en las cosas que discutían; pero la manera como se lo decían creaba el espejismo de un desencuentro, cuando en realidad estaban de acuerdo. Era natural que así fuera. Estábamos observando a 22 líderes, 22 personalidades; 22 egos con sus defectos y virtudes.

Estar de simple observador me permitía tomar cierta distancia. Cuando aquellas cosas ocurrían, tomaba papel y lápiz y trataba de redactar unas líneas que permitieran recoger lo esencial de lo que se discutía, buscaba lo sustantivo y trataba de desechar lo adjetivo. Con la anuencia del presidente, pedía la palabra y con la excusa de exponer las conclusiones del debate, tomaba aquel papel y leía.

Era impresionante lo que invariablemente ocurría. Aquellas 22 personas que minutos antes parecían estar en desacuerdo, terminaban concluyendo que, en realidad, estaban de acuerdo. No había milagros, aquel Pentecostés del consenso estaba a flor de piel, solo había que escarbar un poquito para encontrarlo.

Lo cierto es que, cuando se baja el volumen, se atemperan las pasiones, se pone de lado el protagonismo, las cosas ocurren de manera diferente.

Bien nos valdría en este momento ensayar mecanismos que nos permitan separar esa paja del grano y talar ese árbol que nos impide ver el bosque.

Este tema, aparentemente trivial, ha devenido en un tema crucial del movimiento de las fuerzas democráticas en Venezuela. Estamos en uno de esos momentos en los que la FORMA ES EL FONDO y en el que la manera como abordemos los problemas va a tener mucho que ver con la solución de ellos.

Si algo nos ha enseñado la pandemia es que si el médico se contagia de la enfermedad del paciente, no lo puede curar. Si permitimos que la maledicencia, el insulto, el odio y la procacidad escatológica del chavismo se nos meta en las venas, no podremos curar al país de esta otra pandemia que nos ha caído. Una cruzada por recuperar la sindéresis, no nos vendría mal.

 

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Apuntes de otoño III | Las ideologías son una quincalla, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

El apunte de esta semana va de análisis acerca de la pertinencia o no, de un criterio que postula que la administración de un Estado debe necesariamente inspirarse en una posición ideológica determinada. Como siempre, para argumentar nuestra posición, nos serviremos de dos anécdotas de la que fuimos participantes.

No obstante, debemos decir primero que esta discusión, que los más importantes pensadores sociales y políticos habían dejado de lado hace algún tiempo, ha renacido de nuevo. Esta parecía conjurada con la aceptación, por parte de un grueso segmento de la intelectualidad mundial, de la tesis de Francis Fukuyama en El fin de la historia, según la cual el mundo se dirigía victorioso hacia una aceptación general de la democracia liberal.

Ello se debe a la aparición de varios liderazgos carismáticos que, apoyados en posiciones ideológicas, han aparecido en la escena mundial. Líderes como Trump, Chávez o Margaret Tatcher no han dejado indiferentes a casi nadie; y han puesto de nuevo sobre la mesa la discusión sobre temas que ya se daba por sentado eran antiguallas destinadas a ser investigadas por los arqueólogos. Fueron exitosos en su operación de respiración boca a boca de aquellos cuerpos exangües.

Lo más tradicional de este debate es desempolvar los viejos conceptos de la izquierda y la derecha; del capitalismo y el socialismo y todos los ismos que derivan de esta antinomia que, creemos, es una anacrónica y maniquea división de las ideas o de las maneras de pensar.

Pero, vayamos a nuestra historia: corrían los años 1990 y 1991. Venezuela acabada de entrar en una de las más interesantes etapas de la historia política contemporánea. En 1989 se habían realizado las primeras elecciones directas a gobernadores en el país. Por casi 30 años había dormido en la Constitución, como la princesa del cuento de Perrault, una norma que preveía la elección directa de los gobernadores. Hizo falta el beso de príncipe del Caracazo, para que nuestra clase política despertara y abriera aquella válvula.

En Carabobo, como es conocido, una coalición de Copei, el MAS y decenas de otros partidos minoritarios llevó a la gobernación a Henrique Salas Romer. Pocos creían en que tal victoria se produciría. Tanto, que conseguir un candidato dispuesto a sacrificarse al liderazgo de Oscar Celli y Acción Democrática no fue una tarea fácil (este cuento será motivo de otro apunte).

En las alforjas del nuevo gobernador estaba la idea de utilizar aquel impulso para proponerse una tarea más ambiciosa: profundizar el proceso de descentralización y dar los pasos necesarios en la vía de una nueva federación para Venezuela.

En otro apunte hablaremos igualmente de ello; y de las gestiones que comenzaron con la firma de la Declaración de la Casa de la Estrella en Valencia por parte de varios de los primeros mandatarios electos en sus estados, que comulgaban con esta estrategia de avanzar hacia metas más ambiciosas.

Lo que nos ocupa ahora es la anécdota que llevó a Carabobo a adoptar un modelo particular y original en el manejo del puerto de Puerto Cabello, que es el más importante del país, y que fue uno de los barcos insignia de ese bisoño proceso de descentralización que daba sus pinitos en el país.

De acuerdo con la Ley de Descentralización, para asumir aquella competencia solo era necesario que la Asamblea Legislativa aprobara una ley. Antes de que se dieran los primeros pasos, fue menester derrotar una pancada de ahogado del centralismo que pretendió otorgar los muelles a empresas extrañas antes de que la Asamblea aprobara el instrumento legal (fue una batalla interesante y digna también de mencionar en otro momento).

Se comenzó a redactar el proyecto de ley y se abrió un proceso de consultas muy amplio con distintos sectores vinculados a la actividad portuaria. El fin era que expusieran sus ideas y criterios acerca de cómo se debería manejar el puerto, una vez descentralizado.

En una de las muchas sesiones y mesas de trabajo a las que concurrimos, debo referirme a una que tuvo lugar en la Cámara de Comercio de Puerto Cabello, con representantes de las más importantes empresas de servicios navieros.

Recuerdo que a aquella fuimos comisionados por el gobernador la Dra. Marielena Giménez y yo. La reunión trascurrió con toda cordialidad y plena de interesantes planteamientos. Al concluir, y con las notas tomadas, nos regresamos a Valencia.

Al llegar a mi oficina, tengo el aviso de una de las personas que había estado en la reunión. Un viejo amigo de luchas de la Facultad de Derecho que urgía a que lo llamara de vuelta. Resumo su conversación de esta manera: ¿Julio, tú sabes de qué se quedaron hablando los representantes de las empresas cuando ustedes se fueron? No, le respondo. Pues se quedaron conversando sobre cómo podían hacer para formar UNA EMPRESA ENTRE TODOS para proponerse como administradores del puerto.

Dicho en otras palabras: aquellos amigos defensores de la libre competencia, del libre mercado, del capitalismo de oportunidades estaban, ni más ni menos, discutiendo cómo hacían para organizar un MONOPOLIO para manejar a Puerto Cabello. Así lo hicimos constar en nuestro informe.

Al final, debemos decirlo, la decisión sobre la manera de manejar el puerto tuvo mucho que ver con tratar de evitar que se manejara de manera monopólica; a ello abono también lo que ocurrió en una segunda anécdota.

El gobernador Salas Romer había atendido la invitación de María Liberia, la carismática jefa del gobierno de Curazao. Formé parte de la delegación y una de las cosas que fuimos a ver fue el puerto de la isla. Recorrimos las instalaciones con directivos de la empresa que manejaba el puerto, representantes de la Cámara de Comercio y del gobierno insular.

Cuando el representante de la empresa ponderaba las maravillas del funcionamiento dio mucha importancia a que se habían acabado los robos de mercancías. “Se acabaron los ladrones”, nos dijo con orgullo. Inmediatamente, el representante de la Cámara de Comercio le paró y le corrigió diciéndole: “No, no se acabaron; quedó uno” ¿Cuál? Le preguntó el directivo de la empresa, “pues ustedes, que cobran lo que les da la gana y estamos obligados a pagar porque son un monopolio y no hay competencia”. De más está decir que el viaje concluyó en silencio.

Tras la reflexión que provocaron estos eventos, la ley estableció normas muy severas contra las prácticas monopólicas y de cartelización de tarifas. El Estado mantuvo el control de los muelles, sin otorgarlos en concesión. Y se dio posibilidades a todas las empresas para que compitieran con las labores de carga, descarga, estiba y caleta que son las que constituyen la actividad portuaria.

Gracias a ese modelo, el puerto de Puerto Cabello protagonizó el siguiente milagro económico, político y social: 10 meses después de la descentralización, el puerto se empezó a manejar con 120 trabajadores, contra los 4500 que tenía el INP. Un barco que solía pasar entre 60 y 70 horas en el muelle, comenzó a pasar menos de 35 horas y “last but not least”, un puerto que daba 1500 millones de bolívares en pérdidas a la nación, comenzó a dar 800 millones de ingreso al estado Carabobo. El puerto salió de las listas negras de las aseguradoras que cobraban sobre primas a los barcos que lo tenían como destino y su buen funcionamiento hizo que su Hinterland llegara hasta el Norte de Santander en Colombia.

Si Carabobo hubiera adoptado la receta ideológica de privatizar el puerto y entregarlo a una sola empresa y quedarse como fiscal de una concesión; si se hubiese cedido a la pretensión de algunos que esgrimían el argumento de que el Estado no debe inmiscuirse en los negocios, a Puerto Cabello le hubiese pasado lo mismo que a Maracaibo o a Curazao. El monopolio los hizo ineficientes y terminaron perdiendo clientes en favor de Puerto Cabello que, como hemos dicho, en muy poco tiempo, y sin seguir supercherías y supersticiones ideológicas, consiguió una fórmula de sentido común y adaptado a la realidad para ser exitoso y eficiente.

Las ideologías, definitivamente, son una quincalla.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Apuntes de otoño II | Más vale caer en gracia que ser gracioso, por Julio Castillo Sagarzazu

Fotos izq. y cen., en mis encuentros con las comunidades, llamados “Café con Julio”; der.: como alcalde de Naguanagua (Valencia).  Apuntes de otoño II.

Esta semana proseguimos nuestros “Apuntes de Otoño”, esta vez hablaremos de la experiencia de una elección y de una reelección. Veamos:

 

@juliocasagar

Más vale caer en gracia que ser gracioso

Despuntaba el milenio, había llegado el año 2000 y el mundo no se había acabado, como decían que profetizaban los mayas; las computadoras tampoco se volvieron locas, pero la destrucción de Venezuela había comenzado. Chávez daba sus primeros pasos en esa dirección. El Congreso se había disuelto tras la entrada en vigencia de la nueva Constitución.

En los días previos nos había tocado momentos duros y estresantes. Era el primer vicepresidente de la Cámara de Diputados, cuya presidencia ostentaba Henrique Capriles. Me tocó estar al frente de sus debates muchas veces, saltar la verja para evitar que arbitrariamente cerraran las sesiones. Todo eso lo contaremos en otro apunte, pues hay importantes lecciones sobre el particular.

En este apunte nos referiremos a la importancia de la política cara a cara; del contacto directo y personal con los votantes, tan relegado ahora a un segundo plano gracias a que lo hemos sustituido por los contactos virtuales. Asilamiento exponenciado ahora, y quién sabe por cuánto tiempo por la pandemia que nos asola.

Como decíamos, recalábamos en la casa y todo parecía que podríamos dedicarnos por un tiempo a un cierto retiro a los cuarteles de invierno para regresar a la universidad con mayor dedicación. A la formación personal, al posgrado tantas veces postergado, a la familia y a un poco de sosiego.

No obstante, una cosa piensa el burro y otra quien lo arrea. La vida nos tenía una sorpresa. Esta vino en la forma de una especie de pequeña poblada que tocó la puerta de la casa, un día antes de vencerse el lapso para presentar candidaturas a las elecciones municipales de aquel año.

Eran casi 40 personas, encabezadas por nuestra querida amiga Vestalia Sampedro. Había dirigentes vecinales de Naguanagua y de Proyecto Venezuela de la región. Fueron a proponerme que presentara mi candidatura a la alcaldía de Naguanagua. Les expliqué que no estaba entre mis planes, que prefería dedicarlo a lo que antes conté. Se retiraron con la misma promesa de Scarlet O ́Hara, “lo pensaré mañana” les dije.

Al día siguiente y luego de una conversación telefónica con Henrique Salas Romer, decidí inscribir mi candidatura. El siguiente paso fue ir donde el gurú en quien confiaba. Miguel Bello, el fundador de la encuestadora Pronóstico, para que hiciéramos una encuesta y explorar las posibilidades que tendría aquel disparate que acababa de decidir. Cinco días después me daba la mala noticia: “Estás de cuarto en las preferencias. Quien encabeza te lleva 19 puntos por encima”. Para amortiguar el mazazo me dice: “no todo es tan malo, no tienes rechazo y te conoce más del 55 % de la gente”.

Ya estaba montando en el burro, había que arrearlo. Desempolvé un viejo estudio que otro gran amigo, Roberto De Vries, me había regalado en alguna de mis aventuras electorales. Allí decía cuál era la imagen que, de acuerdo con sus investigaciones, yo proyectaba. Lo resumo con esta expresión coloquial: “tienes muy mal lejos, nadie que no llegue a conocerte va a votar por ti”; “proyectas una imagen de lejanía”. “Para que alguien vote por ti, tiene que conocerte y tocarte”. “Acuérdate de que más vale caer en gracia que ser gracioso”.

Pues bien, conseguimos una camioneta pick up, montamos unas mesas y sillas de festejo y varios termos con café. Programamos unas jornadas, llamadas “UN CAFÉ CON JULIO”. Hicimos una lista de los barrios de Naguanagua en orden de dificultad electoral creciente; los que creíamos más fáciles primero y luego los que nos parecían más difíciles. Cuando habíamos hecho 85 reuniones y contactado a casi 1200 personas, Miguel regresó con sus encuestadoras. Habíamos subido 15 puntos y nuestra principal contendora ya solo nos superaba por 4.

Ya sabíamos que el mandado estaba hecho. ¿Qué logró este milagro? Una sola cosa: el contacto directo y la radio bemba multiplicadora.

Logramos la elección y venía el desafío de la reelección. El ambiente era mucho más hostil. El gobernador nos adversaba y jugaba duro en contra. Nuestros adversarios tenían apoyo logístico y político importante. Naguanagua es un municipio pobre. Hace 20 años no existían los grandes centros comerciales y de recreación de hoy. Solo había un comercio local incipiente. No había recursos para grandes obras. Decidimos poner el acento en lo social, cultural y deportivo.

Había guardado afortunadamente el cuaderno donde estaban anotados todos los “Cafés con Julio” y, apenas tomamos posesión, comenzamos, con el mismo orden, a realizar “Cafés con el Alcalde”.

Explicábamos cuántos recursos teníamos disponibles e incentivamos a las comunidades se “arroparan hasta donde llegaba la cobija” Hubo interesantísimas discusiones sobre las prioridades de inversión. En otro Apuntes de otoño daremos cuenta de los programas sociales, culturales y deportivos que lograron poner a este municipio pobre en el paisaje regional con particular énfasis.

Como nos ocupa el tema de la política directa y cara a cara, pasaremos a relatar la estrategia que al final nos llevó a la reelección en medio de aquel panorama complicado y hasta peligroso. Diseñamos un cronograma de “almuerzos con el Alcalde” con los siguientes criterios:

a) Haríamos dos o tres a la semana;

b) Serían sorpresivos. A las 10 de la mañana, comunicaba a los responsables dónde sería el almuerzo. Uno de nuestros activistas visitaba la casa, escogida entre gente que no fuese partidaria de nosotros, pero tampoco hostil;

c) Si la persona era muy necesitada le ayudábamos con los ingredientes para el almuerzo, pero lo ideal es que no fuera así;

d) Llegaba a las 12 y 30 p. m. a comer con la familia que estuviera presente. Invariablemente, se corría la voz de que estaba en la casa y un grupo de vecinos se acercaban a la puerta de aquella casa;

e) Al salir, invitaba a los vecinos reunidos a recorrer la comunidad para ver los problemas y a eso de las 3 o 4 de la tarde, ya estábamos de regreso.

Lo verdaderamente interesante fueron los hallazgos que hicimos cuando investigamos el efecto de la actividad. Yo escribía una columna en el diario de mayor circulación de la región y la usábamos para averiguar la efectividad de la comunicación a través de los medios versus la comunicación personal.

Al día siguiente de la visita, realizábamos una encuesta en la comunidad. Los resultados eran sorprendentes. Los resumo aquí:

1) Nunca subió de un 4 % las personas que habían visto el artículo.

2) A la pregunta de si habían visto al alcalde en el barrio, la respuesta estuvo siempre entre el 12 y el 15 %. Pero a la pregunta, ¿supo usted que el alcalde estuvo en el barrio ayer?, la respuesta nunca bajó del 85 %.

¿Qué quería decir esto? Pues que la llamada “Radio Bemba” en los barrios populares es casi 100 veces más efectiva que la de los medios de comunicación. ¿Por qué ocurre esto? Muy sencillo: la gente se levanta entre 5 y 6 a. m. y se va a pie hasta la parada del autobús, en el camino habla con los vecinos; al llegar a la parada ocurre otro tanto. Lo mismo en el autobús y de regreso se repite la rutina. Como suele no haber aire acondicionado, los vecinos salen a las puertas de sus casas hasta que refresque o hasta que la inseguridad o la novela de las 9 p. m., recomendaban entrar. Allí seguían hablando y comunicándose.

Nada de esto ocurre en las urbanizaciones de clase media, y mucho menos en los edificios. Todos sabemos que pueden pasar años sin que nos enteremos de quién es el vecino y qué hace todo el día.

Nuestra conclusión fue que el contacto personal hacía prodigios. Se comunicaba empatía, se demostraba que estamos en sintonía con los problemas. En una palabra, nacía el afecto que te puede hacer prácticamente invulnerable frente a los ataques políticos de los adversarios.

Desgraciadamente, una mezcla del uso exagerado de las redes sociales, con una falta de experticia en la comunicación humana, terminaron creando burbujas que engañan al liderazgo político. Los algoritmos sustituyeron el instinto y nos metieron en espacios de gente que piensa parecido, que tiene hábitos parecidos y construyen un árbol que impide ver el bosque de la realidad. La política es analógica, no es digital.

La pérdida de contacto con las personas de carne y hueso ha distorsionado la percepción de la realidad y los nexos que se crean entre el dirigente y la gente común, son frágiles y sin alma, sin afectos de por medio.

Este es uno de los temas a resolver por parte de la nueva dirigencia del país. Ojalá este apunte de otoño, sustentado en hechos medidos y comprobados, sirva de algo para que esa reflexión se haga.

 

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Apuntes de otoño (I), por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

La tradición oral fue desde siempre, y al menos hasta la aparición de la escritura y luego de la imprenta, la forma más eficaz de transmisión del conocimiento. Contar cuentos ha sido un oficio que todas las civilizaciones y todas las épocas han respetado y me aventuro a decir que estimado, incluso hoy, cuando la historia se cuenta en 140 caracteres.

Por otro lado, quienes carecemos de las herramientas académicas para participar en los debates de temas abstrusos y profundos, siempre conseguimos alguna anécdota que explica, de manera sencilla, lo que otros hacen de manera complicada. Esto lo entendió a la perfección el hijo de un carpintero de Nazaret, que terminó cambiando al mundo con la revolución del espíritu más profunda que se haya conocido hasta ahora. Él logró que imagináramos que un grano de mostaza puede encerrar, en su pequeñez, una fortaleza inusitada si cae en buena tierra.

Estos apuntes en el otoño de nuestra actividad pública y política pretenden ser un grano de mostaza regado al voleo, con la esperanza de que en alguna tierra buena caiga, ahora que ya no tenemos la edad del agricultor bisoño que ara el terreno y lo cuida a diario.

Contaremos cuentos y anécdotas que puedan tener algún interés y sean pertinentes para colaborar en la comprensión de problemas que se debaten en los grandes foros a los que no tenemos acceso. Al final del día, los que haremos será lo mismo que hacemos con los nietos en la hamaca: les hablaremos de lo que nos ha ocurrido y cómo vimos las cosas hace tiempo. Al menos con ellos me funciona. Logro que dejen los videojuegos por un rato y se entretengan con los relatos. Eso esperamos con esta serie que hoy comenzamos.

No tomar tus deseos por realidades

La política es el arte de lo posible. Una cosa es lo que queremos que ocurra y otra muy distinta lo que puede ocurrir. Nuestra juventud trascurrió soñando con un cambio revolucionario del mundo. Creíamos que porque había injusticias era suficiente desear que se acabaran para que ello ocurriera. Pensábamos que las ideas de igualdad y solidaridad, que estaban en nuestras cabezas, estaban en las cabezas de todos los demás.

En una ocasión, en medio de una campaña electoral, recalábamos Alberto Franceschi y yo en la casa de Miguel Bello, quien fue un personaje particular de la política carabobeña. Un gran factótum. En su casa se forjaron acuerdos en la universidad, en los concejos municipales, en la Asamblea Legislativa. Cuando Luis Herrera Campíns ganó las elecciones y su encuestadora Pronóstico pronosticó (nunca mejor dicho) su victoria, acertando por décimas los números reales, su figura tomó la dimensión de gran gurú.

Allí fuimos Alberto y yo a contarle de nuestra novedosa y esforzada campaña electoral. Habíamos comprado una vieja camioneta pick up a la que un viejo militante de la izquierda regional, José Valecillo, con manos prodigiosas trasformó en una tarima portátil. Con ella dábamos tres mítines diarios en los barrios populares. Nos sentimos los dueños de la opinión pública. ¿Quién podía superar tamaña hazaña? Estuvimos varios minutos hablando de nuestros prodigios y nos jactábamos de cómo habíamos explicado que las tragedias de los pobres se debía al egoísmo de los ricos y sus gobiernos. Con la paciencia y la sabiduría de los años, Miguel se inclinó hacia atrás en su poltrona preferida de la sala rodeada de obras de arte y nos dijo: “ustedes sí que son ingenuos, no saben que lo que más le gusta a un pobre es un rico”.

Aquel mazazo de sinceridad nos descolocó por un momento y quizás no le dimos crédito y seguimos con nuestros mítines y nuestra cruzada propagandística. Es obvio que los números no nos dieron la razón. La enseñanza es que un dirigente político debe fundar su acción en realidades y no en deseos. El instinto es importante y lo da la práctica de todos los días y el estar en contacto directo con la gente, pero los objetivos que te planteas deben estar fundados en lo que es objetivo. Claro que hay que perseguir sueños y tener proyectos, pero para que estos sean comprensibles deben estar traducidos al lenguaje de millones y no en el lenguaje de los escogidos y narcisos que creen que sus ideas son realidades porque son de ellos. Aprender ese lenguaje es clave para tener éxito en la política.

Sin organización no hay vida

Las ideas solas no ganan batallas. Las ganan cuando se convierten en voluntad y cuando esa voluntad se organiza. Por eso nacieron los partidos políticos. La idea no es de sus primeros organizadores.

En el Evangelio hay varias claves de lo que hay que hacer para que una doctrina no muera. La iglesia no es un partido político, pero es una institución que tiene más de 2000 años. Sobrevive porque está organizada, estructurada, jerarquizada y se impone metas para hacer conocer y ampliar su mensaje. Aquí no nos referimos a su misión profética, sino a su forma terrenal. Cuando Jesús dijo a Pedro, “tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” estaba dejando muy claro que no solo los mandaba a predicar la buena nueva, sino que tenían que organizarse para que aquellas palabras no se las llevara el viento de los tiempos.

Nuestra primera experiencia política electoral está muy vinculada a la organización para lograr unos fines. Corría el año 1968 y un grupo de jóvenes estudiantes del Liceo Pedro Gual que no teníamos filiación política más que la amistad y estar vinculados con Palestra, un movimiento fundado por un hermano de La Salle de nombre Humberto Peñaloza, que formaba jóvenes cristianos y que operaba como una verdadera escuela de líderes, resolvimos participar en las elecciones para elegir el Centro de Estudiantes del liceo más importante de Carabobo. Debíamos enfrentarnos a la poderosa coalición del PCV y el MIR que ganaba prácticamente todas las elecciones estudiantiles en liceos y universidades.

El día que decidimos participar nos trazamos un plan. Organizamos una estructura con un delegado por cada curso. Constituimos comisiones de propaganda y finanzas. Algunos nos dedicamos a redactar un programa de reivindicaciones. Cada día, a las 7 de la mañana, nos dábamos cita en la puerta del liceo y evaluábamos lo realizado y nos proponíamos nuevas tares.

Encabecé aquella plancha, como candidato a presidente; y como secretarios general y de organización estaban Paqui Yanes e Iván Hurtado. Nuestro representante en la Comisión Electoral fue Jaime Salama. Ganamos las elecciones, fue una sorpresa para todos. No veníamos de la política; hoy en día nos calificarían de miembros de la sociedad civil. No tuvimos el apoyo de ningún partido, pero no nos quedamos en la tribuna “manageando” el partido, sino que decidimos bajar al terreno a jugar. No confiamos solo en nuestro mensaje de amplitud y de crítica a la vieja dirigencia. NOS ORGANIZAMOS para participar y para ganar aquellas elecciones.

Si este apunte sirve de algo, debería ser para comunicar lo importante de organizarse, de organizar la voluntad y las ideas. De no quedarse atascado en la opinión, en la difusión y ahora en el teclado si es que quieres lograr objetivos políticos. Eficacia y eficiencia sin organización no existen. Tener un plan, evaluarlo y elaborar tácticas y estrategias con él es básico para todo aquel que quiera obtener resultados en este mundo complejo.

La próxima semana continuarán estos apuntes de otoño.

 

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