Laureano Márquez, autor en Runrun

Laureano Márquez P.

Histeria de Venezuela, por Laureano Márquez P.
A comienzos del siglo XVIII entre doña Juana y don Nicolás, ya los venezolanos teníamos en nuestro haber la presencia de dos locos en el poder. Premonitorio pues

 

@laureanomar

Un episodio poco difundido de nuestra historia es la locura de don Nicolás Eugenio de Ponte y Hoyo, gobernador de la provincia de Venezuela entre 1699 y 1703. Hace algunos años una obra de teatro en clave de comedia, «Chirimoya flat», del gran novelista, poeta y ensayista venezolano Eduardo Casanova Sucre, dirigida por otro maestro del teatro venezolano José Tomás Angola, dio cuenta del episodio. Don Nicolás pertenecía a una de las familias principales de la isla de Tenerife, en las Canarias, con tradición de nobleza y fortuna, esta última adquirida en parte por el contrabando de mercancías y el comercio de esclavos. Todo ello era facilitado por la posesión de algunos barcos en el puerto de Garachico, uno de los de mayor tráfico de la isla de Tenerife y de gran importancia para el comercio tanto con América como con Europa, hasta que fue devastado por la erupción del Teide de 1706.

En el siglo XVII –y en todos los demás– la presencia de los canarios fue muy importante en Venezuela. Canarias, como punto medio entre las Indias y Europa, era parada obligada de las travesías, lugar donde se aclimataban las plantas americanas que se traían a Europa y de donde partieron las que, desde el Viejo Continente, se llevaban a América para su cultivo. Así, por ejemplo: la papa no es oriunda de Canarias, aunque parezca, y la caña de azúcar no es americana, aunque parezca.

En medio de este vínculo ancestral de los isleños con Venezuela, Nicolás de Ponte y Hoyo, que había servido a la corona en Portobelo, compra al rey su elección como gobernador de la provincia de Venezuela por 16 000 pesos de a diez reales (en aquellos tiempos no había tanta inflación). Sin embargo, debió esperar seis años en su natal Garachico para emprender su viaje a La Guaira porque le restaba un año de mandato al gobernador Diego Jiménez y el rey tenía vendido ya un quinquenio a su antecesor Francisco Berroterán.

Al tomar posesión de su cargo en 1699, se encuentra con una provincia empobrecida, olvidada por la corona, diezmada por las epidemias, con sus cultivos arruinados por las plagas, incomunicadas sus ciudades, lo que hacía difícil el gobierno y bloqueadas sus costas por los enemigos de España, tanto piratas como la armada de los países que les tenían el ojo puesto a las posesiones españolas: ingleses, holandeses y franceses, principalmente. Una provincia sin recursos militares para su defensa, con soldados mal pagados y unos pocos cañones que se descabalgaban en cada disparo. No es de extrañar, entonces, que, al poco tiempo de gobierno, este galante gobernador, a quien apodaban «el hermoso» (como el marido de Juana «la loca») por su atractiva apariencia física, perdiera la razón. Don Nicolás comienza a tener actitudes extrañas: no acude a misa, lo cual era para entonces un rasgo inequívoco de enajenamiento mental. Acosa a las damas caraqueñas, lo que indigna a sus maridos. Se dice que en alguna oportunidad salió, desprovisto de sus ropas, a la vía pública y así se exhibía en la plaza que todavía no era Bolívar, el cual ni soñaba en nacer.

Como si la situación calamitosa de la provincia no fuese ya suficiente, otro inconveniente se le presenta a don Nicolás: la incómoda presencia en Venezuela, al haber entrado clandestinamente por Ocumare, del embajador del archiduque de Austria, Bartolomé de Capocelato, quien vino con la intención de captar a los venezolanos a favor de la causa de su jefe en medio del conflicto que los Borbones y los Austrias desarrollaban por la sucesión española tras la muerte sin descendencia de Carlos II. En fin, un montón de razones para enloquecer, teniendo en cuenta que, quien era gobernador en nombre de Felipe V, simpatizaba con los rivales de este.

Cuando la locura de Nicolás se hizo inocultable y sus incoherencias del dominio público, fue depuesto de su cargo y murió al poco tiempo en Caracas, siendo sepultado, con gran pompa, en la catedral, muy cerca del altar mayor donde todavía deben reposar sus destartalados huesos.

Como diría doña Inés Quintero, esto que parece cuento, es historia. A comienzos del siglo XVIII entre doña Juana y don Nicolás, ya los venezolanos teníamos en nuestro haber la presencia de dos locos en el poder. Premonitorio pues.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

El fin de la «ch» y la «ll», por Laureano Márquez P.
Los venezolanos tendríamos que llamar al proceso político que vivimos, desde hace poco más de dos décadas, «Avismo»

 

@laureanomar

Como dirían Willy Colón y Héctor Lavoe: «Todo tiene su final, nada dura para siempre». Las letras «ch» y «ll» han pasado a mejor vida. La Real Academia Española (RAE), que «limpia, fija y da esplendor» a la lengua de Cervantes, acaba de decretar la exclusión definitiva de los mencionados símbolos de nuestro abecedario, porque en realidad, según la institución, no son letras sino dígrafos. Según la propia RAE los dígrafos son conjuntos de letras o grafemas que representan un solo fonema. Es decir, que tanto la «ch» como la «ll» –esta que los hispanoamericanos pronunciamos como /y/– constituyen un solo ruido, aunque necesitemos de dos letras para representarlo. La decisión de excluir a estas difuntas letras es de vieja data (1994), pero, como todo, tardó en implementarse porque ambas eran letras enchufadas y llamativas.

Salvo en España, donde se lucha a brazo partido por su extinción, el español es una lengua floreciente en el resto del mundo. En los Estados Unidos, por ejemplo, es la lengua extranjera más estudiada (dentro de algunos años lo será el inglés) y la hablan 543 millones de personas en el mundo, siendo el cuarto idioma después del hindi, le sigue el inglés. Es la lengua del reino de Castilla, por eso se le denomina también «castellano». Con el advenimiento de Isabel la Católica –según el historiador Menéndez y Pidal, la mejor gobernante que ha tenido España– se unifica políticamente la nación española, esa misma que trata de desunificarse actualmente. La lengua de Castilla se convirtió, entonces, en la lengua de España y de todos los territorios americanos que esta descubría y conquistaba.

Pero volviendo a los dígrafos que nos ocupan, no deja de ser curioso que la h, que es muda, quizá por eso tanta gente calla a la hora de defender los derechos humanos, haga tanto escandalo cuando se coloca después de la c.

En cuanto a la ll, pronunciarla correctamente es supremamente complicado, como dirían en Colombia (el mejor lugar donde se habla el español según algunos), porque requiere llevar la punta de la lengua (en este caso el órgano muscular) al cielo de la boca por el lado del naciente.

Para no alargar excesivamente esta llamativa chachara, solo recordar que la finada ch goza de la predilección del humor, quizá porque la forma expresiva de este es el chiste. Chespirito (Roberto Gómez Bolaños), por ejemplo, colocaba a todos sus personajes un nombre que iniciaba por ch: desde el Chavo, hasta el Chapulín, pasando por el Chómpiras, el doctor Chapatín y Chaparrón Bonaparte, entre otros. Chaplin, es el genio del humorismo universal y el programa cómico por excelencia de la televisión venezolana fue Radio Rochela.

Para finalizar y para que no «panda el cúnico», solo agregar que la desaparición de la ch y la ll como letras del alfabeto no supone en modo alguno su desaparición del sistema gráfico español, lo cual tiene mucha lógica. Y es que, de lo contrario, los venezolanos tendríamos que llamar al proceso político que vivimos, desde hace poco más de dos décadas, «Avismo», una palabra que fonéticamente suena igual a aquella que designa a un lugar de gran profundidad en el cual no se alcanza a ver el fondo.

En fin, creo que, llegados a este punto, lo mejor es decir chao.

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El gran dictador, por Laureano Márquez P.
La obra de Chaplin perdurará, como testimonio del humor puesto al servicio de la justicia, la democracia y la libertad

 

@laureanomar

«¡Que no panda el cúnico!» El título de este escrito alude, solamente, a la magistral película de Chaplin. Fue estrenada en los Estados Unidos en 1940. Aunque para el momento ya se había consolidado el cine sonoro, Chaplin seguía haciendo cine mudo, porque temía que, al hablar un determinado idioma, su personaje perdiera toda su magia. El gran dictador es la primera película sonora de Chaplin y para ser su debut en el uso de la palabra, fue mucho lo que dijo. El brillante discurso final se prolonga durante casi cinco minutos en los cuales no hay un solo chiste, sino una profunda reflexión sobre lo que debe ser el destino humano en términos de libertad, tolerancia, progreso y democracia.

La película ofrece una parodia de Adolf Hitler (Hinkel), pero va más allá, aborda el tema de las dictaduras en general, a partir del nazismo y del fascismo, también el antisemitismo imperante en el momento. Ciertas «similitudes» existían entre el gran maestro del humor y el dictador alemán, el propio Chaplin lo reconoció cuando dijo que usaban el mismo bigote, además de haber nacido el mismo año. «Conozco bien a ese hombre, es capaz de cualquier cosa», dijo. Como la película se estrenó durante la guerra, al finalizar esta, Chaplin afirmó que, de haber conocido los horrores de los campos de concentración, no hubiese podido rodar su largometraje.

Esto nos lleva a una discusión que siempre es interesante: banaliza el humor las tragedias políticas al usarlas como fuente de parodia e inspiración o, por el contrario, subraya su crueldad y sus contradicciones para ayudarnos a tomar conciencia de ellas, para combatirlas y sobre todo prevenirlas. En el caso de El gran dictador, es sin duda lo segundo. Chaplin muestra el patetismo de los dictadores. Lo genial es que, sin denigrar al ser humano, exhibe su desnudez moral, la ridiculez que se esconde detrás de su aparente solemnidad y sus delirios de grandeza, pero sobre todo su inhumanidad.

Al final, toda acción tiene un propósito y es eso lo que cuenta. A dónde conducen las palabras que se pronuncian, qué valores o antivalores defienden y propician, qué consecuencias tienen.

Vale para el humor y para lo que decimos en nuestra vida cotidiana, los medios o las redes. Nada queda en el vacío, toda palabra dicha queda resonando por siempre en los corazones a los que llega. Escuchar, en estos tiempos, a personas aupar el legado de Adolfo Hitler, horroriza y asusta. Una de las cosas que nos enseña el trayecto vital del líder nazi es que hay que temerles a esos «loquitos» de apariencia inofensiva y hasta cómica, dueños de un discurso absurdo que parece que no va a llegar a ningún lado, porque pueden terminar convirtiéndose en los amos de nuestro destino y capitanes de nuestra esclavitud si bajamos la guardia de nuestras defensas espirituales y políticas. Sus palabras pueden transformarse en desolación y muerte.

La obra de Chaplin perdurará, como testimonio del humor puesto al servicio de la justicia, la democracia y la libertad, para desenmascarar a esos «loquitos» capaces de cualquier cosa y para recordarnos, desde el humor, que no debemos conjurar demonios, porque el Diablo siempre destruye, incluso a quien le sirve.

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Pena de extrañamiento, por Laureano Márquez P.

Maikel de Viana JS, exiliado en Bilbao. Foto cortesía de Víctor Maldonado C. en el portal victormaldonadoc.com

El padre Mikel de Viana falleció la mañana del 5 de agosto y, aunque no lo diga así el parte médico, murió de pena de extrañamiento

 

@laureanomar

A la memoria de Mikel de Viana

La sola expresión ya es muy dura: «pena de extrañamiento». Consiste en la expulsión del castigado del territorio del país en el que vive y al que pertenece. Sinónimos de esta son: exilio, desarraigo, destierro, expatriación. Todos son términos cargados de dolor para una persona cuyo motivo y compromiso de vida es con el país que habita y que le habita.

El extrañamiento vuelve extraña, ajena, extranjera a la víctima. La aleja de su entorno afectivo, laboral y social para obligarla a hacerse parte de un lugar al que no pertenece. Como pena, ostenta el rango más cercano al de la muerte. De hecho, era común que su incumplimiento fuese sancionado con el ajusticiamiento. En la Antigua Grecia, el castigo ya existía, dedicado a aquellos que representaban un peligro desde el punto de vista político. Se le daba el nombre de ostracismo, que viene de óstrakon (cáscara, caparazón), con el que se denominaba también a los fragmentos de cerámica sobre los que se escribían los nombres de aquellos a los que se deseaba desterrar y que luego serían sometidos a votación en la asamblea.

El ostracismo se prolongaba durante 10 años, al cabo de los cuales el condenado podía volver. Uno de los condenados fue el estadista ateniense Arístides, llamado «el justo», de quien se cuenta la siguiente anécdota: estando presente en la asamblea en la que se votaba su exilio, un campesino que no sabía escribir se le acercó y, extendiéndole un fragmento de vasija, le pidió que escribiera en él el nombre de Arístides. Este, sorprendido, le preguntó si le había hecho algún mal, a lo que el campesino respondió: «Ninguno, ni siquiera lo conozco, pero ya estoy fastidiado de oír continuamente que le llaman “el justo”». 

En nuestra tierra, el exilio («voluntario» o impuesto) ha sido un castigo habitual, aunque ninguna ley así lo establezca, especialmente en tiempos de dictadura, es decir, en la mayor parte de nuestra historia.

Un sinnúmero de venezolanos lo padecieron a lo largo del tiempo: figuras políticas, intelectuales y todo aquel que representara una amenaza para el mandamás de turno.

Uno de esos venezolanos fue Mikel de Viana, S.J., un hombre comprometido, desde la fe, con la defensa de la democracia y la libertad. Su actividad pastoral estuvo vinculada a la educación y, particularmente, al servicio de los más humildes y necesitados. En la homilía de la misa que se celebró en su memoria en la UCAB, el padre Ugalde hizo público un episodio del que nunca se había dicho nada de manera abierta. En el año 2004, tres jesuitas estaban bajo amenaza de las autoridades gubernamentales: Mikel de Viana, un estudiante de la Compañía y el propio Ugalde. Se decidió que lo más conveniente era sacar a los dos primeros del país, dada la presión existente. Mikel fue a dar a la Universidad de Deusto en Bilbao donde, lejos de su patria, pasó los últimos años de su vida. Cuando los que lo queríamos y admirábamos teníamos la oportunidad de conversar con él, bien personalmente o a distancia, surgía siempre el dolor de la ausencia obligada, el anhelo de la tierra querida y de su gente. El padre Mikel de Viana falleció la mañana del 5 de agosto y, aunque no lo diga así el parte médico, murió de pena de extrañamiento.

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La espada de Bolívar, por Laureano Márquez P.
La espada de Bolívar no es, para una izquierda pretendidamente racional, un objeto de interés histórico, sino un símbolo sagrado que, cual amuleto, brinda poderes

 

@laureanomar

Definitivamente, los hispanoamericanos compartimos nuestra propensión a las supersticiones. Surge el comentario a la luz de la toma de posesión del nuevo presidente de Colombia quien, contraviniendo la disposición de su antecesor, hizo traer al acto de su ascensión al mando, de manera inesperada, la espada de Bolívar. Fue su primer acto de gobierno.

Para comenzar, hay que señalar que la espada de Bolívar que guarda Colombia es la de verdad, la que usaba El Libertador en el día a día, no la nuestra, que es una joya de oro que la municipalidad de Lima le obsequió como presente de agradecimiento y la que nunca desenvainó el padre de la patria para combatir con nadie, entre otras cosas, porque le iba a dar una gran indignación que en una refriega se le fuera a caer un diamante de la corona de laureles del pomo. La de Colombia, la de las batallas, se guardó durante mucho tiempo en el Museo Quinta de Bolívar de Bogotá. Además del valor histórico que tiene la pieza por haber pertenecido a quien perteneció, es parte de la leyenda de la guerrilla colombiana, de la que alguna vez formó parte Petro.

En enero de 1974, el naciente movimiento guerrillero M-19, sustrajo la espada del museo y pasó varios años escondida en diversas manos. Se llegó a decir incluso que le fue vendida a Pablo Escobar y que este se la dio a su hijo como juguete. Al parecer, la que compró Escobar no era la verdadera. La espada también pasó una temporada en Cuba (así que vaya usted a saber si es la original, mulato). Para el grupo armado tenía –como seguramente para el nuevo presidente de Colombia en la actualidad– un tremendo valor simbólico: «Bolívar, tu espada regresa a la lucha», se dijo luego del robo. En 1991 fue devuelta.

No deja de resultar curioso que la mentalidad de izquierda, tan pretendidamente racional y científica, sea la que apele con mayor frecuencia a recursos y explicaciones mágicas.

«El divino Bolívar», del que hablaba Elías Pino, es parte de esa religión laica que todas las ideologías, pero especialmente la de izquierda, quiere usar para arropar sus propósitos.

Su espada no es entonces un objeto de interés histórico, sino un símbolo sagrado que, cual amuleto, brinda poderes; sus restos, reliquias que hay que manipular para adquirir (o adquerir) las cualidades del portador en vida de esos huesos; y así con todo. Somos muy españoles en esto: vivimos siempre rumiando el pasado, nunca entendiéndolo.

La susodicha espada también es parte, ahora, de otra polémica. En Colombia por la desobediencia de Petro a la disposición de Duque y en España porque su rey no se puso de pie a su paso. La indignación española es, fundamentalmente de la gente del partido de izquierda Unidas Podemos, que consideran que Felipe VI le faltó el respeto a Colombia –aunque en Colombia nadie hable de ello– lo cual no deja de resultar interesante, pues la defensa del Libertador no la hacen los «hijos de Bolívar», sino los de aquellos a los que el prócer derrotó. En la madre patria muchos se avergüenzan del descubrimiento y por estos lares otros tantos de la Independencia. Un tiempo complejo este.

En todo caso, quiera Dios que la invocación de la espada sea para Colombia destino de libertad, porque a nosotros, los vecinos cercanos, de su exhibición solo nos quedó una vaina que, por falta de espacio, no entraré a calificar.

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El WhatsApp nos vuelve locos, por Laureano Márquez P.
Las posibilidades infinitas de comunicación que ofrece el WhatsApp nos están volviendo locos a todos. Enumero algunas de las perturbadoras consecuencias de la citada aplicación

 

@laureanomar

El WhatsApp es, sin duda, una aplicación que facilita las comunicaciones. En tiempos de globalización, que puedas comunicarte con alguien en cualquier lugar del planeta, a bajo costo, es una gran ventaja. Antiguamente, las llamadas internacionales eran una complicación: había que pedirlas a una operadora y pagar un alto precio por ellas, corriendo el riesgo de que la persona con la que querías comunicarte estuviese ausente y tú perdieras el dinero conversando con otra, a la que el azar puso a responder la llamada. Dejabas un mensaje, sin la certeza de que fuese recibido por el destinatario por distracción u olvido del intermediario. Para ver la imagen de una persona había que mandar por correo (postal) las fotografías o, en el caso de videos, películas super ocho que requerían de filmadora y proyector.

Ahora todo eso ha cambiado. La personalización de las comunicaciones ha hecho que den un giro desquiciante. Antes por poco y ahora por mucho. Las posibilidades infinitas de comunicación que ofrece el WhatsApp nos están volviendo locos a todos. Enumero algunas de las perturbadoras consecuencias de la citada aplicación:

  • El WhatsApp ya no es solo una comunicación personal, sino grupal. Muchas veces serás añadido en grupos de los que luego te dará vergüenza salirte porque tienes miedo de que lo consideren un desaire los restantes integrantes. Entonces, empiezas a formar parte de centenares de grupos que se superponen confundiéndote. Con frecuencia manda uno un mensaje por equivocación al grupo que no era, lo que genera no pocas situaciones de conflicto y enredo. En lo personal, a mí me da tanta vergüenza abandonar un grupo, que hay algunos en los que me han dejado solito como administrador y aun así me da vaina conmigo mismo salirme y de vez en cuando me escribo y me respondo.
  • En los grupos se pierde con facilidad la amabilidad, la cortesía y el sentido común. Se dicen cosas que no se dirían nunca cara a cara. Esto también produce discusiones interminables. Muchas veces, uno tiene que rastrear el origen del primer insulto, para entender luego la extensa sucesión de agresiones. Hay que hacer un esquema mental de quien ofendió a quien para saber uno qué partido toma en la contienda. En una oportunidad, rebatiendo unos argumentos descalificando al autor, me di cuenta de que eran míos de una conversación anterior. Ni que hablar de las noticias falsas, cadenas repetitivas o videos impublicables.
  • Los mensajes de texto se prestan a confusión por múltiples razones. El corrector muchas veces escribe lo que él cree conveniente y uno manda sin revisar. Se han visto casos de matrimonios rotos, familias enemistadas, instituciones disueltas y millonarios arruinados.
  • Pero, además, los mensajes de texto no vienen solos, vienen acompañados de algo que se denomina emoticonos (de la unión de emoción con icono) y de emojis (dibujo en japonés). Emojis y emoticonos no son los mismo. Este último está formado por signos de puntuación, mientras que el primero enumera una variedad de ideogramas, pictogramas, logogramas y todo tipo de gramas. Así que en términos de comunicación hemos vuelto a los jeroglíficos de los tiempos de Ramsés II. En estos días una amiga me envió una imagen de una llama peruana y yo le pregunté: «¿Qué? ¿De viaje por Perú?» y ella me respondió: «¡No chico, llama, que llames!».
  • Otra «facilidad» que nos brinda el WhatsApp es la posibilidad de enviar mensajes de voz, cuando no quieres escribir textos tan largos. Las ventajas de los mensajes de voz es que no tienen errores ortográficos, pero la desventaja es que tienden a alargarse y no estamos para estar perdiendo tiempo escuchando a los demás. Entonces, la aplicación introdujo un acelerador de partículas sonoras mediante el cual puedes escuchar el mensaje de voz a una velocidad que lo hace incomprensible y entonces el receptor responde con otro mensaje de voz, que, a su vez, el destinatario acelera. Al final nadie sabe lo que dijo el otro.
  • Por último, el tema de las imágenes. Con mucha frecuencia se da el hecho de que son enviadas por error al receptor más inadecuado. Si tratas de hacer una videollamada, seguro se te cortará; pero si la haces por error, no habrá manera de cortarla y seguro estarás en el baño y tratando de proteger tu intimidad instintivamente, voltearás el teléfono hacia el espejo y ten la certeza de que será mucho peor.

Quisiera continuar con este listado de los desvaríos que produce el WhatsApp. Pero mientras escribía este texto han entrado no menos de 600 mensajes que requieren mi atención durante los próximos dos días sin comer ni dormir.

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Crimen organizado, por Laureano Márquez P.
Transparencia Venezuela habla de que el delito en Venezuela se encuentra en «fase simbiótica». Es decir, las fronteras entre el crimen organizado y el sistema político se tornan difusas

 

@laureanomar

Una investigación de Transparencia Venezuela (ECONOMÍAS ILÍCITAS EN VENEZUELA – Trasparencia Venezuela (transparencia.org.ve), partiendo de los datos de Ecoanalítica, señala que en nuestro país el 21,74 % del PIB proviene de «negocios» ilícitos. Esto viene a confirmar mi tercera ley sobre la situación nacional: «en Venezuela toda situación caótica generará un negocio ilegal que se nutre del caos». Una vez que un ilícito surge es casi imparable, porque muchas personas ganan ingentes cantidades de dinero con ello. La factura de todo, al final, la termina pagando el ciudadano desasistido, con menos educación, salud, seguridad, etc. Cualquier persona con sentido común, aunque no tenga un HDP en economía, nota con facilidad que hay un montón de situaciones a las que se les percibe lo irregular a simple vista, aunque no se manejen cifras. Sin embargo, con el citado trabajo, ya nos encontramos con data seria y rigurosa.

Según el informe, la mayor parte de este 21,74 % del PIB, proviene del narcotráfico con 4919 millones de dólares. Le sigue el contrabando de gasolina con 1900 millones, haciendo honor a la misma divisa y, como diría Ali Khan, tercero contrabando de oro, cuarto extorsión en puertos. Seguramente, la participación de la actividad ilegal en la constitución del PIB es superior a las cifras señaladas, porque una de las cualidades de las actividades al margen de la ley es la dificultad para evaluarlas estadísticamente. Igualmente, no dejan de ser significativas.

El informe habla de que el delito en Venezuela se encuentra en una categoría que uno no sabe si fue creada especialmente para nosotros: «fase simbiótica». Esto quiere decir que las fronteras entre el crimen organizado y el sistema político se tornan difusas. No deja de ser curioso que, en medio de tanto desorden, el crimen no pierda su condición de «organizado». Esto nos recuerda una de las frases favoritas que el inolvidable Kiko Mendive solía soltar con su gracia natural cuando las grabaciones de La Rochela se hacían caóticas: «¡caballero, esto es un desorden muy bien organizado, mira pa’ eso!».

Algún día, cuando las corrientes de la historia cambien, habrá que revertir la ilegalidad. Sin embargo, según mi punto de vista esto solo podrá hacerse de manera progresiva, gradual, porque si se hace de golpe, los afectados podrían acabar contigo. Expongo mi tesis con un ejemplo sencillo, como el de mi estrategia para lograr se respeten los semáforos:

  • Lo primero sería establecer un horario mínimo de cumplimiento (de 8 a 10 de la mañana, por ejemplo), para que la gente no se sienta demasiado afectada por el cambio y lo asuma.
  • Una vez que esto se logre y la gente se sienta confortable con su nuevo margen de ilegalidad, se amplía el horario de respeto a mañana y tarde (nunca de noche). Mientras se hace esto, paralelamente se mejora la seguridad vial y la honestidad de los policías de tránsito con sueldos y entrenamiento. Superada esta etapa, meses o años después, ya podemos pasar a la siguiente fase.
  • A todo aquel que se coma una luz roja se le impone una multa significativa. Luego de un par de años en esta situación, ya entonces podemos pasar a la fase final y definitiva.
  • Obligar al ciudadano a pagar la multa.

Entiendo que este, que es mi plan de adecentamiento nacional, es sencillo con un semáforo, con el narcotráfico lo veo un poco más complicado; pero, en fin, la seguridad de Nueva York se debe, según dicen, a que comenzaron primero por los pequeños delitos y fueron a más poco a poco.

Sin duda que el informe de Transparencia Venezuela y las cifras de Ecoanalítica inquietan y nos resultan increíbles, alarmantes. Pero cuando uno ve los mencionados datos y porcentajes, surge también la otra cara de la moneda: la de la gran cantidad de compatriotas que, en medio de este desbarajuste, resiste con dignidad y sigue haciendo un trabajo honesto, decente, y que, a pesar de los pesares, constituye esa gran mayoría que honra al gentilicio.

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El infierno de América, por Laureano Márquez P.
La imagen más común con la que los inmigrantes que logran sobrevivir la travesía es la haber transitado por el infierno

 

@laureanomar

Venimos de la noche y hacia la noche vamos.

Los pasos en el polvo, el fuego de la sangre,

el sudor de la frente, la mano sobre el hombro,

el llanto en la memoria,

todo queda cerrado por anillos de sombra.

Vicente Gerbasi

No es casual el nombre de «Tapón del Darién» con el que se denomina a la selva de 575.000 hectáreas que marca el límite entre Centro y Suramérica. Se trata de una selva inexpugnable, donde incluso se cortan los 17.968 kilómetros de la carretera Panamericana que va desde Alaska hasta Argentina. Es una región pantanosa, repleta de ríos y lagunas, porque se trata de un espacio geográfico que tiene uno de los mayores índices pluviométricos del planeta.

Este territorio, considerado el lugar más inhóspito de todo el continente americano, se encuentra en la frontera entre Colombia y Panamá. Allí se ha establecido una ruta a través de la cual –guiados por esos mercaderes de la vida denominados «coyotes»– miles de inmigrantes, familias enteras, con niños incluidos y hasta personas mayores, tratan de abrirse paso (se habla de 134.00 personas en el año 2021) para continuar su camino hacia los Estados Unidos. Los haitianos encabezan la lista, pero también hay cubanos, africanos y, naturalmente, venezolanos.

La imagen más común con la que los inmigrantes que logran sobrevivir la travesía la recuerdan, es la haber transitado por el infierno. Y es que el Darién se ha convertido, en los últimos tiempos, en el infierno de América. Allí se juntan los animales más peligrosos: serpientes venenosas, cocodrilos, todo tipo de plagas, jaguares, pumas, cerdos salvajes y el más mortífero de cuantos animales tienen que enfrentar los inmigrantes a su paso: el Homo sapiens. En el Darién se reúne lo más repugnante de la especie humana: violadores, narcotraficantes, hampones ávidos de quitarles a los que hacen la travesía las pocas pertenencias que pueden llevar y una larga lista de criminales. Todos ellos encuentran allí, también, su espacio protegido, en su caso, del alcance de la justicia.

Los relatos son espantosos, las imágenes que han llegado escalofriantes; gente que padece las inclemencias del duro clima, hundida en barriales, a merced de animales peligrosos y especialmente de la ya descrita bestia humana. Atravesar el Darién es una suerte de suicidio al estilo de la ruleta rusa, apostando a que, en una de esas, te salvas. Resulta increíble y decepcionante que, a estas alturas de la evolución de la Humanidad, no hayamos podido establecer aún regímenes políticos y económicos que impidan llevar a la gente al límite de la desesperación al punto de jugarse la vida y la de sus hijos tratando de escapar de aquellos. Una auténtica vergüenza para nuestra especie.

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