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Violencia contra la mujer: denunciar en redes es un síntoma de falta de justicia

Hace un mes, 13 mujeres -nueve de ellas periodistas- revelaron en una cuenta de Instagram el patrón de manipulación, violencia psicológica y sexual ejercido desde el año 2016 por un fotógrafo conocido como “el fotonarcisista”.  El nombre de la persona no fue revelado. Se precisó que estaba actualmente en el exilio y que ejerció más de seis tipos de violencia de género contra sus parejas en más de cuatro países. 

Un par de semanas después, una comunicadora social expuso también en Instagram cómo fue víctima de acoso laboral y sexual -comentarios inapropiados– por parte de un exjefe de prensa del equipo de béisbol local Leones del Caracas. Aunque inicialmente había optado por contar la experiencia sin identificarlo, asegura que tanto el señalado como quienes lo apoyan intentaron desprestigiarla y utilizar el hecho de que ella acudía al psiquiatra para invalidar su denuncia.

“Si no me pudieron escuchar en su momento, lo mínimo que espero es que no traten de atropellarme. No quería hacer un show más grande, pero me están obligando, porque a mí nadie me va a llamar loca, ni mentirosa”, expresó Caylin Miliani, tras relatar que ella se quejó formalmente ante quienes podían tomar cartas en el asunto en varias oportunidades. Y la respuesta que recibió fue que el mundo deportivo “era así”, que se tenía que “acostumbrar”  y que las mujeres “son unas dramáticas”. 

Ambos casos, distintos en forma, pero unidos por el hilo de la violencia contra la mujer,  reactivaron un debate que no es nuevo ni en el mundo, ni Venezuela: ¿Por qué la sociedad aún responde cuestionando el tiempo, las formas o el silencio previo? ¿Por qué tantas víctimas recurren a las redes sociales antes que a las instituciones en estos casos? 

El estallido delMe Too” venezolano en 2021 ya había mostrado que la violencia basada en género atraviesa todas las capas sociales. En aquel momento se denunciaron músicos, escritores, fotógrafos, actores y perfiles con poder simbólico. Pero cuatro años después, las historias siguen repitiéndose. Y la vulnerabilidad de la mujer ante un sistema que no la protege no ha variado. De acuerdo con el más reciente reporte de Utopix, una mujer es asesinada cada 55 horas en Venezuela.  Otras organizaciones estiman que 70% de las víctimas de violencia psicológica o sexual tardan meses o años en denunciar, si es que denuncian.

En el marco de la conmemoración este 25 de noviembre del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, es importante profundizar en por qué el miedo, el estigma y la ineficacia institucional siguen siendo factores determinantes para que las mujeres alcen la voz en búsqueda de justicia en espacios como las redes sociales.  Y, sobre todo, reflexionar en una tarea pendiente: ¿cómo evitar revictimizar a quienes se atreven a hablar?

El silencio como supervivencia

El caso del “fotonarcisista” expuso un modus operandi complejo: gaslighting, mentiras compulsivas, aprovechamiento económico y laboral, manipulación para no usar preservativos, contagios de enfermedades de transmisión sexual, grabación de videos íntimos sin consentimiento y archivo de videos íntimos con consentimiento revocado. 

La reacción social ante estas denuncias suele dividirse entre la solidaridad y varias preguntas que revictimizan: “¿Por qué no hablaron antes”? , “¿por qué no revelan la identidad del agresor?”. 

En una de las publicaciones de la cuenta en Instagram para denunciar el caso, las afectadas tuvieron que explicar por qué no revelaban el nombre y apellido del agresor, como repetidamente les pedían: “Tenemos derecho a elegir qué y cómo contar lo que sufrimos.  No decimos su nombre porque nos sentimos en riesgo al hacerlo, y porque no siempre las víctimas y sobrevivientes tienen que poner el pellejo para todo (…) No lo hacemos por falta de verdad, sino por temor a  represalias, hostigamiento y daño emocional. Necesitamos que nuestra comunidad nos ayude a decir lo que nosotras no podemos: ya sea su nombre y apellido o sus historias y sus mentiras que todavía no conocemos”.

Andreina Montilla, psicóloga especialista en violencia basada en género, utiliza una metáfora para explicar el impacto psíquico de estas agresiones: las mujeres se sienten “hechizadas”.

“Un narcisista hace que las mujeres con las que se relaciona pierdan el criterio propio. La estrategia de manipulación del narcisista, como el gaslighting, hace que las mujeres empiecen a perder criterio sobre su propia realidad”, detalla Montilla.

El silencio inicial, lejos de ser complicidad, es parte del trauma. Magdymar León Torrealba,  psicóloga feminista y directora general de Avesa, docente e Investigadora de la Maestría en Estudios de la Mujer Universidad Central de Venezuela, enfatiza que el silencio no es consentimiento, “es muchas veces una estrategia de supervivencia en un entorno que aún sanciona a las mujeres por atreverse a nombrar la violencia”. Además, factores como la vergüenza, la culpa internalizada y el miedo a no ser creídas paralizan a las víctimas.

Aunado a lo psicológico, en contextos donde la violencia se ha normalizado, “muchas mujeres ni siquiera logran identificar que lo vivido constituye violencia”. En lo social —agrega— influyen el miedo a represalias, la exposición pública, el descrédito profesional y la desconfianza en instituciones que no garantizan protección.

Montilla añade que a estos factores se suma otro temor: la persona narcisista se puede poner más agresiva tras la denuncia: “Por eso es que las personas víctimas de violencia de género reciben medidas de protección, porque puede haber una escalada de violencia”.

El peso del poder

Al igual que como ocurrió en abril de 2021, cuando el movimiento Me Too detonó en Venezuela con denuncias contra figuras del mundo cultural y musical, el temor a las represalias laborales y al escarnio público sigue vigente.

Y es que la violencia patrimonial opera bajo la amenaza implícita: si el agresor está en el entorno laboral, o si en la estructura jerárquica es un “superior”, la denuncia se paraliza por las consecuencias que eso pueda acarrear: quedarse sin trabajo y que, adicionalmente, se cierren otras puertas laborales.

Luego de que la comunicadora social Caylin Miliani hiciera su denuncia en redes, otras mujeres periodistas se acercaron a contarle que la misma persona que ejerció acoso laboral contra ella les negó las acreditaciones de prensa para cubrir las incidencias del equipo de béisbol en el que se desempeñaba como jefe de prensa. Una afirmó que por el hecho de “ser mujer” había una especie de celo profesional en su contra. La otra reveló que el hombre se le acercó con insinuaciones sexuales y, como se negó, optó por ese método de “venganza”. 

“Las dos callaron por temor a que se les vetara la entrada a los estadios”, sumó Miliani.

Andreina Montilla, psicóloga especialista en violencia basada en género, advierte sobre la asimetría de poder que perpetúa la violencia contra la mujer: “En cuanto al fotonarcisista, entiendo que es una persona con poder dentro del mundo del periodismo. Los hombres en principio tienen mucho más poder. Entonces, hay miedo de no volver a conseguir trabajo, de que sus carreras se vean afectadas por denunciar. Ha habido muchos casos en los que las mujeres que denuncian se quedan sin trabajo, no solo ellas, sino quienes las acompañan. Y hay factores económicos, o de dependencia en otros casos, porque muchas veces las mujeres ganamos menos dinero”.

En un comunicado difundido el pasado 6 de noviembre, la Red de Periodistas de Venezuela, opinó que este no es un caso aislado, sino una muestra más “de las violencias machistas dentro del gremio periodístico, que continúan ocurriendo sin que existan mecanismos de justicia, de prevención, ni reparación que sean efectivos”. Al mismo tiempo, expresaron su preocupación no solo porque estas violencias sigan ocurriendo, sino porque también siguen quedando impunes.

Cuestionar el canal reproduce la violencia

A juicio de las entrevistadas, cuando las redes sociales se convierten en el espacio de la denuncia, el rol de la sociedad no debe ser juzgar el canal, sino escuchar el mensaje y alzar la voz por justicia.

“Denunciar en redes sociales es un acto que busca justicia simbólica. Cuando las instituciones no garantizan acceso efectivo a la justicia o cuando las víctimas sienten que no serán protegidas, las redes se convierten en el espacio donde pueden hablar sin ser silenciadas”, destaca la directora general de Avesa, psicóloga, docente e investigadora en la Maestría de Estudios de la mujer, Magdymar León. 

Y es que, al ser inefectiva la forma en la que se manejan las denuncias, recalca la psicóloga Andreína Montilla, las mujeres han tenido que acudir a las redes sociales: “No solo acá en Venezuela, sino también en el mundo, han tenido que hacer muchísimo ruido porque estamos todavía en un sistema patriarcal que protege a los hombres, que aún dice ‘pobrecito de ellos, cómo van a vivir su vida después de vivir una denuncia’ Esto en un discurso mundial, pero nunca se piensa en cómo va a vivir una mujer después de un hecho de violencia y abuso”. 

Agrega León que revictimizar a una mujer a través de la exposición o el “linchamiento digital” por el modo en que decide narrar su experiencia “es reproducir la violencia que ya vivió”. Por esa razón, en lugar de cuestionarlas por el canal que eligen, debemos preguntarnos “por qué el Estado y las instituciones no les ofrecen mecanismos seguros, empáticos y efectivos para denunciar”.

“La sociedad debe comprender que las denuncias públicas no son ‘campañas’ sino síntomas de la falta de justicia. Cada relato abre una oportunidad para reflexionar sobre cómo operan el poder, el género y el silencio en nuestras relaciones y en el espacio público”, considera. 

Los ciudadanos, a su juicio, deben exigir a las instituciones que respondan con investigaciones imparciales y con garantías de protección a las mujeres que denuncian violencia basada en género, en lugar de reprocharlas. 

El silencio no protege

“Cuando una mujer habla, le abre el camino a otras que tuvieron miedo”, fue una de las frases con las que la comunicadora social Caylin Miliani cerró su testimonio.  “Romper el círculo” de la violencia contra la mujer es una medida de urgencia ante una realidad ineludible: la agresión, si no se detiene, siempre tiende a escalar. 

 Andreina Montilla es enfática al señalar que “el silencio jamás nos va a proteger”.  La ruta no siempre es fácil, pero buscar ayuda es el primer paso para salir del aislamiento y recuperar la voz. 

Magdymar León advierte que quien agrede y no enfrenta consecuencias suele repetir o agravar el daño, por lo que denunciar trasciende la justicia personal para convertirse en una herramienta que protege a otras mujeres y visibiliza los patrones de abuso. 

Sin embargo, ambas especialistas sentencian que el proceso no debe transitarse en soledad. La denuncia debe ser voluntaria, acompañada y centrarse “en la seguridad y la reparación emocional de la mujer”, insiste León.

 Activar una red de apoyo con familiares, amigos y organizaciones especializadas es el paso fundamental para salir del aislamiento, recuperar el criterio propio y encontrar los espacios seguros necesarios para vivir bien y mejor.

Para llevar a cabo un proceso seguro de denuncia, es importante:

1.  Contar con apoyo emocional y legal. Antes de denunciar, es ideal que la mujer reciba orientación sobre los riesgos y los pasos legales.

2.  Buscar acompañamiento institucional o especializado.En Venezuela existen centros y líneas de atención como AVESA (0424-1679742) -ofrece atención psicológica, legal y de salud, gratuita y confidencial- CEPAZ, Fundamujer, PLAFAM, y organizaciones aliadas del movimiento feminista que ofrecen asesoría legal y psicosocial. También se puede acudir a los servicios de Atención a la Víctima del Ministerio Público, a las sedes del CICPC o fiscalías especializadas.

3.   Documentar y resguardar pruebas, mensajes o testigos.

4.   Evaluar la seguridad física y digital, especialmente cuando hay exposición mediática o amenazas.

La psicóloga Andreína Montilla organiza un espacio una vez al mes, denominado “El club para florecer”, en donde se hace un acompañamiento a las mujeres que han sido víctimas de violencia. Invita a ponerse en contacto con ella a través del número (0424-2233938) quienes estén interesadas en participar: 

Vivimos en un mundo muy hostil para las mujeres y necesitamos espacios seguros en donde encontrar respuestas para vivir bien y mejor”, concluye. 

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

¿Por qué denunciar en redes sociales? A propósito del 25N y los casos recientes del #Fotonarcisista y el acoso en el béisbol, especialistas explican que el 'escrache' digital surge cuando las instituciones fallan. El silencio no es consentimiento, es supervivencia ante el trauma y el miedo al poder
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Hace un mes, 13 mujeres -nueve de ellas periodistas- revelaron en una cuenta de Instagram el patrón de manipulación, violencia psicológica y sexual ejercido desde el año 2016 por un fotógrafo conocido como “el fotonarcisista”.  El nombre de la persona no fue revelado. Se precisó que estaba actualmente en el exilio y que ejerció más de seis tipos de violencia de género contra sus parejas en más de cuatro países. 

Un par de semanas después, una comunicadora social expuso también en Instagram cómo fue víctima de acoso laboral y sexual -comentarios inapropiados– por parte de un exjefe de prensa del equipo de béisbol local Leones del Caracas. Aunque inicialmente había optado por contar la experiencia sin identificarlo, asegura que tanto el señalado como quienes lo apoyan intentaron desprestigiarla y utilizar el hecho de que ella acudía al psiquiatra para invalidar su denuncia.

“Si no me pudieron escuchar en su momento, lo mínimo que espero es que no traten de atropellarme. No quería hacer un show más grande, pero me están obligando, porque a mí nadie me va a llamar loca, ni mentirosa”, expresó Caylin Miliani, tras relatar que ella se quejó formalmente ante quienes podían tomar cartas en el asunto en varias oportunidades. Y la respuesta que recibió fue que el mundo deportivo “era así”, que se tenía que “acostumbrar”  y que las mujeres “son unas dramáticas”. 

Ambos casos, distintos en forma, pero unidos por el hilo de la violencia contra la mujer,  reactivaron un debate que no es nuevo ni en el mundo, ni Venezuela: ¿Por qué la sociedad aún responde cuestionando el tiempo, las formas o el silencio previo? ¿Por qué tantas víctimas recurren a las redes sociales antes que a las instituciones en estos casos? 

El estallido delMe Too” venezolano en 2021 ya había mostrado que la violencia basada en género atraviesa todas las capas sociales. En aquel momento se denunciaron músicos, escritores, fotógrafos, actores y perfiles con poder simbólico. Pero cuatro años después, las historias siguen repitiéndose. Y la vulnerabilidad de la mujer ante un sistema que no la protege no ha variado. De acuerdo con el más reciente reporte de Utopix, una mujer es asesinada cada 55 horas en Venezuela.  Otras organizaciones estiman que 70% de las víctimas de violencia psicológica o sexual tardan meses o años en denunciar, si es que denuncian.

En el marco de la conmemoración este 25 de noviembre del Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer, es importante profundizar en por qué el miedo, el estigma y la ineficacia institucional siguen siendo factores determinantes para que las mujeres alcen la voz en búsqueda de justicia en espacios como las redes sociales.  Y, sobre todo, reflexionar en una tarea pendiente: ¿cómo evitar revictimizar a quienes se atreven a hablar?

El silencio como supervivencia

El caso del “fotonarcisista” expuso un modus operandi complejo: gaslighting, mentiras compulsivas, aprovechamiento económico y laboral, manipulación para no usar preservativos, contagios de enfermedades de transmisión sexual, grabación de videos íntimos sin consentimiento y archivo de videos íntimos con consentimiento revocado. 

La reacción social ante estas denuncias suele dividirse entre la solidaridad y varias preguntas que revictimizan: “¿Por qué no hablaron antes”? , “¿por qué no revelan la identidad del agresor?”. 

En una de las publicaciones de la cuenta en Instagram para denunciar el caso, las afectadas tuvieron que explicar por qué no revelaban el nombre y apellido del agresor, como repetidamente les pedían: “Tenemos derecho a elegir qué y cómo contar lo que sufrimos.  No decimos su nombre porque nos sentimos en riesgo al hacerlo, y porque no siempre las víctimas y sobrevivientes tienen que poner el pellejo para todo (…) No lo hacemos por falta de verdad, sino por temor a  represalias, hostigamiento y daño emocional. Necesitamos que nuestra comunidad nos ayude a decir lo que nosotras no podemos: ya sea su nombre y apellido o sus historias y sus mentiras que todavía no conocemos”.

Andreina Montilla, psicóloga especialista en violencia basada en género, utiliza una metáfora para explicar el impacto psíquico de estas agresiones: las mujeres se sienten “hechizadas”.

“Un narcisista hace que las mujeres con las que se relaciona pierdan el criterio propio. La estrategia de manipulación del narcisista, como el gaslighting, hace que las mujeres empiecen a perder criterio sobre su propia realidad”, detalla Montilla.

El silencio inicial, lejos de ser complicidad, es parte del trauma. Magdymar León Torrealba,  psicóloga feminista y directora general de Avesa, docente e Investigadora de la Maestría en Estudios de la Mujer Universidad Central de Venezuela, enfatiza que el silencio no es consentimiento, “es muchas veces una estrategia de supervivencia en un entorno que aún sanciona a las mujeres por atreverse a nombrar la violencia”. Además, factores como la vergüenza, la culpa internalizada y el miedo a no ser creídas paralizan a las víctimas.

Aunado a lo psicológico, en contextos donde la violencia se ha normalizado, “muchas mujeres ni siquiera logran identificar que lo vivido constituye violencia”. En lo social —agrega— influyen el miedo a represalias, la exposición pública, el descrédito profesional y la desconfianza en instituciones que no garantizan protección.

Montilla añade que a estos factores se suma otro temor: la persona narcisista se puede poner más agresiva tras la denuncia: “Por eso es que las personas víctimas de violencia de género reciben medidas de protección, porque puede haber una escalada de violencia”.

El peso del poder

Al igual que como ocurrió en abril de 2021, cuando el movimiento Me Too detonó en Venezuela con denuncias contra figuras del mundo cultural y musical, el temor a las represalias laborales y al escarnio público sigue vigente.

Y es que la violencia patrimonial opera bajo la amenaza implícita: si el agresor está en el entorno laboral, o si en la estructura jerárquica es un “superior”, la denuncia se paraliza por las consecuencias que eso pueda acarrear: quedarse sin trabajo y que, adicionalmente, se cierren otras puertas laborales.

Luego de que la comunicadora social Caylin Miliani hiciera su denuncia en redes, otras mujeres periodistas se acercaron a contarle que la misma persona que ejerció acoso laboral contra ella les negó las acreditaciones de prensa para cubrir las incidencias del equipo de béisbol en el que se desempeñaba como jefe de prensa. Una afirmó que por el hecho de “ser mujer” había una especie de celo profesional en su contra. La otra reveló que el hombre se le acercó con insinuaciones sexuales y, como se negó, optó por ese método de “venganza”. 

“Las dos callaron por temor a que se les vetara la entrada a los estadios”, sumó Miliani.

Andreina Montilla, psicóloga especialista en violencia basada en género, advierte sobre la asimetría de poder que perpetúa la violencia contra la mujer: “En cuanto al fotonarcisista, entiendo que es una persona con poder dentro del mundo del periodismo. Los hombres en principio tienen mucho más poder. Entonces, hay miedo de no volver a conseguir trabajo, de que sus carreras se vean afectadas por denunciar. Ha habido muchos casos en los que las mujeres que denuncian se quedan sin trabajo, no solo ellas, sino quienes las acompañan. Y hay factores económicos, o de dependencia en otros casos, porque muchas veces las mujeres ganamos menos dinero”.

En un comunicado difundido el pasado 6 de noviembre, la Red de Periodistas de Venezuela, opinó que este no es un caso aislado, sino una muestra más “de las violencias machistas dentro del gremio periodístico, que continúan ocurriendo sin que existan mecanismos de justicia, de prevención, ni reparación que sean efectivos”. Al mismo tiempo, expresaron su preocupación no solo porque estas violencias sigan ocurriendo, sino porque también siguen quedando impunes.

Cuestionar el canal reproduce la violencia

A juicio de las entrevistadas, cuando las redes sociales se convierten en el espacio de la denuncia, el rol de la sociedad no debe ser juzgar el canal, sino escuchar el mensaje y alzar la voz por justicia.

“Denunciar en redes sociales es un acto que busca justicia simbólica. Cuando las instituciones no garantizan acceso efectivo a la justicia o cuando las víctimas sienten que no serán protegidas, las redes se convierten en el espacio donde pueden hablar sin ser silenciadas”, destaca la directora general de Avesa, psicóloga, docente e investigadora en la Maestría de Estudios de la mujer, Magdymar León. 

Y es que, al ser inefectiva la forma en la que se manejan las denuncias, recalca la psicóloga Andreína Montilla, las mujeres han tenido que acudir a las redes sociales: “No solo acá en Venezuela, sino también en el mundo, han tenido que hacer muchísimo ruido porque estamos todavía en un sistema patriarcal que protege a los hombres, que aún dice ‘pobrecito de ellos, cómo van a vivir su vida después de vivir una denuncia’ Esto en un discurso mundial, pero nunca se piensa en cómo va a vivir una mujer después de un hecho de violencia y abuso”. 

Agrega León que revictimizar a una mujer a través de la exposición o el “linchamiento digital” por el modo en que decide narrar su experiencia “es reproducir la violencia que ya vivió”. Por esa razón, en lugar de cuestionarlas por el canal que eligen, debemos preguntarnos “por qué el Estado y las instituciones no les ofrecen mecanismos seguros, empáticos y efectivos para denunciar”.

“La sociedad debe comprender que las denuncias públicas no son ‘campañas’ sino síntomas de la falta de justicia. Cada relato abre una oportunidad para reflexionar sobre cómo operan el poder, el género y el silencio en nuestras relaciones y en el espacio público”, considera. 

Los ciudadanos, a su juicio, deben exigir a las instituciones que respondan con investigaciones imparciales y con garantías de protección a las mujeres que denuncian violencia basada en género, en lugar de reprocharlas. 

El silencio no protege

“Cuando una mujer habla, le abre el camino a otras que tuvieron miedo”, fue una de las frases con las que la comunicadora social Caylin Miliani cerró su testimonio.  “Romper el círculo” de la violencia contra la mujer es una medida de urgencia ante una realidad ineludible: la agresión, si no se detiene, siempre tiende a escalar. 

 Andreina Montilla es enfática al señalar que “el silencio jamás nos va a proteger”.  La ruta no siempre es fácil, pero buscar ayuda es el primer paso para salir del aislamiento y recuperar la voz. 

Magdymar León advierte que quien agrede y no enfrenta consecuencias suele repetir o agravar el daño, por lo que denunciar trasciende la justicia personal para convertirse en una herramienta que protege a otras mujeres y visibiliza los patrones de abuso. 

Sin embargo, ambas especialistas sentencian que el proceso no debe transitarse en soledad. La denuncia debe ser voluntaria, acompañada y centrarse “en la seguridad y la reparación emocional de la mujer”, insiste León.

 Activar una red de apoyo con familiares, amigos y organizaciones especializadas es el paso fundamental para salir del aislamiento, recuperar el criterio propio y encontrar los espacios seguros necesarios para vivir bien y mejor.

Para llevar a cabo un proceso seguro de denuncia, es importante:

1.  Contar con apoyo emocional y legal. Antes de denunciar, es ideal que la mujer reciba orientación sobre los riesgos y los pasos legales.

2.  Buscar acompañamiento institucional o especializado.En Venezuela existen centros y líneas de atención como AVESA (0424-1679742) -ofrece atención psicológica, legal y de salud, gratuita y confidencial- CEPAZ, Fundamujer, PLAFAM, y organizaciones aliadas del movimiento feminista que ofrecen asesoría legal y psicosocial. También se puede acudir a los servicios de Atención a la Víctima del Ministerio Público, a las sedes del CICPC o fiscalías especializadas.

3.   Documentar y resguardar pruebas, mensajes o testigos.

4.   Evaluar la seguridad física y digital, especialmente cuando hay exposición mediática o amenazas.

La psicóloga Andreína Montilla organiza un espacio una vez al mes, denominado “El club para florecer”, en donde se hace un acompañamiento a las mujeres que han sido víctimas de violencia. Invita a ponerse en contacto con ella a través del número (0424-2233938) quienes estén interesadas en participar: 

Vivimos en un mundo muy hostil para las mujeres y necesitamos espacios seguros en donde encontrar respuestas para vivir bien y mejor”, concluye. 

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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