Yeimilit Reyna sabe exactamente lo que significa vivir sin gas doméstico. En su urbanización, ubicada en Terrazas de Guaicoco en el municipio Sucre del estado Miranda, el suministro quedó suspendido desde hace varios años por averías en las tuberías que nunca fueron reparadas. La interrupción del servicio la obligó a utilizar cocina eléctrica, una alternativa viable en un edificio de seis pisos donde subir y bajar una bombona no es una opción.
Lo que parecía ser una solución ante la falta de gas directo, terminó convirtiéndose en otra forma de vulnerabilidad para ella y su familia. En la zona, las fallas eléctricas son constantes y con cada corte o bajón de luz ella queda sin la posibilidad de preparar sus alimentos.
“Debido a la situación de la torre, todos mis artefactos son eléctricos, incluyendo el calentador de agua. Cuando llueve fuerte y prolongado es fijo que se va la luz y siempre quedamos dependiendo del servicio eléctrico para comer y bañarnos”, explicó Reyna.
La situación que vive Yeimilit Reyna no es aislada. Rubén Pérez, ingeniero químico y especialista en hidrocarburos, explicó que el sistema de gas doméstico en Venezuela atraviesa por un “profundo deterioro” que afecta a todos los eslabones de la cadena, tanto del gas licuado GLP (gas de bombonas) como del gas metano (directo).
Gas directo para pocos
En Venezuela, fallas en las tuberías obligaron a miles a usar cocinas eléctricas. Pero cuando llueve o falla la luz, quedan sin comer ni bañarse.
“Incluso si la producción se recuperara, la infraestructura presenta obsolescencia, falta de mantenimiento y fallas acumuladas en cada etapa del proceso”, aseguró el ingeniero.
El experto en hidrocarburos señaló que, aunque existió la intención del ente planificador y del Ministerio de Hidrocarburos de ampliar el acceso al gas metano, la distribución para consumo doméstico nunca se masificó y “solo llegó a una minoría”.
Entre las razones del poco alcance destacan las elevadas inversiones y costos de mantenimiento, precios y tarifas establecidas y reguladas por el Estado a un valor inferior a los costos reales de producción, desconocimiento del negocio y poca inversión del sector privado en la distribución de gas natural.
El peso de la bombona
La experiencia de Angélica Rivas*, quien vive en una zona popular de Catia, refleja la otra realidad de millones de personas que dependen del gas por bombona para cocinar.
A pesar de que toda su vida han vivido en un edificio, su familia nunca contó con el servicio de gas directo. Rivas comentó que en años anteriores, el acceso al gas era más fácil. “El camión pasaba semanalmente y bastaba con entregar la bombona vacía para recibir una llena, se podía comprar la cantidad que uno quería”, dijo.
A partir del año 2018, la compra de GLP se volvió “compleja” y totalmente “dependiente” del consejo comunal de la zona. Dos años después, debido a las restricciones de movilidad impuestas por la pandemia, el mecanismo de compra se terminó de consolidar.
“Ahora el camión llega una vez al mes y todo se coordina a través de los consejos comunales. El día que viene, todas las familias tienen que madrugar para entregar su bombona a eso de las 5:30 a.m. y solo reciben bombonas que estén en buen estado”, comentó.
Rivas añadió que su familia pasó de tener tres bombonas a solo dos, porque una estaba muy deteriorada y Pdvsa Gas nunca la quiso aceptar a pesar de haber prometido que reemplazarían los cilindros en mal estado.
Para rendir el gas, Angélica y su familia hacen uso de otros electrodomésticos para cocinar, como cafetera eléctrica, hervidor, arrocera o freidora de aire. “Todos se han comprado con mucho esfuerzo, porque tampoco es sencillo y en mi edificio no se han dado las condiciones para adquirir el servicio de gas directo”, dijo.
El testimonio de Rivas coincide con el diagnóstico del experto Rubén Pérez, quien advirtió que el gas licuado para bombonas enfrenta un deterioro estructural por la caída de la producción petrolera.
Pérez también puntualizó las fallas en la distribución de gas por bombonas. Indicó que las plantas de procesamiento y fraccionamiento están obsoletas y que la flota de bombonas presenta golpes, corrosión o están fuera de servicio por la falta de mantenimiento.
Otra falla que destaca el experto en hidrocarburos es la reducción de la flota de camiones cisterna y camiones ruteros por la falta de repuestos, lo que afectó de manera directa la frecuencia y el alcance, principalmente en zonas populares y en el interior del país.
Dependencia del GLP
Rubén Pérez aseguró que en Venezuela existe una dependencia “masiva” del GLP. Según sus cálculos, el 90% de los hogares venezolanos utiliza bombonas de gas para cocinar y calentar agua para bañarse.
En un análisis realizado por el ingeniero, entre 2010 y 2015 una familia venezolana disponía de 18 Kg de GLP al mes, es decir, casi dos bombonas de tamaño popular por familia para cubrir sus necesidades de cocción de alimentos y calentamiento de agua para la ducha. Hoy en día el disponible es menos de una bombona popular al mes de 8.8 kg de GLP por familia mensual. Según Pérez, en términos de cobertura, la demanda doméstica está satisfecha apenas en 49%.
Esta caída en la disponibilidad se traduce en pérdida de calidad de vida, ya que ha obligado a millones de familias venezolanas a cambiar sus hábitos de consumo de GLP y a migrar a otros medios de cocción y calentamiento.
La leña como última opción
La situación de Jesús Millán representa la cara más dura de la escasez de gas doméstico en Venezuela. Vive en Cariaco, estado Sucre, al oriente del país.
En la entidad, según Millán, la escasez de gas es más “grave” que las fallas eléctricas que viven a diario.
Jesús Millán narró que el gas en su comunidad puede tardar hasta tres meses en llegar. Afirmó que cocinar con leña se ha vuelto cotidiano no solo en su casa, sino también en todo el estado.
“Aquí la situación con el gas es peor que las fallas que tenemos con la luz. Hemos durado hasta tres meses sin que llegue la bombona. Nosotros estamos mucho peor porque ni siquiera podemos hacer uso de la cocina eléctrica porque casi todos los días se nos va la luz hasta seis horas seguidas”, dijo.
En el primer semestre de 2026 se produjeron 13 protestas asociadas a la distribución irregular de gas doméstico, según el monitoreo que realiza el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS).
De acuerdo con la ONG, las protestas se llevaron a cabo mayormente en zonas rurales y poblaciones alejadas de los principales centros urbanos.
Según los registros del OVCS, el año con más protestas documentadas por la escasez de gas fue en 2020. La pandemia, la escasez de combustible y el colapso de los servicios públicos fueron el combustible para que en todo el país se produjeran 5.905 protestas, siendo este el servicio más requerido por los ciudadanos incluso por encima del agua y la luz.
En los años siguientes, la protestas se redujeron drásticamente: en 2021 se registraron 499 protestas, en 2022 fueron 169, en 2023 apenas 66 y en 2024 solo 41. Esto, según el OVCS no respondió a una mejora en el servicio, sino a una “normalización de la crisis” y a la “resignación ciudadana”.
Las historias de Yeimilit Reyna, Angélica Rivas y Jesús Millán revelan que la situación con el gas doméstico en Venezuela es un problema estructural que traspasa fronteras afectando principalmente a las zonas populares y rurales.
La falta de gas directo, la dependencia de los consejos comunales y el uso obligado de la leña son expresiones distintas de un mismo colapso estructural que hoy define cómo se cocina —y cómo se vive— en Venezuela.
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