

“Estamos buscando manos que puedan contribuir”, con la producción de cojines para personas en La Guaira, donde más de 17 mil personas perdieron sus hogares, —según cifras oficiales—. Ese fue el mensaje de Gabriel Santana, fundador de Taller Neo, que circuló en redes sociales desde el 30 de junio, seis días después del doble terremoto en Venezuela.
El vídeo apareció en el celular de Katiuska Paredes, de 52 años de edad, quien vive en el 23 de Enero, al oeste de Caracas. También llegó hasta Zulimar Villanueva, de 63 años de edad, de La Urbina, al otro lado de la ciudad. Ambas son docentes de profesión, pero ninguna ejerce. Zulimar ya está jubilada y para Katiuska la docencia es una de las profesiones peor pagadas en Venezuela. Las dos también viven solas y sus hijos forman parte de la emigración venezolana de la última década, además, cada una transita un duelo propio por la pérdida de familiares.

La tragedia provocó que Katiuska y Zulimas, cada una desde su comunidad, se preguntaran dónde y cómo ayudar. El reciclaje siempre ha sido parte de sus vidas. A las dos les gusta darle un segundo uso a los objetos, así que la idea de ayudar a través de la elaboración de cojines hechos a partir de desechos textiles resonó con sus formas de vida.
Katiuska vio el vídeo y de una vez le escribió un mensaje directo a Gabriel, pero no hubo respuesta. Eso no la desmotivó y acudió por su cuenta aunque tardó más de dos horas en llegar al taller. Zulimar, pasó varias semanas sin salir de casa tras los terremotos. Estaba muy nerviosa y asustada, pero al ver el video, llamó a su a su hija en España, una joven que ya conocía los productos reciclados de Taller Neo, para que le explicara cómo llegar al taller.

Meses después, ambas son parte del grupo de WhatsApp 20 con fe, donde hay 21 personas, la mayoría son mujeres. Todas se conocieron elaborando cojines con desechos textiles en Taller Neo, un emprendimiento de reciclaje en Caracas.
Esos primeros días trabajaban en el patio del lugar. Con calor, pero también bajo la sombra de los árboles y rodeadas de más de 50 personas que solían acudir todos los días, cada una ocupada con una función.
La conexión nos lleva a la solidaridad
La vida tras los terremotos es diferente. Las autoridades hablan de más de 23 mil personas que ahora viven en al menos 107 refugios. Gabriel, en compañía del voluntariado, ha ido a varios de estos espacios en La Guaira. Llevan los “cojines de fe”, pero también dan charlas sobre reciclaje y reinvención. Sin embargo, la mayoría de la producción ha sido trasladada gracias a otros voluntarios y voluntarias que se comprometen a transportar y entregar los cojines a quienes lo necesiten.
Tres meses después, el voluntariado se convirtió en más que una forma de colaborar con La Guaira con cojines que puedan dar un mínimo de comodidad a quienes los reciben, ya son casi 6000 piezas donadas y más de 170 camas para mascotas. La meta es llegar a los 10.000 cojines con fe.

Para Zulimar y Katiuska y el resto de sus compañeras, este espacio les ha permitido conocer “personas maravillosas”, que ahora llaman “amigas”, mientras aprenden de costura y practican la solidaridad.
“Las que tenemos dos meses aquí hemos logrado hacer una fraternidad, somos más que compañeras de voluntariado (…) Me siento bendecida de estar aquí”, dice Zulimar.
“Adapté mi vida al taller. Yo, por lo general soy feliz, pero aquí lo soy más”, cuenta Katiuska.
Mirla Pérez, doctora en ciencias sociales y licenciada en trabajo social, explica que “cuando una sociedad se vincula y se solidariza es capaz de ver al otro y las acciones que se van haciendo como ciudadanos no son aisladas sino acciones conexas que construyen sociedades más fuertes”.
Espacio de comunidad
Los jueves o viernes ahora son días de compartir entre ellas algún pasapalo, dulce o bebida que lleven mientras conversan sobre sus vidas o sobre los recuerdos que han creado dentro del voluntariado, como cuando Gabriel le regaló a Katiuska una figura de la Divina Pastora hecha por Taller Neo con plástico reciclado.
El vínculo de compañeras de voluntariado ha trascendido las redes sociales. Por allí se preguntan cómo están, cómo siguen de salud cuando alguien está convaleciente o se felicitan si ocurrió un acontecimiento importante para alguna. El nombre del grupo tiene relación con los 20 cojines que empacan por bolsa y “fe” es la palabra que subliman en cada cojín. “Allí van 20 con fe”, fue la frase que dijeron cuando salió el primer cargamento con la palabra, detalle que surgió luego de una donación de dos máquinas de sublimación que recibió el taller para ayudar en la emergencia.

“El ambiente es muy agradable, yo llego todos los días y digo ‘buenos días, familia, ¿cómo están?’”, dice Katiuska. Es de las primeras en llegar. Apenas pisa el taller se pone su delantal y ayuda en lo que haga falta: ordenar el espacio, limpiar, recibir a alguna nueva voluntaria o simplemente llenar lotes de cojines. Su presencia constante le ha hecho ganarse la distinción de la “jefa” del voluntariado por parte de sus compañeras.
“Hemos hecho una gran amistad. He aprendido mucho a compartir con mis compañeras a pesar de que somos de distintos estratos sociales, distintas profesiones y distintos puntos de vista”, dice Katiuska.
Elizabeth Rojas Pernía, licenciada en filosofía y psicoterapeuta de orientación junguiana detalla que, a escala individual, “la ayuda a otros que sufren, o la empatía en acción, produce recompensas biológicas y psicológicas mediante la liberación de oxitocina y endorfinas que generan bienestar, que pueden reducir la ansiedad y la depresión poscrisis. Involucrarse en resolver problemas prácticos puede reducir la rumiación (pensar obsesivamente) sobre pérdidas y problemas propios”.
Aprender mientras ayuda
El primer día de voluntariado de Zulimar se dedicó a cortar tela. Con el tiempo, aprendió los conocimientos de las mujeres que se encargaban de coser los cojines y ahora es parte del grupo. Ya sabe manejar la máquina de coser y lo hace en forma recta.
Aprender a coser solía ser una tarea pendiente en su vida. Ha sido tanta su emoción de cumplir una pequeña meta que destinó parte de sus ahorros a adquirir una máquina propia. Ese “gusanito creador” que siempre ha llevado dentro despertó y ahora tiene en mente varios proyectos personales de costura con los que quiere emprender.
Por las tardes, cuando regresa a casa del taller, se dedica a practicar. Hasta el momento ha creado un tote bag y un estuche. “Dios nos ha permitido aprender e ir creciendo dentro del taller”.
Taller Neo tres meses después
“Seguimos viendo como todos los días vienen voluntarias aquí al taller con sus manos a transformar el desecho textil en cojines”, cuenta Gabriel, un emprendedor de 30 años que encontró en el reciclaje una forma de reinventar su propósito de vida.
Más que alcanzar un número de cojines, ahora el reto más importante de Gabriel es mantener el voluntariado y que este grupo de voluntarias siga contando con un espacio para ayudar ante una emergencia que no ha terminado, pero también para seguir formando comunidad.

“Hemos encontrado aquí un espacio para ser útiles. Un espacio para hacer comunidad, crear, y también para dejar los problemas en casa y venir aquí a compartir y conversar”, cuenta.
Cuando Gabriel cumplió 30 años, las voluntarias lo felicitaron, le llevaron algún detalle, le regalaron una torta y le cantaron el cumpleaños desde el patio del taller. “A veces me siento inmerecido de tanto cariño”, dice el joven que algún momento soñó con ser alcalde pero que encontró en el reciclaje un nuevo propósito de vida.
Mirta Pérez considera que en los países pueden existir fallas del Estado que llevan a las sociedades a sostenerse y “tenerse solo a sí mismas”, a través de las redes de solidaridad y de protección que se hayan creado entre ciudadanos. “En las emergencias estas redes cobran mayor relevancia”.
Después del doblete sísmico más de 400 personas han asistido al taller, y más las distintas colaboraciones que han recibido, suman más de 850 voluntades. No importó el tiempo que cada persona pudo asistir, solo la motivación y cómo pudo ayudar. Hubo quienes, como Katiuska y Zulimar, se quedaron a hacer comunidad y siguen. Al menos 20 mujeres se mantienen recurrentes y, a pesar del tiempo transcurrido, hay días que se suman nuevas voluntades a las “20 con fe”.
Alianzas Cívicas: Bitácora de la solidaridad es un espacio para la comunicación y memoria de cómo las empresas contribuyeron en la reconstrucción con sentido y propósito.






