Un académico hebreo, profesor de historia de la Universidad de Jerusalem, Yuval Noah Harari, tiene una frase que merece cuidado: “Para organizar una revolución, nunca basta con los números’’. Las revoluciones, dice, las hacen pequeñas “redes de agitadores y no las masas’’.
Su argumentación apela a la Revolución Rusa: unos comunistas entendieron lo que debÃan hacer para cambiar la historia. Y lo hicieron. Para Harari lo importante no es cuánta gente lo apoya a uno, sino ¿cuántos de los que me dan su apoyo son capaces de colaborar para que cambien las cosas? ¿Remenber “Vamos a Miraflores’’?
Hay un dato que sorprende: en 1917 el partido comunista ruso tenÃa 23.000 miembros. Estaban organizados. Y lograron que un paÃs de 180 millones de campesinos se sacudiera el poder del Zar. La chispa se encendió en 1917 y no se fueron hasta 1989. Ocho décadas infames, terribles, devastadoras, criminales… Abandonaron el poder cuando dejaron de estar organizados.
Uno de los que partió, trágicamente, fue Ceaucescu. El 21 de diciembre de 1989 organizó una manifestación de apoyo a su gobierno en Bucarest. 80.000 personas. Ya la Unión Soviética le habÃa quitado su apoyo a los paÃses comunistas de del Este, el Muro de BerlÃn eran unas piedras y en cinco paÃses habÃa revueltas irreversibles. Ceaucescu querÃa demostrar que aún lo querÃan.
Apeló a unas de esas cadenas fastidosas. Se puede ver en You Tube. Ceaucescu empezó una frase y no la pudo terminar. El público lo abucheó. Hay discusión sobre quién fue el primero, pero ahà está registrado. Veinte millones de habitantes habÃan obedecido desde 1965. Bastó un segundo y aquel tirano se vino abajo.
Hasta ese momento la dictadura rumana habÃa garantizado tres situaciones estratégicas: que comunistas leales permanecieran en posiciones claves en el ejercito, los sindicatos y las asociaciones deportivas; que se descabezara cualquier organización polÃtica, económica y social que hiciera oposición; que contaran con el apoyo de partidos comunistas cercanos.
Lo dramático es que 20 millones de habitantes no lograron articular una oposición. Cuando las tres patas del poder se vinieron abajo, no habÃa organización que pudiera hacerse cargo del cambio que se avencinaba. Algo lamentable.
¿Quiénes tomaron el poder? El Frente de Salvación Nacional, disfraz de los comunistas moderados. Estaban organizados. HabÃan sido camaradas. Entendieron el viento de cambio y no quisieron inmolarse.
¿Qué hicieron? Privatizaron todo. Compraron barato. Se volvieron millonarios. Se metieron el paÃs en el bolsillo. El lider de ese movimiento en la sombra era nada menos que Ion Iliescu, que habÃa sido jefe del departamento de propaganda del partido. Un pragmático que supo adaptarse.
Las masas que se jugaron la vida en Bucarest y Timisoara recibieron monedas. Estaban desarticuladas. No crearon una organización opositora. Cómo lo refirió El PaÃs, “El Frente de Salvación Nacional tiene una ambigüedad: ha servido para encauzar el retorno a la libertad y, a la vez, para proteger a los viejos dirigentes comunistas’’.
¿Cual fue la clave de la tragedia rumana? La incapacidad de los partidos que intentaban efrentarse al tirano, con figuras deslucidas, más preocupados en disputas personales que en buscar una alternativa real de cambio. No hubo organización. No hubo foco. No se prepararon.
Muchas de estas ideas, expuestas en un libro excepcional, Homo Deus (Debate, 2016), le sirven a Yuval Noah Harari para destacar la importancia de la cooperación. Triunfan quienes cooperan. Y quienes le enseñan a los demás que de manera aislada y desorganizada sólo le hacen un favor a los que quieren quedarse en el poder para siempre.




