En la morgue se mezcla certeza de la muerte e incertidumbre de los desaparecidos

-Hola David*, que fuerte todo lo que pasó ¿Estás bien? qué horrible todo esto, te mando un abrazo. 

-Si Camila*, gracias a Dios todos bien, un susto fuerte, pudimos salir del edificio, estamos afuera por las réplicas .

-¿Y el resto de tu familia?

-Todos bien, gracias a Dios.

-Qué bueno, me alegro, mira, me da pena pedirte algo en este momento, pero no tengo a más nadie a quien recurrir.

-Vale, dime.

-Mi papá vive solo en un edificio de Caraballeda y estamos tratando de comunicarnos con él y no responde, estamos desesperados.

Esa fue una de las miles de conversaciones que se generaron luego de los dos terremotos que sacudieron a Venezuela el pasado 24 de junio y que causaron más de un millar de muertos, centenas de heridos y miles de desaparecidos, además de daños materiales incalculables, según cifras oficiales hasta este sábado 27 de junio.

Camila es venezolana, pero vive en el extranjero, al igual que sus hermanos desperdigados por el resto del mundo, como consecuencia de la crisis política y económica que padece Venezuela desde al menos 2013, con la llegada al poder del hoy encarcelado en los Estados Unidos, Nicolás Maduro.  

Juan*, el padre de Camila había decidido regresar solo a Venezuela luego de la muerte de su esposa en México. Esa tarde estaba disfrutando de un día feriado en Venezuela a propósito de la Batalla de Carabobo. No sabía que su destino y el de miles tomaría un vuelco inesperado en poco más de 40 segundos. 

Ante la desaparición de Juan, un grupo de amigos de Camila y sus hermanos en Venezuela se activaron para dar con el paradero del septuagenario. 

David se ofreció para ir a la morgue Bello Monte en Caracas al día siguiente del movimiento telúrico. A medida que se acercaba al Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf),  la aglomeración de vehículos y gente se acentuaba.

Conos con efectivos del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin), funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y de la Dirección General de Contrainteligencia  Militar (Dgcim) acordonaron la morgue. Adentro, en una carpa, personal de Senamecf, hacía dos preguntas a quienes llegaban a buscar a sus familiares: ¿Está desaparecido o murió?, ¿La Guaira o Caracas?

Según la respuesta de cada quien, lo colocaban en un fila.  Después una hora de espera, a David lo pasaron con una funcionaria de la morgue que revisó en un libro nombres y cédulas de identidad. Algunos no tenían identificación alguna. Juan, el papá de su amiga, no estaba en ese libro. Paso seguido, esperó otro lapso donde la misma empleada pública le enseñó junto a otro grupo de personas fotos de cadáveres rescatados en La Guaira. A todos les advertía repetidamente: “guarden los teléfonos, aquí no se puede tomar fotos”.

A medida que pasaban las imágenes el corazón latía más. Las lágrimas, nervios, ansiedad y náuseas se empezaron a juntar. Algunos cadáveres lucían irreconocibles, quemados, con laceraciones profundas, politrautamistos y sangre.

-David: Ya va, detén esa foto para verla. 

-Funcionaria: Tranquilo, no hay apuro.

-David: Se parece, pero no estoy seguro, no me suena esa barba.

-Funcionaria: Tenía algo que le caracterizaba en el cuerpo ¿Un tatuaje o una cicatriz?

-David: Si, de hecho le amputaron un dedo del pie izquierdo porque es diabético.  

-Funcionaria: OK, déjame bajar a la cava a ver, esperame sentado aquí.

Mientras la funcionaria se refería a Juan en pasado, David hacía hincapié en usar verbos en presente. A David la espera se le hizo eterna, sintió lo mismo que cuando un paciente espera por el resultado de una biopsia.

Ya el hedor a muerte estaba completamente posesionado de la morgue. 45 minutos después,  la funcionaria volvió con un anatomopatólogo. El corazón de David se volvió a acelerar. “No hay cadáveres con dedos amputados allá abajo”.

Como a Matt Damon le tuvieron que repetir  varias veces en la película “Contagio”  que Gwyneth Paltrow estaba muerta, a David le reiteraron en varias oportunidades que Juan no lo estaba y que su estatus seguía siendo desaparecido. David salió de la morgue oliendo a muerte, pero con la esperanza de encontrar a Juan vivo. 

Agarró el teléfono e inmediatamente le escribió a Camila: un simple “No está aquí”, un texto que fue reenviado decenas de veces a familiares de Juan en el mundo.

Cientos de historias, el mismo final 

José Nogal estaba cenando con su mamá Gisela Escalona de 63 años en su casa de tres plantas en El Junquito, cuando todo empezó a estremecerse y desplomarse. 

“Nuestra vivienda quedó completamente tapiada, mi mamá no pudo salir a tiempo. Yo  tuve la fortuna de que quedé bajo una viga y  pude excavar hasta que unos vecinos me ayudaron a salir, prácticamente estaba bajo tierra”, narró Nogal. 

Mientras que José Balbi murió en el acto luego de que el edificio donde vivía en La Guaira colapsara por completo, según contó su madre, Mariela Marrero en la morgue.

Marrero dijo que a un hombre en el edificio donde estaba su hijo mayor pudieron haberlo sacado con vida, pero la ayuda tardó y murió asfixiado. 

“Cuando pasaron los terremotos, nos fuimos inmediatamente a La Guaira porque tuvimos un presentimiento, tuvimos que buscar nuestras propias herramientas y entre nosotros mismos lo sacamos”, dijo Marrero, cuyo hijo era marino mercante.

Nogal agregó que, sin maquinarias es imposible recuperar los cuerpos que quedaron tapiados en El Junquito.

“Los funcionarios tienen la vocación de ayudar, pero no cuentan con las herramientas necesarias para enfrentar una catástrofe como esta, la devastación fue abrumadora”, lamentó. 

El hombre se pregunta si su mamá hubiese sobrevivido si las autoridades hubiesen actuado con celeridad: “Creo que la probabilidad de salvar algunas vidas hubiese aumentado, sobre todo en el caso de los adultos mayores y los niños”.

Relató también que fue testigo de un niño que pudo escapar del colapso de su casa, pero en la calle un poste de luz se cayó y lo aplastó. “El riesgo era inminente, cayeron cables eléctricos por todos lados”, recordó.

Enylson González también expresó que si tal vez los bomberos hubiesen llegado más temprano al edificio Rita Mar Palace, de Caraballeda, y además con implementos adecuados, su tía María Elena Moreno Méndez quizás estaría herida y no muerta.

“El auxilio llegó de madrugada, mi tía sufría de asma y el polvo la hizo morir asfixiada”, precisó. 

José Parada, cuñado de Moreno Méndez, denunció además que los policías llegaron a robarse los enseres de los apartamentos que quedaron destruidos y no en ánimos de colaboración: “No puede ser, es insólito que quienes deben ayudarte, estén pendientes de robar”. 

¿Superior a la pandemia?

José Itriago, trabajador de la Funeraria San Miguel, que estaba en la morgue de Bello Monte, considera que las muertes de los dos terremotos que sacudieron Venezuela superarán a los de la pandemia del coronavirus de 2019.

De acuerdo con cifras oficiales del entonces gobierno de Maduro, murieron 5856 personas, aunque el total acumulado a lo largo de la emergencia sanitaria no se conoce con certeza, algunas organizaciones independientes calculan que existe un subregistro y pudo ser significativamente mayor. 

“En 12 años que tengo trabajando en la empresa funeraria jamás había visto algo así, esto es una carroza tras otra y siguen subiendo cuerpos, especialmente de La Guaira. Esta gente aquí en la morgue está sobrepasada, tienen una tecnología antigua, este país no está preparado para un evento así, esta nación es un colapso”, opinó. 

En la morgue había un experto forense de Brasil que prefirió no dar su nombre. “Vinimos alrededor de 18 personas, todos somos voluntarios, esto sinceramente es una catástrofe grande, pero estoy seguro que saldrán adelante”.  

Estudiantes, comerciantes y hasta adolecentes ayudan 

“Lo más impactante que he visto es a la propia gente trayendo a los muertos de La Guaira en carros particulares”, dijo Camila Rodríguez, estudiante del último trimestre de Psicología de la Universidad Metropolitana (Unimet), quien desde el jueves 25 de junio se fue a la sede del Senamecf en Bello Monte con otros compañeros a ofrecer ayuda voluntaria.  

“Vimos que nadie estaba ayudando lo suficiente y decidimos venir, en este momento tenemos que estar unidos”, consideró la estudiante, al tiempo que agregó que han dotado de comida, agua, café e hidratación a más de 500 personas. 

Rodríguez informó que no solo ofrecen servicios en la morgue,  sino en distintos hospitales de Caracas como el Hospital Domingo Luciani de El Llanito y el Clínico Universitario de la UCV.

La universitaria indicó también que la Unimet está ofreciendo terapia psicológica gratuita las 24 horas a quienes la requieran.

“En medio de todo, nos hemos encontrado con una solidaridad tremenda, le hemos dado comida a los trabajadores de la morgue a gente del Cicpc que no tienen insumos, han estado todo el día aquí, nosotros vamos a seguir aquí hasta que sea necesario”, manifestó.

Rosiris Suárez decidió no abrir su negocio este viernes 26 de junio y, junto a su familia más un grupo de empleados,  hicieron comida para repartir a la gente necesitada.  

“Trajimos almuerzos, arepas e hidratación. Aquí he conseguido gente que no quiere comer porque están tristes, pero que pasa todo el día aquí, estos son los momentos en los que tenemos que unirnos. Nosotros somos 15 personas que pensamos ir también al Junquito y a San Bernardino”, especificó.

Con apenas 14 años, Kevin Bello junto a otros “chamos” de su edad cargaba un bulto de agua mineral y repartieron botellas en las adyacencias de la plaza contigua a la morgue.    

“Somos de la parroquia San Pablo Apóstol, de Colinas de Bello Monte y lo que queremos es ayudar, todos somos hijos de Dios”, dijo el adolescente.  

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país 

El pasado 24 de junio no se conmemoró la Batalla de Carabobo, sino la batalla por la supervivencia. A partir de ese día, en la sede del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses en Bello Monte una aglomeración inédita de personas buscando a sus familiares es una constante indeseable
La morgue de Bello Monte desbordada de gente buscando a sus afectos
/
redacción runrunes
TelegramWhatsAppFacebookX

-Hola David*, que fuerte todo lo que pasó ¿Estás bien? qué horrible todo esto, te mando un abrazo. 

-Si Camila*, gracias a Dios todos bien, un susto fuerte, pudimos salir del edificio, estamos afuera por las réplicas .

-¿Y el resto de tu familia?

-Todos bien, gracias a Dios.

-Qué bueno, me alegro, mira, me da pena pedirte algo en este momento, pero no tengo a más nadie a quien recurrir.

-Vale, dime.

-Mi papá vive solo en un edificio de Caraballeda y estamos tratando de comunicarnos con él y no responde, estamos desesperados.

Esa fue una de las miles de conversaciones que se generaron luego de los dos terremotos que sacudieron a Venezuela el pasado 24 de junio y que causaron más de un millar de muertos, centenas de heridos y miles de desaparecidos, además de daños materiales incalculables, según cifras oficiales hasta este sábado 27 de junio.

Camila es venezolana, pero vive en el extranjero, al igual que sus hermanos desperdigados por el resto del mundo, como consecuencia de la crisis política y económica que padece Venezuela desde al menos 2013, con la llegada al poder del hoy encarcelado en los Estados Unidos, Nicolás Maduro.  

Juan*, el padre de Camila había decidido regresar solo a Venezuela luego de la muerte de su esposa en México. Esa tarde estaba disfrutando de un día feriado en Venezuela a propósito de la Batalla de Carabobo. No sabía que su destino y el de miles tomaría un vuelco inesperado en poco más de 40 segundos. 

Ante la desaparición de Juan, un grupo de amigos de Camila y sus hermanos en Venezuela se activaron para dar con el paradero del septuagenario. 

David se ofreció para ir a la morgue Bello Monte en Caracas al día siguiente del movimiento telúrico. A medida que se acercaba al Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf),  la aglomeración de vehículos y gente se acentuaba.

Conos con efectivos del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin), funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y de la Dirección General de Contrainteligencia  Militar (Dgcim) acordonaron la morgue. Adentro, en una carpa, personal de Senamecf, hacía dos preguntas a quienes llegaban a buscar a sus familiares: ¿Está desaparecido o murió?, ¿La Guaira o Caracas?

Según la respuesta de cada quien, lo colocaban en un fila.  Después una hora de espera, a David lo pasaron con una funcionaria de la morgue que revisó en un libro nombres y cédulas de identidad. Algunos no tenían identificación alguna. Juan, el papá de su amiga, no estaba en ese libro. Paso seguido, esperó otro lapso donde la misma empleada pública le enseñó junto a otro grupo de personas fotos de cadáveres rescatados en La Guaira. A todos les advertía repetidamente: “guarden los teléfonos, aquí no se puede tomar fotos”.

A medida que pasaban las imágenes el corazón latía más. Las lágrimas, nervios, ansiedad y náuseas se empezaron a juntar. Algunos cadáveres lucían irreconocibles, quemados, con laceraciones profundas, politrautamistos y sangre.

-David: Ya va, detén esa foto para verla. 

-Funcionaria: Tranquilo, no hay apuro.

-David: Se parece, pero no estoy seguro, no me suena esa barba.

-Funcionaria: Tenía algo que le caracterizaba en el cuerpo ¿Un tatuaje o una cicatriz?

-David: Si, de hecho le amputaron un dedo del pie izquierdo porque es diabético.  

-Funcionaria: OK, déjame bajar a la cava a ver, esperame sentado aquí.

Mientras la funcionaria se refería a Juan en pasado, David hacía hincapié en usar verbos en presente. A David la espera se le hizo eterna, sintió lo mismo que cuando un paciente espera por el resultado de una biopsia.

Ya el hedor a muerte estaba completamente posesionado de la morgue. 45 minutos después,  la funcionaria volvió con un anatomopatólogo. El corazón de David se volvió a acelerar. “No hay cadáveres con dedos amputados allá abajo”.

Como a Matt Damon le tuvieron que repetir  varias veces en la película “Contagio”  que Gwyneth Paltrow estaba muerta, a David le reiteraron en varias oportunidades que Juan no lo estaba y que su estatus seguía siendo desaparecido. David salió de la morgue oliendo a muerte, pero con la esperanza de encontrar a Juan vivo. 

Agarró el teléfono e inmediatamente le escribió a Camila: un simple “No está aquí”, un texto que fue reenviado decenas de veces a familiares de Juan en el mundo.

Cientos de historias, el mismo final 

José Nogal estaba cenando con su mamá Gisela Escalona de 63 años en su casa de tres plantas en El Junquito, cuando todo empezó a estremecerse y desplomarse. 

“Nuestra vivienda quedó completamente tapiada, mi mamá no pudo salir a tiempo. Yo  tuve la fortuna de que quedé bajo una viga y  pude excavar hasta que unos vecinos me ayudaron a salir, prácticamente estaba bajo tierra”, narró Nogal. 

Mientras que José Balbi murió en el acto luego de que el edificio donde vivía en La Guaira colapsara por completo, según contó su madre, Mariela Marrero en la morgue.

Marrero dijo que a un hombre en el edificio donde estaba su hijo mayor pudieron haberlo sacado con vida, pero la ayuda tardó y murió asfixiado. 

“Cuando pasaron los terremotos, nos fuimos inmediatamente a La Guaira porque tuvimos un presentimiento, tuvimos que buscar nuestras propias herramientas y entre nosotros mismos lo sacamos”, dijo Marrero, cuyo hijo era marino mercante.

Nogal agregó que, sin maquinarias es imposible recuperar los cuerpos que quedaron tapiados en El Junquito.

“Los funcionarios tienen la vocación de ayudar, pero no cuentan con las herramientas necesarias para enfrentar una catástrofe como esta, la devastación fue abrumadora”, lamentó. 

El hombre se pregunta si su mamá hubiese sobrevivido si las autoridades hubiesen actuado con celeridad: “Creo que la probabilidad de salvar algunas vidas hubiese aumentado, sobre todo en el caso de los adultos mayores y los niños”.

Relató también que fue testigo de un niño que pudo escapar del colapso de su casa, pero en la calle un poste de luz se cayó y lo aplastó. “El riesgo era inminente, cayeron cables eléctricos por todos lados”, recordó.

Enylson González también expresó que si tal vez los bomberos hubiesen llegado más temprano al edificio Rita Mar Palace, de Caraballeda, y además con implementos adecuados, su tía María Elena Moreno Méndez quizás estaría herida y no muerta.

“El auxilio llegó de madrugada, mi tía sufría de asma y el polvo la hizo morir asfixiada”, precisó. 

José Parada, cuñado de Moreno Méndez, denunció además que los policías llegaron a robarse los enseres de los apartamentos que quedaron destruidos y no en ánimos de colaboración: “No puede ser, es insólito que quienes deben ayudarte, estén pendientes de robar”. 

¿Superior a la pandemia?

José Itriago, trabajador de la Funeraria San Miguel, que estaba en la morgue de Bello Monte, considera que las muertes de los dos terremotos que sacudieron Venezuela superarán a los de la pandemia del coronavirus de 2019.

De acuerdo con cifras oficiales del entonces gobierno de Maduro, murieron 5856 personas, aunque el total acumulado a lo largo de la emergencia sanitaria no se conoce con certeza, algunas organizaciones independientes calculan que existe un subregistro y pudo ser significativamente mayor. 

“En 12 años que tengo trabajando en la empresa funeraria jamás había visto algo así, esto es una carroza tras otra y siguen subiendo cuerpos, especialmente de La Guaira. Esta gente aquí en la morgue está sobrepasada, tienen una tecnología antigua, este país no está preparado para un evento así, esta nación es un colapso”, opinó. 

En la morgue había un experto forense de Brasil que prefirió no dar su nombre. “Vinimos alrededor de 18 personas, todos somos voluntarios, esto sinceramente es una catástrofe grande, pero estoy seguro que saldrán adelante”.  

Estudiantes, comerciantes y hasta adolecentes ayudan 

“Lo más impactante que he visto es a la propia gente trayendo a los muertos de La Guaira en carros particulares”, dijo Camila Rodríguez, estudiante del último trimestre de Psicología de la Universidad Metropolitana (Unimet), quien desde el jueves 25 de junio se fue a la sede del Senamecf en Bello Monte con otros compañeros a ofrecer ayuda voluntaria.  

“Vimos que nadie estaba ayudando lo suficiente y decidimos venir, en este momento tenemos que estar unidos”, consideró la estudiante, al tiempo que agregó que han dotado de comida, agua, café e hidratación a más de 500 personas. 

Rodríguez informó que no solo ofrecen servicios en la morgue,  sino en distintos hospitales de Caracas como el Hospital Domingo Luciani de El Llanito y el Clínico Universitario de la UCV.

La universitaria indicó también que la Unimet está ofreciendo terapia psicológica gratuita las 24 horas a quienes la requieran.

“En medio de todo, nos hemos encontrado con una solidaridad tremenda, le hemos dado comida a los trabajadores de la morgue a gente del Cicpc que no tienen insumos, han estado todo el día aquí, nosotros vamos a seguir aquí hasta que sea necesario”, manifestó.

Rosiris Suárez decidió no abrir su negocio este viernes 26 de junio y, junto a su familia más un grupo de empleados,  hicieron comida para repartir a la gente necesitada.  

“Trajimos almuerzos, arepas e hidratación. Aquí he conseguido gente que no quiere comer porque están tristes, pero que pasa todo el día aquí, estos son los momentos en los que tenemos que unirnos. Nosotros somos 15 personas que pensamos ir también al Junquito y a San Bernardino”, especificó.

Con apenas 14 años, Kevin Bello junto a otros “chamos” de su edad cargaba un bulto de agua mineral y repartieron botellas en las adyacencias de la plaza contigua a la morgue.    

“Somos de la parroquia San Pablo Apóstol, de Colinas de Bello Monte y lo que queremos es ayudar, todos somos hijos de Dios”, dijo el adolescente.  

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país 

Todavia hay más
Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.