Las repercusiones económicas y sociales de un terremoto no concluyen cuando cesan las réplicas. Para los sectores urbanos más vulnerables, el impacto estructural se desplaza rápidamente de las grietas en el concreto a las finanzas del hogar y a la gestión del riesgo cotidiano, transformando la supervivencia en un complejo cálculo de costos sanitarios, pérdida de estabilidad laboral e incertidumbre habitacional.
En el refugio transitorio instalado en las inmediaciones del Museo de la Estampa y del Diseño Carlos Cruz-Diez, en la avenida Bolívar de Caracas, la vida cotidiana transcurre bajo una evidente precariedad donde las necesidades básicas quedan desatendidas. Quienes allí pernoctan habitan en carpas y toldos improvisados; aunque algunas familias lograron instalar camas, la mayoría duerme directamente en el suelo de las carpas.

El entorno impone un constante desgaste físico: las jornadas transcurren entre el calor sofocante del día y las plagas de zancudos durante la noche, en un espacio donde solo unos pocos cuentan con ventiladores para amortiguar las altas temperaturas. Cuando llueve, la rutina se interrumpe para vaciar constantemente el agua acumulada en las lonas de los toldos y evitar que cedan ante el peso. Frente a este panorama, la cohesión comunitaria se ha vuelto vital: entre vecinos se cuidan y comparten los pocos recursos de los que disponen.

En este espacio permanece una familia de 15 integrantes que, hasta el evento telúrico, habitaba en el complejo Misión Vivienda Los 5 Héroes Cubanos, ubicado en el sector La Hoyada (parroquia Santa Teresa) del centro de Caracas. Tras el desalojo ordenado por los daños en la edificación, el grupo familiar afronta el desplazamiento en este campamento bajo una dinámica económica de extrema rigidez.

El sustento del hogar depende casi exclusivamente de las asignaciones estatales correspondientes a pensiones y bonos de protección social, un flujo de recursos que resulta insuficiente frente a las exigencias médicas derivadas del confinamiento y de condiciones de salud preexistentes.
Las implicaciones financieras de esta contingencia se evidencian en los requerimientos de salud de los propios residentes. Jesús Mundarai (54), quien previo al sismo trabajaba como cuidador informal de vehículos en la avenida Bolívar —una actividad adaptada a su limitada capacidad física—, enfrenta actualmente la gestión de una colostomía en un entorno desprovisto de infraestructura sanitaria idónea. Esta condición médica consiste en una intervención quirúrgica mediante la cual se realiza una abertura en el abdomen para desviar un extremo del intestino grueso hacia el exterior; esto permite expulsar las heces del cuerpo directamente hacia una bolsa recolectora especial adherida a la piel.

El mantenimiento del tratamiento, el cambio constante de bolsas y la higiene indispensable para evitar infecciones graves en un espacio cubierto únicamente por toldos y carpas exige un desembolso semanal de 20 dólares, un monto destinado estrictamente a insumos médicos que compite de forma directa con la compra de alimentos.
A esta exigencia se suma la situación de Miriam Chauran, de 64 años, quien padece un cuadro de hipertensión arterial y afecciones articulares. Su esquema farmacológico mensual para el control de la tensión y el manejo del dolor demanda aproximadamente 40 dólares. Además de la carga económica, Chauran enfrenta barreras de accesibilidad dentro del campamento: el acceso a los sanitarios y duchas exige desplazarse fuera del área de carpas y subir un piso por escaleras, un trayecto que complica la movilidad de pacientes con compromiso articular.

Retornar a casa no es una opción
A la presión financiera y médica se añade el dilema de la seguridad estructural y las condiciones para el retorno. El conjunto residencial de Misión Vivienda Los 5 Héroes Cubanos registra afectaciones severas en su interior: varias paredes cediendo o fracturadas de forma significativa, escaleras que se están desplazando progresivamente de los soportes de la pared y daños estructurales importantes en el recubrimiento de la vía del ascensor. De hecho, los apartamentos ubicados entre los pisos 1 y 6 se encuentran bajo un riesgo inminente de colapso.

Carmen Vallejo, de 67 años, relata la gravedad de estos daños en la base y estructura del inmueble. Su apartamento, ubicado en el primer piso, sufrió pérdidas materiales internas por el colapso de repisas y mesones, además de profundas grietas en la sala, el baño y las habitaciones.
La familia de Vallejo sostiene su presupuesto diario a través de bonos, la pensión y el ingreso complementario de un sueldo mínimo aportado por una de sus hijas. No obstante, su principal preocupación radica en los criterios de reubicación fijados por las autoridades.
Actualmente, obreros de la Misión Barrio Nuevo Tricolor llevan a cabo las labores de restauración en el complejo, iniciando las intervenciones a partir del nivel 7 del edificio y descendiendo progresivamente. Las directrices oficiales establecen que, a medida que concluyan los trabajos por nivel, los residentes deberán abandonar el refugio y reocupar sus viviendas.

Los vecinos, sin embargo, rechazan la medida al considerar que retornar al inmueble antes de una adecuación rigurosa de las escaleras, los pasillos y la base del edificio implica un riesgo persistente. Esta resistencia colectiva la sintetiza Chauran ante la posibilidad de una reubicación apresurada: “No podemos irnos a los apartamentos porque no están en condiciones, prefiero pasar lo que toque aquí en el refugio, que no poder estar tranquila en una estructura que uno no sabe qué vaya a pasar”.
En contraste con la evacuación de los pisos superiores, los locales comerciales de la planta baja del conjunto residencial continúan operando con normalidad a pesar de presentar grietas y daños visibles en sus paredes, en un esfuerzo de sus dueños y trabajadores por mantener a flote sus ingresos económicos.
La provisión de alimentos y agua potable en el campamento también es crítica. Aunque en los días posteriores al terremoto la llegada de donaciones de comida y agua potable era frecuente, con el paso del tiempo la ayuda ha disminuido drásticamente.

Actualmente, la alimentación depende casi en su totalidad de iniciativas independientes, iglesias y organizaciones civiles cuyas entregas suelen concretarse pasadas las 3:00 de la tarde, hora en la que las familias realizan su primera comida fuerte del día. En las jornadas donde los platos no alcanzan para todos los refugiados, la comunidad prioriza la alimentación de los niños. Como señala Vallejo al evaluar el origen del auxilio recibido en el campamento: “Aquí es el pueblo ayudando al pueblo, es de quienes hemos recibido ayuda”.
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