Zona cero, día 50: La Guaira suspendida entre el silencio y los escombros

Cincuenta días después del doblete sísmico que sacudió a Venezuela y, en especial, La Guaira, cuesta reconocer la avenida principal de Caribe: el mar dejó de ser el vibrante protagonista del camino y las edificaciones que le daban al litoral un aire citadino ya no están o quedaron inservibles. A lo largo de la vía, el azul y el verde de las playas permanecen opacados por una paleta apagada de tonos beige, tierra, grises y rojos ladrillo, que predomina en toda la zona de desastre y expone la magnitud de la tragedia. 

La entrada al estado La Guaira es un corredor completamente vigilado por funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). No hay caos ni mal olor, pero sí gigantescas e imponentes montañas de escombros y amasijos de hierro y el ruido ensordecedor de las maquinarias que aún remueven escombros desde la mañana hasta que se oculta el sol. 

En la acera contraria a la OPPPE 26 —complejo de edificaciones de la Gran Misión Vivienda Venezuela, ubicado en Caraballeda— se encuentran Eliany Camacho y Sergio Rojas, una pareja que cuida de los “malandros y ladrones” las herramientas y el espacio físico que quedó de su taller de mecánica. 

Eliany y Sergio están rodeados por montículos de escombros entrelazados con marañas de hierro y cabillas. Sentados sobre sillas improvisadas, ambos reflexionan en que lo vivido el 24 de junio “borró casi que por completo a La Guaira”.

Aunque la pareja también vivió el deslave de 1999 y la vaguada en 2010, ambos coinciden en que el doble terremoto fue “más potente y devastador” por las malas construcciones que se realizaron sobre todo en el gobierno de Hugo Chávez.

En una evaluación superficial ofrecida por Rojas, el estado La Guaira “está en su peor momento”. Para él, la entidad quedó paralizada por completo y, aunque el Gobierno ya dio la orden de recoger todos los escombros, tanto ellos como los demás habitantes, no tienen claridad sobre cómo y cuándo podrán retomar la normalidad de sus vidas.

De acuerdo con el último balance ofrecido por el Gobierno Nacional el pasado 24 de julio —a un mes del doble terremoto— 856 edificios resultaron afectados y 190 colapsaron. Un boletín más reciente ubicó la cifra de fallecidos en 6 301, mientras que la de desaparecidos sigue sin conocerse con exactitud.

Alejados de los cascotes, en carpas improvisadas, se encuentra el núcleo familiar de Yojan Hernández. Las manos y los pies de él están hinchados y con heridas por buscar durante días el cuerpo de su sobrino de ocho años. Yojan perdió las esperanzas de encontrarlo porque parte de los escombros ya los removieron.

“Ya recuperamos el cuerpo de otros siete familiares, pero el de mi sobrino no apareció. Lo buscamos incansablemente durante todos estos días, mira mis manos, me duelen, y me salió un hongo en los pies porque pasaba día y noche con los zapatos buscándolo. Estaremos aquí mientras tanto porque no queremos irnos a un refugio”, narró Hernández.

FOTO: María Gracia La Cruz

En Caraballeda el panorama es más crudo que en Caribe. Todo lo que se observa son ruinas y cordilleras de escombros de la misma paleta de colores que en Caribe. Los edificios que no se cayeron están inclinados, reducidos o fracturados. Inhabitables.

Alrededor de las ruinas de Caraballeda hay pequeñas carpas donde todavía habitan personas que guardan la esperanza de conseguir los cuerpos de sus familiares. Es el caso de Daniela Pereira, quien espera sentada junto a su núcleo familiar que los rescatistas y los miembros de Protección Civil den la señal de que encontraron un cuerpo. 

“Estamos buscando a mi cuñada. Es la única que falta por aparecer. Ella se encontraba junto a mi hermano y mi sobrino en la OPPE 33 al momento del terremoto. A ellos los pudimos rescatar después de 47 días, pero ella aún no aparece”, narró Pereira. 

Otra mujer que prefirió no ser identificada se mantiene en las carpas día y noche a la espera de que encuentren el cuerpo de su hijo de diez años. Comentó que también perdió a su madre y a su otro hijo, pero asegura que no se irá del lugar hasta hallarlo. Es la única certeza que tiene en medio del peor desastre que asegura haber vivido.  

FOTO: María Gracia La Cruz

Hacia la zona de Catia La Mar la situación es la misma: escombros, destrucción y polvo. La diferencia es que nadie busca a sus familiares por lo que la zona está más solitaria. Apenas tres comercios insisten y mantienen la esperanza de reactivar la economía, la cual se ha visto reducida en un 70-80 %, según Francisco Soto, comerciante del lugar.

En La Guaira los días transcurren con una pausa forzada. La mayoría de los habitantes pasan sus días esperando a que lleguen las donaciones, a que repartan las comidas que llevan organizaciones internacionales y que el agua vuelva a llegar por las tuberías. 

FOTO: María Gracia La Cruz

Los próximos días en la zona cero no serán distintos. Es como si el tiempo estuviera detenido: las maquinarias seguirán buscando cuerpos y removiendo escombros, mientras que comerciantes y habitantes que se niegan a abandonar La Guaira intentarán encontrar la manera de seguir adelante con sus vidas.

FOTO: María Gracia La Cruz

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

Alrededor de las ruinas de Caraballeda hay pequeñas carpas donde todavía habitan personas que guardan la esperanza de conseguir los cuerpos de sus familiares
La Guaira
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Fotos: María Gracia La Cruz
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Cincuenta días después del doblete sísmico que sacudió a Venezuela y, en especial, La Guaira, cuesta reconocer la avenida principal de Caribe: el mar dejó de ser el vibrante protagonista del camino y las edificaciones que le daban al litoral un aire citadino ya no están o quedaron inservibles. A lo largo de la vía, el azul y el verde de las playas permanecen opacados por una paleta apagada de tonos beige, tierra, grises y rojos ladrillo, que predomina en toda la zona de desastre y expone la magnitud de la tragedia. 

La entrada al estado La Guaira es un corredor completamente vigilado por funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). No hay caos ni mal olor, pero sí gigantescas e imponentes montañas de escombros y amasijos de hierro y el ruido ensordecedor de las maquinarias que aún remueven escombros desde la mañana hasta que se oculta el sol. 

En la acera contraria a la OPPPE 26 —complejo de edificaciones de la Gran Misión Vivienda Venezuela, ubicado en Caraballeda— se encuentran Eliany Camacho y Sergio Rojas, una pareja que cuida de los “malandros y ladrones” las herramientas y el espacio físico que quedó de su taller de mecánica. 

Eliany y Sergio están rodeados por montículos de escombros entrelazados con marañas de hierro y cabillas. Sentados sobre sillas improvisadas, ambos reflexionan en que lo vivido el 24 de junio “borró casi que por completo a La Guaira”.

Aunque la pareja también vivió el deslave de 1999 y la vaguada en 2010, ambos coinciden en que el doble terremoto fue “más potente y devastador” por las malas construcciones que se realizaron sobre todo en el gobierno de Hugo Chávez.

En una evaluación superficial ofrecida por Rojas, el estado La Guaira “está en su peor momento”. Para él, la entidad quedó paralizada por completo y, aunque el Gobierno ya dio la orden de recoger todos los escombros, tanto ellos como los demás habitantes, no tienen claridad sobre cómo y cuándo podrán retomar la normalidad de sus vidas.

De acuerdo con el último balance ofrecido por el Gobierno Nacional el pasado 24 de julio —a un mes del doble terremoto— 856 edificios resultaron afectados y 190 colapsaron. Un boletín más reciente ubicó la cifra de fallecidos en 6 301, mientras que la de desaparecidos sigue sin conocerse con exactitud.

Alejados de los cascotes, en carpas improvisadas, se encuentra el núcleo familiar de Yojan Hernández. Las manos y los pies de él están hinchados y con heridas por buscar durante días el cuerpo de su sobrino de ocho años. Yojan perdió las esperanzas de encontrarlo porque parte de los escombros ya los removieron.

“Ya recuperamos el cuerpo de otros siete familiares, pero el de mi sobrino no apareció. Lo buscamos incansablemente durante todos estos días, mira mis manos, me duelen, y me salió un hongo en los pies porque pasaba día y noche con los zapatos buscándolo. Estaremos aquí mientras tanto porque no queremos irnos a un refugio”, narró Hernández.

FOTO: María Gracia La Cruz

En Caraballeda el panorama es más crudo que en Caribe. Todo lo que se observa son ruinas y cordilleras de escombros de la misma paleta de colores que en Caribe. Los edificios que no se cayeron están inclinados, reducidos o fracturados. Inhabitables.

Alrededor de las ruinas de Caraballeda hay pequeñas carpas donde todavía habitan personas que guardan la esperanza de conseguir los cuerpos de sus familiares. Es el caso de Daniela Pereira, quien espera sentada junto a su núcleo familiar que los rescatistas y los miembros de Protección Civil den la señal de que encontraron un cuerpo. 

“Estamos buscando a mi cuñada. Es la única que falta por aparecer. Ella se encontraba junto a mi hermano y mi sobrino en la OPPE 33 al momento del terremoto. A ellos los pudimos rescatar después de 47 días, pero ella aún no aparece”, narró Pereira. 

Otra mujer que prefirió no ser identificada se mantiene en las carpas día y noche a la espera de que encuentren el cuerpo de su hijo de diez años. Comentó que también perdió a su madre y a su otro hijo, pero asegura que no se irá del lugar hasta hallarlo. Es la única certeza que tiene en medio del peor desastre que asegura haber vivido.  

FOTO: María Gracia La Cruz

Hacia la zona de Catia La Mar la situación es la misma: escombros, destrucción y polvo. La diferencia es que nadie busca a sus familiares por lo que la zona está más solitaria. Apenas tres comercios insisten y mantienen la esperanza de reactivar la economía, la cual se ha visto reducida en un 70-80 %, según Francisco Soto, comerciante del lugar.

En La Guaira los días transcurren con una pausa forzada. La mayoría de los habitantes pasan sus días esperando a que lleguen las donaciones, a que repartan las comidas que llevan organizaciones internacionales y que el agua vuelva a llegar por las tuberías. 

FOTO: María Gracia La Cruz

Los próximos días en la zona cero no serán distintos. Es como si el tiempo estuviera detenido: las maquinarias seguirán buscando cuerpos y removiendo escombros, mientras que comerciantes y habitantes que se niegan a abandonar La Guaira intentarán encontrar la manera de seguir adelante con sus vidas.

FOTO: María Gracia La Cruz

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa, con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes “contra el odio”, “contra el fascismo” y “contra el bloqueo”. Este contenido está siendo publicado teniendo en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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