Por Leonardo Oliva | CONNECTAS
Nueve días antes de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el gobierno de Lula Da Silva anunció que la deforestación en la Amazonía brasileña se redujo 41,8% en el último año. Es el nivel más bajo desde que comenzaron a hacer mediciones vía satélite, en 1988. La Amazonía también vota en estos comicios: Lula busca su reelección el próximo 25 de octubre mostrando logros ambientales como este, frente a un Flavio Bolsonaro que ha tratado de distanciarse del negacionismo climático de su padre expresidente.
El Observatorio del Clima de Brasil analizó los planes de gobierno de los candidatos y encontró que el de Lula incluía 16 compromisos medioambientales positivos de los 28 que consideran necesarios. El de Bolsonaro solo tenía uno.
Y antes de la COP17 sobre biodiversidad que se realiza esta semana en Armenia, Colombia, el informe de la Evaluación de la Declaración sobre los Bosques advirtió que un eventual triunfo del candidato opositor “podría tener graves implicaciones para el futuro de la Amazonía, especialmente en el contexto de las amenazas climáticas que se avecinan”.
Brasil concentra un 60% de la mayor selva tropical del mundo. Pero hay otros ocho países con territorio en la Amazonía: Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela, Ecuador y las tres Guyanas. Si gana Bolsonaro, se presentará una curiosidad política que genera alarmas: cinco de los seis mayores países amazónicos estarán gobernados por la derecha, históricamente reacia a las políticas ambientales.
La Amazonía, cerca del punto de inflexión
En efecto, Perú, Colombia, Bolivia y Ecuador tienen presidentes que incentivan el agronegocio y la minería antes que las agendas conservacionistas. Y Venezuela, con su gobierno de izquierda tutelado fuertemente por Washington, está ampliando la explotación petrolera mientras celebra nuevos acuerdos con empresas mineras.
“Estamos ante una situación muy grave ahora que la mayoría de los países amazónicos son negacionistas del cambio climático y no creen que la Amazonía está muy cerca del punto de inflexión”, analiza en diálogo con CONNECTAS Carlos Nobre, copresidente del Panel Científico por la Amazonía de Brasil.
El experto cita estudios que indican que el mayor pulmón verde del planeta podría alcanzar un estado irrecuperable en 2040. Si la Amazonía fuera deforestada por completo, las temperaturas promedio mundiales aumentarían 0,25 grados por encima del calentamiento previsto, según un estudio.
Ane Alencar, directora científica del Instituto de Investigación de la Amazonia (IPAM), también advierte de un posible retroceso a nivel de políticas ambientales. Pero cree que “es fundamental que estos países, no importa su ideología, se sienten a conversar y trazar estrategias para combatir el cambio climático”.
Evitar la pérdida de bosques reduce las emisiones derivadas de los cambios en el uso del suelo y contribuye a preservar el papel de la Amazonía como uno de los mayores depósitos de carbono del mundo, recuerdan desde el IPAM.
Qué proponen Bolsonaro y Lula para la Amazonía
Durante la presidencia de Jair Bolsonaro (padre del candidato opositor actual), la deforestación se disparó, una tendencia que su sucesor, Lula, ha revertido. Las cifras de los últimos cuatro años lo demuestran: se redujo en 71%, gracias a una combinación de fuertes sanciones económicas y una mejor tecnología de monitoreo satelital de los bosques, según coinciden los expertos.
El periodista Bram Ebaus, fundador del medio Amazon Underworld, confirma que en los últimos años los gobiernos endurecieron las restricciones contra los delitos ambientales. “No obstante, ahora esa barrera puede bajarse nuevamente”. Además, advierte que “si no hay incentivos para economías alternativas a la deforestación, las presiones sobre la Amazonía van a aumentar”. Entre esos incentivos, menciona por ejemplo el silvopastoreo, un sistema de ganadería con menor impacto ambiental porque requiere menos hectáreas para más ganado.
Pero muy poco de esto se ha discutido en la campaña electoral en Brasil. Eso quedó en evidencia en el primer debate televisivo, donde solo hubo una mención a la riqueza de los recursos naturales del país apetecidos por China y Estados Unidos.
En su plataforma electoral, Flávio Bolsonaro se compromete a lograr cero deforestación ilegal para 2029, pero sin definir los límites de esa “ilegalidad”. Además, muchos candidatos de su partido ganaron gobernaciones y bancas al Congreso con promesas de reducir las protecciones ambientales.
Por su parte, si bien Lula puede exhibir como un éxito que en su gobierno bajó la deforestación, su plataforma electoral respalda la polémica expansión de la actividad petrolera en la desembocadura del río Amazonas. También promueve pavimentar una carretera federal que atraviesa cientos de kilómetros de selva preservada.
El acecho del crimen organizado
Gane quien gane, el desafío mayor es cómo enfrentar el principal problema que tiene la Amazonía hoy: la creciente presencia del crimen organizado y las economías ilegales. “Los grupos criminales están expandiendo sus negocios, no solamente en lo relacionado con el tráfico de drogas: ahora hay todo tipo de ilegalidades, como garimpo (minería ilegal), robo, pillaje y especulación con tierras, tráfico de animales e incluso tala ilegal”, enumera Ane Alencar.
Carlos Nobre agrega otro flagelo: que agricultores y ganaderos suelen usar el fuego para despejar tierras, lo que también afecta la calidad del aire. “Hay estudios en Brasil que mostraron que decenas de miles de personas mueren por año debido a la polución por efectos del fuego en la Amazonía y también en la parte central del país, la sabana tropical. Es muy, muy grave lo que está ocurriendo ahora”.
Ante estos avances de la ilegalidad, con los riesgos ambientales que implican, los Estados suelen reaccionar mal y tarde. “Está ganando el discurso de la militarización y la mano dura (desde los gobiernos) ––dice Bram Ebaus––, frente a presupuestos cada vez menores para la conservación y la acción climática”. Es decir, más que políticas conservacionistas se impulsan acciones militares que no logran reducir el extractivismo de recursos estratégicos como el oro y los minerales críticos.
Entonces ––reclama el periodista–– se requiere de “más acción coordinada entre los gobiernos porque los delitos ambientales no conocen fronteras. El crimen organizado tampoco, y siempre está moviendo bienes, personas, dinero y productos sobre fronteras internacionales en la cuenca amazónica. Si los estados no logran cooperar sobre esas fronteras y articular esfuerzos de investigación policial, rastreo de flujos financieros y hacer operaciones bi o trinacionales, siempre las fronteras de la Amazonía van a ser usadas para burlarse de la ley”.
¿Podría una coalición de presidentes de derecha preservar la Amazonía? Parece una contradicción más que una utopía. En Ecuador, a Noboa lo acusan de “querer vender la Amazonía” para favorecer proyectos extractivistas; en Colombia, De la Espriella ha reducido a la mitad el presupuesto del Ministerio de Medioambiente; y en Perú, Keiko Fujimori rechaza el Tratado de Escazú, que empodera a los defensores ambientales. ¿Será Flavio Bolsonaro una nueva “piedra en el zapato” para la mayor reserva de bosque tropical del mundo?
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