Inteligencia artificial, ¿herramienta o amenaza?

No es un secreto que la inteligencia artificial llegó para quedarse. Superado este punto, en 2025, el debate no es si la IA cambiará el paisaje, sino cómo lo está haciendo y con qué consecuencias. 

Desde recomendaciones personalizadas en sitios comparadores de casino como, por ejemplo, BonusFinder, hasta diagnósticos médicos asistidos por algoritmos. El potencial de la inteligencia artificial es innegable. 

Sin embargo, tiene sus claroscuros. La difusión de información falsa, brechas de privacidad o seguridad de los datos y dependencia extrema de esta tecnología son algunas de las dinámicas peligrosas que ya ocurren en la actualidad. 

Manipulación de la información y fake news

Antes de la IA, una imagen valía más que mil palabras. Ahora, no se puede confiar ni en los ojos propios, ya que los modelos generativos de lenguaje e imagen permiten crear contenido falso con un realismo alarmante en pocos segundos. 

Textos que parecen auténticos, audios falsos y videos de discursos, declaraciones o sucesos que nunca ocurrieron corren como la pólvora entre grupos de Whatsapp.

Si bien las noticias falsas ya eran un problema antes de que la IA estuviera disponible para las masas, basta con recordar el falso anuncio de alianzas políticas entre opositores venezolanos en agosto de 2023, la IA agrava el problema porque no solo acelera la producción de fake news, sino que también dificulta su detección. 

Desafíos en ciberseguridad

El think-tank del Parlamento Europeo realiza estudios frecuentemente sobre la IA y en uno de los más recientes ha detectado que esta tecnología está actuando en tres frentes sobre la seguridad en Internet.

Por un lado, hablan de la protección de la propia IA. Los legisladores alertan sobre la posibilidad de que los sistemas puedan ser atacados (por ejemplo, mediante técnicas de poisoning o evasion). A esto se suma que muchos funcionan como “cajas negras” difíciles de auditar. En una sociedad cada vez más dependiente de unas pocas fuentes de tecnología, esto se convierte en un gran desafío. 

Además, el uso ofensivo de la IA también está creciendo. Los sistemas generativos pueden ayudar a diseñar malware, lanzar campañas de phishing más convincentes (con correos calcados a los de los organismos estatales) o incluso la vulneración de contraseñas. 

La buena noticia es que la IA también fortalece la defensa. Empresas como Google o IBM utilizan modelos capaces de detectar malware, clasificar amenazas y automatizar la respuesta a incidentes. 

Según Google, su sistema Gemini ha reducido el tiempo de análisis de ciberincidentes en un 51%. Además, herramientas de antivirus ya usan IA generativa para mejorar la detección de falsos positivos en archivos sospechosos.

Privacidad y seguridad de los datos

El combustible de la IA son los datos. Y cuantos más datos se recolectan, más capacidad tiene el sistema de mejorar su rendimiento, pero esta dinámica también acarrea preocupaciones crecientes sobre privacidad, vigilancia y uso indebido de información personal.

En muchos casos, los usuarios desconocen qué datos están cediendo, cómo se procesan o con qué fines. Desde búsquedas en internet hasta imágenes captadas por cámaras inteligentes, el ecosistema digital recopila información de manera constante. 

La capacidad de la IA para inferir patrones, anticipar comportamientos y establecer perfiles va mucho más allá de lo que el ciudadano promedio puede controlar y, aunque suene paranoico, esta información tipo “Gran Hermano” puede ser muy sensible en manos de los actores equivocados. Sobre todo si hablamos de perfiles de riesgo, como periodistas, investigadores u opositores. 

Cambios en el razonamiento humano: ¿el cerebro se oxida?

Otro de los desafíos que ahora mismo está planteando la IA tiene que ver con el uso de las capacidades cognitivas. Más allá de los riesgos técnicos y legales, existe una preocupación mucho más básica: ¿qué pasa con nuestra capacidad de pensar, recordar y razonar, si estamos permanentemente delegándola en la máquina?

Desde el punto de vista neurológico, el cerebro forma la mayoría de sus conexiones en la infancia y la adolescencia, pero aún en edades más avanzadas, el cerebro mantiene su plasticidad, aún a pesar de perder parte de su agilidad sináptica.

Es decir que, contrario a lo que se creía hace algunas décadas, el cerebro tiene la capacidad de seguir desarrollándose más allá de la infancia. A este fenómeno se lo ha llamado neuroplasticidad y demuestra que, aunque las capacidades cambian, el desarrollo del cerebro se produce durante toda la vida, siempre que sigamos aprendiendo habilidades nuevas.

Pero, ¿qué pasaría si dejamos de aprender? Al ser una tecnología muy nueva, se desconoce el efecto de la delegación excesiva de tareas cognitivas en la IA, como recordar datos, tomar decisiones o resolver problemas. 

¿Podría ser esta herramienta un potencial causante de “sedentarismo cognitivo”?

En un entorno donde la IA resuelve antes que el propio cerebro, ¿tendremos la paciencia y la voluntad de ejercitar nuestra mente? 

La respuesta podría encontrarse en el diseño de entornos donde la tecnología sea una ayuda al razonamiento y no un sustituto. No sólo por la pérdida neuronal, sino también por la enorme vulnerabilidad que supone delegar el pensamiento en una herramienta que, casi por definición, se puede romper o dejar de funcionar en cualquier momento.

Otro de los desafíos que ahora mismo está planteando la IA tiene que ver con el uso de las capacidades cognitivas. Más allá de los riesgos técnicos y legales, existe una preocupación mucho más básica: ¿qué pasa con nuestra capacidad de pensar, recordar y razonar, si estamos permanentemente delegándola en la máquina?
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No es un secreto que la inteligencia artificial llegó para quedarse. Superado este punto, en 2025, el debate no es si la IA cambiará el paisaje, sino cómo lo está haciendo y con qué consecuencias. 

Desde recomendaciones personalizadas en sitios comparadores de casino como, por ejemplo, BonusFinder, hasta diagnósticos médicos asistidos por algoritmos. El potencial de la inteligencia artificial es innegable. 

Sin embargo, tiene sus claroscuros. La difusión de información falsa, brechas de privacidad o seguridad de los datos y dependencia extrema de esta tecnología son algunas de las dinámicas peligrosas que ya ocurren en la actualidad. 

Manipulación de la información y fake news

Antes de la IA, una imagen valía más que mil palabras. Ahora, no se puede confiar ni en los ojos propios, ya que los modelos generativos de lenguaje e imagen permiten crear contenido falso con un realismo alarmante en pocos segundos. 

Textos que parecen auténticos, audios falsos y videos de discursos, declaraciones o sucesos que nunca ocurrieron corren como la pólvora entre grupos de Whatsapp.

Si bien las noticias falsas ya eran un problema antes de que la IA estuviera disponible para las masas, basta con recordar el falso anuncio de alianzas políticas entre opositores venezolanos en agosto de 2023, la IA agrava el problema porque no solo acelera la producción de fake news, sino que también dificulta su detección. 

Desafíos en ciberseguridad

El think-tank del Parlamento Europeo realiza estudios frecuentemente sobre la IA y en uno de los más recientes ha detectado que esta tecnología está actuando en tres frentes sobre la seguridad en Internet.

Por un lado, hablan de la protección de la propia IA. Los legisladores alertan sobre la posibilidad de que los sistemas puedan ser atacados (por ejemplo, mediante técnicas de poisoning o evasion). A esto se suma que muchos funcionan como “cajas negras” difíciles de auditar. En una sociedad cada vez más dependiente de unas pocas fuentes de tecnología, esto se convierte en un gran desafío. 

Además, el uso ofensivo de la IA también está creciendo. Los sistemas generativos pueden ayudar a diseñar malware, lanzar campañas de phishing más convincentes (con correos calcados a los de los organismos estatales) o incluso la vulneración de contraseñas. 

La buena noticia es que la IA también fortalece la defensa. Empresas como Google o IBM utilizan modelos capaces de detectar malware, clasificar amenazas y automatizar la respuesta a incidentes. 

Según Google, su sistema Gemini ha reducido el tiempo de análisis de ciberincidentes en un 51%. Además, herramientas de antivirus ya usan IA generativa para mejorar la detección de falsos positivos en archivos sospechosos.

Privacidad y seguridad de los datos

El combustible de la IA son los datos. Y cuantos más datos se recolectan, más capacidad tiene el sistema de mejorar su rendimiento, pero esta dinámica también acarrea preocupaciones crecientes sobre privacidad, vigilancia y uso indebido de información personal.

En muchos casos, los usuarios desconocen qué datos están cediendo, cómo se procesan o con qué fines. Desde búsquedas en internet hasta imágenes captadas por cámaras inteligentes, el ecosistema digital recopila información de manera constante. 

La capacidad de la IA para inferir patrones, anticipar comportamientos y establecer perfiles va mucho más allá de lo que el ciudadano promedio puede controlar y, aunque suene paranoico, esta información tipo “Gran Hermano” puede ser muy sensible en manos de los actores equivocados. Sobre todo si hablamos de perfiles de riesgo, como periodistas, investigadores u opositores. 

Cambios en el razonamiento humano: ¿el cerebro se oxida?

Otro de los desafíos que ahora mismo está planteando la IA tiene que ver con el uso de las capacidades cognitivas. Más allá de los riesgos técnicos y legales, existe una preocupación mucho más básica: ¿qué pasa con nuestra capacidad de pensar, recordar y razonar, si estamos permanentemente delegándola en la máquina?

Desde el punto de vista neurológico, el cerebro forma la mayoría de sus conexiones en la infancia y la adolescencia, pero aún en edades más avanzadas, el cerebro mantiene su plasticidad, aún a pesar de perder parte de su agilidad sináptica.

Es decir que, contrario a lo que se creía hace algunas décadas, el cerebro tiene la capacidad de seguir desarrollándose más allá de la infancia. A este fenómeno se lo ha llamado neuroplasticidad y demuestra que, aunque las capacidades cambian, el desarrollo del cerebro se produce durante toda la vida, siempre que sigamos aprendiendo habilidades nuevas.

Pero, ¿qué pasaría si dejamos de aprender? Al ser una tecnología muy nueva, se desconoce el efecto de la delegación excesiva de tareas cognitivas en la IA, como recordar datos, tomar decisiones o resolver problemas. 

¿Podría ser esta herramienta un potencial causante de “sedentarismo cognitivo”?

En un entorno donde la IA resuelve antes que el propio cerebro, ¿tendremos la paciencia y la voluntad de ejercitar nuestra mente? 

La respuesta podría encontrarse en el diseño de entornos donde la tecnología sea una ayuda al razonamiento y no un sustituto. No sólo por la pérdida neuronal, sino también por la enorme vulnerabilidad que supone delegar el pensamiento en una herramienta que, casi por definición, se puede romper o dejar de funcionar en cualquier momento.

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Una base de datos de mujeres y personas no binarias con la que buscamos reolver el problema: la falta de diversidad de género en la vocería y fuentes autorizadas en los contenidos periodísticos.