Siempre nos quedará Venezuela, por Julio Castillo Sagarzazu - Runrun
Siempre nos quedará Venezuela, por Julio Castillo Sagarzazu

@juliocasagar

Con la frase “Siempre nos quedará París” fue que Rick Blaine (Humphrey Bogart) despide a Ilsa Lund (Ingrid Bergman) en las puertas del avión en Casablanca, sin tener idea de que podía ser la última vez que pudieran abrazarse. Era una promesa a la esperanza. La misma que tenemos los venezolanos de que siempre nos quedará esta tierra para regresar a trabajar por hacerla grande y buena.

Los venezolanos saldremos de esta pesadilla más temprano que tarde y, aunque la frase es un tópico y un lugar común, es una verdad del tamaño de un templo.

Muy pronto nos veremos en las tareas de reconstrucción y muchos, muchos compatriotas regresaran a ayudarnos a poner ladrillos en ese proyecto de vida.

Una sola preocupación nos asalta y es que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Pareciera, en efecto, que no estamos en el mejor momento para ponernos de acuerdo en cómo son los planos y los materiales que necesitaremos para levantar ese edificio. No se trata de que carezcamos de los talentos que ciertamente nos sobran. Se trata de que estamos viviendo en una sociedad polarizada desde hace mucho tiempo y cuando las sociedades pasan por estas experiencias, suele apoderarse de los espíritus el sentimiento de que yo solamente tengo la razón y que todo el que no piense como yo está equivocado y debe ser dejado de lado, en el mejor de los casos, cuando no, eliminado de raíz.

Esas polarizaciones y las ganas de ajustar cuentas y hacer prevalecer las “verdades” de cada quien, llevan a los fanatismos, a los linchamientos morales y físicos y, en ese ambiente no es fácil construir.

Nos puede pasar lo mismo que a los obreros de la Torre de Babel. Tuvieron que abandonar la construcción porque comenzaron a hablar lenguas distintas y no se entendían. “Pásame el ladrillo”, decía uno y el otro entendía: “Te voy a lanzar el ladrillo”.

Esto nos da una pista sobre cómo debemos orientar la transición y cuáles son los límites tolerables para trabajar juntos. Quizás una de las cosas que deberíamos proponernos es desembarazarnos de las ideologías que son en realidad quincallas y trampas dialécticas que nos han vendido para separarnos y para que algunos lleguen al poder. También de los dogmas debemos huir. Ellos no funcionan para las sociedades, sino para las religiones. A veces se nos ponen los pelos de punta cuando algunos dicen que tienen la piedra filosofal que convierte en oro a la economía y dicen que una receta nos va a resolver los problemas. Unos ven el Santo Grial en la dolarización; otros en continuar con la política de control estatal sobre PDVSA; otros piensan que hay desguazarla y venderla. Son todas ideas, muchas de ellas valiosas, que deberíamos analizar con serenidad y sin fanatismos.

La verdad, dicen algunos, que están en el justo medio. Esta afirmación no tiene nada que ver con que estemos propugnando meter las ideas en una licuadora y aplicar lo que salga de ella. Esas cosas sirven para los batidos de parchita, pero no para la sociedad. Lo que sí es cierto es que habría que lograr un clima de serenidad y sobre todo un tiempo de reflexión para debatir, comparar, pedir asistencia y luego tomar decisiones.

Los únicos límites que deberíamos poner al nuevo consenso que necesitamos son los de la ética y la moral. Esto implica separar a los que han sido responsables de la corrupción y el despilfarro; a los que han comprado conciencias de lado y lado e hicieron ley la cínica máxima de darle “un tirito al gobierno y otro a la revolución”; a los que violaron los derechos humanos; a los que torturaron y asesinaron; a los que voltearon para otro lado porque tenían un negocito con el régimen. A estos solo cabe entregarlos a la justicia. A una nueva justicia, independiente, profesional e integrada por hombres y mujeres capaces y honestos (que los hay)

Estos nuevos consensos que hay que tratar de invocar tampoco tienen nada que ver con la ingenua idea de acuerdo con la cual todos vamos a marchar unidos sin contratiempos de ahora en adelante. La controversia es real y además necesaria. Todas las unanimidades son sospechosas o tramposas. La bucólica idea de que todos caminaremos agarraditos de manos solo ocurre en los cuadros religiosos del Renacimiento que nos muestras angelitos desnuditos en esa actitud en torno a una piadosa Madona. Las confrontaciones están en el ADN de la naturaleza, el universo y la sociedad.

Solo de las confrontaciones salen síntesis de materia y de pensamiento.

Los organismos celulares se dividen y generan excretas que son una señal de que están vivos. Pero también es verdad que el misterio de la vida no es la confrontación que se da en el propio interior de la materia con el caótico y azaroso comportamiento de las partículas subatómicas. El verdadero misterio de la vida es cuando esas partículas, para que se mantengan los seres y organismos que han formado, deben colaborar entre ellas; deben formar tejidos, órganos y sistemas. Es allí cuando deja de actuar el azar y aparece la conciencia de entenderse para realizar una misión.

Allí está la base del nuevo consenso. Uno vivo, que genere excretas, que tenga confrontaciones, pero que colabore en un objetivo común. Así ocurrió el 23 de enero y se reflejó en la Constitución de 1961 que nos permitió vivir en relativa paz y progreso durante más de 40 años.

A esa mítica celebración debemos concurrir despojados de dogmatismos; desprovistos de intereses egoístas y, aunque suene poético y hasta cursi decirlo, con el corazón puesto en el país.

Siempre habrá una Venezuela, como hubo un París para Rick en Ilsa, a la cual regresar y en la cual encontrarnos.

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