La historia patria, según el general Gómez, por Elías Pino Iturrieta - Runrun
La historia patria, según el general Gómez, por Elías Pino Iturrieta

Foto primer plano: portada del libro Mi compadre, de Fernando González. En el fondo, el general Juan Vicente Gómez en Maracay, 1 de enero de 1930.

@eliaspino

En medio de su oscuridad, Juan Vicente Gómez tenía clara idea de cómo habían sucedido las cosas en Venezuela antes de su ascenso al poder, una memoria que movió muchas de sus conductas. No la sacó de las bibliotecas que jamás conoció, sino de lo que escuchó en el ambiente campesino de su juventud y seguramente de lo que decían sus plumarios, o de lo que oía en las tertulias de la intimidad, y es de vital importancia. Refleja una idea de la evolución de la sociedad que importa por la calidad del vocero, un tirano que determina la vida durante veintisiete férreos años y quien se guía, en el fondo de su sensibilidad, por el entendimiento que tiene de su papel de regulador de la vida que le ha concedido la historia.

Fernando González, un intelectual colombiano famoso en la época y después, viene a Venezuela y conoce al dictador, quien le concede una insólita entrevista que publica en un libro de 1934, Mi compadre, que luego tiene numerosas ediciones. En sus páginas se encuentra la idea de don Juan Vicente sobre el pasado venezolano, que interesa por la indiscutible importancia de quien la desembucha. Es una descripción en la cual resume lo que entiende como fundamental sobre los antecedentes colectivos y del rol que cumple en su proceso. Vamos a copiar el soliloquio que capta Fernando González de los labios del tirano.

Allá en mis montañas, en mi juventud, yo tenía tres deseos muy grandes. El primero era ver a San Mateo y al Samán de Güere, en donde tanto sufrió por nosotros el Libertador, y donde acampó con sus ejércitos. El segundo era conocer La Puerta, donde fueron siempre los fracasos de las armas republicanas, y el tercero era conocer al general Luciano Mendoza. ¡Imagínese! Luciano Mendoza, el que había derrotado a Páez. (…) Pues vine de mi tierra y llegué al Samán de Güere, no pude contener mi tristeza al ver cómo le habían cortado las ramas; tenía machetazos en el tronco. Estaba herido (…) Cuando llegué a San Mateo, me senté al frente de la casa de Bolívar, a la orilla del camino, en un barranco, y me puse a pensar: ¿Con que este es San Mateo? ¿Aquí fue donde el Libertador sufrió tanto por nosotros? ¡Cuántas noches terribles pasaría aquí; sus ayudantes creerían que dormía, pero cuántas cosas pensaría él! Y al general Luciano Mendoza lo conocí al lado del general Castro (…) quien me lo presentó pues conocía mi gran deseo. Yo oí cuando Mendoza le dijo al general Castro: ´Usted nada tiene qué temer mientras yo esté a su lado´ (…) Y ahora verá. Después me tocó resguardar el Samán de Güere y cuidar a San Mateo, en donde deposité las armas de Venezuela, porque ya no habrá más guerras; le hice una verja de bayonetas, con los colores nuestros, y me tocó vencer a Luciano Mendoza precisamente en La Puerta, cerrándole la entrada a las revoluciones.

El lector tiene ante sus ojos un extraordinario breviario de historia patria, en el cual solo se hace referencia a hazañas bélicas y en el cual ocupa lugar estelar quien lo relata, por el papel que se atribuye en el colofón de tales hazañas. No existe el trabajo de los civiles, mucho menos la obra intelectual ni los afanes de naturaleza económica. Tampoco se considera la evolución de la sociedad, debido a que solo importa la época de la independencia. Además, hay una sola figura digna de tratamiento: Simón Bolívar.

Tal es la idea de la historia patria que expone un dictador que tanto influyó en nuestra contemporaneidad.

Nada extraordinario, si consideramos que la mayoría de los venezolanos de antes y de ahora limitan su memoria a las guerras de Independencia y a las cualidades que en ellas demostró el Libertador. Un confinamiento tan evidente, una mirada tan estrecha de la marcha de la sociedad, el afán de reducir todo a un período y a la estatua de un hombre con la espada en la mano, forman el lugar común de los recuerdos que a la mayoría de la gente le han metido en la cabeza.

Pero la descripción de Gómez se hace distinta debido a que se introduce en la historia cuando hace de memorioso, hasta llegar a un atrevimiento del cual se cuida la gente sencilla. Gómez se filtra en los fastos debido a que derrota a una figura relacionada con la epopeya, a un célebre soldado que venció al héroe de los llanos y de la batalla de Carabobo. ¿Hay manera mejor, o más sencilla, de convertirse en paladín inmortal, de formar parte de lo que se ha considerado como lo más trascendental de la historia de Venezuela?

Pero Gómez no solo se exhibe como una figura importante del pasado porque hizo morder el polvo al famoso guerrero que derrotó a un lancero primordial para la sensibilidad de los venezolanos, José Antonio Páez, sino también por su papel de conserje de restos materiales de la epopeya, como la hacienda bolivariana de San Mateo; o de reminiscencias vegetales, pero también bolivarianas, como el ubicuo Samán de Güere. Vengador de las derrotas de La Puerta, poseedor de la llave que concluye las guerras del pasado, actor y cuidador de la época dorada, capaz de cambiar el derramamiento de sangre por la concordia de su régimen, aprovechó la visita de un famoso autor colombiano para meterse en el Olimpo vernáculo, para proclamarse como su protagonista, heredero y custodio. 

Mucho tiempo después, una logia militar encabezada por el teniente coronel Hugo Chávez se presentó ante el Samán de Güere, para solemnizar un compromiso por la regeneración de la patria. El comandante y los miembros de su grupo repitieron entonces el juramento de Bolívar en Roma por la causa de la libertad, o palabras parecidas. En la curiosa ceremonia ante el tótem vegetal no recordaron la interpretación gomecista de la historia, seguramente la desconocían, pero no resulta aventurado afirmar que las ideas cubiertas por sus cristinas forman parte de los mismos rudimentos.