Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

#EspañaEnAméricaSinLeyendas | Licencia para conquistar, por Elías Pino Iturrieta
En el siglo XV, las órdenes venían de “la autoridad de Dios omnipotente concedida a San Pedro y del vicariato de Jesucristo”. ¿Alguien que no estuviera loco se podía oponer?

 

@eliaspino

Una de las críticas más sonoras a la conquista de América por España se relaciona con la autorización que tuvieron sus reyes para hacerla. Es decir, con la ilegitimidad de una iniciativa que originó el control de comarcas extrañas y remotas sin que sus habitantes fueran consultados sobre el grave asunto que les concernía. La objeción parece sensata a primera vista, pero pierde consistencia cuando se observa desde la perspectiva del tiempo en el cual esa conquista se llevó a cabo. De seguidas se tratará de dilucidar el asunto.

El viaje de Colón fue una decisión unilateral de los reyes católicos, quienes aprovecharon el ascenso de su autoridad para aceptar un proyecto de expansión comercial que les podía conceder provechos económicos y políticos. Como en realidad ignoraban lo que tenían entre manos, no sintieron la obligación de consultar con personas que no fueran allegadas a su corte. Se limitaron a suscribir un convenio con el proponente, llamado Capitulaciones, que establecía los derechos del trono y las obligaciones del individuo que había movido la empresa. Pero, cuando el itinerario llegó a una meta concreta, cuando dejó de ser quimera para transformarse en una realidad apabullante y prometedora, debieron buscar la licencia de la que carecían para profundizar el proyecto. En especial porque podía lesionar los intereses de la Corona portuguesa, que también andaba en negocios de expansión y podía resentir el hallazgo territorial de un febril marino a quien ahora llamaban almirante y virrey.

Para evitar los escollos que seguramente se presentarían debido a los movimientos que el monarca portugués podía llevar a cabo para aprovecharse del hallazgo, o para entorpecerlo, Isabel y Fernando acudieron a una autoridad a la cual no solo debía obediencia la Corona lisboeta, sino también el resto de los soberanos de Europa: el pontífice romano. A principios de abril de 1493, cuando apenas se habían enterado del éxito colombino, solicitaron al papa Alejandro VI la concesión del dominio de las islas y tierras recién encontradas. Apenas transcurrido un mes el papa expidió dos bulas, llamadas Inter caetera, que autorizaban la soberanía de Castilla y León sobre las nuevas comarcas.

Conviene retener el fundamento de la decisión pontificia. La impuso Alejandro VI “por la autoridad de Dios omnipotente concedida a San Pedro y del vicariato de Jesucristo que ejercemos en la tierra, con todos los dominios de las mismas, con ciudades, fortalezas, lugares y villas y los derechos y jurisdicciones y todas sus pertenencias”.

Cuando el papa expidió sus bulas, en toda Europa se consideraba que el representante de Dios en la tierra tenía la potestad de conceder a príncipes cristianos los territorios dominados por herejes. Como la autoridad de la Iglesia provenía de Dios, según se aseguraba sin vacilación desde la Edad Media, no existía la posibilidad de discutir el punto. Desde 1215, época del pontificado de Inocencio III, se aceptó la jurisdicción temporal del vicario de Cristo porque provenía de Dios, según la doctrina del Ostiense generalmente reverenciada.

Aparte del asunto doctrinario, numerosos hechos demuestran cómo los príncipes acataron sin chistar decisiones papales relacionadas con el gobierno temporal, o pidieron la autorización del santo solio para guerras y capturas de tierras. En 1155, Adriano IV otorgó la isla de Irlanda a Enrique II de Inglaterra para que barriera del territorio a los apóstatas. En 1509, el ducado de Apulia se erigió gracias a la voluntad pontificia que otorgó después al soberano la potestad de conquistar Sicilia para que echara a los heterodoxos que pululaban. En 1455, tiempo cercano al que nos ocupa, Nicolás V cedió al rey de Portugal la ciudad de Ceuta y la Guinea para que propagara la fe católica. Hay más ejemplos de la misma especie, pero para el caso de las costumbres castellanas interesa ahora señalar que desde el siglo XIII se estableció en las Siete Partidas la alternativa de ganar señoríos “por otorgamiento del papa o del emperador”.

Es evidente que Isabel y Fernando acudieron a una tradición harto conocida para apuntalar el principio de su flamante dominio, sin que existieran argumentos serios para oponerse a las gestiones.

Es evidente que no necesitaron ardides para legitimar su posición sobre unos espacios de los cuales nadie tenía noticia, y sobre unos individuos que no solo desconocían los principios y los hechos de la cultura europea, sino que también se manejaban a su manera en materia religiosa. Si se considera que Isabel y Fernando seguían el ejemplo de sus mayores en las guerras contra los musulmanes y en su desconfianza frente a la comunidad judía, se le hacía fácil a Alejandro VI sustentar su cesión de las Indias a los descendientes de una casta de paladines que se habían jugado la vida por la catolicidad. Lo más que se le podía pedir era que no impidiera que los lusitanos, tan empecinados y tan belicosos como sus vecinos en las campañas contra los pecadores, se beneficiaran del hallazgo. El papa no puso escollos, como sabemos. Al contrario, permitió de mil amores que se retocaran las letras de las Inter caetera en el Tratado de Tordesillas, o de “partición del mundo”, suscrito por España y Portugal en 1494.

Nada que estuviera fuera de libreto. No podía ser de otra manera, la corriente no podía circular por cauce diverso; la legitimidad del trascendental trámite manaba de una autoridad sobre la cual no pueden imponerse los revisionistas que abundan en la actualidad, los inconformes del futuro. En el siglo XV, sin subestimar ni por un instante los movimientos de los detentadores del poder, que podían ser fulminantes, las órdenes venían de “la autoridad de Dios omnipotente concedida a San Pedro y del vicariato de Jesucristo”. ¿Alguien que no estuviera loco se podía oponer? Tal estirpe de orates, o de personas audaces, aún no había florecido en los predios de la cristiandad.

#EspañaEnAméricaSinLeyendas | ¿Una América violada y envilecida?, por Elías Pino Iturrieta
A partir de este artículo, iniciaremos una serie de escritos sobre la presencia de España entre nosotros que pretende apartarse de los aludidos estereotipos

 

@eliaspino

La pregunta que ahora se utiliza como título encuentra respuesta cercana y célebre en los reclamos que hace poco hizo el presidente López Obrador al rey de España y a los representantes de su gobierno. López Obrador les ha solicitado disculpas por la dominación de tres siglos que sus antecesores ejercieron en México, debido a que fue una acumulación de oprobios de la cual no solo resultó la aniquilación de una cultura trascendental, sino también el holocausto injustificable de millones de seres humanos.

No ha sido un requerimiento solitario, como todos sabemos. Se ha expresado en otras naciones de Hispanoamérica mediante el derrumbe de representaciones de los protagonistas de la conquista armada y de símbolos de la civilización trasladada desde la península. Quizá el gobierno venezolano fue uno de los precursores de este tipo de reacciones. Durante el mandato de Chávez se permitió y festejó la destrucción de una estatua de Cristóbal Colón, llevada a cabo por unos manifestantes convertidos en vengadores de una historia urgida de reivindicación.

Estatua de Cristóbal Colón, en Caracas, derribada por oficialistas el 12 de octubre de 2004, luego de un «juicio sumario…», aplaudido por Chávez.

Son reacciones que no deben pasar inadvertidas, debido a que también han ocurrido en el seno de la sociedad española. No pocos de sus voceros han considerado la expansión de la antigua Corona en las llamadas Indias como una ventaja indigna, y se ha llegado al caso de auspiciar una campaña contra el proceso efectuado en ultramar después de 1492. Tal campaña llegó al extremo de promover, hasta ahora sin éxito, la destrucción o la modificación de un monumento tan famoso como el que se levanta en el puerto de Barcelona para honrar al Almirante. No se podían celebrar las glorias del adelantado de un genocidio, fue uno de los argumentos usados por los candidatos a iconoclastas.

De ese punto de vista surge la idea de valorar de manera tendenciosa las creaciones de las sociedades americanas que no tuvieron contacto con España hasta finales del siglo XV, para llegar al extremo de fabricar un mundo ideal que fue mancillado por la maldad de unos coraceros extraños y voraces. En consecuencia, una simplificación orientada a magnificar los hechos de las comunidades llamadas prehispánicas apuntala la simplificación precedente, que advierte en la expansión española el resumen de una maldad sin paliativos. La supuesta existencia de una etapa dorada a la cual siguió la oscuridad impuesta por un imperio fanático y prepotente, pretende fundamentar la conducta de quienes se presentan como adalides de una visión progresista de la historia hasta rebasar los límites de la lógica cuando piden al presente que se arrepienta del pasado, cuando exigen al hijo que expíe los pregonados pecados de sus padres.

Un cobro de cuentas tan anacrónico depende de la ignorancia de los políticos proclives a las reformas, o a producir cambios radicales, porque solo tienen nociones superficiales de la evolución de sus sociedades. Como apenas manejan datos sobre las cosas sucedidas cuando ellos vienen al mundo, o como piensan que la historia de sus contornos empieza cuando se suscriben sus individuales partidas de nacimiento, ventilan unas nociones aparentemente ajustadas a unos hechos sobre los cuales campea la supina orfandad de su pensamiento. En esa pobreza de información y de formación intelectual, pero también en la facilidad de rellenarla o disimularla con consignas, se puede encontrar el motivo de su detracción de la civilización mudada a América; pero también en la influencia de una corriente más explayada y popular, establecida a través de los siglos: la leyenda negra de España.

La leyenda negra de España fue fraguada por los poderes rivales de los siglos XV y XVI –Inglaterra y Francia, especialmente–, a través de masivas campañas de imprenta para menoscabar el predominio del rey católico en Europa y su establecimiento en las colonias americanas, cada vez más amenazante para ellos. Perfeccionada por los intereses de la reforma protestante y por el generoso presupuesto que la sostenía, la Leyenda Negra se convirtió en un instrumento de mentiras, tergiversaciones, exageraciones y manipulaciones capaz de superar el paso del tiempo hasta llegar a nuestros días.

Fue una de las orientaciones descollantes de la modernidad, debido a los impulsos que la Ilustración le dio. Vino como anillo al dedo a los autores de la Independencia hispanoamericana, criollos en su mayoría, que olvidaron su procedencia del tronco peninsular para meterse a insurgentes. Les llovió del cielo a los positivistas de la segunda mitad del siglo XIX hispanoamericano, empeñados en una cruzada de la civilización afrancesada contra la barbarie que en mala hora transportaron tres lamentables carabelas. También ha sido uno de los artefactos más socorridos de los revolucionarios de los siglos XX y XXI, en nuestras repúblicas y en la misma España, necesitados de que algo explote. Pese a que poco o nada hay de cierto o de verosímil en sus mensajes, la Leyenda Negra de España llegó y llega a un masivo conjunto de destinatarios dispuestos a jurar por sus contenidos especiosos y maliciosos.

¿Por qué el futuro se muestra tan crítico de la conquista española de América, mientras observa con indiferencia, y a veces con admiración, los sojuzgamientos llevados a cabo en el mismo vecindario y en la misma época por los ingleses, los portugueses, los franceses y los holandeses? No estamos ante una pregunta trivial. A partir de este artículo, iniciaremos una serie de escritos sobre la presencia de España entre nosotros que pretende apartarse de los aludidos estereotipos. Tratará temas concretos en cada entrega, procurando versiones equilibradas sobre las características del proceso del cual venimos desde la llegada de un tipo singular de europeos y que seguramente fijó los rasgos esenciales de nuestra sensibilidad colectiva. Gracias a las soflamas de unos políticos como López Obrador y Chávez, no se escribirá sobre antiguallas.

#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (y V), por Elías Pino Iturrieta
En el intento del cuartelazo contra José María Vargas se observan dos concepciones del militarismo que se deben tener en cuenta cuando se estudien sucesos de la historia posterior

 

@eliaspino

En el artículo anterior vimos cómo sucede en Venezuela una alianza entre civiles y militares, que conduce a un ensayo de un republicanismo inimaginable en el pasado reciente y capaz de sentar las bases de una convivencia moderna que parecía inaccesible. Sin llegar al extremo de asegurar que entonces, a partir de las vísperas de 1830 y hasta pasada una década, la sociedad cumple las metas de convivencia civilizada que requería. Pero son evidentes los avances en áreas como el desenvolvimiento económico, la disciplina fiscal, el parlamentarismo, la libertad de imprenta, el pensamiento laico y un intento de reforma educativa, amparadas en la estricta separación de los poderes públicos y en la disminución de la prepotencia de los hombres de armas.

Estamos ante una hazaña, si se considera que la sociedad acaba de salir de las guerras de Independencia y apenas da unos primeros pasos después de separarse de Colombia.

Un logro semejante debe atribuirse a cómo los espadones más célebres y temidos, en cuya cima reina sin discusión Páez, aceptan el plan de desarrollo propuesto por los intelectuales de reciente cuño que se han incorporado a la vida del país y por los propietarios urgidos de reformas, quienes llegan a hacer propuestas de orientación capitalista que los más prudentes de la época consideran peligrosas y venenosas. Pese al atrevimiento de las sugestiones, una unión de lanzas y levitas que parece sólida se da a la tarea de convertirlas en realidad. Debe recordar el lector que hablamos de propuestas como la apología del trabajo y la glorificación de la riqueza, extrañas a la cultura tradicional, o de licencias inusuales para prestamistas y emprendedores cuyas actividades se consideraban pecaminosas y perniciosas desde la época colonial.

Una verdadera revolución, si se consideran las barreras que deben superar los promotores de la nueva Venezuela para que sus proyectos permanezcan. El simple hecho de que en 1835 gane las elecciones un civil, José María Vargas, y tome posesión de la presidencia sin una oposición preocupante, patentiza la trascendencia del designio modernizador. Pero también anuncia la cercanía de su frustración, debido a que un grupo importante de oficiales intenta un cuartelazo que conduce a una hostilidad que parecía superada. Estamos ante un capítulo primordial para el entendimiento del rol futuro del militarismo. Buena parte de sus figuras estelares ha congeniado con un plan de modernización capitalista, pero otra prefiere la permanencia de las maneras antiguas de entender el manejo de la sociedad. En especial si los cambios han logrado la eliminación de los privilegios de los militares y los religiosos, provenientes de la antigüedad y apenas molestados por la guerra contra España. Un sector apreciable de la oficialidad y la generalidad del cabildo eclesiástico, con el obispo presidiendo la procesión, están dispuestos a imponer sus intereses por la fuerza.

El movimiento contra Vargas se hace con el grito de “Religión y fueros”, es decir, desde la pugna por el retorno de los privilegios de los uniformados y los ensotanados que han sido eliminados por una indeseable trasformación de la vida. Si se considera que en el movimiento destacan figuras del Estado Mayor del venerado Ejército Libertador, personas reconocidas de la intimidad de Bolívar –Santiago Mariño, Pedro Briceño Méndez, Diego Ibarra, José Laurencio Silva…-, el arzobispo de Caracas y renombrados representantes del clero, estamos ante un choque que será habitual en el futuro y que, para los fines de nuestras reflexiones sobre el militarismo, que hoy terminan, son muy importantes.

En la pugna se ponen de relieve dos entendimientos del rol del poder militar que se presentará después, cuando las circunstancias inviten. Se observan dos concepciones del militarismo que se deben tener en cuenta cuando se estudien sucesos de la historia posterior. Pero también, en especial, el anuncio de una permanencia de factores retrógrados que se opondrán al republicanismo debido al énfasis de sus progresos y por el peligro que representan para los intereses de determinados sectores.

Los soldados afectos al proyecto de modernización triunfan entonces, después de concesiones y favores para sus pares alzados y en cuya dádiva no participan los políticos cercanos al presidente, ni los miembros del Congreso. Es un detalle susceptible de especial consideración porque no refieren a tratos pasajeros, a complicidades del momento, sino a un fenómeno que se repetirá con frecuencia, dice un lúcido testigo de la época. En sus Epístolas Catilinarias, escritas en 1836, el penetrante Francisco Javier Yanes predice que esos avenimientos alejados de la legalidad y dependientes de negocios entre los miembros de la misma logia castrense, serán recurrentes y difíciles de evitar. Son negociados peligrosos entre dos entendimientos del republicanismo, afirma Yanes, en los cuales siempre correrán riesgos los valores en los que, pese a la marcha del calendario, se debe afincar una convivencia moderna y hospitalaria. La memoria de las Epístolas Catilinarias puede ser colofón adecuado de nuestras reflexiones.

#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (IV), por Elías Pino Iturrieta
El balance del militarismo venezolano debe mirar con atención el rol que juega tras la desmembración de Colombia. Esa obra no merece los feroces ataques que ha recibido

 

@eliaspino

El balance del militarismo venezolano debe mirar con especial atención el rol que juega cuando sucede la desmembración de Colombia. La secesión es obra suya, debido a que tiene la sartén por el mango cuando todavía el ambiente bélico no se ha disipado, y esa obra no merece los feroces ataques que, como se señaló en el artículo anterior, ha recibido sin solución de continuidad.

Tal capítulo se debe considerar como una rectificación necesaria, gracias a la cual se abren horizontes prometedores para Venezuela.

El texto que ahora se ofrece tratará de plantear los aspectos constructivos de esa etapa habitualmente observada con desdén.

Después del triunfo de Carabobo renace la actividad intelectual, auspiciada por las oportunidades que ofrecen los lapsos de calma, por el retorno de una generación de autores que había escapado cuando Bolívar decreta la Guerra a muerte y por la necesidad de hacer diagnósticos de actualidad sobre la crisis de la economía generada por las anteriores matanzas. Tal actividad, después de hacer análisis de las penurias que sufrían los propietarios, los comerciantes y la población en general, termina por animar un plan de divorcio que cuenta con multitud de apoyos. Conviene valorar este resurgimiento de ideas, este renacimiento de polémicas y de crecimiento de la actividad editorial, debido a que permite hablar de una potenciación del civilismo cuya influencia, debido a los nuevos planteamientos que ofrece para acabar con la unión colombiana, no había sido tan contundente hasta la fecha. Pero, como antes, las plumas necesitan el apoyo de las bayonetas. Como antes, desde luego, mas ahora la situación toma un rumbo distinto, gracias al cual se puede observar un protagonismo inédito de los hombres de armas que concluye en la fundación de una república moderna que apenas parecía una ensoñación, una fantasía.

Los intelectuales de entonces proponen, grosso modo, un designio de modernización que implica el respeto absoluto de la división de los poderes públicos, la eliminación de los fueros que permanecían pese a la reciente guerra, el predominio del laicismo en la interpretación de la realidad, la modernización de los estudios, la introducción de profesiones que apenas existían en el papel de los periódicos y, en especial, el libre juego de la economía sin interferencia gubernamental. Son las propuestas que hacen a los militares más importantes de la época, con Páez a la cabeza y con oficiales tan influyentes como Mariño, Soublette, Bermúdez, Monagas y Carreño, y que ellos aceptan después de pesarlas en su ineludible balanza. ¿Cuál es la trascendencia de este asunto, sobre el cual faltan estudios apacibles?

Los militares sellan un pacto con el civilismo, o con los intereses que representaban, como jamás se había realizado hasta entonces, y hace lo que puede por cumplirlo.

A partir de 1830 y hasta cuando transcurren casi tres décadas, Venezuela se convierte en un paradigma de república, tal vez el más auspicioso y decoroso en la Hispanoamérica de entonces. Se supera la mandonería del lapso anterior, el parlamentarismo y la imprenta experimentan un lapso de esplendor, el pensamiento llega a cúspides dignas de atención, la economía supera el anterior decaimiento, se cancela la deuda pública, hay avances en materia de seguridad ciudadana y no hay testimonios de casos de corrupción administrativa. Algo sin precedentes, pese a que las contingencias del desarrollo material comienzan a dividir las opiniones y a crear disensiones peligrosas. Un proceso sin violencias realmente serias, ni escándalos que involucren a los detentadores del poder. Si se considera que, después de un lapso administrativo, accede al poder un presidente civil, José María Vargas, sin que las bayonetas llamen a la guerra, el balance del proceso no puede ser más entusiasta para quienes se han tomado en serio la necesidad de la implantación del republicanismo.

Hay problemas sobre los cuales se verá lo fundamental en el artículo de la semana próxima, pero ahora conviene recalcar un hecho primordial: los militares hacen ahora un pacto con los civiles y, en general, se ajustan a sus condiciones. Los civiles, especialmente los propietarios, los llaman a la fábrica de una sociedad moderna y hospitalaria, y ellos, o los principales entre ellos, atienden el llamado. El acuerdo funciona, por consiguiente, hasta el punto de establecer un entendimiento de los asuntos públicos y el apego a unas regulaciones civilizadas que se convierten en desafíos del porvenir. ¿Acaso no se convierten en acicate para que se sigan sus pasos después, cuando la antirrepública se impone con descaro?  

Se puede pensar que los civiles hacen entonces un pacto con el diablo, un acuerdo destinado al fracaso, o solo susceptible de remiendos después de laboriosas tareas, pero sucedió para dejar huella y ejemplo, para probar que puede existir y funcionar. De allí la necesidad de llamar la atención sobre su importancia histórica, sin negar que pronto muchos de sus suscriptores lo van a negar a rajatabla. Sobre eso volveremos en el próximo escrito.

#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (III), por Elías Pino Iturrieta
La valoración de la civilidad en la formación de la república no puede partir de la descalificación de los protagonistas militares

 

@eliaspino

En dos artículos anteriores se trató de considerar al elemento militar como una creación fundamental de la historia de Venezuela, susceptible de advertirse como el aporte esencial de nuestra sociedad cuando comienza el siglo XIX. No solo porque se convierte en soporte de la Independencia de la nación frente al imperio español, único pilar en el cual se puede sostener un civilismo en pañales, sino también debido a que orienta y define la guerra en el continente meridional. No se pueden entender las guerras de independencia en Hispanoamérica, sin detenerse en la influencia de los hombres de armas creados en el regazo de nuestra sociedad.

Es materia suficiente para considerar de manera diversa el papel del militarismo, especialmente cuando se intenta, no sin fundamento, encontrarle mayor estima al papel de los civiles y del civilismo en la creación de la república. Pero esa valoración de elementos que se han subestimado −escritores, miembros de los parlamentos, figuras religiosas, padres de familia que ponen su carne en el asador, campesinos sacados de sus espacios naturales…− no puede partir de la descalificación de los protagonistas que, debido a sus esfuerzos y a sus sacrificios, ocuparon los espacios estelares de la cúpula. De allí el interés que ha movido el par escritos anteriores sobre la trascendencia del militarismo venezolano, que hasta ahora se han detenido en la Independencia.

Hoy quieren encontrar continuidad en otro elemento fundamental: la rectificación del proceso que ellos mismos habían encabezado.

El desmantelamiento de Colombia se debe, en mayor medida, a la influencia militar. El retorno a las fronteras de lo que entonces se llamaba “la antigua Venezuela” solo se puede realizar gracias a la influencia de los generales venezolanos que estaban descontentos con la administración dirigida desde Bogotá, y quienes sintonizan con el malestar de importantes sectores de Caracas y de otras poblaciones venezolanas que no soportan la supremacía reinosa.

El deseo de secesión, que no es un capricho aldeano, ni una traición a los ideales de la Patria Grande, sino un reclamo de la economía comarcal que no se consideraba amparada por la administración central, y la necesidad de los criollos de la región de librarse de los criollos del otro lado, todo comprensible cuando llega la paz, todo capaz de llegar a situaciones de ruptura sangrienta después de la derrota de los realistas, llega a su destino gracias a la presencia de ejércitos capaces de imponer su voluntad. Y aun de imponerse sobre las tropas del gobierno central en una probable guerra civil. Es una evidencia tan formidable que ni el mismo creador de Colombia, Simón Bolívar, se atreve a un enfrentamiento con sus colegas que fueron artífices de batallas fundamentales. Prefiere dejarlos hacer ya desde los tiempos de La Cosiata, inicio de la desobediencia comarcal.

El problema con la secesión que entonces triunfa, dirigida por oficiales de fama sólida como Páez, Mariño y Soublette, es que se la ha visto como una traición sin argumentos plausibles, como un zarpazo contra la obra de Bolívar. Pero, si se analiza como un reclamo fundamentado de un sector de la sociedad que se siente disminuido y controlado por unos “extranjeros”, y como la necesidad de asumir un proyecto económico que sembrara, por fin, los principios de un liberalismo que solo se conocía porque los periódicos hablaban de su existencia, surgiría una versión solvente de los hechos en la cual quedarían sus promotores como cabezas de una evolución constructiva.

Dado de que aquí se considera la ruptura con Colombia como un capítulo de lucidez y como el comienzo de una época de construcción capaz de colocar los fundamentos de una sociedad moderna y del republicanismo más adelantado de la época, el juicio sobre el servicio de los militares que lo promueven debe incluirse en el cuaderno de los inventarios positivos.

Pero lo que hacen esos hombres de armas después de deshacerse de Colombia es de una trascendencia indiscutible, sobre la cual se dirá lo fundamental en el próximo artículo que, como este y como los dos anteriores, mira al militarismo a través de un prisma inhabitual.

#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (II), por Elías Pino Iturrieta
De los empeños de un ejército nacido en Venezuela brota un mapa de repúblicas que era una ensoñación hasta la fecha, una fábula sin fundamento

 

@eliaspino

Si cuesta afirmar que, como República, Venezuela es una hechura militar, como tratamos de plantear en el artículo anterior, puede ser más riesgosa la afirmación de que fueran los militares como contingente -el Ejército- la obra más importante de nuestra sociedad a través de la historia. Veremos ahora algo del crucial punto, sin dudar de que pueda crear ronchas en el ámbito de los entusiastas del civilismo.

La Independencia del país no solo fue una hazaña militar indiscutible, la más importante de los venezolanos desde el período colonial, sino también la creación de una maquinaria capaz de imponerse en el país y más allá de nuestras fronteras, como jamás sucedió en el resto de las repúblicas que vieron la luz en el siglo XIX hispanoamericano.

Estamos ante un suceso sobre el cual no se ha insistido lo suficiente, o sobre el cual pasamos sin hacer ruido, pese a su trascendencia. Veremos ahora algunos puntos al respecto.

El análisis de la circunstancia venezolana, muy cuesta arriba debido a la preponderancia del Ejercito Pacificador llegado de la península bajo el comando de Pablo Morillo, hace que Bolívar lleve la guerra hacia la Nueva Granada. La estrategia no solo condujo a triunfos fundamentales a partir de la batalla de Boyacá, sino también a la posibilidad de llevar a cabo campañas plausibles en el sur del continente. Pero lo plausible se convierte en hazaña inesperada, susceptible de rivalizar con las fuerzas independentistas de Argentina y Chile que dirigía San Martín, y de plantar banderas y predominios en el mítico territorio del Perú. Jamás la política local había llegado a semejante preponderancia, hasta el extremo de hacer posible un dominio que jamás había soñado un antiguo colono, un americano que se anuncia como árbitro de una hegemonía jamás imaginada.

Gracias a los movimientos del ejército venezolano que se fortalece y modifica en las campañas de los cercanos Andes, alimentado por las fuerzas reinosas después de enseñorearse en sus páramos, sucede una hazaña que cambia la orientación de la historia universal. Parece exagerado, pero no hay tal desmesura. De los empeños de un ejército nacido en Venezuela, pensado con énfasis por el Libertador y convertido en realidad tangible debido a los empeños de un soldado brillante como Sucre, brota un mapa de repúblicas que era una ensoñación hasta la fecha, una fábula sin fundamento. Y también un poderío que no había existido y que no solo podía imponer las líneas políticas a escala continental, sino también el derrotero de las potencias liberales de Europa y de los imperios en declinación.

La reflexión sobre la influencia del ejército en nuestra historia debe pasearse por estas cúspides, debe solazarse en estos copetes inaccesibles en la víspera, para entender la razón de que en el futuro inmediato la vida venezolana dependa necesariamente de los hombres de armas. No se trata de una imposición caprichosa, ni de una mala jugada de la historia, ni de la opacidad de los civiles, sino de la marcha natural de los acontecimientos. Solo el ejército puede determinar entonces el destino de la república, moldearlo de acuerdo con las necesidades de la oficialidad. Por ejemplo, puede y debe acabar con Colombia para que Venezuela sea lo que era en los principios de la contienda, nada menos.

#CrónicasDeMilitares | Balance del militarismo, un asunto crucial para Venezuela (I), por Elías Pino Iturrieta
Si llevamos meses tratando el tema militar aquí en Runrunes, no fue por llenar espacios. Se trata de un aspecto que ha sido tratado con ligereza y desdén

 

@eliaspino

Si llevamos meses en el tratamiento de tema militar, aquí en Runrunes, no fue por la necesidad de llenar espacios. Se trata de un punto esencial de nuestra historia, pero también de un aspecto que ha sido tratado con ligereza, especialmente con desdén, como si habitualmente produjera incomodidad.

Intentamos un tratamiento orientado por la ecuanimidad, o alejado de posiciones extremas, pero quizá convenga un remate como el que se intentará de seguidas.

No se exagera cuando se abunda en un asunto que en general no ha recibido tratamiento adecuado, y que no ha dejado de producir vergüenzas innecesarias, especialmente las que provienen de un civilismo supuestamente subestimado y vilipendiado.

El primer problema, falso problema, desde luego, depende de dilucidar el punto del origen de Venezuela como república independiente. Si fue un fenómeno fraguado en el calor de una guerra encarnizada, es evidente que lo militar ocupe el primer lugar en las explicaciones y, por supuesto, en la determinación de cómo los sucesos evolucionaron hasta llegar a la concusión prevista.

Los procesos iniciados en la primera década del siglo XIX, capitales en el plan de divorciarse del imperio español, tuvieron influencia del pensamiento moderno, o de otros pensamientos procedentes de la antigüedad colonial, pero hubieran quedado en nada sin el sustento de una fuerza militar que les concediera consistencia. No se trata de reducir la influencia de los letrados de la época, civiles y religiosos, sino de considerar las pocas posibilidades de éxito que podían tener las plumas, los discursos y la gran erudición, que los hubo, sin otros soportes capaces de mostrar no solo fortaleza, sino también resolución o intrepidez.

¿Hubieran llegado a buen puerto las reflexiones de un Roscio, o de un Palacio Fajardo, o de un López Méndez, y las intervenciones de los parlamentarios primerizos, si se hubieran limitado a aparecer en la naciente prensa que apenas leían unos pocos, o a sonar en los escaños del parlamento abarrotado de debutantes inexpertos? Desde luego que no. Había que hacer ejércitos de la nada para llevar a cabo un cometido riesgoso y con contadas probabilidades de triunfo.

Ese es el punto que ahora más interesa. Hacían falta los pensadores y los políticos que se estrenaban en los espacios públicos, desde luego, pero sin ofensas armadas no se llegaba a ninguna parte. De allí que, desde sus inicios, la república dependiera más de las bayonetas que de las reflexiones de los intelectuales, más del derramamiento de sangre que de las peroraciones cívicas de los hombres que vestían levita y lucían corbatín. No eran nada esas prendas, o no serían nada ante el uniforme militar. Por razones obvias.

De allí que necesariamente fuese un militar el eje de la situación. Han sobrado las intenciones de presentar a la figura estelar del proceso como un pensador moderno y como un hombre de lecturas y bibliotecas, pero se trata de un disfraz sin asidero en la realidad. Bolívar fue, esencialmente, un hombre de armas. El resto es adorno, en el más razonable de los casos. Solo estudió para soldado, en un breve lapso de su juventud, y se hizo grande en los campos de batalla. ¿Cuesta mucho detenerse en esa verdad del tamaño de una basílica? Si, cuesta mucho, porque las generaciones del futuro se empeñaron en presentarlo como un administrador civil y como un autor ilustrado, como una estatua de bronce rodeada de pergaminos. Tal vez como un remedo de Andrés Bello, o de alguien como el celebrado humanista de Caracas, pese a que jamás estuvo interesado en calzar esas botas alejadas del ejercicio pleno del poder y de lo que él llamaba gloria en sus discursos y en sus cartas. Su gloria no estaba en las bibliotecas, ni en la redacción de volúmenes enjundiosos, sino en ser, como fue, un mandatario poderoso y singular.

Estamos ante el primer punto que sobre la materia requiere aclaraciones contundentes. ¿Cuesta mucho afirmar que, como república, somos hechura de un militar? ¿Molestan tanto los militares, o molestarán en el futuro, hasta provocar rubores, como para ponerle ropa de prestado e ideas que jamás profesó a un pater que se ufanó de sus charreteras y de sus paseos triunfales por América, a la cabeza de una soldadesca? Conviene pensar en estas curiosas vergüenzas, antes de continuar con el primordial asunto.

#CrónicasDeMilitares | Juan Vicente Gómez y la fundación del ejército nacional, por Elías Pino Iturrieta

El dictador Juan Vicente Gómez (izq., Archivo Nacional), otras vistas del ejército gomecista (der. juanvicentegomezpresidenteblogspot).  

Cuando nace el ejército nacional tiene más de gomecismo que de patriotismo, más de control frío que de predominio institucional

 

@eliaspino

En el escrito de la pasada semana tratamos de mostrar los antecedentes de la creación del ejército nacional, asomados durante el mandato de Cipriano Castro (1899-1908).

Aprovechando la decadencia del caudillaje histórico y sus cualidades de conductor de tropas, el gallo montañés puede pensar sin prisas en un designio de disciplinas castrenses y esbozar los planos fundacionales de una estructura pedagógica que no existía, pero los desvíos de un cesarismo cada vez más orientado por el libertinaje y por los excesos del personalismo, aunque también por los aprietos del erario, hacen que se quede en el boceto. El primer capítulo, apenas asomado, continúa, ahora con éxito redondo, durante la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935).

Como en el caso de Castro, se trata de un proyecto nuevo y distinto. Ahora se abre un camino que la política no ha transitado hasta la fecha. Ninguna piedra se ha levantado de la arquitectura que en breve se extenderá por todos los rincones del mapa, ninguna de sus criaturas se ha enseñoreado en Venezuela. Es una tuerca que conviene remachar, debido a que se ha pregonado la idea de la existencia de una fuerza armada nacida en el siglo XX, cuyo origen se encuentra en la Independencia y cuyas glorias continúa para bien de la patria.

Lo que viene ahora tiene más de gomecismo que de patriotismo, más de praxis férrea que de retorno a las proezas libertarias, más de control frío que de predominio institucional.

Tal punto explica los desmanes posteriores, y derrumba el discurso que las actuales cabezas de una institución pretendidamente “bolivariana” desembuchan cuando encuentran ocasión. Se anuncian como herederos del Libertador, pero en realidad son hechuras gomecistas.

El plan gomecista de ejército se comienza a ejecutar cuando todavía el petróleo no ha llenado las arcas públicas, y obedece a la necesidad de apuntalar una centralización sin la cual se temía por la estabilidad del naciente régimen. De allí que los primeros pasos del asunto coincidan con la inauguración de un plan carretero cuyo propósito no es económico, sino esencialmente la facilidad de movilización de elementos favorables al gobierno en caso de necesidad.

El plan no pretende la comunicación de las comarcas para el tránsito adecuado de bienes materiales, aunque igualmente sirva para el cometido, sino acelerar el movimiento de fuerzas de control y choque frente a los levantiscos que puedan estorbar pese a que están cada vez más alicaídos. De allí que, a partir de 1912, se puedan transitar vías como la carretera del este de Caracas, la de Maracay hacia Ocumare de la Costa, la de Valencia hacia Villa de Cura y la de la capital hacia La Guaira. Siguen a la Reforma Militar, iniciada en 1909 con estudios sistemáticos y adecuada infraestructura.

La Academia Militar es el centro del designio, fundada el 5 de julio de 1910 bajo la tutela de Samuel Mc Gill. Mc Gill traza una carrera de tres años para oficiales profesionales siguiendo instrucción coherente en lo teórico y en lo práctico. El vínculo entre la institución y los intereses del régimen se lleva a cabo a través de una Inspectoría General del Ejército a la cual también se encarga el establecimiento de una Oficina Técnica Militar, que es la sede de un incipiente Estado Mayor que debe ocuparse de redactar las reglamentaciones necesarias. Fruto de sus labores el Código Militar, vigente a partir de 1911, y la publicación de boletines para ilustración de los cadetes. En la misma fecha comienza el funcionamiento de una Escuela de Aplicación Militar para el adiestramiento de soldadescas anteriores a la fundación de la Academia. También entonces la sociedad presencia el estreno de vestuarios nuevos, con kepis y cascos para desfiles y jornadas. Al año siguiente entran en funcionamiento la Escuela de Oficiales de Tropa, la Escuela de Clases, la Escuela Naval y la Escuela de Cabos de Mar. El Ministerio de Guerra y Marina, que era antes una figura relativamente inexistente, ya es un despacho con presencia nacional.

En 1911 la sociedad presencia en el ejército el estreno de vestuarios nuevos, con kepis y cascos para desfiles y jornadas. Foto ejército prusiano de Gómez (en Caracas Chronicles).

Cuando la carta magna inventa un Ejecutivo bicéfalo, Gómez se ocupa directamente de dar mayor consistencia a su criatura. Mientras Victorino Márquez Bustillos se encarga de la modernización de la burocracia y de que el Estado sea más eficaz, don Juan Vicente pone su atención personal en el ejército. En 1915 cambia el esquema de organización de los regimientos, restructura el cuerpo de edecanes y estrena un Comando Superior de cuya actividad está pendiente desde Maracay. Lo más importante: encarga a un oficial de su total confianza, Eleazar López Contreras, la modernización de los estatutos de recluta y la supervisión de nuevas leyes y reglamentos. El predilecto general entrega en breve la mayor de sus obras, hasta entonces: el Código Militar de 1923, que unifica y actualiza el conjunto de las regulaciones castrenses. Desde 1918 ha ordenado estudios para la fundación de una Escuela de Aviación Militar que funciona a partir de los siguientes tres años. Se edifican entonces numerosos cuarteles y dos hospitales militares, a través de cuyas moles se entera la sociedad de la existencia de una extremidad de la dictadura que no solo es inédita, sino que también parece invencible. Y que no es asunto finito, porque el hombre que la moderniza asciende a la presidencia de la república cuando el Benemérito Comandante muere de viejo rodeado de bayonetas.

Cuando guerreros de fama como Arévalo Cedeño, Horacio Ducharne, José Rafael Gabaldón y Juan Pablo Peñaloza son derrotados o contenidos por el ejército del régimen no piensan en las hazañas de la Independencia, ni hacen comparaciones con gestas como las de Carabobo y Ayacucho. Saben que han caído frente a una fortaleza que no había existido hasta entonces y frente a la cual era poco lo que podían hacer.

Si eso sienten de veras los primeros derrotados por una aceitada molienda de armas modernas y comandos homogéneos, buscarles patas patrióticas a los estertores del caudillismo o a perder la pelea por una democracia que es apenas un proyecto, o un delirio, es tomar el rábano por las hojas. Ha nacido un tenaz instrumento de sometimiento que continuará su trabajo en la posteridad, aunque en ocasiones memorables, no pocas, hace las paces con la institucionalidad republicana y con el respeto de las regulaciones civiles. El resto es exageración, o propaganda sin sustento.