Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

#10DocumentosBolivarianos | El Poder Moral, o la Inquisición republicana, por Elías Pino Iturrieta

Ilustración de la Santa Inquisición. Imagen en rolmaster.com

@eliaspino

 

El proyecto para la creación de un Poder Moral es presentado por Bolívar ante los congresistas de Angostura en febrero de 1819, como parte de su propuesta de Constitución. Los diputados lo consideran “como de muy difícil establecimiento, y en los tiempos presentes absolutamente impracticable”. Se  conforman con ordenar su publicación, sin aprobarlo. Prefieren esperar opiniones calificadas sobre el asunto, que no llegan entonces. Hoy volvemos a sus páginas para cumplir el deseo de los representantes del pueblo, tal vez con las ideas que tuvieron ante la proposición sin atreverse a expresarlas. Según se verá a continuación, del plan bolivariano se desprende el designio de un tribunal parecido a la Santa Inquisición, que no pueden admitir con tranquilidad los destinatarios más ilustrados y liberales que lo reciben.

¿No es a una intolerable carga sobre la marcha del gobierno en ciernes, y una intromisión sin freno en la vida privada de los ciudadanos?

Dividido en dos secciones, la Cámara de Moral y la Cámara de Educación, el Poder Moral, también llamado Areópago, estaría formado por “los padres de familia que más se hayan distinguido en la educación de sus hijos, y muy particularmente en el ejercicio de las virtudes públicas”. Serían nombrados en una primera ocasión por el Congreso, pero después se renovarían de acuerdo con la decisión de sus integrantes. Su función esencial consistiría en la creación de una “policía moral”, cuya autoridad dependería del prestigio de naturaleza litúrgica que se daría a sus miembros a través de pormenores como estos que el proyectista sugiere:

Art. 7. Los miembros del Areópago se titularán Padres de la Patria, sus personas son sagradas, y todas las autoridades de la República, los tribunales y corporaciones les tributarán un respeto filial. 

 

Art. 8. La instalación del Areópago se hará con una celebridad extraordinaria, con ceremonias y demostraciones propias para inspirar la más alta y religiosa idea de su institución, y con fiesta en toda la República.

Art. 9. El Congreso reglará por un acta especial los honores que deben hacerse al Areópago, la precedencia que le corresponde en las fiestas y actos públicos, su traje, sus insignias y cuanto concierte al esplendor de que debe estar revestido este Poder Moral.

La pompa que prevé para los areopagitas se asemeja a la española de las ceremonias y las señales del Tribunal del Santo Oficio, exhibición de prendas de autoridad mezclada con anuncios de influencia ineludible, pero la semejanza se hace más evidente en el área de sus atribuciones. Por ejemplo, en lo respectivo a la Cámara de Moral:

Art. 4 Su jurisdicción se extiende no solamente a los individuos, sino a las familias, a los departamentos, a las provincias, a las corporaciones, a los tribunales, a todas las autoridades y aun a la República en cuerpo. Si llegan a desmoralizarse debe delatarlas al mundo entero. El Gobierno mismo le está sujeto, y ella pondrá sobre él una marca de infamia, y lo declarará indigno de la República, si quebranta los tratados o los tergiversa, si viola alguna capitulación o falta a algún empeño o promesa.

 

Art. 5 Las obras morales y políticas, los papeles periódicos y cualesquiera otros escritos están sujetos a su censura, que no será sino posterior a su publicación. La política no le concierne sino en sus relaciones con la moral. Su juicio recaerá sobre el aprecio o desprecio que merecen las obras y se extenderá a declarar si el autor es buen ciudadano, benemérito de la moral o enemigo de ella, y como tal, digno o indigno de pertenecer a una República virtuosa.

Art. 6 Su jurisdicción abraza no solamente lo que se escribe sobre moral, o concerniente a ella, sino también lo que se habla, se declama o se canta en público, siempre para censurarlo y castigarlo, jamás para impedirlo.

El más sumiso de los miembros de la sociedad, entonces y ahora, o el menos perspicaz de los políticos, ayer y hoy, se da cuenta de los peligros encerrados en las decisiones que puede tomar la Cámara de Moral de los areopagitas.

Son atribuciones dirigidas a la parcela de la moralidad, es decir, sin vínculos con las conductas políticas, según el autor del proyecto, pero que  pueden deslizarse hacia un terreno peligrosamente resbaladizo.

No en balde deben separar a los bienaventurados de los villanos, a los santos de los pecadores. No en balde los angelicales areopagitas distinguidos con prendas de dignidad deben crear una “policía moral”, conviene recordar.

Pero los atrevimientos a que puede llegar la Cámara de Educación son especialmente alarmantes y dignos de rechazo por los ciudadanos a quienes se ha prometido una edad dorada de tolerancia y democracia, alejada de las tradiciones del imperio español. Entre ellos la indispensable cooperación que imponen a las madres para la educación de los niños de tierna edad. Veamos: 

Siendo absolutamente indispensable la cooperación de las madres para la educación de los niños en sus primeros años y siendo estos los más preciosos para infundirles las primeras ideas  y los más expuestos por la delicadeza de sus órganos, la Cámara cuidara muy particularmente de publicar y hacer comunes y vulgares en toda la República algunas instrucciones breves y sencillas, acomodadas a la inteligencia de todas las madres de familia sobre uno y otro objeto. Los curas y los agentes departamentales serán los instrumentos de que se valdrá para esparcir estas instrucciones, de modo que no haya una madre que las ignore, debiendo cada una presentar la que haya recibido y manifestar que la sabe el día que se bautice su hijo o se inscriba en el registro de nacimiento.

Estamos ante un designio de adoctrinamiento que se inicia en la pila bautismal, para involucrar a todas las madres de la flamante república. Podemos imaginar, sin caer en exageraciones, lo que hubiera pasado con las renuentes y las indiferentes, o con las partidarias del antiguo régimen. ¿Qué les sucedería ante la cercanía de un totalitarismo?   Baldón eterno, en el mejor de los casos.

El plan viene lleno de buenas y patrióticas intenciones, dirían los bolivarianos ciegos de la actualidad, pero no comete herejía quien los relacione con los planes ortodoxos del rotundo fray Tomás de Torquemada. Quizá pensaran así, sin atreverse a afirmarlo en la tribuna, los diputados de Angostura que dejaron el proyecto de Poder Moral  para la consideración del futuro. En algo se ha tratado de atender su invitación aquí.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

#10DocumentosBolivarianos | El Discurso de Angostura, o la república tutelada, por Elías Pino Iturrieta

Recinto del Congreso de Angostura (estado Bolívar), donde Simón Bolívar pronunció su célebre discurso en 1819. Foto en VTV

@eliaspino

El discurso leído por Bolívar ante el Congreso de Angostura en 15 de febrero de 1819, es la primera gran manifestación de republicanismo que se advierte en su pensamiento. Si el lector lo compara con producciones que ya comentamos, como el Manifiesto de Cartagena y la Carta de Jamaica, advertirá su alejamiento de posiciones radicales y de entendimientos aristocráticos de la sociedad para hacer una primera gran propuesta de cohabitación vinculada con los principios liberales que no había expresado todavía, pero que asume como posibilidad de construir un sistema capaz de amparar a la mayoría de los ciudadanos.

Pero los asume con reservas, según se tratará de mostrar a continuación.

Expresión esencial de su pensamiento, muestra de madurez después de ensayos fallidos de hacer política y de establecerse mediante la guerra, propone ahora un proyecto de administración a través del cual se puede captar la idea que tiene de la sociedad anhelada, una sociedad ilustrada, y los límites que no puede traspasar. Ahora busca cauce diverso para un pueblo sin relaciones con ensayos modernos de gobierno que debe aventurarse a encontrarlos con una cabeza iluminada en la vanguardia, situación que lo lleva a mostrar cautelas sobre las posibilidades que tienen los gobernados de manejarse con propiedad en el nuevo itinerario. Veremos cómo tales cautelas no le permiten expresar confianza sobre las habilidades del pueblo para las faenas de la libertad.

La estabilidad de la república depende, según la tesis que maneja en Angostura, de una misión de vigilancia a través de la cual se comprueben los progresos de una aglomeración de bisoños en un mundo que les es desconocido. El fragmento que sigue condensa los postulados susceptibles de llevar a una sociabilidad supervisada desde las alturas:

Uncido el pueblo americano al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud. Discípulos de tan perniciosos maestros, las lecciones que hemos recibido y los ejemplos que hemos estudiado, son los más destructores. Por el engaño se nos ha dominado más que por la fuerza; y por el vicio se nos ha degradado más bien que por la superstición. La esclavitud es la hija de las tinieblas; un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la incredulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico y civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia. Semejante a un robusto ciego que, instigado por el sentimiento de sus fuerzas, marcha con la seguridad del hombre más perspicaz, y dando en todos los escollos no puede rectificar sus pasos. Un pueblo pervertido si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla; porque en vano se esforzarán en mostrarle que la felicidad consiste en la práctica de la virtud; que el imperio de las leyes es más poderoso que el de los tiranos, porque son más inflexibles, y todo debe someterse a su benéfico rigor; que las buenas costumbres, y no la fuerza, son las columnas de las leyes; que el ejercicio de la justicia es el ejercicio de la libertad. Así, legisladores, vuestra empresa es tanto más ímproba cuanto que tenéis que construir a hombres pervertidos por las ilusiones del error y por los incentivos nocivos. La libertad, dice Rousseau, es un alimento suculento pero de difícil digestión. Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos sus miembros por las cadenas, debilitada la vista en la sombra de las mazmorras, y aniquilados por sus pestilencias serviles, ¿serán capaces de marchar con pasos firmes hacia el augusto Templo de la Libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina?

No insiste ahora en un régimen entendido como herencia de los mantuanos, como se puede desprender de la lectura que hicimos de la Carta de Jamaica, ni tampoco en la vigilancia armada y demoledora de sus planes de Cartagena que desembocan en una sangría, sino en un diagnóstico que lo lleva a lo que es hasta ahora su más acabada expresión de republicanismo. Veamos:

Que los hombres nacen todos con derechos iguales a los bienes de la sociedad, está sancionado por la pluralidad de los sabios; como también lo está que no todos los hombres nacen igualmente aptos a la obtención de todos los rangos; pues todos deben practicar la virtud y no todos la practican; todos deben ser valerosos y todos no lo son; todos deben poseer talentos y todos no los poseen… La naturaleza hace a los hombres desiguales en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen esa diferencia, porque colocan al individuo en la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social.

Las credenciales del mundo colonial, sus caminos para el ascenso no deben existir, según el fragmento, sino los dispositivos que una administración sabia proponga para el desenvolvimiento de los miembros del conglomerado, independientemente de sus aptitudes y sea cual fuere el origen de cada quien. Pero esa sabia administración debe crear, para evitar que las aguas se desborden, un Senado Hereditario y un Poder Moral al cual corresponda la “purificación de las costumbres”.

Ese Poder Moral merece estudio atento, que se intentará en próximo artículo, pero conviene mostrar ahora algunas de sus demasías. Por ejemplo:

Distribuir premios o coronas cívicas cada año a los ciudadanos que más se hayan distinguido por rasgos eminentes de virtud y patriotismo (…) Declarar eminentemente virtuoso, héroe a grande hombre, a los que se hayan hecho dignos de tanta recompensa (…) Proclamar con aplauso los nombres de los ciudadanos virtuosos, y las obras maestras de moral y educación. 

Se trata de atribuciones meticulosas y riesgosas, que llegan hasta el plano de la censura de los libros y a plantear la obligación de cambiar conductas descarriadas. De allí la necesidad de verlas con cuidado en otro texto.

Pero, en medio de la innovación, después de una evolución hacia un  republicanismo no contemplado en pensamientos anteriores, ¿cuál puede ser el motivo que  aconseja a Bolívar a andar con cautela en el área de los derechos ciudadanos?, ¿por qué expresa su preocupación por las pasiones de la multitud y la consiguiente necesidad de crear un Senado Hereditario que las contenga? La formación en la matriz española hace del pueblo una masa incompetente para los trajines de la libertad.

No se trata de una tara congénita, de un mal engendrado por la naturaleza, sino de una mala jugada de la historia frente a la cual se debe actuar como hacen los preceptores con una cohorte de párvulos a quienes se empuja por su bien hacia el interior del aula.

La Colonia les comunicó un catálogo engañoso de luces y sombras, terminó por atrofiarles los sentidos debido a su interés en encadenarlos dentro de un hermetismo de trescientos años que un poseedor de la llave de la iluminación dará por terminado después de ímprobas labores.

De allí que los venezolanos solo puedan acceder a la felicidad con las paciencias y las prevenciones de la cúpula. De allí que necesiten un tutor como el que ahora pronuncia el discurso, o de otros que en el futuro pretendan asumir el magisterio de las multitudes inhábiles. De esos que nunca faltarán, civiles y militares.

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#10DocumentosBolivarianos | El Manifiesto contra Piar, o un ataque encarnizado, por Elías Pino Iturrieta

El prócer de El Juncal y San Félix, Manuel Carlos Piar. Imagen en minci.gob.ve

@eliaspino

El 5 de agosto de 1817, desde el Cuartel General de Guayana, Bolívar publica un Manifiesto a los pueblos de Venezuela  para desacreditar al general Manuel Carlos Piar. A partir de la Expedición de Los Cayos ha hecho esfuerzos para controlar a los comandantes militares, sin lograr el cometido. Las campañas que inicia para buscar el dominio de Caracas han fracasado. Se ve obligado a adentrarse en territorios orientales, que no domina y sobre los cuales ejercen influencia figuras como Santiago Mariño y Manuel Carlos Piar, el primero por sus contactos lugareños y el otro por sus victorias en el campo de batalla. Para lograr obediencia y mantenerse como oficial superior debe jugar todas las cartas, aun las más deleznables.

En la pugna por el monopolio de la autoridad realiza insistentes gestiones contra un levantisco Piar hasta sacárselo de encima, maniobra en cuyo calor produce el documento de exacerbada saña que se verá de seguidas.

Piar ha destacado en las luchas por la Independencia desde los tiempos de la Conspiración de Gual y España. Pardo de origen humilde nacido en Curazao, comienza a participar en hechos de armas a partir de 1812. Miembro de la invasión dirigida por Mariño en 1813 y firmante del Acta de Chacachacare, defiende a Maturín en tres oportunidades. Participa en la Expedición de los Cayos, en cuyos preparativos disiente en ocasiones de las órdenes de Bolívar, y después gana batallas fundamentales para la causa republicana: El Juncal, contra Francisco Tomás Morales, en 1816; y San Félix, contra el brigadier Miguel de la Torre, a principios del siguiente año.

Son encuentros esenciales para afianzar el control del Oriente y para la dominación de Guayana, territorio de trascendencia por la riqueza de sus recursos económicos y por el control del comercio en el Orinoco. Ya con el grado de General en Jefe y cada vez más popular por sus triunfos, apoya las decisiones del Congreso de Cariaco contra la autoridad del Libertador, quien lo cesa de funciones de comando y ordena su retiro del ejército. Piar no obedece y comienza a divulgar la idea del excesivo predominio de los aristócratas blancos sobre los morenos. La novedad llega a los oídos de un superior desairado, quien ordena su prisión y juicio.

Un Consejo de Guerra seleccionado personalmente por él lo condena al paredón, sentencia que se ejecuta en Angostura el 16 de octubre de 1817. En la víspera del suceso, divulga el escandaloso Manifiesto a los pueblos de Venezuela que ahora se comentará.

No es escandaloso que un líder en ascenso y rodeado de riesgos trate de descalificar a un rival peligroso, son vicisitudes habituales de la guerra y la política, pero parecen innecesarias unas afirmaciones que se atreve a ventilar sobre las malvadas relaciones de un monstruo con su santa madre. Prepárense para la impresión que les puede causar su lectura:

… negaba (Piar) conocer el infeliz seno que había llevado este aborto en sus entrañas. Tan nefando en su desnaturalizada ingratitud, ultrajaba a la misma madre de quien había recibido la vida por el solo motivo de no ser aquella respetable mujer, del color claro que él había heredado de su padre. Quien no supo amar, respetar y servir a los autores de sus días, no podía someterse al deber de ciudadano y menos aún al más riguroso de todos: al militar.

El desprecio de la madre conduce a la desobediencia militar y a la desafección política, según se ha leído, vínculo excesivamente especioso que, tal vez por su precariedad, hace que el autor entre de lleno en la descalificación de las batallas que dieron celebridad al rival que mueve la alfombra. Veamos unos botones de la muestra que Bolívar ofrece sobre quien pasa a la historia por proezas esenciales para la Independencia.

Primero:

Ni los rayos de la fortuna consiguieron ilustrar su espíritu en la carrera de la victoria. Maturín sepultó en sus llanuras tres ejércitos españoles, y Maturín quedó siempre expuesta a los mismos peligros que la amenazaban antes de sus triunfos. Tan estúpido era el Jefe que la dirigía en sus operaciones militares.

Segundo:

La fatalidad, entonces anexa a Venezuela, quiso que el General Piar se hallara en Margarita, donde no tenía mando y ha donde había ido por salvar el fruto de sus depredaciones en Barcelona, y más aún por escapar de los peligros de la guerra que él hace solo por enriquecerse a costa de la sangre de los infelices venezolanos. Una vez que ha hecho su botín el valor le falta y la constancia le abandona. Díganlo los campos de Angostura y San Félix, donde su presencia fue tan nula como la del último tambor.

Y tercero:

La batalla del Juncal, casi perdida por este General, fue un terrible desengaño para aquellos alucinados que creían tener en él un gran Capitán; pero su impericia y su cobardía se manifestaron allí de un modo incontestable. Ganada por el General Gregor y los otros subalternos que obraron arbitrariamente hallándose abandonados de su Jefe y sin esperanzas de perseguir los restos fugitivos, el fruto de aquella victoria fue ninguno, como todos los que la fortuna le ha proporcionado.

¿Fue Piar como el “último tambor” en la crucial batalla de San Félix?  ¿Abandonó las tropas en El Juncal? ¿Navegó hacia Margarita para proteger un botín? Los testimonios de la época y las investigaciones de historia militar ofrecen versiones distintas, en las cuales se constata la pericia de quien ahora es presentado como un inútil, pusilánime y deshonesto oficial.

Del contraste se coligen las demasías del atacante, pero también la estatura del aprieto que debe superar. El documento nos pone frente a un político que juega con las armas que la ocasión ofrece, con los ardides de quien procura poder valiéndose de un recipiente de veneno para mojar la pluma; estupenda oportunidad para contemplarlo en el rol que no le han querido atribuir quienes lo juzgan como un individuo inmaculado y como un profeta. De allí la trascendencia de estas letras elocuentes.

El Manifiesto llega a extremos de exageración cuando se detiene en el papel de los blancos y los pardos en el proceso de la Independencia, un punto que distorsiona hasta los extremos del divorcio total de la realidad. Leeremos a continuación lo más destacable sobre el asunto.

Antes de la revolución los blancos tenían opción a todos los destinos de la Monarquía, lograban la eminente dignidad de Ministros del Rey, y aun de Grandes de España. Por el talento, los méritos y la fortuna lo alcanzaban todo. Los pardos, degradados hasta la condición más humillante, estaban privados de todo. El estado santo del Sacerdocio les era prohibido: se podría decir que los españoles les habían cerrado hasta las puertas del cielo. La revolución les ha concedido todos los privilegios, todos los fueros, todas las ventajas.

¿Quiénes son los autores de esta revolución? ¿No son los blancos, los ricos, los títulos de Castilla y aun los Jefes militares al servicio del Rey? ¿Qué principio han proclamado estos caudillos de la Revolución? Las actas del Gobierno de la República son monumentos eternos de justicia y liberalidad. ¿Qué ha reservado para sí el clero, la milicia? ¡Nada, nada, nada! Todo lo han renunciado en favor de la humanidad, de la naturaleza y de la justicia que clamaban por la restauración de los sagrados derechos del hombre. Todo lo inicuo, todo lo bárbaro, todo lo odioso se ha abolido, y en su lugar tenemos la igualdad absoluta hasta en las costumbres domésticas. La libertad hasta de los esclavos, que antes formaban una propiedad de los mismos ciudadanos. La independencia en el más lato sentido de esta palabra ha substituido a cuantas dependencias antes nos encadenaban.

Esta pintura del paraíso es una fantasía, si uno se conforma con comentarios comedidos. Es una extravagante presentación de los aportes de la aristocracia a la sociedad de la época, y de la elevación lograda por los pardos. No existió tal milagro de desprendimiento. No existieron tales patriarcas bondadosos en el cenáculo de los líderes criollos; ni tampoco los morenos conducidos por la virtud de los mantuanos a la cúspide de la vida. Les faltará mucho para obtener lugar justo en la república. Bolívar traspasa los límites de la objetividad cuando propone un boceto de vergel que arrima la brasa para su blanca sardina, pero cuya última razón es la presentación de Piar como destructor de una convivencia susceptible de apoyo. De allí que asome su propósito de detener la destrucción, aun con el auxilio de un paredón.

El hecho de que ahora presenciemos, ojalá sin rasgarnos las vestiduras, cómo el Libertador urde la trama de la muerte de Piar valiéndose de argucias e hipérboles, movido por la saña que necesita para ser poderoso de veras, nos coloca frente a lo que realmente fue la guerra de Independencia, un teatro de atrocidades infinitas. Pero también ante un inflexible político pura sangre, cuyos excesos hemos cubierto con un manto de indulgencia.

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#10DocumentosBolivarianos | La Carta de Jamaica, o la reivindicación de la aristocracia americana, por Elías Pino Iturrieta

En la gráfica: manuscrito de la Carta de Jamaica, escrita por Bolívar en 1815, dos años después de su Proclama de Guerra a Muerte, en 2013.

@eliaspino

Como sus pasos no han sido afortunados, Bolívar debe intentar una rectificación. La dictadura personal y la administración que intenta a partir de 1813 terminan en descalabro. La Proclama de Guerra a Muerte, examinada en artículo anterior, no solo ha provocado una sangría injustificada. También le ha traído mala prensa. De una campaña posterior en la Nueva Granada le quedan la pérdida del mando militar y del dinero que apenas le alcanzaba.

Desolado, pero no vencido, sin comando de tropas, pero ansioso por recuperarlo; desprestigiado ante la opinión extranjera por su empecinamiento en el derramamiento de sangre, pero interesado en minimizarlo, necesita una resurrección.

Es lo que pretende en Jamaica con la escritura de un texto memorable, cuando se presenta ante la opinión de los ingleses como remendador de los desafueros anteriores y como una figura patriarcal.

Entre septiembre y diciembre de 1815, redacta en Kingston la Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla, conocida como Carta de Jamaica, y Señor redactor o editor de la Gaceta de Jamaica, un texto complementario. Para borrar la imagen que le persigue de atrevido jacobino, plantea ahora el proyecto de la Independencia como salvaguarda de las prerrogativas de los blancos criollos. Un cambio drástico, en relación con los propósitos del pasado reciente; un viraje inesperado de la violencia a la circunspección, que parte de la siguiente idea general:

El Emperador Carlos V formó un pacto con los descubridores de América que, como dice Guerra, es nuestro contrato social. Los reyes de España convinieron solemnemente con ellos que lo ejecutasen por su cuenta y riesgo, prohibiéndoseles hacerlo a costa de la real hacienda, y por esta razón se les concedía que fuesen señores de la tierra, que organizasen la administración y ejerciesen la judicatura en apelación, con muchas exenciones y privilegios que sería prolijo detallar. El Rey se comprometió a no enajenar jamás las provincias americanas, como que a él no le tocaba otra jurisdicción que la del alto gobierno, siendo una especie de propiedad feudal la que allí tenían los conquistadores para sí y sus descendientes. Al mismo tiempo existen leyes expresas que favorecen casi exclusivamente a los naturales del país originarios de España en cuanto a los empleos civiles, eclesiásticos y de rentas. Por manera que, con una violación manifiesta de las leyes y de los pactos subsistentes, se han visto despojar aquellos naturales de la autoridad constitucional que les daba su código.

Ese Guerra a quien alude es fray Servando Teresa de Mier, autor mexicano quien había escrito una Historia de la revolución de la Nueva España para reivindicar los derechos de sus ascendientes, conquistadores y figuras de la nobleza regional con riquezas y privilegios que disfrutaba y que corrían peligro debido a la invasión de España por los franceses. De acuerdo con la interpretación que Bolívar hace de sus argumentos, el problema y el pretexto de la insurgencia se reducen a la ruptura de un convenio esencial entre el monarca y un selecto grupo de vasallos. La alteración de una tradición metropolitana, provocada por la abdicación de Carlos IV en favor de José Bonaparte, es la base del argumento.

Ahora el Libertador se aferra a la negación del derecho de unos pocos para avalar su conducta frente al imperio español y ante la opinión de sus destinatarios británicos.

Pero, ¿cómo justifica la lucha por la permanencia de prerrogativas de una “propiedad feudal”? Mediante la apología de las virtudes de los descendientes de los conquistadores que se establecieron en la época del poblamiento. A través del enaltecimiento de su procedencia y de la de gentes como él, desde luego. Veamos:

El colono español no oprime a su doméstico con trabajos excesivos, lo trata como un compañero; lo educa en los principios de moral y de humanidad que prescribe la religión de Jesús. Como su dulzura es ilimitada, la ejerce en toda su extensión con aquella benevolencia que inspira una comunicación familiar. El no está aguijoneado por los estímulos de la avaricia ni por los de la necesidad, que producen la ferocidad de carácter y la rigidez de principios, tan contrarios a la humanidad. El americano del sur vive a sus anchas en su país nativo; satisface sus necesidades y pasiones a poca costa. Montes de oro y de plata le proporcionan riquezas fáciles con que obtiene los objetos de la Europa.

Los papeles de Jamaica proponen la continuidad del paraíso español, traicionado por el monarca de turno. Pregonan las virtudes de unos propietarios angelicales en cuyo nombre se hace ahora una guerra. De allí que su autor se  atreva a afirmar más adelante, sin empacho:

El esclavo en América vegeta abandonado en las haciendas, gozando, por decirlo así, de su inacción, de la hacienda de su señor y de una gran parte de los bienes de la libertad; y como la religión le ha persuadido que es un deber sagrado servir, ha nacido y existido en esa dependencia doméstica, se considera en su estado natural como un miembro de la familia de su amo, a quien ama y respeta.

No solo estamos ante una canonización de los propietarios de estirpe criolla, sino también, sin duda, frente a una descripción totalmente desapegada de la realidad. Es difícil encontrar testimonios que la avalen. El autor de la Guerra a Muerte es ahora abogado de la cultura española, o publicista de la santidad de sus sucesores; es decir, el escudo de todo lo que desprecia y quiere destruir en 1813. Ahora lo quiere conservar.

No es el vengador de la víspera, sino un comedido observador de la conquista española, o su heredero. No es el joven prepotente de la Segunda República, sino un suplicante de favores británicos a quien conviene vestirse de mansedumbre.

Y, desde luego, no es el evangelista que el futuro se ha empeñado en consagrar, sino un político metido en su papel para beneficio de sus intereses. En consecuencia, quienes leen los documentos bolivarianos como si fueran fragmentos de la sagrada escritura tienen la oportunidad de abandonar su sumisión de catecúmenos, si los revisan con autonomía de criterio. La Carta de Jamaica y el escrito que la acompaña tienen más tela para cortar, si los destinatarios de la actualidad se fijan en otros aspectos que no se analizan aquí porque no estamos en un salón de conferencias, sino apenas en un esbozo de divulgación. O en un intento de provocación.

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#10DocumentosBolivarianos | Proclama de Guerra a Muerte, o la insensatez de un holocausto, por Elías Pino Iturrieta

Óleo que recoge la firma de Bolívar de la Proclama de Guerra a Muerte. Gráfica en Wikimedia Commons, dominio público.

@eliaspino

Las reacciones de la posteridad ante la Proclama de Guerra a Muerte, escrita por Bolívar y publicada en Trujillo el 15 de junio de 1813, impresionan por su timidez y su miopía. Un documento capaz de provocar reacciones escandalosas, o críticas sobradas de fundamento, ha encontrado una comprensión difícil de explicar.

¿No la leyeron con calma los historiadores del futuro, para plantarse en juicios benévolos que no captaron la atrocidad de su contenido? ¿Revisaron un documento anodino, en lugar de una disposición susceptible de provocar opiniones severas, o simplemente serias? Lo más atinado que han ofrecido como análisis es afirmar que el Libertador necesitaba partir en dos el sólido bloque de la población opuesto a la Independencia, encontrar prosélitos para una causa sin apoyo social, y por eso la publicación de la Proclama. Una comprensible estrategia política, por lo tanto. Sin embargo, como se tratará de ver a continuación, estamos ante un testimonio de ferocidad que no merece indulgencia, ni obedece a una búsqueda de clientela popular.

Estamos, además, ante una medida que ha pensado desde meses anteriores, si consideramos que tiene antecedentes en el Manifiesto de Cartagena comentado en nuestro artículo de la pasada semana.

El aludido texto anuncia una demolición que no detalla, pero que encuentra soporte en la decisión de 1813 a través de una orden de exterminio que debemos refrescar para que se capte la magnitud de la carnicería que Venezuela sufrirá por su mandato:

Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables.

Pero, al principio del documento, anuncia la restauración de la legalidad de 1811. Afirma: …“venimos a establecer los gobiernos republicanos que formaban la Confederación de Venezuela”. ¿Cómo puede cumplir lo que ofrece, cuando concluye con una fulminación que jamás pasó por la cabeza de los padres conscriptos? ¿Cómo puede, blandiendo una cuchilla, volver a la prudencia de los fundadores de la patria? ¿Cuál legalidad quiere restituir, si solo piensa en levantar patíbulos? Al contrario: topó con la manera, descubrimos ahora, de acabar con las “repúblicas aéreas” contra las cuales arremetió en Cartagena. En Trujillo desvela la fórmula: una manera panorámica y arbitraria de disponer la  inmolación y la benevolencia.

En Venezuela ya existe la guerra a muerte, iniciada por Monteverde y multiplicada por Boves cuando ejecutan acciones sanguinarias y desenfrenadas contra cualquier grupo o individuo atravesados en su camino, pero no la han convertido en decisión suscrita en un documento que ha de sentirse como orden terminante. Monteverde y Boves asesinan poblaciones a mansalva, pero se amparan en los códigos de la monarquía. Aseguran que los respetan, o no plantean objeciones sobre sus contenidos. Los pisotean a placer, pero no reniegan de ellos. Bolívar, en cambio, toma expresamente una decisión contraria a la legalidad que viene a restaurar, de acuerdo con lo que escribe al principio de la Proclama y con los deseos de sus patrocinadores del gobierno de Cartagena.

Vuelva usted a poner las cosas de Venezuela como estaban en 1811, ordena el presidente Camilo Torres cuando le da tropas y bagajes para una campaña militar. Pero el enviado hace exactamente lo contrario al promover un baño de sangre partiendo de una generalización insostenible, debido a la cual ordena un holocausto a través de pregón leído en plaza pública.

Un genocidio por orden superior y desplegado mediante altavoz, diríamos en lenguaje contemporáneo.

La Proclama de Guerra a Muerte es breve, apenas ocupa un par de páginas que no abundan en explicaciones, pero en texto anterior, publicado en Mérida el 8 de junio, Bolívar ofrece una justificación de su decisión, a través de la cual se observa cómo remite a un panorama de ardua comprensión. Veamos:

Todas las partes del globo están teñidas en sangre inocente que han hecho derramar los feroces españoles, como todas ellas están manchadas por los crímenes que han cometido, no por amor a la gloria sino en busca del metal infame que es su Dios soberano. Los verdugos que se titulan nuestros enemigos, han violado el sagrado de derecho de gentes y de las naciones en Quito, la Paz, México y recientemente en Popayán (…) sepultaron vivos en las bóvedas y pontones de Puerto Cabello y de la Guaira a nuestros padres, hijos y amigos (…) Mas esas víctimas serán vengadas, estos verdugos serán exterminados. Nuestra bondad se agotó ya, y puesto que nuestros opresores nos fuerzan a una guerra mortal, ellos desparecerán de América, y nuestra tierra será purgada de los monstruos que la infectan.

Según se pudo apreciar, habla de un conflicto universal entre la maldad de los españoles y la virtud de sus víctimas, sin contemplar matices. Resuelve que Venezuela se convierta en sede de una justicia sin fronteras, en un tribunal sin límites que lleve a cabo la venganza contra tropelías sucedidas en cualquier parte. Aquí se hará una purga continental de malvados, como si se tuviera el derecho de hacerla, como si de veras existiera ese enjambre de malvados y como si no hubiese  jurisdicciones e instancias establecidas para encontrar justicia. Solo un apego excesivo a las desmesuras del pensamiento ilustrado, que se vanagloriaba de pontificar sobre la humanidad entera en nombre de la Diosa Razón, puede servir de soporte a la descabellada pretensión. O los poderes que se atribuye el guerrero, que son apenas incipientes, pero a los cuales concede autoridad para disponer la vida y la muerte de los hispanoamericanos.

Hay pruebas suficientes sobre el terror que se apodera de la sociedad cuando se cumplen las disposiciones de la Proclama de Guerra a Muerte.

Baste ahora la referencia a unas órdenes perentorias del Libertador al comandante de la Guaira, enviadas en febrero de 1814: …“inmediatamente se pasen por las armas todos los españoles presos en esas bóvedas y en el hospital, sin excepción alguna”. Llega entonces a ochocientos la cifra de los cautivos y los enfermos que mueren por decapitación en el lapso de dos días, sin que aparezcan los seguidores que busca el hombre que ejerce el poder sin misericordia. Continúa la renuencia del pueblo frente a los planes de Independencia, o aumenta debido a las tajantes medidas. ¿No es suficiente el pormenor para mirar con otros ojos, más certeros, menos desprejuiciados, al autor de una sangría cruel e injustificada?

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#10DocumentosBolivarianos | El Manifiesto de Cartagena, primera arremetida “patriótica” contra la república, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

El Manifiesto de Cartagena es el primer documento público que Bolívar redacta. Circula el 15 de diciembre de 1812 y es un antecedente de la campaña triunfal que después realiza en Venezuela, partiendo de territorio neogranadino. La mayoría de los historiadores no ha apreciado la amenaza que significa entonces para la república nacida en 1811, según se tratará de plantear ahora. Para tal efecto, antes de ver el punto esencial de su contenido, conviene detenerse en las descripciones que vienen de seguidas.

El designio de los padres fundadores ha fracasado debido a la reconquista llevada a cabo por Domingo Monteverde con amplio respaldo popular. La república proclamada el 5 de julio cae ante las huestes del reconquistador, quien no solo vence por la pericia de sus tropas, sino también por la inoperancia de los ejércitos recién formados por Miranda y por la frialdad del pueblo llano ante el proyecto de Independencia.

Los desafortunados movimientos del Generalísimo, que van del timbo al tambo, generan un ambiente de rechazo en la oficialidad subalterna y agrias discusiones en el parlamento. Una atmósfera de crispación ante el precursor convertido en Dictador, que alcanza el clímax cuando suscribe la Capitulación de San Mateo ante su rival, considerada por muchos como una rendición incondicional que se pudo evitar, abre la compuerta de las recriminaciones y de vergonzosas zancadillas entre cuyos protagonistas se encuentra el coronel Simón Bolívar.

Miranda ha expresado en sus tertulias que el joven Bolívar es “un individuo peligroso”, pero le ha encomendado una importante misión en la cual fracasa estrepitosamente: la comandancia de la fortaleza de Puerto Cabello, depósito de un cuantioso polvorín y cárcel de peligrosos prisioneros realistas. La pierde sin paliativos.

Conclusión de un destino aceptado a regañadientes, lo que para algunos es un desafío que no puede cumplir por su inexperiencia, o un purgatorio escogido a propósito por el superior, desencadena una respuesta que termina con la deplorable decisión de poner al jefe en las manos del verdugo. Un grupo de complotados, entre ellos el fracasado de la víspera, lleva a Miranda hasta la prisión para que lo vejen y deporten a España. La felonía se puede considerar como antecedente de la “justicia” que pretenderá después imponer.

Hay otro asunto que debe sacudir la sensibilidad del autor de la felonía. Se ha enseñoreado una pandilla de canarios ineducados y violentos, ante cuyos despachos debe desfilar lo más granado del mantuanaje para salvaguardar las propiedades y la vida. Abundantes testimonios reflejan la humillación de la aristocracia ante gentes que antes despreciaban por considerar que vivían en la orilla de la sociedad. Es la revolución que no está programada, y que no han visto los investigadores de futuro. Es la maroma alarmante de la periferia hacia el centro de los acontecimientos.

Debe producir conmociones violentas, sentimientos encontrados, ramificaciones oscuras en el ánimo del subestimado blanco criollo que desde el abismo piensa volver por sus fueros. Las influencias lo libran de la prisión, o del cadalso, porque Monteverde le concede el excepcional favor de un pasaporte para abandonar la gobernación con abundancia de recursos materiales. La cuchilla afilada no lo toca ni con el pétalo de una rosa. Viaja a Curazao y después a Cartagena, donde gana una cadena de escaramuzas y logra la bendición del presidente  Camilo Torres, quien le facilita tropas y bagajes para una incursión en territorio venezolano. En el trance de ese primer renacimiento escribe el documento que ahora nos ocupa.

Veamos ahora lo fundamental de los reproches que expone en el texto:

Los códigos que consultaban nuestros magistrados no eran los que podían enseñarles la ciencia práctica del Gobierno, sino los que han formado ciertos buenos visionarios que, imaginándose repúblicas aéreas, han procurado alcanzar la perfección política presuponiendo la perfectibilidad del linaje humano. Por manera que tuvimos filósofos por jefes, filantropía por legislación, dialéctica por táctica y sofistas por soldados. Con semejante subversión de principios, y de cosas, el orden social se resintió extremadamente conmovido, y desde luego corrió el Estado a pasos agigantados a una disolución universal, que bien pronto se vio realizada. De allí nació la impunidad de los delitos cometidos descaradamente por los descontentos, y particularmente por nuestros natos, i implacables enemigos, los españoles europeos… a cada conspiración sucedía un perdón, y a cada perdón sucedía otra conspiración que se volvía a perdonar; porque los Gobiernos liberales deben distinguirse por la clemencia. ¡Clemencia criminal, que contribuyó más que nada, a derribar la máquina que todavía no habíamos enteramente concluido!

No hay dudas, después de leer el fragmento, de cómo su autor se distancia olímpicamente del ensayo de orden moderno que nace en 1811, y al cual debe Venezuela su existencia como república. Asegura que el derrumbe no se debe solo a los realistas, sino especialmente a la incompetencia y a la ingenuidad de los primeros republicanos, sus colegas y compañeros de viaje un año antes. El primerizo de Cartagena ataca, con especial insistencia y bajo la capa de una atractiva prosa, a los fabricantes del primer ensayo de autonomía.

La misericordia no existe en el vistazo, ni la compasión ante los desastres anteriores. Tampoco una comedida comprensión. No solo es oscura la obra de los realistas triunfales, sino también la de los padres conscriptos. Nada de positivo ve Bolívar en su modelo, nada digno de continuidad. Como sabemos lo que sucede después, lo que es capaz de hacer el crítico de Cartagena, es evidente que pone a la sociedad ante un enigma que puede degenerar en la negación de las formas morigeradas por las cuales se comenzó a luchar hace poco, y en la ejecución de otras distintas, más drásticas. También es innegable que presenta la propuesta de un vacío, la alternativa de un plan que solo existe en su cabeza y que no asoma ni en los rincones de su escrito; de un designio susceptible de conducir a situaciones inesperadas, o realmente sorprendentes, en relación con lo que ha sucedido.

El Manifiesto de Cartagena nos conduce a una alarmante paradoja. Ahora no solo los actores de la reconquista canaria destruyen la primera obra política de trascendencia hecha en Venezuela, sino también el joven que pontifica desde el exilio contra la naciente república.

Lo que no apabullaron los realistas, queda servido en bandeja de plata para que él termine la faena. ¿Acaso su crítica contiene un gramo de indulgencia? ¿No anuncia una rectificación severa? ¿Asoma ideas capaces de sugerir un futuro apacible, o menos intemperante?

Llama la atención que los habituales lectores del documento no se hayan paseado por estas interrogantes, que son el prólogo de una dominación personal y de un baño de sangre. El Manifiesto de Cartagena anuncia la Guerra a Muerte, un propósito de destrucción para que las repúblicas aéreas toquen tierra haciéndose inclementes. De lo cual se desprende que la Independencia no solo debe chocar con el valladar de las armas españolas, sino también con “fuego amigo”.

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Diez documentos bolivarianos | Introducción, por Elías Pino Iturrieta

Fragmento del oficio dirigido por el Libertador a la Comisión Político-Militar del Supremo Congreso de Nueva Granada, relacionado con la Campaña Admirable / Archivo General de la Nación. Foto en el blog Papeles de Historia Venezuela

@eliaspino

La sociedad venezolana se acerca a los escritos de Simón Bolívar como si fueran versículos del Evangelio. Para la mayoría de los lectores de la actualidad, pero también para quienes los han consultado desde el siglo XIX, son la verdad revelada durante una trayectoria como la de los profetas bíblicos, o piezas de una reverenciada teología que resiste el paso del tiempo y los exámenes de la investigación profesional. A partir de ahora y durante diez entregas sucesivas, se tratará de mirarlos como lo que fueron, como lo único que pudieron ser, expresiones de una lucha política del pasado que debe someterse a análisis, como los realizados por otras sociedades con los testimonios de sus héroes y creadores.

El solo hecho de proponer esta explicación descubre la magnitud del reto. La adoración de los documentos del Libertador, promesas, talismanes, medallitas y velones incluidos; la sumisión a sus postulados, su consagración como luz irrebatible de su época y de la posteridad, obligan a una prevención inhabitual en el resto de las sociedades que miran hacia el pasado con ojos apacibles, o menos guiados por una especie de fanatismo confesional, sin colocar a sus grandes hombres en un firmamento inaccesible e inviolable. Ciertamente los respetan y persiguen su ejemplo, se nutren de sus hazañas y sus ideas, pero sin colocarlos en la casilla de las especies sobrehumanas o cuasi divinas.

En el comentario de diez textos producidos por el prócer, que se presentarán a partir de la próxima semana, se tratará de hacer como han hecho en otras latitudes con sus padres conscriptos, no sin prever la necesidad de un escudo que evite dardos y excomuniones. De allí la necesidad de esta introducción.

Conviene llamar la atención sobre el hecho fundamental que ha impedido la comprensión de la peripecia bolivariana: se ha considerado al Libertador como individuo infalible, como un protagonista alejado de las pasiones que mueven a los mortales comunes y corrientes.

Como una especie de bienaventurado a quien jamás tocaron las ambiciones terrenales, ni las pedestres incitaciones que han determinado la conducta de las criaturas grandes y pequeñas  a través del tiempo. Pero deben saber los lectores lo que en realidad fue, según señalan todas las evidencias de su tránsito, lo único que fue: un político y un hombre de armas, un fabricante de poder y un soldado dispuesto a baños de sangre. No habitó conventos, sino asambleas encendidas. En lugar de predicar la concordia, hizo terribles guerras.

Inconforme con la escena que le tocó vivir, se empeñó en hacerla distinta a través de movimientos capaces de conmoverla, de llenarla de desasosiego. ¿Cómo lograr el objetivo sin el ejercicio de la violencia, o sin el manejo cambiante de la palabra y la pluma, según han hecho habitualmente los soldados y los políticos a través de la historia? ¿Cómo hacer historia en un país de contiendas, metido en el papel de los ángeles y de los seres inmaculados?

Tales propósitos y tales maneras de actuar no han sido considerados por la mayoría de los ciudadanos venezolanos, convertidos en miembros de un culto patriótico que no admite herejías. A través de la revisión de diez documentos esenciales, en adelante trataremos de verlos desde la perspectiva del tiempo histórico de principios del siglo XIX, y de los proyectos de transformación y dominación que entonces se llevan a cabo; es decir, partiendo de los intereses que se juegan en ese tramo temporal y de los conflictos que provocan. Solo gracias a ese vínculo se puede colocar al grande hombre en su correspondiente escala, sin meterlo a la fuerza en las luchas o en las necesidades del futuro, ni glorificarlo a través de apologías superficiales y nocivas. Es un intento llevado a cabo por algunos historiadores -Carrera Damas, Caballero, Castro Leyva, yo mismo y otros pocos-, pero que todavía no se ha adentrado en los terrenos de la divulgación masiva.

A través de Runrunes ahora se abonará esa parcela accesible a todos los visitantes del portal, prácticamente inédita en estos menesteres, o solo transitada por viajantes atrevidos.

Se promete una serie capaz de sugerir una versión distinta del héroe, más seria y menos bobalicona; un trabajo sin erudiciones, pero con los pies en la tierra. Nada de Panteón Nacional, ni de celestiales homilías, nada de discursos farragosos que ocultan la verdad, nada de pudores fútiles. Se espera que los lectores topen con entendimientos de Bolívar que no han circulado en grandes espacios, ni han tenido audiencias gigantescas. Y se espera que el encuentro les haga bien, desde luego. Adiós, san Simón evangelista.

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#10PensadoresIneludibles | Teodoro Petkoff, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

De nuevo un político pura sangre en el repertorio de nuestros pensadores ineludibles. Antes incluimos a Rómulo Betancourt. Ahora cerramos la serie con un controvertido hombre de acción, Teodoro Petkoff, debido a la atrevida interpretación de la realidad que llevó a cabo. Sus ideas fueron capaces de traspasar las barreras nacionales para adelantarse en propuestas de gran significación para las democracias del mundo occidental.

Fue el pionero de una trasformación política susceptible de cambiar la conducta de los partidos de izquierda revolucionaria y su visión de los entornos en América Latina y Europa.

El luchador puesto ante el trance de rectificar sus pasos, lo hace con una profundidad que aconseja a una parte del liderazgo internacional hacer lo mismo debido a que les ofrece el itinerario de una mudanza  prometedora.

En los comienzos de su vida pública, Petkoff fue una figura sobresaliente del movimiento comunista. Participó en las actividades de su partido desde 1949, como agitador desde las filas juveniles. Fue presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Economía de la UCV, donde se graduó con honores y después ejerció como catedrático. Llegó a ser miembro del buró político del PCV.

No conoció el descanso en sus actividades subversivas contra la dictadura de Pérez Jiménez y, más tarde, contra los gobiernos democráticos de Betancourt y Leoni. Entonces se incorporó a las guerrillas de las FALN en las montañas de Falcón, Portuguesa y Trujillo. Sus pasos por la cárcel lo llevaron a la celebridad debido a las espectaculares fugas que protagonizó; una desde las alturas del Hospital Militar y otra por un túnel que lo condujo a la libertad junto con otros dos prisioneros famosos, Pompeyo Márquez y Guillermo García Ponce.

En 1969 se acogió a la política de pacificación promovida por el gobierno de Caldera, para dedicarse a la renovación de la organización en la que militaba desde la juventud. De sus propuestas resultaron la división del PCV y la fundación del MAS, en 1971, una tolda harto atractiva en sus inicios. Luego fue diputado en el Congreso Nacional y candidato presidencial en 1983 y 1988, sin lograr el favor de los electores. En 1992 se postuló para la Alcaldía de Caracas, pero fracasó en su aspiración. En 1993 participó activamente en el retorno de Caldera a Miraflores y ocupó en su administración el cargo de Ministro de Cordiplan.

Se retiró del MAS debido al vínculo establecido por sus dirigentes con la “revolución bolivariana”. El ascenso de Chávez lo llevó a la actividad periodística como director de El Mundo, vespertino muy popular, y después como editor de Tal Cual, un periódico independiente que creó para enfrentarse al oficialismo. Perseguidos por la autonomía de sus criterios, el fundador y su impreso sufrieron acoso judicial sin doblegarse.

Se hizo merecedor de dos galardones por la valentía de su trabajo en la prensa cotidiana: los premios Moors Cabot y José Ortega y Gasset. La revista Foreign Policy lo incluyó entre los pensadores más influyentes del mundo en 2011. Destacan en su bibliografía los siguientes títulos: Checoslovaquia: el socialismo como problema, El socialismo irreal, Proceso a la izquierda, Porqué hago lo que hago, Del optimismo de la voluntad: escritos políticos, Una segunda opinión y Chávez Tal Cual. Parte de su trabajo y de sus ideales fue recogida  por los periodistas Ramón Hernández y Alonso Moleiro, en libros de provechosa consulta.

La invasión de Praga en 1968 por las fuerzas soviéticas es el motivo fundamental que provoca los aportes de su pensamiento, hasta llevarlo a plantear una renovación de las organizaciones comunistas en el país y, debido a la perspicacia de sus observaciones, igualmente en otras latitudes. Las conmociones del Mayo francés, capaces de provocar entusiasmo generalizado en las nuevas generaciones de la época, también provocan las reflexiones que ahora importan; sin subestimar la influencia de la realidad venezolana debido a la cual comprueba las dificultades insuperables de la lucha guerrillera para tomar el poder y, más todavía, la distancia de las aspiraciones populares con los métodos de lucha de los grupos subversivos.

Asume el desafío inédito de establecer vínculos entre los proyectos socialistas y los principios de la democracia representativa. Jamás nadie antes había planteado la obligatoriedad de un nexo que antes cualquier político de la izquierda tradicional hubiera calificado de temeridad, o de traición.

Sin abandonar los valores que considera fundamentales desde su juventud, sin alejarse de sus postulados esenciales, proscribe los caminos de la alteración violenta del orden social para llegar a estadios de justicia colectiva y convivencia equitativa.

De allí su insistencia en críticas severas de la izquierda venezolana, no solo capaces de provocar el decaimiento del antiguo y anémico PCV, sino también de atraer a sectores intelectuales y a grupos juveniles en la fragua de una bandería, o de una opinión colectiva capaz de hacer una lectura diversa de Venezuela y de disputar el monopolio de los tradicionales partidos de masas. Desde la fundación de Acción Democrática, no se había presentado a la sociedad una propuesta susceptible de mudar las relaciones políticas. Desde las postrimerías del posgomecismo, nadie había movido la corriente de la política con un ímpetu capaz de renovarla de veras.

Poco dado a los alardes, Petkoff soltó en una entrevista la siguiente afirmación: “Nosotros inventamos el Eurocomunismo”. Como la metamorfosis de los movimientos marxistas y la nueva indumentaria que estrenan los partidos leninistas de Europa, hasta el extremo de no reconocerse ante el espejo, suceden después de la circulación de su libro sobre Checoslovaquia y luego de su advertencia en torno a las limitaciones de las ideas predominantes en la izquierda, es evidente el papel de adelantado que se le debe atribuir en un fenómeno de escala universal.

Cuando las autoridades de la Unión Soviética decretan una solemne excomunión de sus ideas y Fidel Castro lo acusa de agente de la CIA, de relapso sin posibilidad de redención, los principios de renovación que ha pregonado aumentan su prestigio e influyen en las transformaciones del comunismo europeo. En América Latina conducen a la fundación de toldas como la que ha creado en su país. O a la proliferación de grupos de opinión que congenian con sus postulados.

Razones todas de sobra para incluir a Teodoro Petkoff en la nómina de los diez pensadores ineludibles de Venezuela. También para sentir cómo pueden las vicisitudes nacionales conducir a capítulos de iluminación, y cómo pueden hacernos sentir cercanos al legado de un político que formó parte de nuestras simpatías, o de nuestras diferencias. A ser también Historia Contemporánea, en suma.

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