Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

Explicación de fiebres y epidemias en los inicios republicanos, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

A partir de 1830, después de la desmembración de Colombia, el gobierno trata de manejar en términos científicos los problemas de la salud, y de comunicar a la ciudadanía informaciones solventes sobre las enfermedades habituales. ¿Se manejan con criterios inobjetables, trasmiten datos capaces de conducir a buen puerto en materia de sanidad social?

No sin recomendar cautela, de seguidas veremos varios amagos en la materia, susceptibles de descubrir cómo cojean las patas de las autoridades y de los médicos en un asunto de tanta relevancia.

El primer intento en este sentido, orientado a escala nacional, es la explicación que el Ministerio de lo Interior y Justicia dirige a las gobernaciones para describir los principales males, y para solicitarles la realización de actividades pedagógicas en las regiones, que pudieran  evitar la propagación de enfermedades. El plan se reduce a un primer documento sobre las llamadas fiebres intermitentes, lo cual descubre el pobre fuelle de la iniciativa, pero nos deja una clasificación de las calenturas que conviene recordar.

De acuerdo con el solitario documento, si las fiebres sobrevienen en el lapso de veinticuatro horas se denominan cuotidianas. Deben llamarse tercianas si se presentan un día sí y otro no. Si se manifiestan en el primero y cuarto días, con un intervalo de setenta y dos horas, toman el nombre de cuartanas. También se distinguen por el período de su aparición durante el año, y a la magnitud de sus consecuencias. Expresa el texto oficial:

Cuando se manifiestan en la primavera se llaman vernales, y si en otoño se conocen con el nombre de autumales. Con frecuencia son de larga duración en los países cálidos, resistiendo a toda curación, dando origen a otras afecciones crónicas, particularmente las hinchazones adematorias, y a un aumento más o menos considerable del hígado o del bazo.

Pero lo más notorio de la fuente se observa cuando se detiene en las causas de la fiebre, tan vago como lo que pudieran saber los destinatarios sobre el mal. Leamos:

Parece se halla conocido con bastante generalidad que los mismos pantanos, cuando obra el calor sobre ellos, constituye la más frecuente causa de la enfermedad. Debemos presumir que en los pantanos o tierras pantanosas, se verifica continuamente una putrefacción de materia animal y vegetal, y por tanto casi todos los prácticos han convenido que esta putrefacción comunicaba una cualidad peculiar a las partículas acuosas que se desprenden (…) Todavía no se conocen con exactitud todas las circunstancias necesarias para que estos efluvios provoquen las intermitentes. Según las observaciones que se han hecho en los distintos pantanos, resulta que estando estos mismos diluidos en una excesiva exhalación venosas, como sucede en los veranos de abundantes lluvias, son inertes absolutamente; para cuando son producidos de aguas estancadas y de una suciedad concentrada en consecuencia de la sequedad y excesivo calor que se observa hacia el fin del verano y principios de otoño, entonces obran con mucha violencia y malignidad.

No podemos subestimar este esfuerzo didáctico de 1832, aunque llegue a aseveraciones definitivas sobre el nexo de los pantanos con las fiebres intermitentes, pero conviene resaltar que habla de pareceres y presunciones, y que solo se atiene al juicio de los prácticos.  

El médico de ciudad que trabaja entonces en Maracaibo no se sale del libreto. En correspondencia de 14 de octubre del mismo año, escribe desde el Hospital Público de Caridad:

Los muy controlados casos de enfermedades, pienso que hay que atribuirlos a las características ambientales, que si ligeras llevan a lo ligero, y si fuertes llevan a la propagación de afecciones y desórdenes entre la población.

¿Cabe algo más superficial? Tal vez las letras de un médico de Valencia, quien escribe a la Junta de Sanidad de la Provincia una explicación parecida. Su correspondencia, fechada en 7 de octubre de 1833, dice:

No ha habido enfermedades, debido a la benignidad del ambiente. Las lluvias normales, los vientos templados, las noches iluminadas y el pasadero verano confirman la experiencia de que terminen protegiendo la constitución y fortaleza de los organismos y alejando padecimientos que en situación distinta serían inevitables.

El panorama hubiera cambiado con la inclemencia del calor y con la fuerza de las tempestades, por lo tanto. Pero miremos otra explicación, ahora de 1849, que sale de la medicatura de Ciudad Bolívar. Establece una relación entre el cese de las enfermedades y las costumbres de los habitantes del lugar, que no deja de ser una extravagancia.

A tales males (unas epidemias de reciente data) daban pábulo el mal régimen de vida que entre una gran parte de los habitantes se veía, y cierta constitución atmosférica nociva. (…) No debe pasarse en silencio una circunstancia, la que, en mi concepto, contribuye considerablemente para evitar un gran número de enfermedades o accidentes y sus funestas consecuencias entre una gran porción de estos habitantes. Me contraigo a la mala costumbre de los frecuentes bailes o fandangos que hasta años anteriores tenían lugar casi todas las noches en diferentes sitios de esta ciudad, donde por los diversos excesos cometidos, como son, por ejemplo, las trasnochadas, el excesivo uso de los licores espirituosos, la demasiado agitación corporal y otras varias faltas de moralidad, se originaron graves perjuicios en la salubridad personal de los concurrentes; esa mala costumbre ya no existe, hacen años, y muy palpables son en el día los buenos efectos de la acertada disposición sanitaria de haber prohibido semejantes diversiones, permitiéndose ahora poner uno u otro baile de esta especie una vez a la semana, y esto bajo la necesaria inspección de la ronda de policía para impedir ciertos desórdenes. 

El vínculo que ahora establece un facultativo entre la costumbre de bailar y la multiplicación de los pacientes, entre la moral y la decadencia corporal, forma parte de las aproximaciones que hace la naciente república al crucial asunto de las enfermedades.

La mayoría de las interpretaciones dependen de juicios individuales, como se ha mostrado, de lo que unos profesionales piensan sobre lo que observan en sus contornos sin la influencia de lo que pudieron aprender en la universidad, o en manuales especializados. Como apenas está comenzando el calvario de los flagelos capaces de arrasar con poblaciones enteras, no deja de ser un verdadero portento que los venezolanos de entonces sobrevivieran y se prepararan para los desafíos del futuro.

Dado que ahora apenas se ha mostrado el tramo inicial de un sendero que poco a poco se desbroza, los médicos y los gobiernos encontrarán  soluciones que al principio brillan por su ausencia, pero evitarán que la república se convierta en un gigantesco cementerio nacional.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Una república sin médicos, por Elías Pino Iturrieta

Cristóbal Rojas retrató las muchas limitaciones del país del siglo XIX. Fragmento de su obra Primera y última comunión (1888), resguardada por la Fundación Museos Nacionales / GAN. Wikimedia Commons.

@eliaspino

La nación que se separa de Colombia carece de los elementos necesarios para atender la salud de los flamantes ciudadanos. Es un asunto que los historiadores no han estudiado a cabalidad, pese a que nos traslada a un entorno de privaciones sin cuyo conocimiento no se entienden las penurias de la sociedad fundadora.

De allí la necesidad de ofrecer testimonios como los que se muestran a continuación, capaces de acercarnos a las limitaciones de la vida cuando apenas la iniciábamos como república. 

El desfile de esos testimonios comienza cuando apenas contamos dos años de haber dejado a Colombia. Un informe de la Diputación Provincial de Apure, enviado a la capital el 7 de diciembre de 1832, llama la atención sobre el crecimiento de las fiebres debido a “la falta de Medicina y de Profesores que la apliquen”. Los diputados de Maracaibo refieren una situación semejante en octubre del año siguiente, debido a que insisten ante el gobernador sobre “la necesidad de buscar curiosos en las artes medicinales, para cumplir la obligación nacida de la dificultad de encontrar un solo facultativo que ayude a la población más miserable y necesitada”.

En los casos de contagio la situación se vuelve calamitosa. Así, por ejemplo, según noticias trasmitidas a Caracas desde Calabozo en 1833, una epidemia de fiebres causa estragos

(…) por la falta de médicos, de medicinas y de subsistencias, de modo que el común de los habitantes que viven de la caza y de la pesca mueren en la inclemencia, menos por el carácter maligno del contagio, que por la carencia de recursos y auxilios, y sin los últimos consuelos que da la humanidad.

Como consecuencia de la cadena de muertes producida por la peste en San Fernando, causante de un incremento de cadáveres que hacen insuficiente el cementerio, se acude al gobierno central para solicitar el envío de “aunque sea un par de doctores”. La respuesta del presidente de la república es poco alentadora, debido a que depende de un trámite que puede demorar. En correspondencia de 28 de febrero de 1839, dice:

Se pedirá el voto del Congreso, para destinar en auxilio de la Provincia de Apure seis mil pesos de la cantidad señalada para gastos imprevistos, señalar sueldos a uno o dos médicos más del que está destinado a San Fernando, y comprar y remitir un botiquín.

Como no existe servicio de salud en El Pao y ante una epidemia de calenturas, se hacen gestiones en Valencia para encontrar un médico. Después de buscar durante quince días, el gobierno de Valencia convence al licenciado Juan Francisco Machado para que atienda la emergencia. Pero el licenciado impone un meticuloso convenio. Vamos a leerlo.

De acuerdo con lo que tratamos ayer, me comprometo a marchar al Pao dentro de tres días, y a prestar mi asistencia, como profesor de medicina, a todos los enfermos pobres que hay allí ahora, o hubiese en el término de dos meses a contar desde el día que llegue a aquella villa; pagándome por este servicio la cantidad de doscientos pesos, de la cual se me anticipará la mitad para emprender mi viaje. Mas si antes de los dos meses hubiese cesado, a juicio del Concejo Municipal, la fiebre de que está atacada aquella población, podré retirarme, ganando siempre la expresada suma. El botiquín que he juzgado necesario importa cien pesos y por seis me obligo a ponerlo en el Pao.

Es elocuente la firma del convenio entre el señor Machado y el gobierno de Valencia frente a una crisis que reclama atención inmediata. El profesional pone condiciones que llegan al extremo de detallar el dinero que cobrará por llevar un botiquín, mientras la autoridad acepta la minucia en documento público.

Es evidente cómo escasean los facultativos entonces y cómo puede uno de ellos, debido a tal circunstancia y en medio de una crisis que no puede esperar por tratativas, establecer las reglas del juego.

Son abrumadoras las fuentes que refieren el tema, y que esperan a los historiadores de nuestros días. Los lectores pueden encontrar mayor  información en mi País archipiélago (Caracas, Alfa, 2014), que se aproxima a las carencias sin llegar a un análisis cabal, pero lo visto permite sentir la magnitud de la orfandad. El desconocimiento de tales situaciones, como se dijo al principio, deja en un lamentable limbo los problemas que debieron padecer y superar nuestros antepasados para hacer una república. Como los ignoran, los ciudadanos del porvenir no pueden hacer con paso firme el camino que su tiempo les reclama. 

La universidad de los piaches, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Hay que mirar con cuidado las informaciones que la cultura española recoge sobre los médicos indígenas. Debemos entender que los juzgan como unos charlatanes y como emisarios del diablo. Debido a que la hegemonía metropolitana sobre nuestros territorios implica una misión evangelizadora y la imposición de unos valores que se consideran superiores e inapelables, no se puede esperar que los miren como iguales, o como parecidos a los facultativos europeos, y que manifiesten respeto por sus trabajos. Partiendo de estas consideraciones, veremos ahora la descripción hecha por una crónica antigua sobre la enseñanza que debían superar esos médicos indígenas para ejercer su profesión con legitimidad.

Pero antes detengámonos en la referencia al nombre que les daban sus pacientes y la sociedad en general, que nos ha trasmitido uno de los estudiosos más interesados en la cultura autóctona, Felipe Salvador Gilij, jesuita autor de un Ensayo de historia americana escrito en 1780. Afirma Gilij:

También los bárbaros tienen sus médicos, y como personas más sagaces que las demás, ocupan un rango eminente entre su nación. Diremos primeramente sus nombres. Los maipures los llaman marirri. Les dan el nombre de yachi los parecas. Entre los tamanacos se llama pchiachi. Mas para suavizar esta palabra y hacerla menos bárbara, ha sido cambiada en piaches por los españoles y se ha convertido en el más adecuado nombre de estos médicos.

Los investigadores sostienen que Gilij no mira despectivamente a los indígenas de sus misiones, y que recoge con fidelidad las noticias sobre sus costumbres sin abundar en descalificaciones. Aun así, cuando lo buscamos para hablar sobre el origen del nombre de los sanadores originarios no deja de actuar como representante de la cultura conquistadora, mirando a los inferiores desde la altura de su cátedra.  Mas ahora solo lo visitamos para que nos sirviera de diccionario. Hecho su trabajo, miremos los fragmentos de la referida crónica. 

Se trata de un texto de 1678, escrito por fray Francisco Tauste y titulado Misión de los religiosos capuchinos de la provincia de Aragón en la provincia de Cumaná. Dice fray Francisco  sobre la formación de los piaches:

Estos, que es lo mismo que curanderos, para llegar a serlo, tienen sus maestros. Lo primero que les hacen observar es quitarles todo el cabello, fabricarles una choza que de alta apenas cabe sentado en tierra, y de largo lo que baste para estar un hombre echado. Metido este tal en ella, practica para piache. Hácenle ayunar seis o siete meses rigurosamente; en este tiempo duerme en tierra y, cuando está despierto, sentado en ella. No se bañan en todo este tiempo. Vienen a quedar los tales con tanta abstinencia y rigor formidables como difuntos; no les queda más que la piel sobre los huesos, y algunos o mueren en sus noviciados o dejan de proseguir sus bárbaros ejercicios para no morir en la demanda.

Se trata de ritos de iniciación, como se ha podido ver. El mismo fray Francisco habla de noviciados, utiliza un vocablo monástico para hacerse entender ante sus superiores de España. Pero después viene la parte académica.

En este tiempo el piache maestro les da sus instrucciones y les enseña cómo han de hacer sus enredos y embustes y, acabados estos ejercicios, quedan los tales graduados de piaches y les levantan los ayunos con una solemne borrachera.

El caso de los caribes, según el capuchino, tiene las siguientes peculiaridades:

El que pretende ser piache, se va donde hay uno famoso y viejo; dícele sus intentos, el viejo se los alaba y anima su perseverancia en ellos; dícele le agradan tan nobles pensamientos, etc. Admitido este y otros en su compañía, porque de ordinario son seis u ocho los que cursan, la primera diligencia es darles de comer dos o tres platos de pimientos, bien sazonados y fortísimos, que un pimiento solo bastaba para abrasarles las entrañas (…) En todo el posterior tiempo el piache viejo y que es como maestro y va todos los días y les da sus lecciones de embustería, les enseña sus cantares y ceremonias, y los discípulos, al son de unas sonajas, en yéndose el maestro, están repitiendo y repasando las lecciones que les dio. Las más de las noches se las pasan de este modo sin dormir.

¿No habla de un proceso de enseñanza y aprendizaje que se caracteriza por el rigor y por la coherencia? Hay un catedrático que impone autoridad y enseña. Hay unos discípulos que respetan al catedrático y estudian con ahínco sus lecciones. Mirada sin prejuicios, es una formación que los evangelizadores y los empleados de la Corona podían observar con desprecio y como producto de la idolatría que combaten, pero que ahora se debe apreciar de manera diversa. En especial porque forma parte del inicio de una carrera profesional respetada por la comunidad. La evidencia del respeto se aprecia en las celebraciones de colación que hacían los vecinos.

Se juntan de diversas partes muchos caribes y celebran todos la conclusión del curso de aquellos estudiantes, los cuales quedan ya graduados de piaches. Para esa fiesta los adornan a su modo cuanto pueden, y en adelante pueden comer de cuanto quisieren, en particular gente, excepto algunas cosas que les es prohibido a los piaches, como son comer vaca, gallina, jabalí, monos, y así a este modo y como ellos saben.

Gilij afirma que “están en gran estima de los orinoquenses los piaches”, situación que ahora confirma Tauste al medio describir unas reuniones de grado que se convierten en regocijo de la sociedad.

Solo es un medio describir, un intento de análisis que no pasa del boceto y se niega a la curiosidad plena, el producto de una pluma sofocada por el peso de la ortodoxia, pero nos revela informaciones preciosas sobre una profesión vinculada con los inicios de la historia de nuestra sociedad que habitualmente ignoramos, o que igualmente descalificamos mientras asistimos confiados a nuestras clínicas del siglo XXI. Pero a la cual podemos acudir en tiempos de aprieto generalizado. ¿No les parece? Esos olvidados piaches pueden ser nuestro Plan B.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Rafael María Baralt y la historia al servicio de la política, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Cuando la Historia se ha establecido como ciencia, es decir, como disciplina capaz de crear conocimientos sobre el pasado con la autonomía que concede el progreso de sus métodos y sus técnicas, se reduce cada vez más la posibilidad de que sus oficiantes la utilicen para propósitos banderizos.

La verdad que mana de la investigación profesional es capaz de soportar, en la mayoría de los casos, la presión de los poderosos que la quieren manipular.

En un célebre texto, Paul Valery asegura que la historia “es el producto más peligroso que la química del intelecto haya elaborado”. Se refiere a los libros que utilizan los mandones y los ricos para imponer sus intereses, y para que la gente sencilla los considere como camino exclusivo para acceder a una etapa dorada de la sociedad. Pero no se está ante una situación necesariamente perniciosa, o ante la alternativa de una reunión de engendros capaces de crear conductas oscuras y tonterías lamentables, sino ante vínculos que pueden encontrar una explicación que no escandalice. Tal es el caso del imprescindible Resumen de la Historia de Venezuela que debemos a Rafael María Baralt.

¿Qué falta en Venezuela, después de la Independencia y de la separación de Colombia? La descripción de la epopeya y la explicación del secesionismo. El camino que empieza requiere una aproximación a sus antecedentes que permita, no solo la exaltación de un itinerario inédito, sino también el encuentro de pasajeros entusiastas para el viaje que apenas comienza.

Durante la guerra contra los realistas nadie tuvo tiempo para ponerse a escribir sobre lo que sucedía, sino solo fragmentos de propaganda que se redactaban y leían en volandas. Cuando la política aconseja el alejamiento de Bolívar y de Bogotá, las palabras airadas se imponen ante la posibilidad de recoger unos anales sobre cuya conclusión solo unos pocos quieren apostar. De allí la necesidad que tiene el gobierno venezolano, que se estrena con Páez a la cabeza, de encontrar la pluma adecuada para la escritura de nuestra primera Troya. Pero, a la fuerza,  se debía escribir sobre una lucha esforzada y legítima y sobre un promisor futuro, desde luego. Era una posibilidad calva para estrenar peluca frondosa y atrayente, no faltaba más.

Todo perfectamente comprensible, pero también susceptible de prevenciones para no caer por inocentes hasta la consumación de los siglos. Llegamos así al encargo que el gobierno de la recién estrenada República de Venezuela hace a Rafael María Baralt y a un compañero llamado Ramón Díaz, para que  escriban un manual de historia que nos incorpore con creces a las expectativas del siglo después de labrar con fina aguja las razones que nos hicieron crecer y madurar.

Estamos en 1841 y es entonces cuando se estima la necesidad de una carta de presentación que no nos haga parecer como advenedizos, ni como productos de una aventura. Razones plausibles, desde luego, pero también motivos para la cautela. La obra puede caber entre las sospechosas de provocar envenenamientos colectivos, como los que denuncia Valery, si no advertimos que el encargado no se encarga de fabricar una evolución estrafalaria que produzca escándalos en su tiempo y en el futuro. Más bien mete el freno habitualmente, menos en las rutas escabrosas que requieren velocidad y pericia.

La parte más digna de desconfianza con la cual topamos en el escrito de Baralt es la que se refiere al período colonial. Si Venezuela ha hecho la guerra para acabar con el antiguo régimen, y si los mandatarios que le encargan el trabajo han llegado al poder después de esa guerra, seguramente no hará la loa de lo que sucedió durante el dominio español, sino todo lo contrario.

En consecuencia, aparecen así ante la vista del lector las primeras evidencias sobre la leyenda negra de España que se escriben de manera coherente entre nosotros.

La idea de la administración ineficaz y tiránica que se establece a partir de 1492 y hasta 1810, especialmente la afirmación sobre cómo la Corona nos explota, arrincona y subestima como política invariable, dominan extensos espacios del manual. Estamos ante una generalización sin fundamento, o ante la reiteración de teorías divulgadas con más inquina que veracidad por los pensadores ilustrados del siglo XVIII, que ahora se incorporan a la memoria de la sociedad sin advertir siquiera que se está frente a una exageración o, mucho peor, ante la negación de unos fundamentos culturales sin cuyo impulso jamás hubiéramos llegado a los procesos de independencia política.

La parte más admirable se encuentra en su reconstrucción de los episodios de la independencia, porque Baralt debe lidiar con las simpatías y las antipatías dejadas por la conflagración y con los intereses de quienes participaron en ella que ahora están en las alturas, manejando el país y cancelando la nómina. En especial, debido a que debe inaugurar un sitial especialísimo para Bolívar, es decir, para la celebridad ante cuya influencia se rebelaron sus patronos para crear una república autónoma.

La maestría en la creación de nuestro primer catálogo de héroes y villanos es destacable, porque llega a un equilibrio que solo la posteridad se ocupará de trastornar, especialmente en nuestros tiempos de “revolución bolivariana”. No abundan los odios que pretende dejar como herencia a las nuevas generaciones, y la prolijidad de las loas no es una característica cargante en sus páginas. De allí que, seguramente debido al empeño de concordia que prevaleció en las primeras décadas de desarrollo autónomo, el legado del historiador fundacional soporte el paso del tiempo porque no alimenta el choque de las opiniones.

Lo cual no quita peso a la observación del principio, sobre los riesgos que corren las exploraciones de la memoria de las sociedades cuando se vinculan a objetivos políticos.

En el predicamento de Rafael María Baralt topamos con una iniciación que realmente no genera escándalos, sino las cautelas que dominan la obligación de los historiadores profesionales que produjo el futuro. Más bien nos puede producir roncha por las excelencias de su pluma, por la calidad de su prosa, por las virtudes de su estilo, pero eso es harina de otro costal. Lo pueden comprobar, amigos de Runrunes, si se dan el gusto de leer al escritor de altos vuelos que nos dejó el primer gran compendio de historia patria.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Las lágrimas de Hernán Cortés: una nueva interpretación, por Elías Pino Iturrieta

Izq.: óleo de la leyenda del Árbol de la Noche Triste (UNAM), en El Economista; Der.: Estampilla alusiva al Árbol de la Noche Triste, foto Enrique Krauze en Twitter.

@eliaspino

Se están cumpliendo 501 años de la azarosa retirada del español  Hernán Cortés de la ciudad de Tenochtitlan, agobiado por la resistencia de sus pobladores. Después de breve dominio, un levantamiento cada vez más tenaz, provocado por la prisión de la primera autoridad de los mexicas, y por la prohibición de rendir culto a las deidades tradicionales, originó una multitudinaria revuelta de la cual se libraron los coraceros blancos mediante urgente escape.

Hoy el gobierno del presidente López Obrador aprovecha la conmemoración del episodio para proponer una interpretación diversa de lo que realmente sucedió. Haremos ahora un comentario del asunto, que puede tener utilidad.

De acuerdo con la leyenda, conmovido por los acontecimientos, presa de una desazón que no podía controlar, en su huida el capitán Cortés detuvo a los soldados frente a un árbol llamado ahuehuete en la lengua de los naturales, y derramó lágrimas sobre cuya copiosidad se hicieron eco los cronistas y los testigos del momento para que pasaran a la posteridad. Al analizar los pormenores del suceso se refirieron a una tragedia que llegaba a su clímax bajo la ramazón del ahuehuete: la tragedia de “la noche triste”. Y realmente era dolorosa la situación para el conquistador extremeño a quien humillaban entonces las huestes del aguerrido Cuitláhuac, joven descendiente de la nobleza mexica que había asumido el desafío de la resistencia frente a un enemigo inesperado y poderoso, después de la prisión del mandatario Moctezuma Xocoyotzin. Pasado el tiempo y dominada la situación por los españoles, después de sanguinaria represión, se siguió hablando de lo que se juzgó como un hecho nefasto y en la corteza del ahuehuete se puso un cartel que lo identificó como “el árbol de la noche triste”.

Hoy la jefa del gobierno del Distrito Federal ha ordenado que se cambie el mensaje de ese cartel, que había permanecido inalterable hasta la actualidad y sobre cuya tendenciosa orientación nadie había reflexionado con la debida profundidad. Por disposición de la autoridad local y con el regocijo del presidente de la república, el ahuehuete se llamará en adelante “árbol de la noche alegre”. Además, desde el Palacio Nacional, en diaria conferencia matutina, se  sugiere  a los gobernados que cambien de opinión sobre la lacrimal efusión de un  malvado conquistador a quien se recordaba por una desolación supuestamente compartida por la sociedad, debido a que solo contadas personas, especialmente los historiadores progres, asomaron la necesidad de proponer una calificación distinta de los plañidos.

Ahora lo dolorido se vuelve holgorio y la pesadumbre se hace alborozo por superior mandato.

Una mudanza con todo el sentido del mundo, desde luego, especialmente en una sociedad sobre cuya rica y densa cultura, anterior a la dominación española, han sobrado los motivos para el enaltecimiento. Que el futuro comparta el dolor de uno de sus destructores es una enormidad, o una evidente deformación de la sensibilidad colectiva, desde todo punto de vista.

Pero las cosas no son tan simples, según sugieren los puntos que se ofrecen a continuación. Hernán Cortés llega de Cuba a México con 100 marineros y 508 soldados que se multiplican en breve. Después de hacer tratos con los líderes autóctonos de Tlaxcala, se le juntan 6.000 soldados de una tribu cuyo principal enemigo reside en Tenochtitlan. Desde su palacio, Moctezuma Xocoyotzin, como sus antecesores, ha esclavizado a los tlaxcaltecas y les ha exigido el pago de onerosos impuestos. Lo mismo ha sucedido con comunidades aledañas, tratadas como animales y sometidas a vejámenes infinitos, que ahora ofrecen sus guerreros a los españoles contra un imperialismo insoportable hasta fortalecer las filas de Cortés con 100.00 hombres armados hasta los dientes.

Para una explicación de lo sucedido no se debe pensar solo en las argucias del conquistador para tener como aliados a los indígenas, que no debieron faltar, sino también en la oportunidad acariciada por sus interlocutores para librarse de una tiranía inhumana.

Situaciones de esta naturaleza, a las cuales generalmente no se alude, ofrecen un entendimiento cabal de los hechos, alejado de la trillada idea del buen salvaje y del enfrentamiento del poderoso frente al débil sometido a humillación. Si de llorar se trata, o de hacer fiesta, no estorba una observación a través de la cual se demuestra que la historia no es una simpleza. Ni cuando se hace, ni cuando se escribe.

En especial cuando nos enteramos del destino de los indígenas a partir del establecimiento de la república, de la suerte que les espera al librarse los políticos mexicanos de la hegemonía española para gobernar a sus anchas. ¿Mejoran su situación los descendientes del destronado Moctezuma Xocoyotzin? ¿Recobran la justicia negada por el artero conquistador? ¿Termina su “noche triste”¨, como está terminando hoy la “noche triste” inspirada en una pasajera frustración de Hernán Cortés? Solo en la parcela de una retórica que ha encontrado nuevo impulso gracias al ascenso de un mandatario que se presenta como vengador de la raza de bronce, pero que, de momento, no ha pasado de rebautizar un ahuehuete.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

La historia patria, según el general Gómez, por Elías Pino Iturrieta

Foto primer plano: portada del libro Mi compadre, de Fernando González. En el fondo, el general Juan Vicente Gómez en Maracay, 1 de enero de 1930.

@eliaspino

En medio de su oscuridad, Juan Vicente Gómez tenía clara idea de cómo habían sucedido las cosas en Venezuela antes de su ascenso al poder, una memoria que movió muchas de sus conductas. No la sacó de las bibliotecas que jamás conoció, sino de lo que escuchó en el ambiente campesino de su juventud y seguramente de lo que decían sus plumarios, o de lo que oía en las tertulias de la intimidad, y es de vital importancia. Refleja una idea de la evolución de la sociedad que importa por la calidad del vocero, un tirano que determina la vida durante veintisiete férreos años y quien se guía, en el fondo de su sensibilidad, por el entendimiento que tiene de su papel de regulador de la vida que le ha concedido la historia.

Fernando González, un intelectual colombiano famoso en la época y después, viene a Venezuela y conoce al dictador, quien le concede una insólita entrevista que publica en un libro de 1934, Mi compadre, que luego tiene numerosas ediciones. En sus páginas se encuentra la idea de don Juan Vicente sobre el pasado venezolano, que interesa por la indiscutible importancia de quien la desembucha. Es una descripción en la cual resume lo que entiende como fundamental sobre los antecedentes colectivos y del rol que cumple en su proceso. Vamos a copiar el soliloquio que capta Fernando González de los labios del tirano.

Allá en mis montañas, en mi juventud, yo tenía tres deseos muy grandes. El primero era ver a San Mateo y al Samán de Güere, en donde tanto sufrió por nosotros el Libertador, y donde acampó con sus ejércitos. El segundo era conocer La Puerta, donde fueron siempre los fracasos de las armas republicanas, y el tercero era conocer al general Luciano Mendoza. ¡Imagínese! Luciano Mendoza, el que había derrotado a Páez. (…) Pues vine de mi tierra y llegué al Samán de Güere, no pude contener mi tristeza al ver cómo le habían cortado las ramas; tenía machetazos en el tronco. Estaba herido (…) Cuando llegué a San Mateo, me senté al frente de la casa de Bolívar, a la orilla del camino, en un barranco, y me puse a pensar: ¿Con que este es San Mateo? ¿Aquí fue donde el Libertador sufrió tanto por nosotros? ¡Cuántas noches terribles pasaría aquí; sus ayudantes creerían que dormía, pero cuántas cosas pensaría él! Y al general Luciano Mendoza lo conocí al lado del general Castro (…) quien me lo presentó pues conocía mi gran deseo. Yo oí cuando Mendoza le dijo al general Castro: ´Usted nada tiene qué temer mientras yo esté a su lado´ (…) Y ahora verá. Después me tocó resguardar el Samán de Güere y cuidar a San Mateo, en donde deposité las armas de Venezuela, porque ya no habrá más guerras; le hice una verja de bayonetas, con los colores nuestros, y me tocó vencer a Luciano Mendoza precisamente en La Puerta, cerrándole la entrada a las revoluciones.

El lector tiene ante sus ojos un extraordinario breviario de historia patria, en el cual solo se hace referencia a hazañas bélicas y en el cual ocupa lugar estelar quien lo relata, por el papel que se atribuye en el colofón de tales hazañas. No existe el trabajo de los civiles, mucho menos la obra intelectual ni los afanes de naturaleza económica. Tampoco se considera la evolución de la sociedad, debido a que solo importa la época de la independencia. Además, hay una sola figura digna de tratamiento: Simón Bolívar.

Tal es la idea de la historia patria que expone un dictador que tanto influyó en nuestra contemporaneidad.

Nada extraordinario, si consideramos que la mayoría de los venezolanos de antes y de ahora limitan su memoria a las guerras de Independencia y a las cualidades que en ellas demostró el Libertador. Un confinamiento tan evidente, una mirada tan estrecha de la marcha de la sociedad, el afán de reducir todo a un período y a la estatua de un hombre con la espada en la mano, forman el lugar común de los recuerdos que a la mayoría de la gente le han metido en la cabeza.

Pero la descripción de Gómez se hace distinta debido a que se introduce en la historia cuando hace de memorioso, hasta llegar a un atrevimiento del cual se cuida la gente sencilla. Gómez se filtra en los fastos debido a que derrota a una figura relacionada con la epopeya, a un célebre soldado que venció al héroe de los llanos y de la batalla de Carabobo. ¿Hay manera mejor, o más sencilla, de convertirse en paladín inmortal, de formar parte de lo que se ha considerado como lo más trascendental de la historia de Venezuela?

Pero Gómez no solo se exhibe como una figura importante del pasado porque hizo morder el polvo al famoso guerrero que derrotó a un lancero primordial para la sensibilidad de los venezolanos, José Antonio Páez, sino también por su papel de conserje de restos materiales de la epopeya, como la hacienda bolivariana de San Mateo; o de reminiscencias vegetales, pero también bolivarianas, como el ubicuo Samán de Güere. Vengador de las derrotas de La Puerta, poseedor de la llave que concluye las guerras del pasado, actor y cuidador de la época dorada, capaz de cambiar el derramamiento de sangre por la concordia de su régimen, aprovechó la visita de un famoso autor colombiano para meterse en el Olimpo vernáculo, para proclamarse como su protagonista, heredero y custodio. 

Mucho tiempo después, una logia militar encabezada por el teniente coronel Hugo Chávez se presentó ante el Samán de Güere, para solemnizar un compromiso por la regeneración de la patria. El comandante y los miembros de su grupo repitieron entonces el juramento de Bolívar en Roma por la causa de la libertad, o palabras parecidas. En la curiosa ceremonia ante el tótem vegetal no recordaron la interpretación gomecista de la historia, seguramente la desconocían, pero no resulta aventurado afirmar que las ideas cubiertas por sus cristinas forman parte de los mismos rudimentos.

Terrible: para la oposición venezolana no existe la historia, por Elías Pino Iturrieta

@eliaspino

Quizá porque sienten que la política empieza con ellos, que todo se inicia en nuestra sociedad con su partida de nacimiento, la abrumadora mayoría de los líderes de la oposición venezolana de la actualidad ignora la historia de Venezuela. Tal vez no se trate solo de desconocimiento, sino también de desprecio, observación que no proviene del malestar de un historiador por el desdén de los frutos de su oficio, sino de ver a esos jóvenes aferrarse a un itinerario de superficialidad que no conduce a que los consideremos como personas medianamente cultivadas, es decir, como individuos en cierto modo preparados para llegar a un poder que se les escurre de las manos cuando carecen de los elementos para tenerlo.

Los individuos que confunden la evolución de la sociedad con sus minúsculas autobiografías, con las efímeras jornadas que van desde su llegada al mundo hasta su ascenso en el candelero, difícilmente ocuparán lugares de relevancia en la estima de sus interlocutores. Estamos ante una sucesión de superficialidades individuales que no importaría si solo perjudicara a quienes la exhiben, pero adquiere evidente estatura debido a que pronostica reveses de incumbencia general anunciados por el bombo de lo superfluo.

Insólita ostentación de torpeza, o de pereza, si consideramos el exitoso manejo de los antecedentes venezolanos que han hecho los chavistas para ganar el favor popular. En la manipulación de la sociedad para llegar al poder, y para mantenerlo, los “revolucionarios” han destacado por su destreza en la fábrica de un relato que va de la antigüedad hasta la actualidad, gracias al cual han obtenido réditos jugosos.

Es una reunión de monsergas, un injerto de Eduardo Blanco con materialismo dialéctico -lo cual ya es excesivo en la cocina de los disparates-, pero ha funcionado a cabalidad. Según la “historia” que han machacado el Heródoto uniformado, sus plumarios y burócratas, los anales de la nacionalidad se remontan a Guaicaipuro peleando con los conquistadores españoles para concluir en la cúspide del “socialismo del siglo XXI”. Toda una épica de enormidades en cuyo centro colocan a Simón Bolívar, un protagonista en el cual se regodean y a quien presentan, con una impudicia que no ha conducido a la náusea que debería provocar, como padre o como pareja de un oscuro golpista. El manejo les ha multiplicado la clientela -no en balde abundan las personas que quieren ser engañadas-, y ha penetrado los libros de los escolares con la intención de crear una memoria tendenciosa que se debe considerar como uno de los motores de la “revolución”.

Pero nuestros jóvenes líderes de la oposición no se han percatado de la magnitud del estropicio, de su atroz vulgaridad, de cómo conduce a la negación del esfuerzo republicano y democrático que hicieron sus abuelos y sus padres cuando fundaron el estado nacional. O desde antes, cuando dejamos de ser españoles europeos para convertirnos en españoles americanos, primero, y después en venezolanos. Han ignorado la riqueza de lo sucedido, el trabajo intelectual que significó, las contiendas contra los chafarotes, entendidas como arma de uso sencillo contra los estereotipos de la historia de cuño cuartelario.

Han preferido el confinamiento voluntario en las banalidades de la actualidad. No han olido el antirrepublicanismo del manejo chavista del pasado, la conspiración contra el civismo que se ha aclimatado en sus contenidos, para permanecer silentes ante una interpretación de la evolución de la sociedad que necesariamente incumbe a la política.

Una nueva memoria planteada de esta manera, indolentes e ignaros muchachones de la oposición, no solo va contra las ejecutorias republicanas del pueblo, sino también directamente contra ustedes.

¿No se dan cuenta de que ni siquiera han sido capaces de barruntar una historia que los justifique, de topar con un republicanismo que les sirva de plataforma, con un prólogo que los legitime ante la sociedad? Es una pena que se los deba decir desde aquí en presencia de los lectores, como si ustedes fueran párvulos de kínder, pero temo no estar equivocado cuando los cuento como tales pese a su supuesta mayoría de edad. Y que me perdone la media docena que se ha ocupado con seriedad del tema.

No es una cuestión de erudición, sino de tocar tierra. No es cuestión de pulimiento, sino de responsabilidad. No es asunto de quemarse los sesos en la biblioteca, sino de conocer con propiedad la topografía de los territorios que se quieren controlar. Se trata, en suma, de respetar a los hombres que todavía los siguen. No quiero que desfilen con sus mejores galas en la pasarela de los conocimientos.

Solo anhelo que alivien una orfandad escalofriante que no les augura permanencia en el futuro, y que hace inmenso daño a una sociedad digna de mayor entrega.

Ni siquiera me ofrezco como catedrático porque me basta con el gesto de conminarlos desde los transitados Runrunes. O porque, si anuncio  los cursos on line que están de moda, contaré seguramente con la competencia de muchos sociólogos, filósofos y politólogos a quienes mueve el mismo resorte.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Comparación aventurada con el siglo XIX, por Elías Pino Iturrieta

Gráficas izq.: fachada del Palacio de las Academias (antigua sede de la UCV), reformada en 1873 (f. en IAM Venezuela); retrato de Antonio Leocadio Guzmán (M. Tovar y Tovar) y estampa caraqueña del siglo XIX. Gráficas der.: obra La educación (Medicina Experimental-UCV); escuela de Biología (f. @VivaLaUCV) y techo de un pasillo de la UCV, patrimonio mundial, desplomado en 2020.

 

@eliaspino

Generalmente nos avergonzamos del siglo XIX, porque pensamos que en su seno reinaron la vulgaridad y la mediocridad para que Venezuela renegara de las altas metas que había propuesto Bolívar. Absurda y lampiña pretensión. Hoy debemos valorar lo que sucedió entonces para que ocupe el lugar que merece en nuestra memoria, especialmente ante las peripecias bochornosas que hemos presenciado desde la llegada del chavismo. Jamás nada tan rudimentario, vulgar y desfachatado en el terreno de los negocios públicos sucedió después de la Independencia, entre los años 1830 y 1899, pese a la mala prensa que los ha zarandeado.

Veamos algunos asuntos relativos a ese lapso fundacional, con el ánimo de sugerir analogías con la oscuridad a la que hemos llegado en el siglo XXI dominado por la barbarie.

Tal vez todo parezca demasiado subjetivo, pero se trata de una propuesta de escribidor sin las ataduras estrictas del oficio de historiar, que puede ser de utilidad. Para lo cual es preciso detenerse en la lucidez de los venezolanos que provocaron el desmantelamiento de Colombia y el desconocimiento de la autoridad del Libertador.

La brocha gorda del patrioterismo, usada por los oradores de turno y por los cagatintas de la oficialidad, que llegaron a la más alta tribuna en el siglo XX cuando el pueblo tuvo la ocurrencia de votar por Hugo Chávez, consideran que entonces floreció una traición debido a la cual el país torció su ascendente rumbo. Han llegado al disparate de hablar de un parricidio colectivo, es decir, de un pecado cometido contra el padre por toda la sociedad que solo se puede lavar después de cruenta penitencia, o gracias al ejemplo y a la doctrina de un iluminado como el “comandante eterno”.

Pero, por fortuna, los pasos de la fundación de la autonomía fueron guiados por la primera generación crítica que pensaba con cabeza propia en Venezuela, hasta el extremo de diagnosticar los males producidos por la guerra contra España y de plantearse una urgente rectificación que obligaba al alejamiento del autoritarismo militar y de quien lo representaba desde Bogotá. De tal atrevimiento nace un dinámico movimiento intelectual, pocas veces repetido en el porvenir, y la siembra de un civismo de cuño liberal que no solo se convierte en la guía del momento, sino también en desafío del futuro.

Un inicio que se baña en esas aguas lustrales para hacer un país, no puede rodar hacia el precipicio de las oscuranas que ven quienes lo miran desde la altura del hombro, o desde el vacío de un desconocimiento generalizado.

Bolívar pronosticó la llegada de una serie de tiranuelos, de lamentables caporales ignorantes, pero la profecía no cristalizó. Ciertamente desfilaron por la casa de gobierno unos mandones en cuyo desempeño resulta difícil encontrar cualidades dignas de encomio, como los hermanos Monagas, Julián Castro y Joaquín Crespo; pero nadie puede descubrir un oprobio como el anunciado por el mayor de nuestros profetas.

Tal vez solo en el predicamento de Crespo, un campesino temeroso ante la letra de imprenta, manipulador del sufragio, respetuoso de las supersticiones, aficionado a la brujería y al derramamiento de sangre, puedan descubrirse pasos sombríos del todo; anécdotas que conviene esconder para que no alienten a quienes nos juzgan como bárbaros antes de la llegada de la barbarie, pero una sola golondrina no hace verano. Gobernaron entonces los que podían gobernar, nacidos de las circunstancias, con pocas letras y muchas aventuras bélicas, sin pupitre elemental ni tradiciones académicas, pero no pudieron liquidar las esperanzas de la sociedad por un futuro mejor.

En los pasos destacables de Páez como estadista, en la sobria prudencia de Soublette, en la afición del mariscal Falcón por las letras, aún en la petulancia de Guzmán y en las administraciones sin eco de Rojas Paúl y Andueza Palacio, pueden encontrarse actos de gobierno y conductas que no solo impiden el naufragio de la república, sino que también conducen a procesos de modernización debido a los cuales Venezuela no es entonces segunda de nadie en el ámbito continental.

La época está dominada por la violencia, ciertamente; las diferencias se resuelven en una cadena de guerras civiles que causan gran mortandad, pero no existe entonces otra manera de buscar el poder, o de mantenerlo. Sin universidades después de la sangría de la Independencia, sin comunicación entre las regiones, desaparecidos o en franco menoscabo los entendimientos de la época colonial, sin partidos realmente establecidos en toda la geografía, sin una pedagogía de republicanismo con raíz asentada, sin recursos materiales para la administración del territorio desde un centro indiscutible, o para la divulgación de la legalidad, las espadas y una clientela de desarrapados son herramientas familiares y accesibles.

Se ha hecho este vistazo para que dejemos de mirar el siglo fundacional con miopía e ignorancia. En realidad se ha redactado para que lo comparen con el tiempo venezolano que presiden Chávez y su opaco heredero, a ver cómo pueden quedar de maltrechos en la analogía.

Les sugiero, amigos lectores, que partan de cualquiera de las conductas inciviles del chavismo, escogida al azar, para ver si es posible que topen con unas peripecias tan bajas en la centuria injustamente subestimada; con actos tan viles y bárbaros como los que desfilan en la actualidad frente a nuestros ojos, con un basurero semejante, con algo tan alejado de la civilización que se fue formando cuando nos convertimos en estado autónomo.

Pueden escoger cualquier pormenor que salte a la vista, cualquiera de las declaraciones de la dirigencia roja-rojita, cualquier evidencia de corrupción o de ineficacia, y terminarán admirando las peripecias de una época desconocida e injustamente despreciada. Es probable que la ignorancia en torno a lo que hicimos después de separarnos de Colombia, en torno al edificio levantado con descomunal esfuerzo en tiempos de modestia que no nos encandilan, haya conducido a los horrores que ahora nos avergüenzan.

Debe recordarse que no había petróleo en el siglo XIX, ni se habían construido eficientes tramos de carreteras, ni era frecuentes los vínculos con el exterior, ni existía una prensa de alcance masivo, ni estudios a los que tenía acceso la mayoría de la sociedad. Son elementos que conspiran contra una analogía como la que ahora se intenta, pero, a la vez, con una buena dosis de atrevimiento, dan idea del vergonzoso retroceso de la actualidad.

¿Por qué se propone este viaje a un universo casi desconocido, hacia una época ignorada y subestimada? ¿Por qué la necesidad de unos parangones atrevidos? ¿Por qué una incitación al anacronismo? Debido a que pocas veces se hacen, pese a su utilidad, y a que nadie puede manejarse con propiedad y con seguridad si no ubica el espejo retrovisor en el lugar adecuado para correr con intrepidez el sendero. Se trata ahora de usarlo un rato, con las prevenciones del caso.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad. Y no comprometen la línea editorial de RunRun.es