Elías Pino Iturrieta, autor en Runrun

Elias Pino Iturrieta

#EspañaEnAméricaSinLeyendas | Los oidores, como si el rey estuviera presente, por Elías Pino Iturrieta
Los oidores hacían las veces del rey. Y la permanencia del cetro se demostraba a través de su presencia

 

@eliaspino

De acuerdo con la doctrina de san Isidoro de Sevilla y con las Partidas del rey Alfonso, como vicario de Cristo el monarca de España debía impartir justicia en sus dominios sin que ni siquiera la autoridad del Sacro Imperio pudiera interferir en tal ejercicio. Tenía empleados que podían hacer de jueces o de fiscales o procuradores en su nombre, y quienes debían responder solo ante su autoridad sobre las decisiones que tomaran. Eran una delegación directa de la soberanía del príncipe y la representaban a plenitud. Si así sucedía en España, debía ocurrir con exactitud en las colonias de ultramar. Sin embargo, debido a la lejanía de los territorios que ahora formaban parte de la jurisdicción española, debía remacharse la presencia del soberano a través de señales y ceremonias relacionadas con la judicatura, a las cuales se aludirá en el presente boceto.

Estamos ante un deber que cumplía el rey castellano desde el medioevo, asentado en las costumbres y reclamado por las cortes en sus actos rituales, que solicitaban cada cierto tiempo que el soberano atendiera personalmente las querellas presentadas por los súbditos en procura de justicia. La extensión cada vez mayor de los territorios y la imposibilidad material de atender las querellas, hicieron que el rey delegara las funciones en un equipo de letrados en quienes siempre veían los interesados la presencia y la decisión inapelables de un vocero de la divinidad. En el caso de las Indias, debido a la novedad que el ejercicio implicaba y, especialmente, a que se debía efectuar en territorios remotos, se debió remachar el nexo para que no cupieran dudas sobre la legitimidad de su procedencia.

Tal remache consistió en la divulgación, desde el comienzo del poblamiento de las colonias, de la inamovilidad de los funcionarios de justicia. Solo dependían del rey y, por consiguiente, solo la real voluntad podía removerlos. Además, siempre que las circunstancias lo permitieran, debían ejercer sus funciones con autonomía, sin interferencia de los virreyes o de los gobernadores y capitanes generales. Se llamaban Oidores y debían ejercer sus funciones en una casa de Real Audiencia encabezada por un presidente, especialmente cuando las poblaciones crecían y se podían multiplicar los pleitos de sus habitantes. Los oidores y el presidente de la Audiencia debían responder directamente ante el trono, pero podían recibir visitas que examinaran sus actos, dispuestas desde Madrid por el Consejo de Indias, o desde la cabecera de la correspondiente jurisdicción en casos excepcionales. Se debía tener particular cuidado en las querellas contra los magistrados de justicia, debido al antiguo y sacrosanto origen de su poder.

En el caso hispanoamericano, en la Política Indiana escrita por una autoridad de la época, Juan de Solórzano y Pereira, se afirmó lo siguiente sobre los oidores indianos:

Convenientísimo que sean favorecidos y honrados por Su Majestad y su Real Consejo de ellas, no solo tanto, sino aun más que los Oidores de España, y reverenciados, y respetados también en el mismo grado por los vecinos y moradores de las ciudades y provincias donde residen, y administran justicia. Porque esto lo pide y requiere la gran distancia que hay de ellas a la Real Persona, cuya suprema autoridad, en aquellas partes, se suple y representa por estos Ministros, y si comenzase a disminuirse, o menospreciarse, iría todo muy de caída».

Ellos hacían las veces del rey, en suma, y la permanencia del cetro se demostraba a través de su presencia. Por consiguiente, tenían precedencia en las ceremonias públicas para que la gente, y también las otras autoridades civiles, militares y religiosas, se postraran ante el supremo poder que encarnaban. Eran o debían ser testimonio próximo e incontestable de la autoridad del monarca. En ocasiones la precedencia causaba problemas, conflictos de investidura importantes en la época, porque autoridades como el virrey, el capitán general y el obispo no querían ocupar lugares o asientos “de segunda”, y escribían manifiestos para que se les diera el honroso espacio que merecían ante los ojos de vulgo.

Todos los miembros de las audiencias vestían llamativas togas en las funciones públicas y en los tribunales, llamadas garnachas, y portaban varas de justicia del grosor de una lanza para que la gente reconociera en tales objetos la presencia del monarca. También se estableció que, si alguien topaba con ellos cuando iba a caballo, debía desmontar para reverencia pública de la figura que representaban. Fueron fórmulas habituales, a través de las cuales se mostraba a todo trance la presencia del rey. Estaba lejos, en Madrid, pero lo podían ver en las calles de las ciudades hispanoamericanas cuando manifestaban respeto escrupuloso hacia los administradores de su justicia, y cuando acataban sus veredictos.

De lo contrario podían caer en el pecado de la indiferencia, había escrito un doctor de la Iglesia tan célebre como san Isidoro de Sevilla. De lo contrario, como señaló Solórzano y Pereira, “iría todo muy de caída”.

#EspañaEnAméricaSinLeyendas | Francisco de Toledo, un caballero del rey, por Elías Pino Iturrieta
El virrey Francisco de Toledo fue un procónsul distinguido por la puntillosa lealtad a su rey, pero también a las ideas que se tenían entonces en Europa sobre el control de las sociedades

 

@eliaspino

La obra de Francisco de Toledo, virrey del Perú entre 1569 y 1581, nos aproxima a una comprensión plausible de la dominación española en América. Su mano de hierro, pero especialmente su conciencia de ser un pilar fundamental del absolutismo, permite una explicación plausible sobre cómo se entendían la política o el servicio público en su tiempo, es decir, en torno a una comprensión separada de los prejuicios nacidos en el futuro. Un cronista fundamental que escribe en 1586, Antonio de la Calancha, afirmó en su Crónica moralizada del orden de San Agustín en el Perú, que don Francisco fue un discípulo fiel de Maquiavelo debido a que prefirió seguir los consejos de los intereses políticos que los dictados de la justicia. Calancha quiso destacar esa conducta, en lugar de criticarla, debido a que se ajustaba a las formas de gobierno exitosas desde el Renacimiento que debían mudarse a las colonias.

¿No se trataba de recrear, en las tierras encontradas, las fórmulas eficaces de las hegemonías europeas? ¿No se trataba de una mudanza de las formas de dominación que habían dado resultados en las regiones conocidas, para que hicieran lo mismo en Indias?

Criaturas de su tiempo, el monarca y sus funcionarios se ajustaban a las conductas que, suponían, les darían resultado positivo, sin otro miramiento que no fuera la suprema razón de Estado. Hoy vemos tales actitudes como una atrocidad deliberada, sin considerar que eran iguales o parecidas a las que se manejaban para el fortalecimiento de las coronas desde la declinación de la Edad Media. “Lo he querido ver todo y procurar de conquistar de nuevo este reino a Su Majestad”, escribió el virrey Toledo a Felipe II. Pero no tenía que quebrarse la cabeza en el ensayo de nuevas formas de dominar con fortaleza de acero, sino apenas acudir a las conocidas o solo modificarlas un poco si las circunstancias lo requerían. Veremos ahora algunos de sus procedimientos, sin juzgarlos desde perspectivas anacrónicas.

En 1572, ordenó la persecución y el severo castigo del último pretendiente del trono inca, Túpac Amaru. Como los alzamientos indígenas no habían cesado debido al escandaloso asesinato de Atahualpa por Pizarro, hizo decapitar al representante de la dinastía ancestral en la plaza mayor de Cuzco ante una inmensa y conmovida multitud que pedía por su vida. No solo muchos representantes de las comunidades autóctonas, sino también voceros de las órdenes religiosas y del clero secular, pidieron que lo librara de la pena capital, pero el virrey convocó con pregoneros la ejecución que ordenó para escarmiento general de los levantiscos. Como sabía que los señores indios de las mesetas, llamados kurakas, pretendían la restauración del imperio de los incas, no solo llevó a cabo una ceremonia que no podía pasar inadvertida, sino que también ordenó el encierro perpetuo y el tormento de otros probables pretendientes al trono de los antepasados. Pero, a la vez, promovió investigaciones y cátedras sobre la lengua y la cultura de la antigüedad peruana, para ver cómo lograba que las levantiscas comunidades se adaptaran paulatinamente a la real autoridad. Después de una exhibición como la que hizo cuando ordenó la decapitación de Túpac Amaru, y ya con mayor conocimiento sobre los hábitos prehispánicos, entendió que solo se podía gobernar con el apoyo de las autoridades del pasado que se convertirían en soportes de la Corona, debidamente instruidos y fiscalizados. Así lo comunicó a Felipe II, en memorial que los consejeros de Indias consideraron como un tesoro de enseñanzas de buen gobierno.

Así como se empeñó en el fortalecimiento de una nobleza autóctona que fuese soporte de la monarquía, entendió que los encomenderos podían cumplir igual papel si imitaban el rol de los señoríos españoles en su compañía de la política regia. Pero reglamentó las encomiendas para que solo unas pocas fueran a perpetuidad, o para liquidarlas cuando sus titulares exageraban en la explotación de las indiadas o en la exhibición de su riqueza. Llegó a confiscar propiedades de los encomenderos, a meterlos en jaulas frente al público o a pecharlos con multas que solo condonó cuando las Reales Audiencias lo ordenaron. En Orbe indiano, libro fundamental sobre la monarquía católica en América (México, FCE, 1991), David Brading escribe un capítulo titulado “El procónsul” para explicar el rol del virrey Francisco de Toledo. Un procónsul distinguido por la puntillosa lealtad a su rey, agregamos ahora, pero también a las ideas que se tenían entonces en Europa sobre el control de las sociedades.

Para una mejor comprensión del personaje conviene saber que era primo lejano del duque de Alba, célebre dominador de los Países Bajos. Pudo atesorar algunas de sus conductas. Por si fuera poco, como hijo del poderoso conde de Oropesa fue oficial del emperador Carlos V en las campañas de Túnez, Alemania e Italia. Trató en privado a Felipe II con asiduidad, llegó a ser mayordomo del rey y caballero de la Orden de Alcántara en la cual profesó votos de obediencia y castidad. ¿Cómo podía actuar en el Perú, conminado por un currículo de esa magnitud? Cumplió a cabalidad el cometido impuesto por su nacimiento y por su entendimiento del mundo, sin pensar ni por un segundo en las opiniones de la posteridad.

#EspañaEnAméricaSinLeyendas | La conversión del padre Bartolomé de Las Casas, por Elías Pino Iturrieta
Bartolomé de Las Casas quería ser rico y destacar en el manejo de los asuntos mundanos. Pero dos sermones lo convirtieron en el venerado obispo de Chiapas y líder del partido indófilo

 

@eliaspino

Fray Bartolomé de Las Casas es justamente célebre por sus luchas contra la violencia de los españoles en las primeras décadas de la conquista de América. Debido a sus constantes intervenciones en la Corte y en los círculos intelectuales, Europa se conmovió por las depredaciones de los primeros encomenderos, y los reyes trataron de eliminarlas o paliarlas mediante leyes especiales. Se considera a su Historia de las Indias como un clamor por la justicia social y por los derechos de los pobladores autóctonos, capaz de conmover a los lectores de la época y de resistir el paso del tiempo hasta convertirse en documento ineludible para los estudiosos, pero también para los animadores de la leyenda negra de España. Sin embargo, el religioso beligerante no fue así desde cuando inició sus contactos con los primeros colonizadores de las Indias. Veremos ahora los elementos principales de ese prólogo habitualmente desconocido.

Ya nos aproximamos en artículo anterior a cómo Bartolomé vio, desde su atalaya de joven sevillano, con ojos asombrados y benevolentes, la hazaña colombina. Como su padre era amigo del almirante, no solo obtuvo preferencia para zarpar en próximos viajes a hacerse de recursos para prosperar, sino que también se paseó por la ciudad con un indito regalado por Colón a su padre y a quien trató de educar según las costumbres de la ciudad. Joven formado en el seno de la iglesia, experto en latines y sobrino de un canónigo de la catedral, exhibió las cualidades del indito para probar los portentos civilizatorios de la educación y los contactos de su familia con el personaje más connotado de la época. Después de esa aproximación a la celebridad, aceptó la invitación de su padre para viajar con el almirante virrey en su expedición de 1502 con destino a La Española.

¿Desde el momento de su llegada a La Española, el joven Las Casas se convirtió en apóstol de los indígenas martirizados o asesinados en masa?

A decir verdad, fue testigo de innumerables ataques de los conquistadores, frente a los cuales guardó silencio. Pero no solo se conformó con observar a los hombres de armas que buscaban riquezas en medio del desenfreno y sin las ataduras de la autoridad, que los dejaba actuar a sus anchas. Fue titular de una encomienda y dispuso que “sus” indios trabajaran en la exploración de minas y en el cultivo de parcelas agrícolas, como hacían todos los primeros aprovechadores de los espacios encontrados. El propio actor, ya en su fase de autor, describió su conducta de ese tiempo, de la siguiente manera: “Todas estas obras y otras, extrañas de toda naturaleza humana, vieron mis ojos, y ahora temo decirlas, no creyéndome a mí mismo, si quizá no las haya soñado”. Pero no las soñó: no solo fue testigo de ellas, sino también uno de sus responsables. Así lo afirmó en su Historia de las Indias.

Los misioneros franciscanos no se alarmaban por la conducta de los conquistadores. Vivían en la molicie y se hacían de la vista gorda, como la inmensa mayoría de europeos que entonces se establecían, aseguró el joven que se aproximaba cada vez con mayor profundidad a la fe hasta tomar la decisión de ordenase de sacerdote, el primero en las nuevas tierras del rey de España. Pero llegaron los misioneros dominicos para cambiar la biografía del recién tonsurado. No solo se impresionó por la austeridad de su vida, y por el afecto que mostraban a los siervos de los encomenderos, sino especialmente por dos sermones que lo conmovieron hasta llenarlo de lágrimas. Uno fue pronunciado por fray Pedro de Córdoba en 1510 sobre la búsqueda del Paraíso en las nuevas tierras. “Yo lo oí, y por oírlo me tuve por felice”, confesó después el joven. El otro fue predicado por fray Antonio de Montesinos en 1512, en el cual hizo las siguientes preguntas sobre los indígenas ante la capilla repleta de españoles en la fiesta de adviento: “¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos?”.

Bartolomé de Las Casas no solo se hizo entonces religioso de la Orden de Santo Domingo, sino que también se convirtió en el profeta infatigable que anunciaba la perdición de la catolicidad española si no cesaba la explotación inmisericorde de los indígenas. Como contó desde el primer momento con el apoyo de los dominicos, influyentes en los círculos del poder y orientadores del brazo armado de la Inquisición, volvió a la península en 1515 para no cesar en su lucha por la justicia social hasta el día de su muerte; sin que los representantes más elevados de la autoridad, entre ellos tres reyes y tres generaciones de consejeros de Indias pudieran dejar de oírlo, o de estremecerse debido a las conminaciones de su cruzada. Otras figuras cercanas a los monarcas, a las instituciones responsables de los asuntos coloniales y también a la jerarquía eclesiástica, hicieron lo posible por callarlo, o por echar en el saco roto de la burocracia el caudal de sus quejas, pero la mole de sus argumentos predominó para ofrecer la posibilidad de una comprensión adecuada de la conquista de América.

Lo elocuente del caso es que el muchacho viajó a América en busca de fortuna personal, como su padre y como muchos de sus amigos y conocidos de Sevilla, hasta que dos predicadores lo llamaron a un proyecto que no era el suyo, pero del cual llegó a ser el vocero más famoso y socorrido. Quería ser rico, quería destacar en el manejo de los asuntos mundanos, pero dos sermones lo convirtieron en el venerado obispo de Chiapas, en líder del partido indófilo y en el autor de la imprescindible Historia de las Indias, gracias a cuyas páginas se entiende mejor una hazaña esencial de los tiempos modernos.

#EspañaEnAméricaSinLeyendas | Pedro Mártir de Anglería, un cronista ausente de trascendental presencia, por Elías Pino I.
Sin estar jamás en las Indias, Pedro Mártir de Anglería es uno de los autores que más influyeron en el entendimiento de estas tierras a partir de 1492

 

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Sin estar jamás en las Indias, el clérigo Pedro Mártir de Anglería es uno de los autores que más influyeron en el entendimiento de las tierras encontradas por los españoles a partir de 1492. Sin ser nativo de Castilla, pudo recoger información preciosa sobre la política y la cultura cortesana durante la administración de los reyes católicos, en cuyas cercanías fue figura de primera importancia. Produjo una de las versiones más conocidas y apreciadas sobre la expansión geográfica y espiritual que entonces conmueve a Europa, y de la cual se abocetarán ahora dos aspectos que parecen esenciales.

Disgustado por los desgarramientos que provocaban las discordias italianas, Pedro Mártir de Anglería abandonó su oficio de secretario del gobernador de Roma y relaciones de alto nivel en los despachos pontificios para trabajar con Fernando e Isabel, a quienes admiraba por los éxitos en la unificación de sus reinos. Debido a su esmerada educación, pero también a sus filigranas en el trato con los poderosos, se ganó el favor de los monarcas y ocupó posiciones estelares en el área de la diplomacia, en las decisiones eclesiásticas y en la educación de la princesa Juana, futura reina de España. Se enteró entonces, de primera mano, de las noticias llegadas de ultramar.

Las contaban sus protagonistas en palacio, o quedaba testimonio de ellas en centenares de documentos que pudo leer y copiar sin interferencias en los reales archivos. Trasmitió buena parte de sus anotaciones al cardenal Ascanio Sforza y al papa León X, a quienes conocía desde su juventud. Tales escritos adquirieron celebridad después de su publicación bajo el título de De orbe novo, en 1514.  Debido a su profusa circulación, De orbe novo es responsable de las primeras ideas de América y de sus habitantes originarios que se formaron en Europa, capaces de asentar opiniones de peso no solo en su época sino también en la posteridad. 

Sus descripciones sobre la vida de los aborígenes son primordiales, debido a que contribuyeron a la fragua de la idea del buen salvaje que provocó importantes climas de opinión y obras ineludibles durante el período de la Ilustración. También aportaron provisiones para el equipaje de la leyenda negra. Nos referimos a textos como el siguiente, susceptible de provocar inmensa curiosidad en una sociedad dispuesta a buscar horizontes diversos a su vida:

Los indios van desnudos, no conocen ni pesos ni medidas, ni esa fuente de todas las desgracias, el dinero; viven en una edad de oro, sin leyes, sin jueces mendaces, sin libros (…) entre ellos la tierra pertenece a todo el mundo, lo mismo que el sol y el agua. No conocen ninguna diferencia entre meum y tuum, esa fuente del mal.

Los estudiosos de Mártir de Anglería encuentran la influencia de la Metamorfosis de Ovidio en este tipo de reconstrucciones de la vida de los autóctonos de América, porque alude a la existencia de una convivencia anterior a la Caída de la humanidad presente en los escritos del autor clásico. Ahora conviene llamar la atención sobre cómo asomó una censura implícita a la Europa de la época, que podía animar las publicaciones de la modernidad cuando fuese oportuno. ¿No se refería a una sociedad comunista?

Otro de los asuntos en los cuales contribuyó fue el vinculado con el relativismo cultural que luego tendrá trascendencia. Después de examinar los objetos con los cuales adornaban su cuerpo los indígenas, dejó afirmaciones como estas:

Nunca he visto nada que con su belleza deleitara más al ojo humano. (…) Lo que a ellos les parece elegante, nos parece horrible. Este ejemplo muestra la ceguera y la insensatez de la especie humana: asimismo, muestra cuánto nos engañamos. Los etíopes creen que el negro es color más bello que el blanco, mientras que el hombre blanco piensa lo contrario. Cada país sigue su propia fantasía.

Esta propensión a aceptar la novedad y a animar la divergencia de las normas europeas concede puesto singular a De orbe novo, afirma el historiador David Brading, quien encuentra en Montaigne un profundizador de la tendencia en las postrimerías del siglo XVI, en su conocido ensayo sobre los caníbales.

Pero Pedro Mártir de Anglería condujo a otras explicaciones, críticas la mayoría, sobre los primeros pasos de los conquistadores en el universo indiano. Las puede rastrear el lector de nuestros días cuando quiera profundizar en el asunto, si no olvida que el cronista no fue protagonista de los hechos. Ni siquiera fue testigo presencial. Es la voz del humanismo del Renacimiento italiano reconstruyendo a su manera una historia.

#EspañaEnAméricaSinLeyendas | La Corona y la Iglesia en la dominación de América, por Elías Pino Iturrieta
Tras laboriosas negociaciones con el papa Alejandro VI, la monarquía se convertirá en patrona de la Iglesia en Hispanoamérica, con lo que tal supremacía implica

 

@eliaspino

Debido a las letras de la primera bula Inter caetera, la dominación de las Indias se debía considerar como una empresa eminentemente espiritual. Según el documento, los reyes católicos podían ejercer el control de los territorios encontrados si se comprometían a cumplir una actividad misional declarada por el papa. Veremos ahora cómo, pese a los vínculos ya establecidos, la Corona se impone a los deseos o a los intereses pontificios desde época temprana.

Partiendo del condominio aceptado desde el principio de la empresa, cuando Colón hizo su segundo viaje el papa Alejandro VI envió como su representante al benedictino fray Bernardo Boyl, destacado miembro del Monasterio de Monserrat, para que velara por el cumplimiento de un convenio en el cual se privilegiaba la evangelización de los infieles. La Corona aceptó de mil amores al emisario y ordenó que se le atendiera como viajero principal, pero en breve descubrió que se trataba de una incomodidad que debía remediarse. Pese a que fray Bernardo aparecía respaldado por la bula Piis fidelium, que lo investía como vicario apostólico, el aval no tardó en volverse papel mojado.

Fray Bernardo Boyl ofició la primera misa que se celebró en América. Con el almirante de rodillas y rodeado por doce sacerdotes que lo acompañaban, el 6 de enero de 1494 encabezó la primera liturgia católica de ultramar. Fue solo una fugaz demostración de acuerdo entre las dos autoridades que se establecían en medio de la solemnidad, debido a que Colón aclaró de inmediato que el benedictino y sus religiosos no podían entrometerse en sus asuntos de virrey y administrador. Como ejercía funciones que no había cedido la reina Isabel, argumentó don Cristóbal, el vicario debía someterse a su autoridad. Pero, como el fraile se empeñó en gobernar de acuerdo con sus valores, que lo obligaban a criticar algunos de los procedimientos del representante del trono, fue enviado de regreso a España pese a sus protestas y a las de su séquito.

La sede romana insistió entonces en el envío de un nuevo vicario, pero la Corona se opuso. Debido a que se estaban dando los primeros pasos en territorio misterioso y seguramente lleno de riesgos, propusieron al pontífice que concediera a los reyes españoles el derecho de presentación de todas las dignidades eclesiásticas, mientras se aclaraba el panorama. Acudían a un privilegio concedido por el papa en las vísperas del triunfo sobre los musulmanes en Granada, que implicaba la fundación de funciones religiosas que podían ser complicadas; pero, a la vez, solicitaron la concesión de los diezmos y la escogencia de los lugares en los cuales se establecerían las diócesis de las Indias. Ellos se encargarían de los gastos del traslado de los religiosos desde España hasta las nuevas posesiones, y de su ubicación en jurisdicción adecuada, sin que la Iglesia gravara sus arcas. Sugerían un ahorro y una colaboración que podían ser atractivos, pero que concluyeron en un poderío que no advirtió a tiempo la Iglesia.

En 1501, y después de laboriosas negociaciones, el papa Alejandro aceptó que la Corona se ocupara del cobro de los diezmos. En 1508, ahora durante el pontificado de Julio II, se dio a los reyes de España el derecho de presentación de las personas que debían ocupar dignidades eclesiásticas en las Indias, y la posibilidad de demarcar la jurisdicción de un obispado que se debía crear en Yucatán. Se trata, en apariencia, de concesiones específicas, de favores o cortesías puntuales, pero en realidad son el nacimiento de un poder que Roma no había aceptado hasta entonces, y que se fue afincando y generalizando en las colonias.

Por consiguiente, la monarquía se convertirá en patrona de la Iglesia en Hispanoamérica, con todo lo que tal supremacía implica. No debe extrañar que más tarde, en el siglo XIX, cuando culminan las guerras de Independencia, los gobiernos republicanos se proclamen como herederos naturales del Real Patronato Indiano sin que el papa se niegue a las pretensiones. Su validez, refrendada por Roma y por los hábitos cotidianos, se remontaba a los siglos XV y XVI.

#EspañaEnAméricaSinLeyendas | La nueva Jerusalén y sus cruzados, por Elías Pino Iturrieta
La búsqueda de El Dorado pasaba por obras como las de los apóstoles de Cristo, de acuerdo con el capitán conquistador

 

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Como la dominación de las Indias se presentó como una empresa espiritual, abundaron los relatos sobre los sacrificios de los misioneros y sobre los portentos que realizaron en su misión. Las autoridades religiosas, pero también las civiles, se empeñaron en la divulgación de un relato a través del cual adquirieran relevancia sus hazañas, que no eran militares sino espirituales, para dar cuenta de la promesa que cumplían de una nueva redención del género humano encontrado en las colonias. Así no solo testimoniaban la fidelidad de España a su compromiso con el catolicismo, sino también su apego sin fisuras, y hasta situaciones heroicas, a los mandatos divinos.

Se trata, en general, de relatos exagerados, fantasiosos de principio a fin, pero fundamentales para la legitimación de un dominio capaz de asombrar a los hombres de la época. En la medida en que circulaban, no solo ponían en evidencia el compromiso salvacionista que justificaba la conquista, sino que también ofrecían pruebas para el crecimiento del santoral en una época amenazada por herejes y relapsos. Los relatos sobre el tema abundan en todos los territorios de ultramar, y ahora se ofrecerá un par de evidencias provenientes de Venezuela.

Entre los documentos más antiguos sobre el asunto se encuentra un texto de Felipe Hutten, incluido en su Diario y cartas de 1540, en el cual podemos leer:

Hace 10 u 11 años había un capitán de nombre Phamphilo de Narvais con 400 cristianos… a los cuales los indios dejaron vivir debido a su rareza, pues andaban entre los indios y donde encontraban indios enfermos los bendecían en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y los curaban de tal modo que de 100 millas de la redonda les llevaban enfermos y les seguían tanta gente que se tenían que esconder… Estos apóstoles hicieron aún más milagros en la tierra, pues han resucitado muertos, curado a sordos, ciegos y paralíticos; no hubo enfermedad que no curaran solo en el nombre del Padre etc. por la fuerte esperanza que en su apuro tenían en Dios».

Hutten formó parte de las expediciones de los Welser, famosos por su intensa persecución de bienes de fortuna y conocidos por la inhumanidad de muchos de sus procedimientos, pero ahora solo destaca esfuerzos y milagros para la salvación del alma de los indígenas. Tal vez buscara la justificación o el ocultamiento de delitos que no tardaron en divulgarse, y que llegaron hasta el trono con su carga de escándalo, pero en el testimonio no deja de estar presente la necesidad de referirse a los beneficios espirituales que abundan entonces, según decían. La búsqueda de El Dorado pasaba por obras como las de los apóstoles de Cristo, de acuerdo con el capitán conquistador.

En una correspondencia del fraile José de Carabantes para el marqués de Aytona, las escenas del santo de Asís se mudan a Caracas y a Cumaná en 1666, fecha del envío de su misiva desde Sevilla. Veamos:

También se dicen señor entre aquellas gentes muchas cosas de los religiosos, que han importado no poco para ayuda de la salvación de las almas. Y entre otras dicen que en cierta ocasión uno de ellos, como iba predicando, iban saliendo de su boca unas como estrellas. Y que, predicando otro en otra ocasión, vieron su rostro hecho un cielo, despidiendo como el de otro Moisés, rayos de resplandores y luces. Asimismo se dice que, en una de las entradas que los religiosos hicieron, llegando a un valle grande y de muchas casas de indios, salió de repente una inmensidad de aves tales, nunca vista por aquellas partes y de notable hermosura, y estas con mucha alegría y fiesta fueron, como en procesión, derechas al religioso acercándosele alguna de ellas al rostro y otras tocándole la cabeza, manos y hábito, y unas y otras con notables ademanes y demostraciones de alegría. Hubo muchos testigos de vista, que admiraron suceso tan notable y repentino, y se persuadieron que dichas aves eran tantos ángeles que festejaban o la entrada del religioso en aquella tierra, o la dicha que muchas ovejas perdidas de ella habían de gozar presto, agregándose al aprisco del Divino Pastor».

Evidencias como las mostradas son numerosas y provienen de todas las comarcas hispanoamericanas. Ahora apenas se han manejado dos fuentes de procedencia venezolana, o relativas a Venezuela, que recogen lo fundamental de la idea asomada arriba sobre el advenimiento de una nueva cruzada que completaría en los tiempos modernos un desafío pendiente desde el medioevo.

Así como ha existido una leyenda negra de España, relatos como los que se acaban de ver forman parte de su leyenda dorada. Ninguna de las versiones tiene fundamento, pero forman parte de una pretendida explicación de la conquista.

#EspañaEnAméricaSinLeyendas | Los presagios de Moctezuma, por Elías Pino Iturrieta
Antes de que el hierro se impusiera, las nociones del mundo de las colectividades prehispánicas recibieron como decisión del más allá el advenimiento de unos coraceros inexplicables

 

@eliaspino

En la dominación de América fue determinante la fuerza del conquistador, sus posibilidades de ofensa armada que no podían superar las sociedades autóctonas, pero también influyó la sensibilidad del elemento que se encontró, de pronto, ante unas presencias que no podía comprender, o para cuya comprensión acudía a nociones metafísicas que podían condenarlo a la inacción o a la sumisión.

Antes de que el hierro se impusiera, las nociones del mundo y de la vida que dominaban la sensibilidad de las colectividades llamadas prehispánicas recibió como decisión del más allá el advenimiento de unos coraceros inexplicables, o que podían explicarse como enviados de los dioses.

El asunto se encuentra cabalmente explicado en culturas como la antigua mexicana, gracias a investigaciones realizadas por historiadores, antropólogos y filólogos del siglo XX. A ellas acudiremos ahora, para ver cómo una antigua concepción del universo jugó en favor de los conquistadores.

Los estudios hechos en nuestros días por profesionales como Ángel María Garibay y Miguel León Portilla, junto con la recopilación de testimonios indígenas que hacen autores fieles a sus fuentes como fray Bernardino de Sahagún, Muñoz Camargo y Fernando de Alba Ixtlixóchitl en las primeras décadas de la colonización, permiten reconstruir con propiedad los entendimientos anteriores al siglo XV que facilitaron los trabajos del conquistador. Como son numerosos, ahora se limitarán a un comentario de los presagios que determinaron la conducta del jefe mexica Moctezuma.

En efecto, según recoge León Portilla en un libro imprescindible, Visión de los vencidos (Caracas, Biblioteca Nacional, 2007), antes de la llegada de las fuerzas de Cortés se suceden en México unos fenómenos que provocan ansiedad generalizada, a través de los cuales se comienza a pensar en el advenimiento de trances y tiempos de grandes riesgos.

Se trata de fenómenos sin explicación para los hombres de entonces que impresionan notablemente al tlatoani Moctezuma, líder del imperio que pronto desaparecerá.

Un jefe muy religioso, formado en la fe de sus ascendientes que promueve, protege y representa, es presa de un temor que lo conduce a la inacción. Se trata de presagios advertidos por la totalidad de los habitantes de Tenochtitlan, que se vuelven un rompecabezas sin soldadura en el hombre que los dirige, mas también entre sus soldados y sus sacerdotes.

Diez años antes de la llegada de los españoles, una espiga de fuego apareció en el cielo. Se podía ver durante el amanecer y también en la medianoche, para provocar funestas sensaciones o “alboroto general”. Poco tiempo después se incendió el templo de Huitzilopochtli, deidad primordial. Era la combustión del Tlacateccan o “casa de mando” del genio de la guerra, sin que se descubrieran los motivos de la devastación. En breve cayó un rayo sobre otro templo de importancia, llamado Tzummulco, pese a que la lluvia no era fuerte.

No se habían repuesto los hombres de la impresión cuando un fuego salió del sol y se transformó en una lluvia de chispas rojas y negras que causó consternación. Pasado un año hirvió el agua del lago y amenazó con invadir las casas de la ciudad, para que la gente aterrada clamara por las oraciones de sus oficiantes. Por colmos, muchas veces se oyó después en la oscuridad de la penumbra la voz desgarrada de una mujer que anunciaba la muerte de sus hijos. Las noches de Tenochtitlan se pasaban entonces en vela.

Un par de novedades, o de hallazgos terribles y misteriosos, causó notable impresión en el ánimo de Moctezuma: la aparición de hombres con un solo cuerpo de dos cabezas, y de un ave con cabeza de diadema a través de la cual se veían gentes combatiendo y muriendo en medio de una feroz conmoción. Moctezuma hizo llamar a los nigromantes a la Casa Negra, y a otro lugar de adoración que frecuentaba, para que interpretaran los prodigios. Pese a la urgencia de la convocatoria, no obtuvo respuestas tranquilizadoras. Como los expertos consultados no satisficieron su curiosidad cada vez más acuciante, los amenazó con prisiones, con la muerte de sus familiares y la destrucción de sus propiedades.

Debe recordarse que había entonces tomado auge la historia del retorno de Quetzalcóatl, supremo hacedor, y las señales inhabituales podían ser el prefacio de un regreso capaz de enervar al tlatoani del imperio, a los nobles, a los responsables del culto y a los guerreros bajo su mando. ¿Cómo los trataría el todopoderoso Quetzalcóatl, la majestuosa Serpiente Emplumada, después de juzgar sus obras de simples mortales?

Pero no llegó Quetzalcóatl, sino Hernán Cortés acompañado por huestes a caballo descendiendo de grandes torres que no se hundían en el mar. De acuerdo con los informantes indígenas de Sahagún, cronista mencionado antes, esta fue la actitud del tlatoani ante el aplanador suceso: “No hizo más que esperarlos. No hizo más que resolverlo en su corazón, no hizo más que resignarse; dominó finalmente su corazón, se recomió en su interior, lo dejó en disposición de ver y de admirar lo que habría de suceder”.

#EspañaEnAméricaSinLeyendas | Bartolomé y el indito, por Elías Pino Iturrieta
El joven las Casas no solo comprobó que el indito era como todos los muchachos que conocía, sino también que estaba dotado para desenvolverse con éxito en una sociedad como la española de entonces

 

@eliaspino

Fray Bartolomé de las Casas es, como se sabe, uno de los críticos más severos de la conquista realizada por los españoles en América. Nadie le gana en celebridad como líder del partido indófilo y como denunciante de las tropelías llevadas a cabo por los primeros encomenderos, tanto en las nacientes colonias como en la corte ante los reyes. Pero quizá no se tenga claridad sobre cómo se convirtió en lo que fue a la postre, debido a que la firmeza de sus posiciones puede conducir a pensar que forman parte de un solo bloque enfático. De seguidas se describirá una parte poco conocida de su vida, especialmente de sus rutinas juveniles, en las cuales no mostró las cualidades que lo llevaron después a la celebridad como campeón de la justicia social en los principios de la historia moderna.

Hijo de Pedro de las Casas, un mercader de mediano caudal que descendía de conversos, Bartolomé de las Casas se formó en su Sevilla natal bajo la protección de un tío, Luis de Peñalosa, quien era canónigo musicólogo de la catedral. Bajo el amparo del sacerdote estudió latín con el famoso maestro Antonio de Nebrija, hasta adquirir una formación cultural propia de los hijos de familias acomodadas. Como los Peñalosa se habían empleado en el servicio de la reina Isabel, no lo fue difícil acercarse a las fuentes del poder en crecimiento hasta destacar por su formación en las materias predilectas de la ortodoxia. En breve, y debido a su aprovechamiento en el seminario hispalense y a los informes sobre la moderación de sus costumbres, fue uno de los primeros candidatos para obtener la tonsura.

Como a todos los pobladores de Sevilla, le causó grande impresión el retorno de Colón después de su primer viaje, sin imaginar que en breve se involucraría en la continuación de la aventura.

Debido a malos tratos de negocios, su padre se alistó en 1493 en la segunda expedición del Almirante, a quien conocía de cerca desde cuando procuraba el favor de los reyes católicos para su aventura. Desde entonces, la América española fue el destino y el desafío del joven Bartolomé. Pero ese destino y ese desafío tienen un prólogo poco conocido. Para fomentar los vínculos amistosos, Colón regaló a Pedro de las Casas uno de los jóvenes indios que había traído como muestra de su hazaña, y Pedro lo entregó a su hijo Bartolomé mientras fraguaba el plan de embarcar hacia La Española con su amigo convertido en prometedor Virrey.

Bartolomé acogió con singular cariño al indito, con quien se acompañaba en sus visitas sociales y a quien mostraba a los circunstantes como si se tratara de una extraña representación del género humano. Era normal que el muchacho despertara la curiosidad en Sevilla, debido a que jamás nadie había visto a un individuo de su procedencia, vestido a su usanza, o más bien desvestido, y hablando una incomprensible jerga. Tampoco podía parecer extravagante que se dudara sobre la humanidad del inusual acompañante por sus diferencias con los mancebos habituales y porque, según se decía, había comido carne de sus semejantes y adorado a unos pavorosos demonios. Pero, en la medida en que lo trataba y exhibía, la perspicacia del nuevo dueño llegó a una conclusión distinta que pudo influir en su conducta del futuro. El joven las Casas no solo comprobó que el indito era como todos los muchachos que conocía, sino también que estaba dotado para desenvolverse con éxito en una sociedad como la española de entonces.

Gracias a las destrezas adquiridas en el manejo del español, lo hacía participar en tertulias, le pedía que repitiera oraciones a Santa María y lo animaba a escribir con corrección algunos textos, para que todos vieran que no se trataba de una curiosidad sino de una persona como las otras del contorno. Los testimonios anteriores a 1502, o inmediatamente posteriores, indican que, sin librarlo de su condición de siervo, no solo trató de vincularlo con la cultura oficial, con los hábitos predominantes, sino que también le demostró singular afecto. En 1500, cuando se hizo valer el testamento de Isabel la Católica en el cual afirmaba que los habitantes del Nuevo Mundo no eran esclavos, el indito de Bartolomé volvió como vasallo libre a la isla de La Española en una expedición comandada por el pesquisidor Francisco de Bobadilla.

Bartolomé de las Casas marchó a las islas de Indias en 1502, como doctrinero titular y miliciano de una nueva expedición en la cual también navegó su padre. Buscó de nuevo la relación con el indito de sus días de seminarista, pero no hay testimonio de que entonces iniciara sus críticas contra la dominación de la cual formaba parte. Pese a que presenció terribles crueldades, perpetradas por su comandante y amigo Pánfilo de Narváez, guardó silencio. Sus distancias y censuras son posteriores. Un destacado historiador de nuestros días, Manuel Jiménez Fernández, escribe lo siguiente sobre el tema tratado aquí en forma somera: “A nuestro entender, no se ha insistido bastante en la decisiva influencia, fácilmente rastreable, que en el ánimo generoso y abierto del joven Bartolomé ejerció esa convivencia entre los 24 y los 26 años con el mozuelo vivo y despejado a quien más tarde volviera a tratar amigablemente en La Española”.