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Entrevista | Rodolfo Izaguirre: “Cada día aprendo a vivir”, por Carolina Jaimes Branger

Rodolfo Izaguirre. Foto: colección de Federico Prieto, publicada en Esfera Cultural

He llegado a mi futuro y el país que encuentro no es el que soñé tener cuando era un joven vigoroso. Es una dolorosa visión de escombros y abismos… Pero tengo la certeza de que el país venezolano volverá a ser»

 

@cjaimesb

Cumplió en enero pasado 90 años, pero su mente y su espíritu son los de un joven. Es brillante, activo, lúcido y encantador. Rodolfo Izaguirre ha vivido su vida en una mezcla perfecta entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Ha emprendido con pasión todo lo que ha hecho y lo ha hecho muy bien. Desde su participación en aquellas revistas donde jóvenes con inquietudes intelectuales y sensibilidad por sus semejantes plasmaron sus ideas, hasta hoy en día, cuando está dedicado a escribir un libro sobre él.

Su amor por el cine comenzó con el clásico de David O. Selznik, dirigido por Victor Fleming, Lo que el viento se llevó. Y esa afición marcó su vida, porque al hacerse crítico de cine, se convirtió en escritor. Su obra literaria es extensa y excelente, aunque se queja de que es lento escribiendo. Escribió un libro sobre su mujer, la bailarina Belén Lobo, fallecida en 2014, como una forma de seguirla amando. “Se llamaba Belén, pero ahora se llama Soledad, la soledad que me acompaña desde que ella murió”, es una declaración de amor para una compañera de vida extraordinaria. De igual manera profesa el amor por sus tres hijos, Rházil, Boris y Valentina, de quienes se siente en extremo orgulloso.

Su paso por la Cinemateca Nacional dejó una extensa labor pedagógica tanto para cineastas, como para amantes del cine. “Desacralicé la Cinemateca”, me dijo. Pues… ¡qué maravilla! En la radio nos dejó como regalo los micros El cine, mitología de lo cotidiano, un tesoro para las presentes y futuras generaciones.

No quiere darles consejos a los jóvenes. Si se equivocan, esperará que enmienden sus errores. Si triunfan, los halagará. Siente que fue a partir de los 50 años cuando comenzó a decir “sí” y “no” con propiedad, porque antes siempre había hecho lo contrario. Y a lo primero que le dijo “no” fue al Partido Comunista, aunque nunca militó en partido alguno.

Está en permanente contacto con jóvenes y se siente satisfecho de que el país lo respete. Eso se lo ha ganado a pulso y ahora continúa cosechando lo que sembró.

“Ha llegado a su futuro” para encontrarse con un país muy distinto al que soñó, pero tiene la certeza de que el país “volverá a ser” y entonces, juntos, navegaremos hacia el sol.

– ¿Dónde y cómo se originó tu amor por el cine?

– Yo era un niño cuando vi en Caracas Lo que el viento se llevó. Sostengo que se trata del melodrama más perfecto del cine mundial. En el filme, la protagonista, Scarlett O’Hara (Vivien Leigh) una terrateniente sureña arruinada por la Guerra de Secesión, arranca una raíz, la muerde y dice: “¡Juro que nunca pasaré hambre!”.

Yo hice ese mismo juramento cuando vi la película. Luego supe que mi hijo Boris también lo hizo cuando vio el filme por primera vez.

Quiero decir que, si un niño hace suyo el juramento de una figura fantasmal, ilusoria, expresado desde una pantalla significa que el cine forma parte de él, vive en él.

Me hice crítico o comentarista de cine y descubrí que, para transmitir el goce visual de una determinada secuencia cinematográfica, tenía que emplear palabras, otro código distinto al lenguaje visual y comprendí que debía afinar mi idioma, enaltecerlo, perfeccionarlo. Y se operó un milagro: ¡el cine me hizo escritor!

– ¿Cómo fue tu participación en la fundación de las agrupaciones literarias de izquierda Sardio y El Techo de la Ballena?

– En el liceo Fermín Toro conocí a Adriano González León, a Luis García Morales y a Elisa Lerner. Éramos seres sensibles y nos identificamos.

Años más tarde hicimos amistad con Guillermo Sucre, Perán Erminy, Gonzalo Castellanos, el arquitecto muerto a temprana edad, con Salvador Garmendia, Ramón Palomares y otros y nos organizamos en un grupo literario llamado Sardio. Nos sentíamos tan bellos e inteligentes, que en lugar de leer entre nosotros nuestros textos y poemas, decidimos crear una revista que llamamos Sardio para que los demás mortales se enteraran de la suprema altura y calidad de nuestra escritura.

Cuando apareció en el panorama mundial el nombre, hoy nefasto, de Fidel Castro y su Revolución, los socialdemócratas del grupo se negaron a admitir a Castro y se separaron de Sardio mientras los amigos de la izquierda se adhirieron al Techo de la Ballena, un movimiento irreverente de tardío dadaísmo al que me uní entusiasmado, sin saber que secretamente era el brazo cultural de unas guerrillas de inspiración cubana. Hoy saludo la irreverencia del Techo y sus dos actos cimeros y espectaculares: el poema de Caupolicán Ovalles titulado ¿Duerme usted señor presidente? y la exposición de Carlos Contramaestre Homenaje a la necrofilia.

Entrevista | Rodolfo Izaguirre: “Cada día aprendo a vivir”, por Carolina Jaimes Branger
Rodolfo Izaguirre (con máscara), Edmundo Aray y Carlos Contramaestre, 1961. Promocionan la exposición Homenaje a la cursilería. Foto vereda.ula.ve. / Der.: dibujo de R. Izaguirre (2021).

Dos días después de la inauguración en aquellas vísceras de res, los gusanos comenzaron a moverse. Trató mal las vísceras siendo médico el artista expositor. Fue un escándalo que removió la apacible floresta cultural venezolana y la policía y la sanidad clausuraron la exposición, pero aquellos eran gusanos que brotaban del arte; no los gusanos que eran expulsados de la ya agusanada Revolución cubana y mucho menos nosotros, los gusanos que somos para el régimen militar que nos oprime.

– ¿Fuiste militante de algún partido de izquierda o fue solo un fuego de juventud?

– Yo soy rebelde desde mi infancia y mi rebeldía aumentó durante la adolescencia. Experimenté un rencor social y un odio al capitalismo y a los Estados Unidos, que afortunadamente se disolvieron con los años. Pero nunca milité ni he militado en ningún partido político y abjuro de las ideologías. Simplemente fui un amigo del camino de la Juventud Comunista, hasta que descubrí que era un camino equivocado. Cuando cumplí cincuenta años miré a mi mujer al despertar y le dije: “hoy cumplo cincuenta años. A partir de hoy diré ‘¡sí!’ cuando tenga que decir ‘¡sí!’ y diré ‘¡no!’ cuando tenga que decir ‘¡no!’, Porque hasta hoy siempre he dicho lo contrario. Y al primero que le diré ‘¡no!’ es al partido comunista!”.

– Tu trabajo como director de la Cinemateca Nacional dejó una impronta de buen hacer, muchas posibilidades para los nuevos cineastas y para los amantes del cine un reducto donde podían desarrollar su pasión. ¿Qué te dejaron esos años?

– Casarme con Belén Lobo, tener los tres hijos que tuve con ella: Rházil, Boris y Valentina; haber sido director de la Cinemateca y mantener viva la memoria de mi familia genética y de mi familia adquirida, es lo mejor que me ha ocurrido, además de llegar lúcido a los noventa años.

Entrevista | Rodolfo Izaguirre: “Cada día aprendo a vivir”, por Carolina Jaimes Branger
Rodolfo Izaguirre y Belén Lobo. El escritor dice sobre su fallecida esposa: «Adoro el libro sobre Belén, porque es una manera de seguirla amando».

En secreto, hice desde la Cinemateca un trabajo pedagógico. No lo digo por echonería, pero enseñé a mi gente a ver buen cine y, al hacerlo, logré que fuesen mejores personas; que aprendieran a ser -no habitantes de un lacerado país- sino ciudadanos del futuro.

Dediqué buena parte de mi vida al cine, a defender al cine venezolano, lograr que los cineastas dejaran de hacer películas y comenzaran a hacer cine.

Mi mayor satisfacción fue haber desacralizado a la Cinemateca, al arte cinematográfico, al Museo de Bellas Artes y a tanto Bergman y tanto Antonioni, a la vez que programé el ciclo de las rumberas del cine mexicano, otorgando a las protagonistas el valor cultural que ellas tienen.

Finalmente, descubrí que soy un ser privilegiado: hice un trabajo que es una pasión personal, tuve una vida conyugal serena y provechosa, siento que hay unos jóvenes que me necesitan y yo a ellos y siento que el país me respeta.

¿Qué más puedo pedir?…

– Háblame de la experiencia haciendo para la Radio Nacional El cine, mitología de lo cotidiano.

– En principio se trataba de algo absurdo. ¡Hablar de cine por radio! Pero leí la declaración de Orson Welles después de haber provocado pánico desde la radio al anunciar que los marcianos estaban invadiendo a Nueva Jersey. Orson dijo que la radio es cine para ciegos.

Descubrí que, con el sonido de mi voz y algún efecto sonoro (¡que los hay muchos!) podía crear imágenes visuales. Se trataba de un microprograma y no era posible ofrecer demasiadas ideas, conceptos o imágenes. Una, y repetirla dos o tres veces. Bastaba con referirme al ama de llaves de las películas góticas, bajando la escalera con una palmatoria en la mano, en medio de la noche, la tempestad con truenos y relámpagos y los aullidos de los lobos para dar una imagen perfecta del cine de terror y armar con estos elementos un excelente programa. Además, el título del programa permitía abarcar la vida entera.

– Tu obra literaria es importante en número y sobre todo, en calidad. ¿Cuál es tu obra preferida?

– Soy lento y escribo poco, salvo las crónicas dominicales en El Nacional. Reuní algunas en el libro Obligaciones de la memoria; luego escribí un libro sobre Belén Lobo. No sobre el ballet, sino sobre ella. Espero que las editoriales se recuperen de los estragos del virus y mientras esto ocurre estoy escribiendo un libro sobre mí. Es decir, sobre alguien que desde la cultura observa al país. Adoro el libro sobre Belén, porque es una manera de seguirla amando. Hace años publiqué la novela Alacranes que ha sido reeditada por Bruguera. Una vieja casa caraqueña llena de alacranes y espectros de gente que allí vivió con alacranes devorándoles el alma.

– ¿Qué sientes al estar tan bien y tan activo a los 90 años? ¿Algún consejo?

– Repito: soy un privilegiado. Conservo mi lucidez y cada día aprendo a vivir y me esmero en pulir y perfeccionar mi idioma y su sintaxis.

Me duele y me atormenta la situación de degradación moral, política, económica, social y cultural que tanto hiere y lacera al país. Sueño con un país civil alejado de los cuarteles y recuerdo al cineasta mexicano Emilio, el Indio Fernández, realizador en los cuarenta del siglo pasado de filmes célebres como La perla, Maclovia, Río Escondido. Pasó por el aeropuerto de Barajas, Madrid. Iba a morir dos meses más tarde y, acosado por los periodistas, contestó cuando le preguntaron qué consejos daría a los jóvenes cineastas. Miró a los periodistas y lo que dijo merecería estar grabado en letras de bronce. Dijo: “¡A mí, que me den por indio muerto y que esos jóvenes se vayan a chingar a sus madres!”

Los jóvenes no necesitan consejos, si fracasan en su empeño tratarán de enmendar sus errores y, si triunfan, merecerán todos mis halagos.

– No quiero dejarte ir sin preguntarte por Belén y por Boris

– Al morir, Belén dejó de llamarse Belén y comenzó a llamarse Soledad y me acompaña todo el tiempo. Antes de morir me miró por última vez y me dijo: “¡Hice de ti un águila y un relámpago! ¡Prométeme que siempre te opondrás a la injusticia y a la intolerancia!”.

Boris se hizo famoso, pero a cada momento menciona a sus padres y a sus hermanos. Sigue siendo un ser amable, sencillo y adorable, que se ha visto arropado o envuelto por y en la celebridad.

– ¿Qué significa Venezuela para Rodolfo Izaguirre?

– El país venezolano es mi propia sombra desde que nací, cuatro años antes de que muriera Juan Vicente Gómez. He vivido desde entonces en un país que, pese a sus espléndidos avances, continúa siendo un país primitivo, pero que adoro sin saber aún por qué.

He llegado a mi futuro y el país que encuentro no es el que soñé tener cuando era un joven vigoroso. Es una dolorosa visión de escombros y abismos de dislocada dignidad, hambre y una diáspora inmerecida. Sufro mucho, pero tengo, y lo he dicho muchas veces, la certeza de que el país venezolano volverá a ser. ¡Entonces, todos juntos tomados de la mano, sonrientes, navegaremos hacia el sol!