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Opinión

Un relajo moral del cual abstenernos

Un relajo moral del cual abstenernos, por Alejandro Armas
Alejandro Armas
24/03/2023
Hay cosas que a la elite gobernante le gustaría que hiciéramos, pero que no estamos obligados a hacer. Una de ellas es integrarnos a su simulación propagandística de prosperidad

 

@AAAD25

Nunca me gustó la expresión “sociedad de cómplices” para aludir a una Venezuela que, en palabras de algunos, hizo poca o nula resistencia al desmontaje de nuestra democracia y nuestro Estado de derecho por el chavismo. Me parece una afrenta a una larga cadena de acciones impulsadas por la sociedad civil para ponerle fin, sin traumas, a esta tragedia. Superando un montón de obstáculos arbitrarios inventados por la elite gobernante, hubo intentos de revocar el mandato presidencial en 2004 y 2016, y si no prosperaron, pues fue precisamente por las trapisondas oficialistas.

Ni hablar de las protestas de 2014 y 2017, reprimidas sin misericordia y con un saldo colectivo cercano a los dos centenares de muertos. Nótese que todo esto es resistencia de la civil. Quien diga que, como eso no bastó, hubo que pasar a otras formas de resistencia, que requieren más arrojo, pues quizá tenga un punto. Pero los que hablan de “sociedad de cómplices” por lo general nunca han dado ese paso. Así que ignoro con qué moral le hacen reproches a los demás.

Aclarado todo lo anterior, debo decir que sí me preocupa notar desde hace algún tiempo una especie de laxitud moral en cuanto a cómo tratar con la elite gobernante.

Una tendencia a olvidar los desmanes de los que esta es responsable. Desmanes, entre opresión y pobreza, tan incontables que, para efectos de honra al aforismo de Baltasar Gracián “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, podemos sintetizar en lo que el filósofo Dagoberto Valdés llamó “daño antropológico”. Como he planteado antes en esta columna, el nuevo ethos gubernamental es uno de consumismo parrandero como muestra de un nuevo crecimiento económico (que ahora hace aguas). Y, al parecer, no pocas personas quieren subir a bordo de esa barca de placeres. Pasar la página y congeniar con la nueva oligarquía para gozar de esta “Venezuela chévere” y mostrarla al mundo. Eso sí: sin ponerse una franela roja. ¡Nada de política! Se trata precisamente de poner las diatribas de lado y tomarse de manos en optimismo y disfrute patrios.

Otras malas conductas olvidadas

Otras malas conductas olvidadas

Hay cosas que a la elite gobernante le gustaría que hiciéramos, pero que no estamos…

So riesgo de incurrir en un lugar común, diré que puedo explicar cómo llegamos a esto, sin justificarlo. Ser un ciudadano opositor activo en Venezuela se ha vuelto una experiencia sumamente desalentadora. Es un cúmulo inmenso de fracasos y derrotas al que hay que añadir el miedo que generan las represalias de un gobierno sin escrúpulos, así como la necesidad de dedicar tiempo y esfuerzo a la mera supervivencia en medio de tanta precariedad, en el caso de los millones de venezolanos empobrecidos. Para colmo, la dirigencia opositora no sale de su extravío estratégico. No le brinda a la población un plan para alcanzar el cambio político que tanto urge. Solo hablan de las próximas elecciones presidenciales, pero sin explicar cómo superar los vicios del sistema comicial chavista o qué hacer en caso de que el gobierno desconozca una derrota.

Estrategia mata dilema

Estrategia mata dilema

Hay cosas que a la elite gobernante le gustaría que hiciéramos, pero que no estamos…

Estamos, en fin, en una situación en la que no se divisa en el corto o mediano plazo lo que el país necesita. Es por lo tanto comprensible que la inmensa mayoría de los venezolanos no esté pensando mucho en la política. Que trate de adaptarse al porvenir y que busque alguna alegría en lo que queda en pie.

Son sin duda circunstancias muy duras para el cumplimiento del deber ciudadano. La conculcación de libertades hace que los costos de la conducta ética sean inmensos. Sin embargo, siempre nos queda en nuestro fuero interno algo de libertad. Una libertad para decidir cómo procedemos a pesar de las dificultades injustas. Solo eso nos permite mantenernos adheridos al sentido de la humanidad, como indicó Viktor Frankl. No estaremos en un campo de concentración nazi, como sí le pasó al pensador austriaco. Pero no podemos menos que ver la vida en Venezuela como una forma de prisión. Y, aun así, no todo paso que demos está condicionado a los intereses de los carceleros. Tendremos que contribuir con su financiamiento cada vez que pagamos un gravamen. Tendremos que callarnos algunas cosas que nos gustaría decir. Tendremos que seguir los pasos de su absurda burocracia kafkiana para obtener documentos. Pero hay cosas que a la elite gobernante le gustaría que hiciéramos, pero que no estamos obligados a hacer.

Una de ellas es integrarnos a su simulación propagandística de prosperidad. Otra es aceptar la invitación a entablar relaciones cordiales con los miembros de dicha elite. A pasar por alto sus negocios turbios y sus atropellos a la dignidad humana de casi todo el país. No digo que haya que increparlos en la calle. Más bien, recomiendo no hacerlo, pues debido a la “ley contra el odio”, el castigo hace que no valga la pena. Pero igualmente podemos abstenernos de retratarnos sonrientes con ellos. De consumir en sus negocios una vez que su propiedad ha sido plenamente identificada. Etcétera.

Para Kant, la moral está sustentada en la razón. Si realmente nos abocamos a pensarlo, no hay forma de concluir que el blanqueamiento voluntario de los desmanes rojos está bien. La motivación siempre será un egoísmo a costa del país: farandulear, ver un espectáculo, probar alguna delikatessen o licor fino. En el peor de los casos, establecer contactos para ser parte del entramado de actividades crematísticas opacas. Ser un privilegiado más que está por encima de la ley.

Volviendo a la visión del sabio de Königsberg, aunque al obrar así se nos abra un mundo de posibilidades, en realidad estaríamos desistiendo de nuestra libertad, por cuanto dejamos que un vicio externo innecesario nos esclavice e ignoramos nuestra razón y sus derivados morales. Una vez que caemos en ese hueco, es muy difícil salir. El deseo de esas dulzuras mundanas aumentará. De paso, nos ahuyentará la posibilidad de un eventual reconocimiento de nuestras fallas, con todo lo que ello implica para nuestra vida en sociedad. Así que preferiremos huir hacia adelante, sepultarnos cada vez más en el vicio y esforzarnos por la preservación de un orden perverso. Si hablo en primera persona del plural, es porque admito mi propia vulnerabilidad. No soy inmune a tentaciones, pero hago mi mejor esfuerzo por mantenerlas a raya.

Quizá el único consuelo en todo esto es que los invitados a disfrutar del sibaritismo en la perestroika bananera son los poquísimos venezolanos que pueden pagarlo. Las masas paupérrimas no pueden siquiera pensar en atender al llamado de la serpiente a probar el fruto prohibido. No tienen con qué. Como en toda aristocracia, real o pretendida, nuestros sans-culottes tienen vedado el acceso a Versalles. Nada de vivir como en una novela de Laclos o una pintura de Fragonard. Por su miseria, veo poco probable que dejen de ver con malos ojos a los responsables de la ruina del país, obviando a aquellos que por desgracia se dejaron llevar por una lealtad fanática al ideario chavista (aunque incluso acá hay posibilidad de descontento, debido al discreto abandono gubernamental del dogma marxistoide traído por Hugo Chávez). Entre estas, millones de personas, y aquellas que tuvieron suerte de no caer en la pobreza, pero se abstienen cada día de bendecir el statu quo, creo que aún es temprano para hablar de una sociedad de cómplices. Una abstinencia que todos deberíamos practicar, incluso cuando termine esta Cuaresma.

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