Hay noticias que parecen nuevas, pero en realidad son capÃtulos repetidos de una misma historia. Cambian los nombres de las instituciones, las siglas de los organismos o los mecanismos de control, pero el resultado es siempre el mismo: más discrecionalidad, más privilegios para unos pocos y más corrupción para muchos.
Venezuela lleva décadas empeñada en luchar contra una realidad económica elemental: la gente confÃa más en una moneda estable que en una moneda que pierde valor constantemente. Esa es la razón por la cual millones de venezolanos, desde el gran empresario hasta el vendedor informal, prefieren ahorrar, cobrar, negociar y pensar en dólares.
Sin embargo, en lugar de aceptar esa realidad y convertirla en una polÃtica económica seria y transparente, seguimos atrapados en la lógica de los controles. Controles cambiarios, controles de precios, controles bancarios, controles de acceso a divisas. Siempre controles.
Y la experiencia ha sido devastadora.
Cada vez que el Estado decide quién puede comprar, vender o acceder a una moneda, crea automáticamente un espacio para la arbitrariedad. Donde existe arbitrariedad, aparecen los privilegios. Donde hay privilegios, aparece la corrupción.
La historia reciente de Venezuela es una demostración dolorosa de ello. Los sistemas de asignación de divisas generaron fortunas inexplicables. Empresas de maletÃn recibieron millones de dólares preferenciales. Funcionarios adquirieron un poder enorme sobre la vida económica de los ciudadanos. Mientras tanto, el venezolano común hacÃa colas, llenaba formularios, pedÃa autorizaciones o simplemente veÃa cómo sus ahorros desaparecÃan.
Nada de eso fortaleció al bolÃvar. Nada de eso protegió a los más vulnerables. Nada de eso impulsó la producción nacional.
Lo único que produjo fue corrupción.
Por eso resulta difÃcil entender por qué seguimos insistiendo en fórmulas que han fracasado una y otra vez. Si la economÃa ya está parcialmente dolarizada de hecho; si los precios se expresan en dólares; si buena parte de las transacciones se realizan en dólares; si la población ha demostrado claramente cuál moneda considera confiable, ¿por qué no dar el paso definitivo?
La dolarización formal no es una panacea. No resolverá por sà sola los problemas de productividad, infraestructura, educación o institucionalidad que arrastra el paÃs. Pero sà eliminarÃa una de las principales fuentes de corrupción que han caracterizado nuestra historia económica reciente: el control polÃtico sobre el acceso a la moneda.
Además, ofrecerÃa algo que Venezuela necesita desesperadamente: estabilidad. La posibilidad de planificar, invertir, ahorrar y hacer negocios sin estar pendiente de la próxima devaluación o del próximo experimento monetario.
Los defensores de los controles suelen argumentar que el Estado perderÃa herramientas para dirigir la economÃa. La pregunta es inevitable: ¿qué resultados han producido esas herramientas? Después de años de controles, el paÃs terminó con hiperinflación, destrucción del aparato productivo, pérdida masiva del poder adquisitivo y una emigración sin precedentes.
Quizás el problema no sea la falta de controles. Quizás el problema sea precisamente el exceso de ellos.
A veces gobernar bien no consiste en inventar mecanismos cada vez más complejos, sino en aceptar lo evidente. Y lo evidente es que los venezolanos ya escogieron la moneda en la que confÃan.
Seguir creando barreras, restricciones y controles alrededor de esa realidad solo prolonga un cÃrculo vicioso que conocemos demasiado bien.
Un cÃrculo que tiene tres nombres: corrupción, corrupción y más corrupción.
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